domingo, 20 de diciembre de 2009

"En Radio Caracas Televisión..."



Raúl Amundaray nació de Sordo a Guayabal, se hizo actor por culpa de una tía y realizó su primera prueba en el canal de Bárcenas en 1963 para la telenovela Historia de tres hermanas. Sin embargo, la primera en llegar a la estación de televisión había sido Amalia Pérez Díaz, una chilena con acento peruano, entonces ya famosa por cantar en el Show de Renny Otolina y por su interpretación de los cuentos de Román Chalbaud dirigidos por Alberto de Paz y Mateos.

Corría el año 1953. Mis padres no se conocían. Ni yo había nacido ni Pérez Jiménez había dejado aún el poder. Delgado Chalbaud cumplía 3 años de haber sido asesinado. El Aula Magna andaba ya en plenas nubes de Calder. El noticiero de la Creole tenía una emisión diaria en antena y aunque aún faltaban al menos 15 años para la primera transmisión a color, existían amagos de cuñas de navidad.

Como Venevisión no existió hasta la quiebra de Televisa hasta 1960, cuando fue comprada por Diego Cisneros, puedo exclamar, ¡feliz!, que el origen de la cuña navideña pertenece a la extinta frecuencia 2 de la televisión en Venezuela, es decir, Radio Caracas Televisión.

Mi infancia, como la del resto de los venezolanos supongo, estuvo aliñada por los rizos y las lentejuelas de Nancy Ramos y el tupé de Caridad Canelón. Cada cuña navideña del canal acompañaba el último mes del año como un acontecimiento especial. Algo cuya cuya duración podía hacernos pactar con el resto de los días una tregua más llevadera. Al menos a mí me ocurría.

Era capaz de levantar un pacto con exámenes de historia, geografía y castellano hechos en ese entonces con exténsiles. Podía inventarme una tregua con los narcolépticos resúmenes de estudio que me obligaba a aprenderme para los exámenes previos a las fiestas (todos acaban el 17 de diciembre) e incluso podía sobrellevar la dulce pereza de los 25 de diciembre y los primeros de enero gracias a esa operación maravillosa de encender la tele y ver a una tropa de alegres desconocidos cantando alrededor de un belén con espumillones y guirnaldas.

Pero si ese pequeño acontecimiento navideño se unía con otro mayor, por ejemplo, el dulce olor del guiso de hallacas, el arbolito de navidad, la reunión de mis tías, primos, primitos y demás miembros de la enorme familia materna que hoy me parece pequeña, la cena de navidad o la comida siguiente con las sobras de esa cena... ¡pues la alegría era un delirio dulzón y doméstico!


"En Radio Caracas Televisión, estamos contentos, contigo con todos... Por el año viejo, por la navidad. Y aquí te esperamos, añito que viene". Recuerdo el estribillo con la alegría de quien embucha a la vez Coca-Cola y pan de jamón. Año tras año. En las navidades de 1992 y 1993, luego de dos golpes de Estado, la muerte de mi abuelo, la desaparición de algunas infancias con sabor a torta negra. "Pa que nos animes a trabajar por el país, pa' que nos arrimes a un futuro muy feliz". En los años 1994 y 1995, durante las elecciones presidenciales y la crisis bancarias. En los años 1996, 1997 y 1998, en pleno asco nacional y adolescente. Y parecía que mientras esa gente estuviese ahí patinando y cantando, todo estaría bien. Bueno, a mí me lo parecía.

La mayoría de los actores de fueron muriendo, Raúl Amundaray no (él parece inmortal). Pero llegaron otros en su lugar. Y siguieron cantando. Y patinando. Y aunque Nancy Ramos envejeció, su cabello siguió siendo dorado y rizado. "En Radio Caracas Televisión... estamos contentos, contigo, con todos... ". Y aunque me hice mayor, mantuve la costumbre de detenerme a mirar las cuñas de navidad. No importaba cuánta veces la hubiese visto en el mismo mes. Me detenía a mirarla. Quizás unos cuatro o cinco minutos y luego retomaba lo que estuviese haciendo.

Esta tarde, después de volver de comer, ha hecho más frío que otros días. He llegado a casa y no más cerrar la puerta, me descubro tarareando. "En Radio Caracas Televisión, estamos contentos contigo, con todos...". La frase salió de ninguna parte hacia ninguna parte.

Es domingo, 20 de diciembre. Afuera, el termómetro marca cero grados y en la uno seguramente estarán dando España directo. De todas, y aunque quisiera, la frecuencia 2 ya no existe, al menos no como antes. Me pregunto si Nancy Ramos aún tendrá el cabello del mismo color. Creo que lo mejor será que comience a leer El mar, de John Banville. Me toca devolverlo a la biblioteca el 28.

Estoy tratando de hacer memoria para recordar quién cayó enfermo primero. Si el país o yo. Pero es inevitable. Ya para 1998, los dos estábamos bastante mal. Y eso que en ese entonces todavía daban cuñas de navidad. "En Radio Caracas Televisión....". Reviso la fecha. En efecto, me toca devolver el libro el 28 de este mes.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Animales de azúcar y rosas para microondas



Limón Gutiérrez tiene el cabello largo hasta la cintura y un uniforme verde con el panda de la red WWF. Hasta hoy, ha soñado quince veces con el mismo número de cuatro ceros para un billete de lotería, con la transformación de la Catedral de León en un inmenso Mp3 en llamas y la total desaparición de la luz eléctrica en Las Ramblas a causa de un incendio producido por el exceso de fósforo de La Boquería.

Está a menos de un metro de una máquina que vende ramos de rosas. Sí, una especie de congelador que en lugar de coca-colas o bolsas de patatas fritas, expulsa flores si le metes dinero por una ranura del tamaño de un billete. Limón Gutiérrez parece verdoso y mareado. Pero no creo que sea él, es el invento ése que lo hace ver tan enclenque. Con una mano sostiene una carpeta con información ecológica que nadie quiere escuchar y con la otra un boli azul de la derrota –si nadie escucha, nadie firma-. Es diciembre. Proliferan los niños, los paquetes y las mujeres de abrigos abultados que congestionan el tráfico en los pasillos. A Limón Gutiérrez no le importa en absoluto. De lo contrario se iría, ¿cierto?

Hasta hace poco –mientras la descripción de Limón Gutiérrez ocurría para ustedes-, un hombre hosco, Francisco Pelayo, de rasgos fuertes y una estela sudor avinagrado, se detuvo frente a la máquina de flores recalentadas para examinar su billetera. Estaba vacía. Su mujer, Pepa, una rubia de raíces oscuras y vaqueros nevados, dijo algo que podría parecer una derivada –se tardó demasiado en explicarlo- . Después de tanta indicación, se perdieron los dos en la inmensidad del centro comercial.

Limón Gutiérrez sigue cerca de la máquina, inofensivo, sonriente, maquinando un avatar para secuestrar todo el pescado que amenaza La Boquería. Una pareja de quinquis navega alrededor de Limón, quien intenta un abordaje pirata sin éxito alguno. Los quinquis tocan el istmo que hace la máquina con las escaleras mecánicas. Cero ecología, cero rosas. Limón y la máquina parecen invisibles en una galería donde todo está hecho para ser visto, y comprado. Y con ese naufragio ocurren muchos otros. La madre –Cayetana- con el carrito de gemelos y el marido de abrigo Belfast y engominada cabellera. Pilar, una bondadosa cuarentona que al menos se toma la molestia de sonreírle a Limón. Encarnación, una manicurista que llega tarde al cambio de turno del salón de belleza.

A todos les corre prisa, excepto a las flores para microondas y al buen Limón Gutiérrez, que ahora mastica sin mucha convicción un osito que ha sacado de una bolsa plástica llena de animales de azúcar, su dulce consuelo para el panda invisible de su uniforme. Limón Gutiérrez piensa que mejor hubiese hecho lo que Forteza, que de haberse hecho con una portería por los pueblos de Asturias, ya se hubiese hecho una mejor suerte jugando a parar los penaltis a los mozos de los pueblos, quizás así y hasta impedía lo de la Catedral de León y La Boquería Pobre Limón y sus animales de azúcar. Ahora la máquina sigue encendida, ofreciendo rosas verdosas, a 15 euros el ramillete.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Barcelona y la fábrica de chocolates


Hay ciudades de las que me he enamorado loca e inavitablemente. Sin motivo ni móvil aparente, incluso con viento en mi contra, o simple y llanamente ningún motivo de peso para que así sea. Mérida, Cumaná, Medellín, Nueva York, San Francisco, Ciudad de México o Bristol. Aún sin conocerlas, he pretendido profundas amnesias para extrañarlas. Y conociéndolas, el enamoramiento ha sido cada vez peor y más profundo. Quienes me conozcan podrán alegar que nunca quiero estar en donde estoy y podría, en otro caso, darles la razón. Pero hoy, justamente hoy, no estoy en los zapatos de un asesino confeso.

