martes, 27 de abril de 2010

Borges, ¿de tragaperras en Las Vegas? (De la serie Cuatro sujetos en un anfiteatro. Sujeto número 1)



El delgado usurpador de los derechos de marca de la Nocilla dispone sólo de veinte minutos. Avanza, cortauñas en mano, como si preparara un picadillo de pixel para rebañar trilogías con suplementos literarios. Ante un auditorio organizado con vales numerados, el escritor comienza su lectura. "¿En la mente de cuánta gente estaré yo haciendo algo en este momento?". El desdoblado Agustín Fernández Mallo se describe, a solas, en una habitación.

El creador, promotor, integrante, presidente, tesorero, portavoz, secretario, vocal, suplente y auditor de la generación Nocilla y el afterpop, narra su despertar de un sueño. Refiere su encuentro nocturno con una rebanada de pan en medio de la madrugada. Y no se trata de una loncha cualquiera. Fernández Mallo hace una pausa, proyecta una imagen. La rebanada tiene un agujero en el medio, una perfecta circunferencia formada por la miga ausente que alguien ha retirado, cuidadosamente, de su centro. Pero en su casa nadie compra pan de molde y menos integral.

Hay más hallazgos en el paseo. El delgado escritor proyecta otra imagen. Es un papel blanco, con la silueta de la misma rebanada trazada en tinta azul. “Es el autorretrato de una rebanada de pan”, dice. Su complacencia me satisface. Supuse que haría algo por el estilo. No tan pronto, pero lo imaginé. Una loncha de pan en el suelo y un autorretrato de la rebanada sobre la encimera del octavo piso de una casa donde no se come pan. Y todo eso para hablar de Jorge Luis Borges. El hombre que salió de la tarta teje sus conclusiones. Ha sido obra de un ovni, apostilla. A estas alturas de la noche, espero un Chupa-Chups en la corbata de Bioy Casares.

Después de aclarar que se ha dejado el texto de la conferencia en Palma de Mallorca, Agustín Fernández Mallo aporta un manual de instrucciones a su performance panadera. Las páginas que ha leído llevan por nombre La parábola de Cervantes y de Quijote, un remake, dice él, del texto escrito por Jorge Luis Borges en 1955 e incluido en El hacedor (1960).

En “la mansa burla”, en la guarandinga de su performance, Agustín Fernández Mallo se hace perseguir por trozos de miga. Se viste con la capa XXL del sueño o el soñado y aprieta botones en su ordenador. En el principio de la literatura, o la rebanada, está el mito, y asimismo en el fin. "¿En la mente de cuánta gente estaré yo haciendo algo en este momento?", repite el huesudo nocillero. Miro mi vale numerado. Soy el número 204 y comienzo a pensar en el Aleph del sótano.

Fernández Mallo habla del humor en Borges. Luego del carácter monstruoso de su literatura. Lo monstruoso borgiano –esa palabra no es suya, sospecho que jamás la usaría- se refiere a aquello que no está en la naturaleza de la escritura sino armado con citas de otros autores y obras, adaptándolas a sus necesidades (¡Cut and paste! ¡Nocilla cut and paste!), creando realmente un monstruo en su sentido original". Sospecho que va a decir que Borges entendió la generación Nocilla incluso antes de su nacimiento en alguna renegada y culta pradera de Internet. Me revuelvo en el asiento. Aparto mis prejuicios como puedo. Intento comportarme.

Fernández Mallo habla de organización y organismo. El primero, con unas jerarquías y leyes impuestas. El segundo, lo que vendría a ser, según él, la literatura de Borges, es un ser vivo que se atiene a sus propias leyes. Fernández Mallo no encuentra otros personajes en la literatura del argentino excepto el tiempo, el espejo, el laberinto... al que se refiere como una red, un sistema complejo de relaciones de la literatura. Cita a Jean Baudrillard, habla incluso de cómo la narrativa de Borges llegó a “inspirar” parte de su teoría sobre los simulacros. Se refiere Fernández Mallo al relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Hace mucho tiempo que estoy lejos. De no ser por el autorretrato de la rebanada no sabría cómo volver.

Tlon es un relato sobre una falsa enciclopedia de un lugar que está en mitad de un desierto”, dice Fernández Mallo. Y de pronto, en la oscuridad y faltando muy poco para que lleguen a su fin los veinte minutos de conferencia, el escritor crea dunas y paraísos tragaperras. “Es como la primera vez que conduces por Las Vegas”. Algo me abofetea. Un tufillo a David Foster Wallace, un no sé qué de díscolo e impresentable oyente. “De hecho, lo primero que me vino a la cabeza cuando entré en Las Vegas en coche fue en ese relato. Borges habría estado fascinado en Las Vegas".

La conferencia llega a su fin. La fotografía de la rebanada desaparece del escenario, Agustín Fernández Mallo también. Ahora toma asiento en las primeras filas del anfiteatro Gabriela Mistral de Casa de América. En su lugar, Fernando Iwasaki, que ha venido a hablar de Ítalo Calvino, avanza seguido por una luz blanca. Y mientras pierdo el tiempo en morderme la piel del pulgar derecho, imagino a Borges , de traje oscuro, sentado frente a una máquina tragaperras de limones impares y cerezas pestañeantes. A su lado, María Kodama, ha de sostener el tarro vacío de necias monedas que insisten en no caer. Afuera, estará Bioy Casares escuchando My Bloody Valentine a bordo de un Dodge robado, mientras Valeria Golino sueña con rebanadas de pan.
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Los chicos de hoy comen demasiada azúcar.


2 comentarios:

Katia Basurto dijo...

Yo también estuve en esa misma conferencia, la del Día del Libro de este año, una curiosa reflexión sobre la misma, yo también me quedé pensando en esa rebelde rebanada de pan ;-) saludos!

La KSB dijo...

ja ja ja ja ... además, estaba muy bien "cortada"