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domingo, 3 de agosto de 2014

Barbitúricos ciudadanos

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Una maleta nunca es la misma. Cobra una nueva existencia en cada equipaje; vive de lo que alguien aprisiona en sus correas. Late, pesada, con el pulso de su carga. Puede vérseles tropezar en sus coreografías, como barrigas de peces que caen sobre los terminales de los aeropuertos. Todo lo que ellas contienen es frágil. Son eso: equipaje, el sobrepeso de las buenas intenciones. 
A su alrededor, pasan los viajeros, inspeccionan en ellas un distintivo: la marca prolija con la hora y el destino del vuelo, o la simple etiqueta aeroportuaria. Las miran bien, las protegen. Luego las dejan ir, no sin antes pasar lista a la combinación: esa despedida implícita de sus cerrojos. 
Una maleta nunca es la misma; son ese vuelo a punto de partir, ese montón de ganas envueltas en papel plástico. En eso pensaba mientras me vestía con el chaleco fluorescente de los que tienen algo que declarar. Llevaba conmigo toda la furia del mundo, la fiebre más roja de todas. Pero mis párpados son más fanfarrones que mi voluntad. Dejé mi pasaporte en el mostrador. Bajé a la pista. Obedecí.
Allí estaba, de pie, frente a mi ultrajada ballena, viendo cómo un funcionario de la Guardia Nacional venezolana se daba el último gusto –al menos conmigo-. Levantaba los cerrojos con fruición. Tac, tac. El funcionario me apuntaba con su verde uniforme, con su cartelera de medallas en el pecho; el arma en el cinto y el país desangrado en sus cartucheras. Pero de qué vale maldecir, ¿de qué vale?, pensé. El distinguido auscultaba, husmeaba sólo como suele hacerlo la autoridad cuando está muy ocupada, precisamente, en ser La Autoridad. “¿Por qué tantos libros?”, increpó. Quise decirle que llevaba toda la coca del mundo en esas páginas. Pero soy cobarde. Obedezco fácilmente. 
Me contuve, miré mis cosas revueltas: libros, cajas de cigarrillos, suéteres que no sirven para el frío, objetos inútiles, lugares portátiles. En medio de la pista del aeropuerto Internacional Simón Bolívar vi desfilar mi vida, las escasas pertenencias que habrían de atravesar el Atlántico conmigo. Sentí, de pronto, estar frente al vientre abierto de una ballena que se deja tocar las vísceras. Sentí pudor, quise cubrirla y cubrirme. Y aunque quise muchas cosas, no hice ninguna. Y aunque desee patear a los perros antidroga, escupir al distinguido, arrebatarle de sus manos mis sujetadores y camisas. Aunque quise, no lo hice. No le pedí ni una sola explicación. No alcé mi dedo. No le pregunté cuántas balas suyas llevan nuestro nombre escrito. No le pregunté nada. No quise refugiarme en la solidaridad de los civiles; todos a mi alrededor actuaban igual. Todos éramos minoría. Monté un pie en la baranda de seguridad, sólo por darle a mi postura algo de rebeldía. El resto fue sólo obediencia.
Una maleta nunca es la misma, su pasajero tampoco. Compartimos una indefensión de pescadería. Alguien nos descuartiza, nos abre en dos, nos jurunga, nos ultraja. El día que tomé mi primer avión a Madrid, entendí de qué están hechas ciertas despedidas. La mía fue eso: aquel puñado de mierda y vísceras; aquel litoral acabado; ese país insolvente al que no pude devolverle si quiera una lágrima.
-¿Pollo o carne?
-Pescado, por favor- le respondí a la azafata.
 (*) Este texto lo escribí hace ya casi ocho años. Va por ustedes, por nosotros. 
(*) La imagen es de 2006. El cadete completaba un Cadáver exquisito. En una 'vaina' que inventamos, cosas de ésas, que se podían hacer. Si yo 'hecho'/'echo' (añorar es construir) de menos un país, es ése. Y por ése apuesto. Por ése ansío (ya, ya sé... que la RAE no deja acentuar el pronombre demostrativo, pero 'me la suda'). Por ése añoro; como hoy... y casi todos los días. 

