jueves, 13 de abril de 2017

Mi hermana no consigue pan y yo tengo un chichón

Una imagen del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien fue recibido por la multitud con objetos y desechos en una visita a San Félix. 

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Tiene galletas, me ha dicho. Las ha comprado antes de que cerraran el supermercado (aún con personas en su interior, por temor a saqueos). Lo poco que llega se lo reparten por rango: revendedores y dependientes primero; el resto, que se las arregle. Eso si tienen la suerte de que el número de su carnet de identidad coincida con el día de su simbólica compra, que normalmente suele ser nada o lo que haya llegado, que a fin de cuentas siempre es poco. Otra vez, nada.

Mi hermana espera, y yo también, a que rindan… las galletas. La escucho, con ganas de gritar. La escucho, con ganas de venganza. La escucho, con ganas de acudir con una manta y cubrirla. Aunque ella es fuerte. Mucho más que yo. Las dos, ella y yo, hemos decidido los extremos del mar que habitamos. Y sin embargo, yo aún siento el privilegio de escoger. Por ella elige la fuerza, y la valentía, y las muchas ganas y algo que yo ignoro y  ya no llega a mi corazón. Porque mi corazón se pudre. Hace años se pudre. Porque la vida ayuda y porque el país remata.  

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Tiene galletas, me ha dicho. Las ha comprado antes de que cerraran el supermercado

En mi ciudad de origen  las personas no son clientes, mucho menos ciudadanos, son seres que se agolpan, que se matan, que mueren, que resisten. Gente a la que encierran en los supermercados. Gente que sale a la calle –esa ruleta rusa del azar- y puede no volver. Gente a la que el dinero se le evapora. Gente que ya no tiene. Que ha dejado de ser. Que ya no es. Que  ya no está. La ciudad echa humo en estos días –lo veo en RTVE y la BBC- y aunque arrojen huevos contra un payaso, eso ya no compensa. Ya no me tranquiliza. Ya no me importa. Mi odio es mayor, más espeso y peligroso. Mi odio es negro. Es un petróleo. Una maldición. Unas ganas de escarmentar, de devolver. Ojo por ojo… 
 La ciudad echa humo en estos días –lo veo en RTVE y la BBC- y aunque arrojen huevos contra un payaso, eso ya no compensa. Ya no me tranquiliza
Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días y yo tengo un chichón en la cabeza.  Esta madrugada, a las tres, he vuelto a escuchar una de las palabras a las que más temo en el mundo: malandro, un sustantivo que se usa en Venezuela para designar a los peores delincuentes. Gente que mata sin razón, gente que arrasa, que quema, que hiere, que roba.  Al escucharlo, he salido de mi cama y me golpeado contra un viga, pero qué es un viga cuando un país se desangra.Me asomé a la ventana. Se trataba de una de esas peleas que ocurren muy adentrada la madrugada de los días laborables. Reyertas de gente que no entra a trabajar las nueve de la mañana en ningún sitio. Horas de sombras. Me escondí detrás de la cortina para mirar.

-Yo, en Venezuela, soy un malandro, ¡mamahuevo! -decía un sujeto.

Las tres palabras -Venezuela, malandro, mamahuevo -me pusieron alerta. Palabras de monstruos. Palabras que huelen a muerte. El que se decía malandro perseguía a otro con un palo. Me dije a mí misma: ¡No es una pesadilla. Después de mucho huir han llegado aquí. Han cruzado el mar! Y maldije, con todos mis dientes rotos, al malnacido, y a su malandro, y al país que lo expulsó. Y al país al que pertenezco sin formar ya parte de él. En mí crece el odio. Año tras año, tras año: se agrava, se endurece. Como una estaca de boñiga. Por eso nunca digo de dónde soy, ni dónde nací, porque si lo dijera, me envenenaría.
Las tres palabras -Venezuela, malandro, mamahuevo -me pusieron alerta. Palabras de monstruos. Palabras que huelen a muerte. 
Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Llevo años contando lo que siento y justo hoy no me sirve para nada. No me calma, no me apacigua. Odiar un país es de las sensaciones más ásperas que puede experimentar alguien. Vivir con los dientes apretados, deseando un castigo bíblico para sus compatriotas. Ganas de cobrárselas, de hacer pagar. Y ahora, a las tres de la madrugada, mirando a un hombre con un palo, pienso que no sirve de nada. El castigo ha llegado y lo pagan la personas equivocadas. 

