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domingo, 9 de marzo de 2014

Va, pensiero

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Para ti, que me enseñaste a escucharla.
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Un Quijote convertido en guiñol pide que el ministro Wert sea llevado al Tribunal Internacional de La Haya. No sabe uno si el asunto da para tanto, pero casi. A su alrededor, un grupo de niños no muy convencidos miran al  octogenario titiritero con cara de terror. Son las once de una mañana con sol y algo parecido al buen tiempo. El Paseo Recoletos está lleno, a ratos. Más de 80 asociaciones ligadas al teatro, el cine o la música han convocado una manifestación por la“dignidad” de la cultura, uno de los muchos sectores afectados no sólo por los recortes sino también por el aumento de hasta 13 puntos -en el caso del cine y el teatro- en la reforma fiscal que el gobierno de Mariano Rajoy puso en marcha en 2012. Los peluqueros y las funerarias sufrieron el mismo revés. Pero ya se sabe, la gente puede elegir no asistir a un concierto, pero no detener el crecimiento del cabello o la llegada de la muerte.
Emparentada con las protestas que han hecho sectores como el educativo o médico en los últimos meses, y que se han bautizado como mareas, esta ha decidido llamarse Marea roja. Y no sabe uno si es porque lo cultural, de forma atávica y casi peyorativa, ha sido considerado en España un territorio de la izquierda, de progres y rojos, o porque el color algo dice de cualquier acto creativo. En tal caso, esta no ha sido ni marea, ni roja; y no por hacerle de menos a los artistas, sino porque la última cosa parecida a un oleaje de semejante color en el Paseo Recoletos ocurrió cuando España ganó la Eurocopa por segunda vez consecutiva, en 2012. Que no pasa nada. Que no hay por qué darse golpes de pecho ante el hecho de que el fútbol atraiga a más gente; así que de Marea Roja la cosa pasa más bien a poza pintona.
Subo y bajo por el Paseo Recoletos. Un grupo de alumnos de conservatorios ejecutan melodías amables, de esas que la gente escucha por absorción –Albinoni en su mayoría-. En otro escenario, algo más abajo, un hombre aporrea un cajón y una niña improvisa malabares. Un sonidito de organillo, acaso de paso doble y feria, hace que todo parezca confuso, casi folklórico. Camino sin convicción. Y no porque no crea en lo que dicen –vivo de esto, soy periodista cultural- sino porque un tufillo extraño tiñe el ambiente.
Escoltado por un hombre que le da vigorosas palmadas y le llama candidato, el diputado de Izquierda Unida, Cayo Lara, baja dando zancadas. Me acerco e interrumpo su paseo. Él piensa que deseo un abrazo. O una foto. Y en verdad no sé si lo que deseo es preguntarle cómo es posible que su partido acepte dinero del gobierno venezolano –lo más lejano al progresismo que existe en el mundo- o si preferiría pedirle de regalo para mi padre el pin que lleva puesto. Opto por la segunda opción, es menos complicada, más neutra . El pin en cuestión es una bandera republicana hecha con lápices, un guiño a mi padre -y su fascinación por lo que esos colores significaron alguna vez- y también al acto independiente que un objeto para escribir encierra. Le pido el pin a Cayo Lara, quien me sonríe con una dentadura inverosímil, como de hormigón. Lo siente, sólo tiene ese. El hombre de las palmadas sigue llamándole candidato y yo quiero fumar. Me alejo. Él se queda,  con su pin prendido en el ojal de la americana, y recibiendo el round de peloteo de su compañero de paseo.