viernes, 28 de marzo de 2014

Manzanas verdes

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De un tiempo a esta parte, cuando veo manzanas verdes, pienso en mi hermana. Las odia. Y razones no le faltan. Son ácidas, bastante más duras que el resto e incluso tienen la propiedad de azotar los dientes solo como el papel aluminio lo hace con las amalgamas de los dientes.
Compro manzanas a diario, siempre dos. Golden Royal, las amarillas.  Mientras las escojo en la frutería de mi barrio, repaso con la mirada los muchos otros tipos que se ofrecen lustrosas y muy ordenaditas en bandejas de papel: la roja tipo Blancanieves; las Fuji; la variante amarilla lowcost de la Golden Royal; las reinetas… y al tropezarme con las verdes, invariablemente, pienso en mi hermana.
 Desde hace ya muchos meses, es poco lo que se consigue en Caracas. Todo escasea –el gobierno, la ley, el orden, la justicia, el respeto-, pero en los anaqueles de los supermercados el asunto se vuelve mucho más concreto y justamente por eso más grave.
La última vez que nos vimos, hace ya un par de meses, mi hermana y yo solíamos hacer el mismo recorrido, una peregrinación minuciosa por los distintos automercados para buscar en cuál de todos habría papel higiénico, leche, detergente, azúcar, café, aceite, harina, servilletas... Casi nunca conseguíamos lo que buscábamos, acaso sucedáneos. Volvíamos a casa después de hacer una larga cola para pagar los diez artículos permitidos por persona.
En esos días, mi hermana compraba manzanas rojas, de esas que tienen una textura porosa y una cáscara a veces borgoña, a veces amoratada. No eran las mejores, pero al menos se conseguían. Desde hace unas semanas desaparecieron. Sólo hay verdes. Manzanas verdes. Ácidas manzanas verdes.
Por eso cuando escojo fruta, siento el impulso de comprar manzanas rojas. Quizás porque ese gesto me hace pensar que la haría feliz. Pero no llevo ninguna, solo las dos de siempre, las meto directamente en el bolso. Antes usaba bolsitas transparentes; ahora no: contaminan –eso lo aprendí de ella-.
Salgo de la frutería pensando, siempre, lo mismo: a mi hermana solo le quedan manzanas ácidas, duras, pequeñas. Manzanas injustas. Entonces la imagino, incansable, al volante de su carrito azul. Intento pensar qué siente cuando no puede llegar a su casa porque una manifestación ha cortado el paso o una manada de Guardias Nacionales dispara gases lacrimógenos contra el edificio en el que vive. A veces me da por preguntarme si estará haciendo sus experimentos o si cruza la autopista; si ha ido a las reuniones en las que, me cuenta, algunos de sus colegas comparten la angustia del hijo preso o aporreado, o acaso a las muchas marchas a las que asiste –nunca ha dejado de acudir-.
De noche, con los ojos muy abiertos por el insomnio, me pregunto qué hace, dónde estará, si estará bien, si alguien la sigue, si podrían robarla o hacerle algo. Me la imagino, sola, recorriendo supermercados de anaqueles vacíos y haciendo una larga cola en la que conseguirá poquísimas cosas. Comienzo a dar vueltas en la cama. La mente se dispara paranoica y temerosa, en la oscuridad de una madrugada lenta y chiclosa.
Entonces me repito, con cierta ingenuidad y estupidez, que mañana -mañana sí-, compraré manzanas rojas. Al menos una dulce y jugosa, tan distinta de las verdes, esas piedras ácidas que mi hermana masticará, acaso acostumbrada ya a la cáscara agria que recubre los días en Venezuela.

domingo, 9 de marzo de 2014

Va, pensiero

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Para ti, que me enseñaste a escucharla.
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Un Quijote convertido en guiñol pide que el ministro Wert sea llevado al Tribunal Internacional de La Haya. No sabe uno si el asunto da para tanto, pero casi. A su alrededor, un grupo de niños no muy convencidos miran al  octogenario titiritero con cara de terror. Son las once de una mañana con sol y algo parecido al buen tiempo. El Paseo Recoletos está lleno, a ratos. Más de 80 asociaciones ligadas al teatro, el cine o la música han convocado una manifestación por la“dignidad” de la cultura, uno de los muchos sectores afectados no sólo por los recortes sino también por el aumento de hasta 13 puntos -en el caso del cine y el teatro- en la reforma fiscal que el gobierno de Mariano Rajoy puso en marcha en 2012. Los peluqueros y las funerarias sufrieron el mismo revés. Pero ya se sabe, la gente puede elegir no asistir a un concierto, pero no detener el crecimiento del cabello o la llegada de la muerte.
Emparentada con las protestas que han hecho sectores como el educativo o médico en los últimos meses, y que se han bautizado como mareas, esta ha decidido llamarse Marea roja. Y no sabe uno si es porque lo cultural, de forma atávica y casi peyorativa, ha sido considerado en España un territorio de la izquierda, de progres y rojos, o porque el color algo dice de cualquier acto creativo. En tal caso, esta no ha sido ni marea, ni roja; y no por hacerle de menos a los artistas, sino porque la última cosa parecida a un oleaje de semejante color en el Paseo Recoletos ocurrió cuando España ganó la Eurocopa por segunda vez consecutiva, en 2012. Que no pasa nada. Que no hay por qué darse golpes de pecho ante el hecho de que el fútbol atraiga a más gente; así que de Marea Roja la cosa pasa más bien a poza pintona.
