jueves, 24 de enero de 2008

Cercanías


Antón me pregunta dónde transcurre La enfermedad. Ha hecho la pregunta de golpe mientras mira a través de la ventanilla. El vagón del AVE está lleno de pasajeros estropeados, cansados. El viento repasa el paisaje y peina las casas imposibles. Nada se mueve allá fuera, excepto este tren. Antón queda en el aire, la pregunta también.


En apenas una hora de viaje hemos hablado, y mucho. He contestado a sus preguntas, a casi todas excepto a ésa. Le he hablado de la ciudad, de sus anaqueles vacíos y las largas colas. He descrito con rigor todo aquello cuanto he visto aparecer y desaparecer: escaleras imposibles; mujeres con talones cuarteados que las suben de vuelta a sus casas; hombres que amanecen muertos en sus peldaños; la basura y el agua que corre hacia abajo como una escala grave y desafinada; el sonido de la montaña y su perfil de dinosaurio dormido. Me esfuerzo por explicarle todo cuanto sé. Él cree que hablo de héroes, de un lugar verosímil sólo por su condición de sacrificio. Él cree que vengo de un país lejano inventado en el telediario.


Le hablo de la catedral -aunque sé que no la ve- pequeñísima y militar, en una ciudad que jamás fue virreinato. Hablo de los carteles rojos que cuelgan los funcionarios en la fachada de la Alcaldía Metropolitana. De los ministerios tapizados. De los campesinos que no son tales. Le hablo del Palacio de Gobierno y sus barricadas. Del balcón presidencial, del Puente República. Me gustaría decir plaza Miranda, avenida Baralt, Cota mil, La Pelota, La Bolsa, Fajardo, Los Chorros, fruta podrida, alcabala, mierda, tarantín, fritanga, pólvora y aceite, como si repasara una receta que me hace agua la boca. Pero en este momento, para Antón, nada de eso es cierto. Ahora sólo existe el vagón en el que viajamos de vuelta a Madrid.


Acumulo palabras alrededor de las calles. Describo. Acoto. Hablo. Antón quiso saber si teníamos escritores, porque conocía sólo uno. Nombré los que pude, los que aún vivían, los que aparecían de vez en cuando agitando poemarios inéditos y novelas urbanas. Hablé de Chocrón, también de País portátil. Antón repitió el nombre, como si le gustara. Y de nuevo me tocó hablar de un escritor muerto.


Me di cuenta, de pronto, que en lugar de novelas, comencé a citar luchas armadas, burocracias poéticas, repúblicas editoriales, enormes y grandes tragedias nacionales. Dejé pasar nombres, incluso a Ifigenia y sus cartas al Gomecismo; a Úslar , su beca europea y su hacer lopecista; a Gallegos presidente en tiempos jóvenes y adecos; a Meneses perezjimenista y al mismo Cabrujas con el Movimiento al Socialismo de sus amores. Si hay un país escrito, no soy yo la mejor para contarlo, al menos sin el hiato político que ahora me empalaga las sílabas.


Decidí callarme. Acumulé mis palabras en un montículo perfecto, como si fuera a hacer una fogata con ellas. Y allí estaba, con el mechero a punto, cuando me quedé, de golpe, muda y sin responder a su pregunta. Si La enfermedad transcurre, y se ve obligada a hacerlo en alguna parte, ¿debería ser acaso a puertas cerradas?; ¿debería sufrirla un hombre viejo en un cuarto vacío, con frascos de medicinas?; ¿ y porqué un hombre viejo y no varios hombres; porqué una enfermedad y no varias?; ¿porqué a puertas cerradas y no a la luz del día? ¿Acaso las ciudades no enferman? ¿Los países y los regímenes políticos tampoco? ¿Acaso el tiempo, la ciudadanía y la calle padecen de la eterna vigorosidad? No hay patria multivitamínica, creo. Bueno, a veces, ad nauseam.


Malestar social. Tejido social enfermo. Una herida ciudadana. Sociedad corrompida. Políticos ladrones. Cúpulas podridas. Todas esas palabras se abrevaron, cuajaron en los sótanos de la democracia del mismísimo Galio. Lo colectivo se me hizo un absceso, el comienzo de una fiebre, un dolor de muela cariada. La dentadura nacional y otras blanduras.


Y seguí en mi espeso botiquín, buscando anfetaminas para mi hipocondría nacional. Antón, mi jefe, volvió a hacer la pregunta, como quien pregunta el valor de un souvenir en un idioma desconocido y cree que no le han entendido. Pero La enfermedad, dijo, dónde transcurre. ¿En Caracas? ¿Por eso me hablas de las escaleras, verdad? Porque en la enfermedad hay una descripción de unas enormes y altísimas escaleras.


La enfermedad no sólo ocurría en Caracas. En realidad, Caracas era la enfermedad, un síndrome fluorescente hasta para quien intenta no retratarlo. Le expliqué que en su novela -La enfermedad, 2007-, Alberto Barrera había intentado concentrarse al máximo y no perder tiempo en color local o brebajes políticos que le amargaran la prosa. Así se sencillo.

Antón dijo que no le parecía novela para un Anagrama. Yo dejé las cosas de ese tamaño. Afortunadamente el tren ya llegaba a Atocha, así que nos librábamos de esos detalles. Al fin y al cabo, mi enfermedad no era ésa. La enfermedad de la que hablaba no había ganado ningún premio ni había sido publicada por nadie. Mi enfermedad estaba a kilómetros de distancia, como si fuera un lugar inventado en el telediario.


Nos despedimos en el vagón. Bajé en la vía tres del andén, con una sensación de fuego en el abrigo. Caminé por entre los pasajeros de la red de cercanías, dejándome tropezar hasta llegar a la puerta. Salí a la calle y me dirigí a la parada de taxi, aún pensando cómo organizar un disturbio con mi montoncito de palabras. Pero el calor sólo me bastó para decir: “A casa, por favor”.

4 comentarios:

[H] dijo...

Anton es un prangana !
Al leer tu texto se me vino una ridicula idea a la cabeza, la enfermedad es como un libro de chocron pero muy mal jajaja lo cual no es cierto, pero en fin lo pense, saludos amiga nos vemos en Marzo en Madrid !!!

H.

PS: que bueno que le citaras a Chocron, no solo por Chocron sino que todo lo que empieza con "ch" da risa.

Sofía B dijo...

Pobre Anton... no sean duras con él. Para los que lo vemos desde afuera a veces es muy difícil comprender la enorme dimensión de esa enfermedad que los aqueja...
Tu texto, como siempre, maravilloso.
Que se diviertan en Marzo!... ya no falta nada.
Besos, Sofía

un tordo dijo...

al parecer una perniciosa enfermedad del trópico inoculó al aséptico Antón, nada hiede más que una verdad angustiosa: la sepsis venezolana huele mal en Dinamarca y más allá, y es una flagrante amenaza...un Anagrama, por Dios!¿quién puede escribir tan "exitosamente" en el mierdero?

cristina dijo...

cuando lei esta cronica senti no se porque muchas ganas de llorar, quizas sera por esta enfermedad que nos aqueja