domingo, 3 de diciembre de 2017

Medellín, mon amour (cuando no existía Netflix)




"Porque los muertos no hablan. Porque los muertos están muertos, y no se ven"
Antonio Ungar. De ciertos animales tristes

Sesenta padres nuestros le costó a Patricia entrar a España. Por más que intento sacar la cuenta, no me da. A dos padrenuestro por minuto, el funcionario de inmigración se habría demorado 15 minutos sólo en ella. De ser lo suficientemente creyente y ágil, podría haber rezado tres padrenuestros por minuto, lo que haría bajar el tiempo. Pero ella insiste y se planta en sus sesenta. Sí, sesenta padrenuestros. “Lo que pasa, mami, es que eso fue hace doce años, cuando todas las que llegaban de Colombia venían a trabajar de putas”.

No sé si Patricia venía desde Medellín con la idea de trabajar como tal, o si era sólo una suposición del funcionario, lo cierto es que pasó el control. “Y lo peor es que el hij’ueputa ése de inmigración se asomaba por el mostrador, me veía y decía: pero es que con 25 años, y de Colombia, ¿me va a decir que no viene a trabajar como prostituta?... Hiju’eputa, ése”, refunfuña con su acento paisa y sus ojos delineados. Salir de Colombia, lo que se llama salir, no fue del todo fácil. Una prima, que se había venido a Málaga cuatro años antes, la convenció de cruzar el charco.

De asistente administrativo en una inmobiliaria “gringa” en Medellín, con 500.000 pesos de sueldo, Patricia había pasado a ganar 100.000 haciendo cualquier cosa. “Debía a todo el mundo: al lechero, al de la mazamorra, la hipoteca de mis papás. Así que dije, bueno, lo intento… Y lo peor es que Medellín estaba que brillaba en esos años, gracias a Pablo, mami”. El tan familiar Pablo al que se refiere como si de un primo se tratara, es Pablo Escobar Gaviria (1941-1993), el mismísimo jefe del cartel de Medellín (en los años de aquella conversación, el pujante 2007 español,  no existía Netflix y el patrón, el más sanguinario de los delincuentes travestidos en prohombres, no había conseguido enamorar todavía a los españoles como lo hizo  con su irrupción en las series de pago).

En palabras de Patricia, Pablo es prácticamente un prócer. “Le dio plata a la gente pa’ que acomodara la entrada de Medellín y le pusiera suelo de cemento a las casas; agarró a los pelaos que no trabajan y les dio trabajo… Eso sí, era narcotraficante, pero él ni mataba, ni le ponía los cuernos a su mujer ni le dejaba meterse nada a la gente que trabajaba con él. Él lo decía muy claro: yo produzco lo que los americanos quieren consumir, pero usté no se meta esa mierda”. Según Patricia, el entierro de Escobar -ella lo sigue llamando Pablo- fue apoteósico.

A Pablo –vamos, a Escobar-, ella lo vio más de una vez. Fue personalmente a conocerlo a una calle de Medellín en la que, a veces, cuando andaba de político, se ponía a saludar gente, repartir cochinos –cerdos–  y regalar casas. “Es que ese hombre era bueno, imagínese que hay quien dice que él sigue vivo, porque a mucha gente en Medellín le siguen llegando ayudas, que si cochinitos bebés pa’ los del campo, que si plata pa’ la familia del enfermo… Yo creo que debe ser su familia, que sigue ayudando a la gente que tanto lo quiere. Aunque hay gente que dice que está vivo”.

“Ya tengo doce años acá mi amor. Me casé, tengo una hija. ¡Y hasta soy española!”, dice Patricia con ínfulas de empresaria. Se remueve en su silla, se incorpora, busca un cuenco con agua tibia mientras camina dando golpes de avispa con la cintura. Está inquieta, le gusta escucharse. El alquiler del local, más el sueldo de las otras dos, le da una suma alta, pero ella compensa. “Como aquí, mi amor, en ningún lado”. "¿Volver? No mami", me dice. Ella a Colombia no regresa, excepto de vacaciones.

