domingo 20 de diciembre de 2009

"En Radio Caracas Televisión..."



Raúl Amundaray nació de Sordo a Guayabal, se hizo actor por culpa de una tía y realizó su primera prueba en el canal de Bárcenas en 1963 para la telenovela Historia de tres hermanas. Sin embargo, la primera en llegar a la estación de televisión había sido Amalia Pérez Díaz, una chilena con acento peruano, entonces ya famosa por cantar en el Show de Renny Otolina y por su interpretación de los cuentos de Román Chalbaud dirigidos por Alberto de Paz y Mateos.

Corría el año 1953. Mis padres no se conocían. Ni yo había nacido ni Pérez Jiménez había dejado aún el poder. Delgado Chalbaud cumplía 3 años de haber sido asesinado. El Aula Magna andaba ya en plenas nubes de Calder. El noticiero de la Creole tenía una emisión diaria en antena y aunque aún faltaban al menos 15 años para la primera transmisión a color, existían amagos de cuñas de navidad.

Como Venevisión no existió hasta la quiebra de Televisa hasta 1960, cuando fue comprada por Diego Cisneros, puedo exclamar, ¡feliz!, que el origen de la cuña navideña pertenece a la extinta frecuencia 2 de la televisión en Venezuela, es decir, Radio Caracas Televisión.

Mi infancia, como la del resto de los venezolanos supongo, estuvo aliñada por los rizos y las lentejuelas de Nancy Ramos y el tupé de Caridad Canelón. Cada cuña navideña del canal acompañaba el último mes del año como un acontecimiento especial. Algo cuya cuya duración podía hacernos pactar con el resto de los días una tregua más llevadera. Al menos a mí me ocurría.

Era capaz de levantar un pacto con exámenes de historia, geografía y castellano hechos en ese entonces con exténsiles. Podía inventarme una tregua con los narcolépticos resúmenes de estudio que me obligaba a aprenderme para los exámenes previos a las fiestas (todos acaban el 17 de diciembre) e incluso podía sobrellevar la dulce pereza de los 25 de diciembre y los primeros de enero gracias a esa operación maravillosa de encender la tele y ver a una tropa de alegres desconocidos cantando alrededor de un belén con espumillones y guirnaldas.

Pero si ese pequeño acontecimiento navideño se unía con otro mayor, por ejemplo, el dulce olor del guiso de hallacas, el arbolito de navidad, la reunión de mis tías, primos, primitos y demás miembros de la enorme familia materna que hoy me parece pequeña, la cena de navidad o la comida siguiente con las sobras de esa cena... ¡pues la alegría era un delirio dulzón y doméstico!


"En Radio Caracas Televisión, estamos contentos, contigo con todos... Por el año viejo, por la navidad. Y aquí te esperamos, añito que viene". Recuerdo el estribillo con la alegría de quien embucha a la vez Coca-Cola y pan de jamón. Año tras año. En las navidades de 1992 y 1993, luego de dos golpes de Estado, la muerte de mi abuelo, la desaparición de algunas infancias con sabor a torta negra. "Pa que nos animes a trabajar por el país, pa' que nos arrimes a un futuro muy feliz". En los años 1994 y 1995, durante las elecciones presidenciales y la crisis bancarias. En los años 1996, 1997 y 1998, en pleno asco nacional y adolescente. Y parecía que mientras esa gente estuviese ahí patinando y cantando, todo estaría bien. Bueno, a mí me lo parecía.

La mayoría de los actores de fueron muriendo, Raúl Amundaray no (él parece inmortal). Pero llegaron otros en su lugar. Y siguieron cantando. Y patinando. Y aunque Nancy Ramos envejeció, su cabello siguió siendo dorado y rizado. "En Radio Caracas Televisión... estamos contentos, contigo, con todos... ". Y aunque me hice mayor, mantuve la costumbre de detenerme a mirar las cuñas de navidad. No importaba cuánta veces la hubiese visto en el mismo mes. Me detenía a mirarla. Quizás unos cuatro o cinco minutos y luego retomaba lo que estuviese haciendo.

Esta tarde, después de volver de comer, ha hecho más frío que otros días. He llegado a casa y no más cerrar la puerta, me descubro tarareando. "En Radio Caracas Televisión, estamos contentos contigo, con todos...". La frase salió de ninguna parte hacia ninguna parte.