Una vez en Cibeles, dudo. ¿Subo y me hago con un sitio para lo que realmente he venido a ver o me siento a leer en un parterre bajo el sol? Decido hacer ambas cosas: subo a escoger un buen lugar desde donde escuchar la versión de Va pensiero que interpretarán la Orquesta Sinfónica y el Coro de Ciudad Real y me siento en el borde de una acera. Abro entonces el libro de Félix Romeo que desde hace días leo y releo. El ejemplar es amarillo y muestra al escritor aragonés, vestido de negro, de pie y muy erguido, mientras tapa uno de sus ojos con una mano. Por qué escribo (Xordica), reza el título, es una recopilación de los textos que publicó en prensa Romeo antes de morir. Me detengo en uno, titulado El cielo no se desploma, en el que Romeo habla de cómo a la escritora húngara Agota Kristof la risa le permitió darse cuenta de que el mundo seguía girando tras la muerte de Stalin. A mi lado dos señoras intentan fotografiarse con un teléfono móvil. “Que está muy de moda, pero es demasiado difícil”, dice una de ellas tratando de hacer el selfie dominical. Tendrán ambas la edad de mi madre. Ayer hablé con ella. Me contó que llevaba ya 15 días sin salir de casa y que ahora, a diferencia de unos días, la Guardia Nacional estaba entrando a la fuerza a las casas y los edificios a llevarse presos a los estudiantes que han participado en lasprotestas caraqueñas de las últimas tres semanas, que ya acumulan 21 muertos. Sé que a ella le gustaría estar aquí. Ama el Nabucco y si a mí también me gusta es gracias a ella. Y sé que a ella, como a mí, el Va pensiero –el canto de los esclavos- que está por sonar significa cosas muy distintas de lo que para la gente aquí reunida.
Leo y espero bajo el sol. Transcurre media hora. Comienzan a llegar los músicos. El coro. Los manifestantes. Alcalá está, ahora sí, apretada y concurrida. Apenas y puedo moverme. El maestro de ceremonias sube al escenario. Y la gente aplaude, grita Sí se puede, Sí se puede, Sí se puede. Miguel Ríos lee un comunicado. Exige al Estado garantizar la cultura como derecho. Y sí, razón podrá tener, pero parpadea en mi cabeza la idea de que una cultura capaz de financiarse a sí misma es más independiente que esa otra que crece con dinero público. Pero yo no he venido a esto. Sólo a escuchar una melodía. He venido a hacer lo que siempre cuando quiero ver a mi madre: escuchar opera. Quienes arengan callan y un coro soleado emprende la que sigo pensando es una de las más hermosas composiciones que he escuchado jamás: “Va, pensiero, sull'alidorate” (Ve, pensamiento, con alas doradas…)
Y aunque el coro del tercer acto habla en verdad del pueblo judío y fue escrito por Verdi en la Italia de la unificación, hay en esas palabras una astilla propicia para arder en cualquier época. “Oh mia patria sìbella e perduta!/ O membranza sì cara e fatal!”. (¡Oh, patria mía, tan bella y tan perdida!/ ¡Oh recuerdo tan querido y tan fatal!). Que hable de las orillas del Jordán y las torres derruidas de Sión puede que sea lo de menos. Va, pensiero es la melodía de la pérdida. Los judíos añoran su tierra, como otros la suya. Ellos atraviesan el largo exilio cantando mientras les exhortan a tener fe: Dios destruirá Babilonia. Y quizás por eso, por la idea confusa que producen juntas la fe y la distancia, la pérdida y la persistencia, al escucharla, los pulmones se llenan de aire y las ganas de cantar se confunden con las de gritar. Pero hoy no grito. Me mantengo de pie. Con una mano  sostengo el móvil con el que grabo un vídeo para que mi madre lo escuche y con la otra me limpio dos potentes lágrimas que me bajan por la mejilla. “Va, pensiero, sull'ali dorate”. Las señoras que intentaban fotografiarse me miran. No entienden por qué lloro. Mejor así. Mejor.

