
Hace unos años, cuando leí Mañana en la batalla piensa en mí y me topé con aquel, entonces pensaba maniático, ahora pienso, otra vez, Mariano -repito, ¿Mariísta?- hombre que asaltaba El País para buscar en la lista de fallecidos en Madrid para encontrar por la eme de Marta el nombre de la amante muerta a la que deja, durmiente y arropada, pensé que me encontraba a un narrador de un brillo agotador. Seguí las páginas de un escritor que hacía caminar a su protagonista por calles de Serrano tras la pista de la hermana de la difunta no por el simple de hecho de que algo fuera a ocurrir, que también, sino con el propósito de agotar la idea de la culpa en aquella persecución. Y es que en Marías alguien siempre persigue para explicar algo. Nada ocurre sin un sentido, sin la permanente obsesión de la idea: desde la palabra que está siempre envuelta coquetamente en un idioma que él despoja de significados para traerlos a la narración como un ser más –el lenguaje en Marías es también un personaje-. Cuando lo leo, sus compulsiones me dominan y siempre me queda la dulce resignación de que siempre es posible celebrar la amargura pateando contenedores. Sus páginas me malhumoran y me inquietan. Sacan lo peor de mí como aprendiz de storyteller y lo mejor de mí como entregado lector. Y justamente lo hacen por su amanerada y exagerada corrección, por lo tanto que me gusta esa manera refinada de contraer una manera tan compulsiva y afiebrada de pensar mientras se narra o de narrar mientras se piensa. No lo sé. Aún tengo Fiebre, mejor dicho, apenas tengo fiebre. Me resta todavía el baile, el sueño y rematar con el veneno.
1 comentario:
Mi primera experiencia narrativa con el señor Marías fue llevándomelo a la cama con "Corazón tan blanco"...Y coincido en todo lo que dices, aunque parece que lo tamices. Like it.
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