Sigo escondida detrás de la cortina (tengo miedo) y observo. Mientras el sujeto que se proclama malandro da golpes contra las persianas de los comercios con una vara de metal, el chico al que persigue le llama 'panchito'. Y yo, como el que insulta, siento un desprecio parecido. Incluso peor. Algo se me sube por la garganta. Bajaría yo misma a arrancarle los ojos. Sólo por esa palabra: malandro, eso que suena a cañón caliente y gente muerta.

Cuanto más lo pienso, más cuaja mi odio, que es lo único que crece democráticamente en ese lugar del mundo: Eso, y la muerte, y la pobreza…

Maldito país, déjame dormir. Se lo han llevado todo: la vejez de mis padres, mis recuerdos de infancia, la familia unida, los lugares donde crecí, el periódico por el que lo habría dado todo, mi montaña, mi casa. Cuanto más lo pienso, más cuaja mi odio, que es lo único que crece democráticamente en ese lugar del mundo. Eso, y la muerte, y la pobreza… El acento venezolano me lastima, me avergüenza. Saca lo peor de mí. Me estoy enfermando con algo que no es mío, pero me come, me roe. Rata dura contra huesos blandos. Roer. Y no me importaba no ser: no ser madre, no ser de un lugar, no ser del todo algo (exilado, huérfano, desahuciado). Pero esta noche sí. Me importa. Y me envilece.


Miro por la ventana. Y nada me apetece más que llamar a la policía. Que vayan a por ese hombre que se dice malandro. Que lo apaleen. Que lo reduzcan. Que lo hagan polvo. Hace diez años, le pedí a un amigo que me recomendara a un autor que hubiese escrito sobre el odio a su propio país. Thomas Bernard, me dijo. Empecé por Sótano seguí con Tala. Y nunca paré de leer. Ni de odiar. Me dediqué a escribir un diario, mejor dicho, una bitácora que alimentaba con los post de mis humores. Se lo entregué hace unos meses a una editora. Ella me dijo: no sé qué me estás contando. Yo lo veía clarísimo. Entonces la ensalada se me subió a la nariz. Entendí que el odio roba, saquea, apalea… se lleva consigo lo que nos pertenece. Hasta el lenguaje.

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Yo tengo un chichón en la cabeza y el odio me crece como una buganvilla 

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Yo tengo un chichón en la cabeza y el odio me crece como una buganvilla … de esas que nadie querría tener en casa. Algo me embrutece. Un salpullido. Una pústula. Siento odio. Mucho odio. Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Yo tengo un chichón y  un hueco en mi biografía. No sé cuántas cabezas tendré que cortar para rellenarlo. Pero jamás serán suficientes. Jamás.
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lunes, 27 de marzo de 2017

A propósito de El pintor de batallas... ¿Fotografiar es elegir?

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Arriba, Pentesilea, de Arturo Michelena. Abajo, los ataúdes de El Caracazo, por Orlando Ugueto.

Son casi las nueve de la noche. La sala hasta hace unos minutos a oscuras se despierta con el sonido de las palmas que chocan. El aplauso desmonta el bastidor. Vuelvo a la vida real con el pestañazo de los pactos vencidos. Ahora lo ves/Ahora no lo ves. Despierta, mamita: aquello era literatura. Pero... ¿en verdad lo era?