No sé si ha de ser por mi reciente afición a Bolaño mezclada con mi encuentros con Barcelona, la gran hechicera, de Robert Hugues -todo unido con mis visitas, ya esporádicas a Barcelona- y una alocada idea que une en un mismo vértice a la Lonja, la Guaira y el Parc Güel, pero no puedo quitarme de la cabeza los adoquines del Paseo de Gracia.

He detenido un manuscrito que no iba a ninguna parte, justo para que siguiera sin ir a ninguna parte y cambiara su rumbo a ninguna parte, pero en Barcelona. No sé porqué, pero me detengo sólo en aquellas escenas que ocurren sólo en La Diagonal, o necesiten un minucioso recorrido por el Raval.

Luego de verificar datos que en verdad no necesito, vuelvo a la maravillosa Pista de hielo de Bolaño, novela ahora reeditada por Anagrama y originalmente publicada por Seix Barral. Me detengo en la patinadora del Palacio Benvingut, ubicado en un anónimo pueblo de la costa catalana, y que se abre desde las páginas del libro como un tesoro mentolado y fluorescente.

Y vista de lejos me descubro simpatizando con cosas absurdas, imaginarias y hasta irracionales, sin saber exactamente porqué. Leo, por ejemplo, sobre los Bobornes del siglo XVIII y siento una extraña y automática solidaridad, como si tal opresión -cuya veracidad en verdad no alcanzo a comprobar- ultrajara esa ciudad nublada y maravillosa, marina y distante, que tanto me embelesa y por la que siento el arrebato que detiene manuscritos y fabrica estas babas pseudoliterarias. Casa Milà, Casa Batllò, lugar idóneo para pesadillas, y si a George Orwel el templo Sagrada Familia le pareció en su Homenaje a Cataluña uno de los edificios más feos del mundo, a mí también, pero por los turistas.

Algo me empuja, incluso, a reconstruir el nacimiento de mi padre, ocurrido hace más de setenta años, de paso y con prisas, en esa ciudad. Mi padre, tan poco dado al orden, nunca ha sabido muy bien la fecha de su cumpleaños, si el20 o 21 de junio, y a estas alturas ya no me fío de lo que me diga al respecto, porque sé que acomodará la historia a lo que sabe que quiero oír. Además, ¿quién me asegura que puede recordar el nombre del hospital, si apenas recuerda sus años en el Sur de Francia? No está fácil este enamoramiento. Nada fácil.

Es jueves, son casi las doce. Hace diez grados. Madrid está hermosa, mucho más que cualquier día de esta semana y del invierno que aún no comienza y, aún así, aquí ando, en plan asesino confeso, cambiándome los zapatos. Pero les juro, sus señorías, que no soy culpable. No deseo los zapatos de nadie.Tampoco la bola que le dio la bruja a Pedro en el bosque para adelantar el tiempo. Sólo me enamoro de ciudades lejanas. Sólo eso su señoría. Si no, pregúntele a Ulises Lima. Y si a él no le cree porque es poeta, entonces haga lo propio con Remo Morán.

Dirán que estoy loca. Pero a mí Barcelona me sigue oliendo a eso. A gasolina y guayaba. A lo que olía mi infancia antes de llover. ¿No les parecen motivos suficientes, al menos esta vez?

martes, 1 de diciembre de 2009

La fuerza del manuscrito



Lunes. Martes. Miércoles. Jueves. Viernes. Sábado. Domingo. Y luego Lunes. Miércoles. Martes. Jueves. Viernes. Domingo. Sábado. Martes. Miércoles. Lunes. El asunto se va deformando. Las palabras se vuelven ineficaces, informes, blandas, poco efectivas.

La porción del parqué que ocupa mi silla se hunde, pierde vuelo. Es el mismo texto, a veces con esa coma y sin ella. Con o sin correo de por medio; con o menos café. Con fútbol o sin él. Un día más o menos Bolaño. Otro, ciertamente esperanzado. una mañana pensando en editor, otro día con el malhumor entre ceja y ceja. Llevo dos meses así. Con una goma imaginaria a cuestas, rectificando. Una cirugía diaria, imperceptible, agotadora.

El imperio de la eme. Manuscrito. Monotema. Martes. Malhumor.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Instrucciones para leer a Cortázar


Papeles inesperados (Alfaguara, 2009), un volumen con inéditos del argentino Julio Cortázar (1914-1984), surgió desde el fondo de una vieja cómoda. Coincidiendo con el 25 aniversario de su muerte, el libro ofrece desde un capítulo suprimido de Rayuela hasta versiones de Un tal Lucas, nuevas historias de Cronopios y Famas y cuentos que creíamos únicos.

* * *
Lo peor que puede hacérsele a este libro es intentar reseñarlo. Sería una versión estropeada de sus páginas. Por eso, a efectos de este texto –pensado en el lector, únicamente en él-, hay que echar mano de las explicaciones estrictamente necesarias e intenta ofrecer a quienes lo deseen, las verdaderas joyas de un Cortázar que es uno y a la vez miles.

En Papeles inesperados aparece el cuentista fantástico, el poeta íntimo, el panfletario comprometido, el irónico y altísimo dueño de sí mismo, pero también existe otro, más íntimo, menos déspota, más humano. En sus páginas vive aún el maestro que fue y ha sido, a pesar de algunos tropiezos ideológicos que, para ese momento, él continuaba vistiendo como irónica y provocadora prenda intelectual.

El volumen Papeles inesperados está dividido en tres grandes apartados: poemas, prosas y autorretratos. Cada columna del libro se subdivide cual escandaloso fractal que invita a la relectura de los originales de Octaedro, Rayuela, El libro de Manuel o 62/Modelo para armar. Los textos, hasta ahora ignorados en una cómoda de cinco cajones, vieron luz en diciembre de 2006, cuando Aurora Bernárdez, albacea y heredera universal de la obra de Cortázar, y el crítico Carles Álvarez Garriga, dieron con aquel celoso mueble y su maravilloso contenido.

El libro aborda varios géneros, otras versiones de relatos publicados, fragmentos inéditos de Historias de Cronopios, un capítulo extraído de El Libro de Manuel, así como otro capítulo, esta vez uno que el propio Cortázar decidió suprimir de Rayuela. Se suman también discursos, prólogos, artículos sobre arte y literatura pero también estampas de personalidades, diarios de viaje y textos cuya extraña fisonomía los convierte en escritura inclasificable.

“Cuando nos reunimos el 23 de diciembre de 2006 y abrimos juntos los cajones, Aurora decidió que ya había llegado el momento. Yo me llevé parte de los papeles para empezar a trabajar y Aurora envió el resto a Carmen Balcells", comentó Álvarez Garriga. De acuerdo a los editores, todos los textos están acabados, excepto uno, dedicado a su última esposa, Carol Dunlop.


El Cronopio que abrazó a Beckett
Lo que más asombra de la lectura del libro es toparse con un Cortázar que pensábamos resuelto y conocido. De pronto, en una página vemos a aquel gigante capaz de abrazar a Samuel Beckett en una oficina de correos y salir despavorido, y en la siguiente lectura ver a un Cortázar locuaz que da detalles y levanta la falda de sus propias obras para dejarnos ver el encaje de las dudas y los tachones.

Destaca en distintos manuscritos, por ejemplo, la relación de Rayuela como versión primigenia e imperfecta, una especie de cuasimodo de El Libro de Manuel, que es, según Cortázar, su verdadera gran novela. Ésa es una de las ideas descritas que sobresale de Un capítulo suprimido de Rayuela. Es allí donde se transparentan costuras en la fanfarronería del intelectual comprometido que tanto complacía al Cronopio mayor.

Con ironía –jamás prescinde de ella-, el argentino aborda los dobleces de la militancia y la escritura en Estamos como queremos o los monstruos en acción, un texto publicado en la revista Crisis, en Buenos Aires, el 11 de marzo de 1974 y en el que el autor reclama, con respecto a una reseña realizada por una periodista acerca de El Libro de Manuel: “(…) Y se pasó de tres columnas dándome consejos, el más importante de los cuales es que me vuelva a mi cuarto y a mi identidad pequeñoburguesa de ‘hombre de letras’, puesto que jamás tomaré el fusil (sic). En esto no se equivocó, porque ni a mí ni a un montón de escritores se nos ha ocurrido que nuestros libros sólo puedan ser útiles si primero ‘nos agarramos a balazos con el imperialismo’. La cosa es tan obvia que cansa repetirla”.

El exaltador de Régys Debray se desdobla en una criatura literaria capaz de enseñarnos las costuras de obras que pensamos únicas e inexpugnables. Y lo hace en lugares que creímos abolidos, por vulgares y cotidianos, por ejemplo, el metro de París, al que dedica buena parte de sus guiños y corpiños literarios.


Corpiños literarios
En el texto Bajo nivel - publicado en Ámsterdam, en 1980-, recogido también en estas páginas, Cortázar alumbra con una nítida linterna el origen y escenario de historias y personajes que tienen como su principal fuente el subterráneo: “Como en el teatro o en el cine, en el metro es de noche. Pero su noche no tiene esa ordenada delimitación, ese tiempo preciso y esa atmósfera artificialmente de las salas de espectáculos. La noche del metro es aplastante".

