miércoles, 5 de enero de 2011

Hágase su voluntad, ¿la de quién?


El presidente está varado en la mitad de ninguna parte; nunca mejor dicho para un hombre que nació en Rubio, un pueblo de 60.000 habitantes, casi en la frontera entre Venezuela y Colombia; un hombre que habitó, siempre, el lugar impreciso de los que podían amarlo y odiarlo a la vez. Electo dos veces presidente de la República -en 1974 y 1989-, aclamado y denostado con igual intensidad, Carlos Andrés Pérez vivió entre dos países: el que le necesitó y el que renegó. Ahora, el presidente ya no espera la muerte, sino un lugar dónde ejercerla.

Su cuerpo aguarda en una funeraria en Miami hasta que su mujer, la ex primera dama Doña Blanca de Pérez, y la que fue su secretaria privada, amante y fiel barragana Cecilia Matos, lleguen a un acuerdo sobre dónde será enterrado el difunto. ¿Acaso recibirá sepultura en su país o en el islote soleado de un jardín artificial del estado de Florida? Hay exilios que jamás terminan. El presidente está varado, otra vez, en medio de ninguna parte. Está solo, en su caja de pino. Espera, embalsamado, ya no un monumento sino un veredicto. Otra vez.

Exilio, jubilación, pudrición. Si es posible demorar la fermentación de la carne, el estallido de las pústulas, ¿es posible acaso, asumir la paternidad de un muerto? El hombre de las chaquetas, como le llamaron los medios, siempre sucintos en palabras –e ideas-, está muerto. Y lo que es peor, el hombre de las chaquetas a cuadros, el que nacionalizó el Petróleo y el Hierro, el que inauguró las zapatillas de la política exterior petrolera, ése, está muerto e insepulto. El aeróbico andino, el que saltaba charcos y lodazales en campaña, el hombre de la Venezuela Saudita, el mismo que vistió el traje del neoliberal cuando la tendencia era correr la arruga, ése, no tiene ahora adónde ir.

Picoteo sin ganas algunas páginas de Los ángeles blancos, de John Carlin. El vagón del metro traquetea. Me veo repasar mi cabello con un cepillo de cerdas gruesas. Me recuerdo, frente al espejo, en el baño de casa, escuchando la radio mientras separo la melena en trozos hasta acomodarla en una media cola prensada con agua y gomina. Ni un cabello fuera de si sitio. ¡Qué país tan acicalado el de aquellos jueves -¿o los martes?- en los que el presidente se dirigía ante los ciudadanos de la República! No recuerdo la razón. Sólo sé que lo escuchaba. Entonces tenía yo ocho años. Ahora 28. Ya no uso gomina ni escucho la radio. En mi país tampoco hay Congreso ni cosa que se parezca. El vagón traquetea. Y me doy cuenta que recuerdo cosas y gente muertas.

No había terminado el primer año de escuela cuando dejé de asistir al colegio. Primero por los saqueos del año 1989; el país ardiendo por los cuatro costados en los informativos de la tele, mientras la gente destrozaba mostradores y el ejército hacía limpieza a lo Potemkin para tranquilizar a un país agitado como un avispero. Y cuando, al fin, parecíamos acostumbrarnos otra vez a vivir sin incendios, los intentos de Golpe de Estado de Hugo Chávez en 1992 rociaron con gasolina la barbacoa nacional. Los insurrectos llevaron tanques militares a las puertas del Palacio de Miraflores y a nosotros nos alejaron, otra vez, de las puertas del colegio.

Lo recuerdo, todo. O casi todo. La brillante calva presidencial. El sonido de fondo de las marchas extraordinarias que usaban los canales de televisión para anunciar derrocamientos o Coronas de Miss Universo. “Venezolanos, venezolanas…” . Así empezó el presidente Pérez el que sería su último discurso, del que yo sólo recuerdo la imagen nítida de un cráneo reluciente. La política tenía entonces ese reflejo brillante de los santos y las vírgenes. Todo en las fotos brillaba: los rostros de los ministros, las pilas de gente muerta en las fosas comunes de la Peste, los soldados con la tapa de los sesos al aire. Todo resplandecía, como si la República fuera esa Santa galería de rodillas peladas y piernas con clavos, ese lugar imposible donde las cosas nunca han ocurrido, aunque ocurran.

