viernes, 26 de agosto de 2016

V, de verano: el hombre de los días feriados

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Foto: KSB


A las ocho de la mañana de todos los fines de semana y días feriados, un hombre recupera su silla en la cafetería del Dunking Donnuts de Antón Martín. Él hace suya -reconquista, sin saberlo- la mesa pegada al ventanal –sí, la que mira al monumento de los abogados asesinados-; la misma que yo ocupo el resto de la semana.

El hombre tiene, creo, la edad de mi padre; alrededor de ochenta. Su cabellera es blanca y escasa. Unos pocos vellos espolvorean su cráneo escarmentado. Los claros en el cogote delatan cómo la vieja costumbre de pensar -y cubrirse la cabeza de las ventiscas con un sombrero- ha pasado de moda -Azúa dixit-. Él y yo somos la intemperie. Ya no hay armarios tan grandes como para guardar aquellas prendas. Tampoco ventiscas que nos alboroten el alma.

Pienso en su mundo y en el mío, reunidos ante el milagro del reciclaje. Nada nos quema de verdad.
El hombre de la ventana -a sus casi 80- y yo -a mis 34-, nos hemos apuntado al bando de los bebedores de café en vasos de papel. Pienso en su mundo y en el mío, reunidos ante el milagro del reciclaje. Repartidos a ambos lados de la misma soga: nada nos quema de verdad. Y sin embargo, cruje en los dos unas ganas raras de incendio. Lo huelo. Hay algo pirómano en su forma de hojear los folios que lleva, apretados, en una cartera de piel. Ésa que abre con resentimiento y desdén, cada mañana. Esos que descabella con la punta roma de un bolígrafo Bic, el puñal que reserva la economía a escala a gente como él y como yo: hombres y mujeres que no quieren estar en casa. 

Él exprime el corazón sobre la miga de un pan recalentado; yo lo llevo envuelto en una baratija que alguna vez inventó un Dios vegetariano

Él escribe en su papel áspero; yo tecleo en un portátil platinado. Él se escribe y se arranca; yo edito. Él exprime el corazón sobre la miga de un pan recalentado; yo lo llevo envuelto en una baratija que alguna vez inventó un Dios vegetariano. Ese hombre que recupera el lugar que yo le arrebato en días laborables, escribe. Es nuestro aire de familia. Cada palabra que apunta y poco después tacha se imprime sobre el papel como muelas arrancadas de a poco. Una a una, en orden. La filia india y solitaria de un corazón sin dientes que alguna vez retuvo una presa aun viva.

Él, el hombre de los feriados, completa un folio, acaso dos. Y entonces, solo entonces: tacha. Lo hace con una valentía que a mí se me antoja familiar. Ese gesto estropeado de quienes ganan a la ruleta rusa. Poco después, rasga el papel y arroja los trozos en el envase de cartón de 550 mililitros. El mismo que yo bebo todas las mañanas. Una pira blandorra para nuestros mejores fuegos. 

El hombre de los feriados, completa un folio, acaso dos (...) Y entonces, solo entonces, rasga el papel
No conozco su nombre. Sus intercambios son escasos, ásperos. Pocos hablan esta cadena de bollos fritos en la que alguien quiso exhibir bajo focos de alógeno roscas de harina abrillantadas; cosas que sudan la enfermedad; cosas que caducan. Habitamos este lugar que no milita en la felicidad. Aquí nadie apunta tu nombre con rotulador sobre la pared de un vaso de papel. Aquí, los baristas no te rebautizan al llamarte por un nombre inventado que vocean cuando el tibio bebedizo está listo. Aquí no tenemos nombre. Somos café. Café barato.

Sé de este hombre lo que observo. Sé de este hombre lo que llevo puesto: mi insomnio y mis ganas de partirme la cara. Sólo eso. Sé de él lo que olisqueo y reconstruyo. ¿Y qué es mi vida si no eso…? Olisquear a extraños. Sacar de ellos lo que resuena en mí. ¿Y cuál es la suya? ¿De quién es esa vida rota en pedacitos en el fondo de un vaso de papel?

Sé de este hombre lo que llevo puesto: mi insomnio y mis ganas de partirme la cara

El hombre de los feriados viste siempre el mismo pantalón color tabaco y una camisa blanco hepatitis -a veces parda-, esas cosas con las que uno se cubre para salir del portal los domingos vacíos de deseo. Todo en él aúlla con la ira de las prendas que fueron mejores. Más que ropa, lleva un hábito; un sayo de misa, cartón y padrenuestro; una oración que en sus manos anticipa peineta y en las mías promete chupitos de espidifén.

Hoy es feriado. Atravieso las puertas automáticas como si bajara a por quinina, como si fuera hasta las bodegas de un barco de vela llamado Otago. El hombre del vaso de papel elige la mesa contraria a la mía, la misma que elijo día tras día. Él, a diferencia de mí, prefiere dar la espalda al monumento de los abogados, como si los despreciara, como si le diera igual cualquier carnicería distinta a la pergeña en sus hojas gruesas y asalmonadas. Él prefiere ver venir la mañana en lugar de avanzar hacia los números de la calle Atocha. Él da marcha atrás a una calle que va a degollarse primero a Benavente y luego a la Plaza Mayor. Yo apuro en cambio, aprieto el paso con la mirada. Esa esperanza estrecha de quienes jamás han sangrado en una batalla con muertos. 

Su presencia existe en mis días por el solo hecho de quitarle a la mía el ventanal donde cada mañana leo y escribo 

Nunca lo he visto llegar. Su presencia existe en mis días por el solo hecho de quitarle a la mía el ventanal donde cada mañana leo, escribo y me preparo para dejarme arrollar por la furgoneta que venga de paso. Él, como yo, pide un café de 550 mililitros. Él, como yo, no habla con nadie. Él, como yo, mira la calle Atocha con el mismo desdén de quienes, en secreto, quieren arder … Da igual lo que venga a matarnos, el cielo azul de los días de verano o los vencejos enloquecidos que buscan pelea en el aire. Ambos queremos estar ahí, plantados en el cielo mustio de una vidriera sin atributos. Ambos ardemos en el eco de un café recalentado. Ambos somos marinos sin batalla, flotando en la goma arábica a las ocho de la mañana de un día de fiesta.

jueves, 18 de agosto de 2016

V, de verano: no hay que olvidar la noche

Foto: KSB

 No hay que olvidar la noche. Tampoco darse de baja en sus modales de vertedero, mucho menos perder la forma ni  hacerse fofo en la amnesia de la oscuridad, ese sprint que separa la celebración del garrotazo; ese dique que aparta a los vivos de los muertos y confina a los que quedan entremedias a la dehesa del espanto –fantasmas elevados en plataformas; esperpentos tatuados; la tumba de la minifalda sin depilar-. No hay que olvidar la noche ni perderla de vista. No hay que afelparse. No es posible renunciar a la pregunta sobre cuánto de nosotros hay en ella: la lenta frustración de los trenes y los ascensores, los besos agusanados que se dan los desconocidos  y los nudillos rotos de los que se dan puñetazos porque temen volver solos a casa, aunque no lo sepan.

