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miércoles, 15 de enero de 2014

Exile Hangouts: Cuatro escritores venezolanos sobre la diáspora

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Pittsburg, Estados Unidos, 4.30 de la tarde, cinco grados. Madrid, nueve y media de la noche, ocho grados. Israel, diez y media de la noche, 15 grados. En Venezuela, desde donde nadie habló, eran las tres y media de una tarde nublada con 27 grados. Todo ocurrió al mismo tiempo en cuatro países y, a la vez,  en ninguno. Lo que se dijo, se dijo en la red... ese lugar al que van los deseos, trasegados y confundidos con la omnipotencia de la que gozan los dioses y los fantasmas. El martes 14 de enero de 2014,  cuatro venezolanos -Israel Centeno, Juan Carlos Chirinos,  Juan Carlos Méndez Guédez y Liliana Lara-, todos ellos de edades distintas –uno de 55; dos de 47 y una de 43-, se sentaron frente a la pantalla de un ordenador. ¿Qué les unía además de una ciudadanía y una conexión a Internet? Tres cosas. Un oficio: los cuatro son escritores. Una condición: los cuatro viven fuera del país. Y un tema: el exilio, esa vida –acaso esa otra forma de escribir- que supone reinventarse lejos del lugar de origen.
Titulado como Exile Hangout, el conversatorio en línea fue convocado por la revista digital Sampsonia Way, editada por City of Asylum, una organización radicada en Pittsburgh que se dedica a dar apoyo a aquellos escritores amenazados por sus opiniones y textos. Esta no ha sido la primera entrega. Ya hubo una anterior, en 2013, con escritores y creadores cubanos –exilados, por supuesto- en ocasión de una antología literaria que recogía sus textos. El motivo de este segundo encuentro, aunque travestido en ocupación y preocupación literaria, se vio envuelto en el espíritu del anterior: el quehacer de quien decide –o es obligado a decidir- marcharse.  
Más de medio millón de venezolanos vive hoy fuera de Venezuela, la cifra más alta en la historia de un país que acumula apenas dos siglos de vida como república y que ha experimentado en los 15 años del proyecto político del chavismo un lento, progresivo y doble desangramiento: el que ocurre puertas adentro y el que se derrama en Maiquetía. De esa percha se sujeta esta reunión sin mesa ni territorio. De ese gancho cuelga esta crónica, acaso imposible, de lo dicho en cuatro ciudades distintas. Y aunque hay algo de paliativo, acaso ortopédico, en este debate en línea, -incluso en el propio gesto de reseñarlo- una necesidad más potente sutura la cicatriz que semejante simulacro supone: el país, idiota; que diría Miyó Vestrini. Sí, el país, eso que urge entender.
La conversación comenzó como los festines de pan duro: atragantándose. Las palabras, aunque podrían, no siempre son sinónimas y esconden, como la vida de quienes las usan,  matices. Ninguno de los convocados salió de Venezuela al mismo tiempo, tampoco por las mismas razones. Chirinos y Méndez Guédez partieron hace casi veinte años. Liliana Lara hace diez. Centeno apenas dos. Y son  esas diferencias –ignoradas, imperceptibles para quienes escuchan- las que se cuelan como una carraspera en el auditorio de la banda ancha.
El escritor Israel Centeno, moderador del Hang Out, fue el primero en hablar. Y lo hizo no con una sino con varias interrogantes. ¿Qué adjetivo escoger para dar nombre a quienes se marchan? ¿Exilados? ¿Extranjeros? ¿Migrantes? ¿Asilados? ¿Diáspora?, preguntó en voz alta recorriendo con los ojos un teclado invisible que le entierra la mirada en una esquina de la pantalla. Centeno, quien vive en Estados Unidos desde 2012 luego de haber sufrido agresiones físicas y amenazas contra él y su familia por motivos políticos, colocó esas palabras en el aire sin aludir ni en una ocasión a las razones que explican por qué está sentado, él también, frente a ese monitor que no mira de frente y en el que se reflejan en miniatura sus otros interlocutores. Liliana Lara, quien  vive en Israel desde el año 2002, respondió en un primer turno: “Yo no me considero una exilada política. Me fui mucho antes de que todo estallara, quizás por otras razones, aunque sí considero que la lectura de la diáspora es política”.
“Yo salí en 1997 como estudiante, no como exilado. Ahora, cuando regreso a Venezuela me siento como un exilado y en España me siento como un inmigrante”, responde Chirinos, desde Madrid, apretado en una pantalla de video. “En Venezuela –agrega, desde otra cajita, Méndez Guédez- existe un exilio real. Hay asilados, también presos políticos, porque los hay. Esas listas negras, también las del mundo cultural, existen. Yo estoy orgulloso de pertenecer a ellas, porque no canto alabanzas a una revolución llena de muerte. Existen también los exilios voluntarios, como aquellos en los que Mutis y Bryce escribieron sus obras. El problema es que la palabra exilio ha cambiado”. Un salto en la conexión crea un hueco. Chirinos toma la palabra para redondear un concepto que podría parecer blando o informe –desprovisto de su gravedad original- en un mundo donde ya no se envían cartas ni la gente cruza el mar en vapores, y que sin embargo muta en algo más complejo. “Morfológicamente, Venezuela parece una democracia, pero en verdad pone en marcha una serie de métodos que obligan a quienes viven en ella marcharse”, dice.