Ahora, el hombre de las chaquetas no se mueve en ninguna dirección. No hay para él un lugar en el Panteón, en ninguno. En su último discurso, insisto, como presidente de la República, el 20 de mayo de 1993, el día en que sentó posición con respecto al juicio abierto en su contra en la Corte Suprema de Justicia por el uso de los fondos de una partida secreta de 250 millones de bolívares destinados para la seguridad de Violeta Chamorro, Carlos Andrés Pérez dijo: “Si no abrigara tanta convicción en la transparencia de mi conducta que jamás manchará mi historia, y en la seguridad del veredicto final de justicia, no tengo inconveniente en confesar que hubiera preferido la otra muerte”.


Ese día, reconociéndose hijo y resultado de la Venezuela que sobrevino a la muerte de Juan Vicente Gómez y retratándose en el butacón nacional como hijo de Rómulo Gallegos, la Generación del 28 y de Rómulo Betancourt, el presidente Pérez hizo recuento y equipaje, confeccionó un repertorio de sentimientos que el tiempo transformó en hechos. “Supuse que la política venezolana se había civilizado y que el rencor y los odios personales no determinarían su curso. Me equivoqué”, dijo Pérez sin imaginar aún que terminaríamos comiéndonos los unos a los otros, con las manos si es posible, en la que ahora podría ser la peor crisis institucional de Venezuela desde la Guerra Federal.

Si bien es cierto el presidente Pérez hubiera preferido otra muerte, ahora no goza siquiera ya no del beneficio de quien puede escoger dónde y cómo habrá de morir, sino de dónde reposarán sus huesos, hasta que queden blancos, blanquísimos, y pulidos. Ni a eso tuvo derecho el hombre de las chaquetas a cuadros. Pasan los días… su viuda y su querida hacen pulso con sus restos, mientras el país se diseca en su propia bastardía. Demasiado acostumbrados a las violaciones militares de las leyes y las instituciones, el ultraje nos resulta familiar. ¿A quién pertenecen los despojos del Presidente en este país de descastados?

Hágase su voluntad. Sí, pero… ¿la de quién?

12 comentarios:

Doctor Letra dijo...

Por momentos te atropella, por momentos te acaricia, como una chaqueta de doble forro: terciopelo y arañazos. Ahondar en otro tipo de comentario sería manchar un texto SUBLIME.

La KSB dijo...

Doctor Letra muchas gracias, por detenerte a leer este post, que tiene mucho de despecho patrio. Quizás por eso parezca una blsa llena de gatos. Un abrazo grande, y otra vez gracias.

NESTOR MENDOZA dijo...

Las contradicciones se repiten: querellas por presidentes insepultos, Asambleas -¿Galleras?- nuevas, y los mismos males de siempre.

Excelente crónica.

Diana Risquez dijo...

"Niña que bordas la blanca tela, niña que tejes en tu telar,
bórdame el mapa
de Venezuela
y un pañuelito
para llorar...
y un pañuelito
para LLORAR."

La KSB dijo...

¿Un pañuelo, una sábana o un sudario?

Noemi dijo...

Espectacular este post. Voy a tomar prestadas las palabras del Doctor Letra:"Ahondar en otro tipo de comentario,serìa manchar un texto sublime"...Asì que como tu dices:"chapò"...

La KSB dijo...

Tía: muchas gracias. Ayyy tía, Ayyy tía .... De qué forma podremos hablar del país sin sentir que se nos va algo con cada palabra.

Juan Carlos Sainz Borgo dijo...

Excelente post... muy sentido, muy sufrido, muy verdad.

La KSB dijo...

¡Cayú!

Doctor Letra dijo...

Me topé con este artículo y me acordé de vos.

http://www.elmundo.es/america/2011/01/08/venezuela/1294446271.html

¿Qué me dice?

La KSB dijo...

Ay, ¡doctor Letra! ¿Tengo que opinar? Ayer, justamente, estaba hablando de este texto de título original, enfoque serio y distinto; esta pieza de un nivelazo que ni el mismísimo Tomás Eloy resucitado. ¿Será que en los últimos 10 años el mundo se ha acostumbrado a vernos como una caricatura?

Doctor Letra dijo...

Bueno, me toca, o tocaba directamente este tema pues tenía familia por Caracas y debido a la llegada al poder de Mr. Chávez tuvieron que hacer maleta y volver a Madrid. Aunque duela admitirlo,todo lo que se por ellos, y a través de diversas lecturas y documentales (lo cual no es demasiado), da justo esa imagen irremediablemente tragicómica para quien es un mero espectador como yo. Un viejo tebeo de los 80...donde un tipo con chandal se cree rey de reyes con un programa de teletienda...