Cuando leí El pintorde batallas, en pleno calor de un verano puñetero, todo cuanto Arturo Pérez-Reverte escribía en sus páginas me resultó susceptible de ser robado, archivado y subrayado. ¡Un botín! Lingotes de oro y huesos para morder con dientes de leche. Como si cortar las cosas en pedacitos nos hiciera capaces de percibir mejor el conjunto.

En aquellos días, con mi bisturí punta roma, ejecuté mi cirugía. Esta noche, de pie en un patio de butacas, me siento, al mismo tiempo, las res y el mostrador. Aquel gran retablo de una guerra que Pérez-Reverte había vivido -los Balcanes, claro- y que había abocetado en Territorio comanche; un combate que a mí me llegaba como un aire de familia. Gente derramada a ambos lados de una lanza o una mina, de una pistola o una navaja. Gente muerta, incluso viva. Gente apilada, fundida en su pudrición.

Rocroi, el último tercio, por Agustín Ferrer Dalmau.

Como un boxeador que combate con su sombra, entonces El pintor de batallas me dio perspectiva. Me permitió encuadrar. Víctima y verdugo cambiándose la capucha. Aquí pego, aquí recibo. Aquí castigo, aquí defiendo. Faulques, el fotógrafo de guerra –el que dispara-,  e Ivo Markovic, el soldado retratado que ha venido a matar, a cobrar su venganza contra el periodista travestido en pintor. Alguien que busca el proyectil incrustado: una razón, un por qué.  Por eso esta noche algo cambia. Algo es distinto. Reunidos en un mismo escenario, sin puntos ni comas, ambos personajes me congelan. Miro alrededor y sólo veo la sombra tiesa de un sparring que no se defiende.

De pie, en el patio de butacas, mi sombra flaquea, los dientes de leche se me astillan y mis piernas de púgil se entumecen, como si me las hubiesen cortado. El público aplaude. Y si yo bato y choco las palmas es porque quisiera llamar la demolición. Si la vida fuera como las metáforas, estoy segura de que al salir del teatro habría avanzado a paso de hecatombe. Derrumbándolo todo.

Una imagen de la adaptación de Álamo de El pintor de batallas, novela de Arturo Pérez-Reverte.

He visto muertos, moribundos, cadáveres y fantasmas. Algunos reales, otros fantasmagorías. Los muertos en mi vida son un apresto. El ábaco  de la picadora de carne para quienes nacen en una guerra sin aspavientos, una que ocurre día tras días tras día tras día: o ellos o tú. Todos repartidos a ambos lados de una línea: Catia y Petare; bueno y malo; mierda y pulcritud; esta acera y la siguiente; vivo o muerto. No ayudes. Desconfía. Te van a joder. Te van a matar. O ellos o tú. Elige o escóndete.

Son las nueve de un sábado de lluvia. He visto la adaptación pulcra, correcta, que Antonio Álamo ha hecho de El pintor de batallas . El montaje hace lo que debe:  respetar el trono de la prosa original. Por eso el texto retumba en mi cabeza, por eso me llena el corazón de plomo, esa apalabra que usan en mi país los asesinos para despachar a su víctima. Llenarte de plomo. Cocerte a plomo. Que te quemo. Te quemo. Te incendio. Te mato.  

Soldado muerto en febrero de 1992, en la base aérea La Carlota. Foto: Fraso.
Siempre he pensado que nací y crecí en un país en guerra. Contarlo y entenderlo me resulta difícil. Por eso surgen en mi cabeza, como un vapor o un hedor, Pentesilea, de Arturo Michelena (nuestro gran pintor decimonónico) y una fotografía -creo que Orlando Ugheto- del Carcarazo, aquella carnicería de 1989, eso que ocurrió en mis narices cuando yo tenía siete años.

