sábado, 3 de noviembre de 2012

El medio metro de Marías

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Su entrada es nupcial: lenta, tardía y ceremoniosa. Avanza por el medio del pasillo de la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde ha convocado a la prensa, a las seis en punto de la tarde. Lleva una mano en un bolsillo, la otra permanece a  la vista. Viste una americana azul en cuyo ojal lleva prendido, como siempre, ese raro y diminuto camafeo de esmalte;  le acompaña una levísima sonrisa en el rostro.  Para no gustarle las ruedas de prensa, Javier Marías luce en verdad bastante cómodo. 

Ha sido Premio Nacional de Narrativa por unas horas. Lo que ha tardado el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes español en concedérselo  y él en rechazarlo. Es una cuestión de coherencia, dice él mientras lee un escueto comunicado de cuatro párrafos fechado el 25 de octubre de 2012. No aceptará nada que venga de una institución del Estado, llámese invitación, premio, reconocimiento, puesto, o lo que sea; dice. El último reconocimiento de ese tipo que aceptó fue en tiempos de Adolfo Suárez, en 1979, con el Nacional de Traducción. Tuvo otro, en 1998, que le otorgó la Comunidad de Madrid, pero no lo trae a cuento.

La decisión de evitar al Estado, dice, la tiene tomada desde hace tiempo. Año 1998, cuando resolvió mantenerse alejado de esas disputas que generan los salones del libro y los reconocimientos literarios. Todo esto lo explica sentado sobre una tarima desde donde nos mira, a todos, por encima de nuestra altura real. Nosotros estamos al ras del suelo, él se eleva algo así como medio metro. Y así nos habla, como si ese medio metro le viniera dado.

De habérselo dado, también habría rechazado el Cervantes, dice. Quizás han sido los premios internacionales, entre ellos el premio Austríaco de Literatura Europea o el Rómulo Gallegos, los que lo han hecho sentir menos ansioso por los premios españoles, explica. Pero no se trata de eso. En este país, donde existe la manía de “tergiversarlo todo políticamente”, esto será visto  como un desplante. De eso está seguro y entonces apoya su dedo medio e índice en su sien. Alguien pregunta algo. Marías arruga el gesto. No escucha. Las palabras del periodista no se elevan lo suficiente para llegar al medio metro de altura de más que lo separa de la sala.

Los reporteros insisten sobre si es éste un mensaje para el gobierno de los populares, a quienes ya ha comparado anteriormente con el franquismo, por la magnitud de sus recortes en los presupuestos de sanidad, educación y cultura. Después de aclarar que también lo habría hecho de haber gobernado el PSOE, Marías se despacha a gusto. “El dinero que no me van a dar ya podrían dárselo a las bibliotecas, que este año tienen un presupuesto de cero euros”.

Transcurrida  una hora de preguntas y disparos de cámaras fotográficas, la conferencia de prensa se vuelve circular. Marías repite a Marías. Y su frente, como la de una actriz cansada, brilla de sofoco y cierta extenuación. Un pañuelo, por favor.   El novelista pregunta si existe alguna otra duda más. La verdad es que, si quedan, el micrófono ha dejado de circular hace rato en la sala. El escritor se pone de pie. Un último enjambre de reporteros gráficos se abalanza sobre la tarima. Él vuelve a sonreír, aunque nunca ha dejado de hacerlo del todo, y baja al suelo de mármol, sobre el que sigue caminando, todavía,  con su medio metro de más  pegado a la suela de los zapatos.