Subo y bajo por el Paseo Recoletos. Un grupo de alumnos de conservatorios ejecutan melodías amables, de esas que la gente escucha por absorción –Albinoni en su mayoría-. En otro escenario, algo más abajo, un hombre aporrea un cajón y una niña improvisa malabares. Un sonidito de organillo, acaso de paso doble y feria, hace que todo parezca confuso, casi folklórico. Camino sin convicción. Y no porque no crea en lo que dicen –vivo de esto, soy periodista cultural- sino porque un tufillo extraño tiñe el ambiente.
Escoltado por un hombre que le da vigorosas palmadas y le llama candidato, el diputado de Izquierda Unida, Cayo Lara, baja dando zancadas. Me acerco e interrumpo su paseo. Él piensa que deseo un abrazo. O una foto. Y en verdad no sé si lo que deseo es preguntarle cómo es posible que su partido acepte dinero del gobierno venezolano –lo más lejano al progresismo que existe en el mundo- o si preferiría pedirle de regalo para mi padre el pin que lleva puesto. Opto por la segunda opción, es menos complicada, más neutra . El pin en cuestión es una bandera republicana hecha con lápices, un guiño a mi padre -y su fascinación por lo que esos colores significaron alguna vez- y también al acto independiente que un objeto para escribir encierra. Le pido el pin a Cayo Lara, quien me sonríe con una dentadura inverosímil, como de hormigón. Lo siente, sólo tiene ese. El hombre de las palmadas sigue llamándole candidato y yo quiero fumar. Me alejo. Él se queda,  con su pin prendido en el ojal de la americana, y recibiendo el round de peloteo de su compañero de paseo.
Una vez en Cibeles, dudo. ¿Subo y me hago con un sitio para lo que realmente he venido a ver o me siento a leer en un parterre bajo el sol? Decido hacer ambas cosas: subo a escoger un buen lugar desde donde escuchar la versión de Va pensiero que interpretarán la Orquesta Sinfónica y el Coro de Ciudad Real y me siento en el borde de una acera. Abro entonces el libro de Félix Romeo que desde hace días leo y releo. El ejemplar es amarillo y muestra al escritor aragonés, vestido de negro, de pie y muy erguido, mientras tapa uno de sus ojos con una mano. Por qué escribo (Xordica), reza el título, es una recopilación de los textos que publicó en prensa Romeo antes de morir. Me detengo en uno, titulado El cielo no se desploma, en el que Romeo habla de cómo a la escritora húngara Agota Kristof la risa le permitió darse cuenta de que el mundo seguía girando tras la muerte de Stalin. A mi lado dos señoras intentan fotografiarse con un teléfono móvil. “Que está muy de moda, pero es demasiado difícil”, dice una de ellas tratando de hacer el selfie dominical. Tendrán ambas la edad de mi madre. Ayer hablé con ella. Me contó que llevaba ya 15 días sin salir de casa y que ahora, a diferencia de unos días, la Guardia Nacional estaba entrando a la fuerza a las casas y los edificios a llevarse presos a los estudiantes que han participado en lasprotestas caraqueñas de las últimas tres semanas, que ya acumulan 21 muertos. Sé que a ella le gustaría estar aquí. Ama el Nabucco y si a mí también me gusta es gracias a ella. Y sé que a ella, como a mí, el Va pensiero –el canto de los esclavos- que está por sonar significa cosas muy distintas de lo que para la gente aquí reunida.
Leo y espero bajo el sol. Transcurre media hora. Comienzan a llegar los músicos. El coro. Los manifestantes. Alcalá está, ahora sí, apretada y concurrida. Apenas y puedo moverme. El maestro de ceremonias sube al escenario. Y la gente aplaude, grita Sí se puede, Sí se puede, Sí se puede. Miguel Ríos lee un comunicado. Exige al Estado garantizar la cultura como derecho. Y sí, razón podrá tener, pero parpadea en mi cabeza la idea de que una cultura capaz de financiarse a sí misma es más independiente que esa otra que crece con dinero público. Pero yo no he venido a esto. Sólo a escuchar una melodía. He venido a hacer lo que siempre cuando quiero ver a mi madre: escuchar opera. Quienes arengan callan y un coro soleado emprende la que sigo pensando es una de las más hermosas composiciones que he escuchado jamás: “Va, pensiero, sull'alidorate” (Ve, pensamiento, con alas doradas…)
Y aunque el coro del tercer acto habla en verdad del pueblo judío y fue escrito por Verdi en la Italia de la unificación, hay en esas palabras una astilla propicia para arder en cualquier época. “Oh mia patria sìbella e perduta!/ O membranza sì cara e fatal!”. (¡Oh, patria mía, tan bella y tan perdida!/ ¡Oh recuerdo tan querido y tan fatal!). Que hable de las orillas del Jordán y las torres derruidas de Sión puede que sea lo de menos. Va, pensiero es la melodía de la pérdida. Los judíos añoran su tierra, como otros la suya. Ellos atraviesan el largo exilio cantando mientras les exhortan a tener fe: Dios destruirá Babilonia. Y quizás por eso, por la idea confusa que producen juntas la fe y la distancia, la pérdida y la persistencia, al escucharla, los pulmones se llenan de aire y las ganas de cantar se confunden con las de gritar. Pero hoy no grito. Me mantengo de pie. Con una mano  sostengo el móvil con el que grabo un vídeo para que mi madre lo escuche y con la otra me limpio dos potentes lágrimas que me bajan por la mejilla. “Va, pensiero, sull'ali dorate”. Las señoras que intentaban fotografiarse me miran. No entienden por qué lloro. Mejor así. Mejor.