Es domingo, 20 de diciembre. Afuera, el termómetro marca cero grados y en la uno seguramente estarán dando España directo. De todas, y aunque quisiera, la frecuencia 2 ya no existe, al menos no como antes. Me pregunto si Nancy Ramos aún tendrá el cabello del mismo color. Creo que lo mejor será que comience a leer El mar, de John Banville. Me toca devolverlo a la biblioteca el 28.

Estoy tratando de hacer memoria para recordar quién cayó enfermo primero. Si el país o yo. Pero es inevitable. Ya para 1998, los dos estábamos bastante mal. Y eso que en ese entonces todavía daban cuñas de navidad. "En Radio Caracas Televisión....". Reviso la fecha. En efecto, me toca devolver el libro el 28 de este mes.


domingo 13 de diciembre de 2009

Animales de azúcar y rosas para microondas



Limón Gutiérrez tiene el cabello largo hasta la cintura y un uniforme verde con el panda de la red WWF. Hasta hoy, ha soñado quince veces con el mismo número de cuatro ceros para un billete de lotería, con la transformación de la Catedral de León en un inmenso Mp3 en llamas y la total desaparición de la luz eléctrica en Las Ramblas a causa de un incendio producido por el exceso de fósforo de La Boquería.

Está a menos de un metro de una máquina que vende ramos de rosas. Sí, una especie de congelador que en lugar de coca-colas o bolsas de patatas fritas, expulsa flores si le metes dinero por una ranura del tamaño de un billete. Limón Gutiérrez parece verdoso y mareado. Pero no creo que sea él, es el invento ése que lo hace ver tan enclenque. Con una mano sostiene una carpeta con información ecológica que nadie quiere escuchar y con la otra un boli azul de la derrota –si nadie escucha, nadie firma-. Es diciembre. Proliferan los niños, los paquetes y las mujeres de abrigos abultados que congestionan el tráfico en los pasillos. A Limón Gutiérrez no le importa en absoluto. De lo contrario se iría, ¿cierto?

Hasta hace poco –mientras la descripción de Limón Gutiérrez ocurría para ustedes-, un hombre hosco, Francisco Pelayo, de rasgos fuertes y una estela sudor avinagrado, se detuvo frente a la máquina de flores recalentadas para examinar su billetera. Estaba vacía. Su mujer, Pepa, una rubia de raíces oscuras y vaqueros nevados, dijo algo que podría parecer una derivada –se tardó demasiado en explicarlo- . Después de tanta indicación, se perdieron los dos en la inmensidad del centro comercial.

Limón Gutiérrez sigue cerca de la máquina, inofensivo, sonriente, maquinando un avatar para secuestrar todo el pescado que amenaza La Boquería. Una pareja de quinquis navega alrededor de Limón, quien intenta un abordaje pirata sin éxito alguno. Los quinquis tocan el istmo que hace la máquina con las escaleras mecánicas. Cero ecología, cero rosas. Limón y la máquina parecen invisibles en una galería donde todo está hecho para ser visto, y comprado. Y con ese naufragio ocurren muchos otros. La madre –Cayetana- con el carrito de gemelos y el marido de abrigo Belfast y engominada cabellera. Pilar, una bondadosa cuarentona que al menos se toma la molestia de sonreírle a Limón. Encarnación, una manicurista que llega tarde al cambio de turno del salón de belleza.

A todos les corre prisa, excepto a las flores para microondas y al buen Limón Gutiérrez, que ahora mastica sin mucha convicción un osito que ha sacado de una bolsa plástica llena de animales de azúcar, su dulce consuelo para el panda invisible de su uniforme. Limón Gutiérrez piensa que mejor hubiese hecho lo que Forteza, que de haberse hecho con una portería por los pueblos de Asturias, ya se hubiese hecho una mejor suerte jugando a parar los penaltis a los mozos de los pueblos, quizás así y hasta impedía lo de la Catedral de León y La Boquería Pobre Limón y sus animales de azúcar. Ahora la máquina sigue encendida, ofreciendo rosas verdosas, a 15 euros el ramillete.

jueves 3 de diciembre de 2009

Barcelona y la fábrica de chocolates


Hay ciudades de las que me he enamorado loca e inavitablemente. Sin motivo ni móvil aparente, incluso con viento en mi contra, o simple y llanamente ningún motivo de peso para que así sea. Mérida, Cumaná, Medellín, Nueva York, San Francisco, Ciudad de México o Bristol. Aún sin conocerlas, he pretendido profundas amnesias para extrañarlas. Y conociéndolas, el enamoramiento ha sido cada vez peor y más profundo. Quienes me conozcan podrán alegar que nunca quiero estar en donde estoy y podría, en otro caso, darles la razón. Pero hoy, justamente hoy, no estoy en los zapatos de un asesino confeso.