miércoles, 15 de enero de 2014

Exile Hangouts: Cuatro escritores venezolanos sobre la diáspora

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Pittsburg, Estados Unidos, 4.30 de la tarde, cinco grados. Madrid, nueve y media de la noche, ocho grados. Israel, diez y media de la noche, 15 grados. En Venezuela, desde donde nadie habló, eran las tres y media de una tarde nublada con 27 grados. Todo ocurrió al mismo tiempo en cuatro países y, a la vez,  en ninguno. Lo que se dijo, se dijo en la red... ese lugar al que van los deseos, trasegados y confundidos con la omnipotencia de la que gozan los dioses y los fantasmas. El martes 14 de enero de 2014,  cuatro venezolanos -Israel Centeno, Juan Carlos Chirinos,  Juan Carlos Méndez Guédez y Liliana Lara-, todos ellos de edades distintas –uno de 55; dos de 47 y una de 43-, se sentaron frente a la pantalla de un ordenador. ¿Qué les unía además de una ciudadanía y una conexión a Internet? Tres cosas. Un oficio: los cuatro son escritores. Una condición: los cuatro viven fuera del país. Y un tema: el exilio, esa vida –acaso esa otra forma de escribir- que supone reinventarse lejos del lugar de origen.
Titulado como Exile Hangout, el conversatorio en línea fue convocado por la revista digital Sampsonia Way, editada por City of Asylum, una organización radicada en Pittsburgh que se dedica a dar apoyo a aquellos escritores amenazados por sus opiniones y textos. Esta no ha sido la primera entrega. Ya hubo una anterior, en 2013, con escritores y creadores cubanos –exilados, por supuesto- en ocasión de una antología literaria que recogía sus textos. El motivo de este segundo encuentro, aunque travestido en ocupación y preocupación literaria, se vio envuelto en el espíritu del anterior: el quehacer de quien decide –o es obligado a decidir- marcharse.  
Más de medio millón de venezolanos vive hoy fuera de Venezuela, la cifra más alta en la historia de un país que acumula apenas dos siglos de vida como república y que ha experimentado en los 15 años del proyecto político del chavismo un lento, progresivo y doble desangramiento: el que ocurre puertas adentro y el que se derrama en Maiquetía. De esa percha se sujeta esta reunión sin mesa ni territorio. De ese gancho cuelga esta crónica, acaso imposible, de lo dicho en cuatro ciudades distintas. Y aunque hay algo de paliativo, acaso ortopédico, en este debate en línea, -incluso en el propio gesto de reseñarlo- una necesidad más potente sutura la cicatriz que semejante simulacro supone: el país, idiota; que diría Miyó Vestrini. Sí, el país, eso que urge entender.
La conversación comenzó como los festines de pan duro: atragantándose. Las palabras, aunque podrían, no siempre son sinónimas y esconden, como la vida de quienes las usan,  matices. Ninguno de los convocados salió de Venezuela al mismo tiempo, tampoco por las mismas razones. Chirinos y Méndez Guédez partieron hace casi veinte años. Liliana Lara hace diez. Centeno apenas dos. Y son  esas diferencias –ignoradas, imperceptibles para quienes escuchan- las que se cuelan como una carraspera en el auditorio de la banda ancha.
