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| Jorge Tortoza, reportero del diario 2001. |
Fue una muerte emblemática, hasta que le convino al Gobierno.
Diez años después, hay tres imputados pero ningún detenido. En el caso del
reportero gráfico del 2001 Jorge Tortoza, asesinado en la esquina de la
Pedrera, el 11 de abril de 2002, queda mucho por decir.
* * *
Todos los once de abril, una periodista llama a
Sonia Tortoza no para hacerle preguntas
sobre la investigación, ni para enterarse de cambios en el expediente de su
hermano muerto. La llama sólo para saber cómo está. Si repite éste, como todos
los años, será la llamada número diez desde la muerte de
Jorge Tortoza, reportero del diario
2001, asesinado en la Avenida Baralt de Caracas durante la marcha
opositora contra Hugo Chávez, el día
11 de abril de 2002, protesta en la que
murieron 19 personas y más de 300 fueron heridas.
Después de tres años, y con
los medios de comunicación
pisándole los talones a los jueces, el caso estaba casi resuelto según la
policía. Después de diez, es poco lo que se sabe de la muerte de
Jorge Tortoza. Hay, sí, algunas cosas,
pocas: un sospechoso del que se tiene la descripción física pero no la
identidad. Una bala que primero fue de un calibre, luego del otro; falta el
arma. Existen tres hipótesis y ninguna prueba concluyente. Hay un relevo de
fiscales, uno de ellos,
Danilo Anderson;
fue asesinado con una potente bomba instalada bajo el asiento de su rústico.
Hay tres imputados, dos de ellos por alterar las investigaciones pero ninguno
por ser sospechoso. Hay eso, y un muerto que comienza a olvidarse.
En diez años, son muchas las pruebas que se han extraviado o
manipulado, las versiones que se han politizado y las hipótesis que se han
resbalado en la escueta balanza de los justos. Diez años y todo continúa igual,
o peor. De no haberse incrustado una bala en su cabeza el día 11 de abril, Jorge Tortoza tendría hoy 58 años. Pero
si la justicia no le devuelve la vida, tampoco será la impunidad la que le
reste a Tortoza añadas en el purgatorio de los que se reblandecen y se borran,
de a poco y para siempre, en la fosa común de la corrupción y el olvido.
La última vez que hablaron la periodista que investigaba el
caso -y que hoy lo recuerda con voz vencida- y la hermana del reportero, Sonia le dijo, sobre la muerte de su hermano: “No hay
nada qué hacer. Todo lo que se sabía sobre la muerte de Tortoza se lo llevó
Danilo Anderson a la tumba”.
I
El 11 de abril, el periódico
El Nacional
abrió su primera página con una gráfica de
Alex Delgado, reportero de sucesos, amigo y colega de Jorge Tortoza. La foto
retrataba a seis hombres que intentaban cargar una urna en medio de los
disturbios y enfrentamientos entre chavistas y opositores, que habían azotado
la avenida Francisco de Miranda. Enmarcada en una breve leyenda, la imagen
parecía anunciar que la muerte venía en camino.
Durante los días anteriores, los reporteros de los medios independientes habían
sido objeto de repetidas –y para algunos premonitorias- agresiones.
Johan Merchán, periodista de
Televen,
había sido amenazado con una navaja el 9 de abril, en la Asamblea Nacional, y
el 10 de abril, en los disturbios en la avenida Francisco de Miranda, en el
Este de Caracas, a la altura de Petare, Tortoza fue golpeado por un funcionario
de la Policía del
Municipio Sucre -entonces gobernada por el
chavismo- en la boca del estómago.
“En esos días las cosas estaban candela, en especial con la prensa”.
Gustavo Rodríguez, periodista de sucesos y crónica roja de
El Universal, bebe, a las once de la mañana, un whisky fluorescente
en una tasca de Parque Carabobo, justo al lado de la sede de la
policía científica. El reportero da una honda calada a un cigarrillo Belmont y mira hacia el fondo del local. Habla como
un comisario y mira con el recelo
de cualquier funcionario policial. No le gusto, o al menos eso parece. “Ese día
decían que había que estar mosca, que los tipos
[chavistas
] estaban preparados, que
se habían pintado porque iba a haber enfrentamiento. Pero muchos de nosotros
esperábamos piedras, palos y golpes, nunca esa plomamentazón que hubo”.