No sé si ha de ser por mi reciente afición a Bolaño mezclada con mi encuentros con Barcelona, la gran hechicera, de Robert Hugues -todo unido con mis visitas, ya esporádicas a Barcelona- y una alocada idea que une en un mismo vértice a la Lonja, la Guaira y el Parc Güel, pero no puedo quitarme de la cabeza los adoquines del Paseo de Gracia.

He detenido un manuscrito que no iba a ninguna parte, justo para que siguiera sin ir a ninguna parte y cambiara su rumbo a ninguna parte, pero en Barcelona. No sé porqué, pero me detengo sólo en aquellas escenas que ocurren sólo en La Diagonal, o necesiten un minucioso recorrido por el Raval.

Luego de verificar datos que en verdad no necesito, vuelvo a la maravillosa Pista de hielo de Bolaño, novela ahora reeditada por Anagrama y originalmente publicada por Seix Barral. Me detengo en la patinadora del Palacio Benvingut, ubicado en un anónimo pueblo de la costa catalana, y que se abre desde las páginas del libro como un tesoro mentolado y fluorescente.

Y vista de lejos me descubro simpatizando con cosas absurdas, imaginarias y hasta irracionales, sin saber exactamente porqué. Leo, por ejemplo, sobre los Bobornes del siglo XVIII y siento una extraña y automática solidaridad, como si tal opresión -cuya veracidad en verdad no alcanzo a comprobar- ultrajara esa ciudad nublada y maravillosa, marina y distante, que tanto me embelesa y por la que siento el arrebato que detiene manuscritos y fabrica estas babas pseudoliterarias. Casa Milà, Casa Batllò, lugar idóneo para pesadillas, y si a George Orwel el templo Sagrada Familia le pareció en su Homenaje a Cataluña uno de los edificios más feos del mundo, a mí también, pero por los turistas.

Algo me empuja, incluso, a reconstruir el nacimiento de mi padre, ocurrido hace más de setenta años, de paso y con prisas, en esa ciudad. Mi padre, tan poco dado al orden, nunca ha sabido muy bien la fecha de su cumpleaños, si el20 o 21 de junio, y a estas alturas ya no me fío de lo que me diga al respecto, porque sé que acomodará la historia a lo que sabe que quiero oír. Además, ¿quién me asegura que puede recordar el nombre del hospital, si apenas recuerda sus años en el Sur de Francia? No está fácil este enamoramiento. Nada fácil.

Es jueves, son casi las doce. Hace diez grados. Madrid está hermosa, mucho más que cualquier día de esta semana y del invierno que aún no comienza y, aún así, aquí ando, en plan asesino confeso, cambiándome los zapatos. Pero les juro, sus señorías, que no soy culpable. No deseo los zapatos de nadie.Tampoco la bola que le dio la bruja a Pedro en el bosque para adelantar el tiempo. Sólo me enamoro de ciudades lejanas. Sólo eso su señoría. Si no, pregúntele a Ulises Lima. Y si a él no le cree porque es poeta, entonces haga lo propio con Remo Morán.

Dirán que estoy loca. Pero a mí Barcelona me sigue oliendo a eso. A gasolina y guayaba. A lo que olía mi infancia antes de llover. ¿No les parecen motivos suficientes, al menos esta vez?

martes 1 de diciembre de 2009

La fuerza del manuscrito



Lunes. Martes. Miércoles. Jueves. Viernes. Sábado. Domingo. Y luego Lunes. Miércoles. Martes. Jueves. Viernes. Domingo. Sábado. Martes. Miércoles. Lunes. El asunto se va deformando. Las palabras se vuelven ineficaces, informes, blandas, poco efectivas.

La porción del parqué que ocupa mi silla se hunde, pierde vuelo. Es el mismo texto, a veces con esa coma y sin ella. Con o sin correo de por medio; con o menos café. Con fútbol o sin él. Un día más o menos Bolaño. Otro, ciertamente esperanzado. una mañana pensando en editor, otro día con el malhumor entre ceja y ceja. Llevo dos meses así. Con una goma imaginaria a cuestas, rectificando. Una cirugía diaria, imperceptible, agotadora.