Y en esa coreografía de vagones y estaciones, el novelista argentino prepara el escenario de viandantes y personajes y delata, cual confidente, los orígenes de su propia escritura entre la multitud anónima de pasajeros: “Entre ellos podría estar el protagonista de Manuscrito hallado en un bolsillo, alguien capaz de comprender y acatar el implacable ritual de un juego de vida o muerte con el que buscará a una mujer dentro de claves implacables que él piensa haber inventado pero que vienen del metro, de la fatalidad de sus itinerarios, de su posesión total del viajero apenas se bajan los peldaños que nos alejan del sol y de otras estrellas”.

El argentino aporta, dentro de la propia prosa, nuevas señas y guiños: “Antes de narrar el viaje imaginario de Johnny Carter en el metro, yo había vivido muchas veces esa fuga fuera del tiempo o ese acceso a otra duración que Johnny , en El Perseguidor, habría de explicarle a su manera a Bruno. En 62/Modelo para armar, muchos episodios fueron vistos y escritos alucinatoriamente, y el metro instiló también allí su aura de excentración y de pasaje; eso me explica ahora el episodio del descenso de Hélène y su contemplación de los carteles publicitarios antes de su encuentro con Delia”.

Asimilar al Cortázar excesivo y militante, el que dedica páginas enteras a la lucha contra el imperialismo, el hombre nuevo y las virtudes de la Revolución Cubana puede parecer un obstáculo para terminar la lectura del ejemplar. La extemporánea fe del escritor llega incluso a producir hastío y despiste. Pero eso es sólo un cráter, un rodeo previo al verdadero motivo de la escritura: el reencuentro. La posibilidad, remediada por una cómoda llena de papeles, ofrece la oportunidad de volver a encontrar frases e historias –que pensábamos extintas- y que regresan a nosotros con el atuendo de una novedad inesperada. Porque eso son estos Papeles inesperados: unas instrucciones para leer, un poco mejor, al Cronopio mayor.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Gracias Loriga por los favores recibidos


Ayer, sábado 14 de noviembre, en la quinta planta del Círculo de Bellas Artes de Madrid, Ray Loriga hizo dos cosas importantes. La primera, desmontó en mí la idea de que el autor de Tokyo ya no nos quiere se trataba tan sólo de un creído y tatuado escritor. Loriga tiene mirada presidiaria, sí. También debo admitir que está tatuado casi hasta los nudillos, sí vale ¿y qué?, pero lo de creído puedo írmelo tragando. Pienso mientras le escucho.

Con un lenguaje extremadamente sencillo, Loriga fue capaz de explicar una obra que hasta ahora había devorado, siempre, con una ceja en alto. ¿La razón? Pues una alergia involuntaria. Pensaba, tal y como la crítica parecía describirlo, que Loriga se trataba de uno de esos eternamente "jóvenes escritores" que se creen que tienen a Dios agarrado por las barbas sólo porque supieron descifrar en lengua española las claves de un Coupland o un Wallace.

Pero no, el tío no es lo que hasta entonces le atribuí. Loriga se reveló a sí mismo como un hombre que envejece y se reserva el derecho de ser un poco menos estúpido cada día. Eso, lo primero. Lo segundo que hizo ayer, aún más importante, me despoja de mi hartazgo y apoya la teoría del bostezo. Sí señor.

En el post pasado no pude contenerme y empecé a arrojar piedras contra el guardarropa de una literatura pesimista, opaca y enaltecedora de la mierda por la mierda, la heroína por la heroía o el desencanto por el desencanto. Y loriga me dio un dato,y de los buenos, para seguir tirando piedras.

Tal cual y según comentó el autor de Lo peor de todo, una de las razones por las que Jack Kerouac muriese alcohólico y deprimido en casa de su madre no fue la iluminación porrera, mucho menos una conciencia de ser Beat-nick ni qué pamplinas. Todo lo contrario, Kerouac estaba hasta las narices de que su casa estuviese llena de hippies y gentuza. Él sólo quería deslastrarse de la etiqueta, mandar al demonio a los mamarrachos y ser, al fin, un escritor respetable. La etiqueta Beat-nick no lo dejó.

Hoy, domingo, me he puesto a revisar el asunto y me he topado con interesante literatura. Una entrevista de Carolyn Cassady, la esposa de Neal Cassady, con Michael Ventura confirma el dato de Loriga y echa todo por tierra, ¡una vez más!, la parafernalia del desencanto y la resaca. Tanto Cassady como Kerouac estaban hartos de la multitud de hippies que se instalaban frente a sus casas. Keroac, en especial, sólo quería una cosa: ¡escribir!, no ser el apostol de una tribu alucinógena.

"They felt they could, or wanted to, have a fairly conventional home and still be free to be creative. They didn't think of themselves as beatniks. And hippies were such a horror to them - you know, Neal was immaculate. Gosh! You couldn't muss a hair on his head!"Kiss me goodbye - but don't mess the hair!'", dice la viuda a propósito de esa falsa idea . Inlcuso, ella misma refuta a un icrédulo periodista: "These guys were all concerned about the same thing: getting a home, settling down, finances . . . all the trivia of living".

En el reino de los desaparrados y mártires literarios, ¡tenemos derecho al bostezo! Gracias, señor Loriga, por los favores recibidos.

* * *

He vuelto a esta crónica, casi seismeses después de escribirla. He releido lo hasta entonces conocido del escritor de cejas furiosas, brazos tatuados y novelas fulminantes. Comencé por Héores. Seguí con El hombre que inventó Manhattan y Lo peor de todo. Las relecturas siempre me ponen a prueba, este jueves 01 de abril más que ningún otro día.

No sé si al al escritor de cejas furiosas le habrá pasado, pero yo he cambiado desde las primera vez que lo leí. Supongo que él también, desde que los escribió. Cualquiera se daría cuenta porque, leyendo, en ese orden, Ya sólo habla de amor, Trífero, Días aún más extraños, Los oficiales y el destino de Cordelia, habría que ser muy poco observador para no notar que la furia no siempre tiene el mismo aspecto, ni tiene porqué ser furia aunque lo parezca.

Estoy saliendo de una sobreexposición a John Fante, intento salir ilesa del relato de un clavadista en un río Hudson converntido en piscina olímpica y trato de sobrevivir al jueves Santo más frío en años, y aunque no me recupero de ninguno de los tres episodios, estoy aprendiendo a estrenarme en la mirada presidiaria. Pienso, como Sebastián, los pocos derechos que las personas acumulan sobre lo vivido.
Gracias, Loriga, por los favores recibidos.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Irvine Welsh y el síndrome de la salsa de ostras


Un trío de amigos varados en un desierto, uno de ellos con una picadura de cascabel en el pene, y un tópico chicano de chingatumadre apuntándoles con un arma, con orden de felatio incluida. Un escocés de mediana edad y regusto soez en un bar de las Islas Canarias que espera a su hija, una regordeta adolescente malhablada. Kendra Cross y su grupo de amigas: cuarentonas neoyorquinas adictas al Sanax, los perros y el ejercicio. Pensé que hasta ahí era suficiente. Que pronto alguien tendría el decoro de escribir una línea relativamente decente. Pero no, había más, mucho más. Un actor ex actor porno, abstemio y regenerado, se enamora de la cuarta y última esposa de un difunto director de cine, Yolanda, una mujer que 30 años antes fue Miss Arizona.

Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, el libro de relatos de Irvine Welsh que la crítica literaria española reseñó histéricamente y con un entusiasmo que les hizo perder el control de esfínteres. Repetitivo, predecible y apagado. Así me resulta.

Irvine Welsh se comporta literariamente como un Peter Pan de la Generación X, demasiado instalado en su discurso working class, ex fármaco dependiente y decadente. Todo es tarantinesco y huele a comida caducada. Esa pátina a los James Ellroy o Bret Easton Ellis. Demasiada caspa, muy poca historia y una traducción lamentable. De hecho, comienzo a sospechar sobre la posibilidad seria de que ninguno de los periodistas encargados de reseñar el libro de Welsh se haya leído una página de este escuálido ladrillo.

Quizás porque mi generación era pastillera y no heroinómana. Quizás porque no estamos tan desencantados como ellos y si lo estamos, ya nos apañamos nosotros. Ya tuvimos suficientes geniales y atormentados mártires, de Kurt Cobain para arriba. La guerra no nos tomó por sorpresa, tampoco la pobreza, el sida, las drogas, el desempleo ni el subempleo, los suburbios y sus baladas. Los Simpsons se nos quedaron cortos y se nos hicieron inocentones. En lugar de grunges hay negros brillantes con los dedos llenos de anillos. Es una renta acabada, una factura vencida. Bostezo frente a este tatuado abuelo asiduo a los dinners, las peleas de hooligans y quién sabe qué otros figurines de la White trash o los beans con tocino.