El escritor Israel Centeno, moderador del Hang Out, fue el primero en hablar. Y lo hizo no con una sino con varias interrogantes. ¿Qué adjetivo escoger para dar nombre a quienes se marchan? ¿Exilados? ¿Extranjeros? ¿Migrantes? ¿Asilados? ¿Diáspora?, preguntó en voz alta recorriendo con los ojos un teclado invisible que le entierra la mirada en una esquina de la pantalla. Centeno, quien vive en Estados Unidos desde 2012 luego de haber sufrido agresiones físicas y amenazas contra él y su familia por motivos políticos, colocó esas palabras en el aire sin aludir ni en una ocasión a las razones que explican por qué está sentado, él también, frente a ese monitor que no mira de frente y en el que se reflejan en miniatura sus otros interlocutores. Liliana Lara, quien  vive en Israel desde el año 2002, respondió en un primer turno: “Yo no me considero una exilada política. Me fui mucho antes de que todo estallara, quizás por otras razones, aunque sí considero que la lectura de la diáspora es política”.
“Yo salí en 1997 como estudiante, no como exilado. Ahora, cuando regreso a Venezuela me siento como un exilado y en España me siento como un inmigrante”, responde Chirinos, desde Madrid, apretado en una pantalla de video. “En Venezuela –agrega, desde otra cajita, Méndez Guédez- existe un exilio real. Hay asilados, también presos políticos, porque los hay. Esas listas negras, también las del mundo cultural, existen. Yo estoy orgulloso de pertenecer a ellas, porque no canto alabanzas a una revolución llena de muerte. Existen también los exilios voluntarios, como aquellos en los que Mutis y Bryce escribieron sus obras. El problema es que la palabra exilio ha cambiado”. Un salto en la conexión crea un hueco. Chirinos toma la palabra para redondear un concepto que podría parecer blando o informe –desprovisto de su gravedad original- en un mundo donde ya no se envían cartas ni la gente cruza el mar en vapores, y que sin embargo muta en algo más complejo. “Morfológicamente, Venezuela parece una democracia, pero en verdad pone en marcha una serie de métodos que obligan a quienes viven en ella marcharse”, dice.
Y una idea brota entre los cuatro,  la misma: en Venezuela, los verdaderos exilados no están fuera sino dentro. Son los que viven en espacios reducidos, asfixiantes; sitios que ya no son tales; calles en las que ya no caben todos. “Antes de salir de Venezuela, ya yo sentía que no estaba en mi país. Los venezolanos que viven en Venezuela están, en realidad, más exilados que aquellos que están fuera”, dice Israel Centeno, que intenta empujar la conversación, sacarla de un callejón y conducirla a otro en el que quepa la idea de la literatura venezolana. Sin embargo, un tema más denso insiste, se fija, estalla en otras preguntas -en el fondo apretadas en la misma cuestión: la pertenencia-.
¿Estando fuera se puede opinar de lo que ocurre en el país? ¿Tuvo sentido, para algunos,  tender puentes –cuando era posible-? ¿Cómo se ejerce la ciudadanía en un país que invisibiliza a quienes disienten? La conversación se anega, se trepa, reproduce un cuarto imaginario en el que el agua llega al techo. Se superponen temas  –patria, país, pertenencia, derechos, distancia- o acaso uno solo, atravesado por aguijones que hacen todavía más difícil definir qué es esta diáspora que todo lo impregna –que vacía hogares y crea familias de Skype- y que recientemente ha reunido sus testimonios literarios en la antología Pasaje de ida (Alfa, 2013).