miércoles, 15 de enero de 2014

Exile Hangouts: Cuatro escritores venezolanos sobre la diáspora

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Pittsburg, Estados Unidos, 4.30 de la tarde, cinco grados. Madrid, nueve y media de la noche, ocho grados. Israel, diez y media de la noche, 15 grados. En Venezuela, desde donde nadie habló, eran las tres y media de una tarde nublada con 27 grados. Todo ocurrió al mismo tiempo en cuatro países y, a la vez,  en ninguno. Lo que se dijo, se dijo en la red... ese lugar al que van los deseos, trasegados y confundidos con la omnipotencia de la que gozan los dioses y los fantasmas. El martes 14 de enero de 2014,  cuatro venezolanos -Israel Centeno, Juan Carlos Chirinos,  Juan Carlos Méndez Guédez y Liliana Lara-, todos ellos de edades distintas –uno de 55; dos de 47 y una de 43-, se sentaron frente a la pantalla de un ordenador. ¿Qué les unía además de una ciudadanía y una conexión a Internet? Tres cosas. Un oficio: los cuatro son escritores. Una condición: los cuatro viven fuera del país. Y un tema: el exilio, esa vida –acaso esa otra forma de escribir- que supone reinventarse lejos del lugar de origen.
Titulado como Exile Hangout, el conversatorio en línea fue convocado por la revista digital Sampsonia Way, editada por City of Asylum, una organización radicada en Pittsburgh que se dedica a dar apoyo a aquellos escritores amenazados por sus opiniones y textos. Esta no ha sido la primera entrega. Ya hubo una anterior, en 2013, con escritores y creadores cubanos –exilados, por supuesto- en ocasión de una antología literaria que recogía sus textos. El motivo de este segundo encuentro, aunque travestido en ocupación y preocupación literaria, se vio envuelto en el espíritu del anterior: el quehacer de quien decide –o es obligado a decidir- marcharse.  
Más de medio millón de venezolanos vive hoy fuera de Venezuela, la cifra más alta en la historia de un país que acumula apenas dos siglos de vida como república y que ha experimentado en los 15 años del proyecto político del chavismo un lento, progresivo y doble desangramiento: el que ocurre puertas adentro y el que se derrama en Maiquetía. De esa percha se sujeta esta reunión sin mesa ni territorio. De ese gancho cuelga esta crónica, acaso imposible, de lo dicho en cuatro ciudades distintas. Y aunque hay algo de paliativo, acaso ortopédico, en este debate en línea, -incluso en el propio gesto de reseñarlo- una necesidad más potente sutura la cicatriz que semejante simulacro supone: el país, idiota; que diría Miyó Vestrini. Sí, el país, eso que urge entender.
La conversación comenzó como los festines de pan duro: atragantándose. Las palabras, aunque podrían, no siempre son sinónimas y esconden, como la vida de quienes las usan,  matices. Ninguno de los convocados salió de Venezuela al mismo tiempo, tampoco por las mismas razones. Chirinos y Méndez Guédez partieron hace casi veinte años. Liliana Lara hace diez. Centeno apenas dos. Y son  esas diferencias –ignoradas, imperceptibles para quienes escuchan- las que se cuelan como una carraspera en el auditorio de la banda ancha.
El escritor Israel Centeno, moderador del Hang Out, fue el primero en hablar. Y lo hizo no con una sino con varias interrogantes. ¿Qué adjetivo escoger para dar nombre a quienes se marchan? ¿Exilados? ¿Extranjeros? ¿Migrantes? ¿Asilados? ¿Diáspora?, preguntó en voz alta recorriendo con los ojos un teclado invisible que le entierra la mirada en una esquina de la pantalla. Centeno, quien vive en Estados Unidos desde 2012 luego de haber sufrido agresiones físicas y amenazas contra él y su familia por motivos políticos, colocó esas palabras en el aire sin aludir ni en una ocasión a las razones que explican por qué está sentado, él también, frente a ese monitor que no mira de frente y en el que se reflejan en miniatura sus otros interlocutores. Liliana Lara, quien  vive en Israel desde el año 2002, respondió en un primer turno: “Yo no me considero una exilada política. Me fui mucho antes de que todo estallara, quizás por otras razones, aunque sí considero que la lectura de la diáspora es política”.
“Yo salí en 1997 como estudiante, no como exilado. Ahora, cuando regreso a Venezuela me siento como un exilado y en España me siento como un inmigrante”, responde Chirinos, desde Madrid, apretado en una pantalla de video. “En Venezuela –agrega, desde otra cajita, Méndez Guédez- existe un exilio real. Hay asilados, también presos políticos, porque los hay. Esas listas negras, también las del mundo cultural, existen. Yo estoy orgulloso de pertenecer a ellas, porque no canto alabanzas a una revolución llena de muerte. Existen también los exilios voluntarios, como aquellos en los que Mutis y Bryce escribieron sus obras. El problema es que la palabra exilio ha cambiado”. Un salto en la conexión crea un hueco. Chirinos toma la palabra para redondear un concepto que podría parecer blando o informe –desprovisto de su gravedad original- en un mundo donde ya no se envían cartas ni la gente cruza el mar en vapores, y que sin embargo muta en algo más complejo. “Morfológicamente, Venezuela parece una democracia, pero en verdad pone en marcha una serie de métodos que obligan a quienes viven en ella marcharse”, dice.
Y una idea brota entre los cuatro,  la misma: en Venezuela, los verdaderos exilados no están fuera sino dentro. Son los que viven en espacios reducidos, asfixiantes; sitios que ya no son tales; calles en las que ya no caben todos. “Antes de salir de Venezuela, ya yo sentía que no estaba en mi país. Los venezolanos que viven en Venezuela están, en realidad, más exilados que aquellos que están fuera”, dice Israel Centeno, que intenta empujar la conversación, sacarla de un callejón y conducirla a otro en el que quepa la idea de la literatura venezolana. Sin embargo, un tema más denso insiste, se fija, estalla en otras preguntas -en el fondo apretadas en la misma cuestión: la pertenencia-.
¿Estando fuera se puede opinar de lo que ocurre en el país? ¿Tuvo sentido, para algunos,  tender puentes –cuando era posible-? ¿Cómo se ejerce la ciudadanía en un país que invisibiliza a quienes disienten? La conversación se anega, se trepa, reproduce un cuarto imaginario en el que el agua llega al techo. Se superponen temas  –patria, país, pertenencia, derechos, distancia- o acaso uno solo, atravesado por aguijones que hacen todavía más difícil definir qué es esta diáspora que todo lo impregna –que vacía hogares y crea familias de Skype- y que recientemente ha reunido sus testimonios literarios en la antología Pasaje de ida (Alfa, 2013).
“Desde la radicalización de 2002, cuando se comenzó a hablar, como los maoístas, de Revolución Cultural, y después de los episodios de Llaguno, me di cuenta de que gobierno y Estado en Venezuela eran una misma cosa, así que decidí que nunca participaría en una evento realizado por el gobierno (…) Por eso creo en ese otro país de libreros, editores, estudiantes, profesores y ciudadanos que crean, que hacen otras cosas, que resisten (…) Y por eso no me gustan los discursos épicos ni truculentos sobre el exilio. Yo estoy fuera, pero desde fuera también se construye país, ese que todavía nos pertenece. Y mi actitud consiste en la celebración de esa Venezuela en la que se crean y se hacen cosas, esa Venezuela en la que hay plátanos fritos”, dice Méndez Guédez refiriéndose a la anécdota del texto con el que participó en Pasaje de ida y que se recrea en un sabor, una sensación, una dulzura tan potente como lo es, a veces, la melancolía.
Una larga lista de preguntas de internautas se acumula. ¿Es más complicado publicar fuera de Venezuela? ¿Existe una literatura venezolana visible en el exterior? ¿Interesa a los departamentos de estudios literarios lo que los venezolanos han escrito y escriben? Liliana Lara habla de una invisibilidad completa –idiomática, prácticamente- de las letras criollas en Israel. Chirinos y Méndez Guédez hablan, sí, de una literatura venezolana cada vez más apreciada en España a pesar de no gozar de canales ni espacios oficiales para darse a conocer –o incluso teniendo que sobrevivir a la invisibilización a la que la somete los que ya existen-. La noción del escritor exiliado como dueño de una obra a la vez que divulgador de una tradición literaria aparece, se perfila, se hace clara. Sin embargo, otra, acaso la más lúcida, estalla en la boca de Israel Centeno.
La precariedad que supone la distancia hace necesaria una tradición -acaso antes denostada por sus propios herederos- que hoy sirve de ropaje y escudo. Se trata de algo tan reñido con la pertenencia como con la visibilidad. Otros países –Argentina, México, Colombia, Perú- entienden y usan a los escritores que les precedieron -incluso a las generaciones anteriores pero todavía activas- como un árbol genealógico que los explica y los sitúa y cuya existencia grupal supone una forma de avanzar en lugar de una competencia entre iguales. Esa, insisten, es una realidad cada vez más obvia y necesaria producto de un aprendizaje forzado. Más claro no pudo decirlo Centeno: “Hemos dejado de ser parricidas, estamos aprendiendo a nombrarnos”. Acaso por necesidad -u orfandad- la distancia corrigió la miopía literaria patria.
En el reloj de la barra de herramientas marca el tiempo de una hora que no es la misma para quienes conversan, pero que avanza y se consume para todos por igual –los minutos, como el oxígeno, arden de la misma forma en todas partes-. En Pittsburg, son ya las seis. En Israel, las doce. En Venezuela, desde donde nadie habló, son las cinco  de una tarde, todavía nublada, con 27 grados. En Madrid son casi las doce y todavía hace frío. Los cuatro escritores han dado por cerrado el debate después de una despedida rápida y sin aspavientos.  En la pantalla del ordenador la caja de vídeo del youtube se queda oscura, apagada, ausente, bobalicona. El cursor tartamudea, necio, en el documento de Word. La página parece más blanca hoy que otras veces. El teclado ametralla una idea, sólo una, en el folio: diáspora. Nunca, como esta noche, una palabra fue tan confusa ni una madrugada tan fría.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Una bicicleta, una escopeta y una gorra tricolor

