lunes, 19 de mayo de 2008

Hao Jiang Tian, y viceversa


La semana pasada se publicó en Nueva York el libro Along the roaring river, una biografía de Hao Jiang Tian, uno de los astros del Metropolitan Opera desde la década de 1990. La traducción al español del título sugiere algo como A lo largo del río rugiente. Yo nunca he escuchado un río rugir, aunque supongo que Jiang Tian sí.

Barítono bajo, nacido en Beijing en la década de 1950, Jiang Tian relata al lector su infancia en China durante la Revolución Cultural, cuando la música clásica era considerada “capitalista y decadente”.Es inevitable el brote de ronchas tópicas. Tian parecía haber nacido para su propia epopeya. Hijo de padres comunistas militantes del Ejército de Liberación Popular, fue obligado a estudiar piano. No fue hasta el encarcelamiento de su maestro cuando sus padres le retiraron de las clases y destruyeron luego todos sus discos de música clásica. De nada sirvió la conversión. A ellos también les tocó la prisión.

Con el paso de los años, muchos de los colegas de Tian se suicidaron para escapar de las palizas que propinaban los guardias rojos, el brazo de ultra izquierda guiado por la banda de los cuatro, una célula dirigida por Jiang Qing la suicida y extravagante viuda de Mao. Lo cultural podía ser, dependiendo de quién lo clasificara, mayor o menormente nocivo, mayor o menormente cultural. ¿Y qué era, entonces, cultura? No lo sé. Aún no me queda claro siquiera qué significa la palabra pueblo.

Jiang Tian trabajó durante más de siete años como obrero de una fábrica en la que, a veces, entretenía a algunos de sus compañeros interpretando música con el acordeón, un instrumento que aprendió a tocar en la escuela y al que volvía diariamente como quien come carne llena de nervio, que es justa, porque es igual para todos. Y aunque la guitarra se le daba mucho mejor, ésta, por ser considerada un instrumento capitalista, podía costarle a Tian mucho más que las cuerdas vocales. Más pellejo, menos carne (para todos).

Su ingreso en un programa de canto le permitió a Jiang Tiang irse a estudiar a la Universidad de Denver. Mediante un mecanismo biográfico impensable -que sólo saldaría leyéndome la biografía y no las reseñas de The NewYorker-, Tiang logró salir de China. Exactamente doce años más tarde, el barítono estrenaba rugido sobre el escenario del Metropolitan, del que no se ha bajado en todos estos años. ¿Colorín colorado…? No sé. Ya no lo creo.

Dijo Plácido Domingo que sólo ahora, después de leer la infancia de Jiang Tiang, es capaz de entender su arrebato al momento de cantar, ese rugido por el que la crítica lo aplaude y el público le venera. Y de pronto pensé, sí, que todo el que ha estado entre barrotes aprende a rugir. Busca en su cautiverio un rasguño, una doméstica coreografía capaz de resistir o enloquecer por completo. Y aunque, insisto, la roncha tópica supura, hay algo que se me hace increíble y a la vez familiar en la historia de Tiang. No me gusta. No me gusta nada este parecido. Porque yo, aunque quiera, no sé nadar, tampoco rugir.

1 comentario:

La DobleM del motor. dijo...

tienes un blog muy interesante por los contenidos que pones la unica pena es que no actualizas muy frecuentemente,te invito a visitar mi blog y a devolverme el comentario,gracias y suerte con tu blog.