sábado, 13 de octubre de 2012

Madrid, 13 de octubre. Seis años




Me daba a mí por imaginar cosas, por buscar palabras y anotarlas en libretas, por pensar que era posible contar historias como en verdad ocurrían. Me tomaban por sorpresa los ancianos con acordeones, las estaciones de metro de Argüelles y Moncloa , los autobuses bajo la lluvia, las calles inundadas por paraguas y las farolas sin sueño del paseo pintor Rosales a las dos de la mañana.  Entonces siempre llovía y yo siempre pensaba en volver.
Pensaba que las cosas eran rápidas y sencillas y que las historias se escribían solas. Que ellas nos escogían para contarlas y no que había que cogerlas, fuertemente, como se hace con las palabras cuando se desbocan. No entendía yo que lidiaba con caballos a dos patas. Ignoraba cuán fuerte había que tirar de las riendas para que cada párrafo no echara a correr cuesta abajo.  No sabía yo que esta vida era una doma.
 Cuando llegué aquí  tenía mucho menos claro el sonido de las multitudes y el valor que van cobrando los días cuando se juntan, unos junto a otros, año tras año, como un conjunto invisible de verdades que se revelan, amarillas, sobre las paredes. No entendía el valor de una habitación con ventanas, cuán importante es una noche continua de sueño o el abrazo recuperado de a quienes en verdad echas de menos.
Aprendí a perder. A darme cuenta de que perdía lo aprendería mucho después. Perdí la costumbre de las libretas y dejaron de sorprenderme losancianos con acordeones. Todavía me impresionan los aviones y los autobuses bajo la lluvia. He perdido la costumbre de salir a caminar bajo la noche y también la idea de que las historias se cuentan solas.
Cuando llegué aquí, hace seis años, no pensé que quien se marchaba de un lugar lo hacía de esta forma, tan como si no ocurriera. Porque comienzan a llegar los días en que los regresos se parecen cada vez más a las visitas. Y cuando menos lo esperas,  descubres que has estado marchándote demasiado tiempo.
Me bajé de un avión en la Terminal 4 de Barajas, hace seis años. Era un trece de octubre. Llevaba entonces, creo, dos maletas llenas de ropa que no abrigaba. Y entonces creía que iba a algún sitio. Pensaba cosas definitivas que debían cumplirse en plazos más o menos  perentorios. Pero los días, como los equipajes, se extravían. Y cambian los viajeros de sitio como los aeropuertos de año. En mi país siguen gobernando los mismos –ya no sé si les odio o si sólo les he dejado quedarse con todo-, en mis libretas ya no manda nadie.
Aún extraño a los mismos que eché de menos ese día, y el siguiente a ése, y a ése y a ése. Todavía lloro cuando llueve y, aunque creé estas crónicas –los barbitúricos ciudadanos las llamé, a los pocos días de llegar- aún no me queda claro cómo ni cuándo voy a encontrar valor para contar esta historia como en verdad ocurrió. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

La Sagrada Familia

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Esta es una Sagrada Familia.  Una pareja inseminada por obra y gracia de un Espíritu Santo, que la  ha credo a ella Virgen de las plataformas e inspiradora de las Drag queens: un prodigio, una mártir.  Señora y madre de un individuo de 38 años; poseedor de unos pómulos sobrenaturales  y de una personalidad adolescente, femenina y enloquecedora: esposo, hija y puddle, todo a la vez.  En este matrimonio no necesitan criaturas, él es todas a la vez. Alaska y Mario Vaquerizo entran a la galería con quince minutos de retraso. Ella lleva un ajustadísimo vestido de colores flúor, medias de malla, zapatos Loboutin y bolso de Loewe. Él lleva unos ceñidos vaqueros rotos y camiseta negra; el pelo teñido, también negro, espeso y abundante peinado a ambos lados de una raya. Mario Vaquerizo da saltitos de alegría, muchos. “Las Nancys rubias han comprado ya tres fotoooooooooooos”. Mario Vaquerizo se abraza con la galerista, un tiarrón con peluca rubia,  tetas, cambio de sexo y taconazos, que le dice a Alaska, a modo de saludo: “te voy a robar ese vestido, te voy a robar ese vestido”. Los periodistas que estamos convocados para la rueda de entrevistas damos vueltas por la sala y miramos las instantáneas de la exposición. La muestra se titula Superstars. Hay cerca de 100 o 150 polaroids. Alaska y Mario comiendo hamburguesas; él de Burguer King, ella de McDonalds. Alaska y Mario en una cama. Bimba Bosé fotografiada de perfil. La hija mayor de Bimba Bosé de frente a la cámara.Fabio Mcnmara con Mario Vaquerizo. Fabio MCnamara de perfil. Fabio MCnamara de frente. El loro del peluquero que los peinó en el reality de MTV. El loro del peluquero de frente. El loro de espaldas. Mario Vaquerizo ya ha tomado asiento. Ni él ni ella han hecho una pausa después de la entrevista anterior. Son quince minutos por periodista. No más. La gente de La Fresh Gallery, en el número cinco de Conde de Aranda en el madrileño barrio de Salamanca, se lo toman muy en serio.


