miércoles, 15 de enero de 2014

Exile Hangouts: Cuatro escritores venezolanos sobre la diáspora

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Pittsburg, Estados Unidos, 4.30 de la tarde, cinco grados. Madrid, nueve y media de la noche, ocho grados. Israel, diez y media de la noche, 15 grados. En Venezuela, desde donde nadie habló, eran las tres y media de una tarde nublada con 27 grados. Todo ocurrió al mismo tiempo en cuatro países y, a la vez,  en ninguno. Lo que se dijo, se dijo en la red... ese lugar al que van los deseos, trasegados y confundidos con la omnipotencia de la que gozan los dioses y los fantasmas. El martes 14 de enero de 2014,  cuatro venezolanos -Israel Centeno, Juan Carlos Chirinos,  Juan Carlos Méndez Guédez y Liliana Lara-, todos ellos de edades distintas –uno de 55; dos de 47 y una de 43-, se sentaron frente a la pantalla de un ordenador. ¿Qué les unía además de una ciudadanía y una conexión a Internet? Tres cosas. Un oficio: los cuatro son escritores. Una condición: los cuatro viven fuera del país. Y un tema: el exilio, esa vida –acaso esa otra forma de escribir- que supone reinventarse lejos del lugar de origen.
Titulado como Exile Hangout, el conversatorio en línea fue convocado por la revista digital Sampsonia Way, editada por City of Asylum, una organización radicada en Pittsburgh que se dedica a dar apoyo a aquellos escritores amenazados por sus opiniones y textos. Esta no ha sido la primera entrega. Ya hubo una anterior, en 2013, con escritores y creadores cubanos –exilados, por supuesto- en ocasión de una antología literaria que recogía sus textos. El motivo de este segundo encuentro, aunque travestido en ocupación y preocupación literaria, se vio envuelto en el espíritu del anterior: el quehacer de quien decide –o es obligado a decidir- marcharse.  
Más de medio millón de venezolanos vive hoy fuera de Venezuela, la cifra más alta en la historia de un país que acumula apenas dos siglos de vida como república y que ha experimentado en los 15 años del proyecto político del chavismo un lento, progresivo y doble desangramiento: el que ocurre puertas adentro y el que se derrama en Maiquetía. De esa percha se sujeta esta reunión sin mesa ni territorio. De ese gancho cuelga esta crónica, acaso imposible, de lo dicho en cuatro ciudades distintas. Y aunque hay algo de paliativo, acaso ortopédico, en este debate en línea, -incluso en el propio gesto de reseñarlo- una necesidad más potente sutura la cicatriz que semejante simulacro supone: el país, idiota; que diría Miyó Vestrini. Sí, el país, eso que urge entender.
La conversación comenzó como los festines de pan duro: atragantándose. Las palabras, aunque podrían, no siempre son sinónimas y esconden, como la vida de quienes las usan,  matices. Ninguno de los convocados salió de Venezuela al mismo tiempo, tampoco por las mismas razones. Chirinos y Méndez Guédez partieron hace casi veinte años. Liliana Lara hace diez. Centeno apenas dos. Y son  esas diferencias –ignoradas, imperceptibles para quienes escuchan- las que se cuelan como una carraspera en el auditorio de la banda ancha.
El escritor Israel Centeno, moderador del Hang Out, fue el primero en hablar. Y lo hizo no con una sino con varias interrogantes. ¿Qué adjetivo escoger para dar nombre a quienes se marchan? ¿Exilados? ¿Extranjeros? ¿Migrantes? ¿Asilados? ¿Diáspora?, preguntó en voz alta recorriendo con los ojos un teclado invisible que le entierra la mirada en una esquina de la pantalla. Centeno, quien vive en Estados Unidos desde 2012 luego de haber sufrido agresiones físicas y amenazas contra él y su familia por motivos políticos, colocó esas palabras en el aire sin aludir ni en una ocasión a las razones que explican por qué está sentado, él también, frente a ese monitor que no mira de frente y en el que se reflejan en miniatura sus otros interlocutores. Liliana Lara, quien  vive en Israel desde el año 2002, respondió en un primer turno: “Yo no me considero una exilada política. Me fui mucho antes de que todo estallara, quizás por otras razones, aunque sí considero que la lectura de la diáspora es política”.
“Yo salí en 1997 como estudiante, no como exilado. Ahora, cuando regreso a Venezuela me siento como un exilado y en España me siento como un inmigrante”, responde Chirinos, desde Madrid, apretado en una pantalla de video. “En Venezuela –agrega, desde otra cajita, Méndez Guédez- existe un exilio real. Hay asilados, también presos políticos, porque los hay. Esas listas negras, también las del mundo cultural, existen. Yo estoy orgulloso de pertenecer a ellas, porque no canto alabanzas a una revolución llena de muerte. Existen también los exilios voluntarios, como aquellos en los que Mutis y Bryce escribieron sus obras. El problema es que la palabra exilio ha cambiado”. Un salto en la conexión crea un hueco. Chirinos toma la palabra para redondear un concepto que podría parecer blando o informe –desprovisto de su gravedad original- en un mundo donde ya no se envían cartas ni la gente cruza el mar en vapores, y que sin embargo muta en algo más complejo. “Morfológicamente, Venezuela parece una democracia, pero en verdad pone en marcha una serie de métodos que obligan a quienes viven en ella marcharse”, dice.