"No hay que olvidar la noche... Ni los besos agusanados que se dan los desconocidos  y los nudillos rotos de los que se dan puñetazos porque temen  volver solos a casa"

Son las cuatro de la madrugada de un 14  de agosto. Las fiestas de verano purgan Madrid con su santiamén de pañuelo y eructo: pasacalle, abanico y borrachera. La pira de los días en el desafuero del sol. Un sujeto de pecho tatuado tira del cabello a una rubia con el alma desdentada; ella intenta golpearlo, él tira con más fuerza. Tropiezan. Ruedan. Se pegan. Llega la policía. Acaba el espectáculo que nunca nadie consiguió grabar con el móvil –fue todo tan rápido, maldita sea-.  Son las cuatro de una mañana sin luz, ni luces. Esa hora en la que todos parecen querer algo que no irían a comprar vestidos de sí mismos.

Un hombre de camiseta roja y aspecto británico tropieza con una chica que parece cobrar en céntimos los malos besos y las plegarias de portal –la calderilla de ponerse de rodillas-. Su rostro me resulta familiar. No es la primera vez que lo veo embestir contra una dama esta noche. Pero a esta hora –ya se sabe- a la hoguera se le olvida que arde feamente. Sentado a una mesa a la que nadie lo ha invitado –la joven de los céntimos está acompañada de algo que podría ser un grupo de clientes o una familia con malas pintas-, el caballero británico de camiseta roja delata estropicio en cada gesto. Luce un bronceado infierno; vacaciones con quemadura de tercer grado. Despliega, cuando la borrachera se lo permite, una sonrisa tiesa y carbonizada. En su sangre, seguro, la ginebra pasó de gasolina a monóxido.

"En la carrera de San Francisco, convertida ya en dehesa de muertos vivientes, los entresijos chisporrotean en los calderos y Pitbull resuena como una ventosidad en los oídos" 

En la carrera de San Francisco, convertida ya en dehesa de muertos vivientes, los entresijos chisporrotean en los calderos y las últimas tiras de tocino se asan sobre una plancha de metal. A esta hora, las cuatro de una madrugada de agosto, todos tenemos algo de San Lorenzo: nos arrancamos la piel a tiras para arrojarla a alguna parrilla dónde arder más rápido. El asunto, claro, es quemarse.  Olvidar que la vida tiene botones y ascensores. Eso: perder el conocimiento mientras ocurre el infierno y un cantante con nombre de perro –Pitbull- resuena como una ventosidad en los oídos.

El sujeto de aspecto británico y camiseta roja prodiga mordiscos a los gomosos calamares de algo que parece sacado de la basura.  La joven que cobra por desabrochar, así sea una mirada, se ríe de la manifiesta borrachera del estropeado señor. Él la mira como si fuera un hombre de trapo, como si cada gota de alcohol lo hubiese despojado de la más elemental inteligencia. La mira y se disculpa. Una y otra vez.  Ella enseña su sonrisa sin muelas y los muslos prietos,  rematados con hoyos de salchicha a la altura de una falda mal cortada. Todo avanza hacia el precipicio; hacia esa línea quebrada que dibujan las uves del verano.

"Él la mira como si fuera un hombre de trapo, como si cada gota de alcohol lo hubiese despojado de la más elemental inteligencia"

En su novela La fiesta de la insignificancia, Milan Kundera agrupó a las personas a ambos lados de una línea: los que al tropezar piden disculpas y los que al embestir al prójimo reprochan y manotean. El caballero inglés de los calamares gomosos y la mirada borracha supera por completo esa frontera. Su territorio es el accidente; y a juzgar por los mordiscos y la bocanada de vomito que parece a punto de derramarse sobre la mesa a la que no ha sido invitado, esto tiene pinta de tragedia. Puro verano, sandungueo. Ganas de pegarse y besarse. Verter. Arder.

Derrotado por el bocadillo, el caballero británico saca de su boca una larga tira de pescado procesado. La arroja al suelo. Se mira los pies deformados en las sandalias. Hay desamparo en la piel roja de su rostro. Tiene algo de pobre crustáceo, como una langosta que por querer escapar de la olla de agua hirviendo fue a meterse en un cazo de aceite requemado. Aburrido, con los dedos llenos de calamar masticado, el caballero de camiseta roja  decide abandonar la mesa. Intenta ponerse de pie. Una. Dos. Tres veces. Parece un rascacielos a punto de desmayarse.

"Intenta ponerse de pie. Una. Dos. Tres veces. Parece un rascacielos a punto de desmayarse (....) Lo rodean las risas de los extraños. Un enjambre de aguijones que celebran con veneno que él sea penúltimo payaso de la noche"

Al inglés lo rodean las risas de los extraños, un enjambre de aguijones que celebran con veneno que él sea penúltimo payaso de la noche –el bufón siempre es el otro, claro-. Si pudieran, quienes ahora lo rodean arrojarían monedas a su soledad. Incluso alguien propiciaría un cuerpo a cuerpo con otra alma perdida, para ver cuál desagracia le parte la nunca la otra. Habría risotada, eructos, pedos. El vapor caliente de las cosas que se pudren abriéndose paso en una nube de aceite.

El caballero de camiseta roja consigue, al fin, lo que los homínidos en algún tiempo: erguirse sobre sus dos piernas. Una embestida más de vómito amenaza con regar el asfalto. El hombre saca un cigarrillo e intenta avanzar por la carrera de San Francisco, ya convertida por completo en un río de peces muertos, una lenta sopa de cosas que no parecen vivas. Una mano anónima extiende una silla, acaso para evitar el destrozo y asegurarse así algo más de espectáculo. Nunca tres pasos tambaleantes fueron celebrados con tan tabernarias carcajadas. Si el caballero inglés quisiera, podría llenar sus bolsillos con la calderilla de quienes ven en él el mejor payaso de la madrugada.

