lunes, 22 de diciembre de 2008

Adrenalina Cadivi


Entendemos por adrenalina cadivi una monoamina catecolamina, simpaticomimética, segregada sólo por los venezolanos en el exterior a quienes se haya autorizado el cupo de dólares o euros por viaje que otorga el Gobierno a ciertos –no siempre todos- los ciudadanos. Dicha monoanima se deriva de la euforia que se produce cuando una tarjeta de crédito autorizada por la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi) logra cargar con éxito una operación de cobro en el extranjero. Entiéndase: que pase la tarjeta. Y cada compra es un estribo para el heroinómano. La escena siempre es la misma. La cajera acepta el plástico; lo arrastra con cuidado en el datafono mientras uno piensa: “¿pasará o no pasará?”. Es como la venda o el cigarrillo, esos pequeños placeres de presos y condenados. “Gobierno bueno me regala la posibilidad de usar mi propio dinero”, repite uno, el pobre reo en todo este asunto.

Y lo que parece sólo una medida de control cambiario, es algo más. En un país donde tener moneda extranjera es ilegal –con pena de cárcel- a cualquiera le pica el rush de la adrenalina cadivi. Ejemplo: mi madre, una mujer de más 60 años, educación universitaria y sensibilidades varias. Ella fue objeto de la transformación -derivada del síndrome de Stockolmo bolivariano- de la Adrenalina Cadivi, algo así como el Adrenalina Caribe de los ochenta pero con menos piñas coladas y patillas, para dar paso a una resignada y luego eufórica tranquilidad. Mi pobre madre arrastraba hace días el pesar de una tarjeta inconstante y temperamental que no se decidía, jamás, a regalarle la alegría del euro oficial. Sencillamente, no ocurría. En Ikea, "transferencia fallida"; en compras por Internet, “tarjeta no válida”; entradas al teatro, “no”; entradas al Bernabéu, tampoco. Mi madre, que había hecho con estoicamente toda la peripecia soviética del trámite para obtener su plástico milagroso, estaba al borde del llanto. No podía entender porqué, porqué si ella lo había hecho todo tal y como se le indicaba, ¡la tarjeta no pasaba!

Pero en una tarde otoñal, al pie de la calle Bailén y como en la época de Pepe Botella, todo cambió. Tras una nerviosa caminata, un ir y venir, decisión e indecisión, acordamos intentarlo. Esta vez sí, le dije. Caminamos juntas en dirección al teatro real. Entramos en la taquilla, preguntamos por las únicas entradas que quedaban para la función de la Opera Un Baile de máscaras de Verdi -es bueno acotar que llevábamos cinco días meditando su adquisición-. Lectores, amigos: sólo quedaban entradas en patio o el súper mega gallinero. "Hija-dijo mi madre-. Yo no voy a pagar en efectivo eso". Cuando decimos efectivo explicaré a qué nos referimos. En el mercado negro, el euro duplica y triplica su valor, mientras que, con el maravilloso plástico del cambio oficial, nos salía por menos de la mitad. Yo, alcahueta de primera, le dije: "Mamá, intenta pasar la tarjeta. Si no pasa, decimos que es mía, y así no te llevas tú la vergüenza del insolvente”.

El plan estaba decidido. Nos acercamos a la taquilla del teatro, por segunda vez. Pedimos tímidamente y con voz de conejitos de Pascua: "Nos da las localidades del patio, segunda fila. Sí, ésas, ésas". Mi madre extiende la tarjeta. En un signo de apoyo, yo la empujo por la ranura de la taquilla. "Si se hunde la tarjeta de mi madre, nos hundimos todos", pensé. La empleada del teatro cogió la tarjeta, normalmente, sin sospechar el latido nervioso de nuestro corazón oprimido. La acomodadora imprimió las entradas y las guardó a un lado. Después pasó la tarjeta de crédito por el lector. Mi madre suspiró, yo recé mentalmente el ave María. "Que pase, que pase Dios, que pase, que pase la tarjeta". Y he allí: el milagro ocurrió. Tarjeta aceptada, entradas compradas. Una euforia repentina, súbita y maravillosa se apoderó de mi madre, y por ende de mí. ¡Pobres secuestradas del control de cambio! ¡Oh, tenemos entradas! "¡Y compradas con tarjeta", dijo, cual Manuela Malasaña o Charlote Corday, mi hermosa madre.

Madre e hija, acompañadas por el viento de los jardines de Sabatini, dieron un paseo alrededor del Palacio Real y la Plaza de oriente. Ambas, decididas, entraron a la Almudena. Todo fue místico. No por la patrona madrileña. ¡Era por Cadivi! Una vez de vuelta, con una taza de café humeante, en el famoso y antiguo Café de Oriente, mi madre levantó la vista y dijo, de pronto, con alegría de quien sobrevive a un gran accidente: "Tenemos entradas. ¡Y las compramos con tarjeta!"

Ya no me queda duda. Existe. Adrenalina Cadivi existe. Desde ese tarde, mi madre sonríe, bebe despreocupadamente y ve gatos animados que escupen líquido verde por el Skype. Es una mujer nueva, la hermosa y arrolladora rubia que sonríe gracias a esa alegría momentánea con la que un gobierno autoritario redime a sus pobres ciudadanos.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Vencidos anónimos, ¿en qué podemos ayudarle?


En 2003 el gobierno cubano condenó a Alejandro González Raga a cumplir una condena de 27 años de cárcel. De esos, uno lo pasó en un calabozo de dos metros de largo por dos de ancho. Cinco años después, sin mediar razón, un funcionario llegó a su celda para decirle que podría marcharse, con una condición: no volver jamás a Cuba. Al día siguiente, el 17 de enero de 2008, González Raga llegó a Madrid en un avión de la fuerza aérea Española.

Lo cuenta todo con distancia y cautela: “En Cuba no hay libertad de expresión. La mejor prueba es que a mí y a 26 compañeros más nos metieron a la cárcel por decir cosas que no le gustaban al Gobierno. Y la cárcel, como el silencio, es casi la muerte. Por eso me considero un sobreviviente”. Entre el auditorio del master de Periodismo de El Mundo que le escucha, están sentados también su padre y su mujer, a quienes mira al decir esas palabras.

Periodista de la agencia independiente de noticias de Camagüey y compañero en la cárcel junto a Raúl Rivero, Alejandro González Raga trabajó en el Proyecto Varela, una iniciativa para pedir al régimen la ampliación de las libertades. Apoyándose en los artículos 67 y 88 de la constitución cubana, recogieron 25.000 firmas para solicitar la libertad de expresión, agrupación, asociación y empresa, además de la realización de elecciones libres. La respuesta, según Alejandro, fue contundente: “Fuimos a prisión 75 personas, de las cuales más de 50 participábamos en el proyecto”.

Desde su llegada a España –adicta, como el resto de Europa, al safari ideológico-, González Raga, como el resto de los cubanos, no ha tenido noticia de los que permanecen en prisión. “La prensa cubana no habla de presos políticos; tampoco hay denuncias, ni nada”, dice sin dejar escapar ni un poco de rabia. Y aunque dice no sentir temor, su excesiva discreción le contradice.

Sólo una pregunta altera su pacífica y aburrida voz. La intervención, hecha por una periodista cubana, pedía a Raga aclarar si él o algunos de sus compañeros había recibido “dinero de otros gobiernos” para publicar sus “noticias independientes”. El periodista fue rápido y corto: “Lo que tú dices –espetó increpando a la joven- es lo que repite el gobierno cubano para confundir. Vivimos como apestados, tanto que tú, siendo cubana, has tenido que venir a España para conocer a un periodista independiente. Y para que lo sepas: la pasamos muy mal”.

Hablar de cambios en Cuba le parece exagerado, pues a su juicio, las “medidas cosméticas” de Raúl Castro no son signo de nada. El porqué lo tiene más que claro: “Mientras Fidel siga vivo, seguirá diciendo qué se hace y qué no”. Para él sólo la intermediación europea, especialmente la española, puede servir. “Por eso, por lo importante que ha sido para nosotros, vemos con dolor que la Unión Europea haya levantado algunas sanciones, que aún siendo sólo un simbolismo, dejan al cubano a merced del gobierno”.

Comentario al margen en una cafetería de Pradillo
Alejandro González Raga no es nuevo en el destierro, pero éste, a diferencia del que ya llevaba a cuestas, pasa factura con el invierno. Todas las mañanas, este hombre moreno, delgado y de dientes separados, compra la prensa. Hoy, en su edición de papel, EL País publica a una columna la posibilidad de que Raúl castro use algunos presos cubanos –muchos de ellos amigos y colegas de Raga- para cambiarlos por espías capturados por Estados Unidos.
En la portada, una foto ilustra a Castro dejándose dar palmaditas en el estómago por Hugo Chávez. “Chávez a nosotros no nos afecta, porque ya lo hemos perdido todo. Pero a ustedes sí. Nosotros, si se quiere, estamos terminando, ustedes están empezando”. Sus palabras se me hacen amargas. Esta solidaridad de sociedad anónima de los vencidos me cae de la patada. A mi alrededor, mis compañeros españoles abren su boca, asombrados de que exista un mercado negro del pollo, o de carne, o de cigarros. Quisiera decirles que no han visto nada, que el Ché no es tan cool como se ve en los muros de la Barceloneta y que deberían darse con un canto en los dientes por tener un rey para quemar sus fotos cuando estén aburridos. Pero me callo. De nada sirve; de nada.
No quiero hablar con este hombre ni con nadie más, así me marcho a solas, sobándome la derrota con una taza de algo que no me sepa tan amargo. Y mientras le doy vueltas al café, una operadora imaginaria me pide que permanezca a la espera. La línea de los vencidos anónimos está saturada
.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Carta a los parques


En una acera algo hiere, un cordón se desata. Hace seis grados y, en la parada del 73, ella se da por vencida. La noche se quedó entre sábanas, esperando a que alguien, por piedad, la rematara de un tiro. Si se despertó es porque tocaba. Por alguna razón ya era de día.

En una acera crecen los postes y los parques andan cojos. Ella se toca los ojos. Quizás le arden. Pero no hace nada, porque a las mujeres fuertes nada les pesa. Las fuentes tienen frío; el agua de sus peces se ha ido a otra parte. Ella lo sabe. Pero las mujeres fuertes dejan el agua correr. Se echan en la espalda lo que pueden, y lo que no también.

En una acera algo se desploma, un papel se extravía. Son sus palabras haciéndose las comprensivas. Como si no dolieran. Pero las mujeres fuertes corren cuanto pueden. Corren. Hasta donde haga falta. Por eso van en tacones, haciendo sonar sus pasos para avisar que llevan prisa. Por eso callan en los vagones y aprietan su letra en un cuaderno. A las mujeres fuertes nadie les dijo que debían callar. Ella no lo sabía. Ahora lo sabe.