“Desde la radicalización de 2002, cuando se comenzó a hablar, como los maoístas, de Revolución Cultural, y después de los episodios de Llaguno, me di cuenta de que gobierno y Estado en Venezuela eran una misma cosa, así que decidí que nunca participaría en una evento realizado por el gobierno (…) Por eso creo en ese otro país de libreros, editores, estudiantes, profesores y ciudadanos que crean, que hacen otras cosas, que resisten (…) Y por eso no me gustan los discursos épicos ni truculentos sobre el exilio. Yo estoy fuera, pero desde fuera también se construye país, ese que todavía nos pertenece. Y mi actitud consiste en la celebración de esa Venezuela en la que se crean y se hacen cosas, esa Venezuela en la que hay plátanos fritos”, dice Méndez Guédez refiriéndose a la anécdota del texto con el que participó en Pasaje de ida y que se recrea en un sabor, una sensación, una dulzura tan potente como lo es, a veces, la melancolía.
Una larga lista de preguntas de internautas se acumula. ¿Es más complicado publicar fuera de Venezuela? ¿Existe una literatura venezolana visible en el exterior? ¿Interesa a los departamentos de estudios literarios lo que los venezolanos han escrito y escriben? Liliana Lara habla de una invisibilidad completa –idiomática, prácticamente- de las letras criollas en Israel. Chirinos y Méndez Guédez hablan, sí, de una literatura venezolana cada vez más apreciada en España a pesar de no gozar de canales ni espacios oficiales para darse a conocer –o incluso teniendo que sobrevivir a la invisibilización a la que la somete los que ya existen-. La noción del escritor exiliado como dueño de una obra a la vez que divulgador de una tradición literaria aparece, se perfila, se hace clara. Sin embargo, otra, acaso la más lúcida, estalla en la boca de Israel Centeno.
La precariedad que supone la distancia hace necesaria una tradición -acaso antes denostada por sus propios herederos- que hoy sirve de ropaje y escudo. Se trata de algo tan reñido con la pertenencia como con la visibilidad. Otros países –Argentina, México, Colombia, Perú- entienden y usan a los escritores que les precedieron -incluso a las generaciones anteriores pero todavía activas- como un árbol genealógico que los explica y los sitúa y cuya existencia grupal supone una forma de avanzar en lugar de una competencia entre iguales. Esa, insisten, es una realidad cada vez más obvia y necesaria producto de un aprendizaje forzado. Más claro no pudo decirlo Centeno: “Hemos dejado de ser parricidas, estamos aprendiendo a nombrarnos”. Acaso por necesidad -u orfandad- la distancia corrigió la miopía literaria patria.
En el reloj de la barra de herramientas marca el tiempo de una hora que no es la misma para quienes conversan, pero que avanza y se consume para todos por igual –los minutos, como el oxígeno, arden de la misma forma en todas partes-. En Pittsburg, son ya las seis. En Israel, las doce. En Venezuela, desde donde nadie habló, son las cinco  de una tarde, todavía nublada, con 27 grados. En Madrid son casi las doce y todavía hace frío. Los cuatro escritores han dado por cerrado el debate después de una despedida rápida y sin aspavientos.  En la pantalla del ordenador la caja de vídeo del youtube se queda oscura, apagada, ausente, bobalicona. El cursor tartamudea, necio, en el documento de Word. La página parece más blanca hoy que otras veces. El teclado ametralla una idea, sólo una, en el folio: diáspora. Nunca, como esta noche, una palabra fue tan confusa ni una madrugada tan fría.