En tres años han matado a su hermano, su tío y su primo, todos por arma de fuego, en Medellín. “Esos hiju’eputas me mataron a mi hermano pa’ robarlo, a mi tío pa’ quitarle el camioncito… Y a mi primo, bueno, a ese sí, porque estaba metido en vainas de droga”. ¿Volver?, “¿pa’ qué mi amor? Con esa racha de muertos, ¿pa’ qué? Dígame reina, ¿volver, pa’ qué?”. Antes de terminar, se pone de pie, fantasea con Medellín y su bandeja paisa. Patricia titubea, mira a los lados y vuelve. “Pero sabe,¿mami? De verdá, que no le miento, ese Pablo sí que era buena gente m’hija. Ése sí m’hija, ése sí”.

Se cumple el aniversario de su muerte este diciembre. El tiempo ha pasado.

Sí. 


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domingo, 29 de octubre de 2017

El periodista que pedía días libres para torear


Foto de perfil de Facebook de Juan Diego Madueño. 



De las corridas le gusta todo, la vuelta al ruedo por encima del resto. Estudió Derecho, quiso ser torero y terminó por escribir al respecto. Y lo hace como dios. Uno que no almidona las comas ni petrifica a los matadores con la laca a veces exhausta del género. A Juan Diego Madueño le basta el punto y seguido para salir a hombros de la página en blanco. Hablo del cronista taurino de El Español, que este fin de semana se ha vestido de corto, por segunda vez. La primera fue en 2016, con trastos de Jose Mari Manzanares. La segunda, hace unos días, en La Carlota, la plaza de toros de Córdoba. Aunque, a juzgar por el vídeo que he podido mirar, Madueño tiene más soltura con el punto y coma que con la portagayola. Eso sí: hace falta valor para salir vivo de ambos.   

Comencé a tratar a Juan Diego Madueño esta temporada en Las Ventas. De él conocía sus crónicas en El Español (me parecieron a la tauromaquia lo que Netflix a la televisión). El retrato veloz del muchacho arroja una foto simpática. Los pelos ensortijados, las gafas vintage de montura redonda y el bigote de liberal decimonónico, repeinado en sus extremos. Y acaso porque en el Patio de Arrastre habla uno de lo que habla, desconocía por completo sus paseíllos por el albero.  Me enteré hace una semana, la víspera de su viaje, en una segunda ronda de Alhambras tras salir de la proyección de Oro, la nueva película de Agustín Díaz Yánez, Tano, que reunió en una sala de cine a los más taurinos de sus allegados. Este señor entre ellos.

Estaba aterrado, insistía. Y aunque tenía previsto afeitar el bigote para la ocasión, cualquiera podría pensar que aparecería al minuto, por aquello de que el miedo hace crecer la barba, como le dijo Belmonte a ManuelChaves Nogales. Pero no, el hombre salió rumbo a Córdoba, a lidiar sus erales. Cogería el primer autobús de la mañana. El más barato, apostilló. Madueño, que además de cronista taurino vive -como los de nuestra generación- picando piedra en la mina de la actualidad, tuvo que pedir días libres en el periódico para torear.

A sus 28 años, luce lejana ya su incursión como alumno de la Escuela Taurina de Córdoba. Tenía 16 años y ganas de vestir de luces, pero desertó por cobarde, dice él. La primera vez que acudió a una corrida de toros fue de la mano de sus abuelos Juan y Ramona: "los padres de mi padre, me acomodaron en nuestra localidad", según él mismo contó en Blanco sobre negro. Tenía cinco años cuando lo llevaron a una plaza portátil en Villa del Río, ese pueblo que no por pequeño deja de desafiar: tiene un puente sobre el Diablo.

Acaso por eso, por el gesto artístico de los milagros que se montan y se desmontan, desde ese día Madueño vive, como él dice, en una plaza portátil con una media luna clara y afilada al lado. Acaso por eso habita en el miedo irrenunciable. Quizá  por esa circunferencia que aparece y desaparece, el Madueño anda rumiando ideas duchampianas. Torear tecleando, por ejemplo. O, por qué no, pergeñando una partida imaginaria en la que Morante juegue al ajedrez -a lo Duchamp-, mientras los aficionados susurran ‘bieeeeeen’, a cada movimiento que hiciera el matador de un peón.