A Mario esta muestra le parece muy entrañable, un diario de sus vidas en estos últimos cuatro meses. Alaska piensa lo mismo, pero no puede decirlo a causa de una afonía que le quita la voz. Está sentada en un taburete, cual gran virgen de sujetador talla 40 que guía a Mario Vaquerizo con sus silencios de madre. Vaquerizo no para de hablar. Está eufórico o vive eufórico. Habla de cuánto le gusta tomar cerveza. De que él viviría para beber cerveza. No le ha importado, dice con voz muy orgullosa,  convertir su vida en una exhibición en estos meses con todo esto del programa de MTV. Eso de enseñar su vida en un reality no tiene nada de particular. Él muestra lo que quiere, dice con retintín de toma ya. Alaska le explica brevemente y en voz muy baja que la pregunta no va por ahí. Que lo que quiere decir la periodista es que, esta vez, para la exhibición ellos están detrás de una cámara y no frente a ella. “Ah, ya. Ya entendí”, dice recuperando la sonrisa. “No me había parado a pensar en eso. Qué buena pregunta”. Aspira con fuerza un cigarrillo. El humo incomoda a su esposa afónica-Virgen-santísima-mártir de la Movida madrileña y continúa: “Bueno, en realidad yo soy muy cotilla, me gusta cotillearlo todo. Por eso mi género favorito son las biografías”. “Ponme una cara sexyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy”, grita el tiarrón con peluca a Vaquerizo mientras le hace una foto con el móvil. Vaquerizo entorna con los ojos, hace morritos, lanza un beso a la cámara y continúa hablando, esta vez de los proyectos que él y su esposa tienen para los meses que vienen. Un nuevo disco de Fangoria que grabarán en otoño –Vaquerizo es el representante de su mujer-. Una gira en argentina. La biografía de Fabrio MCnamara que Vaquerizo está haciendo. “Soy el biógrafo oficial de Fabio Mcnamara; para mí primero está Fabio, después Andy Warhol y después Jesucristo”.
-¿Vosotros dos sois como dos humanistas a tiempo completo?
-¿Humanistas? ¿Qué quiere decir con humanista? No sé qué es eso- pregunta Vaquerizo.
-Un hombre del renacimiento –responde Alaska con hilo de voz.
-Yo es que no sé nada de estas cosas- responde, divertido, Vaquerizo- Imagínate que me enteré qué era el existencialismo por la portada de un disco de John Waters.
A ninguno de los dos le queda tiempo para hacer mucho. Quizás algo más a Vaquerizo, que ahora cuenta divertido cómo su esposa le sorprendió bebiendo cerveza a las diez de la mañana en el baño. A Alaska menos, dice con la poquísima voz que le queda. Apenas y le resta tiempo para matricularse en la carrera de historia que está por terminar. Santa Madonna del sentido común que brilla con luz propia en este bajo exterior convertido en galería. Termina la entrevista y comenzará la otra sin siquiera pausa. Cierro la libreta y avanzo por el pasillo. Me detengo a mirar la instantánea de Señor Burguer King y Señora McDonald's cuando escucho las carcajadas de Vaquerizo mientras afirma. “Andy Warhol es nuestro Dios”. Tengo la impresión de que, desde mi llegada, se han vendido dos fotos más. El tiarrón con peluca amarill, tetas y cambio de sexo limpia las fotos enmarcadas con un pequeño paño amarillo. Todo debe de estar impecable para esta noche. La Sagrada Familia –Madre, esposo y puddle-  tendrá que recibir la adoración en pleno.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Un episodio con fuego del Sr. Hudson




“Si las palabras mueren inéditas en nuestra conciencia   
vienen a ser como señales luminosas caídas dentro de un pozo”.
Enrique Bernardo Núñez. Cuaderno de notas, 1950.   