Más de lo mismo. Una espesa y paliativa salsa, como ese brebaje artificial y viscoso con el que los chinos disimulan la carne de tercera y que supuestamente sabe a ostras. A eso me sabe Irvine Welsh, a cosa pegajosa, agria y descompuesta cuyo sabor, no importa cuánto tiempo haya transcurrido, seguirá quemándote la garganta y horadándote el estómago. Terminaré de leerlo, por principios y porque me ha costado 20 euros el libro. No mucho más. Últimamente me doy por vencida con demasiada rapidez. Creo que me estoy haciendo mayor, o cínica. Eso, o fueron los vampiros que me dejaron tonta.

jueves, 5 de noviembre de 2009

El estatus (instrucciones para una historia efectiva)


Clarita, una niña curiosa y dulce, aunque excesivamente impertinente a los ojos de un lector afín a Herodes. Clara, una histérica y flemática madre que sólo simpatiza con aquellos a los que puede despedir. El Sr. Ichvolz, un grisáceo agente inmobiliario enredado entre las sábanas de una criada poseedora de innumerables horquillas y Jesualdo, un portero mudo que ocupa su tiempo en el silencio de su jardín. En medio de la historia, como el piano abandonado del salón en un edficio abandonado, la figura de un padre ausente que no termina de llegar.

El estatus (2009), de Alberto Olmos, una historia minimalista y efectiva. Un artefacto bien calibrado, sin necedades u otras ortopedias literarias. Alimentada por una sensación escénica, la novela perfila cada personaje hasta dejarle las siluetas bien afiladas. Que corten, que separen, que no dejen un hilo de carne fuera de su sitio. ¿Quién tiene el poder en esta novela? ¿Quién ilumina y oscurece lo que en ella ocurre? Sin duda una pluma diestra, muy consciente de sí misma, incluso contra su propia voluntad.

Ni nocillas ni adornitos. Acción. Trama. Trabajo. Una excelente novela, a pesar de ese raro y precipitado final. Quizás eso sea lo mejor de esta novela, que no tiene buenas intenciones ni líricos arrebatos. No es afterpop ni pretende otra cosa que lo estrictamente necesario: literatura.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El problema es el Vampiro (Twilight I)



Ciertamente me preocupa. Que al día siguiente de morir Francisco Ayala y Levi-Strauss yo esté pensando en los vampiros de Stephanie Meyer me hace pensar seriamente en dejar la fluoxetina.
Pero es cierto e inevitable. He caído en el fenómeno. Me he dejado atrapar por un Shakespeare mutante, en el que en lugar de Capuletos y Montescos hay caballeros chupasangres de 17 años que usan gafas Rayban, versus indios lobos piel roja.

En el medio de tal despliegue, el clásico despliegue, existe una frágil Julieta de padres divorciados -con apareciencia de magnífica y nivea Ofelia- que viaja desde Arizona al pueblo más lluvioso de los EE UU, como consecuencia , entre otras cosas, del devenir de su madre y su padrasto pelotero. Para colmo, ni Verona ni qué Verona. No. El asunto ocurre, además, al norte del Estado de Washington, con escala en Florida. (Comienzo a preocuparme).

Y si esa fórmula en apariencia bebediza y chapucera me arrima hacia sus páginas, ha de ser porque algún mecanismo despierta. ¿Un noble vampiro se impone la más estricta de las dietas por la frágil y apetitosa doncella? ¿Simple y puro amor? ¿Hace cuánto que no leo un libro cuyo autor no seacopleje por escribir esa palabra, tan ramplona ella?

Ciertamente me preocupa. Ha muerto Francisco Ayala y Levi-Strauss, y yo hablando de vampiros adolescentes. Quizás deje la fluoxetina, pero igual pienso comenzar a leerme el primer libro.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Esperando a Calvo Sotelo



"-Estragón: Hermoso lugar. Vámonos.
-Vladimiro: No podemos.
-Esragón: ¿Por qué?
-Vladimiro: Esperamos a Godot.
-Estragón: Es verdad. ¿Estás seguro de que es aquí?
-Vladimiro: ¿El qué?
-Estragón: Donde hay que esperar".

Samuel Beckett. Esperando a Godot
.

La imagen no está lavada, tampoco tiene ese brochazo amarillo que barniza las cosas viejas. Aún así, parece hecha mucho antes de su fecha original. España, año 1981. Dos hombres esperan, de pie, enmarcados en la puerta de una blanca y agreste casa. A su derecha, una pizarra remata la composición. En ella se anuncia la visita, “el próximo domingo 29”, del presidente Leopoldo Calvo Sotelo. Escrita en tiza, y firmada por el alcalde con letra cursi y esmerada, la comunicación oficial presume de paleta y tierna urbanidad.

Habrían transcurrido pocos, o poquísimos días, de la doble y accidentada investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, hombre consenso elegido por UCD para sustituir a Adolfo Suárez al frente del Gobierno de España. El día planificado para la votación de su candidatura en el Congreso de los Diputados, el 23 de febrero de 1981, el teniente coronel Antonio Tejero Molina entró al Hemiciclo pistola en mano y al grito “¡Todo el mundo al suelo!”. Excepto Adolfo Suárez, aún jefe de Gobierno; el vicepresidente primero y encargado de la Defensa Nacional, el general Gutiérrez Mellado, y el diputado Santiago Carrillo, todos los convocados –periodistas y diputados- se escondieron bajo sus escaños, incluyendo al mismísimo Calvo Sotelo.

Dos días después del fallido intento de golpe, el 25 de febrero, el Congreso de los Diputados retomó la votación en el momento junto en el que había sido interrumpida por los golpistas y llevó a cabo la elección del que hasta entonces había sido vicepresidente para asuntos de economía del gobierno de Adolfo Suárez y de ahora en adelante su sucesor tras la dimisión anunciada por televisión un mes antes.

La llegada al cargo de Leopoldo Calvo Sotelo no sólo fue accidentada, también fue triste, solitaria y ruidosa. Tan sólo en ese año, hubo 23 atentados terroristas y 42 muertos. El divorcio, uno de los derechos más esperados por lo españoles, alcanzó los 16.000 casos. El Guernica fue expuesto por primera vez en España -hasta ese entonces, el cuadro había vivido un exilio de 44 años, debido a la negativa de Picasso de que el cuadro volviese a España hasta el fin del régimen de Franco- y Quini, el delantero del Barcelona, se convirtió en el pichichi de la Liga, a pesar de haber permanecido secuestrado durante más de un mes en un zulo en Zaragoza. Si de un año de reencuentros se trataba, ¿por qué parecía reinar la soledad en los ojos de esos hombre que esperan al presidente de Gobierno?

Suárez no hizo traspaso ni entrega formal de documentos, tampoco dejó un solo papel en el despacho de la Moncloa que sirviera de algo a su sucesor. Así comenzó el año y medio de gobierno de aquel hombre, en medio de la nada. También, en el medio de otra nada, quizás otra más blanca y roñosa, dos hombres flacos y demacrados se dejan fotografiar.

Esperan al presidente, sí. Pero lo hacen con ojos de burro. Como si su llegada o su desplante diese lo mismo. En un país que apenas había roto el celofán de la democracia, dominaba aquel raro y oscuro paisaje de algo que no termina de ser definitivo. Que no termina completamente de ser libre o no; moderno o atrasado; cosmopolita o pueblerino. Todo aún por estrenar, todo demasiado nuevo e incompleto como para aclarar la España Negra del 98.

Mientras en los periódicos explotaba un país libre y sin complejos, en las calles de los pueblos otro permanecía intacto, solitario, esperando quién sabe qué. Miro en la fotografía del reportero César Lucas a estos dos hombres. La imagen no está lavada, tampoco tiene ese brochazo amarillo que barniza las cosas viejas. Aún así, parece hecha mucho antes de su fecha original. España, año 1981, el retrato un país que parece anterior a su propio origen.

sábado, 24 de octubre de 2009

Un domicilio para Ulises Lima


¿Pasaría algo si Ulises Lima se mudara a vivir a un Laberinto? ¿Aparecería Arturo Belano haciendo pareja de jardinería con Marsé? ¿Ignacio Echevarría irrumpiría en una plazoleta con una enorme tijera sin aceitar entre las manos?

La semana pasada visité un parque. Sí.Un parque con laberinto. En el cartel explicativo para los visitantes leí que sobre la figura de este acanalado y tramposo tipo de jardín existieron varios usos simbólicos. Uno de los primeros: la atribución de su primera existencia a la isla de Minos.

A ese uso seguía otro, bastante más truculento, según el cual para los psicoanalistas, un laberinto podía describir la misma trayectoria de dos formas distintas: la del hombre que se aleja del centro huyendo de su propio y violento origen o, por el contrario, la ruta del que se acerca buscando acortar cada vez más la distancia con su propio centro. Ir a la derecha y la izquierda, a la vez. ¿Cuánto costará dar con la ruta correcta? No lo sé. Menos de 75 euros por sesión, seguro que no.

Si en ese laberinto literario e hipotético, además de Ulises Lima, diesen vueltas también, el Xarnego y la rubia Teresa, acaso Funes el Memorioso, Horacio, La Maga y el pequeño Rocamadour o el mismísimo Pepe Carvalho (al fin y al cabo otro detective... ¿salvaje? ), ¿qué pasaría? Descartada la hipótesis de una Bienal literaria, semejante convocatoria entre arbustos podría ser la desafortunada idea para una tesis doctoral o un inflamable relato breve con defectos de fábrica. El que esté libre de pecado que rasque la primera cerilla.