Y una idea brota entre los cuatro,  la misma: en Venezuela, los verdaderos exilados no están fuera sino dentro. Son los que viven en espacios reducidos, asfixiantes; sitios que ya no son tales; calles en las que ya no caben todos. “Antes de salir de Venezuela, ya yo sentía que no estaba en mi país. Los venezolanos que viven en Venezuela están, en realidad, más exilados que aquellos que están fuera”, dice Israel Centeno, que intenta empujar la conversación, sacarla de un callejón y conducirla a otro en el que quepa la idea de la literatura venezolana. Sin embargo, un tema más denso insiste, se fija, estalla en otras preguntas -en el fondo apretadas en la misma cuestión: la pertenencia-.
¿Estando fuera se puede opinar de lo que ocurre en el país? ¿Tuvo sentido, para algunos,  tender puentes –cuando era posible-? ¿Cómo se ejerce la ciudadanía en un país que invisibiliza a quienes disienten? La conversación se anega, se trepa, reproduce un cuarto imaginario en el que el agua llega al techo. Se superponen temas  –patria, país, pertenencia, derechos, distancia- o acaso uno solo, atravesado por aguijones que hacen todavía más difícil definir qué es esta diáspora que todo lo impregna –que vacía hogares y crea familias de Skype- y que recientemente ha reunido sus testimonios literarios en la antología Pasaje de ida (Alfa, 2013).
“Desde la radicalización de 2002, cuando se comenzó a hablar, como los maoístas, de Revolución Cultural, y después de los episodios de Llaguno, me di cuenta de que gobierno y Estado en Venezuela eran una misma cosa, así que decidí que nunca participaría en una evento realizado por el gobierno (…) Por eso creo en ese otro país de libreros, editores, estudiantes, profesores y ciudadanos que crean, que hacen otras cosas, que resisten (…) Y por eso no me gustan los discursos épicos ni truculentos sobre el exilio. Yo estoy fuera, pero desde fuera también se construye país, ese que todavía nos pertenece. Y mi actitud consiste en la celebración de esa Venezuela en la que se crean y se hacen cosas, esa Venezuela en la que hay plátanos fritos”, dice Méndez Guédez refiriéndose a la anécdota del texto con el que participó en Pasaje de ida y que se recrea en un sabor, una sensación, una dulzura tan potente como lo es, a veces, la melancolía.
Una larga lista de preguntas de internautas se acumula. ¿Es más complicado publicar fuera de Venezuela? ¿Existe una literatura venezolana visible en el exterior? ¿Interesa a los departamentos de estudios literarios lo que los venezolanos han escrito y escriben? Liliana Lara habla de una invisibilidad completa –idiomática, prácticamente- de las letras criollas en Israel. Chirinos y Méndez Guédez hablan, sí, de una literatura venezolana cada vez más apreciada en España a pesar de no gozar de canales ni espacios oficiales para darse a conocer –o incluso teniendo que sobrevivir a la invisibilización a la que la somete los que ya existen-. La noción del escritor exiliado como dueño de una obra a la vez que divulgador de una tradición literaria aparece, se perfila, se hace clara. Sin embargo, otra, acaso la más lúcida, estalla en la boca de Israel Centeno.
La precariedad que supone la distancia hace necesaria una tradición -acaso antes denostada por sus propios herederos- que hoy sirve de ropaje y escudo. Se trata de algo tan reñido con la pertenencia como con la visibilidad. Otros países –Argentina, México, Colombia, Perú- entienden y usan a los escritores que les precedieron -incluso a las generaciones anteriores pero todavía activas- como un árbol genealógico que los explica y los sitúa y cuya existencia grupal supone una forma de avanzar en lugar de una competencia entre iguales. Esa, insisten, es una realidad cada vez más obvia y necesaria producto de un aprendizaje forzado. Más claro no pudo decirlo Centeno: “Hemos dejado de ser parricidas, estamos aprendiendo a nombrarnos”. Acaso por necesidad -u orfandad- la distancia corrigió la miopía literaria patria.
En el reloj de la barra de herramientas marca el tiempo de una hora que no es la misma para quienes conversan, pero que avanza y se consume para todos por igual –los minutos, como el oxígeno, arden de la misma forma en todas partes-. En Pittsburg, son ya las seis. En Israel, las doce. En Venezuela, desde donde nadie habló, son las cinco  de una tarde, todavía nublada, con 27 grados. En Madrid son casi las doce y todavía hace frío. Los cuatro escritores han dado por cerrado el debate después de una despedida rápida y sin aspavientos.  En la pantalla del ordenador la caja de vídeo del youtube se queda oscura, apagada, ausente, bobalicona. El cursor tartamudea, necio, en el documento de Word. La página parece más blanca hoy que otras veces. El teclado ametralla una idea, sólo una, en el folio: diáspora. Nunca, como esta noche, una palabra fue tan confusa ni una madrugada tan fría.