El imperio de la eme. Manuscrito. Monotema. Martes. Malhumor.

jueves 19 de noviembre de 2009

Instrucciones para leer a Cortázar


Papeles inesperados (Alfaguara, 2009), un volumen con inéditos del argentino Julio Cortázar (1914-1984), surgió desde el fondo de una vieja cómoda. Coincidiendo con el 25 aniversario de su muerte, el libro ofrece desde un capítulo suprimido de Rayuela hasta versiones de Un tal Lucas, nuevas historias de Cronopios y Famas y cuentos que creíamos únicos.

* * *
Lo peor que puede hacérsele a este libro es intentar reseñarlo. Sería una versión estropeada de sus páginas. Por eso, a efectos de este texto –pensado en el lector, únicamente en él-, hay que echar mano de las explicaciones estrictamente necesarias e intenta ofrecer a quienes lo deseen, las verdaderas joyas de un Cortázar que es uno y a la vez miles.

En Papeles inesperados aparece el cuentista fantástico, el poeta íntimo, el panfletario comprometido, el irónico y altísimo dueño de sí mismo, pero también existe otro, más íntimo, menos déspota, más humano. En sus páginas vive aún el maestro que fue y ha sido, a pesar de algunos tropiezos ideológicos que, para ese momento, él continuaba vistiendo como irónica y provocadora prenda intelectual.

El volumen Papeles inesperados está dividido en tres grandes apartados: poemas, prosas y autorretratos. Cada columna del libro se subdivide cual escandaloso fractal que invita a la relectura de los originales de Octaedro, Rayuela, El libro de Manuel o 62/Modelo para armar. Los textos, hasta ahora ignorados en una cómoda de cinco cajones, vieron luz en diciembre de 2006, cuando Aurora Bernárdez, albacea y heredera universal de la obra de Cortázar, y el crítico Carles Álvarez Garriga, dieron con aquel celoso mueble y su maravilloso contenido.

El libro aborda varios géneros, otras versiones de relatos publicados, fragmentos inéditos de Historias de Cronopios, un capítulo extraído de El Libro de Manuel, así como otro capítulo, esta vez uno que el propio Cortázar decidió suprimir de Rayuela. Se suman también discursos, prólogos, artículos sobre arte y literatura pero también estampas de personalidades, diarios de viaje y textos cuya extraña fisonomía los convierte en escritura inclasificable.

“Cuando nos reunimos el 23 de diciembre de 2006 y abrimos juntos los cajones, Aurora decidió que ya había llegado el momento. Yo me llevé parte de los papeles para empezar a trabajar y Aurora envió el resto a Carmen Balcells", comentó Álvarez Garriga. De acuerdo a los editores, todos los textos están acabados, excepto uno, dedicado a su última esposa, Carol Dunlop.


El Cronopio que abrazó a Beckett
Lo que más asombra de la lectura del libro es toparse con un Cortázar que pensábamos resuelto y conocido. De pronto, en una página vemos a aquel gigante capaz de abrazar a Samuel Beckett en una oficina de correos y salir despavorido, y en la siguiente lectura ver a un Cortázar locuaz que da detalles y levanta la falda de sus propias obras para dejarnos ver el encaje de las dudas y los tachones.

Destaca en distintos manuscritos, por ejemplo, la relación de Rayuela como versión primigenia e imperfecta, una especie de cuasimodo de El Libro de Manuel, que es, según Cortázar, su verdadera gran novela. Ésa es una de las ideas descritas que sobresale de Un capítulo suprimido de Rayuela. Es allí donde se transparentan costuras en la fanfarronería del intelectual comprometido que tanto complacía al Cronopio mayor.

Con ironía –jamás prescinde de ella-, el argentino aborda los dobleces de la militancia y la escritura en Estamos como queremos o los monstruos en acción, un texto publicado en la revista Crisis, en Buenos Aires, el 11 de marzo de 1974 y en el que el autor reclama, con respecto a una reseña realizada por una periodista acerca de El Libro de Manuel: “(…) Y se pasó de tres columnas dándome consejos, el más importante de los cuales es que me vuelva a mi cuarto y a mi identidad pequeñoburguesa de ‘hombre de letras’, puesto que jamás tomaré el fusil (sic). En esto no se equivocó, porque ni a mí ni a un montón de escritores se nos ha ocurrido que nuestros libros sólo puedan ser útiles si primero ‘nos agarramos a balazos con el imperialismo’. La cosa es tan obvia que cansa repetirla”.

El exaltador de Régys Debray se desdobla en una criatura literaria capaz de enseñarnos las costuras de obras que pensamos únicas e inexpugnables. Y lo hace en lugares que creímos abolidos, por vulgares y cotidianos, por ejemplo, el metro de París, al que dedica buena parte de sus guiños y corpiños literarios.