De darse el caso de encontrar a Ulises Lima en un laberinto construido en 1845, ¿llevaría cogida de la mano a Cesárea Tinajero, la maciza y gorda poeta indígena y realvisceralista tiroteada en el desierto de Sonora? Y si en ese mismo laberinto, destruido más tarde en 1936 por culpa de un aterrizaje forzoso de un avión de correos, el joven Lima pastara cual díscolo poeta y alucinado amante, ¿sería posible que encontrara cómo salir? Mejor dicho, ¿saldría?

No soy capaz de imaginar a Ulises Lima cual Teseo, atado a un rojo ovillo del que una joven doncella tira amorosamente. De estar en un laberinto, Ulises Lima sería la versión aguafiestas del minotauro asustadizo de Borges o quizás, porqué no, un canario mudo al que alguien bautiza con la esperanza de oírlo cantar por las mañanas.

Es tarde. Acabo de apagar 15 velas. Lo he hecho soplándolas pacientemente, haciéndome la idea de que cumplo años o arropo niños. No lo sé. Es tarde y no sé qué demonios hago pensando en cómo sería Ulises Lima si se mudara a vivir a un laberinto.

martes, 20 de octubre de 2009

El dorsal siete juega en la séptima jornada de la liga su juego 711 ó Tres tristes tigres en multitud



“El deportista sabe lo que le hace feliz y lo que le vuelve loco, y también sabe cómo reaccionar en cada caso. A su manera, es un auténtico adulto. Y precisamente por eso, le sería casi imposible ser amigo tuyo”.
Richard Ford. Periodista deportivo.


Puerta 35. Vomitorio 109. Fila 14. Sábado 17. La calefacción del estadio aún no funciona. Es muy pronto para sentir frío. El Real Valladolid desembarca, vulgar, en el césped de Bernabéu. Ese uniforme violeta, ese tufillo de segunda división que arrastran sus camisetas contrasta con la ostentación de su oponente y provoca una secreta, y muy silenciosa, solidaridad.

La séptima jornada de la Liga está por comenzar. El capitán hoy manda más que nunca sobre su once marinero. No más sonar el silbato, Raúl González, el dorsal siete de los merengues, celebrará su partido número 711 con la camiseta del Madrid. A eso hemos venido. A eso, y nada más.

La grada gira cual bola disco. El dorsal siete avanza con sus modos de garza. Levanta el brazo en un tiempo demorado, un tiempo que ocurre dos veces. Sí, dos. Una primera y obligatoria, la que ocurre ahora; luego una segunda, más reñida con la posteridad. Ocho y cinco minutos. El partido comienza y algo ronca bajo tierra. Es el timbre anónimo de los coros y los linchamientos.
En el ambiente arde una acupuntura. Algo propicia una erótica del tumulto. Esa forma de existir, también doble, del individuo y la multitud. El capitán escucha la ovación. Da carreras de potro ante las cámaras mientras existe dos veces en cada gesto. El que ha hecho y el que será recordado.

Entre los ochenta mil espectadores que hoy ocupan su localidad, Zidane y un Cristiano Ronaldo lesionado despachan, invisibles, como Dioses, en algún palco omnipresente. El aforo es un álgebra célebre, un ábaco galáctico. Los dos hombres más caros de la historia del Madrid, y del fútbol, están ahí, prendidos en alguna butaca del Santiago Bernabéu.

El capitán abre el marcador y tira de la tarta con un remate de pie izquierdo. Uno a cero. Una mujer de mandíbula salida y lengua tabernaria da voces desde la tribuna. “Sois una mierda, sois unos hijos de puta”, grita la moza con el labio caído y el cigarro encendido. De cuando en cuando, algunos de sus hijos o el marido, o todos a la vez, comen con desgana una pipa. La hacen estallar perezosamente, como diciendo: Sí, ya. Nosotros tampoco queremos tenerla al lado.

Al primer tanto, siguió otro, un clásico del Capitán según los entendidos: remate con la derecha tras seguir a una asistencia de Marcelo. La noche en que celebra su juego número 711, el capitán patea la pelota y la encaja en la red cual palabrota. A callar todo el mundo. No es un vejestorio. Es el cuarto mejor anotador de la historia de la Liga.

Pero a los veinte minutos del primer tiempo, el dos a uno ya no entusiasma ni engríe. El Madrid se desplaza por la banda. Xavi Alonso gira cual trompo sin conectar con Diarrá; Ramos sube demasiado y Benzemá se hace invisible. Nauzet, vistiendo de Pucelano, marca un tanto en el minuto 29. El equipo visitante ha roto el marcador y otro partido surge de la nada.

Los ánimos se sobreponen, se rizan grotescos y bufos. Andan por ahí con ese no sé qué de multitud, algo hosco y a la vez tierno, como debían resultarle los familiares de la provincia a la nobleza. El holandés Drenthe y Diarrá calientan a un lado del campo. Un hombre repara en ellos con exagerada atención. Da un par de caladas a su ducado y espeta, refiriéndose a los jugadores: “Que esto parece Cadiz a la tres de la mañana… Esto es un cayuco lleno de negros, ¡jode!r”. Da la impresión de que ha visto negros muy pocas veces en su vida, o al menos eso parece, porque no para de comentarlo. “¡Es un autobús de senegaleses!”.

Aunque poco le dura al voceador su asombro y se incorpora rápida con otra consigna más atractiva que ensayan ahora los Ultra Sur. “Laporta, cabrón, España es tu nación”. La mujer de dentadura voladiza, poseída desde hace 30 minutos, desanuda la bandera que lleva de delantal y grita contra el presidente azulgrana, recientemente retratado, cual draculino nacionalista, antorcha en mano, llamando a la sublevación catalana contra la opresión española. Y Olé. Que lo dice el presidente del Pep-dream-team. Vaya forma de abaratar una campaña política. Aunque eso, de momento, me trae sin cuidado.

El estadio canturrea. Se comporta sólo como sabe, y debe, hacerlo. Con hombres existen dos veces. Hombres historia, como el capitán. Hombres multitud, como nosotros. Unos existen para la posteridad, otros para congregarse. Un disparo frontal de Marcelo sube a 3 el marcador y cierra un purpurino primer tiempo.

Llegan a su fin los primeros 45 minutos de un capitán que timonea balones y los descose contra las redes. En la noche del 17 de octubre de 2009, el Bernabéu se atraganta. Las botas del capitán brillan más de lo normal. Lógico, ¿no? Ser el fútbol setecientas once veces ya es motivo suficiente para mudarse al Olimpo o venir de visita. Así son los hombres. Viven dos veces, cada quien de su lado de la grada.

lunes, 12 de octubre de 2009

Sobre la oveja número cien o el tobillo derecho de Cristiano Ronaldo



Zzzzzzzzzzzzz
Anónimo popular.

Una oveja se detiene ante una valla de dos metros de largo por uno y medio de alto. No quiere ser la primera en romper la vigilia. No está dispuesta a ser la número uno, la aguafiestas del techo a oscuras. Tres tigres viajan por la M-30 –les oigo rugir- y Cristiano Ronaldo vuelve a Madrid para conocer el alcance de sus lesiones; yo también.

Vuelve el esponjoso bobino a dudar. ¿Salta o no salta? Sigue detenida en la nada, cual montoncito de algodón en medio de una campiña verde. Detrás de ella, otras cien sueltan balidos como bocinazos. Algo distrae su dilema. Entonces la oveja número uno piensa.
El delantero no juagará contra el Milan, tampoco contra el Valladolid, ni el Getafe ni el Sporting. Vaya entrada la del marsellés. ¿Contará ovejas el dorsal nueve? Hoy hará bueno. En el País Vasco las nubes son más compactas, pero en el valle del Ebro el cierzo enloquece momentáneamente. Las ovejitas nocturnas siguen a la espera del pistoletazo.

La oveja número uno aún piensa si inaugurar o no la cuenta de esta noche. Los aviones suturan historias. No tocan sus sueños, les dejan intactos cual averiado reloj. Un síndrome, una costumbre, impone sus horarios sobre el viajero que cruza el mar. El Pijoaparte reina en una nube blanca de confeti y un ventilador imaginario resfría a los jardines en otoño. Son las tres. Un esposo amoroso ronronea en sueños. El reloj hace tic. La tele apagada, tac.

Al final de la línea, la oveja número cien se adelanta al resto. Salta la verja sin consultar a nadie. Derroca la duda de la primeriza compañera, que ahora no sabe si es la primera o la ciento una. El insomnio se desinfla, la antigua número uno también. La tramontana sopla con rachas moderadas y se promete un día feliz. Alguien debía tomar una decisión.

Los jardines del número tres de Mariano de Cavia aún están florecidos y las ovejas pastan, tranquilas, en la primera planta del edificio. Nadie me pide tabaco aún. He venido a comprobar el alcance de mis lesiones. Soy yo, la oveja número cien tomando la delantera. Soy yo, la oveja número cien. Yo también he chocado contra un marsellés.

martes, 6 de octubre de 2009

Sobre la conversación de los árboles y el idioma de los coyotes



"-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde.
Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph,
ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente".
Jorge Luis Borges. El Aleph

Esto es para ti, el señor de los coyotes, el amor de mis días.