Carlos Ramírez, reportero gráfico de
Últimas Noticias, piensa ahora que la muerte del “compadre” Tortoza pudo haber sido
también la de él. Sentían, dice, el roce de las balas. “Era como un silbido cerquita de la
oreja… ¿Sabes qué? Toda persona que tenía una cámara representaba una amenaza,
porque ibas a reflejar lo que estaba pasando…Yo creo que a muchos compañeros
los hirieron porque se dieron cuenta que estaban tomando gráficas”.
Según la
Agenda de Seguridad Nacional, el 11 de abril de 2002 actuaron entre la
esquina la Pedrera y Puente Llaguno 67 pistoleros, además de los funcionarios de
Casa Militar y Guardia Nacional.
Se dispararon en total unas 380 armas automáticas, subametralladoras
MP5, revólveres 38 y 357, y armas FAL calibre 7.62. En total, cerca de 974
proyectiles que dejaron a su paso 19 fallecidos y más de 300 heridos, de los
cuales 12 fueron reporteros lesionados por proyectiles de
bala, entre ellos
Jonathan Freites, fotógrafo del diario
Tal Cual, quien evitó
que una bala le atravesara el pecho gracias a su teléfono móvil, guardado en el
bolsillo de su camisa. Incluso
Tony
Velásquez, el funcionario de la
Disip (
Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención, ahora Sebin, la policía política) que fue alcanzado por un tiro en la cabeza
cerca de la una de la tarde, en la esquina de Muñoz, no sabe quién le disparó.
Pero lo que sí es cierto es que vestía un chaleco como los que usan los
fotógrafos.
“Mira, yo te voy a decir algo, Tortoza era chavista... Era chavista”, los
puntos suspensivos del fotógrafo Henry Solórzano, amigo y compadre de Tortoza, dicen más de la cuenta. Él prefiere
alargar el silencio y resoplar, pero su agotamiento deja entender que los pistoleros “afectos
al gobierno” –así les dice- fueron, porqué no, los que mataron a Tortoza. El 11
de abril,
a las 3:45 pm (hora en que ya habían caído heridas cinco personas en
la avenida Baralt, incluyendo a Tortoza), en
cadena nacional de radio y televisión, Hugo Chávez
sostenía una taza de café, recibía papeles de una mano
sin cuerpo y recitaba la hora, mientras le hablaba a sus seguidores, “los que oraban
a las afueras de palacio”. Se refería el presidente al
grupo de personas, entre
ellos el concejal por el movimiento oficialista MVR
Richard Peñalver, quien fue
captado por las cámaras del
canal Venevisión mientras disparaba junto a un grupo de personas desde
Puente Llaguno, a 500 metros del Palacio de Gobierno. Parecía imposible que Hugo
Chávez no escuchara el sonido de semejante tiroteo sin hacer referencia mínima
o por lo menos detener su alocución, en la que afirmaba que todo estaba bajo en
control en la ciudad.
Entre los “defensores de la revolución” –así les llamó el presidente y luego su
séquito entero- estaba también, junto al enorme grupo de convocados, un hombre
de gorra negra, camisa amarilla y pantalón marrón. Su fotografía aparece en el
expediente de
Jorge Tortoza como uno de los principales sospechosos de haberle
disparado al reportero gráfico. En algunas de las fotos publicadas en la
prensa, específicamente en el diario
El Universal, se le ve subiendo desde la
esquina de Pedrera en dirección Muñoz, dejando atrás un pequeño kiosco de
prensa desde el cual pudo haber disparado primero a Jesús Orlando Arellano y
luego a Jorge Tortoza, según indica el informe de la
Comisión del 11-A del
Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas, que incluye entre
el grupo de sospechosos además a
Amílcar Carvajal, ex funcionario del Palacio de
Miraflores y un individuo más llamado Juan Luna.