lunes, 6 de enero de 2014

Una colección de puntos suspensivos

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Sí, eso: una colección de puntos suspensivos, un collar con el que apretar las palabras para que no salgan, necias, dispuestas a representar una opinión que nadie necesita. Las certezas padecen la mala educación, o mejor, de una doble mala educación: no sólo insisten en existir, además se creen susceptibles de interés. ¿Quién las necesita?, me pregunto ¿Para llegar antes al fin del mundo y exclamar te lo dije, como quien entierra una bandera en un monte lunar? Desde hace días me afano en componer una gargantilla, salgo a pasear con un collar al cuello; a veces doy bruscos tirones. Mantente a raya. Retrocede. Calla y observa, recito en mi misterio glorioso.

Mi amigo Bernard –aficionado a propinar certezas- me ha hecho ver mi confusión entre la vida y la literatura; una visión libresca de las cosas que distorsiona mis imágenes del mundo como las novelas de caballería con Alonso Quijano. Pienso en ello  mientras contemplo el frigorífico de una carnicería. Mastico sus palabras, las de Bernard, mientras repaso con la mirada unos pocos trozos de carne hinchada y oscura servidos en bandejas desiertas. Avanzo por los pasillos de un súper. Contemplo los anaqueles vacíos mientras sobo mi rosario de signos de puntuación y compruebo que algunos productos valen la mitad del sueldo de mi hermana.

Llegué a Caracas, desde Madrid, hace unos días. Aterricé en Maiquetía después de ocho horas de vuelo en las que sólo me dediqué, con rigor,  a dos cosas: a completar una modesta colección de latas vacías de cerveza y a dar cuenta de Liubliana, una novela de Eduardo Sánchez Rugeles de la que no pude zafarme hasta que un hombre selló mi pasaporte en la ventanilla de inmigración.  La de Rugeles es una historia terrible, hermosa como los truenos, escrita con el ritmo de las infancias caducadas, esas que hablan de países que fueron bellos y se dedican luego a aparecerse ante quienes lo habitaron como espantos, fotocopias sin tóner de recuerdos que fueron nítidos, pedazos escasos de carne caducada que alguien pone a la venta. En lugar de dedicársela a una madre o una esposa, Rugeles dedicó Liubliana a la urbanización Santa Mónica, un mal de amor del que entiendo tanto como de  decapitaciones. 

Confundida entre literatura y vida, a decir de Bernard, una de las primeras cosas que hice al llegar a casa fue recorrer las estanterías de una antigua biblioteca que nunca he conseguido llevarme completa a Madrid. Encontré cierta decrepitud en el repaso a aquellos volúmenes. Algo debo de hacer con ellos, pensé. Ocupan demasiado espacio. Atormentan a mi madre, como si su sola existencia agregara plomo a su deseo de abandonar, de una vez por todas, la ciudad.  Y aunque lo intento, no consigo una selección correcta. No logro separar a los condenados de los indultados. No consigo saber cuáles podrían salvarse y cuáles arderán de olvido, cerrados en la biblioteca del colegio de monjas en el que estudié y al que pretendía donar una parte importante. Como en el súper, descubro algo en ese gesto; elogio de la biblioteca incluido. Salvar y condenar.

Al hacer el equipaje, no fui previsiva. Acabé antes de tiempo la novela de Rugeles y El que apaga la luz, un libro del que pediré –mejor dicho exigiré- a Juan Bonilla la renuncia a un relato suyo que yo habría deseado como tema para una novela. El asunto es que despaché la ración libresca demasiado  pronto y necesitaba repostar. Del paseíllo ante las estanterías me quedé con dos títulos: El corazón de las tinieblas, que leí  hace ya algunos años sin entender una palabra y El Quijote,  cuyas páginas he picoteado  gracias a una ortopédica selección de capítulos, como quien, para poder tragarlo, esparce trocitos de un potente solomillo en un danonino.

Todos los días hago lo mismo. Muy temprano empiezo la lectura de Conrad y acabo el día con Cervantes. En el medio, en las horas de sol que separan un libro de otro, salgo a recorrer –malamente- la ciudad. Mi hermana me hace de lazarillo y uno que otro viejo conocido intenta explicarme lo que ocurre mientras mordisqueamos una lechosa pocha. Yo avanzo tirando de mi collar.  He visto cosas que no creerían: filas que anteceden a casi cualquier operación, desde sacar dinero de un cajero o salir –que no entrar- a una agencia bancaria hasta esperar ser atendido por los poquísimos dependientes que pueblan tiendas y expendios de estanterías sin productos. He visto también enormes carteles en los que el gobierno obliga a los comerciantes a rebajar sus precios; viviendas cuadriculadas que brotan como setas;  emisiones televisivas en las que un funcionario denuncia la usura de una juguetería la víspera de navidad  y un vicepresidente que  habla de algo parecido a una ofensiva económica y de una cosa llamada Plan Patria. La gente que encuentro en las calles luce distinto, habla distinto, se viste distinto, un no sé qué que recubre la vida con una película de estropicio.

Alrededor de la morgue de Bello Monte –donde van a parar todos los cadáveres de la ciudad- se aglomera ahora mucha más gente que espera entre contenedores de basura y nubes de moscas. El 2013 cerró en Caracas con una cifra de 39 homicidios por cada cien mil habitantes, aunque hay quienes hablan de 79. No es posible saberlo. Resulta difícil  aferrarse a la certeza de los números, porque no se publican estadísticas: ni de muertos a manos del hampa, tampoco de la inflación, mucho menos la tasa de emprobrecimiento y desquicio, ni nada que se la parezca.  Miro a los hombres y mujeres que pastorean en la morgue. Transpiran derrota. Algo de esa resignación la consigo también en otros lugares: en los ojos de quienes me hablan, en la gruesa capa de sucio que se cierne sobre casas y edificios, en el cielo hermoso de una ciudad que se licúa, se pierde, entre la devastación y la montaña, acaso como el mal de amor de Rugeles y su Santa Mónica.