Y una idea brota entre los cuatro,  la misma: en Venezuela, los verdaderos exilados no están fuera sino dentro. Son los que viven en espacios reducidos, asfixiantes; sitios que ya no son tales; calles en las que ya no caben todos. “Antes de salir de Venezuela, ya yo sentía que no estaba en mi país. Los venezolanos que viven en Venezuela están, en realidad, más exilados que aquellos que están fuera”, dice Israel Centeno, que intenta empujar la conversación, sacarla de un callejón y conducirla a otro en el que quepa la idea de la literatura venezolana. Sin embargo, un tema más denso insiste, se fija, estalla en otras preguntas -en el fondo apretadas en la misma cuestión: la pertenencia-.
¿Estando fuera se puede opinar de lo que ocurre en el país? ¿Tuvo sentido, para algunos,  tender puentes –cuando era posible-? ¿Cómo se ejerce la ciudadanía en un país que invisibiliza a quienes disienten? La conversación se anega, se trepa, reproduce un cuarto imaginario en el que el agua llega al techo. Se superponen temas  –patria, país, pertenencia, derechos, distancia- o acaso uno solo, atravesado por aguijones que hacen todavía más difícil definir qué es esta diáspora que todo lo impregna –que vacía hogares y crea familias de Skype- y que recientemente ha reunido sus testimonios literarios en la antología Pasaje de ida (Alfa, 2013).
“Desde la radicalización de 2002, cuando se comenzó a hablar, como los maoístas, de Revolución Cultural, y después de los episodios de Llaguno, me di cuenta de que gobierno y Estado en Venezuela eran una misma cosa, así que decidí que nunca participaría en una evento realizado por el gobierno (…) Por eso creo en ese otro país de libreros, editores, estudiantes, profesores y ciudadanos que crean, que hacen otras cosas, que resisten (…) Y por eso no me gustan los discursos épicos ni truculentos sobre el exilio. Yo estoy fuera, pero desde fuera también se construye país, ese que todavía nos pertenece. Y mi actitud consiste en la celebración de esa Venezuela en la que se crean y se hacen cosas, esa Venezuela en la que hay plátanos fritos”, dice Méndez Guédez refiriéndose a la anécdota del texto con el que participó en Pasaje de ida y que se recrea en un sabor, una sensación, una dulzura tan potente como lo es, a veces, la melancolía.
Una larga lista de preguntas de internautas se acumula. ¿Es más complicado publicar fuera de Venezuela? ¿Existe una literatura venezolana visible en el exterior? ¿Interesa a los departamentos de estudios literarios lo que los venezolanos han escrito y escriben? Liliana Lara habla de una invisibilidad completa –idiomática, prácticamente- de las letras criollas en Israel. Chirinos y Méndez Guédez hablan, sí, de una literatura venezolana cada vez más apreciada en España a pesar de no gozar de canales ni espacios oficiales para darse a conocer –o incluso teniendo que sobrevivir a la invisibilización a la que la somete los que ya existen-. La noción del escritor exiliado como dueño de una obra a la vez que divulgador de una tradición literaria aparece, se perfila, se hace clara. Sin embargo, otra, acaso la más lúcida, estalla en la boca de Israel Centeno.
La precariedad que supone la distancia hace necesaria una tradición -acaso antes denostada por sus propios herederos- que hoy sirve de ropaje y escudo. Se trata de algo tan reñido con la pertenencia como con la visibilidad. Otros países –Argentina, México, Colombia, Perú- entienden y usan a los escritores que les precedieron -incluso a las generaciones anteriores pero todavía activas- como un árbol genealógico que los explica y los sitúa y cuya existencia grupal supone una forma de avanzar en lugar de una competencia entre iguales. Esa, insisten, es una realidad cada vez más obvia y necesaria producto de un aprendizaje forzado. Más claro no pudo decirlo Centeno: “Hemos dejado de ser parricidas, estamos aprendiendo a nombrarnos”. Acaso por necesidad -u orfandad- la distancia corrigió la miopía literaria patria.
En el reloj de la barra de herramientas marca el tiempo de una hora que no es la misma para quienes conversan, pero que avanza y se consume para todos por igual –los minutos, como el oxígeno, arden de la misma forma en todas partes-. En Pittsburg, son ya las seis. En Israel, las doce. En Venezuela, desde donde nadie habló, son las cinco  de una tarde, todavía nublada, con 27 grados. En Madrid son casi las doce y todavía hace frío. Los cuatro escritores han dado por cerrado el debate después de una despedida rápida y sin aspavientos.  En la pantalla del ordenador la caja de vídeo del youtube se queda oscura, apagada, ausente, bobalicona. El cursor tartamudea, necio, en el documento de Word. La página parece más blanca hoy que otras veces. El teclado ametralla una idea, sólo una, en el folio: diáspora. Nunca, como esta noche, una palabra fue tan confusa ni una madrugada tan fría.