II
Cerca del mediodía, la reportera de sucesos
Jenny Oropeza y Jorge Tortoza
caminaban por la avenida Urdaneta. Trabajaban juntos desde hacía ocho años, así
que la protesta sería una más de las tantas noticias que les había tocado cubrir.
En la mañana habían estado en la cárcel de Yare y en una concentración en la
Universidad Central de Venezuela. De ahí se dirigieron hacia el centro de la ciudad,
lugar hacia el que se desvió, en último momento,
la ruta de la marcha con la que se pretendía finalizar el
paro cívico de tres días convocado por los sindicatos y la patronal para
solicitar
la renuncia de Hugo Chávez a su cargo como presidente de la República.
Cuenta Jenny Oropeza que desde la esquina de
La Pelota hasta Ibarra, en la avenida Urdaneta, había dos cordones de la Policía Metropolitana; en Punceres,
otro de la Guardia Nacional. De allí hacia arriba, aclara la reportera, los
afectos al oficialismo se desplazaban en grupos motorizados o a pie, armados
con palos, piedras y botellas mientras gritaban: “¡No pasarán, no pasarán!”.
Para ese momento, la
Policía Metropolitana intentaba detener la marcha en
la Avenida Bolívar, a causa de unos disparos del grupo chavista M-28 a la altura
de la UCV.
“Yo cargaba un pantalón con una bandera de Estados Unidos pintada, y cuando veo
a las personas marcadas con pintura roja, con palos, botellas y hombres
rompiendo desaforadamente el piso con cabillas dije: ‘Ay Tortoza, yo tengo esta
bandera, nos van a crucificar’, entonces él me dijo ‘Cómprate un cochino!’”. En
jerga de comisaría, Tortoza le decía a Oropeza lo evidente: tocaba apechugar.
Al cabo de una hora se separaron. Oropeza se marchó a la sede del diario y
Tortoza siguió su camino hasta
El Calvario con el fotógrafo Henry Solórzano.
Luego de pasar aproximadamente media hora en el
Puente República, uno de los
primeros focos de contención de la Policía Metropolitana de los manifestantes
opositores para impedir que llegaran al Palacio de Gobierno, Tortoza y Solórzano se dirigieron a la
avenida Baralt, la ruta alternativa que escogieron los manifestantes para llegar
a Miraflores. “Tortoza estaba exactamente en el medio de la avenida, detrás de
la ballena –el antimotín de la Policía Metropolitana-. Recuerdo que nos
separamos un poco y yo le dije: ‘mosca Tortoza’. En cosas de segundos,
desapareció”.
Jorge Tortoza, que estaba ubicado en la
esquina de la Pedrera en dirección hacia el Congreso y con el
edificio La Nacional a sus
espaldas, se dispuso a fotografiar a
Jesús Orlando Arellano, un hombre de
franela gris y bandana negra que se desangraba a causa de un disparo por la
espalda. Tortoza hizo una primera foto, dio un paso hacia atrás, y se detuvo
unos segundos durante los cuales alguien, probablemente el mismo que disparó a
Orellana, detonó la bala que, de acuerdo a la autopsia practicada, terminaría incrustándose en el
parietal izquierdo de su cabeza, con una trayectoria “ligeramente descendente”.
En ese mismo instante,
Malvina Pessate, una activista del partido Primero
Justicia que comenzó a hacer señas al ver el hecho, recibió un disparo en el
rostro. Según la planimetría, se da por seguro que ambas descargas, la de
Tortoza y Pessate, fueron hechas por la misma persona. La de Arellano resulta
menos segura de afirmar. Sin embargo en el caso de las dos últimas podría haber
sido mucho más factible, según el cuerpo técnico de policía. El sospechoso en
cuestión es el hombre de camisa amarilla y gorra negra que se desplazaba entre
las
esquinas de Pedrera y Muñoz.
