miércoles, 4 de enero de 2017

Saber llover ... O por qué las personas no pertenecen a nadie (*)

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Una imagen de la escena final de la adaptación que hizo Blake Edwards de la novela de Truman Capote, Desayuno con diamantes (1961).



"Estoy loca por Tiffany's…nada malo podría ocurrirme allí” (Holly Golightly).

A Manakin, heredera de Gorrión.

Cae el final de una tarde de invierno, casi la víspera de Reyes. En una misma jornada se cumplen dos plazos: el último día de unas vacaciones breves y la fecha de regreso que marca un billete de avión. El sol está a punto de esconderse y deseo escribir sobre Holly Golightly, la protagonista de Desayuno con Diamantes. Quizá algo sobre sus collares de perlas con croissant; acaso de los almohadones a los que ella arranca las plumas, histérica, vestida con un modelo rosa intenso de Givenchy; probablemente unas líneas sobre su costumbre de abandonar gatos –seres libres, como ella- en medio de un basurero mientras arrecia una tormenta o, todavía mejor, sobre esa idea, que crece en ciertos corazones desterrados, al imaginar que nunca nada malo podrá ocurrir en la vitrina de Tifanny’s. Ya sabéis... lo que padecen quienes ansían no pertenecer a nada ni a nadie y terminan enamorándose de cosas que brillan con la intensidad de lo que ya no existe de la misma forma.

Cae el final de una tarde de invierno, casi la víspera de Reyes. En una misma jornada se cumplen dos plazos: el último día de unas vacaciones breves y la fecha de regreso que marca un billete de avión

Cae el final de una tarde de invierno, Zidane cumple un año al frente del Real Madrid y los merengues disputan ante el Sevilla los octavos de Copa del Rey. El clarinetista de mi barrio se planta en la esquina de Espoz  y Mina –mi vida, casi siempre, está ligada a alguna guerra- … e interpreta Casta Diva. A punto estaba de invocar a Norma cuando escuché aquellos acordes. Inquieta, me asomo a la ventana, como un gato que alguien abandona en un basurero. En pijama, vigilo. Miro lo que me rodea sólo como podrían hacerlo aquellos que, como Hollly, creen que conseguirán vivir por el solo hecho de darse de bruces contra sus propias ensoñaciones, algo parecido a lo que hacen las personas con los propósitos de enmienda y los calendarios sin estrenar. 


Cae el final de una tarde de invierno. Tomo asiento ante el ordenador. Me gustaría escribir de Holly Golightly y su ropero de hermosas mortajas, pero también deseo –con fuerza- poner en orden mis sentimientos sobre Else Schwiefert, esa mujer que escribe cartas a un hijo cuya muerte ignora en las páginas de Tú no eres como las otras madres (Errata Naturae y Periférica). Cae el final de una tarde de invierno y el cielo se queda como quienes arrancan a llorar: a gusto,  limpio y despejado. Cae el final de una tarde de invierno. Me gustaría contar cómo un día de mayo de 1962,  María Callas conoció a Marilyn Monroe en el cumpleaños de JFK. Me apetece escribir sobre esos sitios en los que no estuve, que no conozco y que en nada tienen que ver conmigo… acaso porque nada malo puede ocurrirme en ellos.

Cae el final de una tarde de invierno. Escucho al clarinetista llover. Y aunque hoy no hay luna ni muérdago, algo se rompe: un diente, un hueso, el cordón de un zapato o las venas de mis muñecas. Entonces ocurre, comienzo a llorar. Lo hago justo en el arpegio de Casta Diva, esa plegaria que Norma canta a la luna ante la inminente guerra, la suya y la de su pueblo: “(...) a noi volgi il bel sembiante, senza nube e senza vel...” (a nosotros vuelve el bello semblante/ sin nube, ni velo). Loca y amargamente, lloro. Casi como lo hacen aquellos que beben demasiado: con desconsuelo, soltando las babas y los escupitajos de quienes parecen haber olvidado la forma exacta de derramar su desesperación ante la sensación que surge al sentir vivamente algo.