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"Vosotros lo tenéis todo, yo sólo tengo una escopeta"
Rafael Chirbes. En la orilla.

Suelo venir todos los días, por la misma razón. El vaso de café es más grande que en el resto de las cafeterías de la zona. Y eso me gusta. Las primeras veces la pasaba muy mal. En la barra solía sentarse –como ahora- un grupo de jubilados mañaneros,  una tropa de madrugadores abuelos que dejaban pasar el telediario con bocados lentos a un churro mojado en coñac. Al comienzo, sus chistes me molestaban. Irrumpían en mi despertar con un graznido de pantuflas que con el tiempo he aprendido a querer.
Pero hoy, justamente hoy, he recibido la mala noticia. Harto de las astillas, el dueño del bar ha tirado a la basura los grandes vasos de grueso cristal, los mismos que me han aficionado al lento desayuno de las ocho en el número 67 de la calle Atocha. No están. Han desaparecido. Al menos eso me ha explicado el camarero cuando le he reclamado por el repentino y minúsculo café que me sirve en un triste vaso de caña. Con resignación bebo una mierda de café que dejaría a medias de no ser porque comienzo a necesitar más el ambiente del bar que la cafeína de la mañana.
Remuevo el bebedizo con desgana, esperando a que la espiral que forma la cuchara disuelva las diez pastillas de sacarina con las que enveneno mi café. Tardan en desaparecer. Son resistentes las muy jodidas. Las inspecciono. Permanecen todavía visibles en el café negruzco que Antonio, un camarero más portugués que gallego, me sirve con su castellano ininteligible y sus raros chistes. “Hoy menos leche, porque la vaca está de vacaciones”. Nunca le digo nada, como tampoco digo a los abuelos que se carcajean, felices o no, de su madrugador aburrimiento. En el fondo les quiero. Y no sé por qué. Antonio hace lo que siempre. Sirve el café y exclama: "Opa-ya".
Hoy, además del café diminuto, algo más trastoca la rutina: estoy de vacaciones. A diferencia de otros días, dispongo de un tiempo bobo, ese que sirve para ver cómo una china engulle porras a la vez que vacía con enjundia sus fosas nasales con el dedo índice que le queda libre; con el medio y pulgar sostiene su grasienta columna de harina y azúcar, con el índice se dedica a hurgar. La imagen me da asco y me entretiene. Las dos cosas juntas no pegan pero forman parte del paisaje. Además,  hoy tengo tiempo, de sobra.
Cuando he comprobado que la sacarina está disuelta, una voz captura mi atención. Un jubilado, que podría ser ese o cualquiera de los diez que acuden todos los días -¿serán intercambiables?-, habla con el camarero. Lo hace a gritos. No sé por qué, habla del pasado –casi siempre lo hacen, pero esta vez es diferente-. Cuenta una historia de hace muchos años que no es suya. Será la de algún primo o un hermano, alguien del pueblo –no dice cuál-, un lugar que me parece a mí tan remoto como ahora le parecerá a él. Como tengo tiempo, afino el oído.
-Imagínate cómo sería entonces salir de España- dice el abuelo.

-Ya… -dice Antonio, el camarero, mientras pule uno de los nuevos y miserables vasos.

-Yenus –no sé a quién se refiere, ni siquiera sé si se escribe así- tuvo que vender su bicicleta y la escopeta.