"No hay que olvidar la noche. Hace falta volver a ella. Ponerse  de pie en ese escalón del día donde la vida traviste en fantasma. Ese momento donde surgen los besos agusanados y los puñetazos  de quienes tienen miedo de volver solos a casa"

En el filo de la acera, con los pies llenos de saliva, sangría y azúcar, miro el lento desolladero. Veo la espalda de este hombre sobre el que alguien ha descerrajado una desgracia nocturna. Observo. Me detengo en el morro sangrante de los que beben, de esos a los que se le va la vida en un vómito de pizza y mojito. Me detengo, intento recordar lo que veo.  Celebro con mi silencio de vestal sin vientre la furia de otros. A las cuatro de una madrugada de agosto, viene a mi cabeza una novela de Salman Rushdie que leí hace años, en un país extinto que me olvidó como olvidan los hogares a los que beben sin parar. El libro de Rushdie hablaba de dos gemelos que nacen al filo de la media noche: ese  segundo que antecede al día y la oscuridad, esa posición del segundero donde si alguien nace, lo hace a la mitad de su vida, siendo el anterior y el próximo, siendo todas las horas en una distancia, a solas con su celaje, como una sombra.


A mi alrededor veo espectros, gente muerta que vino a beber para resucitar de otra forma. Me reflejo en ellos. Me pregunto cuándo me tocará a mí la calderilla, el cuerpo a cuerpo contra otra soledad.  Así, en el filo de una acera llena de babas , pienso lo mismo. No hay que olvidar la noche. Hace falta volver a ella. Ponerse  de pie en ese escalón del día donde la vida traviste en fantasma. Ese momento donde surgen los besos agusanados y los puñetazos  de quienes tienen miedo de volver solos a casa, aunque no lo sepan.

domingo, 10 de julio de 2016

Morir en verano: Casta Diva para corazones broncos


Hace unos años ya, acaso por imitación, escuchaba con especial obsesión Madame Butterfly. Siempre he dicho que ami madre le debo las cosas esenciales, la ópera es una de ellas. Con el paso de los años, he aprendido a rebelarme en su ley. He conseguido, de a poco, ampliar el repertorio. Así que sustituí a Puccini por la Norma de Bellini, una tragedia romántica que a mí se antoja una metáfora de las expectativas incumplidas. Algo así como la catedral doméstica del arsénico que Emma Bovary levantó sobre sus comisuras, pero con una hornacina que Flaubert no llegó a conceder a su bella suicida: la esperanza de que seremos capaces de resistir al derribo.

Inserta en el primer acto, Norma acoge una pequeña joya: Casta Diva. Esta aria sido utilizada en comerciales de perfume, películas e incluso para espantar el terror que genera el vacío en los lobbies de algunos hoteles. La versión más conocida la interpretó María Callas, quien la popularizó en el repertorio lírico tras la segunda Guerra Mundial, esos años en los que miles de personas sorbieron su sopa de huesos y muertos.Aquel mundo lleno de fosas debió encontrar en Casta Diva un abrevadero para la culpa; ese desamor que genera la barbarie en quienes han conseguido sobrevivir guareciéndose entre los cuerpos de los que ya no viven.

La versión más conocida la interpretó María Callas, quien la popularizó en el repertorio lírico tras la segunda Guerra Mundial

Por eso la cantamos: para desangrarnos en cada arpegio. Cantamos con la misma intensidad con la que comemos y besamos; con la que concedemos y abofeteamos; con la que gritamos y callamos. Vivimos desgarrando; demoliendo. Nos hemos hecho paquidermos de trompa triste, seres de jaula. Criaturas que pastan en un ascensor de cristal y derriban el mundo cuando intentan un abrazo. Somos bestias de corazón bronco. Somos esa mujer rota que canta en la Scala de Milán. Por eso cuando corremos vamos al lugar arrancado: a la enorme sabana de la que nunca debimos salir. Cuando cantamos, huimos hacia la tierra.

Vestida con un imponente modelo de noche palabra de honor –ay, hueso de mis huesos-, dueña de un collar de piedras preciosas que le acordona la garganta cual bella y suntuosa soga, María Callas interpreta Casta Diva. Despojada de carnes, enflaquecida por amor y vanidad; por miedo a no ser querida -y a la vez por unas ganas locas de serlo-,  la Callas se deja la voz en el desamor de Norma y en el suyo. También en el de quienes volvemos a esta grabación defectuosa de Youtube para llorar a gritos.

Norma pide a la luna otras cosas. Implora algo que la sujete en el huracán doméstico del engaño, esa otra muerte de los afectos.

En Casta Diva, Norma eleva una plegaria a la luna. Y aunque la impulsa la pasión por Polión (su marido, un procónsul romano que ama a otra mujer) quien escucha detenidamente –con  la atención que desarrollan los corazones llagados- podrá percibir de qué forma cuando Norma canta, no pide amor. O no solo amor. Norma pide a la luna otras cosas. Implora algo que la sujete en el huracán doméstico del engaño, esa otra muerte de los afectos.

Cuando canta a la luna, esa escena romántica por antonomasia, Norma pide claridad. Pide fuerza y pide paz. Norma pide lo que buscamos todos en las cintas del gimnasio, en el vértigo de los andenes y los fármacos.  Norma pide esa templanza que apuramos en la última gragea de un bote que ya estaba vacío. Cuando canta, Norma pide la fuera que obra el milagro de las familias y las gestas. Norma pide eso que hace posible las cosas que duran para siempre.

 ¡Casta Diva, que plateas
estas sacras antiguas plantas,
a nosotros vuelve el bello semblante
sin nube y sin velo!
Templa, oh, Diva
templa estos corazones ardientes,
templa de nuevo el celo audaz,
Esparce en la tierra esa paz
que reinar haces en el cielo.
Fin al rito, y el sacro bosque
sea limpiado de los profanos.
Cuando el numen airado y hosco
exija la sangre de los romanos
desde el druídico santuario
mi voz tronará.