Loca y amargamente, lloro. Casi como lo hacen aquellos que beben demasiado, soltando las babas y los escupitajos de quienes parecen haber olvidado la forma exacta de derramar su desesperación ante la sensación que surge al sentir vivamente algo.

Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes. Justo en el día final de unas breves vacaciones –la fecha de los plazos cumplidos- algo crepuscular se convierte en explosión. Esta mañana he peinado con la mirada el cabello de mi madre –pensé, entonces, que no la abrazaba lo suficiente porque mi cuerpo apenas  toca su rocosa belleza-. También hoy, en la Terminal Cuatro  de Barajas, intenté detener con la mente un equipaje lleno de leche, pan, conservas y cuchillas de afeitar. Las dos veces quise llorar, arrancarme de mí, pero sólo me salió un abrazo que tenía más de espasmo que de caricia. Así andaba yo esta mañana, con mi gato -¡Gato! ¡Gato!, ¿recordáis?-y mi pinta labios: esparciendo tristeza  y escaramuza en mi propio basurero con tormenta.

También hoy, en la Terminal Cuatro  de Barajas intenté detener con la mente un equipaje lleno de leche, pan, conservas y cuchillas de afeitar. 


En la escena final de la adaptación que hizo Blake Edwards de la novela de Truman Capote, con Audrey Hepburn y George Peppard, Paul Varjak (el escritor interpretado por Peppard) detiene el taxi en el que Holly pretende huir al aeropuerto. Varjak lleva en el bolsillo, cual granada, un anillo de Tiffany’s. Sí, un solitario de pedida: una argolla, una sujeción.  Holly, que fuma como una loca, ni se da por enterada de todo cuanto ha hecho: obviar a Varjak, pero acaso más profundamente a sí misma y a la vida que pasa a su lado como un ruido. En ese momento delirante en el que ella ha arrojado al felino –su alter-ego- por la ventana, Varjak espeta, todavía con el anillo en el bolsillo: “Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula – dice con el codo apoyado en la puerta abierta del taxi- ¡Bueno nena! Ya estás en una jaula. Tú misma la has construido, y en ella seguirás vayas a donde vayas porque no importa a donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma”.




Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes. Justo en el último día de unas breves vacaciones –el final de un plazo-, revienta en mi corazón lo que no estalló en la Terminal Cuatro de Barajas cuando vi que aquella maleta de 22, 8 kilos se marchaba sin que yo pudiera detenerla con mis superpoderes de mujer imbécil. Ahora, justo cuando escribo esto, alguien viaja en dirección contraria, alguien cruza dos veces la misma hora en la que lloro mientras aporreo el teclado. De qué sirve escribir si no es posible detener el equipaje con la mirada o desmayar a las ranas en los sueños de la infancia. Claro... las personas no pertenecen a nadie. Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes, cuando yo también arranco, histérica, las plumas de mi almohadón. Porque, como Holly, pienso que nada malo podrá ocurrirme si me mudo a vivir a la vitrina de una joyería.

De qué sirve escribir si no es posible detener el equipaje con la mirada o desmayar a las ranas en los sueños de la infancia. Claro... porque las personas no pertenecen a nadie.

Cae el final de una tarde de invierno y los octavos de Copa del Rey están por disputarse cuando me convierto en el gato y el vertedero. Cae el final de una tarde de invierno, mientras alguien cruza el día en dirección contraria –las dobleces del Atlántico, ya sabéis-. Cae el final de una tarde de invierno. Clavado en la esquina de Espoz y Mina con Plaza del Ángel, el clarinetista sigue soplando mientras yo arrecio, como esa lluvia que no sabe, siquiera, llover como es debido. Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes. No te vayas, por favor. No te vayas. Y así me quedo, sin pinta labios, technicolor ni MoonRiver. Así: abrazando con locura un gato que se ciñe al plazo vencido de un billete de vuelta. Claro.... esas cosas ocurren, porque las personas no pertenecen a nadie

(*) En la primera versión, este texto se publicó con el título "Saber llover ... O porqué las personas no pertenecen a nadie". El uso de esa fórmula es incorrecto.