Salgo a la calle como el Marlow de Conrad -busco al Kurtz del que todos hablan-. Al llegar a casa, me paseo por el jardín sobre el lomo de mi borrico imaginario. Me convierto en el trasunto caraqueño del grueso Sancho, ese hombre que afea la Mancha, incapaz de ver gigantes donde en verdad hay molinos. El tufillo libresco acorrala mis cigarrillos, que fumo con el pecho apretado, con dolor en cada calada. Atornillo mitades de pitillos, los apago enroscándolos en un cenicero mientras sobo el collar de puntos suspensivos que habrá de salvarme de las certezas. No has venido a cantar el Apocalipsis, me digo.

He visitado librerías, no muchas –todavía-. He descubierto entre las estanterías despeinadas libros que valen lo que un café junto a otros que triplican el precio de cualquier objeto de lujo. También entusiastas y acicaladas ediciones de sellos independientes que se afanan en darle forma a la literatura nacional que se escribe como quien se agarra, fuerte, a una soga. Desordenados, acaso estoicos o inexplicables, he conseguido burbujas, lugares construidos con una paciencia que yo no sería capaz de hallar en medio del vertedero en el que la ciudad está empeñada en convertirse. Son pocos, pero existen. Y reconozco en esos pequeñísimos espacios –un centro cultural o acaso una librería, una galería, un teatro-  un acto de rebeldía contra el abatimiento, una isla del espíritu –diría Ida Gramcko- que intenta resistir a los golpes de agua salada y caliente. 

Miro a las personas que caminan apretadas buscando productos. Colecciono fotografías de las nuevas prohibiciones –acaso demasiadas en número y temática-. Cuento el número de veces que ocurren cosas en un lugar en el que todo se apaga o se incendia -dependiendo de cómo se mire-; en medio de las llamas surgen otras, acaso brasas más esperanzadoras –la gente es el fuego que importa-. Cuento edificios enanos y me dejo observar por los ojos de un presidente muerto que el gobierno hace imprimir en muros y vallas. Visito la plaza Bolívar y me siento a observar cómo llueven iguanas desde los árboles. Mido la duración de los semáforos y compruebo que ahora los rompecabezas que venden en algunas jugueterías construyen -en lugar de la imagen un páramo merideño o una playa- una estampa de los cinturones de miseria de Petare –¿unir las ruinas es acaso un nuevo pasatiempo?-. Entonces vuelvo a casa -la de mis padres, en laque ya no vivo-, a veces como Marlow, sobando el rosario, tirando de la cuerda, acariciando mi collar de puntos suspensivos. Leo El Corazón de las tinieblas mientras completo otra  ruta, acaso más extraña. Y entonces ocurre, otra vez, lo que Bernard acusa como un mal: confundo trozos de carne negra con los rostros de la gente, mezclo las novelas con la vida,  me descubro dando vueltas al monte lunar con el asta de una bandera que en algún lado habré de clavar. Llevar apretado al cuello una gargantilla de cuentas silenciosas. Tararear la balada de la diáspora. Ser extranjero, también al volver a casa.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Una bicicleta, una escopeta y una gorra tricolor

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"Vosotros lo tenéis todo, yo sólo tengo una escopeta"
Rafael Chirbes. En la orilla.

Suelo venir todos los días, por la misma razón. El vaso de café es más grande que en el resto de las cafeterías de la zona. Y eso me gusta. Las primeras veces la pasaba muy mal. En la barra solía sentarse –como ahora- un grupo de jubilados mañaneros,  una tropa de madrugadores abuelos que dejaban pasar el telediario con bocados lentos a un churro mojado en coñac. Al comienzo, sus chistes me molestaban. Irrumpían en mi despertar con un graznido de pantuflas que con el tiempo he aprendido a querer.
Pero hoy, justamente hoy, he recibido la mala noticia. Harto de las astillas, el dueño del bar ha tirado a la basura los grandes vasos de grueso cristal, los mismos que me han aficionado al lento desayuno de las ocho en el número 67 de la calle Atocha. No están. Han desaparecido. Al menos eso me ha explicado el camarero cuando le he reclamado por el repentino y minúsculo café que me sirve en un triste vaso de caña. Con resignación bebo una mierda de café que dejaría a medias de no ser porque comienzo a necesitar más el ambiente del bar que la cafeína de la mañana.
Remuevo el bebedizo con desgana, esperando a que la espiral que forma la cuchara disuelva las diez pastillas de sacarina con las que enveneno mi café. Tardan en desaparecer. Son resistentes las muy jodidas. Las inspecciono. Permanecen todavía visibles en el café negruzco que Antonio, un camarero más portugués que gallego, me sirve con su castellano ininteligible y sus raros chistes. “Hoy menos leche, porque la vaca está de vacaciones”. Nunca le digo nada, como tampoco digo a los abuelos que se carcajean, felices o no, de su madrugador aburrimiento. En el fondo les quiero. Y no sé por qué. Antonio hace lo que siempre. Sirve el café y exclama: "Opa-ya".
Hoy, además del café diminuto, algo más trastoca la rutina: estoy de vacaciones. A diferencia de otros días, dispongo de un tiempo bobo, ese que sirve para ver cómo una china engulle porras a la vez que vacía con enjundia sus fosas nasales con el dedo índice que le queda libre; con el medio y pulgar sostiene su grasienta columna de harina y azúcar, con el índice se dedica a hurgar. La imagen me da asco y me entretiene. Las dos cosas juntas no pegan pero forman parte del paisaje. Además,  hoy tengo tiempo, de sobra.
Cuando he comprobado que la sacarina está disuelta, una voz captura mi atención. Un jubilado, que podría ser ese o cualquiera de los diez que acuden todos los días -¿serán intercambiables?-, habla con el camarero. Lo hace a gritos. No sé por qué, habla del pasado –casi siempre lo hacen, pero esta vez es diferente-. Cuenta una historia de hace muchos años que no es suya. Será la de algún primo o un hermano, alguien del pueblo –no dice cuál-, un lugar que me parece a mí tan remoto como ahora le parecerá a él. Como tengo tiempo, afino el oído.
-Imagínate cómo sería entonces salir de España- dice el abuelo.