domingo, 11 de marzo de 2012

Don Mario y los hipopótamos

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Mario Vargas Llosa, junto a uno de sus especímenes.                                       

Comparto con Mario Vargas Llosa la afición por coleccionar figuras de animales mastodónticos. En el caso del Nobel, se trata de hipopótamos; en el mío, los paquidermos.
De Don Mario, de quien celebro todo cuanto puedo, excepto su primera y su última novela y alguno que otro desatino excesivamente liberal, la colección de semejantes animales supuso, primero la celebración de alguna cercanía –por mínima que fuese- y, en segundo lugar,  una pieza en el puzzle imaginario que trazo sobre su perfil.
Porque Vargas Llosa es un hombre simultáneo, que ocurre tantas veces como perfiles tenga. Es el escritor aplicado y metódico –el autor de La casa verde y La guerra del fin del mundo-, también el ensayista lúcido –Cartas a un joven novelista- pero también el aflautado y diplomático columnista como el enardecido antipopulista y liberal de manual.
Don ha sido también, a veces, el prohombre –el intelectual de la mezcla  positivista-moderno latinoamericano comprometido contra el oscurantismo, verbigracia, su candidatura contra Fujimori-, y en otras un cretino irredento –La tía julia (Urquidi) y el escribidor, por ejemplo-.
Y semejante blanco contra negro al momento de acercarme a Vargas Llosa lo perpetro con tal barbarie, porque me gusta verle así, como una red de tramas ásperas combinadas con otras más sedosas; una tela rara, hecha de sus propias contradicciones.
En la confección de esa rara costura, el hipopótamo como afectivo fetiche esconde el momento justo de su carácter en que derecha e izquierda, adelante y atrás, cretino y prohombre,  bonachón y fiera eclosionan. Todo metido en el saco de la ternura y la apariencia.
Volvamos al punto de partida: el hipopótamo y elefante, colocados en fila india, simétricos, sobre escritorios llenos de papeles. Vistos así, rigurosamente,  no hay nada en común entre estos animales, excepto ser mamíferos con placenta y exagerado volumen.
Los hipopótamos tienen entre sus familiares más cercanos a los cetáceos; los elefantes a los mamuts. El hipopótamo suele ser un individuo solitario; los elefantes se mueven en manadas; y mientras uno puede ser tremendamente feroz y agresivo, al segundo se le atribuyen rasgos de asociados a la inteligencia, como la compasión, el auto reconocimiento y la memoria.  
Vargas Llosa  colecciona y admira a los hipopótamos por la capacidad insaciable y bonachona con la que hacen el amor; y quienes amamos a los elefantes, puede que sea  por la dignidad con la que apañan su volumen.