Mi padre tiene una teoría bastante poco ortodoxa acerca de la conversación de los árboles. Su teoría no los incluye a todos, claro está, pero sí la mayoría de ellos (No me imagino a mi padre siendo el mejor amigo de una mata de mango, con un Chaguaramos le basta). El asunto en sí es simple.

Los árboles, dice él, son los mejores amigos de quienes les buscan. Es a ellos, y no a nadie más, a quienes debes contar tus cuitas. Pero los árboles no contestan, un razonamiento brillante con el que mi ilustrado hermano pretendió desmontar la teoría forestal de mi padre. Yo aún no estoy muy segura sobre si conversan o no los árboles. Sólo sé que los mueve el viento y que bajo su copa siempre se puede empezar ota vez.

Acerca de los pájaros existen también hipótesis similares. No hace mucho me hice llamar gorrión con la esperanza de aprender su idioma libre y secreto. Y debo admitir que aprendí algunas frases sueltas, suficientes para volver de la locura.

A mi hermana, que se la dá muy bien esto de hablar con los pájaros, no se le ha ocurrido una teoría muy concreta al respecto. Sólo sé que disfruta persiguiéndoles, donde quiera que vayan. Algo debieron decirle alguna vez para que ella no dejara de seguirlos. Vaya gorrión, a veces creo que hablas. Eso creo, a veces.

Y en el bosque hipotético de mis sueños y mis días, árboles y pájaros se unen cual gran orquesta. Y con ellos uno sería capaz de elevarse sobre los atascos, las ciudades y los idiomas incomprensibles. Sí, porque existen idiomas incomprensibles, dialectos enfermos que aprendemos a hablar frente a los espejos. "Yo me enseñé alemán, leyendo a Shopenhauer", dijo una vez Borges en una entrevista concedida cerca de los ochenta, ya al final de sus días.

No sé si el ciego más brillante de todos hallaría respuestas en su propia oscuridad. Lo cierto es que él, al igual que los pedestres mortales premiados con ojos necios, le faltaba aún un parpadeo concreto: el del alma. Por eso los guiños, a veces. Por eso los dialectos y Shopenhauer, también. El problema de los dilectos, como el de los párpados, es su intermitencia, aún más peligrosa que el silencio de los árboles.

Desde hace una semana ha vuelto a amanecer a su hora. El día llega puntual, con los dientes limpios y el corazón fresco. Alguien ha venido a darle voz a los árboles y verbo a los pájaros. Alguien ha venido desde muy lejos y ha traído consigo una manada de coyotes, el único animal de reino fantástico, el mismo que existe en las fuentes de Coyoacán y los desiertos. Los únicos capaces de volver en primavera, aunque estemos ya en octubre.

Rara la teoría de mi padre, no menos extravagante la del gorrión o la del buen Borges. Pero en este bosque hipotético es mejor desviar raíces y seguir de cerca el paso del coyote y del hombre que lo trajo de la mano. Prefiero su lenguaje al mío. Por eso le sigo, no importa la frontera.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Soy yo, el gorrión



"¿Pinta usted? -. dijo el prof. G.
No, pero en cierto modo el resultado es el mismo".
Alejandra Pizarnik. Textos. (Humor) Sin fecha.


Vengo de una familia de mujeres imposibles, mujeres demasiado valientes para ser ciertas.Vengo de ellas como quien procede de un viejo y extinto linaje, una nobleza de herederos descastados, incapaces de honrar sus modales.

Las mujeres de mi familia, insisto, eran hermosas y parecían haber nacido ya formadas. Venían ya hechas, por eso sabían cómo reaccionar ante todo: la muerte, el nacimiento, el olvido, el abandono, la soledad de las máquinas Singer y el viento duro que soplan hijos y maridos. Todo lo sabían, todo.

Las miro con atención. Repaso sus fotos. Sus anillos. Me gustaría vestirme como ellas, pienso. Me gustarías vivir en casas como las suyas y presidir enormes zagüanes en mecedoras de madera. Me gustaría haber alumbrado con su fuerza. Me gustaría, insisto, vestir sus zapatos.

Ellas vienen de otro siglo, de otro tiempo, de otro lugar que ahora se me antoja habitable, perfecto y sincero. Ha de ser la tarde, el calor y el sonido de una chicharra triste al final del invierno. Falta poco para que la lluvia se marche definitivamente. Y aún así no entiendo de dónde sale esta costura que estropea mi ropa y me separa de las bellas. Porque eso son. Las bellas.

Desde hace unos días he comenzado a escribirles cartas; imaginarias y reales. Varias de ellas las dirijo a una en especial. Estoy segura de que, si pudiera leerlas, cantaría algo hermoso, me diría esas cosas que sólo ella era capaz de saber, con esa sabiduría de manos cuarteadas y ojos limpios. Siempre pensé que ella sabía hablar con los pájaros. De otra forma, no habría manera de explicar cómo, desde su balcón en un primer piso, era capaz de verlo y entenderlo todo.

Aquí, en esta carta rara e impotente, sólo le pido, si me está viendo atravesar la calle, que susurre. Que me explique el vuelo de otros pájaros mecánicos que depositan gente en tierra. Trasunto de viajeros. Gallinero feroz. Aeropuerto en punto. Llegadas y salidas. Gorriones en el cableado de la luz.

Si me estás viendo, susurra. Puedo oírte, de verdad. Susurra, por favor. ¿No me reconoces? Soy yo, el gorrión.

martes, 29 de septiembre de 2009

Leñador, mírame


A quién si no a ti, leñador.

En un bosque hipotético, un gigante hipotético se mira las manos. Como todo gigante, está triste y furioso. Lo hace con esa ambivalencia con la que sólo estos grandes hombres saben desarmar a quienes los observan a escondidas: sus enormes pulgares heridos, esas rodillas que parecen islas y el corazón hecho un pantano. Para sentirse menos solo, el gigante blande su sierra contra la nada. Lastima el aire con sus ganas. Esas ganas de llorar que esconden los gigantes en sus pechos de leñadores.

También en un bosque hipotético, un árbol hipotético se ha derrumbado antes de tiempo. Nacido de una espora venida desde México, el ejemplar creció a trompicones, abriéndose paso a pesar de los líquenes y los aeropuertos. Raro, muy raro sin duda, tenía la impronta del sauce pero el arrojo de los árboles de caucho, esos que crecen contra todo. Siempre rebelándose contra su flemático destino de arrebato, el árbol aguantó, fuerte, único en ese hipotético bosque de bonsáis y matas plásticas. Entre sus raíces durmió muchas veces el gigante que ahora entristece. A su sombra tuvo sueños dulces. Soñó cosas con las que sólo sueñan los gigantes. Y como si de un melocotonero se tratara, el árbol dio al gigante frutos suaves y jugosos. Pero su cepa, maltratada desde algún regreso, dejaba un gustillo amargo en cada bocado de sus frutos. Por eso al dulce sueño el gigante sumaba siempre una lágrima inesperada. El mordisco amargo, la lágrima escondida acudía siempre, cual pequeña herida triste que el árbol no podía perfumar . Para remediarlo, el árbol intentaba mudar en cada estación, a pesar de sus raíces, a pesar de sí mismo. Intentaba cambiar la cepa amarga de su dulce perfume. Así estaba el árbol cuando lo sorprendió una ventisca.

En el mismo bosque hipotético, un gigante y un árbol caído se topan de frente. No necesitan preguntas. El perfume lo dice todo. Pero un gigante triste no sabe qué hacer con un árbol muerto. Lo cree deshecho. Lo cree incapaz de emprender el vuelo y aspirar el viento. ¿Acaso no había leído el Gigante a Rodolfo Santana? No, no lo había leído. Es un gigante triste y los gigantes tristes no entienden canciones ni arrullos. Aunque caídos, los árboles mueren de pie. Por eso el suelo nunca los toca. Por eso su copa sigue enamorada del viento que los mece y los gigantes que regresan, tristes, a dormir la siesta en su difunta sombra.

En un bosque hipotético un gigante enfurece por la muerte de un árbol que fue dulce. Para sentirse menos solo, para desbaratar su desdicha contra algo, el gigante blande ahora su sierra contra el abatido sauce que parecía caucho. Cree que lo mejor sería hacerse un nuevo juego de comedor que parezca roble. Lo que el gigante no sabe es que, en la soledad de un bosque hipotético, un perfume amansa las fieras y esconde las sombras. Es el fruto haciéndose de nuevo. Es el milagro esperando no ser leña para fuego.

Leñador, acércate. Leñador, mírame. Ese árbol no está muerto, sólo está caído. Recuerda, leñador, los arboles mueren de pie.

Leñador, mírame.

Leñador, escúchame.