Corpiños literarios
En el texto Bajo nivel - publicado en Ámsterdam, en 1980-, recogido también en estas páginas, Cortázar alumbra con una nítida linterna el origen y escenario de historias y personajes que tienen como su principal fuente el subterráneo: “Como en el teatro o en el cine, en el metro es de noche. Pero su noche no tiene esa ordenada delimitación, ese tiempo preciso y esa atmósfera artificialmente de las salas de espectáculos. La noche del metro es aplastante".

Y en esa coreografía de vagones y estaciones, el novelista argentino prepara el escenario de viandantes y personajes y delata, cual confidente, los orígenes de su propia escritura entre la multitud anónima de pasajeros: “Entre ellos podría estar el protagonista de Manuscrito hallado en un bolsillo, alguien capaz de comprender y acatar el implacable ritual de un juego de vida o muerte con el que buscará a una mujer dentro de claves implacables que él piensa haber inventado pero que vienen del metro, de la fatalidad de sus itinerarios, de su posesión total del viajero apenas se bajan los peldaños que nos alejan del sol y de otras estrellas”.

El argentino aporta, dentro de la propia prosa, nuevas señas y guiños: “Antes de narrar el viaje imaginario de Johnny Carter en el metro, yo había vivido muchas veces esa fuga fuera del tiempo o ese acceso a otra duración que Johnny , en El Perseguidor, habría de explicarle a su manera a Bruno. En 62/Modelo para armar, muchos episodios fueron vistos y escritos alucinatoriamente, y el metro instiló también allí su aura de excentración y de pasaje; eso me explica ahora el episodio del descenso de Hélène y su contemplación de los carteles publicitarios antes de su encuentro con Delia”.

Asimilar al Cortázar excesivo y militante, el que dedica páginas enteras a la lucha contra el imperialismo, el hombre nuevo y las virtudes de la Revolución Cubana puede parecer un obstáculo para terminar la lectura del ejemplar. La extemporánea fe del escritor llega incluso a producir hastío y despiste. Pero eso es sólo un cráter, un rodeo previo al verdadero motivo de la escritura: el reencuentro. La posibilidad, remediada por una cómoda llena de papeles, ofrece la oportunidad de volver a encontrar frases e historias –que pensábamos extintas- y que regresan a nosotros con el atuendo de una novedad inesperada. Porque eso son estos Papeles inesperados: unas instrucciones para leer, un poco mejor, al Cronopio mayor.

domingo 15 de noviembre de 2009

Gracias Loriga por los favores recibidos


Ayer, sábado 14 de noviembre, en la quinta planta del Círculo de Bellas Artes de Madrid, Ray Loriga hizo dos cosas importantes. La primera, desmontó en mí la idea de que el autor de Tokyo ya no nos quiere se trataba tan sólo de un creído y tatuado escritor. Loriga tiene mirada presidiaria, sí. También debo admitir que está tatuado casi hasta los nudillos, sí vale ¿y qué?, pero lo de creído puedo írmelo tragando. Pienso mientras le escucho.

Con un lenguaje extremadamente sencillo, Loriga fue capaz de explicar una obra que hasta ahora había devorado, siempre, con una ceja en alto. ¿La razón? Pues una alergia involuntaria. Pensaba, tal y como la crítica parecía describirlo, que Loriga se trataba de uno de esos eternamente "jóvenes escritores" que se creen que tienen a Dios agarrado por las barbas sóloo porque supieron descifrar en lengua española las claves de un Coupland.

Pero no, el tío no es lo que hasta entonces le atribuí. Loriga se reveló a sí mismo como un hombre que envejece y se reserva el derecho de ser un poco menos estúpido cada día. Eso, lo primero. Lo segundo que hizo ayer, aún más importante, me despoja de mi hartazgo y apoya la teoría del bostezo. Sí señor.

En el post pasado no pude contenerme y empecé a arrojar piedras contra el guardarropa de una literatura pesimista, opaca y enaltecedora de la mierda por la mierda, la heroína por la heroía o el desencanto por el desencanto. Y loriga me dio un dato,y de los buenos, para seguir tirando piedras.