-Ya… -dice Antonio, el camarero, mientras pule uno de los nuevos y miserables vasos.

-Yenus –no sé a quién se refiere, ni siquiera sé si se escribe así- tuvo que vender su bicicleta y la escopeta.

-¿Para pagarse el viaje? –le responde Antonio.

-No, ¡para hacerse el pasaporte!
Algo muy dentro me dice: pregunta, pregunta. Pero el cabreo por los vasos de caña me espanta la vocación. Además, estoy de vacaciones. Bebo, con sorbos pesados y malhumorados. El abuelo no dice nada más. Otro, quizás mayor que él, habla de su familia. La que se marchó a Argentina. Saco el euro treinta del bolsillo y lo dejo en la barra. Doy las gracias y me marcho.
Camino por la calle Atocha, todavía con la idea de la bicicleta y la escopeta, rara combinación de un equipaje precario. Hago lo que todos los días: dejo un cigarrillo en la mano gruesa de una mujer gorda y estropeada que pide en las puertas de la iglesia de San Sebastián, cruzo en dirección de la Plaza del Ángel, esquivo vidrios rotos, respiro el aire frío de una ciudad que nunca llegaré a reconocer como propia y que amo justo por eso. Avanzo hacia la plaza Jacinto Benavente, la del barrendero de hierro, la misma donde aparcan el 32, el 6 y el 26. Esquivo a los alemanes borrachos y miro directo a los ojos a una morena prostituta que acumula años y maquillaje en los párpados.
Busco un regalo para mi sobrino. También otro para mi hermana y uno para mi hermano. Mientras bajo por la calle Carretas, me repito: una bicicleta y una escopeta. ¿Para pagar el viaje? No, el pasaporte. Una chica sin piernas me pide dinero. Una mujer ciega me pide una ayuda. Una chica de gafas me da un empujón, otra con los ojos pintados me pisa los talones. Estoy de vacaciones, me repito, mientras paladeo la bilis dulce que tienen las calles del centro al amanecer: charcos de vómito, restos de vidrio, remolinos de ropa abandonada.
Llego a Sol. Me distraigo con el calor que desprende la luz de las diez. Me dejo llevar. Estoy de vacaciones, repito, como si me sacudiera una rara culpa de encima.  Saco un cigarrillo, lo enciendo. Levanto la mirada. Un hombre con gorra tricolor, como la que usan Henrique Capriles y Nicolás Maduro, fuma junto a otros que llevan chaleco reflectante. Ellos dicen comprar oro; el de la gorra tricolor solo lleva colgada de una cinta una pequeña cartulina inscrita con una palabra, una sola: Cadivi.
Su negocio, acaso más discreto que el de los hombres que trabajan para la decenas de casas de empeño de la zona, consiste en pasar una tarjeta a aquellos turistas venezolanos que lo soliciten. Ellos piden mil. Él les da 900. Los cien quedan como comisión. Vender vergüenza a cambio de fe. Las pocas monedas que autoriza el gobierno venezolano, rematadas en un zoco a los incautos que quieran –o intenten- esquivar una norma que no les permite usar lo que les pertenece.
Paso de largo, subo por la calle Preciados. Entro en la tienda del Real Madrid. Busco algo para mi hermano. Un almanaque, un souvenir, algún objeto que le haga feliz y que no me vacíe el bolsillo. No me planteo una camiseta. Le he regalado miles. Hago la cola, paciente. No hay un solo español en la fila de clientes. Una mujer embutida en unos jeans blancos se demora. Pide, por favor, que inscriban la camiseta con el nombre de su sobrino: Lenin Alexander. El encargado le explica. Cada letra supone un recargo. Ella hace cuentas. Bale le sale más barato; y no lo duda. “Sí, sí… ponga eso, Bale”. Lleva tres camisetas. Acaso unos 300 euros en tela blanca fabricada por Adidas que harán más rico a Florentino Pérez y  que al cambio negro supondrán como tres salarios mínimos cada una. ¿Le compensa? Sí, supongo. Le compensa.
Viene a mi mente la bicicleta, la escopeta, la gorra tricolor. Podría, si quisiera, marcharme. Pero no lo hago. El modesto calendario que llevo, y acaso la fragancia oficial del Real Madrid, harán feliz a mi hermano, que necesita poco para sonreír. Al fin llega mi turno, pago. A mi lado, la mujer de pechos hinchados y culo prieto espera sus camisetas. Yo sólo quiero una bolsa más grande, más bonita, para que mi regalo parezca decente. Salgo a la calle. Miro el sol. Me entretengo con el bienestar que produce la luz. Camino, fumando sin ganas, hacia Sol. El hombre de la gorra tricolor sigue allí. Me pica la curiosidad, y acaso la bicicleta y la escopeta.
Pero no. Hoy no. Estoy de vacaciones. En dos días vuelo a mi ciudad. Puede esperar. Sí, puede –creo- esperar. Bicicleta. Escopeta. Me repito mientras camino, de vuelta, a casa. ¿Compensa? No lo sé. Simplemente… no lo sé.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El hombre del piano, junto a los servicios