Si los elefantes amaran  serían capaces de destrozarlo todo con el ímpetu y la urgencia de sus buenas intenciones.  Y es ahí cuando emerge en ambas especies el saco de la ternura y la simulación. Las ferocidades activas y pasivas del coleccionismo y la madre naturaleza.
Uno, por su aparente y bonachona bondad, por su piel rosácea y su hedionda apariencia de bolita de carne… El hipopótamos parece un inofensivo y poco agraciado Quasimodo de la madre naturaleza que una vez invadido en su fortaleza pasicorta, atacará y derribará como el más fiero de los felinos o los reptiles.
Es normal incluso que para resguardar su territorio los hipopótamos lleguen a  matarse entre ellos. No en vano es considerado uno de los animales más agresivos de África, tal y como si de pronto, este inofensivo practicante del sexo torpe, tierno y ocioso eclipsara su redondez en una angustiosa  y solitaria cápsula de violencia. 
El otro, el noble elefante,  a diferencia del rosáceo hipopótamo, es capaz  a veces de infundir un cierto miedo con sus enormes patas de árbol congelado y su nariz chorreante de medusa o escopeta. Él avanzará con sus enormes pabellones alzados y sus ojos ciegos a cada lado de su trompa triste.  Reconocerá a los suyos si los encuentra muertos, buscará su sitio en el mundo cerca de un arroyo  y cuando sienta miedo, enredará sus patas, dará vueltas y revolverá espantado todo cuanto le rodea y derribará, también feroz, aquello que ama, también preso de una corriente salvaje aunque distinta. En él, atrás y adelante, derecha e izquierda, también hará eclosión solitaria y angustiosa.

Miro una fotografía de Mario Vargas Llosa que ilustra una entrevista la que un reportero con pocas ganas deja pasar comentarios sueltos acerca del interés del Nobel en los hipopótamos. En una de sus respuestas, Don Mario menciona una pieza de su cosecha en la que menciona a su animal fetiche: Katia y Los hipopótamos. La obra de teatro se estrenó en 1983 en la Sala Ana Julia Rojas, en Caracas, Venezuela y fue editada ese año también  por Seix Barral.
El argumento es fácil de reconocer. Forma parte de un episodio de la juventud de Vargas Llosa que su primera esposa, Julia Urquidi, cuenta en el libro Lo que Varguitas no dijo, que ella escribió como contestación a la  novela autobiográfica Tía Julia y el escribidor, y que el mismo Vargas Llosa parece haber rescatado de sus recuerdos para su propia cosecha.
No tengo claro en este momento si Vargas Llosa conoció en Madrid o París a la mujer que inspira a Katie,  personaje principal de la obra, que pertenece a la clase social alta  y que desea plasmar en un libro el viaje que ha realizado por diferentes lugares de Asia y África y en el que, claro está, habla de los hipopótamos.
Su contraparte en la obra es un profesor, encargado de escribir el relato y cuya figura en la realidad sería el entonces joven aspirante a escritor, Vargas Llosa, quien –cual bonachona y entonces fea cintura de la madre naturaleza literaria- para ganarse la vida recurría a hacer de negro.
Mucho le faltaba a Don Mario para convertirse en el bello y feroz espécimen que hoy colecciona feúchos y graciosos hipopótamos, querendonas y furibundas bestias.  Le quedaba demasiado. Y si su piel entonces no era rosácea, probablemente su aire sí fuese más el de un paticorto mastodonte, torpe y pesado amante cuya única reminiscencia actual sea hoy la ferocidad pasiva de quienes se siguen sabiendo tiernos, vulnerables, enormes o solitarios.
Difícil esto lo de coleccionar figurillas. Es como hacerse réplicas personales por toda la casa con bestias talladas en madera. ¿Psiconálisis decorativo? Complicado asunto éste. Porque cada tristeza es diferente y viene de pozos diferentes. Porque nadie sabe a ciencia cierta, qué fiera sacará a pasear sobre el escritorio. A fin de cuentas, quién es el aficionado sino un miembro más de la manada que coloca en formación, por orden de tamaño,  junto al pisapapeles.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Los hombres de Bernhard


Llevo cerca de un mes leyéndolo, subrayando cada una de sus frases y untándolas en una libreta para separar con el lápiz la prosa de la sustancia odiadora. Comencé con El Sótano, una novela ambientada en la postguerra que forma parte de la saga autobiográfica del narrador y dramaturgo austríaco. En ella, Bernhard se narra a sí mismo, cuando, camino de la escuela, decide tomar la dirección opuesta, darse la vuelta y entrar en la oficina de empleo.