Ahora, en el patio de butacas recuerdo todo aquello: el Caracazo; los bellos durmientes, soldados con los ojos anegados en sangre en el año 1992; las elecciones del 94 y las del 98. El 2000 y el 2002 con todos sus muertos; y el 2003 con todos muertos; y el 2004 con todos sus muertos; y el 2005 con todos sus muertos; y el 2007 y 2007 y 2008 y 2009 y 2010... Y todos sus muertos.

A veces - no sé por qué- me sabe mal haber sobrevivido a todo ese infierno, mientras veía engordar el contador de cadáveres que comenzaban a ser míos. Me sienta mal hablar de muertos que yo había vivido, entrevistado, escuchado. Por eso, esta noche, me gustaría medir dos metros y pesar cien kilos, para liarme a puñetazos contra un semáforo.

Por eso, esta noche, me gustaría medir dos metros y pesar cien kilos, para liarme a puñetazos contra un semáforo.
En el patio de butacas de los Teatros Canal una mezcla de amor e ira se juntan como un beso.  Una cólera –Ay, Aquiles- me embrutece y no me permite contar. Aunque robe guerras de otros, parece que nunca encontraré el ángulo para escalar mi carnicería. Ese elefante rosa que me acompaña no hace más que repetir la misma pregunta: cuál es mi lugar en esta jungla.

El país que soy...  y el que dejé atrás. Me da miedo olvidar. Y me hiere recordar. El pintor de batallas me removió, como si lustrara mis tripas con una bayoneta enjabonada. ¿Quién muestra y quién se muestra? ¿Quién quema a quién? ¿Quién mata y quién cuenta? ¿Quién elige? ¿Quién recuerda…? ¿Quién retrata? ¿Quién hiere? ¿Quién vive y quién mata? En el fondo, al final, todo es derrota y escarmiento. Todo.

domingo, 26 de marzo de 2017

A eso vine, a dar coces en el aire




Todas la tardes, al acabar el festejo, me pregunto: ¿qué haces aquí? ¿qué estás buscando? ¿A qué has venido? Cada interrogación es una espada en mi lomo flaco de niña fea. ¿Qué has venido a hacer aquí, tú...?  Eso me dicen las nubes cuando las miro con el alma floja de quienes se sienten fuera de lugar. Pero estoy. Observo. Apunto. Huelo. Disparo con el corazón. Fotografío con la palma de las manos. Vivo.

Suelo pensar estas cosas en el quinto de la tarde. Ese momento en el que he muerto varias veces y en el que una chicuelina enciende mi corazón. Dos horas, ese tiempo en el que he sido animal y matador. Todo lo que nunca seré en un minuto de mi vida cotidiana. Y aunque, a veces, cuando miro los andenes me desangro, siempre me siento el cebo. Soy la presa. Aquí es distinto. Puedo ser ambos a la vez.

Son las ocho de una tarde fría. Mi elefante de plástico color rosa y yo caminamos rumbo al desolladero. Encuadramos nuestra soledad en el espacio. Buscamos el olor de algo que ha sido arrancado de la  vida. Algo que delata lucha en su muerte. Bilis. Orina. Sangre. Esa fragancia potente de los que están vivos.  Miro alrededor. Luego mis zapatos. Queremos vivir, pero ignoramos de qué forma.

Después de años he entendido que nací queriendo ser caballo. Queriendo ser bestia. Vestal. Nací con ganas de dar coces en el aire. Incapaz de cumplir alguna norma, viendo el engaño en el trapo y embistiendo con fuerza contra todo lo sólido. Porque a mí, a veces, la vida me duele… de otra forma, pero me duele. Como si en lugar de rozarme, me arrancara la piel a jirones.

Yo no voy a trabajar con una espada bajo el brazo. Mi única verdad son mis huesos, mi país lejano, mi tiempo extinto. Soy lo que he dejado atrás. Soy la ira y su reverso.  Crecí leyendo, envuelta en mi película de bienestar. Resguardada en aquel país donde lo único democrático era la muerte, yo viví. Y no sabría porqué, pero aquello me sabe mal.