En una acera unos zapatos enmudecen, suben al autobús porque toca. Porque ya es de día. Ella se machaca, ¿es su culpa? Tal vez. A las mujeres fuertes les toca. La reciben. Se la quedan. La mastican. Como si fuera suya. Ella lo sabe. Y se ríe de sí misma. Se ríe de su risa de mujer fuerte. Esta dulce paliza para la educación sentimental.

En una acera ella piensa. Ella da vueltas. Ella recibe. Ella espera. Ella piensa. Y fuma. Y piensa. Y se pregunta adónde fueron los dinosaurios que dormían bajo la manta verde. Lejos. Ella está lejos. Que la mujer que duerme a tu lado no va a ningún lugar, le dijo. Que la mujer que duerme a tu lado está lejos de todo y cerca de ti, pensó. Es otoño y todo cae. Cae amarillo sobre su pecho sincero.

En una acera un autobús llega, luego se marcha. Ella mira su reflejo en el vidrio. Su reflejo de mujer fuerte a la que nada hiere. La que puede todo. La que resiste. La que apaga la luz pensando que estaba en lo correcto. Y por eso pide perdón. Porque ella lo puede todo. Puede el silencio, puede la casa a oscuras, puede con el sábado, el domingo, el lunes, el martes, el miércoles. Porque a las mujeres fuertes nadie les preguntó si lo eran.

No tengas miedo. Ella es una mujer fuerte; no se arrepiente de sus ojos. No tengas miedo, ella es una mujer fuerte; una gimnasta de los aeropuertos; la que se queda sin preguntar hasta cuándo. No le interesa, ya está aquí. No tengas miedo, ella recoge los vidrios. No tengas miedo, ella está ahí, viéndote dormir.

En una acera algo duele; es una mujer fuerte, tratando de volver a casa.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La mano derecha de Garzón



Ha llovido furiosamente esta mañana. Mis manos están frías de tanto viento. Afuera, en la calle Génova, las hojas de los árboles se agitan y dan patadas en el aire. Llueve, furiosamente. Llueve. En el piso primero de la Audiencia Nacional, en el juzgado quinto de instrucción, van y vienen carpetas: causas con preso; procesos de instrucción; gordas e interminables diligencias; sentencias; autos de derecho. Torres de gente sobre más torres de gente. Papel sobre papel, un mar inmenso de sellos y planillas.

El despacho luce tranquilo, verde como una selva sin nombre. El juez Baltasar Garzón se pone de pie. No sabe quiénes somos ni a qué venimos, y eso qué importa, igual se pone de pie. Saluda sacando su pecho de muro, apretando su mano regordeta con fuerza. Es diestro y enérgico; de gestos graves, severos. Garzón extiende la mano y aprieta la mía contra la suya, triturándola con furiosa educación. “Buenos días”, dice. “Buenos días”, repito. De él se dice todo y en los últimos meses no hay quien regatee en insultos

El juez Garzón, de cabellos blancos muy blancos, está escuchando ópera. No es una en concreto, parece una selección. Viste un traje de raya diplomática y una corbata amarilla tornasolada. En su despacho nada tiene sentido, todo se sobrepone: los libros de Machado y las novedades jurídicas; las litografías de Picasso; las plantas verde lima; los papeles y plumas, un ir y venir de objetos para un hombre que intimida y atrae, repele e impone. Garzón cruza los brazos y nos mira a todos.

Nadie pregunta nada. Yo quisiera preguntarle todo. No llevo conmigo mi libreta, tengo las manos frías y ganas de fumar un cigarrillo. Continúa el silencio en el despacho. Garzón repasa el ambiente inflando su abdomen de peluche de feria. No espero más y me babeo de gusto ante el mediático juez. “¿Qué se siente llevar a la cárcel al mayor dictador de América Latina?”. La pregunta suena cursi. Es cursi. Soy cursi.

Garzón me mira, descruza sus brazos gruesos y se balancea sobre sus mocasines negros. “¿Eres chilena?”. No lo soy. Me reservo mi nacionalidad como si de un arma secreta se tratara. El juez habla de la inmunidad caducada del dictador; de los delitos contra la humanidad y la euro orden; repasa el aire con voz sepulturera y magnífica. Yo sólo pienso en lo pequeño que parece este hombre, este juez que manda a Pinochet al infierno y trae de vuelta a Franco para juzgarle, así sea bajo tierra.

“¿Acaso sería posible aplicar ese procedimiento de juicio a otros dictadores…?”. Garzón no me deja terminar la frase. “Que si se puede enjuiciar a Hugo Chávez, quieres decir”. Le agradezco que me exima del compromiso persecutorio y le escucho, clara y glotonamente. Todo esto parece un autógrafo jurídico, un tranquilos chicos, iré en vuestra ayuda.

Pero Garzón se pone técnico. Que no. Que no se puede juzgar al presidente, pues aún está en funciones y la inmunizadla exime. Garzón compara situaciones. A Chávez no puede juzgársele, no aún, pero a Fidel Castro sí. Una chica cubana salta al momento, Fidel aún tiene un cargo, a Fidel ni con el pétalo de una ley. Ella parece un Camilo Cienfuegos y yo una batistera exilada en Miami.

La ópera disuelve las cosas, las lleva a donde deben ir. Algunos preguntan otras cosas, cosas que Garzón ya sabe. “¿Usted, tan mediático como es, cómo lleva esto de que la prensa le destroce durante semanas?”. Y como si de una cresta se tratara, el cabello blanco del juez se eriza. Garzón saca pecho, nos mira como preguntándose de dónde hemos salido. Afuera llueve, furiosamente. Llueve.

El juez Garzón sale al paso, perezoso. Sólo lee un periódico completo y uno más, cuya lectura -según él mismo aclara- nunca puede concluir. Lo dice con voz de arcada, casi con desdén, balanceándose sobre sus mocasines negros. Su barbilla de duende brilla como una fruta de cera. Todo en él es demasiado firme.

“Disculpe, ¿cuál es el periódico que lee completo?”. Garzón vuelve sus ojos hacia mí. “Sólo puedo responderte tres cosas: es de Madrid, no es un periódico deportivo y no es El Mundo”, responde el juez, aludiendo al diario en cuyo nombre venimos y que día a día le aporrea con durísimos y a veces histéricos editoriales. Todo aquello me da vergüenza y electricidad. Tengo las manos frías y ahí está Garzón, muy orondo, ajustado en su traje de raya diplomática.

Alguien toca la puerta, una mujer con carpetas y sellos pide disculpas por la interrupción. El juez debe irse, nosotros también. Y todos nos marchamos con cara de circo averiado. Me tomo unos segundos más para mirar las litografías y repasar con los ojos a un juez que imaginé más alto.

Garzón aprieta mi mano con su derecha. La tritura de nuevo, sacudiéndola de arriba a bajo mientras habla de un caso de corrupción archivado contra Chávez por malversación durante su primera campaña. Yo sólo puedo pensar que el juez que sentó a Augusto Pinochet en el banquillo ablanda mi mano de un apretón educado y carismático. Todo aquello es raro y lluvioso.
En el pasillo crece la marea de sellos y planillas. El juez Garzón guarda su mano derecha en el bolsillo mientras retoma su silla con la izquierda. Y mientras él vuelve a su trabajo, yo regreso a la calle Génova donde aún llueve. Llueve furiosamente

domingo, 30 de noviembre de 2008

Modo nieve



When the world stops for snow
When you laugh
Im inside
Paper Bag. Goldfrapp


Corre, rápido. Cuanto más mejor. El corazón latiendo despista, deshiela, desarma; dice cosas que estás por saber. Que siga. Que siga latiendo. Bum. Bum. Bum. Así no tendrás frío; será tu pecho el que lo deshaga de un empujón. No pares de correr, de lo contrario te perderás lo mejor.

El suelo, las montañas, la carretera hinchada de nieve, los árboles, las manos, los zapatos, las ramas, las hojas, los troncos: todo duerme, tranquilo, bajo una alfombra blanca de hielo y polvo. En modo nieve, el milagro existe. Tocar, oler, respirar, habitar; estar y despertar. En modo nieve, todo parece la voz de Alison Goldfrapp.

Y mirándoles desde abajo, parecería que los pinos crecen para llevarle la contraria al hielo. Atrás, las montañas gruñen, ¿o silban? No lo sé. Quiero seguir pensando que son dinosaurios; bellos durmientes, bajo la nieve.

¿Has dejado de correr? Te dije que no; no pares. Corre, otra vez. Hunde los pies. Sumerge las manos. Rasca, rasca, rasca la nieve. A ver qué encuentras. Mira las huellas de tu propio paso. Has ido de un árbol a otro. Sin darte cuenta, ya eres autor.

Caminar sobre la nieve es como escribir. Que tu paso parezca un verbo; que el gesto de tu cuerpo quede impreso como caligrafía y te reconcilie con la página en blanco. ¿Sabes por qué? Porque más nunca tendrás miedo.

No volverás a temer al silencio de los papeles. Vendrá el viento y moverá las cosas. Vendrán tus pasos a hundirse en la nieve. Alguien los leerá, de principio a fin, como quien recorre una historia. Por eso corre. Cuanto más mejor.

Aquí arriba todo es blanco. Todo está a tu alrededor; en tu alrededor; dentro y fuera de ti. En modo nieve ya no tengo miedo. La página no está vacía, sólo está en blanco.

viernes, 28 de noviembre de 2008

La mujer invisible


En la acera de Francisco Silvela con Eraso vive una mujer invisible. Apoya sus rodillas sobre un cojín azul rey. Viste falda oscura, larga coleta y pesadas ojeras. No se mueve nunca, o casi nunca, y aunque lo hiciera, nadie lo notaría. Quizás por eso no sonríe, ni grita; no gruñe ni maldice. Quizás por eso se siembra en el cemento como un poste cabizbajo. Son las nueve de todos los días y su cara acude, puntual, dándose por vencida, dejándose hacer por el viento frío, resignándose a su transparencia. Que sus uñas estén sucias, su bufanda sobada por el sudor y los ojos hundidos en el fondo de la acera, no nos distingue la una de la otra. En esta acera sólo florecen las papeleras. Pero nos da igual, ¿cierto?
En Francisco Silvela con Eraso, vive una mujer invisible. Los viandantes apenas la notan, no necesitan esquivarla si quiera. Ella está ahí, ocupadísima en no existir. Una moneda cae y estropea un poco más el vaso de cartón vacío. Yo sigo, ocupadísima, caminando invisible hacia ningún lugar

jueves, 20 de noviembre de 2008

Una monja en el congreso


Una cosa son los «hijos de puta» y otra los hijos del Señor. Algo que Bono parecía no tener muy claro hasta ayer, cuando llamó a reconsiderar una propuesta que él mismo, en contra de la línea del PSOE, había apoyado para ser votada en el pleno: la colocación en el congreso de una placa en honor a la madre María Maravillas Pidal y Chico de Guzmán, beata y monja perseguida durante la guerra civil.