Ganas de ver a Madueño torear. El día en que me haga banderillera, con la bendición del Michelín y Manolo Montoliú, iré a pedir trabajo en la cuadrilla de Madueño, el diestro que pedía días libres en el periódico para torear. Será cuestión, digo yo, de sacar lustre a los puntos y comas. 

jueves, 12 de octubre de 2017

Esperaré a mi próxima pesadilla




Yo soy el desarraigo. Me repetía ante un espejo en mi última pesadilla... de la que desperté acelerada, metiendo y sacando ideas de un bolso revuelto a los pies de la cama. Encendí el último cigarrillo de la cajetilla y poco después la tele, para que hiciera ruido. Comencé a leer editoriales sobre el desafío catalán.¿Qué celebramos el día de la Fiesta Nacional?, escuché en la voz de un tertuliano de Espejo Público. Sólo entonces me di cuenta. 12 de octubre. Un día como hoy de 2006, hace ya once años, llegué a España. Había olvidado mi propia efeméride. Qué buena memoria tienen mis pesadillas.

Año 2006. José Montilla se convirtió en presidente de la Generalitat, que ya era un desamor en aquellos días del Plan Ibarretxe. Cuatro años después, José Montilla, aquel hombre que se hacía llamar catalán de Iznájar, dejó a los socialistas la peor derrota electoral en Cataluña. Artur Mas llegó a la escena política y Montilla se retiró. Han pasado once años, una crisis económica, una acampada indignada de la que salió un partido político, y una abdicación monárquica... Ni Montilla ni Mas gobiernan ya. El largo reproche de sus años desembocó, eso sí, en el esperpento que forman juntos sus propios monstruos y los que se unieron luego a la fiesta.

Un día como hoy de 2006, hace ya once años, llegué a España. Ni Montilla ni Mas gobiernan ya...

En aquellos días hasta el agua suponía un desencuentro con Cataluña: el trasvase... siempre el trasvase entonces, y la educación, y la sanidad, y los presupuestos. Nunca nada era suficiente y el reproche salía a borbotones hasta de un 'espetec'. De aquellos años –la sequía catalana, porque apenas llovía- conservo las crónicas de este blog, que comencé como una prescripción farmacéutica. Para no volverme loca. O mejor dicho, para no volver… la vista atrás. En ellas escribía todo cuanto escuchaba o presenciaba, para colocarlo en orden. Lo hacía, creo, para hacerme a la idea de que llegaba a un lugar y obviar lo importante: que me arrancaba de otro. De un país que ya no me recuerda y al que me une, al mismo tiempo, un amor y un agravio.

Hace un tiempo uní todas esas crónicas en un libro. Diez años encuadernados en la piel de la persona que se había marchado y la de quien jamás regresó. El pellejo de la que se descubrió ya lejos. En una terraza de la Castellana, durante la comida acordada para hablar del manuscrito, la editora a quien entregué el texto me dijo que le gustaba el libro pero que no sabía exactamente de qué hablaba.  Hubo educación y empatía en su pregunta, no lo niego. Pero a mí me parecía que saltaba a la vista. Que era incluso redundante todo cuanto contaba ahí. Escribiera de fútbol -pásate, macho, el Marca- , de la Norma de Bellini o las aventis de Juan Marsé, en realidad siempre hablaba de lo mismo: del hecho de no hallarse, de no ser. Me marché con el estómago apretado y una sensación extraña, áspera. No volví a abrir el manuscrito.

Al llegar a casa, un grupo de tunantes instalado en la terraza del bar frente a mi portal pasaba la tarde con cervezas y rojigüaldas

Este jueves festivo, blando como un domingo resacoso, miro una pantalla de televisión en la que desfilan tropas y la bandera se significa,  sobreactúa a veces. Un tertuliano pregunta qué celebran el día de la Fiesta Nacional. Los signos de interrogación me sujetan como a un pez que ya boquea  en el anzuelo. Pensé en mi llegada a España. Sonreí con esa mueca rota que me sale a veces. Pensé en la efeméride del desarraigo. El encuentro de dos mundos, jo jo jo, y esos chistes fáciles sobre la leyenda negra y la identidad. Al segundo, me sentí frívola.

Vi el desfile, el reparto más o menos simétrico de hombres y mujeres igualados en sus ropas, en su paso. Salí de casa, haciéndome la misma pregunta. Pasó el día, con el garfio de la celebración, con la duda del aniversario. Al llegar a casa, un grupo de tunantes instalado en la terraza del bar frente a mi portal pasaba la tarde con cervezas y rojigüaldas. Me senté, otra vez ante el ordenador, a leer la prensa e intentar escribir la novela que debería acabar en un mes. El ruido entra por la ventana. Cantan los tunantes mientras leo el poema de Jaime Gil de Biedma que hoy Juan Marsé recuerda en la Tribuna de El País:

Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.
Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.