No soy una hipótesis. Soy el bosque susurrándote al oído.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Sobre las piñatas y otros propedéuticos


Hoy, por alguna razón, me levanté pensando en piñatas. No hace mucho organicé una (la segunda después del osito amoroso de mis ocho años). Y aunque esa vez, a mis 24, pretendí lo mismo, no funcionó. Todo fue demasiado adulto. Ningún ajusticiamiento es moderado. Nadie se pone de acuerdo para apalear un muñeco así como así, sólo porque sería una buena idea. No. La piñata es un instrumento de la infancia. Un propedéutico ciudadano y sentimental con el que aprenderemos a reír y golpear al mismo tiempo, como si lisiar a un osito a palazos fuera algo normal.

Las piñatas son el abecé del hombre masa, la gragea del alegre maltratador, el proyecto del juez y delincuente que seremos. Ocurren siempre en el transitado patio de colegio, en la plaza del barrio o el parking del edificio. Se celebran en sitios públicos, en lugares de paso para el escarmiento y la alegría.

Decorado el lugar para la ocasión, la piñata requiere el acompañamiento, el sentimiento primigenio de multitud que un niño puede tener a su alcance, familia y amiguetes. Y todos arengan al enclenque homenajeado en su paliza contra el superhéroe o la princesa de papel higiénico al que, curiosamente, ha elegido por una cuestión de afecto. Y ahí radica otra sádica característica de la ocasión: el niño escoge una figura por la que existe algún afecto, para pegarle más duro. Con la mayor suma de felicidad y bienaventuranza posible.

Porque las piñatas son y han sido siempre lo mismo, un festivo linchamiento, un sacrificio en honor del anfitrión y sus invitados, una tierna lapidación con tarta y gelatina de fresa al final de la masacre. La piñata es el único crimen contra los derechos humanos al que eres invitado con una linda tarjetita. “Ven a mi cumpleaños”, algo así como, ven al linchamiento que ofrecen mis papis.

Algunos padres intentaron alguna vez enmendar la crudeza del ritual. Pero en lo que a piñatas se refiere, de nada sirven los paliativos civilizadores. Eso de sólo abrir la panzuda coraza, sacar los caramelos y arrojarlos cual improvisada lluvia, ¡ni pensarlo!

El verdadero espectáculo de la piñata consiste en el acometimiento colectivo de su fin. Se trata de aguardar por el turno. Esperar ansioso el grueso palo de escoba y una vez con él en las manos, dárselas de feliz verdugo y emprender a palazos contra el mundo. Entonces uno golpea ciegamente, con furia y ansiedad. Uno golpea con la esperanza de ocasionar el diluvio de caramelos, soldaditos, confetis y piruletas. Lloverán caramelos, se dice uno, con la mano derecha metida en una bolsita de plástico –a juego con la piñata- dentro de la que se sancochan los dedos.

Y cada quien desarrolla su propia coreografía criminal. Las niñas de nueve lo hacen de una forma distinta de las de cuatro, que apenas tienen fuerza y altura para llegar al monigote. Los primeros y más feroces suelen ser, sin embargo, los varones. Sólo superados en número y resultados por un cierto tipo de abuela cabrona, de procedencia no del todo identificable, y que suelen ser las más crueles a la hora de arrebatar caramelos. Lo hacían con la saña de la medicación caducada, raspándole a uno el alma contra la grama con esas uñas color escarlata.

Hoy, por alguna razón, me levanté pensando en piñatas. Sentada en una antigua plaza de la ciudad, desplumo palomas con el corazón. Repaso con horror el ritual de la piñata. Y aunque trato, no puedo evitarlo. Temo ser el osito amoroso de crepé que alguien –alguno de esos niños- destrozará con saludable ahínco.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Es (sólo) un relato


"Violently happy/ Overemotional". Björk. Violently happy

Sus pies están torcidos hacia adentro. Parecen esculpidos desde otra vida justo para ese momento. Ella era una mujer sin sueño que en sus ratos libres solía soñar con bosques y escribir en libretas negras. Como los peces, las noches nadaron en cardumen hasta la orilla de su lápiz. Se despeñaron bosque abajo. El lavamanos chupó lentamente el agua. Se hizo de día aquella noche.

Ahora la veo pasar a menudo a la pobre. Camina colgada cual camisón en tendedero. No avanza ni llega. Sólo se columpia. ¿A quién miran sus ojitos de colgante? ¿Con quién sueña ahora la mujer sin sueño? ¿Adónde fueron sus libretas? Al Sur, detrás de los pájaros.

En una estepa silenciosa un reloj deja pasar el tiempo. Tic. Tac. Tic. La mujer sin sueño se columpia como sólo saben hacerlo los sacos de arena en las tramoyas de los teatros. Hasta que un buen día la rama se rompa y se haga de día, otra vez, aquella noche.

Menos mal que ella no sabe cantar, así el telón no tendrá que caer. Para ese entonces, la mujer sin sueño habrá encontrado el cardumen, el lápiz y una percha desde dónde guindar sus ojos al viento.

viernes, 18 de septiembre de 2009

A los pececitos de oro ni los tocó

"Archimboldi tenía una visión de la literatura en tres compartimentos (...): en el primero estaban los libros que él leía y releía y que consideraba portentosos (...). En el segundo compartimento estaban los libros de los autores epigonales y de aquellos a quienes llamaba la Horda, a quienes veía básicamente como sus enemigos. En el tercer compartimento estaban sus propios libros". Roberto Bolaño. 2666

Si Arturo Belano es el narrador de la historia de Benno von Archimboldi, un soldado que podría ser el escritor que todos buscan, entonces Bolaño hace lo que los genios, liarse a tiros con una katana literaria, levantar su propio reino. Vivir y mandar en él como quien más.

En el país de la ficción, Bolaño parece prócer. Una estatua para llorones, souvenir para ágrafos, detective de los que sí escriben. Porque en Bolaño, a diferencia de Vila Matas, la más rabiosa tristeza es la bujía de una historia que siempre es la misma, aunque esté escrita en varios trozos.

Si en efecto, como dice Ignacio Echevarría, es Arturo Belano quien cuenta todo esto, 2666 y sus cinco partes, Bolaño sigue, monarca, en su mundo de los muertos. Reina, perfecto, en su trono. Hace libros desde la muerte y nos los envía, cariñoso, a nosotros, sus descastados.

Voy a terminar por creer que en verdad el chileno logró lo imposible. Le rompió la piernas a Macondo. Mandó al hospital a las mariposas amarillas. Enterró una muleta en La casa verde de La región más transprente, El Laberinto de la soledad se lo comió cual sopa de macarrones con queso servida en una cafetería de la frontera y el hielo de Buendía lo derritió en un whisky. A los pececitos de oro ni los tocó, ellos ya estaban ensartados, hace años, en otro anzuelo. El suyo, me da por pensar, ahora duerme en el Port Olimpic.

Bolaño, ¿dónde firmo? Yo quiero apuntarme a Sonora, el nuevo Yoknapatawpha de los chicos nebulizados y las muertas de cabello largo hasta la cintura.

Atentamente,

KSB.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Variaciones del No.


"La palabra libertad le sonaba a Espinoza como un latigazo en un aula vacía. Cuando despertó estaba sudando"
. Roberto Bolaño. 2666

No dices. No quieres. No escribes. No sabes. No preguntas. No respondes. No haces. No quisiste. No hiciste. No puedes. No pudiste. No supiste. No tienes. No entiendes. No piensas. No creas. No aciertas. No aclaras. No sales. No entras. No encuentras. No aceptas. No arreglas. No ordenas. No recuerdas. No repites. No rebajas. No reduces. No aumentas. No duermes. No comes. No vives. No hueles. No oyes. No sabes. No cabes. No dejas. No empiezas. No terminas. No comienzas. No vas. No fuiste. No regresas. No sientes. No buscas. No encuentras.

No.

No te pintes así, Cesárea, que me pongo triste.

martes, 15 de septiembre de 2009

Hueso de mis huesos


Sinceramente, creo que me estaba volviendo loca. Esas voces que escuchaba (voces, nunca rostros ni bultos) provenían del desierto” (Azucena Esquivel Plata a Sergio González).Roberto Bolaño. 2666

"Por ello, corren arroyos sin decirlo, apenas tendidos entre el verde y las nubes que han copiado". Adriano González León. Hueso de mis huesos

Eras las seis de la mañana. Vestía deportivas, camiseta blanca y unos jeans derrotados y caídos. Salía, como todas las mañanas, a dar un paseo. Algo fétido soplaba en el aire, hueso de mis huesos, un tufo a naranja podrida y mierda tibia al sol. Ay, hueso de mis huesos. Qué inmundicia.

Aquel lugar igual podía ser un banco en el desierto de Sonora, la calle del barrio de toda la vida –las mismas casas, envejecidas y desganadas- o un parque con gallinas flacas. Esa mañana, hueso de mis huesos, podía ser cualquier cosa.

Sin saber porqué, sacó del bolsillo una bolsa del súper. La abrió sacudiéndola en el aire, como si alisara una camisa de golpe. Sin tenerlo muy claro, dio unos pasos. Uno, dos, tres… hueso de mis huesos. Entonces se detuvo.