La moción, presentada por Jorge Fernández Díaz, del PP, vicepresidente tercero y miembro del Opus Dei, pretendía honrar la memoria de una religiosa nacida en las dependencias del edificio. ¡Albricias! La idea surgió apenas una semana después del bochornoso aforo del que había hecho gala la Cámara Baja: apenas 60 disputados, de 350. ¡Ah, picarones! No váis cuando toca interpelar a Solbes, pero sí para honrar a una monjita.Pero no todo quedó allí.

El apoyo de Bono para votar la propuesta levantó polémica entre las filas de un PSOE que se ha rasgado las vestiduras al hablar de laicidad del Estado y la memoria histórica, y que ahora parecía indirectamente dispuesto a deshacer su discurso. No faltó quien dijese que, de darse una placa a esta monja perseguida en la guerra civil, habría entonces que tapizar España entera con los nombres de todos aquellos que pasaron por algo similar.

Las cosas fueron a más. Aparecieron los que, para sostener la tómbola, defendían no la religiosidad de Maravillas sino su estrecha vinculación con lugar: su padre había presidido el parlamento. El parentesco, los hábitos y la persecución parecían elementos suficientes para encaramar a la religiosa junto al Rey y la sufragista Campoamor.

Como si fuera poco, a eso se sumó el descuido de Bono, quien en un desliz de naturalidad y chanceo con otros diputados del PP., llamó «hijos de puta» a sus insensibles compañeros de partido, negados a votar semejante homenaje. Bono ignoraba que los medios, como Dios, están en todas partes. Así que la información no tardó en llegar a la opinión pública.

Pero las aguas volvieron a su cauce y los diputados a sus puestos de trabajo. En medio de una crisis económica de cuidado, el aumento del paro, la negativa de aumentar o no las tropas en Afganistán, todos los partidos, celosos paladines del consenso y la armonía, esquivaron el avispero clerical y dijeron lo que Cristo: «Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

martes, 18 de noviembre de 2008

La femonología del peluche. Parte II


En plena crisis de los mercados, 20 sujetos se reúnen para refundar el capitalismo. Sirvan o no sus pastas con té y macroeconomía, han pasado por alto el verdadero hoyo mundial: la crisis del discurso, en su modalidad iliquidez histórica. Una especie de índice asociado a la autoridad moral de la que dispone un individuo para hacer uso de la historia; le pertenezca o no.

De él tiran todos: el Gobierno; las personas jurídicas; los particulares; las víctimas y los victimarios; los intelectuales y escritores - ¡Viva la novela histórica!-. En ese mercado del pasado, hay pocas referencias: el olvido se cotiza tan alto como la efeméride. Por eso no habría sido extraño que alguien, el sábado pasado, en Washington, hubiese intentado un juicio contra Adam Smith.

Novelas históricas, guerras revisitadas, jueces omni-competentes, revanchismos generacionales al más puro estilo Almudena Grandes e hipotecas intelectuales, estas últimas las más peligrosas: porque aceptan por aval cualquier chapuza. La fenomenología del peluche, un performance deconstructivo. En ese lenguaje se apoltronan ciertos proveedores de discurso.

En sus Benévolas, el francés Jonathan Littel narra el holocausto a través de la historia de Maximilian Aue, un oficial de la SS cuya crueldad llega a confundirse -y hasta justificarse- con hastío. El libro se convirtió en el Harry Potter de los hornos de gas, con todo y Premio Goncourt .«La cultura no nos protege de nada, los nazis son la prueba», dijo entonces el benjamín europeo acurrucándose en las faldas de Fukuyama.

En boca de estos tipos -Littel y los que como él cotizan al alza del índice histórico - el mundo parece un asunto que hay que pasar por alto. Mejor construir verdugómetros donde la culpa sea frívola y coleccionar huesos para conseguir la fama.

En medio de una crisis de los mercados, 20 sujetos se han reunido para sacar al mundo de una bancarrota que no es la única ni la peor. Cual subprime ideológica, la fenomenología del peluche aparece como síndrome light que desnutre al auditorio. La mayor iliquidez discursiva en años. Una hipoteca intelectual que acepta por aval cualquier chapuza. El sábado pasado, veinte sujetos se han reunido para resolver una crisis que ya estaba ahí.

martes, 11 de noviembre de 2008

De la épica y otras pinacotecas futboleras


A la derecha, el siete blanco sostiene el balón como si de las llaves de Breda se tratara. La batalla aún no termina. Ha de ser el minuto 40 de algo que a veces parece un correcalle. Kameni, rodilla en tierra -cual vencido y un poco más moreno Nassau- no piensa entregar nada; no tan rápido.
Muy distinto del general de los holandeses (a la izquierda, a punto de la genuflexión), el arquero del Español forcejea con el balón que acaba de estropear el marcador –dos a favor de los merengues-. Raúl, el capitán del Madrid, no le concede siquiera el gesto que Spínola tuvo para con el derrotado. No intenta izarlo ni levantarlo en buena lid para mitigar su humillación. Spínola quiere ser un vencedor deferente. Raúl sólo quiere que el portero saque, y cuanto antes mejor.
Como en el lienzo de Velázquez, hay un campo -de fútbol o batalla- donde todo es simétrico, donde el vencido y el vencedor, repartidos a ambos lados de una línea, habitan un lugar continuo. Y si las gradas fueran puntas de lanza o humaredas de combate, sería exactamente igual. El centro es el mismo. La llave o el balón; da igual. Tú, espectador, sólo te queda la grada, una polis deferente que siempre verás, pagando entrada, al otro lado del lienzo. El fútbol, oh Dios, el fútbol; esa otra ciudadanía a control remoto.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Un post baby boomer en La Casa Blanca



Barack Obama no es blanco, pero tampoco negro. No lo es su tono de piel, tampoco su discurso. Su victoria no es racial. Su posición claramente antibelicista tras ocho años de una costosísima guerra –más de un millón de muertos- podrían, también, explicar las simpatías en medio de la tempestad. Pero su victoria tampoco tiene que ver con la guerra, al menos no con una en concreto. La victoria de Obama es un asunto generacional.

El 44 presidente de los Estados Unidos no es negro, tampoco musulmán. No es africano pero tampoco norteamericano. Obama es una grieta en la que confluyen el fin de un siglo y el comienzo del otro. En su ensayo “Los Estados Unidos de Obama”, Eliot Weinberger escribió para el London Review, con respecto al duelo Clinton-Obama durante las primeras demócratas: “Ambos, en estilo y circunstancia, suponen la lucha de dos tiempos, uno el siglo XX, el otro el comienzo del XXI”.

En una lucha generacional, poco tenía qué decir un veterano de guerra de 72 años como McCain. Un hombre que, a pesar de sus oposición ante Bush, continúa siendo tan republicano como conservador. Obama representa a un siglo demasiado joven para recordar Vietnam, un siglo donde los babyboomers ya no llevan la batuta y en el que Youtube e Internet –dos de las principales plataformas electorales de Obama- han supuesto una segunda democratización tras el advenimiento de la cultura de masas.

En las elecciones del 4 de noviembre, de los 135 millones que acudieron a votar, Obama recibió más de 62 millones de votos, 53% del apoyo, y McCain 46% del universo electoral. ¿Qué significan estos datos si se miran en su contexto? ¿Qué significado tiene que un país que votó en dos ocasiones a George W. Bush desvíe ahora sus simpatías, de forma tan abrumadora, a un demócrata tocado por la polémica dentro de sus propias filas?

En su editorial del 4 de noviembre, el Times de Londres afirma que la crisis de Wall Street no hizo más que agudizar la necesidad que tenía Estados Unidos de encontrar en estas elecciones un líder que, “como Obama, pudiera merecerse el respeto del mundo”. El hallazgo de un líder, sea o no negro, musulmán, católico, en un contexto tan crítico como las elecciones de 2008 suponía, necesariamente, una revisión política.

George W. Bush llega al fin de su segundo mandato con dos guerras en marcha; un plan de rescate de 700.000 millones de dólares y una popularidad del 20%. ¿Acaso puede achacarse la victoria de Obama a la costumbre de un voto castigo? En absoluto. La participación electoral pasó de 56% en 2004 a más de 60% en 2008, la más alta desde 1908 cuando fue elegido el republicano William Howard Taft.. ¿Quiénes abultan la participación de estas elecciones? Los jóvenes y los ciudadanos que nunca habían votado.

El 66% de los nuevos votantes lo hizo a favor de un hombre de 47 años, hijo de un inmigrante africano y una mujer blanca al que líderes negros como Jesse Jackson acusaron de actuar como “blanco”; alguien que en su libro Dreams from my father se revela más cercano a la experiencia del inmigrante que a la del discurso racista, que incluso se define como “post-racial”; un hombre “hecho a sí mismo” capaz de reivindicar a la clase media al llegar a Harvard. Fue a ése, y no a McCain ni a Hillary Clinton, a quien el 66% de los nuevos votantes dieron su confianza. Alguien sin experiencia de gobierno que no debe nada al pasado.

“Mi madre tenía 18 años cuando me tuvo, así que cuando pienso en la generación de los babyboomers pienso en la generación de mi madre. Y ¿sabes?, yo era muy joven en los sesenta. Así que los temas de los derechos civiles, la revolución sexual o la guerra de Vietnam me son lejanos”, dijo Obama en una entrevista con el periodista Andrew Sullivan.

En ningún momento Obama ha hecho a un lado que apenas treinta años antes los negros no pudieran acudir a las universidades u ocupar los mismos asientos de los blancos en los autobuses. Pero tampoco centró su estrategia en ser o no más o menos negro, tampoco en ser o no musulmán, más o menos patriota. A Obama sólo le bastó una sola condición: pertenecer al siglo que corre.

jueves, 30 de octubre de 2008

El historiador mexicano estudia el proceso político venezolano en El poder y el delirio, un ensayo donde documenta y analiza la revolución bolivariana

Karina Sainz Borgo/ Madrid

Faltan menos de diez minutos para que comience la conferencia que ha venido a dictar, pero en lugar de apurar la conversación, Enrique Krauze la extiende. “Como usted comprenderá, tengo especial interés en hablar de este libro con un medio venezolano, pues el próximo mes estaré en Caracas para presentarlo”, dice antes de pedir un segundo café. Desde hace más de un año, Krauze ha hecho de Venezuela su principal foco de interés para analizar la figura de Hugo Chávez, un personaje que analiza en el libro El poder y el delirio, editado en España por Tusquets .

Conversaciones con miembros del gobierno y personas cercanas al régimen –Alí Rodríguez Araque y José Vicente Rangel, entre muchos otros- pasando por periodistas e intelectuales hasta ciudadanos de a pie; lectura cuidadosa de los siglos XIX y XX, desde textos de Bolívar hasta la comprensión de figuras tan complejas como Rómulo Betancourt y la democracia liberal puntofijista. Enrique Krauze subraya cada tanto: “Yo respeto la vocación social, pero no veo por qué tiene que existir una concentración de poder para que un gobierno pueda cumplirla”.
Krauze declara ser un historiador que se acerca a Venezuela “con simpatía”. Ha querido “comprender para luego criticar”, dice, como si quisiera blindar el libro de cualquier sospecha. Antes de su visita a Caracas, el historiador mexicano ha hecho una parada en Madrid para dictar la conferencia “Lecciones sobre Venezuela para América Latina”. Una vez terminada la rueda de entrevistas –los medios españoles están especialmente interesados en el tema-, Krauze se dirige al anfiteatro Gabriela Mistral de Casa de América. El aforo está completo. La lección sobre Venezuela apenas comienza.