El propio fiscal cuarto nacional
Danilo Anderson, quien fue
también el encargado de instruir el expediente del caso Jorge Tortoza,
identificó a este individuo como sospechoso. Comentó incluso meses más tarde
Jessica Waldman, auxiliar de la fiscal
Luisa Ortega, que ese mismo hombre
también aparece en una de las fotografías incluidas en el expediente disparando
un revólver calibre 38 desde Puente Llaguno. “Se le ve la cara como a muchísima
gente que disparó, pero no tenemos posibilidad de identificarlo por los
mecanismos criminalísticos”, declaró Danilo Anderson el 4 de noviembre de 2004,
fecha en que anunciaba que retomaba el caso, justo
dos semanas antes del de
morir calcinado al volante de su rústico
tras el estallido una bomba colocada bajo su asiento.
Johan Merchán, reportero del canal Televen, uno de los primeros en llegar al sitio y auxiliar a
Tortoza junto a los reporteros
Fernando Sánchez,
Gustavo Rodríguez y
Henry
Solórzano recuerdan claramente haber visto a un pistolero cerca del lugar. “Un
funcionario de la Policía Metropolitana (PM) nos decía que enfocáramos a un hombre
que tenía una franela amarilla y gorra negra. Mi camarógrafo lanzó la toma. El
tipo iba subiendo, llevaba algo escondido en la parte de adelante. Se le veía
como un revolver plateado. El funcionario de la PM nos decía ‘ese es el que
está disparando’, pero en la cámara no quedó reflejado, porque justo el tipo se
dio la vuelta y subió. Cuando vi que bajaba de nuevo, le dije a mi camarógrafo
‘enfócalo’, pero el sujeto se escondió detrás de un quiosco que está entre
Muñoz y Pedrera (...) Yo no logré verlo disparando, fue la PM la que me dijo
que ése era el tipo que estaba disparando”. Johan Merchán también cubría
sucesos y se consideraba con la experticia suficiente para distinguir un
revolver de una pistola.
El tipo de arma y también el calibre de la bala no fueron –ni son- datos
inocentes. El 12 de abril de 2002, el forense
Ely Durán, realizó la autopsia a
Jorge Tortoza y determinó que el proyectil que le perforó el cráneo era de
calibre 9mm. Tres meses después, en julio de 2002, la comisión del 11-A del
Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) que
relevó a los funcionarios que asumieron en un principio las investigaciones, organizó
una rueda de prensa en la que el subdirector del Cicpc,
Raúl Yépez, desmintió
esta versión; se trataba ahora de un proyectil blindado calibre 38 al que, sin
embargo, no se le había realizado -ni se le realizó- prueba alguna de ADN para
comprobar que en efecto la sangre del proyectil fuera la de Tortoza. No se hizo
por falta de recursos económicos.
Según las autoridades, la confusión era factible, pues ambas
balas se parecen. Sin embargo, por la simple comparación, dicen los expertos en
balística, puede observarse que un 38 blindado posee un revestimiento sobre el
proyectil de cobre que no tiene el
9mm. Además, el casquillo del 38 blindado es
más largo que el del 9mm, un arma de alta potencia y generalmente de uso
militar. Sin embargo, la conclusión fue ésa:
calibre 38 blindado, probablemente
perteneciente a un arma
Smith&Wesson.
Para algunos, el cambio de la bala no fue fortuito.
Rafael Luna Noguera, reportero de sucesos de
El Nacional, afirma que el calibre 38 es utilizado por la
Policía Metropolitana. No sería extraño
que se quisiera confundir y manipular las pruebas de una muerte emblemática
–dice él- para atribuírsela al cuerpo policial adscrito a la Alcaldía Mayor.
Alfredo Peña, entonces conocido
opositor al régimen del presidente Chávez, presidía la institución en esos
días. “Además, a mí el jefe de la División Contra Homicidios del Cicpc,
César
Hernández, me declaró extraoficialmente que Jorge Tortoza había sido asesinado
con una 9mm”. Luna está molesto. Manotea al hablar.
“El experto Ely Durán tiene años como médico forense y yo no creo que él se
pueda equivocar de esa manera, ese error lo puedo cometer yo, pero un experto
es bastante difícil que lo haga”.
