sábado, 11 de octubre de 2008

Medellín, mon amour

"Porque los muertos no hablan.
Porque los muertos están muertos, y no se ven"
Antonio Ungar. De ciertos animales tristes
Sesenta padres nuestros le costó a Patricia entrar en España. Por más que intento sacar la cuenta, no me da. A dos padrenuestro por minuto, el funcionario de inmigración se habría demorado media hora sólo en ella, lo que se me hace bastante improbable. De ser lo suficientemente creyente y ágil, podría haber rezado tres padrenuestros por minuto, lo que haría bajar el tiempo de casi media hora a 18 minutos, que aún me parece inverosímil. Pero ella insiste y se planta en sus sesenta. Sí, que fueron sesenta padrenuestros . “Lo que pasa, mami, es que eso fue hace doce años, cuando todas las que llegaban de Colombia venían a trabajar de putas”.

No sé si Patricia venía desde Medellín con la idea de trabajar como tal, o si era sólo una suposición del funcionario, lo cierto es que pasó el control . “Y lo peor es que el hij’ueputa español ése de inmigración se asomaba por el mostrador, me veía y decía: pero es que con 25 años, y de Colombia, ¿me va a decir que no viene a trabajar como prostituta?... Hiju’eputa, ése”, refunfuña con su acento paisa y sus ojos delineados. Salir de Colombia, lo que se llama salir, no fue del todo fácil. Una prima, que se había venido a Málaga cuatro años antes, la convenció de cruzar el charco. De “asistente administrativo” en una inmobiliaria gringa en Medellín, con 500.000 pesos de sueldo, Patricia había pasado a ganar 100.000 haciendo cualquier cosa. “Debía de todo: al lechero, al de la mazamorra, la hipoteca de mis papás. Así que dije, bueno, lo intento… Y lo peor, es que Medellín estaba que brillaba en esos años, gracias a Pablo”. El tan familiar Pablo al que se refiere como si de un primo se tratara, es Pablo Escobar Gaviria, el mismísimo jefe del Cartel de Medellín.

En palabras de Patricia, Pablo es prácticamente un prócer. “Le dio plata a la gente pa’ que acomodara la entrada de Medellín y le pusiera piso a las casas; agarró a los pelaos que no trabajan y les dio trabajo… Eso sí, era narcotraficante, pero él ni mataba, ni le ponía los cuernos a su mujer ni le dejaba meterse nada a la gente que trabajaba con él. Él lo decía muy claro, yo produzco lo que los americanos quieren consumir, pero usté no se meta esa mierda”. Según Patricia, el entierro de Escobar (ella le sigue llamando Pablo) fue apoteósico. Ella lo vio más de una vez. Además de ir a su entierro, fue personalmente a conocerlo a una calle de Medellín en la que, a veces, cuando andaba de político, se ponía a saludar gente, repartir cochinos y regalar casas. “Es que ese hombre era bueno, imagínese que hay quien dice que él sigue vivo, porque a mucha gente en Medellín le siguen llegando ayudas, que si cochinitos bebés pa’ los del campo, que si plata pa’ la familia del enfermo… Yo creo que debe ser su familia, que sigue ayudando a la gente que tanto lo quiere. Aunque hay gente que dice que está vivo”.

“Ya tengo doce años acá mi amor. Me casé, tengo una hija. ¡Y hasta soy española!”, dice Patricia con ínfulas de empresaria. Se remueve en su silla, se incorpora, busca un cuenco con agua tibia mientras camina dando golpes de avispa. Está inquieta, le gusta escucharse. El alquiler del local, más el sueldo de las otras dos, le da una suma alta, pero ella compensa. “Como aquí, mi amor, en ningún lado”. "¿Volver? No mami", me dice. Ella a Colombia no regresa, excepto de vacaciones. En tres años han matado a su hermano, su tío y su primo, todos por arma de fuego, en Medellín. “Esos hiju’eputas me mataron a mi hermano pa’ robarlo, a mi tío pa’ quitarle el camioncito… Y a mi primo, bueno, a ese sí, porque estaba metido en vainas de droga”. ¿Volver?, “¿pa’ qué mi amor? Con esa racha de muertos, ¿pa’ qué? Dígame reina, ¿volver, pa’ qué?”. Antes de terminar, se pone de pie, fantasea con Medellín y su bandeja paisa. Patricia titubea, mira a los lados y vuelve. “Pero sabe,¿mami? De verdá, que no le miento, ese Pablo sí que era buena gente m’hija. Ése sí m’hija, ése sí”.

Pago lo que debo y salgo a la calle. Miro a ambos lados, cruzo la avenida. Todavía no entiendo nada. No entiendo.

4 comentarios:

María Antonieta Arnal dijo...

La verdad que esta historia se puede aplicar muy bien a los venezolanos. La situación de hoy está igual que en la de Medellín.

El hombre del sombrero gris dijo...

... y el titulo del post esta genial!

leonardo dijo...

Uno no entiende. Y las personas que te encuentran en su camino, tampoco entienden. Ellas no sabrán nunca nada de tí. Y cruzas la calle y la acera se hace corta y cuando el bus pasa sobre el charco y los salpica a los dos (o tres o cuatro) ahí como que crees entender por una frágil fracción de segundo, alguien maldice y crees entender, ver el bosque.

Pero al final uno no entiende.



Buena letra. Que calitripa. Saludos ansiolíticos desde la hora del hambre. Y la linkeo con aviso y sin protesto a mi blog.

L.

Acá escribo: http://obrasincompletas.wordpress.com

le pongo el link porque blogger no me deja logearme desde lo que escribo. Pero, shhhh. No digas que soy yo.

sara leon dijo...

que bueno de verda, enhorabuena, es la radiografía exacta de la gente de las comunas de medellín, de verdad nuevamente que bueno.