-¿Para pagarse el viaje? –le responde Antonio.

-No, ¡para hacerse el pasaporte!
Algo muy dentro me dice: pregunta, pregunta. Pero el cabreo por los vasos de caña me espanta la vocación. Además, estoy de vacaciones. Bebo, con sorbos pesados y malhumorados. El abuelo no dice nada más. Otro, quizás mayor que él, habla de su familia. La que se marchó a Argentina. Saco el euro treinta del bolsillo y lo dejo en la barra. Doy las gracias y me marcho.
Camino por la calle Atocha, todavía con la idea de la bicicleta y la escopeta, rara combinación de un equipaje precario. Hago lo que todos los días: dejo un cigarrillo en la mano gruesa de una mujer gorda y estropeada que pide en las puertas de la iglesia de San Sebastián, cruzo en dirección de la Plaza del Ángel, esquivo vidrios rotos, respiro el aire frío de una ciudad que nunca llegaré a reconocer como propia y que amo justo por eso. Avanzo hacia la plaza Jacinto Benavente, la del barrendero de hierro, la misma donde aparcan el 32, el 6 y el 26. Esquivo a los alemanes borrachos y miro directo a los ojos a una morena prostituta que acumula años y maquillaje en los párpados.
Busco un regalo para mi sobrino. También otro para mi hermana y uno para mi hermano. Mientras bajo por la calle Carretas, me repito: una bicicleta y una escopeta. ¿Para pagar el viaje? No, el pasaporte. Una chica sin piernas me pide dinero. Una mujer ciega me pide una ayuda. Una chica de gafas me da un empujón, otra con los ojos pintados me pisa los talones. Estoy de vacaciones, me repito, mientras paladeo la bilis dulce que tienen las calles del centro al amanecer: charcos de vómito, restos de vidrio, remolinos de ropa abandonada.
Llego a Sol. Me distraigo con el calor que desprende la luz de las diez. Me dejo llevar. Estoy de vacaciones, repito, como si me sacudiera una rara culpa de encima.  Saco un cigarrillo, lo enciendo. Levanto la mirada. Un hombre con gorra tricolor, como la que usan Henrique Capriles y Nicolás Maduro, fuma junto a otros que llevan chaleco reflectante. Ellos dicen comprar oro; el de la gorra tricolor solo lleva colgada de una cinta una pequeña cartulina inscrita con una palabra, una sola: Cadivi.
Su negocio, acaso más discreto que el de los hombres que trabajan para la decenas de casas de empeño de la zona, consiste en pasar una tarjeta a aquellos turistas venezolanos que lo soliciten. Ellos piden mil. Él les da 900. Los cien quedan como comisión. Vender vergüenza a cambio de fe. Las pocas monedas que autoriza el gobierno venezolano, rematadas en un zoco a los incautos que quieran –o intenten- esquivar una norma que no les permite usar lo que les pertenece.
Paso de largo, subo por la calle Preciados. Entro en la tienda del Real Madrid. Busco algo para mi hermano. Un almanaque, un souvenir, algún objeto que le haga feliz y que no me vacíe el bolsillo. No me planteo una camiseta. Le he regalado miles. Hago la cola, paciente. No hay un solo español en la fila de clientes. Una mujer embutida en unos jeans blancos se demora. Pide, por favor, que inscriban la camiseta con el nombre de su sobrino: Lenin Alexander. El encargado le explica. Cada letra supone un recargo. Ella hace cuentas. Bale le sale más barato; y no lo duda. “Sí, sí… ponga eso, Bale”. Lleva tres camisetas. Acaso unos 300 euros en tela blanca fabricada por Adidas que harán más rico a Florentino Pérez y  que al cambio negro supondrán como tres salarios mínimos cada una. ¿Le compensa? Sí, supongo. Le compensa.
Viene a mi mente la bicicleta, la escopeta, la gorra tricolor. Podría, si quisiera, marcharme. Pero no lo hago. El modesto calendario que llevo, y acaso la fragancia oficial del Real Madrid, harán feliz a mi hermano, que necesita poco para sonreír. Al fin llega mi turno, pago. A mi lado, la mujer de pechos hinchados y culo prieto espera sus camisetas. Yo sólo quiero una bolsa más grande, más bonita, para que mi regalo parezca decente. Salgo a la calle. Miro el sol. Me entretengo con el bienestar que produce la luz. Camino, fumando sin ganas, hacia Sol. El hombre de la gorra tricolor sigue allí. Me pica la curiosidad, y acaso la bicicleta y la escopeta.
Pero no. Hoy no. Estoy de vacaciones. En dos días vuelo a mi ciudad. Puede esperar. Sí, puede –creo- esperar. Bicicleta. Escopeta. Me repito mientras camino, de vuelta, a casa. ¿Compensa? No lo sé. Simplemente… no lo sé.