Me asomo a la ventana. Abajo, en la calle, los tunantes cantan Que viva España. Son el espectáculo de la terraza. Les hacen fotos y vídeos.  Una japonesa aplaude, entusiasmada, su ración de color local. Uno de los entusiastas tunantes la saca a bailar y perpetran un paso doble entre escupitajos y pegotes del suelo sucio, transitado por los miles de turistas e inmigrantes que tocan sus exhaustos acordeones. Un anciano con paraguas -por qué lo lleva, hoy no hay previsión de lluvia y el termómetro marca 30 grados- observa la estampa de la japonesa y el tunante. El hombre se lleva un pisotón. Se duele del tropiezo que le propina otro curioso. Ríen y bailan el joven y la japonesa. El viejo se duele.

Entonces todo se me anega en las sienes: el desfile, las banderas, Montilla, el desafío…  Las efemérides  tienen una naturaleza coreográfica pero golpea como olas. Unen en la certeza de los símbolos a los que quieren pertenecer. A los que quisieran formar parte de sus propios deseos, acomodados al fin en un lugar. Once años después,  trepada en ese balcón como una gárgola, descubro que mi vida sigue siendo este litoral que se reparte, todavía, a este y al otro lado del mar. Y ya no sé muy bien cuál herida o pisotón me duele. Si el del hombre del paraguas o el mío, mirando todo aquello.

Esperaré hasta mi próxima pesadilla para averiguarlo. 


viernes, 18 de agosto de 2017

Barcelona, sal y guayaba


La primera vez que llegué a Barcelona, me pareció que la ciudad olía a guayaba caliente y combustible. O eso me dio por pensar. Un aire pegajoso y familiar se apropiaba de las cosas. La humedad en la piel, el tapón entre las cejas, la presión en la cabeza y un dulce mareo de aterrizaje. Di tumbos dentro de un autobús. La pista del Prat iba y venía, como un empujón de bienvenida. 
Había llegado a una ciudad de costa. Un lugar de mar y montaña. Un sitio salado que me hacía sentir más cerca de casa. En aquel entonces, infeliz, pensaba que aquella era una palabra definitiva. Pensé que, desde ese momento y hasta que la olvidara, aquella sería una ciudad perfecta. A ella podía huir si las cosas en Madrid salían mal. Tenía una sola razón para creerlo. Una. En Barcelona, para ser pez, nadie te pedía que vinieses del mar.

En Barcelona, para ser pez, nadie te pedía que vinieses del mar.

En Barcelona las cosas podían ocurrir como en los sueños: con los ojos cerrados y sin explicación, pensé. Cuadrículas y esquinas chaflán, luego un semáforo. Cuadrículas y esquinas chaflán, luego otro semáforo. Y aunque cada manzana me parecía la misma, entre una y otra, se levantaban fachadas absurdas, acontecimientos extraordinarios. Las aceras lastimaban lo justo y las calles parecían venir de otro lugar.
Me parecía que los edificios se inflamaban, perdían su forma ganando otra mejor. En lugar de fuentes, crecían lagunas de mosaico. Todo me pareció Gaudí y su bate en la mano, golpeando techos y abollando ventanas. Caracoles y lagartijas se deslizaban por las columnas mientras La Sagrada Familia vivía de su propia intemperie. La ciudad era un arrecife alucinado. Hoy la veo de otra forma. Pero aquel día todo me pareció excepcional. Una inyección de algo indescifrable, que hoy se ha sedimentado a causa de los muchos viajes. Es la ciudad libro, así que todo me lleva allí. Pero entonces, todo era distinto. 

Eso pensó la que recién descubría Barcelona, la ciudad donde nació mi padre. Tenía 25 años, ahora cumpliré 36.

En la parada de un autobús cuyo número desconocía, miraba las lozas marinas del Paseo de Gracia, esperando a que una ballena reventara el cemento y tumbara las farolas -en mi libreta de 2008 escribí tumbar, ese verbo no del todo inocente-. Caminé como pude: un pie tras otro, con la velocidad de las pesadillas gustosas. Si invadía el carril, un ciclista me arrollaría con su bici roja, pensé. Pero si traspasaba la línea, tropezaría con los periódicos del quiosco. Moriré de gusto, al pie de esta mañana sin frío, pensé. O mejor dicho, pensó la que llegaba a España. La que recién descubría Barcelona, la ciudad donde nació mi padre. Tenía 25 años, ahora cumpliré 36.