Jenny Oropeza estuvo presente no sólo el día
en que se le practicó la autopsia a Tortoza, también en las citaciones
judiciales a las cuales tuvo que acudir a declarar por haber sido señalada como
cómplice de los
hermanos Márquez, los hijos del dueño del diario donde ella y
Tortoza trabajaron juntos,
2001. ¿La
razón? Los Márquez fueron acusados de asesinar a Jorge Tortoza.
Debido a una denuncia realizada por
Juan Barreto –en ese entonces diputado de
la Asamblea Nacional- los hijos de
Israel Márquez, el director del diario
2001, podrían haber asesinado a Tortoza
como parte de una venganza. Los Márquez se encontraban en la marcha ese día. Al
ver a Tortoza herido recogieron la cámara para evitar que se extraviara –ésa
fue su versión-, pero fueron apresados en ese mismo instante por la
Policía
Metropolitana, quienes pensaron que querían robar el objeto. A los dos días,
ambos fueron liberados luego de que las pruebas del ATD demostraran que las
armas que llevaban (ambas de calibre 9mm y con porte legal) no habían sido
utilizadas.
Israel Márquez recibió una llamada de uno de sus hijos a las 2:41 pm –así
consta en el registro solicitado por la policía- para avisar que Tortoza había
sido herido. Al momento de esta entrevista, Márquez habla
como si esto fuese una rutina. Saca las factura del teléfono marcadas con
resaltador amarillo. No soy la primera a la que le explica lo mismo. “Por Dios,
¿el director va a mandar a matar a unos de sus empleados con sus hijos? ¡Eso es
ridículo! Mis hijos conocían a Tortoza como conocen a Simón Clemente. Ellos son
pilotos, han volado por todo el país, estuvieron en el deslave de Vargas con
Tortoza (...) Además, Tortoza nunca había tenido problemas con nadie, era un
tipo muy callado, reservado, muy serio, recuerdo que siempre llevaba paltó y
corbata para venir a trabajar, era una ley para él”.
Israel Márquez murió el día 1 de marzo
de 2010. Ya para ese entonces, el caso Tortoza había entrado en punto muerto.
No así la situación de enfrentamiento entre prensa y Gobierno –ya el canal RCTV
había sido cerrado y confiscados sus equipos-. Ese día Márquez fue objeto,
supuestamente, del hampa común, en Caracas. Si bien es cierto el editor hizo
frente a los cuatro sujetos que le abordaron a él y a su esposa para asaltarlos, Márquez recibió ocho tiros,
siete en órganos vitales. El objeto de la emboscada fue,
supuestamente, robarle el coche a
su mujer, quien viajaba en un rústico. Él la acompañaba al volante del suyo, un
turismo marca Toyota, del que se bajó para enfrentar a los delincuentes. Fue
allí donde recibió los ocho disparos. Sin embargo, en la escena del crimen se
recolectaron 46 casquillos de bala, quizás demasiados para un robo del que su esposa, además, salió viva. Él no.
Al momento de ser formulada la hipótesis de la venganza de
Los Márquez -que se convirtió
en la tercera después de una primera versión de un francotirador en el edificio
La Nacional y la segunda del hombre de la gorra negra- los hermanos de
Jorge
Tortoza apoyaron la versión de Barreto, e incluso fueron a la Asamblea Nacional
a pedir justicia. En su momento Márquez no entendió, o entendió de más. “Ellos fueron al
periódico a reclamar los haberes de Tortoza, pero alguien dijo que él tenía una
hija y se presentó la mamá con la hija, una niña pequeña. Y allí comenzó el
problema jurídico. La niña estaba registrada como hija. Pero los hermanos
negaban a la niña y a la mujer”, comentó Márquez. Luego de la tempestad, los hermanos de Tortoza
prefirieron guardar silencio. Hablaron en pocas y contadas oportunidades. Y cuando lo
hicieron fue para pedir justicia. La politización, cada vez más profunda del
caso, hacía difícil la comunicación de la familia con la prensa.
III
Jorge Tortoza recibió un disparo entre las 2:00 pm y las 2:30 pm.