-Ha dicho que la historia no es una fuerza sin rostro, sino un lugar donde coinciden caras, nombres, personas. En ocasión de Hugo Chávez, ¿no cree que hay demasiada conciencia política de su performance público?
-Sí, de hecho, centro una parte del libro en la idea del culto de la persona y del héroe. Chávez es un venerador de héroes, es un hombre que está muy consciente de que Venezuela, mucho más que otro país de América Latina, venera al caudillo y al personaje. En todos los países existe esa tendencia, pero no con el nivel en que se lleva, por ejemplo, el culto a Bolívar. La personificación del poder en Venezuela existe de forma mucho más acusada que en ningún otro país y Hugo Chávez lo utiliza a su favor. Eso con respecto al culto de la personalidad. Por otra parte, está la concentración de poderes en una persona, que es un rasgo esencialmente antidemocrático. En toda sociedad democrática existen limitaciones para el poder: límites funcionales, espaciales. La democracia no es la entrega de todo el poder o su delegación completa en un individuo y, en este sentido, las relaciones de Hugo Chávez con la democracia son muy problemáticas.
-Para algunos historiadores, Hugo Chávez evoca problemas irresueltos del siglo XIX, un tiempo de montoneras pero también de caudillos liberales como Guzmán Blanco¿Qué tan esperpéntica es la mezcla que podría llegar a tener esos rasgos con el socialismo del siglo XXI propugnado por Chávez?
-En este libro trato de ahondar en esa pregunta. Soy un historiador que se acerca con simpatía a Venezuela, que estudia su historia (me he leído todo lo que he podido, desde las obras de Bolívar hasta los historiadores que hay) y que trata primero de comprender para luego criticar. Paéz, por ejemplo, es un personaje complejo, que por una parte participa de la tradición caudillista del siglo XIX y por otra era también un republicano. La legitimidad del siglo XIX, aún con sus caudillos, era democrática y constitucional. Una vez en la presidencia se respetaban las formas. Guzmán Blanco, que en efecto se parece un poco a nuestro Porfirio Díaz, un hombre de concentración del poder aunque Guzmán es un poco más frívolo que Díaz, pero que igual cree en el progreso económico y cuida las formas políticas. Chávez participa de algunos de estos rasgos, con una diferencia clave: la legitimidad fundamental que a él le importa es la legitimidad revolucionaria, el mito de la revolución.
-¿De dónde proviene la mitología revolucionaria de Chávez?
-Su origen proviene, en primer lugar, de la revolución Bolchevique y en segundo lugar, de la revolución cubana y de Fidel Castro. La línea fundamental de Hugo Chávez es el libreto de la revolución cubana de los años sesenta. Castro rompió un paradigma de legitimidad, porque hasta el momento todos los caudillos de América Latina respetaban las formas. Chávez podría decir lo mismo amparado en una constitución, pero él sabe y entiende que la legitimidad que lo sostiene es revolucionaria.
-Ha pasado casi un año del 2 de diciembre y la derrota de la reforma constitucional, ¿qué síntomas ve en ahora, un año después, en el panorama político venezolano?
-Creo que el daño que se causó a sí misma la democracia venezolana durante las últimas dos décadas dejó una sequía profunda de líderes. Venezuela aún no se ha repuesto de ello. Hay muchos líderes de oposición, entre ellos alcaldes y gobernadores, que son muy jóvenes. Las generaciones van a ir operando y el tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a Hugo Chávez. Incluso, percibo en los venezolanos un grado de conciencia política.
-Eso de una conciencia política parece un imponderable, más aún con la tensión política venezolana
-Es una conciencia política positiva, créame muy positiva, a pesar de la crispación y la dureza. Los venezolanos están viviendo en los límites. Escuchar la propaganda oficial es aterrador e indignante. Al adversario no se le trata como adversario sino como enemigo y eso es esencialmente antidemocrático. No quiero profetizar nada, pero percibo que no hay líderes visibles. No obstante creo que los instintos liberales de los largos años de la democracia, sobre todo en sus primeros años, aún sobreviven en el quehacer político venezolano.
-Pero Hugo Chávez se ha encargado de estigmatizar ese paradigma democrático liberal
-En el libro trato de abordar y comprender ese proceso. Venezuela erró el camino en los años ochenta y noventa. Un país como Venezuela, al igual que México, no puede prescindir de un gobierno con vocación social. Yo respeto la vocación social, pero no veo por qué tiene que existir una concentración de poder en una sola persona para que un gobierno pueda cumplirla. Lázaro Cárdenas en México, un presidente popular, que repartió 17 millones de hectáreas, nacionalizó el petróleo, apoyó a los sindicatos y a los grupos de izquierda duró seis años en el poder y ni un minuto más. El desdén de Chávez por la experiencia del régimen de Punto Fijo es inexacta e injusta. Rómulo Betancourt era un demócrata. Fue el precursor de Felipe González, de Bachelet, de Lula. Es un hombre que viene de la izquierda radical, y justamente pasa de la izquierda a la democracia. Y no lo hace en los años setenta cuando los eurocomunistas descubrieron la democracia, no. ¡Pasa en los años treinta! Lo que ustedes tuvieron en ese hombre es algo que no sé si los venezolanos han apreciado.

Un Falke en el Palacio Linares
Este es su libro número 24 “aunque parece el primero, por el entusiasmo que tiene”, dicen quienes trabajan con él. Ensayista e historiador, el mexicano Enrique Krauze es una de las voces más autorizadas para entender y explicar América Latina. Trabajó de cerca con el premio Nobel Octavio Paz en las páginas de Vuelta, una revista cuyo espíritu de debate procura mantener vivo en de Letras Libres, que fundó hace siete años. Ha publicado una vasta obra ensayística en la que destacan, entre otros, Caudillos culturales en la revolución mexicana (1976); Por una democracia sin adjetivos (1986); Siglo de caudillos (1993); Tarea política (2000); Travesía liberal (2003); La presencia del pasado (2005) y Retratos personales (2007). Desde que emprendió la tarea de escribir El poder y el delirio, Krauze convirtió Venezuela en su principal fuente de interés. Siguió primero el proceso del referéndum de diciembre de 2008 y se enganchó luego el estudio profundo de un país que no siempre fue delirio. Mientras Krauze habla una sensación de naufragio anega la conversación.

“La hazaña de Betancourt y la de otros hombres que le acompañaron caló en la sociedad venezolana”, dice al hablar de una democracia construida. Chávez es un comunicador excepcional, toca a la gente y comunica, todo eso es verdad pero yo creo que un sector importante de los venezolanos sabe que la lección principal de la política en todos los tiempos es que la concentración de poder absoluto en manos de una persona tiende invariablemente a la destrucción. Si hay una lección política de la historia es la necesidad de poner límites. Ocurrió con las monarquías, que por siglos fueron divinas y terminaron por ser constitucionales y hasta finalmente llegar al artificio. Esta especie de restauración monárquica es una anomalía financiada por el petróleo en América Latina”. Krauze hace una pausa. “Más que los precios de petróleo, lo que confío es que crezca la conciencia de que un país no puede poner su destino en manos de una persona. ‘El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente’. Esa frase del historiador inglés Lord Acton es válida para todos los lugares y todos los líderes”.

Entrevista publicada en el diario El Nacional, Caracas 26.10.2008

sábado, 11 de octubre de 2008

Medellín, mon amour

"Porque los muertos no hablan.
Porque los muertos están muertos, y no se ven"
Antonio Ungar. De ciertos animales tristes
Sesenta padres nuestros le costó a Patricia entrar en España. Por más que intento sacar la cuenta, no me da. A dos padrenuestro por minuto, el funcionario de inmigración se habría demorado media hora sólo en ella, lo que se me hace bastante improbable. De ser lo suficientemente creyente y ágil, podría haber rezado tres padrenuestros por minuto, lo que haría bajar el tiempo de casi media hora a 18 minutos, que aún me parece inverosímil. Pero ella insiste y se planta en sus sesenta. Sí, que fueron sesenta padrenuestros . “Lo que pasa, mami, es que eso fue hace doce años, cuando todas las que llegaban de Colombia venían a trabajar de putas”.

No sé si Patricia venía desde Medellín con la idea de trabajar como tal, o si era sólo una suposición del funcionario, lo cierto es que pasó el control . “Y lo peor es que el hij’ueputa español ése de inmigración se asomaba por el mostrador, me veía y decía: pero es que con 25 años, y de Colombia, ¿me va a decir que no viene a trabajar como prostituta?... Hiju’eputa, ése”, refunfuña con su acento paisa y sus ojos delineados. Salir de Colombia, lo que se llama salir, no fue del todo fácil. Una prima, que se había venido a Málaga cuatro años antes, la convenció de cruzar el charco. De “asistente administrativo” en una inmobiliaria gringa en Medellín, con 500.000 pesos de sueldo, Patricia había pasado a ganar 100.000 haciendo cualquier cosa. “Debía de todo: al lechero, al de la mazamorra, la hipoteca de mis papás. Así que dije, bueno, lo intento… Y lo peor, es que Medellín estaba que brillaba en esos años, gracias a Pablo”. El tan familiar Pablo al que se refiere como si de un primo se tratara, es Pablo Escobar Gaviria, el mismísimo jefe del Cartel de Medellín.

En palabras de Patricia, Pablo es prácticamente un prócer. “Le dio plata a la gente pa’ que acomodara la entrada de Medellín y le pusiera piso a las casas; agarró a los pelaos que no trabajan y les dio trabajo… Eso sí, era narcotraficante, pero él ni mataba, ni le ponía los cuernos a su mujer ni le dejaba meterse nada a la gente que trabajaba con él. Él lo decía muy claro, yo produzco lo que los americanos quieren consumir, pero usté no se meta esa mierda”. Según Patricia, el entierro de Escobar (ella le sigue llamando Pablo) fue apoteósico. Ella lo vio más de una vez. Además de ir a su entierro, fue personalmente a conocerlo a una calle de Medellín en la que, a veces, cuando andaba de político, se ponía a saludar gente, repartir cochinos y regalar casas. “Es que ese hombre era bueno, imagínese que hay quien dice que él sigue vivo, porque a mucha gente en Medellín le siguen llegando ayudas, que si cochinitos bebés pa’ los del campo, que si plata pa’ la familia del enfermo… Yo creo que debe ser su familia, que sigue ayudando a la gente que tanto lo quiere. Aunque hay gente que dice que está vivo”.