Ese día brillaba el sol y no llevaba abrigo. Encontré un mar de baldosas y palomas pulgosas sobre mi cabeza. Y quizá por eso, en la terraza del Parc Güel, me sentí más cerca de casa. Ahora, claro, ya no necesito tal cosa como una casa. Entonces sí. Por eso Barcelona fue un hogar. ¿De dónde provenía todo cuanto veía? Del mismo lugar del que venía yo, ese sitio donde nadie te pide que seas un pez para venir del mar. 

Por eso Barcelona fue un hogar. ¿De dónde provenía todo cuanto veía? Del mismo lugar del que venía yo

Hoy, años después, me duele el paredón en el que la han convertido. La ruleta rusa de quienes matan.Me da igual la fe; con o sin ella, matan.  Trece muertos y al menos cien heridos. He crecido con Barcelona, en la distancia. He domesticado mi soledad y mi locura recorriendo sus calles. Acaso porque es el único lugar que huele, por alguna razón, a sal y guayaba, la fruta agusanada del lugar que siempre ruge dentro de mí. 

Hoy Barcelona, como las frutas que estallan, está herida. Yo también. 

Sí, yo también. 




jueves, 10 de agosto de 2017

Tienen mis deseos por término este banco de piedra

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De pie sobre un banco de piedra, pienso en algunas cosas. Las cambio de sitio. Las corto en trocitos y alimento con ellos a las pirañas. De pie sobre un banco de piedra, el vértigo se busca la vida. Se asegura un lugar más útil de donde tirarse. En resumidas cuentas: de pie sobre un banco de piedra se piensan muchas cosas. Ésta una de ellas.

He leído mal todo este tiempo a la pastora Marcela. Quizá hasta hoy, la percibí solo como el prodigio de un alegato feminista. La piedra de una antigua lucha en la que, hasta entonces, pocas mujeres reventaban cristales. Marcela es la cólera de Aquiles para quienes nunca pudieron cantarla como propia. Las mujeres en la literatura habían sido hasta entonces objeto de rapto o deseo; la causa por la que se inicia una guerra. El remanente de la serpiente y la manzana, en otras variantes que la pastora de Cervantes interrumpe.  Sin embargo, aun siendo ese prodigio, Marcela es algo más.
Marcela defiende su derecho a la desafección a la vez que exige en el otro el gesto adulto de hacerse cargo de sus propios pajaritos preñados
La contestación de Marcela al asunto de Grisóstomo, aquel infeliz muerto con su canción de agravio y amor no correspondido, va más allá del sexo de quien lo pronuncia. La pastora Marcela, que nació libre y por eso elige la soledad de los campos, blande su derecho a no querer, a marcharse, a desairar e incumplir, a la vez que exige en el otro el gesto adulto de hacerse cargo de sus propios pajaritos preñados. Existe, en un mismo alegato, la defensa de dos libertades elementales: la de admitir el desengaño como responsabilidad del que eligió creer y la que ejercen quienes se dan la vuelta.
Bien dicho está aquello de que a Grisóstomo antes le mató su porfía que la crueldad que atribuyen a Marcela.
Bien dicho está aquello de que a Grisóstomo antes lo mató su porfía que la crueldad atribuida a Marcela. La pastora defiende el derecho al desapego, a la desafección. Y además obliga a quien la lee a colocarse en la baldosa floja de la verdad: ser querido no es un derecho, el mundo y quienes lo habitan no están obligados a permanecer en las vidas de otros. Toda derrota,  acaso todo desamor y abandono, es la huella de un tránsito para que el que debimos tomar precauciones.

De pie sobre un banco de piedra se piensan muchas cosas. Que amanecen mal las lentejuelas, por ejemplo. Que la claridad arponea. Que no era eso, sino lo otro. Que no era aquí, era allá. Y sin embargo me pregunto: siendo legítima la desafección de Marcela, adónde van a parar los agravios cuando se revelan como tales. Puede, quizá, que a los bancos de piedra o por qué no, al lento desaire de las farolas, los puntos y comas, las sillas vacías y los patios interiores.
 Sí, lleva razón Marcela. Se piensan muchas cosas sobre un banco de piedra. Muchas.
“Quéjese el engañado, desespérese aquel faltaron las prometidas esperanzas”. Lleva razón Marcela. Suficiente como para haber vivido 400 años. "Tienen mis deseos por término estas montañas". Sí, lleva razón. Se piensan muchas cosas sobre un banco de piedra. Muchas.