Son las ocho y media de una tarde fría. Me detengo, como siempre, ante un charco de sangre en la puerta de arrastre. Acaso porque soy turista de mi propio infierno, me detengo, hago una foto. Imprimo mi dedo en ese caldo rojo y frío, huelo… y siento el vértigo de la presa. Me pregunto… ¿qué has venido a hacer aquí, quién eres? Y entonces pienso en Hegel. No soy nada. Soy el combate. Soy uno de los dos, el que mata y el que muere. Esa gresca que huele. Que llama. Ese aroma de los que, aún sabiendo que vamos a morir, damos coces en el aire.

Sí. Coces en el aire.

A eso vine… A dar coces en al aire.

sábado, 11 de marzo de 2017

Algo sopla en Santa Engracia




"Yo, casi nunca decía nada. Escuchaba, como si los demás fuesen clarividentes. Y ninguno lo fue".
Ida Gramcko. 'Tonta de capirote

Espera la primavera, Bandini.
John Fante

La primavera llegará, un día de estos. Llegará. La tarde es cálida y en las terrazas las abuelas ordenan gin-tonics que beben con tragos cortos mientras el aperitivo de patatas fritas se reblandece al contacto con el aire. Hojuelas de algo que se desmaya, cáscaras olvidadas en un plato blanco astillado. Yo he llegado antes de lo acordado y al poco de enviar un mensaje, la veo aparecer con su cabeza rapada casi al cero, llena toda de tatuajes, dueña aún de aquellos ojos con forma de almendra. Sigue siendo la misma chica hermosa, aunque ahora perfeccionada por las heridas que reparte la vida a su paso. Es miércoles, ya no hace frío y han transcurrido ocho años desde la última vez que nos vimos.
Es miércoles, ya no hace frío y han transcurrido ocho años desde la última vez que nos vimos.

Llevo tacones y en estoy maquillada en exceso. Soy la versión más coqueta del sargento nazi que he encontrado en mi armario, pero sólo porque tengo una cena después. Sólo por eso. Sentadas ante la mesa metálica de una terraza, nos separan varias vidas: las que tuvimos cuando coincidimos ante bandejas de comida fría y cajones llenos de canutillos para fabricar abalorios. Entonces ella no lucía tatuajes. Y mis dientes, como mi corazón, estaban fuertes y vivos. Éramos otras. Ella una niña; yo, una que comenzaba a arrancarse la piel, que descubría en los columpios no el viento que mece sino el vértigo que invita. Miro las cornisas de los edificios en obras y pienso lo de siempre: que si no me maté entonces, ya no lo haré nunca. En aquellos años aprendí que, ocurriera lo que ocurriera, me sujetaría a la vida como un gato que alguien ha atado a un guardafangos. Me arrastrarán en el camino, pero aún así viviré. Hecha pedazos, viviré.

Entonces ella no lucía tatuajes. Y mis dientes, como mi corazón, estaban fuertes y vivos. 