Allí, con su mochila al hombro, un Bernhard de 16 años busca un trabajo de aprendiz en un oscuro comercio de alimentación donde debe cargar pesados sacos, pasar horas rodeado de polvo, soportando pestilencias y miserables clientes del barrio más pobre de Salzburgo. Es allí, en el acto repetitivo y mecánico, en la sensación de ser útil y de escapar del mundo de la escuela y del de su familia, donde Bernhard dice sentirse libre. Todo ocurre en primera persona. Con una potencia amarga que no defrauda la promesa de quien me lo recomendó asegurándome que en él encontraría la fina materia del desapego para diagnosticar mi propio malestar patrio.

En la dirección opuesta. Thomas Bernhard se sentía atrapado entre dos mundos miserables. O tres. O uno. Emocional y psíquicamente inestable, estuvo años recluido en un sanatorio a causa de su mala salud. Y me pregunto si sus quebrantos provenían de su exceso de lucidez. Más adelante, cuando leí Tala -un agresivo y potente libro que engullí entero en el metro, eso le da más sentido- pude comprobar que lo suyo iba más allá de lo que yo pensaba.
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En Tala, un hombre vuelva a Viena después de 20 años de ausencia. Y su regreso coincide, justamente, con el suicidio de una amiga y la invitación a una cena artística ofrecida por un matrimonio de la pequeña burquesía del que en su momento fue casi cortesano y a los que ahora odia, por sus prácticas provincianas y esnobistas.

Enterrado en un sillón de orejas, comido por su propia rabia, el narrador pone en marcha un furioso monólogo donde lo nacional queda hecho un guiñapo y lo humano poco menos que una sobra. En ella, Bernhard habla de Viena como una ciudad depredadora que ahoga a sus propios vástagos, un tema al que vuelve -a su manera- en El malogrado (1983), centrada en el fracaso de un estudiante de piano en contacto con un genio.
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Sus novelas tienen una impronta de la dramaturgia lo suficientemente fuerte como para que puedan ser leídas como si alguien las interpretara para nosotros. Quizás por eso uno tiene la sensación de que el narrador de Tala ha chupado la energía entera del lector sentado sin apenas alzar la voz, ahí desde el sillón del salón de estar vienés.

Y así, una y otra vez a lo largo de su obra, Bernhard parece cuestionar la utilidad-inutilidad de lo culto o lo creado, lo artístico o lo que quienes crean entienden como tal. En sus textos, lo propio es venenoso. Desencanto, golpiza, salivazo. Pura sangre en los dientes.
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Llevo cerca de un mes leyéndolo y temo que se me haga demasiado familiar en mí su sustancia odiadora. Los hombres de Bernhard hablan en escenarios, aunque habiten novelas. Están llenos de algo que todos han extraviado en el camino hacia lo que no pudieron ser -o lo que son-, una fina capa de sordas y lentas frustraciones.

sábado, 19 de junio de 2010

Un último correo para Monsiváis


"Soy un optimista corregido y maltratado a diario por la realidad"

Ardía de rabia y de país cuando leí el sucedáneo de lead en el twitter. Justo acababa de escribir el post que hierve unas líneas más abajo cuando supe que Carlos Monsiváis había muerto. Un viento absurdo me golpeó el estómago. Monsiváis, el escritor que más fervientemente he leído y al que con mayor apresto he perseguido, no volvería a negarse al teléfono, no huiría de una entrevista, no se haría el loco ante una repregunta, no volvería a levantar su polvareda irónica, no curvaría su ceja de burla e inteligencia. Carlos Monsiváis no volvería a escribir. Ni nosotros a leerle.

Monsiváis ya no pretenderá hacer lo mismo de siempre. Pero seguirá saliéndose con la suya. El intelectual mediático por excelencia –la gente lo detenía en la calle, para hacerse fotos con él mientras uno intentaba entrevistarle-, Carlos Monsiváis (México, 1938) era reacio a lo público, a pesar de ser él, prácticamente, consustancial a la res colectiva.

Lo suyo era la tinta, la palabra escrita. Cronista (poseedor casi de ella), crítico, periodista y ensayista, Octavio Paz dijo sobre él: “Carlos Monsiváis es un género literario”. Fue él quien iluminó un tipo de sociedad representada en ciertos íconos -el bolero, la telenovela, la lucha libre- que parecían relegados a la lógica del perolito y la plebe. Y lo hizo en su idioma, el suyo: la crónica.