domingo, 23 de julio de 2017

Un poco por no morir



Nadie regresa vivo de una promesa rota. Acaso porque en todo incumplimiento hay una muerte. La de quienes fuimos mientras creímos. El lugar al que van a parar los deseos, tiroteados por la verdad: las personas que no fueron o las que no llegamos a ser; los países y los hogares que se derrumbaron. La vida, como los puertos y los barcos, despide. Concede destino, pero antes obliga a morir. Y ésta, como toda historia de amor, es también una historia de fantasmas (*).

La vida, como los puertos y los barcos, despide. Concede destino, pero antes obliga a morir
Madama Butterfly es la primera ópera que conservo en mi memoria. Mi madre la escuchaba en su habitación, a un volumen exagerado. Nunca entendí ese gesto ruidoso, que en nada tenía que ver con su tendencia al silencio. Me tomó años comprenderlo: hacerlo le concedía libertad. Como si en cada uno de los tres actos, mi madre levantara una república, un territorio propio: nudo y desenlace de sí misma. Madama Butterfly  fue, también, la primera ópera que vi y la primera que compré cuando me fui definitivamente de casa. Todavía la conservo. Es una grabación de la Callas con la orquesta y el coro de La Scala. Desde entonces me acompaña, soplando con su fuerza ese mar sin viento. Cumplir años, transformarse, es también una forma de desengaño. Un barco de guerra, atracando.

Y aunque hemos visto juntas muchas óperas, Madame Butterfly no volvió a reunirnos en un patio de butacas desde entonces

Veinte años separan la primera función de Butterfly a la que me llevó mi madre y ésta a la que acudimos en el Teatro Real. Y aunque hemos visto juntas muchas óperas, Madame Butterfly no volvió a reunirnos en un patio de butacas desde entonces -quizá intenté rebelarme de aquel apresto, no sé-. Entre aquella y ésta, en la que la soprano Ermonela Jaho se despelleja y nos despelleja con su voz, se reúnen las muchas versiones que mi madre y yo hemos sido al escuchar la ópera de Puccini. Si de algo sabe la Jaho es de dejar de países atrás. Acaso por eso nos reunimos, las tres, en el país que funda su voz. Cuando mi madre me llevó a ver Madama Butterfly por primera vez,  parecía que las cosas durarían para siempre. Y no fue así. Se esfumaron muchas, entre ellas el imponente telón de Jesús Soto que desapareció del Teresa Carreño; de la misma forma en que lo hizo el país que construyó aquel teatro. Pero, ya se sabe, la vida incumple.

A medida que me he hecho mayor, he comprendido la ópera de Puccini como una historia de amor y poder; ambas, a su manera, formas sometimiento

Comprendo la ópera de Puccini como una historia de amor y poder; ambas, a su manera, formas sometimiento. Ambientada en el conflicto colonial de finales del siglo XIX entre Estados Unidos y Japón, la historia de ese avasallamiento toma forma en una tragedia protagonizada por Pinkerton, un oficial de la marina americana destinado en Nagasaki, y Cio-Cio-San, una hija de un samurai que cometió seppuku. La orfandad la obligó a abrirse paso como geisha.  Gracias a las leyes matrimoniales japonesas  -el abandono equivalía al divorcio-, Pinkerton enamora y toma por mujer a Cio-Cio-San en una boda arreglada. La joven quinceañera asiste convencida de que el enlace durará para siempre. E incluso, para ser una buena esposa americana, renuncia a la fe de sus ancestros, aunque eso le valga ser repudiada.

Todo va a salir mal y lo sabemos. Nos lo dice el coro. Nos lo dice ese dúo del primer acto –Vogliatemi bene-, que aun me resulta bello por terrible

Todo va a salir mal y lo sabemos. Nos lo dice el coro. Nos lo dice ese dúo del primer acto –Vogliatemi bene-, que aun me resulta bello por terrible. Ese momento en el que se superponen en direcciones opuestas dos voces, dos sentimientos : el de una joven que más que declarar amor lo suplica y el de Pinkerton, que insiste en la urgencia de poseer. El tiempo transcurre. Pinkerton se marcha... y su larga ausencia marchita las esperanzas a su paso. Vestida cual esposa americana, Butterfly aguarda. Cree, o insiste en creer que él regresará.  Así se lo hace saber a la fiel Suzuki en Un bel dì vedremo; y de la manera más terrible: con la fe de los que ya saben perdedores. Un bello día veremos, levantarse un hilo de humo, en el extremo confín del mar, canta Cio-Cio-San. 

