sábado, 4 de julio de 2015

Mario Bros séptico

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Anoche soñé que iba al río Orinoco a lavar mi ropa. Pero no llegué andando. Viajé como las comas:  con una subordinada como único equipaje. Metí en la antigua lavadora de la casa, aquella en la que ya no vivo, todas las mudas sucias acumuladas durante días. Al poner en marcha la General Electric que a mí siempre me pareció moderna, aunque ya no lo fuera, me encontré de pronto cogida de la mano de una niña.
Avanzábamos bajo un agua terrosa en la que flotaban largas serpientes de excremento, endurecidas deposiciones. También caballos y jinetes muertos. Cadáveres rígidos como las expulsiones parduscas.  Los muertos tenían los ojos abiertos, blancos como la yema de huevo duro. La puritita muerte con sus cuencas vaciadas de vida a las que alguien había rebañado el purgatorio con miga de pan. Todos ellos, los muertos de mirada huevina, chocaban contra nosotras: contra la niña y contra mí. Cadáveres en aquella sopa tibia de sangre y mierda.
Incapaz de torcer el rumbo, de dar marcha atrás, avanzábamos sin voluntad en el agua de aquel vertedero. Mario Bros séptico -siempre hacia adelante-. El agua turbia comenzó a moverse , y con ella el tambor de la lavadora, encendida muy lejos de las cañerías donde vivos, muertos y calcetines nos ablandábamos, fétidos.
Aparecí de pronto, sola, en el interior del electrodoméstico. Sin niñas ni muertos. En los sueños, como en las novelas, todo ocurre de forma arbitraria. El agua seguía siendo terrosa. Manchaba para siempre -creí- mi ropa blanca y percudida.

Todo daba vueltas hacia el Orinoco y fuera de él. En un pestañazo, regresé al agua de un  río sin superficie, otra vez cogida de la mano de aquella niña muda. Una voz me hizo saber que quienes avanzaban cogidos de la mano, debían llevar a los muertos río adentro, hacia algún lugar donde nadie pudiese robar sus cuerpos.
Y aunque algunos debían de estar vivos, a mí todos me parecían occisos. Nos topamos con arrecifes de algas kilométricas, largas cabelleras de una mierda firme y endurecida. Alrededor, un cardumen de bestias y hombres muertos.
Aún queriéndolo, no podía mirar atrás. Algo superior me lo impedía. Me  pregunté si la niña vivía, si yo la llevaba a ella o ella a mí. Fue ahí cuando volví a  la lavadora, llena de aquel caldos de muertos y excrecencias  en el que nunca nada sería blanco.


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