Fue él quien dotó de sentido a la palabra sociedad civil, que surgió de los escombros del terremoto de Ciudad de México en 1985 (No sin nosotros). Fue él quien supo hacer del humor el escalpelo para desatar los puntos mal suturados en las heridas de nuestros Aires de Familia.

El escritor mexicano autor de Días de guardar, Amor perdido, A ustedes les consta, Los rituales del Caos y Aires de familia, y Premio de Ensayo Anagrama (2000) y Premio FIL (2006), se dejó ver en Madrid en diciembre de 2007. En ese entonces, visiblemente mayor y envuelto en algo parecido a la ironía o la indefensión, Carlos Monsiváis accedió, finalmente, a conversar. Si el caos era su catecismo, la ambigüedad parecía su ceremonia. La conversación, para el diario El Nacional, duró 30 minutos. El mexicano se zafó de todo lo que quiso y como quiso. Al terminar, me dio su dirección de correo. "Mándeme todo lo que no le he respondido por correo y le responderé, ¿le parece?".

Y así lo hice. Las respuesta llegaron, intercaladas entre mis preguntas, tres días después. Ya yo había entregado mi edulcorada versión al periódico, así que nunca las publiqué. No publiqué al Monsiváis que se permitía, acerca de la izquierda, ya no la burlona ironía, sino el desconcierto. Así que ésta, la versión faltante de la que realmente me hubiese gustado entregar, se quedó en mi ordenador -un pequeño y valioso broche- hasta el día de hoy en que he vuelto, tristemente, a buscarla para prenderla en mi solapa unos minutos y así, quizás, sentirme un poco más huérfana.

----- Original Message -----
From: Karina E. Sainz Borgo
To: cmonsiv@prodigy.net.mx
Sent: Tuesday, December 11, 2007 5:46 PM
Subject: El Nacional, Caracas: Las 3 preguntas que quedaron por hacer

Carlos, como me sugirió, envío aquí las tres preguntas políticas que le comenté.

1) Hasta el levantamiento zapatista de 1994 se pensaba que la izquierda había quedado relegada. SIn embargo, hoy se habla de nueva izquierda latinoamericana y Hugo Chávez habla del socialismo del siglo XXI. ¿Qué clase de lectura social e histórica se puede dar a eso?
R: La mayor defensa, en última instancia, del presidente Hugo Chávez es la bajísima calidad moral de un gran número de sus enemigos, y pienso específicamente en la derecha mexicana que sin siquiera tomarse la molestia de examinar la realidad venezolana, usó a Chávez en 2005 y 2006 como instrumento para oponerse y linchar mediáticamente a Andrés Manuel López Obrador, a través de una campaña de calumnias y mitomanías inadmisibles. Aparte de eso, nunca he visto siquiera delineado el proyecto del socialismo del siglo XXI, hasta ahora una consigna en el vacío como lo reconoció el propio presidente Chávez al querer explicarse su derrota reciente. No puede haber un socialismo fundado en la eternidad del poder, en Cuba o en Venezuela. La reelección indefinida contraria la salud administrativa y política de las sociedades, y lleva siempre al desastre de la repetición orquestada por un autoritarismo que se aleja aceleradamente de sus metas originales, cuando se acuerda de ellas. ¿No es suficiente el ejemplo del tratamiento castrista a los disidentes? ¿No hace unas semanas irrumpió la policia cubana con gases lacrimógenos en el anexo de una iglesia católica para sacar de ahí a un grupo que protestaba por una detención?
No me atrevo a pronunciarme sobre la izquierda venezolana, un fenómeno muy complejo que ha resistido a los dos partidos históricos que hoy no son siquiera ruinas mediáticas. Pero una izquierda que se identifica con el autoritarismo unipersonal no parece muy al tanto de las lecciones del socialismo real y de muchos de los resultados del gobierno de Fidel Castro, "la democracia de un solo hombre", el modelo elegido y proclamado de Hugo Chávez. En este punto, a mis convicciones agrego el desconcierto: creo pertenecer a la izquierda mexicana, a partir de una convicción: la desigualdad que se vive en el país es intolerable y el neoliberalismo en el poder es un sistema de entrega sin condiciones al capital financiero, a la ultraderecha, con todo y sus intentos de retorno de la teocracia, y a formas empresariales cercanas al esclavismo. Pero el tono autoritario y anti-intelectual de una parte de la izquierda de mi país me fastidia y me veta cualquier acercamiento a sus discursos, anclados en los alrededores de los partidos comunistas en 1950, y algo modificados por un tono de toma de poder para pasado mañana. Me refiero específicamente a la apología de la violencia de la ultraizquierda que ha medrado con el chantaje de la "pureza" y se ha radicalizado en el vacío. Al ver esa denigración de los ideales a cargo de una demagogía que se sacia en sus propias palabras, vuelvo a una de mis convicciones fundamentales: lo que necesita América Latina con urgencia es una izquierda racional, democrática, intransigente en lo esencial, y no reconstrucciones del culto a la personalidad.