Mientras escribo estas cosas que no pagan la renta, el reloj del ordenador marca las siete de una tarde de verano. Un día bronco de muertes y resurrecciones que casi llega a su fin. Un día acordeón en el que cupo por igual  el oleaje de las copas de una noche extinta y los buenos días de un pan abrasado en el plato del desayuno. Son las siete de la tarde y escucho la voz de la Callas.  Mientras las aspas del ventilador mueven el vapor infernal del día, percibo incendio en Casta Diva. Acaso porque algo mío se quema en su sonido.

En el verano, todos los días son un incendio. Escrito con la caligrafía limpia de esa letra quebrada, esa uve que invita al abismo y laresurrección, el verano está hecho para la combustión. Para arder en la paila de la primera vez y el eterno regreso a la ración recalentada de lo que fue nuestro corazón cuando descubrimos el mar. El verano es el tiempo de las fiestas, las comilonas y los excesos. Es la temporada en la que las vestales salen a hacer la compra para comerse a Orfeo a dentelladas.  Son los días en los que las la vida ocurre exagerándose, para parecer más vida.

En verano, la muerte resulta –como la voz de Norma- atronadora, porque la impulsa la vida en su carrera loca hacia el final. 

En verano, la muerte resulta –como la voz de Norma- atronadora, porque la impulsa la vida en su carrera loca hacia el final. En verano mueren los amores, las esperanzas, las personas, los toreros, los niños, los plazos. Mueren los matrimonios. Las promesas que nos hemos hecho. El temple que se nos ha ido por el desagüe de la ducha o en el lento ombligo de una tripa caída. El verano es pudrición y caducidad. Es pura belleza de lo que llega a su fin.  Es la paz que Norma ansía y pide a gritos a la luna. Porque Norma no quiere que Polión vuelva a quererla, sino que sea el de antes. Norma canta para corregir el tiempo. Reclamando ese prodigio, se pide a sí misma. Invoca la rueda maluca del eterno retorno.

El verano es incendio.  Ese tiempo que imprime  en la piel las marcas de un fuego que arrasa y renueva. El estío y el hastío. La uve quebrada: muerte y resurrección

El verano incumple expectativas bellamente. Es la vida que se pudre con las cerezas y las borracheras. Es la estación que nos arropa y derriba. Es ese tiempo que imprime  en la piel las marcas de un fuego que arrasa y renueva. Lucimos morenos porque venimos del chapuzón en la paila a la que vamos a purgar lo que el invierno ha hecho con nosotros. Del verano me gusta el exceso y las óperas cantadas por la Callas, también la sensación del superviviente. De quien ya solo espera que los días se enciendan con la brisa caliente que desatan los vasos con hielo y rodajas de limón cortadas por la mitad.

Escribo mirando el collar de la Callas. Lo miro con codicia y tristeza. Imagino el peso de cada diamante sobre su garganta lastimada y su corazón chamuscado. En la voz de la Callas, el verano se responde a sí mismo. Se revela como realmente es: expansivo, de la misma forma en que lo son las pasiones y el pesimismo. El verano. Una estación iniciática, a la manera de Pavese. En verano, como en las páginas de aquella novela escrita por el suicida más solitario, desgarramos la entrepierna y el corazón, nos preparamos –desde muy pronto- para el mundo crepuscular que nos ha sido concedido.

Cada año que llegamos a él nos descubrimos distintos: un poco más viejos y carbonizados. Nos descubrimos merodeando nuevas formas del incendio. Del estío y el hastío. Por eso Norma. Por eso Casta Diva.  Para pedirle a la luna que nos temple. Que haga de nosotros un clavo ardiente. Para esperar, acaso, que en el camino hacia la muerte todo vaya a mejor.





martes, 21 de junio de 2016

La mucha verdad

    
Cristopher Fourcart, el banderillero de la 'mucha verdad', fotografiado por Juan Pelegrín el 12 de junio de 2016, en la plaza de toros Las Ventas.

En  mi mundo la gente no se desangra; no así. Las cosas van a parar a los sumideros inofensivos: los ceniceros, la transparencia de las copas que se vacían y el aspecto estropeado de las zapatillas después de tanto pulir el asfalto. Pienso estas cosas mientras camino por la planta segunda del hospital San Francisco de Asís, en Madrid. Atravieso un pasillo que se me antoja triste como una tarta de bodas.  Busco la habitación 232, pero ya en la segunda ronda vuelvo al lugar donde comencé, la puerta 202, una habitación cerrada de la que no sé nada excepto una cosa: no es la que busco. De pie, ante dos cunas con aspecto de algodón de azúcar, peleo con la sensación de estar perdida. Miro las canastillas con la curiosidad de quien cree que estallarán en pedazos. Y emprendo mi camino, otra vez.

En la unidad de recién nacidos, busco a los renacidos. A aquellos que viajan hacia la muerte y vuelven de ella

En la unidad de recién nacidos, busco a los renacidos. Bebés y matadores comparten la misma planta de un hospital de la calle Joaquín Costa. En los pasillos busco, no a los que llegan, sino a aquellos que viajan hacia la muerte y vuelven de ella; esa operación de la que solo son capaces los héroes exagerados, aquellos a los que alguien ha contado en un poema escrito en hexámetros. Canta, oh Diosa...  En mi mundo, ya lo he dicho, la gente no se desangra; no así. La vuelta al ruedo ocurre siempre anónima, superviviente, entre intercambiadores  y vagones exhaustos. La gente como yo no va a partirse la cara con lentejuelas bordadas en el pecho. Por eso resulta extraño ir al encuentro de quienes acuden al trabajo vestidos de Purísima y oro, con una espada en la mano.

Son las siete menos cuarto de una tarde que pinta verano. En el Hospital San Francisco de Asís examino el mar calmado de la sedación y las batas de papel. Puerta 202; yo voy a la 232. Faltan treinta números. Así que empiezo, otra vez, la búsqueda de quienes todavía permanecen en el mundo.

Muy de verdad


Guillermo Valencia, fotografiado en Las Ventas por Juan Pelegrín.

