martes, 20 de noviembre de 2007

Pásate, macho, el Marca

Estadio de fútbol Santiago Bernabéu, diez de la noche. La selección española juega contra Suecia en el pase a la Eurocopa 2008. La convocatoria, como todo lo que ocurre en este condominio nacional, es izquierda y derecha a la vez. Oxímoron dentro oxímoron. Cuál selección, mejor dicho, cuál España, si hay como trescientas: con bandera o sin bandera; con Cataluña y sin Cataluña; con País Vasco y sin País Vasco; derechista o socialista; franquista o no franquista; atrasada o modernísima. Como si lo colectivo se tratara de un apéndice: ciudadanos con o sin mostaza.

Las banderas españolas están por todas partes, suena el pasodoble y desfilan las huestes de siempre. A por ellooos, oé. A veces pienso que si pudieran acordar un símbolo nacional dirían todos sin chistar: Que viva España…, con ese golpe de sainete y matadero que tiene todo cuanto hacen. Hoy el bar de la esquina está por todas partes, imponiéndose con su sonido de cotilla, tragaperras y lotería, aunque esta vez –como siempre- vengan a gritar gol.

Aquí ocurre lo que en el congreso, el barrio, la prensa y la calle: una fanaticada que odia al entrenador, critica al héroe y se detesta amorosamente entre sí. ¿Se puede vivir así? Por supuesto. He aquí la muestra. Desde las gradas se distingue un perolero cívico, una colección de aparatos que nadie entiende: Galizia con España, Catalunya con la selección, dicen las pancartas guindadas en las gradas –en gallego y catalán, claro está-.

Un país atomizado toma asiento y se detiene en el bocadillo del medio tiempo. Envuelto en papel de plata, semejante tentempié subraya una costumbre doméstica, campesina, casi obrera, a mitad de camino entre el ascetismo y lo provinciano. Doy vueltas a mi alrededor, ¿dónde estoy?; ¿dónde carajo estoy? Entonces salta Sergio Ramos con un gol de pantorrillas perfectas y me uno, feliz y troglodita, a la escuadra ibérica. Yo también canto sainete y me proveo de un mordisco pródigo –tengo DNI, ¿no?- y con sabor a mortadela.

El partido alcanza su ritmo más alto. Tres a cero. Iker Casillas está aburrido y tiene frío. Calienta, alza las piernas, aprovecha los pelotazos. Está dicho: casi nadie visita su portería. Los niños gritan su nombre para que voltee. De grande quiero ser superestrella. Ganar pasta –acepción coloquial de dinero-. Ser un personaje público. Gran hermano y sus derivados. No los culpo, si yo fuera niño también quisiera el fútbol, y la Fórmula 1, y el polígrafo, y la exclusiva, y la operación de sexo, y el válgame Dios cómo es posible de las vecinas.

En su última columna, al menos la última que se publicó antes de su muerte, escribió Paco Umbral : “En aquel tiempo, por Madrid, los escritores iban de escritores por la calle, porque había una cultura general y viandante como había una pintura visible y catalogable. Ahora, si quieres conocer una verdadera cultura tienes que irte al fútbol. En el fútbol en seguida se aprende algo y los más eruditos recurren al Marca. Es cuando en los tranvías se oye decir al obreraje: «Pásate, macho, el Marca con las alineaciones».

Sentada en las gradas del Bernabéu, entendí a qué se refería Umbral. Entendí cómo podía ser posible que el país incapaz de dirimirse encontrara acuerdo en aquel campo de 107 metros de largo por 72 de ancho, gritándole a once jugadores que viven su propia patria millonaria, aunque eso último, de momento, es lo de menos. Lo importante es la malla, la pelota, las conchas de pipas, el humo espeso de ducados, el sainete, el monarca, el cura, el militar de antes, ¿acaso ahora el portero, el delantero, el piloto de Mclaren, el héroe y el polígrafo? No lo sé. Ellos tampoco. Viajantes, viandantes. No soy de aquí, pero viendo el fútbol lo olvido por unos instantes.

3 comentarios:

actodefe dijo...

eso tiene el futbol.. mucho más que otros deportes de equipo ... amalgama voluntades y las más disímiles personalidades en pro de un objetivo común... España tiene una asignatura pendiente con su selección, el éxito contundente que no acaba de llegar a pesar de los adelantos del deporte español y de su sociedad.

La catarsis en un partido de futbol en un pais futbolero es única e irrepetible.

Y al medio tiempo, el bocadillo de chorizo... hala!!!

Soraly dijo...

Has descrito en su justa medida lo que yo he tratado de explicarme desde que llegué y para lo cual aún no encontraba las palabras precisas. Pensé que eran cosas mías... Es bueno saber que mi olfato sociológico está en buenas condiciones, digo, al contrastarlo con tu crónica. Demasiado buena. Como siempre.

Sofía B dijo...

La tribuna repleta de público durante un partido de fútbol es un espectáculo que te puede mostrar exactamente como es un pueblo.
Amigo del compañero circunstancial, para disfrutar de la victoria o para lamentar la derrota....
Una experiencia deliciosa.
Me alegro que lo hayas disfrutado, y por un rato, te hayas sentido parte de esa algarabía.