sábado, 13 de octubre de 2012

Madrid, 13 de octubre. Seis años




Me daba a mí por imaginar cosas, por buscar palabras y anotarlas en libretas, por pensar que era posible contar historias como en verdad ocurrían. Me tomaban por sorpresa los ancianos con acordeones, las estaciones de metro de Argüelles y Moncloa , los autobuses bajo la lluvia, las calles inundadas por paraguas y las farolas sin sueño del paseo pintor Rosales a las dos de la mañana.  Entonces siempre llovía y yo siempre pensaba en volver.
Pensaba que las cosas eran rápidas y sencillas y que las historias se escribían solas. Que ellas nos escogían para contarlas y no que había que cogerlas, fuertemente, como se hace con las palabras cuando se desbocan. No entendía yo que lidiaba con caballos a dos patas. Ignoraba cuán fuerte había que tirar de las riendas para que cada párrafo no echara a correr cuesta abajo.  No sabía yo que esta vida era una doma.
 Cuando llegué aquí  tenía mucho menos claro el sonido de las multitudes y el valor que van cobrando los días cuando se juntan, unos junto a otros, año tras año, como un conjunto invisible de verdades que se revelan, amarillas, sobre las paredes. No entendía el valor de una habitación con ventanas, cuán importante es una noche continua de sueño o el abrazo recuperado de a quienes en verdad echas de menos.
Aprendí a perder. A darme cuenta de que perdía lo aprendería mucho después. Perdí la costumbre de las libretas y dejaron de sorprenderme losancianos con acordeones. Todavía me impresionan los aviones y los autobuses bajo la lluvia. He perdido la costumbre de salir a caminar bajo la noche y también la idea de que las historias se cuentan solas.
Cuando llegué aquí, hace seis años, no pensé que quien se marchaba de un lugar lo hacía de esta forma, tan como si no ocurriera. Porque comienzan a llegar los días en que los regresos se parecen cada vez más a las visitas. Y cuando menos lo esperas,  descubres que has estado marchándote demasiado tiempo.
Me bajé de un avión en la Terminal 4 de Barajas, hace seis años. Era un trece de octubre. Llevaba entonces, creo, dos maletas llenas de ropa que no abrigaba. Y entonces creía que iba a algún sitio. Pensaba cosas definitivas que debían cumplirse en plazos más o menos  perentorios. Pero los días, como los equipajes, se extravían. Y cambian los viajeros de sitio como los aeropuertos de año. En mi país siguen gobernando los mismos –ya no sé si les odio o si sólo les he dejado quedarse con todo-, en mis libretas ya no manda nadie.
Aún extraño a los mismos que eché de menos ese día, y el siguiente a ése, y a ése y a ése. Todavía lloro cuando llueve y, aunque creé estas crónicas –los barbitúricos ciudadanos las llamé, a los pocos días de llegar- aún no me queda claro cómo ni cuándo voy a encontrar valor para contar esta historia como en verdad ocurrió. 

jueves, 17 de mayo de 2012

Caracas, ciudad de despedidas (Subtítulos)

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No espero que tengan la razón. Tampoco que estén en lo cierto. Los escucho porque algo en ellos me resulta tan remoto como familiar. A medida que avanza el buffer, de lo único que estoy segura es que de los chicos que ahora escucho apenas habían nacido cuando los saqueos del Caracazo. Como mucho cursarían maternal cuando la Corte Suprema de Justicia juzgó aCarlos Andrés Pérez y apenas estarían en primer grado, si acaso, cuando quebró el Banco Latino. No más.
Los que hablan son, en total, siete. De ellos, cinco se han ido del país. Los dos que permanecen hacen una bisagra imposible: el hundido muchacho que habita un pantano del que todos se marchan y un bonachón mancebo a quien la ciudad le sigue pareciendo un remanso de cervezas, colegas y pachanga. En el medio quedan los cinco migrantes y su particular colección de fobias nacionales sin resolver.
Los que se han marchado no lucen manifiestamente felices. Están bien. Describen lo que son ahora. Lo que dejaron atrás: caos, suciedad, hampa, miedo, una montaña, aquel cielo, estas cosas que no saben cómo nombrar; también lo que echan de menos: amigos, pertenencia, recuerdos, casa. Se refieren a lo que serán cuando regresen, como un colorín colorado. Al hablar, finalizan sus frases con un latiguillo de interrogación. Su pesada lengua de bachillerato privado les aniña el habla y creo que, a veces, el corazón. 
Volverían, dicen, pero lo patrio –aunque sea lo que ansían- les resulta un lastre.  Cual Pérez Bonalde del Skype y las millas de Air Europa, los entrevistados confunden país con capital, y en ella vierten con la misma fuerza e intención, infancia y adultez, mierda y melancolía, afectos y miedo, la primera vez de todo con las ganas de no repetir jamás.