La del 12 de junio fue una tarde ferrosa, de esas que saben como la sangre: a metal; a tubería y desagüe.  Esas que dejan el corazón exhausto de puro apretón. En el quinto de la novillada con picadores, Guillermo Valencia, el diestro de Popayán, volvía a Las Ventas por la oreja no concedida un año atrás. Valencia, que ya se había aplicado con elegancia y ganas  dando muerte a Jaquito (el segundo de la lidia) se dirigió con el castaño al centro del ruedo. El diestro lo hizo, a veces lento y a veces desquiciado… de puras ganas. Él, de blanco y oro, ante un astado de 486 kilos.  El toro se llamaba Prendito. Al mirar el programa de mano de aquel día, me pregunto: ¿recuerdan los matadores a los toros a los que dan muerte?

¿Recuerdan los matadores a los toros a los que dan muerte?

Por aquello de morir matando, el colombiano fue de los medios a la enfermería. Lo hizo con una cornada de diez centímetros en la entrepierna. El vestido y el cuerpo convertidos en una misma y escandalosa herida. Su gesto quebrado parecía hablarnos de un dolor que nunca conoceremos. Tendido ahora en una cama del hospital San Francisco de Asís, el novillero habla de aquello con buen semblante, como si todo hubiese ocurrido en otra vida.

En el rostro de Valencia no hay rasgo de dolor, ni siquiera el verde pálido de quienes sienten malestar. Algo extraño le recorre el cuerpo: la fuerza de quienes creen en lo que hacen. Así habla Guillermo Valencia, con la gracia de una verónica. Sí, así habla el novillero. Y lo hace mientras devora con una cucharita plástica una ración de pudín rescatada de la cafetería del hospital. Quien lo mira intenta imaginar a qué sabe ese postre sencillo en una tarde como esta. Viéndolo comer, todo parece nuevo. Lo dulce más dulce, el sol más sol.

Rafael Serna, llegó al ruedo como los mozos de los que habló Gil de Biedma, dispuesto “a llevarse la vida por delante”

Después de la cogida de Valencia, la tarde del 12 de junio siguió maluca, con ese viento que levanta papelillos como si de advertencias se tratara.  El tercero del cartel, el debutante sevillano en Las Ventas, Rafael Serna, llegó al ruedo como los mozos de los que habló Gil de Biedma en su poema No volveré a ser joven: dispuesto a llevarse la vida por delante”. Impositor, el negro listón de Guadaira, atendía a las citas del diestro, humillaba sin emborrones. La bestia se dejaba hacer, de a poco, mientras el novillero se fajaba a trazar giros con la muleta y los pies bien plantados en la arena. “Dejar huella, marcharse entre aplausos -envejecer, morir-, eran tan sólo las dimensiones del teatro”.

En el burladero, Cristopher Fourcart, que saludó tras banderillear con belleza a Lanzallamas -el tercero de la tarde-, aguardaba tras las tablas, listo para echar un capote, ese gesto que marca la diferencia entre un hombre muerto y otro vivo.  De berenjena y azabache, el banderillero arrojó en el aire instrucciones que se abrían paso con la fuerza de los deseos. O al menos él los pronunciaba con la electricidad de las buenas intenciones. “Sácale el pecho. Eso, eso. Así, así, así. Muy de verdad, muy de verdad. Izquierda, izquierda. Es noble. Te va a dejar”.

Burlardero. Las Ventas. Domingo 12 de junio de 2016. Foto: Karina Sainz Borgo
No resultaba fácil saber si Rafael Serna podía escuchar al banderillero de su cuadrilla. Sin embargo, de tan fuertes en el ímpetu, las palabras de Fourcart sonaban como letanías, ese soniquete en el que alabanza y plegaria se confunden. A cada muletazo, acompasado con el aire que levantaba la tarde, Fourcart inauguraba una nueva instrucción. “Sácale pecho. Así, así. Muy de vedad. Eso, eso. Muy de verdad”.  Su retahíla hacía lo que las banderillas bien puestas: sujetar, doblar al más bronco, aplacar una fuerza que proviene de un mundo remoto.  La ruleta rusa de quienes visten de oro o plata.

De berenjena y azabache, Fourcart arrojó en el aire instrucciones que se abrían paso con la fuerza de los deseos.

Muy de verdad. Escucho. Muy de verdad. El viento soplaba, acaso dando la razón a esa frase gramaticalmente imposible, una que no podría existir en la RAE pero sí en el ruedo. La verdad, en este caso la mucha verdad, ocurría como el raro milagro de una tarde que prometía costurones en nombre de lo cierto, de lo auténtico. En dos platos: la mucha verdad, servida con sudor, humor y locura –la que hace falta para lidiar una bestia de casi media tonelada-.

Sentada en la fila uno del tenido nueve, apunté las frases del banderillero  como quien no quiere perderse nada. Ya lo he dicho: en mi mundo, la gente no sangra, al menos no así, no con el olor metálico de los que ofrecen su vida a cambio de otra. ¿Puede ser La Verdad mucho más de lo que es? ¿Puede acaso ser muy verdadera? Sí, puede.  

Entrando a matar, el pitón se hundió en la pierna de Serna. Como quien se palpa al recibir un balazo, el novillero se llevó la mano al muslo, que comenzó a sangrar con la exageración de una fuente rota. Manaba con fuerza: un chorretón oscuro, casi borgoña. Transcurrieron apenas segundos cuando el banderillero, Fourcart, saltó al albero para llevarse en volandas a Serna rumbo a la enfermería.

Rafael Serna sufrió una cornada en el sexto. Fotografía: Cultoro.com 

Aquel domingo, Serna fue operado dos veces, la primera en la plaza y la segunda,  de madrugada, en el Hospital. La trayectoria de la cogida ocasionó lesiones graves en la femoral y la safena. Si no murió fue por milímetros o porque la mucha verdad así lo quiso. Ocho días después de aquella tarde, Serna aguarda en la habitación 233 hasta que el equipo dé el alta médica. En el ala de los renacidos, la paciencia es una urticaria, una penitencia, un trámite molesto para los que solo desean una cosa: volver al ruedo. Eso piensan los matadores mientras se comen un postre con la gula de los niños que aun son.  

Coces en el aire

Un mes antes de la tarde carnicera del 12 de junio, en la séptima de San Isidro, un hombre regresaba a su segunda corrida como matador en Las Ventas. Sí, la segunda, justo seis meses después de tomar la alternativa en la Feria de Otoño. Desde entonces, Gonzalo Caballero se había mostrado poco en los ruedos. Por eso reapareció de aquella forma,  como si hubiese acumulado en todo aquel tiempo las muchas verónicas y lances no prodigados. Movimientos guardados, urgentes… Así, como los largos besos que alguien desea fundir de un  corrientazo.