Lo hará escondida. Un poco por broma, y un poco, por no morir nada más verlo, dice la infeliz. Esperará oculta Cio-Cio San… ¿en cuál versión de su escarmiento? 

En el confín... del mar. Así ha de aparecer la nave de Pinkerton; o al menos así confecciona la japonesa su ensoñación. Ella, que se imagina escondida en lo alto de una colina, esperará la llegada del teniente. Lo hará escondida. Un poco por broma, y un poco por no morir nada más verlo, dice la infeliz. Esperará oculta Cio-Cio San… ¿en cuál versión de su escarmiento? Todo esto pasará, te lo aseguro, dice a Suzuki. Él volverá.  Y sí: Pinkerton vuelve… con su esposa americana. La japonesa, desengañada y madre de un hijo fruto de aquella noche que anunciaba tragedia, decide renunciar a todo: porque lo ha perdido todo. Con honor muere quien no puede seguir viviendo con honor. Comillas del libreto que separan la entrada y salida de una espada

Acaso por eso yo me estremezco en  Un bel dì vedremo y ella en Con onor muore; porque sabe, mucho antes que yo, que la vida incumple
Para aquellos que enloquecen, que buscan el amor de alguien más con la misma fuerza de quienes se despeñan detrás de una vocación o un lugar mejor, todo incumplimiento es una muerte. Lo es. Así como Cio-Cio San pierde a su hijo, Ermonela Jaho podría perder la voz. Es desde ese dolor desde donde canta, dice ella en una entrevista la víspera de la última función. A la Jaho la llaman la nueva María Callas. Yo, en realidad,  veo a una mujer de ojos enormes que lleva años intentando ser quien es: desde que salió de la Albania comunista hace ya casi 20 años hasta hoy . Quizá por eso su voz riega ese lugar al que van a parar las emociones cuando se apagan las luces en el patio de butacas. Quizá por eso, nos escondemos ahí… un poco en broma, y un poco por no morir, mi madre y yo. Reunidas en las versiones que hemos dejado atrás. Acaso por eso yo me estremezco en  Un bel dì vedremo y ella en Con onor muore; porque sabe, mucho antes que yo, que la vida incumple. Y ésta, la que hemos venido a escuchar esta noche, es también una historia de fantasmas. Las versiones de una y otra, caminando de regreso hacia una casa, al otro lado del océano.  Ese  mar que concede destino, no sin antes obligarnos a morir.

(*) Así tituló D.T Max su biografía de David Foster Wallace. 
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domingo, 16 de julio de 2017

No seas idiota, piensa en el país



Aquella bandera de Venezuela la compré un 11 de abril de 2002. Lo hice en la autopista Francisco Fajardo, a la altura de la base aérea La Carlota; ese lugar en el que mueren civiles y militares. El sol apretaba. Once de abril. Íbamos hacia la muerte, aunque ya vivíamos en ella. Hoy, 16 de julio de 2017, en Madrid -la ciudad en la que vivo desde hace 11 años-,  miro aquella  insignia como si fuera una cicatriz.

Tiene siete estrellas mi bandera. No las ocho que ordenó Hugo Chávez, por aquello  de incluir Guyana, nuestra provincia ultrajada. Aunque ésa, claro, es otra historia . La mía, mi bandera de lona que hoy  he anudado alrededor de mi cuello, la compré a las dos de la tarde en la que murieron 19 personas. Diecinueve venezolanos que nadie recuerda.

Tiene siete estrellas mi bandera. Hoy, 16 de julio de 2017,  la miro  como si fuera una cicatriz. 
Los seguí a todos, a los 19. Tenía que hacerlo. Mi tarea era levantar el informe de uno en particular. El de Jorge Tortorza, fotógrafo del diario 2001, asesinado en la avenida Baralt de Caracas por un disparo de revólver calibre 37, al menos eso decía el informe de la Fiscalía. El dato era falso. El proyectil era un nueve milímetros. Un arma  automática: de militar. El dato no era inocente. Que la policía –de un ayuntamiento opositor, entonces- fuera responsable de aquella muerte, quedaba mejor. Escondía cosas.