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El 26 avanza con lentos tirones por la calle Atocha, hoy más empinada que de costumbre. Leo una novela mala, pésima. Chasqueo los dientes y busco las llaves en el bolso. Con ellas en la mano pienso que no me apetece llegar a casa. Es pronto y sin embargo ya es  casi de noche. Si pudiera, hoy me moriría de frío,  ganas o cansancio. Quizás todas a la vez.
Llego a la parada de siempre y como todos los días me bajo entre empujones de abuelas que hacen uso de sus paraguas con la destreza de las viejas que, según Kundera, inundan las calles de Praga.
Me bebería una cerveza, pienso. Pero el cansancio y el tedio me hacen desistir de  la lenta alegría de las aceitunas. No necesito siquiera caminar. Justo al bajar del autobús me topo con el más entrañable de mi colección de bares cutres. Cafetería La Vera, un lugar en el que conviven las tragaperras renegridas y grasientas con fotografías de orquestas firmadas por sus directores o mejores solistas.
Avanzo, con desgana. Las primeras dos de las tres mesas del salón están ocupadas por abuelos que beben chocolate espeso con cucharitas. En la barra se agolpan hombres ruidosos. Me hago un espacio al final y me siento en un taburete. No necesito siquiera decir qué deseo beber. El camarero sirve lo de siempre: caña y aceitunas. Hoy, quizás más que otro día, le agradezco que conozca mis rutinas, que decida por mí.
Miro mi vaso corto de cerveza, mordisqueo una aceituna horrible, cuando escucho, de pronto, los primeros acordes de Rhapsody in blue, de Gershwin. Me doy la vuelta. Un hombre mayor toca un piano. En todo el tiempo que llevo viniendo a La Vera, no había reparado en el instrumento, colocado malamente en el estrecho pasillo que conduce a los servicios.
Me asombra todo: el anciano pianista, el instrumento que nunca había visto y la melodía de Gershwin. Todo junto y a la vez me parece un beso, uno de esos que te dan cuando deseas que alguien te proteja. Y hoy, quizás más que ningún otro día, quiero que alguien cuide de mí.  
Seamos sinceros, Gershwin suele ser  bastante común en los repertorios de sitios que no pertenecen a nadie: bares, restaurantes, hoteles. Es –injustamente- como las grandes canciones de Sinatra, una joya convertida en cáscara, en hojalata, concha de cacahuete mordido, banda sonora del no-lugar. No habría porqué asombrarse. 
El asunto es que llevo días escuchando Porgy and bess. Lo hago por melancolía, como siempre que escucho ópera; también porque intento empujar con música las páginas de un capítulo puñetero de una novelita que no se deja escribir.
Cojo mi caña, mi plato de aceitunas agrias, me levanto de la barra y ocupo la única mesa vacía: justo la que está frente al calvo pianista de cazadora gris y perfil de doble papada. No he dado todavía un sorbo a mi cerveza –creo que en el fondo no me apetece-.
Me siento a escucharle. Lo hago con las manos apoyadas en las mejillas. Creo que soy la única que le escucha. Por eso me permito  pensar  que sólo toca para mí, que el Telediario de la tele empotrada en la pared no interrumpe, que los ruidosos hombres de la barra no estropean el aire  con sus risotadas. Me lo permito. Sí.
En épocas más pretenciosas habría paladeado El hombre del piano de Bukowski con los tragos que doy a mi cerveza. “El hombre del piano/ toca una pieza/ que no compuso/ canta una canción/ que no es suya/ en un piano/ que no es de él./ mientras/ la gente en las mesas/ come, bebe y habla”.
Pero no. Yo, a diferencia del auditorio que depara el poeta a su músico, no quiero que el pianista se levante. No quiero que deje de tocar. Necesito que continúe, que me retenga, que me haga compañía con la fidelidad que tienen las cosas que se evaporan, esas que en un rato ya no serán lo que nos parecieron: ni ten hermosas, ni tan especiales, ni tan nuestras, pero que necesitamos quién sabe dios por qué.
El pianista encadena Rhapsody in blue con Summertime, una canción que no me canso de escuchar, aunque sea en los sitios más disímiles y absurdos. Y aunque la de este hombre calvo no es como las de Ella Fitztgerald y Amstrong, Mahalia Jackson o Miles Davis, me vale. Incluso estropeándola, me seguiría valiendo. En el fondo no es eso: una nana que alguien canta a un niño mientras espera la tormenta que habrá de caer sobre Catfish Row. Una nana. Porque ya son demasiadas las noches en las que no consigo dormir.
Una mujer abre la puerta y sale de los servicios, tropieza al hombre anciano que toca el piano y se abre paso, balanceándose sobre sus piernas sin tobillos. Él sigue tocando, yo sigo ecuchándolo hasta el final. El pianista termina. No hay aplausos, ni uno. 