“Ya tengo doce años acá mi amor. Me casé, tengo una hija. ¡Y hasta soy española!”, dice Patricia con ínfulas de empresaria. Se remueve en su silla, se incorpora, busca un cuenco con agua tibia mientras camina dando golpes de avispa. Está inquieta, le gusta escucharse. El alquiler del local, más el sueldo de las otras dos, le da una suma alta, pero ella compensa. “Como aquí, mi amor, en ningún lado”. "¿Volver? No mami", me dice. Ella a Colombia no regresa, excepto de vacaciones. En tres años han matado a su hermano, su tío y su primo, todos por arma de fuego, en Medellín. “Esos hiju’eputas me mataron a mi hermano pa’ robarlo, a mi tío pa’ quitarle el camioncito… Y a mi primo, bueno, a ese sí, porque estaba metido en vainas de droga”. ¿Volver?, “¿pa’ qué mi amor? Con esa racha de muertos, ¿pa’ qué? Dígame reina, ¿volver, pa’ qué?”. Antes de terminar, se pone de pie, fantasea con Medellín y su bandeja paisa. Patricia titubea, mira a los lados y vuelve. “Pero sabe,¿mami? De verdá, que no le miento, ese Pablo sí que era buena gente m’hija. Ése sí m’hija, ése sí”.

Pago lo que debo y salgo a la calle. Miro a ambos lados, cruzo la avenida. Todavía no entiendo nada. No entiendo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Bartleby c'est moi



"Después del temporal, asumidas las pérdidas
y amarrados los grandes y erráticos dolores,
el puerto es el mejor lugar para esperar.
El puerto es como él:
en su interior
enormes, reposados, mar y barcos
Joan Margarit, El Malecón

"Soy el hombre delgado que no flaqueará jamás"
Pedro Casariego, La vida puede ser una lata


Llevo más de un mes sin escribir. Desde entonces, el otoño llegó a Madrid; Carlos Fuentes contrató a una cabeza decapitada para escribir su última novela; Lehman Brothers, oh Dios, se declaró en bancarrota; una lámpara de araña amenazó con desplomarse del techo y yo descubrí un cocodrilo de piedra en una cornisa de Alonso Martínez. Eso, sin contar que guardo serias sospechas sobre el hecho de que Francisco Franco vive en mi barrio (no miento, lo he visto), aunque ése es tema para otra crónica. Volvamos al cocodrilo, la decapitación de Fuentes, el Lagarto de Alonso y lo que vino después de la araña.

Todo pasó lentamente, a razón de una cosa por día. Puedo decir que la vida me fue ocurriendo, como le gusta a ella, de a poquito. Los ojos tiernos y vacacionales de un taxista que está por jubilarse; un vendedor de mecheros en un bar de la calle Santa Bárbara, en Fuencarral, que se declara enemigo de la palabra gracias –“La odio, no he terminado de hablarle, cuando usted ya me dice ‘no, gracias’. Voy a terminar por odiar esa palabra, ¡gracias, gracias, gracias!”-; el metro ochenta de Dahna, la peluquera que con sus manos rumanas me propina rizos y recuerdos de un lugar que está muy lejos; el periodista colombiano Daniel Samper y su declaración acerca de una ciudadanía del fútbol; Anselmo, mi sofá de Ikea, que se resigna a tomar a solas la siesta y la luz de las cuatro de la tarde mientras yo me pregunto cómo es posible que un chico, en su primer viaje a Estados Unidos, fotografíe con asombro los anaqueles de un supermercado (supongo que hace meses en Caracas no ve tantas marcas de mantequilla juntas). No es que sea el único, he recibido a unos cuantos que pasean por el Corte Inglés como si de las Tullerías se tratara. No los culpo, me digo. “Preferiría no hacerlo”.

Me doy la vuelta, repaso la prensa venezolana y la española. Busco cifras sobre el número de homicidios en Caracas. Ya no hay. No las consigo. El Gobierno no las autoriza, la prensa no se atreve a publicarlas. Miro El País, hoy toca Babelia. Fumo y luego vuelvo a fumar. Mi madre ha estado en casa unos días. Se ha ido el sábado, dejándome unas revistas olvidadas, un par de sueños de hace mil años en una granja de Aragua y, en la alcoba, un perfume dulce, de comisura triste y mirada lluviosa. “Allá, simplemente, no se puede vivir”. Allá, dice ella. “Allá”. A mí me da por pensar en gente que vuelve a su casa. Pero entonces lo dice, de nuevo. “Allá”, dice. “Allá”. Dahna usó las mismas palabras mientras me hablaba de una boda ocurrida hace diez años en su país. Me hala el cabello y me cuenta. Sonríe, ahora sonríe, cuando me habla de “allá”.

De pronto, el taxista, el vendedor de mecheros, la peluquera, el turista de los supermercados, mi madre, el país y todos sus poetas -los muertos y los que gobiernan- se anegaron en mi sala. Poco a poco, los objetos y sus alrededores hicieron una fila. En ese momento, cual fiel Bartleby, me declaré incapaz de corresponderles, así fuera con unas líneas. “Preferiría no hacerlo. Preferiría no hacerlo. Preferiría no hacerlo”. La vida ocurriendo, y yo apartándola a manotazos para no tener que escribirla.

Agarré El País, saqué Babelia y salí de casa. Con Carlos Fuentes bajo el brazo pasé por un bar. Leí la entrevista que le hizo Juan Cruz. Pedí más café; después me largué. Salí de la estación Alonso Martínez y bajé por Mejica Lequerica hasta que un enorme caimán de concreto se me cruzó como un enamorado imposible. “Es una estatua, querida. Es una estatua”, me dije. Pero la Casa de los Lagartos seguía intacta, chorreando hermosos reptiles desde sus cornisas, mientras yo seguía pensando, como ahora, “preferiría no hacerlo, preferiría no hacerlo”. No tenía adónde ir, así que me senté en un banco. Abrí el periódico, otra vez. “Dos frases no hacen un plagio”, ha dicho Bunbury a quienes le acusan de copiar los versos de Pedro Casariego en una canción de Helville de Luxe. Cierro el periódico. Tarareo a Bunbury, imitando su voz plagiaria y estupenda. Me voy a casa, otra vez. “Preferiría no hacerlo, preferiría no hacerlo”.

Mañana hará un mes y tres días que no escribo. ¿Algo para celebrar? ¿será un aniversario, o un onomástico miedoso? Que todos salgan y entren ya me parece normal. El taxista, el vendedor de mecheros, los recuerdos de Dahna, el olor de mi madre, los correos de mis hermanos, los muertos que nadie cuenta, el allá y el acá. Y mientras mi casa se cae portazos, yo sólo puedo pensar en ella, en la lámpara de Araña que hace tres semanas -el día que comenzó la abstinencia escribidora- colgaba sobre mi cabeza en la platea, a oscuras, del Teatro Real.

Era un martes. Me daba igual el tenor o la soprano. Ninguno arrancó de mí nada que aquella araña transparente, llena de bombillas y cadenas, no hubiese robado antes. Como del lagarto de Alonso, me enamoré de la lámpara, de sus enormes patas iluminadas. La imaginé bajando y subiendo sobre nosotros, como quien teje o babea ¿Se caerá o no se caerá? ¿Lo habrá hecho antes? , pensé varias veces. Días después lo averigüé. Sí, en 1995, la lámpara entera se vino abajo sobre el patio de butacas aún vacío. Hoy sólo guinda una réplica que, como yo, viene de otro lugar. Llevo más de un mes sin escribir, la gente trajina alrededor de cosas importantes, se lleva las manos a la cabeza, miran el reloj. Yo, como la lámpara impostora, cuelgo indecisa de mi propio hilo, me hago cada día un poco más Bartleby .

sábado, 6 de septiembre de 2008

Señorita psicótica (Nocturne)

This time
She loves him, she loves him
I'm gonna keep me to myself
She loves him, she loves him
She loves him, she loves him
This time I'm gonna keep my all to myself
She loves him, she loves him
And he makes me want to hand myself over
She loves him, she loves him
She loves him, she loves him
And he makes me want to hand myself over
Björk. Pagan poetry

Sus zapatos tejidos, su falda luterana con medias escocesas y camisa abotonada al cuello, esas ojeras oscuras, el pelo aniñado y el cigarrillo yunkie, todo junto como una descripción absurda, un bello engendro literario. Ladea torpemente la cabeza, como un jorobado coqueto, como una señorita. A su lado, la impecable, dama entre las damas; piernas cruzadas, vestido blanco y rodillas de poeta. ¿Tienen rodillas las escritoras? Sí, pero ahora no se ven.

Sentadas, una al lado de otra, detenidas hace años en una foto y un país que probablemente ya no existe. Una no me importa en absoluto. La otra sí, y mucho. Periodista, cronista, poeta, gimnasta, hierro caliente, pastilla de noche, pastilla de día. Ida, ¿qué te hiciste? ¿por qué tu nombre es un verbo derribado en adjetivo? Linda ojerosa mía escribe, escribe, escribe. No duermas más, escribe por favor. Linda ojerosa mía, no me mires así, no hagas eso. Linda ojerosa mía escribe, escribe, escribe.

¿Por qué Elisa me manda esto por correo? ¿Por qué me inmiscuye de nuevo en sus recuerdos? Si yo con ellas y las demás no tengo nada, acaso esa Jaula de familia, Las órdenes al corazón, El paredón de primavera o Los Recados al hermano mayor. Ellas están allá, y yo aquí, releyéndolas, intentándolas. Quizás sea todo junto, quizás es país o enmudecimiento, quizás la ventana y las bolsas frías del mercado, quizás el autobús o el teclado sucio. Quizás soy yo, hablando sola con estos muebles. Mi hermana es poeta, mi abuela lo fue; yo quería ser periodista. Lo digo para que sepas porqué fumo.

Miro la foto de esas señoritas que se aburren y escriben. Señoritas que fuman, se aburren y escriben. Señoritas jorobadas que cargan su propia piedra en las noches. Ni novelistas ni poetas “conyugales” Elisa, no me digas eso, no ahora. Me asomo a la ventana. En el edificio de enfrente, una mujer cambia los pañales a un niño. Me da por fumar y volver a mi silla. Miro la foto de esas señoritas aburridas. Pero qué es todo esto sino un montón de Poemas para una psicótica.

Elisa no quiero que dejes de hablarme. Sólo digo lo que aprendí escuchándote. Mándame más fotos y escribe, escribe, escribe. Aún te queda y me queda. A ti, todo lo posible. A mí, acaso lo que pueda. Elisa escribe, escribe, escribe. A las demás, diles que duerman.

Me asomo a la ventana, esa mujer sigue cambiando pañales. Vuelvo a mirar la foto y el país al que nunca voy a llegar. Miro, y miro, y miro. Ojalá tuviera yo rodillas, ojalá supiera arder como lo hacen las escritoras que sueñan con caballos de pelo rojo. Historias de señoritas que escribían porque se aburrían. Linda foto Elisa, linda foto. Pero, ¿sabes? Ellas no llegaron aquí. No hubo Hueso pélvico roto ni herida alguna. ¿Ahora entiendes lo que digo? Linda ojerosa mía, déjame en paz.