Aquel 11 de abril del año 2002, la oposición ponía en escena –mise à mort- su primera marcha pirómana para pedir la salida de Hugo Chávez del Palacio de Miraflores. Lo recuerdo: todo salió mal. Nos faltaba todavía muerte y  escarmiento -¿podríamos, por Dios, aprender a ser país sin abonar la tierra?- para saberlo. Entonces yo no entendía nada.  Tenía 20 años y acababan de contratarme como asistente de investigación para levantar aquella  carnicería . En  mi país... la muerte, debo decirlo, ocurre al peso. Nos apilamos, como promesas incumplidas.

En  mi país la muerte, debo decirlo, ocurre al peso. Nos apilamos, como promesas incumplidas
De ahí salió un libro excepcional (escrito por mis maestros de verdad, gente que se la jugaba en el oficio) que me sacó de la juventud a puntapiés y me hizo mayor, aunque yo no lo supiese. De Tortoza, aquel fotógrafo del que he hablado en los primeros párrafos,  debía saberlo todo: cuando y cómo murió; quiénes lo vieron morir y cómo; la última llamada telefónica. A algunos a  quienes entrevisté en aquellos años los mataron a tiros, como a perros. No podrían repetir lo que yo escuché, con la quijada rota y la libretita de caligrafía cursi.

Hoy es 16 de julio de 2017. Al extender como un mantel aquella bandera, al examinar aquella tela que compré el día de la muerte de Jorge Torotoza, siento algo que no cabe en ningún órgano de mi cuerpo. Experimento una locura parecida a la fecha en que perdí la razón y empaqué mis cosas; la misma en la que metí esa bandera en mi equipaje. Con mi maleta crucé el Atlántico, ese mar donde la gente sólo se dice adiós. Hoy, casi 20 años después, tocándola, leo el braille de quien fui. De quienes fuimos. 


Hoy, casi 20 años después, tocándola, leo el braille de quien fui. De quienes fuimos. 

Yo tenía 20 años y el corazón limpio de los que creen.  En ese tiempo me hice periodista a la fuerza, aunque copiara a Juan Villoro con descaro y sin talento. En aquellos años, llegué sin entenderlo a los pasillos de la policía política para entrevistar a gente que ya no existe. Subí cerros. Conocí Catia. Y Petare. Y Cotiza. Me redimí. Dejé de ser la rubia de los jesuitas. Fui al encuentro del país que durante años ignoré. Hoy, tocando esta bandera, me pregunto dónde están todos los países que he conocido. ¿Dónde?

Hoy es domingo. Un 16 de julio de 2017. Quince años separan una bandera de otra, aunque sea la misma. Años, y muertos, y vejaciones, y padres sin vejez, e hijos sin tierra, y muertos sin justicia. El sol aprieta. El termómetro marca 40 grados. Y como aquella tarde del 11 de abril, llevo puesta mi bandera de siete estrellas sobre los hombros, anudada como una capa inútil al cuello. Mientras subo por la (madrileña) calle Goya, esa avenida de tiendas que tanto odio, me escuece el corazón. Me puede el calor. Algo en mí se quema. Quizá sean las siete estrellas  o el país que me olvida, que me escupe, que me expulsa, como la espada baja en el lomo de las bestias.

Hoy es domingo. Un 16 de julio de 2017. Quince años separan una bandera de otra, aunque sea la misma. 
Al llegar a Príncipe de Vergara, he dejado atrás a cientos de venezolanos que quieren votar. Pienso en los casi cien que han muerto en menos de dos meses en esa  ciudad a la que hace años no regreso. Toco en el bolsillo del pantalón mi cédula venezolana, que se he sacado de una caja escondida en el armario.

No seas idiota, piensa en el país, dijo la más bella de la suicidas: Miyó Vetsrini, aquella poeta comunista que se cortó las venas cuando yo tenía diez años. Olisqueo las esquinas como quien busca una bonita azotea desde donde tirarse. Toco mi bandera. Subo una calle con escaparates y maniquíes sin cabeza. No seas idiota, piensa en el país. Me repito. El semáforo, al fin, ofrece su concierto de  pajaritos magnetofónicos. Avanzo con lentitud. Han de ser mis muertos  que soplan su brisa de fuego… en dirección contraria.  No seas idiota, piensa en el país.