Doy un largo trago a mi cerveza, renuncio por completo a las aceitunas y me pongo de pie. Voy a la barra, pago y me abro paso entre hombres ruidosos y ancianos que mordisquean churros. A mis espaldas suena ahora un pasodoble de Manolo Escobar.

sábado, 5 de octubre de 2013

Pollo a la diáspora


Son las tres menos cuarto de una tarde que no se decide a ser otoñal. En Las Tablas, un barrio a las afueras de Madrid , los pocos transeúntes se arremolinan en las terrazas de unas calles desoladas y en las que florecen, aborrecibles, edificios de ladrillos. Unos iguales a otros. Este es un barrio feudal, casi autárquico: se basta a sí mismo. Y es que queda tan lejos que... ¡quién en su sano juicio iría a comprar el pan en metro hasta Plaza de Castilla! Valga decir, también, que quien lo recorre tiene la sensación de pasear por el Manzanares caraqueño; y no sólo por el ambiente aislado y remoto de sus condominios, sino también porque es una de las zonas de la ciudad donde puede que vivan más venezolanos por metro cuadrado.
Busco dónde comer pollo a la plancha por menos de diez euros; imposible en esta zona en la que el menú diario no baja de 12. Para conseguirlo, un almuerzo decente acorde con mis costumbres de fakir quiero decir, camino las tres desoladas cuadras que separan el periódico en el que trabajo del restaurante más cercano, una pequeña tienda de comida casera donde, como saben que como poco, tienen muy claro a qué atenerse conmigo.
Aunque empresas como Telefónica, la constructora FCC o ahora el BBVA tienen sus sedes aquí, es poca la vida que se cuece en sus calles: madres que empujan cochecitos, esmerados corredores  que parecen figurantes de televisión –están a todas horas: de día, de tarde, de noche- y, a veces, gente con perros que cruza las calvas calzadas espolvoreadas con cacas mínimas que dejan a su paso mascotas y dueños.
Las Tablas:  una zona pensada para gente con automóvil –la única boca de metro está lejísimo y sólo dos líneas de autobuses la comunican con la civilización-; gente que no hace vida en la calle; que no ensucia -no hay una sola papelera-; gente que no se va de copas; que no saca libros de la biblioteca –no hay ninguna, tampoco librerías, abundan, eso sí, las farmacias-; que no va al teatro, ni al cine… Gente que se recluye en sus palomares y hace corrillos vecinales en las pocas panaderías y supermercados de la zona. Valga decir: tampoco hay estancos ni kioscos. Así que de leer y fumar, más bien poco.
Y probablemente sea por ese trasunto miamero, ese regusto a pesadilla urbanística o a ciudad no peatonal donde radique el poderoso atractivo que tiene esta zona para los venezolanos; de otra forma no se explica que haya tantos, desperdigados por ahí con ese raro acento que nos florece entre los dientes después de unos años viviendo en la península, un cantado tan desagradable como impostado, lleno de conjugaciones que no nos pertenecen pero que nos hacen la vida más fácil.  
Después de caminar diez minutos llego a la pequeña tienda de comida casera y noto, de pronto, que otro restaurante -¡con menú a nueve euros!- ha abierto sus puertas. Es una pizzería o más bien un sitio de comida italiana en el que, sin embargo, ofrecen ensaladas y comida de esa que hace efecto relámpago –comes, pagas y te vas-. Entro. Nada más cruzar la puerta, lo he averiguado. ¡Otro restaurante de venezolanos! –hay uno de comida típica al que los caraqueños descastasdos hacemos peregrinaje para tomar un marrón con espuma o pagar seis euros por una arepa, se llama Antojos Araguaney-. Lo cierto es que, nada más entrar, me doy cuenta: estoy pisando territorio diáspora. Ese seseo, ese no sé qué, esa monería de la carta, la decoración, ¡algo! Debo decir que nadie ha abierto la boca. Ni el chico que lleva las mesas, ni la mujer de la barra.  Ya dentro, dudo si hacer lo que siempre hago al reconocer a los compatriotas –huir-. Pero me quedo. Tomo asiento. Miro la carta.
No se diga más. El chico que viene a tomarme la orden –caraqueñísimo- apunta ensalada mixta y pechuga de pollo a la plancha. Le desconcierta un poco que una comida tan sosa no esté regada con Coca Cola Light, que rechazo de inmediato y sustituyo por una cerveza.  A mi lado, una pareja de amigos –también venezolanos- habla de los días recientes, el viaje a Houston para ver a una hija que ha dado a luz, el primo en Miami, la nuera en Australia… En el local hay seis personas: tres comensales y tres empleados. Y los seis somos venezolanos. Nadie dice nada. No hay preámbulo de reconocimiento ni el acostumbrado… “¿Eres venezolana, no?”. En esta zona se da por sentado.
Pincho una lechuga con el tenedor. Me lo llevo a la boca. Mastico –y escucho-. Al tercer movimiento de mandíbula, apoyo el cubierto en la mesa y doy el Do de pecho: “Me siento como en Alto Prado, o en la Francisco de Miranda, o en Chacao, o en Baruta. Que todos somos venezolanos, cojones”. Me arrepiento un poco del giro castizo, pero ya el mal está hecho. Los dos señores se dan la vuelta; el camarero; la chica de la barra y hasta la cocinera. La primera en hablar es la comensal de mayor edad: “¿De Caracas, no?”.  Asiento. “¿Y cuánto llevas aquí?”. Siete años, respondo. “Nosotros diez”, contesta. Algo sin embargo, no cuaja en el ambiente. Ocurre últimamente: el país es como un cráter al que damos rodeos, una costra que no rascamos para que no sangre, algo que  aparcamos para no comenzar la retahíla : Cadivi, Maduro, la inseguridad, el síndrome skype –vemos crecer a nuestros sobrinos, primos, ahijados, a través de su pantalla de marco azul- … Nada de eso ocurre ni se cuela en la vida que momentáneamente compartimos, a nueve euros el menú. Seguimos comiendo.
A la hora del postre, el chico que atiende me ofrece cheese cake –no tarta de queso-, la ha hecho su esposa. No escojo la confitura  pero sí la oportunidad de un breve interrogatorio. Él es expedeveso, su esposa también y ya puestos, los señores de la mesa de al lado rematan: nosotros también. Algo se me atraganta, y no es la lechuga. Lo puedo asegurar. Pido la cuenta, sin mayores festejos ni jolgorios. No dejo que me la traigan y me acerco a la barra. Me dirijo a la mujer que sirve las cañas. “¿Sabes algo?” -le digo- “no sé si este ha sido el mejor sitio para comer”. Ella me mira, con cierto pánico. “Desde hace semanas sólo pienso en Caracas, en volver, en rehacer…”. No quiero que pase, pero la voz se me ablanda. Me disculpo y agrego: “Que son ya siete años, que yo ya pasé el límite para estas pendejadas”. Ella me mira y sonríe, largamente: “No señor. Para atrás ni para coger –coger, no agarrar- impulso. Somos valientes. Que no se te olvide, todos nosotros somos unos valientes”.
No recojo las vueltas. Atravieso el salón y salgo a la calle. La tarde achicharra como si fuera agosto. Miro las calles sin papeleras, los desolados condominios, los corredores figurantes y entonces echo a andar, de vuelta a la redacción. Y por más que lo intento, algo raro se me ataruga. Ha de ser que el otoño todavía no llega. Es eso, seguro. Sólo eso.

