sábado, 12 de marzo de 2011

Heroínas, o estas ganas de llorar a palos

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Siempre madres, putas, ninfas o rehenes para comenzar una guerra. Muy pocas veces el arte Occidental se ha detenido a mirar a la mujer emancipada. Ha preferido explorar sólo esa parte del repertorio femenino. Las otras estampas, esas otras imágenes, han permanecido sepultadas bajo toneladas de un maquillaje cultural de colores planos, insuficientes…

Perfumería de la cultura de masas aparte, la exposición Heroínas, en el museo Thyssen- Bornemisza, se propone, esta vez contradiciendo su tufillo museo-mausoleo o museo como cajón de frivolidades (síndrome reciente de las exposiciones temporales del Thyssen, por cierto), aportar una lectura distinta al grueso libro de planas y estáticas visiones que sobre lo femenino hemos aportado, recibido, reciclado y reutilizado, al menos hasta finales del siglo XIX.

Quien espere de esta muestra una nueva entrega -nunca suficientemente irritante- del mundo femenino explicado a lo Cindy Sherman, puede devolverse o entrar tranquilo. La excesiva ferocidad de tampón higiénico (A. Noiva rules) –para los que no recuerden esa Bienal de Venecia, click aquí- de algunos feminismos derivados del conceptualismo de los años sesenta –Guerrilla Girl’s y compañía- han hecho tanto daño a la interpretación de la figura de la mujer como las visiones pintoresquistas a lo Frida Kahlo, e incluso el propio machismo, entendido en su concepción patriarcal.

En Heroínas, en cambio, el género es una anécdota. Algo más poderoso y potente está por delante. ¿Puede una mujer que pasea con su Mp3 a cuestas sentirse una Bacante? Sí. Eso y más… La soledad y sus nuevas versiones; la locura; la furia o la enajenación pero también las visiones propias reactualizadas en el presente… Todos estos temas son vistos a través de un prisma menos propenso al sectarismo y a la ya acostumbrada propuesta aquelarre a la que nos tienen condicionados algunas artistas militantes.

La primera sección de la muestra está dedicada a la soledad, una condición sine qua non que define a la heroína. Algunas la escogen, otras la padecen. Y en ese tránsito, podemos ver a una potente Penélope hecha por Émile Antoine Bourdelle. Enmarcada por el rótulo Solas a sus espaldas, la estatua de mujer de bronce y cuerpo macizo reivindica el espíritu original de la reina de Ítaca. Por antonomasia, o deformación literaria, Penélope encarna el modelo de la fidelidad, de esa mujer pasiva que espera al héroe ausente. Hasta el siglo XV solía representársele sentada, con la cabeza apoyada en una mano, cual desvalida y encadenada amante. Sin embargo, a la Penélope de Bourdelle nos la encontramos levantada, en señal de autonomía, de retadora prepotencia. La miro, la rodeo. La encuentro más parecida a la astuta mujer que a la pobrecita y expectante esposa. Esta Penélope desteje de noche la labor del día no para darle tiempo a Ulises de llegar, sino para evitar así el tener que casarse, otra vez.

Me gusta pensar en la Penélope de Bourdelle no como aquélla que protege el reinado de Ulises en el trono de Ítaca y en el rectángulo de su cama, sino como una mujer que engaña justamente para ser libre, para seguir siendo la tejedora de una soledad fructífera, sólo suya, que terminará por liberarla, o al menos, no le hará contraer nuevos yugos a los ya adquiridos.

En la misma sala se crean lecturas diagonales entre piezas. Tan solo hace falta darse la vuelta. Girar un poco desde la Penélope de Bourdelle para toparse de sopetón, con Habitación de hotel (1931) de Hopper. En el lienzo, una mujer joven lee los horarios de un tren sentada en la cama de la estrecha habitación de un albergue. La mujer se ha quitado la ropa. Ha dejado los zapatos en suelo y el sombrero en el pechero, en pleno gesto de llegada. No se tumba en la cama, tampoco deshace el equipaje ni cierra las cortinas. Permanece, cual reina de un no-lugar, porque es su soledad la única cosa que realmente inunda la habitación que da nombre a este lienzo.

En el texto del catálogo, el comisario de la muestra dice, en ocasión de esta rubia pasajera de hoteles y estaciones: “Las heroínas modernas de la soledad ya no se identifican con Penélope, sino con Ulises. No esperan al héroe ausente; se convierten en él”. Un peso de mudanzas e incendios a mis espaldas suscribe cada letra y cada sombra alrededor de esta imagen, tan poderosa como abrasiva.

La sección siguiente, dedicada a Las Cariátides, pasa de embelesarse on las pétreas diosas que sostienen con su cabeza los techos de los templos. No. Aquí aparecen mujeres fuertes, sí, tan duras como una piedra, que ya no con su silueta sino con su trabajo sostienen una arquitectura social y familiar: campesinas, trabajadoras, mujeres decimonónicas que distan poco de las que hoy pueblan los vagones de metro con ojos raros y hambrientos.