Lo que pasó con Cubagua fue un enigma. Nadie tiene una idea relativamente fija de aquella novela. En su Panorama de la literatura, Juan Liscano escribe cómo, al momento de su publicación en Venezuela, nadie la entendió.  Osvaldo Larrazábal, en su prólogo a la edición Novelas y ensayos de la Biblioteca Ayacucho recoge algunas menciones, no muchas. El libro pasó por el país como una sombra. Circularon sólo 70 ejemplares de una primera edición que desaparecería, sin explicación, aunque no a la manera apoteósica de La Galera de Tiberio.
Dedicada a la narración fantástica del surgimiento de la isla Cubagua, Enrique Bernardo Núñez trató de publicarla en 1930, “porque cada libro, al menos de esta clase, tiene  un año”, escribió el propio autor refiriéndose a una novela de la que debía esperar mucho más que de sus anteriores y juveniles Sol interior (1918) y Después de Ayacucho (1920).  Con un libro de “esta clase” aspiraría Bernardo Núñez a superar las composiciones criollistas de sus tempranos veinte. Con Cubagua, EBN ya tiene 30 años y la conciencia de que puede escribir como Faulkner y Dos Passos.
Sin embargo, algo ocurre.  Un episodio echa por tierra sus esfuerzos de publicación en 1930. El mismo EBN escribe sobre lo ocurrido: “(…) algunos inconvenientes mayores lo impidieron, siendo posible que el resto de la edición fuese incinerada por aquel tiempo en la aduana”.
Cubagua, la novela que, se supone, le daría galones literarios y le sacaría del arrebato positivista en prosa de alpargata de Enrique Aracil y Reinaldo Solar,  se quema en el puerto de la Guaira en 1930. La Galera de Tiberio, la novela en la que EBN se colgaría la medalla del escritor latinoamericano termina, ocho años más tarde, en 1938, hundida, por su propia mano, en el río Hudson. Algo en ambos episodios coquetean con el infortunio por voluntad propia.
Según los datos proporcionados por EBN, Cubagua ha debido de ser escrita en dos momentos: la primera, en La Habana, entre los meses de enero y abril de 1929, cuando es enviado como Primer Secretario de la Delegación Venezolana a Cuba durante el gobierno del general Juan Vicente Gómez, y  la segunda, en Panamá, desde marzo hasta julio de 1930.
Su fecha final de publicación fue 1931. No eran los mejores días del escritor, quien estaba a punto de volver como secretario interino del Gobierno del Estado Anzoátegui, en medio de una situación económica asfixiante que le obligó, en más de una ocasión, a escribirle a Juan Vicente Gómez para hacerle saber de sus apuros.
Ya para ese año, a la mermada edición de Cubagua se suma la publicación de tres libros que se convertirán en referencia de la literatura venezolana y cuya aparición dejarán en un segundo plano la novela de EBN. Se trató de La bella y la fiera, de Rufino Blanco Fombona; Odisea de tierra firme, la primera novela de Mariano Picón Salas y, finalmente, Lanzas coloradas, la primera y una de las más destacadas novelas de Arturo Úslar Pietri.  Para más inri, Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos,  se había publicado apenas dos años antes, en 1929.
Para muchos, la desaparición de la tirada es anecdótica. El lector venezolano no estaba preparado para una novela de tiempos quebrados, con abundantes rupturas, voces superpuestas, anacronismos  o reescrituras a la manera de Alejo Carpentier en Los pasos perdidos (1949). No se habría leído de todas formas, a diferencia de Doña Bárbara o Lanzas coloradas que obedecían a la estructura de la novela moral,  de orden cronológico y escritas a la manera de gran tapiz nacional, evocador, criollista.
Cubagua nace en los años de la novela de la tierra, justamente para superarla y, sin embargo, arde solitaria en una aduana, y circula a duras penas. Cuánta complicidad del propio Enrique Bernardo Núñez hay en el silenciamiento del que fueron objeto sus propios libros en la literatura venezolana. Su obcecación en reescribir los libros una vez publicados o de tirarlos al agua para volverlos a reescribir 40 años más tarde. Su rara manía de novelista que abandona para dedicarse al periodismo y la crónica, no son cosas que existan sólo alrededor del infortunio, tienen una naturaleza interior bastante más destructiva y disciplinada, de alguien que espera demasiado de sí mismo o de sus lectores. Alguien a quien no le bastará un episodio de fuego.