De momento, ocurre esta tarde. Este encuentro que yo he propiciado. Acaso porque mis pasos ya no conducen a ninguna parte y porque no quiero aprobar o suspender ningún afecto, ningún examen. El día que aprendí que a casa siempre se vuelve solo, no quise saber nada más. Y con eso me quedo, aunque a veces me falte todo. Dejo poco margen a la cortesía; abro fuego. Explico por qué este encuentro después de tanto tiempo. Y sé que su voz me dirá algo que he olvidado, sé que ella me traerá de vuelta. Porque quizá, como yo, ella todavía se está buscando.
“Yo he llegado hasta aquí a fuerza de colapsos”, la frase me escupe y me abraza. Me explica.
“Yo he llegado hasta aquí a fuerza de colapsos”, la frase me escupe y me abraza. Me explica. Recompone mis huesos sin calcio y mis ojos opacos. Miro su cráneo con apenas pelo; me parece femenino, elegante. Hay castigo y estilo en ese peinado. Miro sus tatuajes. Caigo en la trampa. “Me he tatuado porque sé que quienes me miran mirarán lo que llevo en la piel y no me mirarán a mí”. Lleva las uñas con esmalte negro. Viste entera de negro. Severa, espartana, soldada de una guerra a la que nadie la convocó. Y yo que la conocí en una época de vestidos estampados y jerseys de punto. Da igual. Conserva el perfil de la mujer que será. Y aunque sé que me alejaré dando taconazos, invocando colapsos que ya llevo en mi interior, la miro como un milagro.
Y aunque sé que me alejaré dando taconazos, invocando colapsos que ya llevo en mi interior, la miro como un milagro.
Ocho años. Yo he recuperado a la persona que fui antes de conocernos. Ella levanta pesas. Sostiene el templo de su propia vida. Se ha inventado una fortaleza que la supere, que la sujete. “Necesito algo más fuerte que yo”, dice. La miro y pienso en los aeropuertos, en las rotondas con ángeles porfiristas, en mis mudanzas en tacones, en los cuartos sin ventanas, en los folios sin futuro, en los barrios llenos de carritos con niños primero y de borrachos después, en los baños sucios de discotecas solitarias, en los taxis oscuros y la fuerza loca de quienes queremos resistir. Pienso en algo ya extinto. Pienso en los vestidos sucios que aun guardo en cajas, en los armarios de pronto pequeños,  en los blister, y las maletas, y las minifaldas, y las madrugadas, y los insomnios, y los abandonos, y las otras mudanzas, y las muchas veces en que quiero volver a casa, aunque ya no sepa a cuál.  Mirándola, pienso en las personas que he destrozado sin aprender nada. Pienso en los incendios y las jaulas. En las paquidermias y las vajillas, en las madres que no seré y las muertes que tendré. Me soplo la yema de los dedos, acaso para apagar el fuego que llevo todavía dentro. El hambre, la candela. Eso que mata y resucita y que yo todavía no sé llevar con la elegancia de un bolso de asas.  
Nos separan muchas vidas, las muchas mujeres que hemos dejado de ser. Y sin embargo, nos preguntamos, ambas, si llegaremos a los cuarenta
La primavera llegará, pienso mientras la veo beber un café con leche y unas pocas  patatas se desmayan en ese plato estropeado que ninguna ha tocado. Mi cerveza se derrite y mi cajetilla de tabaco se vacía. Nos separan muchas vidas, las muchas mujeres que hemos dejado de ser. Y sin embargo, nos preguntamos, ambas, si llegaremos a los cuarenta. Yo la escucho hablar, me planto frente a un espejo que me resulta familiar. No necesito explicar, ni ella a mí tampoco. Dejamos de creer, ya no esperamos nada, excepto sobrellevar lo que sea que esté dentro de nuestros corazones. A mí solo me queda este incendio. A mí sólo me queda arrastrar y derretir. Y no sé porqué, pienso que a ella le ocurre algo similar, aunque tenga tiempo para cambiar el rumbo. Ser infierno es, a su manera, un parentesco.  Un aire de familia.


Es miércoles. No hace frío y las terrazas chisporrotean como un sartén con trozos de carne muerta para asar.  Yo llevo tacones y ella la cabeza rapada. La primavera llegará como un recuerdo o un parentesco. El aire caliente lo anuncia. Sí, algo sopla en Santa Engracia.

miércoles, 4 de enero de 2017

Saber llover ... O por qué las personas no pertenecen a nadie (*)

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Una imagen de la escena final de la adaptación que hizo Blake Edwards de la novela de Truman Capote, Desayuno con diamantes (1961).



"Estoy loca por Tiffany's…nada malo podría ocurrirme allí” (Holly Golightly).

A Manakin, heredera de Gorrión.