Gonzalo Caballero hizo el paseíllo de canela y oro: el  cuerpo entero convertido en una exclamación

Ese día, el 12 de mayo, Gonzalo Caballero hizo el paseíllo de canela y oro: el  cuerpo entero convertido en una exclamación; la musculatura como una coreografía por estrenar, esa que se cuece en las heridas que están por llegar. Aquel día, los versos de Gil de Biedma –sí, aquellos- se prendían al vestido de Caballero como lentejuelas. “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”.

Gonzalo Caballero, fotografiado por Juan Pelegrín (Las Ventas)

Lo de venir a darlo todo no siempre es un latiguillo, sino el mismísimo látigo de Truman Capote en Música para Camaleones: aquello que Dios reparte con los dones para que quien los posee no olvide jamás que vencer exige atizarse. Así llegó Caballero a su primer toro: elegante y enajenado, chulo e invencible, más torero que cualquier otro de los que ha salido a hombros de Las Ventas hoy.  Los que saben de toros dijeron, durante casi todo San Isidro, que los animales de la feria tenían poca fuerza y bravura, que se trataba acaso de ovejas resabiadas; animales sin trapío, ya estocados incluso con el lomo perfecto sin pinchazos ni picas. Astados sin belleza, decían. Eso no soy capaz de verlo. No así. Acaso por eso mi libreta y yo nos damos ánimos. En sus páginas apunto cosas que comprobaré más adelante. Pero una cosa sí sé: puedo oler a distancia el sudor de los que, aun temiendo, se plantan en la arena.

Aquello de  que Dios reparte con los dones un látigo, para que quien los posee no olvide jamás que vencer exige atizarse

En el tercero de la tarde del 12 de mayo, el primer toro de Caballero, la grada se prodigaba entre el ¡Ay! y el ¡Ole! El aplauso convertido en vértigo, en puro asombro ante la forma hermosa que adquieren ciertas modalidades de la locura. El látigo lacerando al don para subrayar que la gracia se recibe a la vez que se forja. Caballero lo quería todo. A cambio, debía dejarlo todo. Y así fue. AL entrar a matar,  pasó lo que pasó: el toro, de la ganadería de El Ventorrillo, tiró un derrote seco y prendió al torero por la cara interna del muslo izquierdo, lanzándolo por los aires y pasándolo de pitón a pitón.


Otra vez la pierna hecha un guiñapo, el diestro se resistió. La cuadrilla intentó llevárselo a la enfermería. El muchacho no se dejó. Como una bestia, dio coces en el aire. Tenía que matar. Y así fue. Después de zafarse, de puro cabreo, Caballero cogió la espada, otra vez. Verlo matar, bien colocado, con la pequeña corbata prieta en el muslo rojo, ha sido la forma más humana que jamás he visto del látigo de Capote. Mató, claro, y de ahí directo al Hospital.

Pienso en estas cosas una tarde del 19 de junio, cuando observo a Caballero salir por la puerta grande junto a David Mora, en Torrejón de Ardoz. Uno tiene 24 años, el otro 35. Los separa una década: pero todavía más los varetazos y costurones que se producen en el tiempo que uno ha vivido y que el otro está por vivir. Ha de ser lo que decía Fourcart. La mucha verdad, aquello desconocido que mantiene de pie a quienes podrían doblar. Quién sabe cómo. Quién sabe de qué forma.  Es la mucha verdad, haciéndose ver.

sábado, 13 de febrero de 2016

La Ginzburg o lavar la ropa llorando


 Leo a Ginzburg; la edición que ha publicado Lumen de 'Las tareas de la casa y otros ensayos'. Ya sea la muerte de la novela (la muerte del lector), el hielo en el vaso de agua del psicoanalista, la carta que Dickinson le escribió a un mundo (y que este nunca le respondió)... me emociona y conmueve. Ha sido capaz de sacarme del desaliño vital que llevo días pegado en la ropa. Si el alma se viste, si tal cosa es posible, siento que llevo días con una ropa (inexistente) llena de manchas inexistentes. Llevo días sintiéndome desposeída del interés por vestirla, dominada por la inapetencia de combinar prendas que no existen, que nadie ve excepto yo. Las almas no sienten tedio o frío, ¿no? Tampoco se manchan de mantequilla o se arrugan como una sabana que ya deberíamos lavar. Nada de eso pasa, pero me pasa y ha sido leerla y levantarme de ese revoltillo de trapos sucios en los que se me ha convertido el corazón. La Ginzburg me ha conmovido y emocionado. Me ha dejado un bote de detergente. Me ha lavado el cabello con belleza, con un champú sencillo y efectivo, de olor bello. He querido buscar esta noche a la editora de Lumen y agradecerle que me descubra a esta mujer que lleva años viviendo en mi cabeza sin saberlo. Me he reconocido, he revivido limpia como una camisa blanca. Por eso leemos y escribimos. Por eso. Y qué bello es descubrir que uno no se ha vuelto costra, que no somos una mancha vieja de queso fundido sobre un abrigo que lleva  un año entero guardado en el ropero.

#BuenoEso #LoSiento #PeroMeHaSalidoDelAlma #Apunte

viernes, 13 de noviembre de 2015

Mi sobrino duerme con el himno de un país que no conoce




Mi sobrino solo duerme si le cantan al oído el Gloria al Bravo Pueblo, el himno de un país que él no conoce y yo ya no reconozco; uno que visito cada vez menos, acaso porque los países también se vacían, como los edificios en los incendios. Que a mi sobrino lo calma el Gloria alBravo Pueblo lo he descubierto en este viaje, uno relámpago que hemos convenido, al fin, para que pueda conocerlo.

Mi sobrino es un niño de ojos negros y un año y medio de vida que le recorre el cuerpo; uno que atraería a todas las avispas del mundo, de pura melaza que es; uno que pinta caramelo hasta en la piel y los cabellos y que huele a vainilla incluso cuando el pañal rebosa de mierda y enfado. Mi sobrino es un niño que mira como las ventanas en diciembre: limpio, transparente, inmenso.