domingo, 1 de septiembre de 2013

#CapítuloTres


"La escritura, creo a veces, es un acto de recuperación y demolición simultáneos. Mientras el escritor pone en marcha un universo, otro autónomo, se desata. Piense en una manada de caballos o mejor, piense en un carro tirado por tres caballos. Imagine que cada uno tira en una dirección contraria. ¿Avanzaría esa carroza? No, ¿verdad? Pues creo, a veces, que las palabras se desbocan. Echan a correr, mientras quien escribe intenta domarlas, para que vayan en ésta o aquella dirección"

miércoles, 17 de julio de 2013

Verano

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Hay cosas que sólo ocurren en verano: las mesas de manteles limpios y platos relucientes; las cervezas frías que se beben de dos en dos; los aviones que llegan a mediodía y la dulce resaca de las aceitunas a deshoras.  También los regalos que salen a la luz después de meses en el armario, las ceremonias del equipaje deshecho y la idea momentánea, pero suficiente, de que sí, en efecto, estamos juntos de nuevo.
En el salón de casa hace un calor compacto que las aspas del ventilador apenas logran remover. Saco de una bolsa Escenas de una vida de infancia, de Coetzee, el autor favorito de mi hermana. Extiendo sobre la mesa un pliego de papel rojo y corto cinco trozos pequeños de cinta adhesiva. Antes de envolverlo, abro el libro. Leo la primera página: título, editorial, autor y traductores,  que en este caso son tres.
Uno de ellos es Juan Bonilla, el que considero, desde hace meses, mi mayor hallazgo literario, un especie de aliado en la perezosa vocación de mi propia escritura. Coincidencia feliz, papel de envolver rojo. Y comienza entonces la papiroflexia, la lenta ceremonia de envolver un libro que alguien más leerá, un evento pasado de moda que proporciona tanta alegría como lamer estampillas o cerrar sobres después de humedecer el pegamento con la lengua.
Me cuesta un poco terminar la tarea. Que el papel luzca liso, prieto, perfecto. Que el libro parezca una mano enguantada o una cintura pequeña en un vestido deslumbrante. El calor aprieta y el cigarrillo que olvido fumar ya es tan sólo una barra  de cenizas en un recipiente sin colillas.
Insisto: hay cosas que sólo ocurren en verano. O quizás sea el verano el que viene con las cosas que ocurren. No lo sé, mañana, a las once, llega el vuelo. El regalo de mi hermana ya está envuelto.