domingo, 5 de mayo de 2013

No son los zombies, soy yo


Debo hacer enormes esfuerzos para evitar la televisión. No siempre, claro. Me ocurre cuando me siento sola: al terminar de leer un libro o cuando lucho con la página en blanco del eterno capítulo siete de una novela a la que aún no puedo hincarle el diente. Me ocurre cuando me pillo por banda. Cuando miro el techo durante más de un minuto o mientras me ducho sin ganas.
Pasa también cuando estoy cansada –cada vez más-. Entonces me derribo sobre el sofá con la misma fuerza con la que, en la calle, patearía un perro o iniciaría una pelea. La televisión me anestesia,  me produce una hemorragia que me vacía de a poco. Y cuando la veo me quedo así: seca, en paz.
Tendría sus ventajas la televisión de no ser porque, a la vez que me seda, me derriba. Todo frente a ella me ocurre sin efecto. Me dejo llevar por los informativos –esa idea de que la vida le ocurre a otros- y los capítulos de la serie Walking dead, en donde un grupo de supervivientes mata monstruos como moscas –me gusta verlos golpear, atravesar, desangrar; me relaja- a la vez que libra una lucha contraotros vivos.
En su versión del Apocalipsis de San Juan, que publicó el año pasado con Península, Vicente Verdú se pregunta por la popularidad de los zombies. Dice el escritor que nos hemos convertido en una sociedad muerta en vida, llena de heridas sanguinolentas, que arrastra los pies en la noche de los tiempos. Me quedo con esas palabras: la-noche-de-los-tiempos.
Como hace dos o tres años lo hicieran los vampiros, hoy nos inundan mareas de individuos verdosos. Seres sin voluntad ni pensamiento que se arrastran por ahí con una sola intención: comerse a un vivo. Son fáciles de matar uno a uno pero en multitud son letales.
Cuando amanezco bien del corazón, es decir, sin ganas de dar empujones a quien me obstruye el paso o de retorcerle la oreja al niño que chilla en el metro, camino por la calle con algo parecido a la extrañeza. Y me parece que quienes me rodean son caminantes, zombies lentos y numerosos de los que yo también formo parte. Algo parecido a la resignación se empoza en mi estado de ánimo.
Entonces llego a casa y pierdo otra batalla. Descubro lo que a veces sospecho por la calle: que mis sueños son brutales y mis fantasías (vistas con el rabo del ojo de la sinceridad) preocupantes. Sólo ahí, tranquilita viendo mis zombies, noto que cuando oigo una palabra deseo su opuesto: justicia, venganza; reconciliación, revancha; igualdad, reajuste; libertad, desenfreno.
Mientras veo el Telediario –insisto: la vida que le ocurre a otros-, me descubro de a poco levantando el labio, enseñando el colmillo. Vuelven a mi mente las palabras: la-noche-de-los-tiempos. Estoy lejos, a kilómetros de distancia de un salón enorme donde gente vestida con banderas golpea a otras. Entonces ocurre. Otra vez el reverso de las palabras; esas ganas de golpear y empujar. El muerto viviente que llevo dentro o el superviviente que aprende a matar para seguir con vida.
Soy hija de gente mucho más valiente que yo. Y me doy cuenta, así, cuando me veo desde fuera: arrastrando mis pies, gruñendo en secreto, anhelando que la vida fuese un video juego en el que pudiese cargármelos a todos. Me pellizco. Intento, como sea, volver en mí. Pero ahí sigue la tele, apagada, demandante, pidiéndome otra vez la hemorragia que me deja quieta.
La-noche-de-los-tiempos. El país de los muertos vivientes. Gente que mata gente. Vivos que reinan sobre otros. Lo veo. Aparece en mis sueños. Envuelvo a mi familia en una servilleta. La protejo en un bolso imaginario que va conmigo a todas partes. Cruzo la calle. Estoy a salvo, pienso. ¿Pero de qué?
Últimamente debo hacer enormes esfuerzos para no ver la televisión. Para que la vida no sea lo que ocurre a otros. Para que esto negro –muy negro- que se me trepa por la garganta no sea lo que sospecho. Que no sea, por Dios, lo que creo que es.
Ya lo he dicho, veo zombies. Pero no son ellos, soy yo, quedándome dormida, de a poquito, en la-noche-de-los-tiempos.

sábado, 9 de marzo de 2013

Caballo negro




Era negro y estaba ensillado.  Lo miré desde el suelo, derribada tras una larga lucha. El pelo del caballo era brillante: carbón aceitado, reluciente bajo un sol de media tarde. Una silla repujada con adornos de cuero trenzado se sostenía gracias a la cincha apretada sobre el vientre oscuro. Intenté ponerme de pie para mirarlo de cerca, pero apenas y pude levantarme. Me quedé  tumbada sobre la tierra seca, incapaz de moverme. Nubes de polvo amarillo se levantaban con el viento  alrededor del corcel negro, todavía impasible.
No hacía frío y sin embargo lo recuerdo así. El dolor entero del cuerpo, la falta de fuerza en los brazos, las piernas muertas. Alguien  a quien tuve que hacer frente había pasado por allí y me había machacado, pero no lo suficiente como para no poder darme cuenta de que, sea lo que hubiese ocurrido, estaba yo peor que cuando comenzó todo. El jinete había desaparecido, ¿dónde estaba?  Ahora no podía saber si en su lugar vendrían miles o si me quedaría yo, varada, para siempre, en aquella tierra perdida.

El caballo seguía ahí, como si esperara una orden. Algo en él parecía poderoso, amenazante. De pronto mi atención se desvió por completo hacia sus patas largas; la cola negra y quieta; la crin suelta; las riendas colgantes y flojas.  En otro lugar, aquel caballo habría sido hermoso. Pero su oscura estampa  escondía mañas o muertos. Algo raro.

 Después de mirarme, todavía yo en el suelo de un lugar del que no sé nada, el caballo abrió los ollares, resopló,  y echó a andar; primero paseándose frente a mí de un lado a otro, como para asegurarse de que le viera bien, de que grabara en mi mente el movimiento de sus patas robustas y su negra grupa.  Después echó a correr, veloz y furioso. Lo vi alejarse; con miedo. Como si se tratara de una versión positivada de los caballos blancos, heroicos,  de Tovar y Tovar. Pero éste ni era blanco, ni llevaba jinete. Tampoco corría desorientado. Adonde quiera que fuere, llevaba el aspecto de una bestia que no necesita dueño ni bridas.
El caballo negro se alejó, como una fuerza oscura que dibuja una línea negra y continua  en el fondo del horizonte. Corriendo, ensillado y decidido,  el corcel se alejó quién sabe adónde.