Todo esto lo explican mal. Bastante mal. ¿Para qué engañarnos? Sin embargo, la capacidad de expresarse guarda relación con la capacidad de dar nombre a lo que vivimos. Articular lenguaje supone la habilidad –adquirida o aprendida-  para generar y relacionar vivencias. ¿Qué edad tienen quienes hablan?Veintiuno, veinticuatro, ¿veintiséis? No más.  Con tan poca edad el repertorio me parece lo suficientemente confuso como para que el lenguaje se retraiga como la piel ante el frío.
En los últimos ocho años, el número de venezolanos fuera ha pasado de medio millón a  más de 850.000, según cifras oficiales. ¿El dígito de los apestados o los parias? ¿La foto de familia del país de los últimos 15 años? ¿La tribu de los redimidos o los cobardes? ¿Quién entiende al que se ha ido? ¿Él mismo? La ausencia total de discurso, la imposibilidad de asignar palabras a lo que estos muchachos piensan y sienten, es el argumento más potente de documental Caracas,Ciudad de despedidas, hecho por un grupo de jóvenes que intentaron reflexionar  sobre porqué tanto su generación deciden abandonar su país.
Minuto cuatro. Segundo 42. “Un día estaba en una despedida. Veía a todo el mundo. Y decía como que ‘Marico’. Estos son mis fines de semana. En esto se han convertido mis fines de semana.: puras despedidas. Ya no son que si fiestas, o reuniones en un local. Si no, verga, vamos a la despedida de tal’  Y hasta se volvió como algo bueno, ¿sabes?”. Escucho. Y aunque no pretendo que tengan la razón. Detengo el vídeo. Lo mismo nos ocurría. Lo mismo me ocurría a mí nueve meses o seis antes de marcharme hace ya seis años. Aún no he regresado.

domingo, 24 de abril de 2011

Tres metros de largo por dos de ancho

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A ustedes
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Deshago mi equipaje en una habitación de tres metros de largo por dos de ancho. Las paredes son rugosas y ninguna tiene ventanas. Tres estanterías con libros ocupan el resto del espacio que normalmente alguien dedicaría a una mesita de noche. Una samsonite gris oscuro, modelo carcasa, permanece abierta sobre una cama individual. La maleta se deja hacer como un pez muerto al que alguien remueve sus entrañas . He vuelto. Una vez más, he vuelto. ¿A casa?
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La última vez que crucé al Atlántico, lo hice como siempre, con cicatrices. Pero hay cosas que duelen más que cruzar el mar. Mucho más. Y muchas más. Pocos días antes de irme de viaje, uno de esos inofensivos, o que uno piensa que son tales, intercambiaba correos con un amigo argentino mexicano. Hablábamos sobre la diáspora. Yo lo hacía con mi vocación de cepa amarga; él, con sus cultos modales de hijo de exilados durante la dictadura argentina. Su reflexión era bastante más lúcida que la mía. Para darme patria, supongo, mi amigo me envió un texto suyo: Razones de un apátrida. Doce argumentos que ahora repaso mientras desdoblo jerseys y camisetas. Doce razones que ocupan demasiado espacio en esta habitación de tres metros de largo por dos de ancho.

Se ha escrito que la patria es la infancia. Se ha escrito que la patria es la lengua. Mi patria es haber sobrevivido a un proyecto de exterminio que ni siquiera fue pensando para mí. En ese momento perdí un país, una cultura. Es decir (y resulta extremadamente penoso intentar explicarlo, porque de algún modo es incomunicable): mi patria es el instante en el que el destino de mi familia ya no tuvo que ver con proyectos de vida sino con imperativos de supervivencia, el momento en que se me negó Argentina. O mejor: su posibilidad. La dictadura es el hecho fundamental de mi vida. Mi origen.

No he dicho de dónde he vuelto. Ni adónde he ido, ni porqué deshago un equipaje con la cabeza metida en el ovillo de una samsonite modelo carcasa. No he ido a mi país. Un lugar que hace bastante tiempo que no piso, ni siquiera en conversaciones. He viajado a Centroamérica. A Costa Rica. A reencontrarme con mi familia, como parece costumbre de un tiempo a esta parte, en tierra neutral.