Tal cual y según comentó el autor de Lo peor de todo, una de las razones por las que Jack Kerouac muriese alcohólico y deprimido en casa de su madre no fue la iluminación porrera, mucho menos una conciencia de ser Beat-nick ni qué pamplinas. Todo lo contrario, Kerouac estaba hasta las narices de que su casa estuviese llena de hippies y gentuza. Él sólo quería deslastrarse de la etiqueta, mandar al demonio a los mamarrachos y ser, al fin, un escritor respetable. La etiqueta Beat-nick no lo dejó.

Hoy, domingo, me he puesto a revisar el asunto y me he topado con interesante literatura. Una entrevista de Carolyn Cassady, la esposa de Neal Cassady, con Michael Ventura confirma el dato de Loriga y echa todo por tierra, ¡una vez más!, la parafernalia del desencanto y la resaca. Tanto Cassady como Kerouac estaban hartos de la multitud de hippies que se instalaban frente a sus casas. Keroac, en especial, sólo quería una cosa: ¡escribir!, no ser el apostol de una tribu alucinógena.

"They felt they could, or wanted to, have a fairly conventional home and still be free to be creative. They didn't think of themselves as beatniks. And hippies were such a horror to them - you know, Neal was immaculate. Gosh! You couldn't muss a hair on his head!"Kiss me goodbye - but don't mess the hair!'", dice la viuda a propósito de esa falsa idea . Inlcuso, ella misma refuta a un icrédulo periodista: "These guys were all concerned about the same thing: getting a home, settling down, finances . . . all the trivia of living".

En el reino de los desaparrados y mártires literarios, ¡tenemos derecho al bostezo! Gracias, señor Loriga, por los favores recibidos.

martes 10 de noviembre de 2009

Irvine Welsh y el síndrome de la salsa de ostras


Un trío de amigos varados en un desierto, uno de ellos con una picadura de cascabel en el pene, y un tópico chicano de chingatumadre apuntándoles con un arma, con orden de felatio incluida. Un escocés de mediana edad y regusto soez en un bar de las Islas Canarias que espera a su hija, una regordeta adolescente malhablada. Kendra Cross y su grupo de amigas: cuarentonas neoyorquinas adictas al Sanax, los perros y el ejercicio. Pensé que hasta ahí era suficiente. Que pronto alguien tendría el decoro de escribir una línea relativamente decente. Pero no, había más, mucho más. Un actor ex actor porno, abstemio y regenerado, se enamora de la cuarta y última esposa de un difunto director de cine, Yolanda, una mujer que 30 años antes fue Miss Arizona.

Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, el libro de relatos de Irvine Welsh que la crítica literaria española reseñó histéricamente y con un entusiasmo que les hizo perder el control de esfínteres. Repetitivo, predecible y apagado. Así me resulta.

Irvine Welsh se comporta literariamente como un Peter Pan de la Generación X, demasiado instalado en su discurso working class, ex fármaco dependiente y decadente. Todo es tarantinesco y huele a comida caducada. Esa pátina a los James Ellroy o Bret Easton Ellis. Demasiada caspa, muy poca historia y una traducción lamentable. De hecho, comienzo a sospechar sobre la posibilidad seria de que ninguno de los periodistas encargados de reseñar el libro de Welsh se haya leído una página de este escuálido ladrillo.

Quizás porque mi generación era pastillera y no heroinómana. Quizás porque no estamos tan desencantados como ellos y si lo estamos, ya nos apañamos nosotros. Ya tuvimos suficientes geniales y atormentados mártires, de Kurt Cobain para arriba. La guerra no nos tomó por sorpresa, tampoco la pobreza, el sida, las drogas, el desempleo ni el subempleo, los suburbios y sus baladas. Los Simpsons se nos quedaron cortos y se nos hicieron inocentones. En lugar de grunges hay negros brillantes con los dedos llenos de anillos. Es una renta acabada, una factura vencida. Bostezo frente a este tatuado abuelo asiduo a los dinners, las peleas de hooligans y quién sabe qué otros figurines de la White trash o los beans con tocino.

Más de lo mismo. Una espesa y paliativa salsa, como ese brebaje artificial y viscoso con el que los chinos disimulan la carne de tercera y que supuestamente sabe a ostras. A eso me sabe Irvine Welsh, a cosa pegajosa, agria y descompuesta cuyo sabor, no importa cuánto tiempo haya transcurrido, seguirá quemándote la garganta y horadándote el estómago. Terminaré de leerlo, por principios y porque me ha costado 20 euros el libro. No mucho más. Últimamente me doy por vencida con demasiada rapidez. Creo que me estoy haciendo mayor, o cínica. Eso, o fueron los vampiros que me dejaron tonta.