                Me había acostado muy tarde. Cuatro y media. Quizás cinco de la mañana. Llevaba escribiendo desde las siete de la tarde la crónica de la muerte de Hugo Chávez.  La anunció su sucesor, a las 4.25 de la tarde, hora de Caracas –casi las diez en Madrid-. Ya tenía lista una parte; la había escrito después de contarle al director que hoy se daría a conocer la noticia. Y aunque ya había comenzado, me faltaba lo peor: enterarme. Así, en vivo y directo: enterarme.

Escribí bebiendo, lo suficiente como para mantenerme despierta; para resistir a la página en blanco y los fantasmas rojos. Mientras tecleaba y buscaba cifras, datos, palabras esterilizadas y quirúrgicas que me defendieran, todo me vino a la mente. Un río bravo de gente muerta anegándose en la pantalla. El sol apretado de las caminatas por autopistas cerradas. La vida seca de los que tuvieron que marcharse o reinventarse.  La bandera como una camisa tendida. El himno nacional –cómo quise escucharlo-.  No sabía qué hacer ni dónde colocar todo cuanto sentía. Me fui a dormir con la crónica escrita, el cuerpo maluco y la cabeza en otra parte.

Desperté todavía con la imagen del caballo negro  corriendo furioso. Y como en el abatimiento del sueño, las veces que intenté, no pude levantarme de la cama. Sentía el cuerpo cansado, como si yo también en la vigilia hubiese luchado contra alguien.  Volví a pensar en los caballos de Tovar y Tovar en la Batalla de Carabobo que decora el techo del Salón Elíptico del Palacio Federal. Un mes o dos semanas antes, había hablado con un amigo sobre esa pintura. El país se parecía, dijo él, a uno de los caballos ensillados y sin jinete que corrían en medio de casas arrasadas y soldados muertos. Caballos asustados. Caballos sin jinete en una estepa yerma. Pensé también en las bestias de ojos abiertos que pintó Michelena en el Vuelvan caras. Caballos, caballos, caballos… bestias perdidas  en medio de una guerra de montoneros y caudillos.

Lo que no llegué a entender, ni esa mañana ni ahora, fue el color oscuro de mi caballo durmiente. No era una imagen alegórica. No se parecía al corcel blanco que de niña intentaba dibujar en el escudo bajo el haz de espigas y las espadas. Entonces era más difícil representarlo, porque a diferencia del actual, aquel no corría: doblaba el cuello, resistiéndose indómito contra algo. Pero ni los caballos que crecí dibujando en un block Caribe de hojas blancas  ni los que he visto pintados por Tovar y Tovar o Michelena tienen el aspecto del que he soñado. El mío parecía, acaso, un caballo cuervo; un mensajero que espera, posado sobre sus cuatro patas, a que algo ocurra y que vemos alejarse  mientras permanecemos derribados  en la estepa de un mal sueño tras una lucha.

sábado, 13 de octubre de 2012

Madrid, 13 de octubre. Seis años




Me daba a mí por imaginar cosas, por buscar palabras y anotarlas en libretas, por pensar que era posible contar historias como en verdad ocurrían. Me tomaban por sorpresa los ancianos con acordeones, las estaciones de metro de Argüelles y Moncloa , los autobuses bajo la lluvia, las calles inundadas por paraguas y las farolas sin sueño del paseo pintor Rosales a las dos de la mañana.  Entonces siempre llovía y yo siempre pensaba en volver.
Pensaba que las cosas eran rápidas y sencillas y que las historias se escribían solas. Que ellas nos escogían para contarlas y no que había que cogerlas, fuertemente, como se hace con las palabras cuando se desbocan. No entendía yo que lidiaba con caballos a dos patas. Ignoraba cuán fuerte había que tirar de las riendas para que cada párrafo no echara a correr cuesta abajo.  No sabía yo que esta vida era una doma.
 Cuando llegué aquí  tenía mucho menos claro el sonido de las multitudes y el valor que van cobrando los días cuando se juntan, unos junto a otros, año tras año, como un conjunto invisible de verdades que se revelan, amarillas, sobre las paredes. No entendía el valor de una habitación con ventanas, cuán importante es una noche continua de sueño o el abrazo recuperado de a quienes en verdad echas de menos.
Aprendí a perder. A darme cuenta de que perdía lo aprendería mucho después. Perdí la costumbre de las libretas y dejaron de sorprenderme losancianos con acordeones. Todavía me impresionan los aviones y los autobuses bajo la lluvia. He perdido la costumbre de salir a caminar bajo la noche y también la idea de que las historias se cuentan solas.
Cuando llegué aquí, hace seis años, no pensé que quien se marchaba de un lugar lo hacía de esta forma, tan como si no ocurriera. Porque comienzan a llegar los días en que los regresos se parecen cada vez más a las visitas. Y cuando menos lo esperas,  descubres que has estado marchándote demasiado tiempo.
Me bajé de un avión en la Terminal 4 de Barajas, hace seis años. Era un trece de octubre. Llevaba entonces, creo, dos maletas llenas de ropa que no abrigaba. Y entonces creía que iba a algún sitio. Pensaba cosas definitivas que debían cumplirse en plazos más o menos  perentorios. Pero los días, como los equipajes, se extravían. Y cambian los viajeros de sitio como los aeropuertos de año. En mi país siguen gobernando los mismos –ya no sé si les odio o si sólo les he dejado quedarse con todo-, en mis libretas ya no manda nadie.
Aún extraño a los mismos que eché de menos ese día, y el siguiente a ése, y a ése y a ése. Todavía lloro cuando llueve y, aunque creé estas crónicas –los barbitúricos ciudadanos las llamé, a los pocos días de llegar- aún no me queda claro cómo ni cuándo voy a encontrar valor para contar esta historia como en verdad ocurrió.