Sus deportivas se toparon con una serpiente, una jugosa y gruesa culebra enrollada sobre sí misma como una caracola de canela sobre el pavimento. Extendió su mano y la cogió por la cabeza. La serpiente comenzó a repartir coces de agitada serpentina.

La sostuvo, muy fuerte. Mientras el reptil daba sus azotes de látigo en el aire, ella parecía regar el césped con una manguera furiosa y estropeada. Con la mano libre sostuvo la bolsa del súper y guardó en ella a la serpiente. Hizo un moño fuerte y siguió su camino.

Eran las seis de la mañana, vestía deportivas, camiseta blanca y unos jeans derrotados, cuando, inexplicablemente, sacó a pasear una bolsa. Una bolsa del súper agitada en su interior por una serpiente. Enloquecido paquete, cual sangre que golpea un corazón o gatos que riñen dentro en un saco. Eso fue lo que pasó, hueso de mis huesos. Tal cual como te lo cuento.

Así ocurrió, hueso de mis huesos.


viernes, 11 de septiembre de 2009

Ulises Lima piensa en Barcelona


"Amanece otro día en que no estaré invitado
ni a un momento feliz"
Jaime Gil de Biedma. De Senectute


La culpa es de Bolaño, Arturo Belano y Ulises Lima. También de Marsé, niño clavileño prendido de aquel broche. Culpables, todos. Goytisolo, Vázquez Montalbán y Gil de Biedma. Herralde y compañía. Balcells y sus secuaces. Una catedral convertida en tobogán hace flexiones en una cafetería de la calle Mallorca. La ramblas y sus gallos en situación de rehenes. Santa Catalina y sus hervores. Una cuesta para caracoles que sueñan con el Parc Güel o una ciudad cuyo mar huele a gasolina y guayaba. Algo se enciende dulcemente. Es la ciudad acelerando en la memoria. Los adoquines del Paseo de Gracia rompiendo contra las farolas y mis pies durmiéndose a mitad de camino hacia ninguna parte. Amanecí pensado en bicicletas. Amanecí pensando en Barcelona.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Flugzeuge i sobre altres avions



"Todo había empezado, según Piel Divina, con un viaje que Lima y Belano hicieron al norte, a principio de 1976".
Roberto Bolaño. Los detectives salvajes

Se sabe lo justo de ellos.

Que despegan y aterrizan.
Que se retrasan o adelantan.
Que caen o desaparecen.
Sabemos de su perfume agridulce
y sus bandejas de comida sospechosa.
En ellos todo es igual,
ocurre de la misma forma,
en un tiempo sin carbono.

Alguien se marcha o regresa,
gritando palabras apagadas.
Aviones.
Se sabe lo justo de ellos.
De sus pasajeros también.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Que si la ciruela o el barbero


En una redacción bastante más decorosa que ésta, David Gistau escribió en su Barra Brava de los lunes una ácida ciruelita en el manual de las apreciaciones. No puede atribuírsele el fruto seco al columnista, pero tampoco regateárselo. Decía el rabioso periodista: si en literatura hay que hacer una diferencia entre los que hacen frases y dicen cosas, en el fútbol hay que distinguir a los que hacen jugadas de los que juegan. Se refería, por supuesto, a los merengues del sábado pasado.

Obsesionada como estoy últimamente por los cortes de pelo y la simetría de las autovías, se me ha ocurrido comparar el asimétrico corte de pelo a lo Victoria Bekcham con la estructura actual del conjunto merengue: una abundante melena delantera y severo trasquile en la nuca (de ahí lo indecoroso y reprochable de este post). “Un corte de pelo puede ser asimétrico, un club de fútbol no”, me respondió mi esposo con una cierta indignación por la barbaridad que acababa de decir.

Prefiriendo la ácida ciruelita de Gistau a la deslucida comparación de un corte de pelo, los merengues hacen de perezosa yema que no levanta en suspiro. Mal de amor de la primera jornada y morbosa apostilla del sorteo de la Champions, el rabioso Madrid sufre de un Xabi del juicio y de un cariado y purulento Arbeloa en su afilada dentadura. Que hay que darles tiempo, dice García Caridad. Que la cosa está muy cruda y la liga muy tiernita. Que el césped anda aún sin estrenar. Que si el mercado de fichajes aún no estaba cerrado. Que si la ciruela o el barbero.
p
Mi enciclopedia europea del fútbol, mi cerveza sin alcohol de mierda y yo nos entendemos, a golpes, con el televisor y las futbolerías. Hacemos lo que podemos. Pedimos una borrachera o una fiesta como las de los azulgrana. Fútbol, coño, futbol. Como el que hace Villa cuando se calza sus botas azul asturiano y, cual Pelayo, agita las cuerdas en la red del oponente.

viernes, 28 de agosto de 2009

Lianta subiendo escaleras


Te debo una, otra vez.

Un amigo, de esos que sacuden la risa y aguan el alma, me ha pedido ser valiente. Ha pedido pundonor y arrojo. Echa de menos el material del que, dice él, estoy hecha. Después de un par de días, he decidido hacerle caso.

Del armario he sacado los tacones con la cuña más alta que aún me quedan. Son zapatos gruesos, de charol rojo. Zapatos que uso para marcar el paso. Zapatos que visto para ahuyentar el frío y acomodarme como la planta que se fija a la tierra para no doblar su tallo.
p
Con ellos, vistiéndolos y vistiéndome, me he puesto de pie frente al primer escalón de esta enorme y repentina casa. He mirado desde mi improvisada altura la distancia entre el suelo y mi corazón. Un vuelo sin motor recorrió la moqueta.
p
Levanté la pierna derecha hasta apoyarla, completa, en el primer peldaño.El paso anterior al movimiento del pie izquierdo fue breve y eléctrico. Un escalón por encima del suelo. Un peldaño y diez centímetros de tacón desafiando la escalinata entera.

La siguiente elevación fue menos cobarde. Con ella fumigué y pisé las plagas que se trepan a los tobillos, esas amarguras que habitan armarios y jardines, ese lugar que ahora controlo desde mi altísima cuña.
p
Estoy cinco peldaños y diez centímetros por encima del suelo. Pienso, de nuevo, en mi amigo que sacude la risa y ablanda el alma. Pienso en él. Firmemente.
p
Es entonces cuando descalzo un pie, luego el otro. Mi corazón no se encarama a nada. Puedo seguir subiendo, con o sin la cuña roja de charol. Puedo, ahora sí, trepar esta plana escalera que de pronto, en sus palabras, ha perdido altura.
p
Soy una mujer que camina descalza. Soy la que oye, a veces, el silencio.
Soy yo, pisando fuerte en mi propio nombre.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Tres horas y 18 segundos



"Estábamos, señores, en provincias
o en la periferia, como dicen,
incomprensiblemente desnacidos"
José Ángel Valente. Tiempo de guerra

Dejé todo, he traído una alianza y poco más de 40 libros. El resto siguió en su sitio. Desde entonces visto un reloj que marca, eterna y puntualmente, las tres y dieciocho segundos. No es mío. Me lo han prestado por unos días.

Tres horas y dieciocho segundos. Los de una tarde, o una madrugada, que podría ser cualquiera de las que han ocurrido antes. Cualquiera de las que he perdido desde mi muñeca. Un café a solas. Dos caladas de más. El sol rompiendo las ventanas del auto. El sueño silencioso de la almohada, o la hora de un vuelo en la pantalla de un aeropuerto.

Él, el reloj quiero decir, lleva consigo los momentos exactos que ocurrieron y el minuto justo en que dejaron de ocurrir. Los colecciona allí, en su estropeada esfera. He intentado, pero no encuentro relojero capaz de repararlo. Por eso no respondo si me preguntan cuánto falta. Visto mi mano con el atuendo del naufragio.

viernes, 21 de agosto de 2009

Mujeres que barren


“Esta casa surge despacio en el agua de la lluvia que caía por los muros
y olía a yerba y a todo eso”
Yolanda Pantin


Conocí mujeres que barrían patios enteros. Una raza extinta, documentada por terceros.Como a Vasilisa, las vieron limpiar y estrujar. Habitantes de un jardín , el lugar donde se plantan y se arrancan raíces, donde la vida y la muerte adquieren la misma distancia.

Las imagino, soldadas en camisón, salir a dar muerte a un dragón con sus rastrillos despeinados. Mujeres que barren para ordenar su soledad. Mujeres que visten velos goyescos de encajes. Mujeres que apartan con una pala los frutos caídos.

Son mujeres que barren la tumba del día que quisieron. Mujeres jardineras en el panteón de las sonrisas abatidas y los corazones estropeados. Yo, en cambio, desconozco cómo sacudir el polvo.
Las hojas se las lleva un viento raro. Tampoco tengo patios ni mangos, sólo esa avenida que comunica mi casa con el resto del barrio. Esa larga calle que empujo con pasos aeróbicos, esa coreográfica manía de andar como quien sale de un hueco estando aún en él.

Las mujeres de aquellos patios hacían lo correcto. Hacían lo que debían. Ellas sí sabían de sus heridas lo que aprendo ahora de las mías.
Es temprano. Hace frío. Me levanto y rastrillo. Peino mi propia tierra, hasta hacerla sangrar.