Cae el final de una tarde de invierno, casi la víspera de Reyes. En una misma jornada se cumplen dos plazos: el último día de unas vacaciones breves y la fecha de regreso que marca un billete de avión. El sol está a punto de esconderse y deseo escribir sobre Holly Golightly, la protagonista de Desayuno con Diamantes. Quizá algo sobre sus collares de perlas con croissant; acaso de los almohadones a los que ella arranca las plumas, histérica, vestida con un modelo rosa intenso de Givenchy; probablemente unas líneas sobre su costumbre de abandonar gatos –seres libres, como ella- en medio de un basurero mientras arrecia una tormenta o, todavía mejor, sobre esa idea, que crece en ciertos corazones desterrados, al imaginar que nunca nada malo podrá ocurrir en la vitrina de Tifanny’s. Ya sabéis... lo que padecen quienes ansían no pertenecer a nada ni a nadie y terminan enamorándose de cosas que brillan con la intensidad de lo que ya no existe de la misma forma.

Cae el final de una tarde de invierno, casi la víspera de Reyes. En una misma jornada se cumplen dos plazos: el último día de unas vacaciones breves y la fecha de regreso que marca un billete de avión

Cae el final de una tarde de invierno, Zidane cumple un año al frente del Real Madrid y los merengues disputan ante el Sevilla los octavos de Copa del Rey. El clarinetista de mi barrio se planta en la esquina de Espoz  y Mina –mi vida, casi siempre, está ligada a alguna guerra- … e interpreta Casta Diva. A punto estaba de invocar a Norma cuando escuché aquellos acordes. Inquieta, me asomo a la ventana, como un gato que alguien abandona en un basurero. En pijama, vigilo. Miro lo que me rodea sólo como podrían hacerlo aquellos que, como Hollly, creen que conseguirán vivir por el solo hecho de darse de bruces contra sus propias ensoñaciones, algo parecido a lo que hacen las personas con los propósitos de enmienda y los calendarios sin estrenar. 


Cae el final de una tarde de invierno. Tomo asiento ante el ordenador. Me gustaría escribir de Holly Golightly y su ropero de hermosas mortajas, pero también deseo –con fuerza- poner en orden mis sentimientos sobre Else Schwiefert, esa mujer que escribe cartas a un hijo cuya muerte ignora en las páginas de Tú no eres como las otras madres (Errata Naturae y Periférica). Cae el final de una tarde de invierno y el cielo se queda como quienes arrancan a llorar: a gusto,  limpio y despejado. Cae el final de una tarde de invierno. Me gustaría contar cómo un día de mayo de 1962,  María Callas conoció a Marilyn Monroe en el cumpleaños de JFK. Me apetece escribir sobre esos sitios en los que no estuve, que no conozco y que en nada tienen que ver conmigo… acaso porque nada malo puede ocurrirme en ellos.

Cae el final de una tarde de invierno. Escucho al clarinetista llover. Y aunque hoy no hay luna ni muérdago, algo se rompe: un diente, un hueso, el cordón de un zapato o las venas de mis muñecas. Entonces ocurre, comienzo a llorar. Lo hago justo en el arpegio de Casta Diva, esa plegaria que Norma canta a la luna ante la inminente guerra, la suya y la de su pueblo: “(...) a noi volgi il bel sembiante, senza nube e senza vel...” (a nosotros vuelve el bello semblante/ sin nube, ni velo). Loca y amargamente, lloro. Casi como lo hacen aquellos que beben demasiado: con desconsuelo, soltando las babas y los escupitajos de quienes parecen haber olvidado la forma exacta de derramar su desesperación ante la sensación que surge al sentir vivamente algo.

Loca y amargamente, lloro. Casi como lo hacen aquellos que beben demasiado, soltando las babas y los escupitajos de quienes parecen haber olvidado la forma exacta de derramar su desesperación ante la sensación que surge al sentir vivamente algo.

Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes. Justo en el día final de unas breves vacaciones –la fecha de los plazos cumplidos- algo crepuscular se convierte en explosión. Esta mañana he peinado con la mirada el cabello de mi madre –pensé, entonces, que no la abrazaba lo suficiente porque mi cuerpo apenas  toca su rocosa belleza-. También hoy, en la Terminal Cuatro  de Barajas, intenté detener con la mente un equipaje lleno de leche, pan, conservas y cuchillas de afeitar. Las dos veces quise llorar, arrancarme de mí, pero sólo me salió un abrazo que tenía más de espasmo que de caricia. Así andaba yo esta mañana, con mi gato -¡Gato! ¡Gato!, ¿recordáis?-y mi pinta labios: esparciendo tristeza  y escaramuza en mi propio basurero con tormenta.

También hoy, en la Terminal Cuatro  de Barajas intenté detener con la mente un equipaje lleno de leche, pan, conservas y cuchillas de afeitar. 


En la escena final de la adaptación que hizo Blake Edwards de la novela de Truman Capote, con Audrey Hepburn y George Peppard, Paul Varjak (el escritor interpretado por Peppard) detiene el taxi en el que Holly pretende huir al aeropuerto. Varjak lleva en el bolsillo, cual granada, un anillo de Tiffany’s. Sí, un solitario de pedida: una argolla, una sujeción.  Holly, que fuma como una loca, ni se da por enterada de todo cuanto ha hecho: obviar a Varjak, pero acaso más profundamente a sí misma y a la vida que pasa a su lado como un ruido. En ese momento delirante en el que ella ha arrojado al felino –su alter-ego- por la ventana, Varjak espeta, todavía con el anillo en el bolsillo: “Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula – dice con el codo apoyado en la puerta abierta del taxi- ¡Bueno nena! Ya estás en una jaula. Tú misma la has construido, y en ella seguirás vayas a donde vayas porque no importa a donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma”.




Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes. Justo en el último día de unas breves vacaciones –el final de un plazo-, revienta en mi corazón lo que no estalló en la Terminal Cuatro de Barajas cuando vi que aquella maleta de 22, 8 kilos se marchaba sin que yo pudiera detenerla con mis superpoderes de mujer imbécil. Ahora, justo cuando escribo esto, alguien viaja en dirección contraria, alguien cruza dos veces la misma hora en la que lloro mientras aporreo el teclado. De qué sirve escribir si no es posible detener el equipaje con la mirada o desmayar a las ranas en los sueños de la infancia. Claro... las personas no pertenecen a nadie. Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes, cuando yo también arranco, histérica, las plumas de mi almohadón. Porque, como Holly, pienso que nada malo podrá ocurrirme si me mudo a vivir a la vitrina de una joyería.

De qué sirve escribir si no es posible detener el equipaje con la mirada o desmayar a las ranas en los sueños de la infancia. Claro... porque las personas no pertenecen a nadie.

Cae el final de una tarde de invierno y los octavos de Copa del Rey están por disputarse cuando me convierto en el gato y el vertedero. Cae el final de una tarde de invierno, mientras alguien cruza el día en dirección contraria –las dobleces del Atlántico, ya sabéis-. Cae el final de una tarde de invierno. Clavado en la esquina de Espoz y Mina con Plaza del Ángel, el clarinetista sigue soplando mientras yo arrecio, como esa lluvia que no sabe, siquiera, llover como es debido. Cae el final de una tarde de invierno, poco antes de la víspera de Reyes. No te vayas, por favor. No te vayas. Y así me quedo, sin pinta labios, technicolor ni MoonRiver. Así: abrazando con locura un gato que se ciñe al plazo vencido de un billete de vuelta. Claro.... esas cosas ocurren, porque las personas no pertenecen a nadie

(*) En la primera versión, este texto se publicó con el título "Saber llover ... O porqué las personas no pertenecen a nadie". El uso de esa fórmula es incorrecto.