Mejor así, muertas.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Sociología accesible: Bocata extravaganza

Tengo una duda. Vaya que es una, y de las grandes. Esta mañana he leído la prensa con la misma atención de todos los días. Pero aún no llego a entender cómo dos cosas pueden ser noticia a la vez. La mayoría de los medios especulan, quise decir informan, sobre el llamado síndrome post vacacional que supuestamente ataca a los españoles tras el fin del verano.

¿Síndrome post vacaio… qué? Sí, un sofisticado diagnóstico para el mal humor, la incomodidad y el pesimismo natural que supone para las personas volver a la rutina y el trabajo. Ante esta fina extravaganza del bocata – a la madre Patria se le dan bien estas cosas-, el Ministerio del Trabajo Español sorprendió hoy con una de sus peores cifras en meses: en agosto 103.085 personas más quedaron sin trabajo.

Esto supone una suma total de dos millones y medio de “parados”, es decir, y en términos castizos, dos millones y medio de personas que se dan de alta en la seguridad social para cobrar una “prestación” a causa del despido reciente de su puesto de trabajo. ¿Puede alguien deprimirse por volver a la oficina? Bueno, depende… Quizás si, a su regreso, alguien ocupa su silla.
Te damos gracias Señor por las oposiciones.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Y tú, periodista?

Jorge Aguirre, Cadena Capriles, año 2006; Jesús Rafael Rojas, diario La Región, año 2006; Mauro Marcano, Radio Maturín, 2004; Jorge Tortoza, diario 2001, 2002; María Verónica Tessari, Centro de Medios Independientes, 1993; Virgilio Fernández, diario El Universal, 1992 y finalmente Héctor Rondón, diario la República, 1962. Siete periodistas; seis asesinados y un Premio Pulitzer.

El Newseum, en el 555 de la avenida Pennsylvania de Washington D.C, tiene un aire monumental. Como todo en esta ciudad, es severo y trágico. Todo en él es blanco, limpio y loable. En sus galerías puede verse lo que quedó de la antena del World Trade Center, una enorme chatarra abatida; pedazos enteros del muro de Berlín; algunas de las libretas de Woodward y Bernstein y al muy avergonzado Nixon renunciar a la presidencia en un vídeo descolorido; el asesinato de J.F Kennedy, el de Lee Harvey Oscar –transmitido en directo por un reportero de CBN- y el de Robert Kennedy.

Al lado de cada incidente, cual fetiche corporativo, está la pluma, los lentes machacados o la cámara quemada del periodista que cubría lo que entonces era noticia. El periodismo siente demasiada autoridad como para que se le deje de lado en la historia. De ser nosotros –la prensa, the media- los que la contamos la historia, merecemos nuestro propio Arlington, ¿no? , parece decir este lugar en cada una de sus paredes. Cuántos males evitamos, cuántas cosas hicimos por ustedes, siento que está dicho en cada fotografía y en cada pasillo.

Me paseo intranquila. Me reprimo, me juzgo. Me molesta que este sitio me arranque gestos de asombro. Me molesta que la carne se me ponga de gallina. Me molesta alimentar la épica del reportero héroe, imparcial hasta la tumba. Me molesta darle la razón el periodismo especialista en sí mismo, detector de la verdad y juez de todos excepto de sí. Me molesta poner cara de periodista, y pose de periodista, y gesto de periodista. Me molesta, sí. Pero lo que más me molesta, es que de los siete reporteros que se menciona en este lugar, seis lo estén por haber sido asesinados mientras hacían su trabajo, y que el único que ocupe la galería de Los Pulitzer, Héctor Rondón, tenga que soportar que su foto del Porteñazo se mal exponga, cortada toda en su primera franja –la que indica el letrero Carnicería La Alcantarilla sobre la imagen del sacerdote con el cadáver del soldado-.Ahí está, aislada de su sangrienta poesis, la única que la historia parece estar dispuesta a concedernos.

Los pasillos se me atragantan. Una soledad agria me parte la lengua. Todos los periodistas asesinados, todos, murieron en el mismo tiempo histórico. Sí, un tiempo histórico que comienza un 4 de febrero de 1992 en el primer alzamiento militar contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, continúa en la alcabala del 11 de abril de 2002 y avanza, aún hasta ese día en el que, amarga y tonta turista, me planté frente a un mapamundi de libertad de expresión. Un mapa en el que Venezuela no está. Bueno sí, aparece pintada toda rojo en la categoría de los países sin prensa libre. Es un país rojo, como nuestra poesis. Rojo como los seis periodistas asesinados. Rojo como el Porteñazo. Rojo como sangre que, con la rabia y el periodismo, se me sube a la cabeza.

viernes, 29 de agosto de 2008

El caballo no tiene la culpa


En realidad iba a hablar de otra cosa. Tenía algo que ver con el nuevo edificio del New Museum, que ahora han trasladado al número 235 de Bowery Street. Se suponía que debía describir cuán blanca, enorme, silenciosa y japonesa lucía la sede, tan diferente a su anterior aspecto de caja de zapatos. Se suponía debía describir, con interés de turista y autodidacta, esa catedral de la redundancia y la innovación: el nuevo New Museum de Nueva York. Abro comillas: http://www.newmuseum.org/. Cierro comillas.

Con esa intención de bitácora cultural -que tenía bien planeadita- pretendía arremeter, describir, documentar. Sí, registrarlo todo: lo coquetas que lucen las cajas de mentitas Althoids en la ilustración del catálogo de los Althois Award 2008 para jóvenes artistas -nota mental, autogestión-; los vacitos desechables en color fucsia con el logo del museo que te dan en la cafetería; la chica asiática relevada por una rubia, y luego por otra asiática, y luego ésa por otra, y otra, y otra cada quince minutos como parte de un performance que consistía en revolcarse lentamente, como una imagen casi detenida, de un extremo a otro de la esquina de la sala dos. Sí, en realidad iba a hablar de otra cosa, pero un caballo estampado contra una pared me distrajo.

Capítulo uno. Caballo pardo clavado en museo
No más salir del ascensor, ahí, justico delante de mí, me topé con el cuerpo, las patas traseras y delanteras de un caballo pardo, de culo gordo y grupa brillante. El resto de su cuerpo, mejor dicho su cabeza -se suponía- estaba detrás de la blanca e impecable pared, atravesada del todo con semejante bestia. En la sala había también un árbol con una escalera –de lo más poético- (Zoe Leonard, Tree, 1997), pero no me importó el árbol, ni la escalera, ni el piso pulido y brillante de la sala, ni los Ipods que usaban los visitantes como audioguías, ni lo trendy de los uniformes de los guardias, perdón quise decir guías, de la sala. Fue ese caballo estampado en la pared, mejor dicho, el silencio de aquel caballo de Maurizio Cattelan estampado contra la pared, fue lo que me distrajo.

Imaginé al equino dando coces con el cuerpo en el aire mientras su cabeza torpemente atorada debía sacudirse del otro lado. Lo vi relinchar y resbalarse. Comencé a reír, sin parar y a un volumen no muy alto. Me daba la vuelta y volvía a mirarlo, como si repitiese una y otra vez la escena graciosa de una película. Creo que los guías no se lo tomaron muy bien. Pero no había nada incorrecto: un caballo atorado hace reír a un motivado y proactivo espectador. En ese momento yo era justo lo que alguien quería que fuese: un espectador que se distrae.

Cattelan sabe cómo distraer. Ha dejado a un Juan Pablo II de fibra de polietileno derribado por un meteorito sobre una alfombra roja (La Nona hora, 1999); ha puesto a Hitler de rodillas, calladito, a rezar en voz baja (Him, 2001); en 1993, como no tenía lista una obra para exponer en la bienal de Venecia, decidió alquilar el espacio a una perfumería para que promocionara sus productos y convenció a su galerista, Massimo de Carlo, para que se dejara cubrir con cinta adhesiva y quedarse pegado sobre una pared durante el tiempo que durase la inuguración (A Perfect Day, 1999).

No es que tuviera especial mérito colocar bueyes disecados, o vivos, en plena galería neoyorquina en los noventa -así empezó, en Daniel Newburg Gallery, en SoHo- más aún si consideramos que Beuys y su coyote se le adelantaron un poco (por lo menos treinta años), pero Cattelan vio claro y supo gestionar su mise en escene. Cautivó a curadores y coleccionistas con su propia fenomenología del peluche. En 1998 se disfrazó con una enorme cabeza de Picasso y comenzó a fotografiarse en actitud Walt Dysney World World con los visitantes del MoMa, y no contento con ello, le pidió a su galerista francés Emmanuel Perrotin que se disfrazara con un traje de gran falo rosado (Errotin, le vrai lapin, 1995). El galerista aceptó.

Capítulo II. Caballo pardo clavado en museo blanco
Definido por la crítica como un artista neo-conceptual, el italiano Maurizio Cattelan surgió como la espuma durante la década de los noventa, es decir, setenta años después de que Marcel Duchamp firmara un urinario invertido como R. Mutt. Hijo de una familia campesina italiana, Cattelan dice no haber asistido jamás a una escuela: ni primaria o secundaria, ni de arte u oficio alguno. Autodidacta, un hombre hecho a sí mismo, Cattelan nació en Padua, en 1960. Trabajó como jornalero, camarero, carpintero, electricista y maquillador de muertos, de ahí que algunos le atribuyan la calidad y realismo a sus esculturas.

Se le ha comparado con Jeff Koons, Takashi Murakami y Damien Hirst, no sólo por el uso de grandes dimensiones en determinadas esculturas y figuras de animales para crear un efecto repelente e irónico, sino por el hecho de que Cattelani es, sencillamente, un provocateur, un célebre apóstata que gestiona, produce, promociona, registra y planifica su trabajo. Tal y como si fuera una obra… de teatro, un musical, un show. El rudo italiano, el hombre hecho a sí mismo llegó un día a Nueva York. Y de jornalero llegó a ser, oh por Dios, delfín duchampiano del Greenwich village. Eso es lo bueno de la sociedad del espectáculo, el arte y la cultura: parece simple, y democrática.

“Para ser vencido, el poder debe ser abordado, recuperado y reproducido hasta e infinito”, dijo el artista italiano para ilustrar la semblanza dedicada a su obra en la primera edición de Art Now (2002), un libro publicado por Taschen que ya sobrepasa las tres ediciones y en donde, en ese momento, es decir hace seis años, era considerado un artista establecido. Si Cattelan no es del todo nuevo -ya lleva 20 años de celebridad- y lo que hace ya lo hicieron unos cuantos varias décadas atras, ¿qué hace en la nueva sede del New Museum de Nueva York?. En la blanca catedral de la innovación, ¿qué hace ese polvoriento caballo clavado en la pared? Aún no lo sé. He pagado 20 dólares . Me rio. Me entretengo.