No llora mi sobrino, casi nunca, pero cuando lo hace, usa el cuerpo entero. Se enrojece y se revuelve, como la vida que aprendió a retener para que no se le fuera por el desagüe de una incubadora; como los carbones cuando les pega la brisa. Es valiente mi sobrino, por eso cuando llora lo hace así, como quien declara una guerra o proclama nación donde antes sólo había conucos y hombres a caballo, ahí donde sólo reinaban los cables y las enfermeras. Ha de ser por eso que el himno lo arrulla; ha de ser por eso que sus acordes lo arrastran al lugar adonde va la ira a remojarse.


Así duerme mi sobrino, decía, con el Gloria al Bravo Pueblo: una canción de guerra que usaron los patriotas y ahora sirve de nana

Así duerme mi sobrino, decía, con el Gloria al Bravo Pueblo: una canción de guerra que usaron los patriotas y ahora sirve de nana. Una que pide seguir el ejemplo que Caracas dio y que en sus versos conmina a tomar posición a todos los blandos y cobardes, a todos los viles y egoístas. Los que pescueceaban entonces en el Cabildo de Caracas mientras se celebraba la Junta Patriótica convocada para desconocer un poder, uno que terminaría -igual o peor- apeándose en el despotismo que reprochaban a Emparan, el Capitán General. El Gloria al Bravo Pueblo interpela también a los que pescuecean hoy.  Y es que en aquel entonces –como ahora-, aquel poder afiebraba a los patriotas de un país palúdico y desdentado al que ya no le queda nada que llevarse a la boca.  

Hay quienes dicen que el Gloria al Bravo Pueblo, compuesto  por Vicente Salias y Juan José Landaeta como canción patriótica para enardecer la emancipación en 1810, fue en verdad una canción de cuna. La tesis la defendió José Antonio Calcaño en una conferencia en la Universidad Central de Venezuela. Era el año 1958, el mismo en que cayó el dictador Marcos Pérez Jiménez y que da nombre a una generación poética entera, la de mi amada Miyó, aquella mujer que se mató por no ir a una guerra. En aquella fecha que todo lo prometía, el historiador consideraba probable que el origen de la música del Gloria al Bravo Pueblo estuviera en una antigua canción de cuna que nanas y madres venezolanas entonaban popularmente en el siglo XIX para arrullar a sus hijos.

"Quizá por eso se pegó al paladar de los que querían emanciparse:  porque ya todos conocían su melodía desde la infancia"

Quizá por eso se pegó a la lengua y el alma de los que querían emanciparse: porque ya todos conocían su melodía desde la infancia. Ha de ser por eso que, cuando llora, mi sobrino se calma con el sonido de un país que está impreso en la niñez de todos cuantos habitaron esa tierra que él aun no conoce. Si todos pedían libertad cantándola, no sería de extrañar que la más absoluta de las insubordinaciones, el sueño, acuda a los que la entonan hoy. ¿Quién no consigue borrar las injusticias y romper cadenas al cerrar los ojos? Para los desgraciados y los insomnes, dormir es una conquista.

En la víspera de mi regreso, a las diez de la mañana, en el salón de estar de una casa fresca emplazada en una ciudad con volcanes, mi sobrino y yo compartimos soledad. Yo leo en el sofá, él trastea con su tableta sentado en su sillita de comer, ésa en la que nunca come. No nos miramos. Nos arranca al uno del otro la atención puesta en otras cosas. Pero estamos en paz. Estamos tranquilos. No lloraremos, ni él ni yo. No ahora.

En la planta de arriba, sus padres se beben -como si fueran tragos apurados y urgentes- los pocos minutos libres de los que ahora disponen. El sobrino mayor ha ido a la guardería y el menor está abajo, con su tía abracadabra, la que vino de muy lejos como un viento inesperado. Apura, apura, parecen decir sus espaldas, muy rectas ante las pantallas de los ordenadores. 

Teclean, teclean, teclean: trabajos por entregar, correos por responder, informes por revisar, un mundo por hacer que nada tiene que ver con este otro de sábanas limpias y comida caliente que han levantado puertas adentro. En el porche, envuelta en sus vapores de almidón pulverizado, Mercedes, la nana nicaragüense que se sabe de comienzo a fin la canción pacificadora,  se inclina con sus brazos robustos, haciendo presión con la plancha sobre una camisa que da demasiada guerra.

Todos tienen algo que hacer, por eso la paz se derrama lechosa, gustosa, dulcita. Yo soy la guardiana de esa Paz. De mí depende que el infante no revire. Que nada falte en su mesa de comer donde nunca come: ni la risa, ni las galletas; ni los carritos ni la calma. Por eso estamos callados. Porque nos sujeta ese mundo que huele a detergente y bienestar. A pesar de eso, levanto la vista cada dos o tres minutos, para montar mi guardia aficionada de mujer sin hijos. Pero de pronto, sin aviso ni motivo aparente, rompe una tubería de disgusto. El llanto se trepa a su silla y a mí me levanta del sofá.


"Y canto, canto en silencio, una canción olvidada. Una que nos da por entonar cuando nos matan como perros, una que emitían las televisoras, a las doce de la noche , para despedir las emisiones o para anunciar los golpes de Estado"

Cojo a mi sobrino en brazos, lo bato suavecito como a una Coca Cola, le pregunto, arrastrando las palabras de azúcar que no tengo: ¿Qué pasa mi sobri, qué pasa? Entonces Mercedes sale, cobriza e india como una roca. “Cántele, cántele Doña Karina”. Y empieza ella: “Gloria al bravo pueblo/ que el yugo lanzó/ la ley respetando, la virtud y honor”. Yo, que no quiero que las camisas queden sin planchar, le digo que no se preocupe. Que vuelva a sus labores. Yo me encargaré de hacer lo que no he podido: sembrar la paz ahí donde se revuelve la angustia, o el hambre, o el sueño.

Y canto. Canto una canción olvidada. Una que nos da por entonar cuando nos matan como perros, una que emitían las televisoras, a las doce de la noche , para despedir las emisiones o para anunciar los golpes de Estado. Canto como si tuviera ocho años e hiciera fila en el patio de un colegio que ya no me asusta y ya no odio. Canto para que él se duerma. Canto concentrada en arrancar el cansancio de su cuerpo oloroso a vainilla.

Una vez que el enfado remite, que se retira de a poco en los párpados que se cierran, subo a mi sobrino hasta la habitación. Entre indicaciones de sus padres –“Sigue cantando, sigue cantando. No pares, este momento es crucial”-  lo acomodo en su cuna. Él apenas llora. Vuelve la calma en el goteo de la siesta matutina.  Entonces aquella letra pomposa y epopéyica se infla, ahí, en ese lugar en el que van soldándose la infancia, la memoria y la nación.