2) De forma progresiva, durante casi los diez años de ejercicio de Hugo Chávez en el poder, ciertos mecanismos del Estado, entre ellos la cultura (cine, literatura, música, arte, etc), comenzó a amalgamarse como una especie de brazo burócrata e ideológico del chavismo; luego se sancionó una ley que obigaba a radios y televisoras a emitir determinados contenidos en lugar de otros y, finalmente, el Estado cerró un canal privado de televisión ¿encuentra similitud de este proceso con otros? ¿qué supone, histórica y culturalmente, el uso ideológico de la cultura oficial e incluso popular?
R: Un gobierno que, sin clarificar y extender su proceso educativo, sin tener un proyecto de cultura necesariamente de masas pero sin concesiones a la vulgaridad dominante; un gobierno que se cree con la legitimidad suficiente para imponer contenidos en los medios electrónicos y para clausurar estaciones de televisión, es un gobierno que hace del acoso a su desenvolvimiento el pretexto para clausurar libertades que tienen razón de ser. Al decir esto no justifico de modo alguno el despliegue neoliberal contra todo intento de enfrentarse a la desigualdad; sólo digo que la votación reciente en Venezuela prueba la gravísima equivocación de atribuirle a la autoridad dones omnímodos. El neoliberalismo, despiadadamente real, no justifica en modo alguno el show del autoritarismo, con todo y su acervo de invocaciones religiosas. En este aspecto, agradezco el trabajo de información crítica de Teodoro Petkoff.

3) Chávez ha explotado hasta la saciedad el discurso de los marginados, de los pobres, de aquellos a los que la historia debe algo. Visto así, queda populismo para rato en América Latina ¿Es Chávez su mayor predicador?
R: A los marginados y a las marginadas, a las indígenas, a los pobres, a los desempleados, a los explotados de la economía informal, a los obreros, a los campesinos, no sé si la historia, una entidad tan abstracta que no le da por pagar deudas, pero sí las sociedades les deben muchísimo, y todo el sector marginal, mayoritario, se debe mucho a sí mismo. Hablar de esto no es populismo, sino simple constatación de los hechos. No se puede a estas alturas de la desintegración del tejido social y de la intensificación de la pobreza reducir a la categoria del populismo toda la protesta, la disidencia y las movilizaciones sociales en América Latina, muchas de ellas admirables. Otra cosa muy distinta es atribuirle al presidente Hugo Chávez la dirección moral y política de la resistencia. Él es, no diré el predicador mayor, pero sí el más insistente, el que nulifica las verdades que sí dice con la mentira enfática de su actitud. No se le puede exigir que se le calle, pero sí que deje de identificar al provocador con el estadista. La izquierda latinoamericana tiene una gran meta: el combate a la desigualdad, y esto exige la racionalidad que niegan los discursos prolongados, la militarización del ánimo, la reducción de razones políticas a fuegos de artificio, y la demanda del poder unipersonal. En cuanto a la derecha, ya se sabe lo que quiere: que nada cambie para que todo siga peor, que los trabajadores carezcan de derechos, que los recursos del Estado se entreguen a la iniciativa privada (eso es lo que quieren ahora con Pemex en México), que haya educación religiosa en las escuelas públicas y que el fracaso de formas del populismo sea visto como la imposibilidad absoluta del triunfo electoral y social de una izquierda crítica.
En fin, es muy complicado juzgar desde fuera, pero para los latinoamericanos Venezuela y cualquier otro país en esta etapa de la globalización no está fuera sino clara y entrañablemente dentro. Si tengo que definir mi actitud diré que soy un optimista corregido y maltratado a diario por la realidad, y soy un pesimista mejorado también a diario por la certeza de que ningún pueblo se suicida, como pretende el neoliberalismo.


Un abrazo.
Carlos Monsiváis