Capítulo III. Caballo... Shh
Cattelan no es el primero en competir por la parte de la taquilla que le coresponde. Al menos en el siglo XX, la lógica de mercadear el propio escándalo ya era rentable. La fórmula aún funciona. François Pinault, magnate y dueño de la casa de subastas Christie's, le ha encargado el epitafio de su tumba, que Cattelan ha rematado con la frase Why me?; la Saatchi de Londres y la Marian Goodman de Nueva York lo representan; en su momento, creó The Wrong gallery, abriéndose espacio en el gueto neoyorquino; puso un enorme letrero de Hollywood sobre Palermo, enterró un faquir en la Bienal de Venecia y puede además jactarse de que un grupo de congresistas intentaran vandalizar una de sus obras, La Nona Hora, por considerarla ofensiva. Aún así, al media man no le gusta la idea de tener una imagen pública. Por eso, como Warhol en su momento, acostumbra a enviar desconocidos en su lugar a las conferencias y entrevistas. De tanta post modernidad, Cattelan pasó directo y sin escalas a las old fashioned vanguardias del siglo XX. Curioso, además, porque en los noventa ya existía el Grunch, Douglas Coupland y la Generación X debía ser más leida que Los Espolones de Derrida.

Hace unos años, escuché una conferencia de Fabrizio Mejía Madrid, un mexicano de bigote furibundo y afiladísimo teclado. Mirando la cola despeinada de aquel caballo estampado en al pared de un museo, vinieron algunas de sus palabras a mi mente. No más llegar a Madrid, fui a buscarla entre mis archivos viejos hasta dar con lo que buscaba: “Vivimos desde hace medio siglo el avance del silencio. La preeminencia de las artes sin objeto, la plástica de la instalación o performance, parece un regodeo en nuestros silencios”, fin de la cita.

En realidad iba a hablar de otra cosa: del New Museum, de su nueva sede en número 235 de Bowery Street; de la muestra After Nature y del impresionante documental Lessons of Darkness (1992), de Werner Herzog expuesto como parte de la exhibición. Iba a hablar de otra cosa, pero, después de todo, la culpa no era del caballo. La culpa fue mía, por reírme tan alto.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Donde algo, siempre, queda atrás


Un traje abandonado pesa tanto en los hombros
que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.
Federico García Lorca. Poeta en Nueva York (1929-1930)

Enrique Bernardo Núñez lanzó la edición entera de su novela La Galera de Tiberio al río Hudson. Elisa Lerner hizo desfilar por sus orillas a esbeltas mujeres, todas calzadas sobre copas de champán. Allí Rubén Darío pasó cuatro de los cinco últimos meses de su vida y José Martí vivió más de 14 años. Gabriela Mistral murió en el Hospital General de Hempstead, en Long Island, y Juan Ramón Jiménez se casó en la Iglesia St. Stephen, en la calle 125 con 28. Parece que en sus orillas todos dejan algo. Aquí, en Nueva York, las lenguas, como las patrias, arrastran un tufo de equipaje.

Ilegales como la Reyna y el Marlon de Jorge Franco en su novela Paradiso Travel; poseedores de visa; despachadores de comida; dependientes; intelectuales; invitados y fisgones; escritores; estudiantes; vividores y oprimidos; exilados, unos por fuerza, otros por voluntad propia; periodistas; banqueros; peluqueras; repartidores… Vivir en Nueva York es ya una ocupación, pero llegar a ella es, también, un tipo de ciudadanía. Sí, una ciudadanía.

Juan trabaja en el Dely market de la calle Bowery con Amsterdam en el Upper West side. Lleva ocho años viviendo en Estados Unidos, tres de ellos en Nueva York. Empezó como trabajador golondrina –“que se mueve de un lado a otro”-. Pasó por Texas, Carolina del Norte y Arizona. “El bagel, ¿lo quieres tostado o normal?”. “Normal, por favor”, digo mientras miro su visera. Es amarilla y lleva estampada un gallo. “Es un trío americano –dice, señalándose la cabeza-, una mezcla de sangres brown red y sweater. Es un auténtico gallo de pelea”. Uno de sus primos los vende desde 530 dólares en Cuautitlán, al norte del Estado de México, donde aún vive una parte de su familia. “Son seis cincuenta”, dice tras dejar un bulto forrado en papel de aluminio sobre el mostrador. Avanzo hasta la caja para pagar mi desayuno. Pienso en devolverme para preguntarle, pero una fila larga fila de obreros con bolsas, paquetes y órdenes de comida anotadas en papelitos, me hace desistir. Me doy por respondida. Ahora, supongo, ya no necesita volver.

De los más de 40 millones de latinos que viven en Estados Unidos, 14% reside en Nueva York. Más de seis millones de personas que habitan por igual una ciudad y una categoría. Lo latino, el latino, los latinos, el hispano, los hispanos; palabras estrechas, porosas, acaso imprecisas, para una región tan abultada y variopinta como América del Sur.

¿Lo latino, la hispanidad? ¿Es una efeméride, un sector de mercado, una categoría migratoria? La hispanidad. Algo que parece una nacionalidad sin llegar a serlo, aunque Martí, Rodó y Vasconcelos se partieran la cabeza para concebirla como tal. Ni Ariel –el espíritu hispano de la razón- ni Calibán –la encarnación del invasivo espíritu del norte-. Y de tanto buscarse, de urdir en la idea de una identidad común que desveló a los intelectuales de los siglos XIX y XX, América caminó por sus propios pasos más allá de Río Grande y Key West. Después de California, Nueva York es la ciudad que mayor cantidad de trabajadores latinos posee, y ocupa el tercer puesto en lista de envío de remesas con 3.6 billones de dólares, por delante de Texas con 3.2 billones y Florida con 2.4 billones. El progreso no se parecía a esto, ¿o sí?

En las elecciones de 2000, justo un año antes del derrumbe de las Torres Gemelas, de los 18 miembros latinos del Congreso, la representante por Nueva York, Nydia Velázquez, fue electa con 85% de los votos. Si se revisa la lista de ganadores del resto del país para ese año, muy pocos congresistas alcanzaron porcentajes superiores al 60%. La puertorriqueña, hija de un granjero de caña de azúcar en Yabucoa, había sido electa en 1993 como la primera congresista boricua. Desde ese entonces ha sido la congresswoman del distrito 12, que agrupa Brooklyn, Queens y parte de Manhattan.

Por encima del chicano, una categoría teórica especialmente placentera para el sanedrín de los Cultural Estudies, y más allá de la épica del bracero –así se llamó a los trabajadores mexicanos trasladados desde 1942 hasta 1964 para cubrir la falta de mano de obra en EEUU en condiciones de trabajo deplorables-, existe un lugar cultural tan esperpéntico como espontáneo, un sitio del que nacen nuevas repúblicas postales, o quizás se trate más bien de una sola, un enorme e informe paisaje donde algo, siempre, queda atrás.

Delante del Hudson, en el puerto que mira a la Upper bay de Nueva York, un pequeño barco con el logo de Ikea alborota el agua y remueve algo de espuma sucia. “Taxi libre para visitar nuestra tienda en Brooklyn”, dice el cartel amarillo del bote. Me quedo mirando el chapoteo verdoso mientras dos gaviotas se pelean por un aro de cebolla que finalmente cae al agua. Pienso en La Galera de Tiberio, en las hojas desaparecidas hace años por obra del agua, los peces o lo que sea que habite este río. Me quedo mirando el río, como si se tratara de una piscina olímpica a la que todos terminan arrojándose. Me siento un poco ridícula viendo cómo se hunden sobras de comida y colillas de cigarro. El barco de Ikea avanza, una bandada de algo revuelve el aire. A mis espaldas, sigue de pie Nueva York, esa ciudad donde algo, siempre, queda atrás.

domingo, 17 de agosto de 2008

"La ideología habla en el silencio" (y III)

Shhh...

"La ideología habla en silencio" (y II)



Sábado 16 de agosto, Washington. Diario El Nacional, página seis. Mejor llevar un artista muerto, ¿no? "La ideología habla en el silencio".

"La ideología habla en el silencio" (I)

(I)



Martes 12 de agosto, Museo de Arte Moderno de Nueva York. Luis miró la sala y señaló el surco vacío al final de la pared. "Como decía Hugo Achugar: la ideología habla en el silencio". Miré el muro levadizo, su tímida dictadura de pedestal. Al darme la vuelta, Marisol demolía el suelo con su paso de señorita aburrida.
Viernes 15 de agosto, National Gallery, Washington. Cuatro días después, al darme la vuelta, noté que la pared levitaba. Rothko había dado un portazo en mi libreta. La ideología habla en el silencio.

miércoles, 6 de agosto de 2008

"¡Cristo, si yo fuera rascacielos!"


El uno ha pasado cuatro veces. Hace cuarenta y un grados, y Ellie está a punto de tener un ataque de nervios antes de salir a escena -Stan ha muerto achicharrado en un edificio de Broadway y ella espera un hijo-. Las páginas de Manhattan transfer enceguecen pero no puedo, ni pienso, parar de leer. En el banco de al lado, una madre y su hija china adoptada –pasean siempre a la misma hora- miran la línea borrosa de las dos de la tarde. Están ahí, sentadas. Los chorros de la fuente lanzan agua en la plaza desierta. No hay nadie, sólo Ellie, el uno con su sonido de buque y nosotras tres.

La chinita se deja abatir por el calor. Sentada en un banco, con la hebilla suelta de su zapato rosa y su mano de panda apoyada en la madera, duerme ajena a todo cuanto ocurre a su alrededor. La madre teclea mensajes en el móvil; yo leo; la fuente escupe agua y la niña duerme. El uno finalmente se ha ido -no ha dejado a nadie en la parada-. Ahora somos sólo nosotras tres, Ellie y este calor.

“¡Cristo, si yo fuera rascacielos”!, dijo Stan antes de rociarse con una lata de petróleo. Ellie, que ahora interpreta a una dama montada en un caballo blanco que reparte desgracias, no sabe que Stan se ha prendido fuego -piensa que fue un accidente-. Los columpios de la plaza chirrían. Pensando que la niña china se ha despertado para jugar, levanto la vista, pero es sólo el viento que mece un caballo amarillo de metal. Me giro, duerme todavía, incluso aún más profundo. No ha movido su pie siquiera un poco. La madre atiende la pantalla de su aparatito, el caballito rebota suavemente contra la nada, yo vuelvo a mi lectura.

“¿Por qué concluyo que es adoptada?”-, me pregunto mirándola con el rabillo del ojo. Pues porque no se parece en nada a la madre; porque no es la primera niña asiática que he visto con padres españoles y porque es más común que siendo niña, y china, haya sido adoptada. ¿Entiende ella que duerme en una plaza? ¿Sabe por qué? ¿Qué sueña? ¿Sueña? “Llevo mucho tiempo callejeando”-, pienso. Ha de ser por eso que me ha dado por especular. “¡Cristo, si yo fuera rascacielos”!