He hecho lo que todos los turistas: pasearme por la cáscara de las cosas. Retratarme alegre e impunemente ante el remedo de ciertas estampas. He llevado en mi muñeca pulseritas de todo incluido. He entrado y salido de las casetas inmigración con un pasaporte español que ni yo me creo. Me he visto desde fuera. Me he visto lejos, muy lejos, de cualquier lugar… más cerca de la treintena que de los tempranos veinte que tenía cuando dejé Caracas.

Revolviendo mis cosas, me doy cuenta de que en ese entonces tenía mucho más equipaje que ahora. Mis maletas pesaban más. Y cada retorno era un brevísimo mientras tanto -cada regreso parecía una amenaza, ¿contra qué?-, una brazada que prometía acomodar desastres. El tiempo me enseñó que pensaba y decía ridiculeces. Ahora, cuando no puedo volver, cuando aterrizo en el aeropuerto de una vida donde todo tiende a un raro y anónimo bienestar, caigo en la cuenta de que la vida se comporta como los detergentes. Que pasa por las fibras desgastando los colores, derrotándolos hasta la rara expresión de un tono estropeado y uniforme.

Pienso estas cosas mientras muevo objetos de sitio en un espacio no muy grande. Pienso estas cosas cuando regreso de quién sabe dónde. Pienso estas cosas con el bronceado ridículo de un vacacionista. Pienso estas cosas después de pasar unos días en Costa Rica, un país que significa lo suficiente como para dedicarle mucho más que este estúpido tono cobrizo del que ahora me jacto con quienes se topan conmigo. En 1929, después del estrepitoso fracaso del Falke, tras la Generación del 28, Rómulo Betancourt, que quizás no diga nada a los venezolanos que hoy tienen 15 o 16 años, y que abreviaré aquí como el presidente de los primeros 40 años de Democracia en Venezuela tras el Pacto de Punto Fijo, se marchó a ese país de Centroamérica para batirse en su primer exilio político serio. Y cuando sigo serio, me refiero al acto sesudo de forjar, acertado o no, un plan ideológico -eminentemente socialista- contra el general Juan Vicente Gómez, en ese entonces atornillado al poder desde hacía más de dos décadas.

Repaso todo esto amargamente, en mi habitación de tres metros de largo por dos de ancho. Y ni siquiera lo hago con un sentido patrio. No lo hago con la tentación colectiva de quien no pisa su país desde hace ya unos años. Lo hago con una rara sensación de errancia, de quien ya no sabe a qué casa o a qué vida vuelve. De quien ya no sabe qué periodismo hace o qué literatura escribe, cuáles novelas o cuántas vidas engaveta. Tiene razón mi amigo, quizás. Tiene razón más en su caso que en el mío, probablemente, pero tiene razón. Pero a estas alturas, ya no sé qué me duele más. Si el gotelé de estas paredes sin ventanas, si el periodismo sin periódicos de estos días, si los años con Atlántico que he sorbido con la nariz pegada a las ventanillas… o la carnicería que llevo a cuestas. Hay cosas que duelen más que cruzar el mar. Y no voy a enumerarlas aquí. No creo que sea este el sitio. No creo que sea este el día.

Así como estoy, rodeada de zapatos y pasaportes -¿por qué archivo tantas versiones de mi nacionalidad? ¿de qué sirve?-, me dan lo mismo estas gotitas de cemento que afean mi habitación y la globalización que todo lo puede, incluso marchitar los colores de mi corazón con su cloro machacón de pasaportes y aeropuertos.
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Tanta sal vista desde tan alto no puede ser inofensiva, jamás. Ha de ser por eso que siempre me adormezco entre una jauría de bandejas y cubiertos de plástico y ese llanto raro y lechoso que ocurre sólo 40.000 pies de altura. Por eso, cuando vuelo en sentido contrario del movimiento que separa el día de la noche, me despierto así, silenciosa, perdida, más niña que nunca –con el corazón lleno de acentos y entonaciones confiscadas- , con ganas de volver y sin saber adónde, mientras deshago el equipaje en una habitación de tres metros de largo por dos de ancho.