jueves, 16 de agosto de 2012

Ian Gibson: “España no sabe quién es, sino por qué hace caso a los hispanistas”


Puede que Ian Gibson sea el irlandés más andaluz que exista sobre la faz de la tierra. Su conversación, a veces coloquial y sincera como una verdad o una imprudencia, se mueve ágil por la historia española, el que ha sido su tema de estudio y su pasión desde que en 1971, en pleno franquismo, llegara a España para investigar el asesinato de Federico García Lorca, el poeta sobre el que ha escrito una de las biografías más completas que se han hecho hasta el momento.

Por Lorca vino a España y por Lorca se quedó. Gibson, quien durante muchos años ha vivido en Granada, se nacionalizó español en 1984. Ha hecho de España su pasión hasta convertirse en uno de los hispanistas más conocidos junto a autores como Paul Preston y Hugh Thomas. Recientemente, ha hecho una pausa en sus investigaciones sobre la Segunda República y el siglo XX español para mirar, esta vez, al siglo XIX. Y lo he hecho con La berlina de Prim, una novela sobre el asesinato del general Juan Prim i Prats, presidente del Poder Ejecutivo de España, asesinado el 27 de diciembre de 1870 en la calle del Turco de Madrid, hoy marqués de Cubas, en las cercanías del Congreso.

Gibson, reputado biógrafo también de Salvador Dalí y Antonio Machado, traslada al lector en esta novela a la efímera Primera República de 1873 con una historia detectivesca en la que el encargado de dar con las pistas del crimen será el joven periodista  Patrick Boyd, hijo ilegítimo de una española y de Robert Boyd, un irlandés que había apoyado y financiado a los liberales frente a Fernando VII y que murió fusilado en Málaga, en 1831, junto a Torrijos.

La historia discurre así entre personajes reales como Antonio María Orleans, duque de Montpensier, rico hacendado francés aspirante al trono de España, a quien Prim desplaza en favor de Amadeo I de Saboya, electo por el Parlamento; José Paul Angulo, diputado republicano federalista revolucionario o el general Serrano, regente tras la caída de Isabel II,  todos sospechosos del asesinato de Prim.

La berlina de Prim es una estampa de la España de finales del siglo XIX: aparecen en ella el Benito Pérez Galdós que comienza a escribir sus Episodios Nacionales o Antonio Machado Núñez, naturalista sevillano, abuelo de los poetas Antonio y Manuel Machado. Es la España de la constitución de 1869, aquella en la que se amplían las libertades de imprenta y se lee libremente a Voltaire y circulan  las ideas sobre el darwinismo y el liberalismo. Es sobre esta historia, y sobre los errores de esa Primera República que se repetirán más adelante en la segunda, el tema sobre el que Ian Gibson conversa la tarde de un jueves de verano, en la planta quinta de la editorial planeta, en el madrileño paseo de Recoletos.
De no haber sido por su mentor Gerald Brenan -enterrado en el cementerio británico de Málaga,  "un jardín botánico increíble", el mismo lugar donde yace Boyd- Gibson jamás habría escrito esta novela, dice.