En las primeras páginas, Dos Passos escribe, en boca de uno de sus marineros y muertos de hambre: “¿Te vas a hacer ciudadano norteamericano?”, le pregunta el camarero al desarrapado marinero que recién atraca en Nueva York. “¿Por qué no? Todo hombre tiene derecho a escoger su patria”. Miro a la pequeña, me miro a mí misma en el banco de esa plaza. Leo de nuevo. “¿Por qué no? Todo hombre tiene derecho a escoger su patria”.

Es agosto, pronto vendrá septiembre y mi tercer invierno en Madrid. Desde ese entonces, he recibido algunos correos, el más reciente, un envío colectivo. El remitente, un valioso profesor de la Universidad Simón Bolívar, nos pregunta a un grupo de personas si volveremos. Yo no hallo qué responder, y no lo hago. Pasan los meses. De cuando en cuando mi conciencia se topa con el mensaje en la bandeja de entrada. No hallo qué responder, y no lo hago. Hace unos días el profesor ha escrito de nuevo. Agradece las respuestas e interpreta, cabizbajo, el silencio de los que, como yo, no respondimos. “¿Por qué no? Todo hombre tiene derecho a escoger su patria”.

Miro de nuevo a la pequeña china. Me asombra su sueño, demasiado largo y reposado. Esta mañana, en el periódico, aparece la foto de los activistas apresados por reclamar libertad para el Tíbet en uno de los alrededores del lugar donde se celebrarán las Olimpíadas. EL Gobierno chino ha reforzado la seguridad, no quiere sorpresas. Está prohibido volar cometas, descalzarse en el metro y las azoteas han sido clausuradas en toda la ciudad -para evitar suicidios, según el matutino-. El diario decía que algunos atletas llevarían brazaletes para las protestas silenciosas, otros dicen que los atletas no tienen la culpa de que se celebren las olimpíadas en un país comunista. Y qué importa eso, si China parece una metrópoli ahora. A los dictadores les gusta parecer modernos. Vuelvo a pensar en el sueño de la china, en las cartas del profesor Larrañaga y en el piojoso marinero que piensa, ja qué risa, que todo hombre puede escoger su patria.

El periódico también informaba que en Venezuela están por aprobar un paquete de leyes que dan al presidente poderes aún más extraordinarios de los que ya tiene. Se parecen, sí, a muchos de los artículos de la reforma que la gente –incluidos sus propios partidarios- rechazaron en el plebiscito anterior. Con eso podría hacer de todo, comprar, expropiar, deshacer, triturar, machacar, incluso cerrar azoteas también si quisiera.

La madre deja al fin el móvil. Le da unos toquecitos a la pequeña; ella sigue rendida. Al segundo o tercer intento la chinita se pone en pie, vacila y camina de la mano de su madre frotándose los ojos. En la página 396 de Manhattan transfer, Ellie sigue pensando qué hacer con su embarazo y Stan crepita en tempo narrativo. Ya no queda nadie en la plaza. Hace calor. “Todo hombre tiene derecho a escoger su patria”, pienso de nuevo. Sí claro tanto derecho como deseos, tantas patrias como azoteas cerradas y plazas calurosas. Me pongo de pie, de vuelta a casa. “¡Cristo, si yo fuera rascacielos”!

lunes, 28 de julio de 2008

Cristo quiere que trabaje (I). Sobre Dickens y otras estampas ibéricas.


Miguel Bosé sale del plató. Carga con una caja del tamaño de una guitarra, aunque en realidad se trata de una pierna de jamón -un detalle del equipo de producción. La becaria corre de un lado al otro, y considerando que la sala no llega a cuatro metros por cinco, pues vaya que corre, y mucho. Bosé avanza. Ella camina justo al frente, dándose la vuelta para asegurarse que lo conduce correctamente a la salida. Que nadie lo dude. Si el jamón cae, resbala o desobedece a Bosé, ella estará ahí para recogerlo.

La public relation manager de Bosé no ha parado de hablar por un móvil negro y diminuto. Es joven. Lleva vaqueros y botas con piel de lagarto al estilo sheriff. Después de treinta minutos, cualquiera podría dudar que realmente sea su jefa de prensa e inclinarse por la hipótesis de que es sólo una mujer pagada a un móvil.

Bosé continúa despidiéndose. El presentador de Zaragoza TV le atosiga, perdón le acompaña, hasta la salida. No para de hablarle de amigos en común que Bosé no ha escuchado jamás. Las tres maquilladoras han salido también a la puerta del plató para despedirse. Ponen cara de hablamos mañana y se quedan, tan anchas, rubias y en bermudas, hablando de lo majo que es. Luego vuelven a su camerino de bombillas, brochas de maquillaje y bandejas con pinchos de tortilla.

Son las once de la mañana. Bosé parece más aburrido y misericordioso que al comienzo de la grabación. El presentador le ha hecho unas preguntas francamente detestables sobre su último disco, Papito, que reúne sus éxitos, cantados a dúo con otros artistas en su mayoría latinos -de ahí el nombre-, un detalle que el entrevistador ha pasado por alto al preguntarle si se trata, acaso, de un homenaje a Luis Miguel Dominguín, su padre. Bosé se pasa la mano por la barba, pone cara de ahí vamos otra vez, y dale con que Picasso era mi padrino. "No, no es un homenaje".
No más terminar la sesión, la becaria corre al plató con un limpiador de cristales. Frota con energía. Frota, frota y frota. Ella dice estar aprendiendo mucho, muchísimo. Entonces suelta la ballesta y corre a buscar un taxi. Bosé está aburrido. No quiere cargar ese jamón, sólo quiere irse.. La relacionista pública se despide de la persona con quien habla por el móvil. Bosé y el jamón van detrás. Ella de copiloto.

A los quince minutos llega otro taxi con el próximo invitado, pero el señor que desciende no parece mediático. La becaria está tranquila, por eso se ha tomado tiempo para un pitillo. Manuel Pizarro, para ese entonces presidente de la mayor central eléctrica de España, ex presidente de la mayor caja de ahorros aragonesa y meses después ficha de los populares contra Solbes, baja del taxi. Llega al plató como puede. Viste una sonrisa gerencial y una aburrida corbata ejecutiva. Las maquilladoras le miran de mala gana. Afuera, la becaria fuma. El presentador salta a los brazos del empresario, apenado por la falta de jamón y el retraso del equipo de producción. La becaria entra de nuevo, más diligente que nunca. Saluda a las maquilladoras, que ya son sus amigas. Lleva de nuevo un aerosol y un limpia cristales para la mesa del estudio. Está aprendiendo, muchísimo. La becaria tiene 40 años, una hija de trece y un par de huesudas piernas sobre sandalias blancas.

miércoles, 23 de julio de 2008

Gran Vía, 29



Antonio Gamoneda le dio veinte céntimos por uno de sus poemas; Saramago 120 euros. No estoy dispuesta a creerme todo lo que dice, pero tampoco es justo dudar de él sólo porque vive de lo que escribe. De ser así, mentirían todos los poetas y narradores, incluyendo al tacaño príncipe de Asturias y al nobel luso.

Le escucho. Habla como si leyera la suerte, tocara violín o fuese una estatua viviente. No se proclama poeta ni escritor. No necesita publicar sus poemas, dice; se los sabe de memoria. “Además, nadie compra poemarios, son una pésima idea. Nadie lee poesía”. Impostado o no, su desparpajo sobrecoge y aburre. Y aunque me gustaría irme, me quedo allí. Quién sabe porqué quiero escucharlo. Enrique Bayano se abroga dos proezas, ser el primero y único vendedor de poemas del número 29 de la Gran Vía desde hace 12 años y haber descubierto el reciclaje cuando nadie lo entendía, por eso quiere publicar un libro sobre el tema en lugar de sus sonetos. Nieto e hijo de chatarrero, Enrique tiene 54 años, un fajo de poemas escritos en tinta azul y adoquín y medio en una de las principales calles comerciales de Madrid. Lo suyo no es exactamente una venta, sólo un intercambio. Sentado en el suelo, justo al lado de La Casa del Libro, Enrique escribe con una carpeta sobre sus piernas. El precio lo fija el lector. “Se regalan poemas por la voluntad”, dice una cartulina con letras rosas y azules.

Es sábado, hace cuarenta grados y sobre la bandeja de cartón de Enrique hay tres euros con treinta centavos. Se saca dos euros más del bolsillo y da por hecha la cuenta del día. “Esto es lo que he sacado”. Dice haber sido rico, madrileño, maquinista, chofer de cercanías y padre de cinco hijas. Escribe desde siempre y porque sí. La venta es otra cosa, por necesidad, y punto; porque hay que sobrevivir, y punto; porque ya no consigue trabajo, pero también porque fue escultor y artista, vendedor y joven. Hace una pausa, al fin. No todo lo que escribe lo vende a los viandantes, me dice sentado en la acera.

La gente lo esquiva o se detiene. Y el que lo hace, tiene derecho a aceptar un poema, escucharlo y luego, si lo desea, soltar la moneda. Hoy llevo trece euros. Diez para comprar Manhattan transfer y tres más, por si acaso. Mientras le escucho, pienso en darle todo lo que llevo. Pero me contengo. Miro el poema de letra redonda e ingenua que me dio cuando me acerqué para increparle . “Me ha quitado usted la idea. Pensé que sólo podría ganarme la vida con lo que otros me dieran por lo que escribo, pero se me adelantó, ¿no?”. Me miró desde su adoquín. Para igualar las cosas, me puse de rodillas. “Llegué primero que tú, hace doce años”. La risa la puso él, no yo.

Enrique comienza a hablar. Miro la hoja blanca, de nuevo. Sueño, dice el título llano de un poema que no es tal y que he comprado por tres euros tan voluntarios como miserables. El hombre recita el poema, de arriba abajo, sin fallar una coma de su propia cosecha. Pero el mejor poema de Enrique Bayano es el que no ha escrito. El verso más afilado son sus manos sucias, su tosca confianza literaria. El verdadero ars poetica es ese adoquín y medio que ocupan sus palabras. Le miro una vez más. Le explico que Venezuela no es el país de Chávez, sino el de Rómulo Gallegos, Cadenas, Liscano, Montejo, Balza… Doblo el poema y sigo.

Salgo de La Casa del Libro con una edición de tapa dura de Manhattan transfer. Tengo lo que he venido a buscar. Lo llevo en la bolsa. Salgo a la calle. Miro a Enrique Bayano escribir sus poemas. “Tengo lo que he venido a buscar”. ¿Realmente lo tengo? Pienso ahora que debí dejarle los trece euros. “Qué más da”. En dirección a la Puerta del Sol, camino apretando mi libro bajo el brazo.
Quizás vuelva mañana.

martes, 15 de julio de 2008


Interior con mantel de lunares (Circa, 2007)
(Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba)
De la serie Enciclopedia farmacológica literaria 2007-2008

La dieta Pizarnik. Esa anorexia sentimental
¿Cuánto peso ha perdido tu corazón?
De la serie Enciclopedia farmacológica literaria 2007-2008