Brotan así estampas desconocidas, incluyendo el retrato La muchacha del palo rojo (1932), de Malévich, en donde el artista ruso retrata con formas simplificadas las siluetas remotas de las campesinas que vio en los campos de Ucrania, donde pasó parte de su juventud. Y uno avanza con esa sensación de estar, permanentemente, ante un probador: quitándonos y poniéndonos los trajes de otros tiempos que todavía rugen en el armario de nuestros días. Una imagen sobresale por encima de todas: Las Bacantes o Las Ménades, vistas entonces y ahora. Siempre aparcadas en el corredor del eros más incontrolado, tenemos por Bacantes a aquellas hermosas y bien alimentadas ninfas que enloquecían, a lo lejos, en sus salvajes trances de excitación. Las Bacantes: mujeres capaces de todo, con sus espigas coronadas por piñas, ese símbolo que está por encima de la naturaleza y su lógica y que imparte, brutal, la destrucción y su deseo más profundo.

Cortesanas de Dionisiso, a las Bacantes se les ve despedazar y engullir a Orfeo, pero también pasear por las calles de una ciudad europea cualquiera, vestidas con un vaporoso y melancólico vestido azul. Me refiero al personaje de una video-instalación de la artista suiza Pipilotti Rist (Elisabeth Charlotte Rist). Ever is over all (1997), muy similar a otras piezas suyas como I'm not the Girl Who Misses Much (1986), Rist nos coloca frente a una mujer hermosa, de cintura mínima y zapatos de charol rojo que avanza, risueña, con una larga vara. Parece una flor, aunque me da a mí por pensar que es una espiga, también coronada con una piña.



Usando este objeto como lanza, la delicada mujer revienta los vidrios de coches aparcados. Y cuando golpea, lo hace sonriente al compás de una música sublime, tensa como cuerda para ahorcar. A mitad de camino, una policía, también mujer le saluda sonriente, como incitándole a romper con más fuerza, con más saña. Ever is over all es una pieza cargada de poesía que llueve sobre los espectadores de un cuarto oscuro, que entran y salen, como si aquel concierto de rabia apenas fura capaz de tocar sus abrigos.

Me detengo, largamente, frente a esta imagen. Miro a los lados, me pregunto cuántas veces no habré querido hacer lo mismo sin gozar del valor o la locura suficiente. Repaso los modelos de zapatos de tacón bajo mi cama. Recoloco en mi memoria los rojos tacones de charol, el último regalo. Los zapatos que he malgastado tantas veces en una calzada repetida, predecible, civilizada. Pienso en mis tacones rojos de charol, listos para avanzar en modo demolición. Y en estas cuatro paredes me siento todo a la vez… feroz y extraviada transeúnte, silenciosa espectadora, deudora de algo que respira en estas formas que podrían ser objetos de arte de no ser lo que son… este probador lleno de bellas y mostrencas parientas.

Parientas… rabiosas parientas de ojos grandes y espigas coronadas por piñas. Furiosas parientas de sábado por la mañana. Desde entonces, algo en el aire me huele a vidrios rotos, un aroma dulce, como el de los panes dulces en el desierto de la infancia. Como no tengo hijos y soy mi propia criatura, no me queda más que esta rara herencia de cristales y várices; esta rara forma de llorar mirando hacia adelante. Yo, a diferencia de Marina Abramovic no tengo un padre muerto en los Balcanes, tampoco llevo una blanca bandera ni demoro mi silencio a campo traviesa. Y sin embargo miro a una línea imaginaria. Y sin embargo miro, con estas ganas de demoler sacudiéndose dentro de mi corazón.

6 comentarios:

Carolina Sánchez Pulido "Stranger" dijo...

Lo femenino en todo su esplendor, la fortaleza-debilidad, la seguridad-fragilidad, la pasión-intelectualidad, las ganas de seguir descubriéndose una misma, de encontrarse en otras reflejada, dibujarse "¿cada vez más cerca?" de lo que somos. Con este texto me conecto encontrando una respuesta a un largo viaje, encajando en tus palabras, encontrando lo que quiero decirme y no sabía cómo decirlo, este viaje que seguirá, aún cuando estamos estacionados, por un momento, en un lugar, ahora tiene otra respuesta.

La KSB dijo...

Saber que hay un viaje, que estás en medio de un viaje, es de por sí un alivio.
A veces, no sé porqué, atormenta la sensación recurrente de dar vueltas, y vueltas, y vueltas. Ha de ser por eso que a veces prefiero romper cristales.
Oye... entré en uno de tus blogs y esto (con la foto de los chuck) me encantó:
"De variOs CoLorEs parA qUe nuncA Se mE OlvidE que cAmInAr, tAmbiÉn eS vOlAr"

Adriana dijo...

lo mejor de esa muestra es, definitivamente, tu narración.

deberías grabarla, montada sobre tus tacones rojos.

increíble eres

La KSB dijo...

Chase, increíble tú.
No sabes cuánto te agradezco, en un día como hoy, tu comentario.
UN abrazo enorme y my grande.
¿Sigues mirando los adoquines cuando caminas por la calle? Porque yo sigo, peor que nunca.

Doctor Letra dijo...

Gran crónica bandida, gran crónica...

Te dejo unos deberes opcionales, no como los de la escuela.

Si puedes échale un listening a APSE, su disco Spirit...

La KSB dijo...

Doctor Letra.... ¡Ya me preguntaba yo dónde estaba usted! ¡Qué bueno leerle por aquí!
Pues ya mismo voy a buscar esta referencia musical... ¡gracias!