 ¿Cuánto peso tiene Brenan en el hecho de que usted haya escrito este libro?
-Probablemente mucho más de lo que yo pensaba. Fui su amigo. He leído el Laberinto español. Hablamos mucho sobre España…
-Fue una coincidencia. España no deja de repetirse en su vida, una y otra vez.
-Totalmente. El encontrar la tumba de un irlandés que dio su vida, su dinero para ayudar a los españoles en su lucha contra un dictador, todo esto me interesaba mucho porque este Boyd conoció en Londres a Byron y a otros poetas y escritores liberales que querían ayudar a los españoles en su lucha contra la dictadura y evidentemente es un antecedente de esta España que se repite. Todo esto se juntó en mi mente y empecé a pensar si podía escribir algo.
-En España las biografías son complicadas, fíjese nada más usted lo que pasó con la entrada de Franco en el diccionario biográfico de la Real Academia.
-Aquí no hay biografías.  Sin biografías no conocemos bien un pueblo y es muy grave, porque una biografía bien hecha permite conocer al personaje interior, pero luego es también muy difícil porque en España no hay el material.
-¿A qué se refiere?
-Las familias destruyen los papeles que consideran comprometedores, no hay tanta correspondencia, tampoco existen los diarios privados… A ver, ¿qué español lleva un diario, apuntando todo lo que hace, si está en el bar hablando? El español está hablando siempre y no está apuntando. En España, no hay costumbre de llevar un diario en el sentido británico o alemán de la palabra, de modo que es difícil encontrar el material para describir una vida.
-Usted ha elegido al abuelo de los hermanos machado, Antonio Machado Núñez para que sea él quien diga que en España es “imposible el diálogo”, esto ocurre en contraposición al padre Francisco Mateo Gago Fernández, un cura retrógrado…
-¡Ese cura es un personaje histórico! ¡Existe! Una calle de Sevilla lleva su nombre. Es un antidarwinista feroz y furibundo y de hecho, tiene su lugar en el panteón sevillano de hombres ilustres, mientras Machado Núñez no tiene una calle con su nombre, esto en sí es sintomático. Gago era un cura furibundo que arremetía contra los protestantes por haber abierto templos en Sevilla. Cuando me di cuenta de quién era dije: tengo que incluirlo. Y eso que yo había inventado el cura retrógrado cuando tropecé con la referencia de este Gago. Aunque me critiquen, dije, lo voy a poner.
-El ropaje histórico de la novela es riquísimo, pero no perdamos de vista el asesinato. Revisó usted el sumario de la muerte de Prim… 50 tomos, ¿no?
-Bueno, son ochenta, pero están ilegibles, podridos. Estamos hablando de un magnicidio que cambió el rumbo de la historia del país. Esta es una situación caótica, porque necesitamos saber quién tramó el atentado: si fue el duque de Montpensier o el general Serrano. Si los documentos no están abiertos a los investigadores en condiciones respetuosas para poder investigar, ¿cómo hacemos? Eso demuestra amnesia, desinterés, abandono, incultura.
-En España, en ese caso, ¿cuál es la diferencia entre ser amnésico y querer ser amnésico?
-Diría que es más querer no saber. Aquí hay un problema de identidad. España no sabe quién es ni qué es; de lo contrario, ¿por qué hay tantos hispanistas a los que nos hacen caso? ¿Por qué me hacen caso a mí o a Paul Preston o Hugh Thomas como si por el hecho de ser de fuera supiéramos más? Eso en Francia es impensable, en Inglaterra es impensable.

Con ésta ya son cuatro las veces que la jefa de prensa interrumpe, con una amabilidad militar, la conversación con Gibson. Esta es la última de las cinco entrevistas que el británico ha tenido durante el día y está claro que la ultima pregunta es la que quedó por hacer. Son las seis de la tarde de un día sin pájaros y en la quinta planta del edificio Planeta un hombre mayor, de cabellos revueltos y palabras rizadas coge una pequeña bolsa estampada con la palabra Madrid en diferentes colores. Luce pequeño e indefenso el viejo bolso, lleno de libros y papeles, entre esas manos blancas y curtidas de gigante escritor viajero.