Anteriormente, en la esquina de Muñoz, cerca de la 1:50 pm, cayó herido un
funcionario de la Disip. Más atrás, entre
las esquinas de Marcos Parra y Solís,
Juan David Querales murió desangrado por un disparo de fusil que le perforó la
pierna, Jonny Palencia recibió un disparo en el Liceo Fermín Toro y Víctor
Reinoso recibió un disparo en la médula que lo mató en el acto.
Minutos más tarde, en las calle paralela, en la
avenida Baralt, Jesús Orlando Arellano corrió la misma suerte; después Jorge Tortoza,
el tercer fallecido, Alexis Bordones, murió en esta misma zona al igual que Jesús
Capote, Antonio Gamallo, Orlando Rojas y Angel Luis Figueroa. En el trayecto
que va de la esquina de Pedrera a Muñoz, en la Avenida Baralt, entre las 1:30
pm y las 3:30 pm, habían caído desplomados los primeros 9 muertos de un día
que, a pesar de los esfuerzos, no tiene horas en la cabeza ni la memoria de
nadie.
Elianta Quintero, reportera de Venevisión grabó a cada uno de los abaleados. Su
explicación es clara. Los pistoleros tuvieron fases de acción, dice. La primera
se concentró en
Pedrera. A medida que la Policía Metropolitana iba ganando
terreno –me explicó con un dibujo improvisado- los hombres armados se
replegaron hacia
Puente Llaguno, donde -dice ella- finalmente cobraron la mayor
cantidad de víctimas. El centro de Caracas era un ajedrez de peones mal
repartidos: de un lado, la Guardia Nacional, funcionarios de la Disip y
los pistoleros; del otro, la Policía Metropolitana, que acompañaba la custodia de
la marcha desde la autopista. ¿Quién disparó contra Jorge Tortoza? Las tres
hipótesis antes dichas, por muy escasa de pruebas o de sentido común podrían
haber dado alguna pista. Sin embargo, el caso tuvo un punto de inflexión.
Tras el asesinato de Danilo Anderson en el año 2004, un
barril de pólvora dinamitó por completo las investigaciones sobre el
11 de Abril. Lo que era ya de por sí turbio, un proceso que no gozaba, por ejemplo, de
una Comisión de la Verdad, se volvió aún peor.
Anderson, el fiscal del medioambiente con poderes
plenipotenciarios que estalló en pedazos una madrugada de noviembre, había logrado incomodar lo suficiente a
gente poderosa, muy poderosa, al intentar procesarles como firmantes del
decreto que apoyó, en su momento,
el decreto de Pedro Carmona Estanga del 12 de abril de 2012, que representaba un gobierno de
transición
que pretendió fingir que el chavismo nunca había existido y que para
conseguirlo irrespetó la constitución. El chavismo no perdería la
oportunidad de hacer escabechina
moral con él y Anderson se sintió llamado a tal tarea. El problema es que no
sobrevivió para contarlo.
La muerte de Anderson, quien había retomado con bríos el
caso Tortoza, y la sustitución de éste por Luisa Ortega Díaz, quien adoptó una
actitud lenta y pasiva en un caso que resultó migajas frente a otro mucho más
atractivo frente al cual el gobierno dio total prioridad: el proceso a los comisarios de la Policía Metropolitana
Henry Vivas, Lázaro Forero e Iván Simonovis como responsables de la muerte de
nueve de las víctimas del 11 de abril de 2011, entre ellas las de Alexis
Bordones y Jesús Capote –a quienes ellos protegían ese día-. Luisa Ortega Díaz
era la encargada de instruir ese expediente, junto con el de los firmantes del
decreto de Pedro Carmona Estanga.
A pesar de ello, se practicaron todavía algunas diligencias
en el caso, entre ellas, la exhumación del cadáver, la cual se realizó el 1 de
febrero de 2006 con la presencia de la fiscal auxiliar de Luisa Ortega Díaz,
Jessica Waldman y cuyos resultados no fueron dados a conocer, tampoco
contrastados con lo ya registrado en el expediente.