Ya nadie llora y sin embargo sigo cantando, lo hago con el tono apagado y desigual de los que no saben. Y me avergüenzo de mis notas quebradas, de la poca voz que me sale de la garganta. Sueno mal. Sueno terrible. Ha de ser por eso. Porque yo no sé cantar o, acaso, porque las cicatrices siempre desafinan. Siempre.

sábado, 1 de agosto de 2015

El día que Arthur Miller envenenó a Marilyn

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Marilyn Monroe y Arthur Miller durante el rodaje. La fotografía fue realizada por Inge Morath para Magnum Photos.

Poquísimos directores la llamaron para papeles tan complejos como su personalidad merecía. Arthur Miller reescribió algunos de sus roles y confeccionó uno de los guiones más potentes que se haya pensado jamás; en sus frases, la vida se inmiscuye en parlamentos que resuenan como advertencias, con la ponzoña de un regalo que predice tragedias. Se trata de Vidas rebeldes (1961), una novela escrita por Arthur Miller –no es del todo guión, ni del todo novela dice él- y que Tusquets recupera con motivo del centenario del dramaturgo. Sí, ese libro, que ahora nos cae en las manos como la joya trágica que es.
Vidas rebeldes, ese libro que nos cae en las manos como la joya trágica que es.
  El texto fue originalmente publicado por Tusquets en Ya no te necesito, un volumen de nueve relatos que incluía Los inadaptados (The Misfits), que sería traducido después como Vidas rebeldes. Ese texto, ahora editado -también por Tusquets- en un solo volumen, será el que servirá a John Huston para rodar un western que reunió en el desierto de Nevada a tres estrellas que comenzaban a apagarse: Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift.

Gable rodó enfermo y murió tres días después de acabar la filmación; Monroe veía desmoronarse su matrimonio con Miller e incubaba una crisis que la llevaría a la clínica psiquiátrica Payne Whitney y Clift estaba completamente enganchado a las drogas. Se dice incluso que durante el rodaje un equipo médico debía hacer guardia permanente para vigilar a Montgomery Clift y a Monroe. Los productores de United Artists nunca estuvieron del todo convencidos y apuraron la filmación lo más que pudieron.

 La mujer divorciada a la que Marilyn dio vida, como si invocara a su propio fantasma.

Vidas rebeldes fue acaso, hay que insistir, un regalo envenenado de Miller a su mujer. La escribió –dicen algunos como Norman Mailer- para probar que ella podía ser una actriz dramática y sin embargo algo en su argumento deja al descubierto la turbia trastienda de la biografía. “¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?”, le dice el vaquero interpretado por Clark Gable a Roslyn , la mujer divorciada a la que Marilyn dio vida como si invocara a su propio fantasma.

El texto de Vidas rebeldes está ambientado –y la película de Huston también- en los alrededores de Reno, la “capital mundial del divorcio”. Allí acude la bella Roslyn, una mujer que nunca ha amado ni se ha sentido amada jamás y que acude para romper su matrimonio. Allí conoce a tres hombres, tres vaqueros desarraigados que vagan por esas tierras secas subsistiendo con el poco dinero que obtienen por participar en rodeos o cazar caballos salvajes para vender a los mataderos.

Miller lo había diseñado y elegido todo: la historia, el guión adaptado, el reparto perfecto y el director idóneo que hiciera brillar a su mujer. Pero el asunto no hizo más que dar a Monroe empujoncitos hacia la muerte. Marilyn lo había hecho todo: abrirse paso a codazos desde la orfandad hasta las marquesinas. Inauguró las humedades de miles dejándose levantar la falda por la brisa de un respiradero del metro de Nueva York. Subió y bajó escaleras, cantando como quien se deja caer del cuello de un Martini, con aquel escote palabra de honor. Pero nadie llegó a considerarla jamás una actriz dramática. Ni siquiera una buena actriz. Y Vidas rebeldes era la manera de probar lo contrario. Pero con ella todo terminó de venirse abajo. Fue justamente en el rodaje de aquel film donde Miller conoció a la fotógrafa austríaca Inge Morath, pionera del fotoperiodismo, a la que habían enviado de la Agencia Magnum para registrar el rodaje. Esa fue la puntilla para que la relación con Monroe se fuera al traste. El dramaturgo y Morath se casaron al poco tiempo, en 1962.
Miller lo había diseñado y elegido todo: la historia, el guión adaptado, el reparto perfecto y el director idóneo que hiciera brillar a su mujer.
Al leer la novela que ahora reedita Tusquets es posible entender que aquella historia no podía hacer otra cosa que precipitar el colapso de Marilyn: era su fotocopia, la fotografía disimulada de su basurero. Una mujer que encadena divorcios, que se siente permanentemente abandonada y mal querida. ¿De quién hablamos? ¿De la actriz o de Roslyn, la chica que viaja a Reno para divorciarse y se consigue con estos vaqueros?

Compleja y contradictoria, Marilyn Monroe no fue la rubia tonta que hizo babear a miles de espectadores, tampoco la firme diosa que creímos. Cuando se trasladó a Nueva York y creó su productora, ella misma se encargó de matizar la imagen que había creado el cine de sí misma. Dejó de llevar el vestuario de Hollywood. Agarrada del brazo de Arthur Miller, cambió las plumas por los colores neutros, los pantalones capri y los jerséis. Y si entró al Actor’s Studio no fue encaramada en unos altísimos zapatos, sino con unas sencillas bailarinas con las que no logró despistar el rastro sabueso del miedo olisqueándole los tobillos.

La mujer más deseada e insatisfecha, y a la que Miller conocía muy bien, aparece en toda esta historia trepada en unos Ferragamo de 15 centímetros que habrían de reventarse como las copas finas de champán. El vértigo soplaba fuerte en la enorme azotea de su cuerpo –aquella foto que le hizo Bettman a Marilyn en la terraza del Ambassador lo prueba-. Y si acaso ella lo cubría con vestidos semitransparentes era porque no fueron sino mortajas. Nunca un fantasma nos pareció más hermoso. Y sobre ese tema, Vida rebeldes no hace más que dar claves y todas conducen al final del camino. Cursum perficio.