También, tal y según consta en el expediente, y sin mayor
explicación, se imputó a la ex
fiscal Laila Hidalgo por homicidio en grado de encubrimiento, al funcionario de
la PM Miguel Landaeta por alteración de acto falso y a Adán Ortiz por
apropiación indebida y concusión. A día de hoy, no hay nada nuevo en el caso
Tortoza, excepto la impunidad y la confusión que se acumulan tras diez años de
pruebas revueltas y diligencias desperdiciadas.
“El once de abril no se ha terminado”. Cuando habla, Henry Solórzano mira hacia
un punto muerto, un lugar en el permanece secuestrado, un sitio más parecido a
la tristeza o el miedo que al aburrimiento. Creo, a veces, que dirige la vista
hacia una grieta cualquiera de la piscina sin agua que tiene frente a sí.
Sentado en la grada más alta del complejo de la alberca olímpica de Universidad
Central, donde se ha hecho esta entrevista, Solórzano recuerda el momento en
que vio a Jorge Tortoza tendido en el suelo, recuerda la forma en que comenzó a
gritar, desesperado. “¡Es el compadre. Es el compadre!”.
Prácticamente lo eran, compadres.
Ellos dos, el Gallo, así le llamaban a Tortoza por su parecido con el cantante
de salsa Tito rojas, siempre bien trajeado, con chaqueta y pantalón claros y
camisa, blanca o beige, de raya fina; Papelón, el mote de Solórzano, y Alex
Delgado, de El Nacional, eran el
trío de reporteros de sucesos y crónica roja. Gracias a una fotografía hecha por Tortoza y Delgado en 1995
fue posible dejar constancia de los abusos policiales y el asesinato de un
joven a manos de la Policía Técnica Judicial, la petejota. Justamente gracias a ese documento se pudo probar la
responsabilidad de los agentes.
Después de eso, Delgado y Tortoza tuvieron que ser escoltados por
guardaespaldas durante años –ese cuerpo policial tenía y tiene tentáculos en
todas partes-.
“Ese día, cuando lo vi tirado en la acera, no pude hacerle
una foto. Ni quise, ni pude”, dice Solórzano apenas un año después de un día
del que nadie recuerda las horas. El 11 de abril, en aquellos minutos que
siguieron al disparo, justo antes de que comenzara la cadena nacional del Presidente Hugo Chávez,
Jorge Tortoza sería levantado por muchos compañeros de profesión para montarlo
en una moto de la Policía Metropolitana, para llevarlo al Hospital Vargas. A su
alrededor, desconcertado, el reportero gráfico de El Universal Fernando Sánchez
hizo un alto para mirar al Gallo a través del lente de su cámara. “Tortoza
estaba en el suelo. Comencé a gritar, desesperado. Allí hice la última foto. No
podía, pero la tuve que hacer porque sabía que en el periódico me la iban a
pedir”.
Una vez en el Vargas,
Jorge Tortoza continuaba vivo, a pesar de tener una bala incrustada en
su cabeza. Según el propio Israel Márquez, el 2001 se ofreció a trasladarle a
la clínica Vista Alegre; Sonia, la hermana del reportero tiene otra versión
completamente diferente. Según ella, ese día no apareció nadie. Ni amigos. Ni
compañeros de trabajo. Nadie, dice. “A Tortoza lo dejaron solo”. Carlos
Ramírez, del Últimas Noticias,
estuvo sin embargo ese día junto al resto de amigos y colegas del Gallo,
que yacía entubado en una cama del Hospital. Una vez ahí, Ramírez no lo dudó ni un segundo. Si Tortoza
vivía había que dejar constancia. Así que Ramírez sacó una cámara y fotografió
a su amigo y colega mientras agonizaba. Tortoza murió ese mismo día, a las 9.30
de la noche, cuando ya los militares rebeldes se habían alzado en desobediencia
contra el régimen de Hugo Chávez, quien esa noche, presionado por los rebeldes renunció a su cargo. En la sombra quedó impresa una rara foto de familia, una instantánea que usó la tribu para dar fe que poco antes del anochecer uno de los suyos aún vivía. La resaca del día lleno de pólvora y sangre duró toda una madrugada, aunque a algunos duró toda la vida.
Papelón tiene razón. El 11 de abril no ha terminado.