domingo, 5 de agosto de 2012

Un abuelo de 37 años

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De la vida me acuerdo, pero dónde está.
Jaime Gil de Biedma. De Senectute. 

Sé poco de la familia de mi padre. Sintonicé mal las historias de una guerra que, hasta hace unos años, me resultó remota y antigua; una guerra de la que quedaban pocos y silenciosos supervivientes. Ahora que puedo hacer preguntas, las respuestas no dan para mucho. 
De mis abuelos, supe que llegaron al Puerto de la Guaira después de una travesía de 20 días en un barco de vapor proveniente de Le Havre, durante  los años cuarenta; que fueron recibidos en un campo para  inmigrantes en El Trompillo; que consiguieron casa, trabajo y que, de ahí en adelante, no quisieron saber nada más de España hasta el día en que murieron. Eso es, a grandes rasgos, lo que sabía. Aunque en verdad sepa mucho más, lo verificable de mis recuerdos es eso.  Lo que me han contado ya es otra cosa.
Hace apenas unas semanas viajé a Santander, la ciudad donde nacieron y crecieron mis abuelos y de la que nunca supe mucho más excepto la forma de la que habían salido  hace  más de 70 años: levantándose de una mesa servida, lista para una cena que no llegaron a probar. Les había tocado escapar en la avanzada de una guerra donde la República perdía terreno. 
Al recorrer Santander resolví  el acertijo acerca de porqué mi abuelo  se había dedicado al mar. Caminándola, entendí la razón por la cual en una ciudad como ésa no había muchas opciones. Aquel que no pertenecía a la burguesía  que dejaba pasar los veranos entre un baño de ola y otro, tenía que conseguir acomodo en otro lugar, y como no fuera en la naval de Reinosa, el Puerto de Santander era al sitio para trabajar; de ahí que mi abuelo fuera  maquinista y que, al llegar a Venezuela, eso le hubiese permitido conseguir empleo en la construcción del ferrocarril.
Un sábado por la tarde, en la Bahía de Santander, dando un paseo por Puerto Chico, mi madre me respondió  algunas preguntas que le hice acerca de mi abuelo. Una de ellas, sobre la edad que él tenía cuando llegó a Venezuela. Serían casi las siete de la tarde. Hacía un sol bobo con brisa fresca y las dos comenzábamos a sentir algo de frío. Mi abuelo había llegado a Venezuela con mi abuela; mi padre, que había nacido en Barcelona en 1938- era el mayor de todos-; y sus dos hermanos, que habían nacido en Pessac. Él tenía 37 años.
Cuando mi madre me dijo la edad, tuve que pedirle que me la repitiera. Se equivocaba ella o yo escuchaba mal, pensé. 37 años, un matrimonio, tres hijos, un exilio -forzoso o impuesto, como fuera-, una posguerra, la necesidad de reinventarse a como diera lugar, la obligación de trasladar todavía a toda una familia que permanecía al Sur de Francia sin posibilidad de volver a España.
Daba vueltas a todas estas cosas mientras pensaba, tonta o acertadamente, en la diáspora que ahora –a la inversa- practicamos mis hermanos y yo. Y no sabía si abofetearme o quedarme callada mirándome los pies. Como el viento continuaba soplando y yo apenas llevaba un fular, me concentré en el frío y no hice mayores aspavientos. Es mejor morirse de frío que sentirse imbécil. Miré el agua que se empozaba sin espuma en las escaleras del puerto. No vi ni un solo cangrejo, tan solo botes amarrados meciéndose con el viento manso del verano.

lunes, 28 de mayo de 2012

Sobre Tabucchi, el humor y la elegancia de los melancólicos

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Jorge Herralde conoció a Antonio Tabucchi en 1965. Desde ese entonces, nunca dejó de ser su editor, tampoco su amigo. Compartieron lo que suelen quienes  aprenden a tratarse con la literatura como nexo: la palabra, el tiempo y la mezcla de ambos en el resultado final de los libros que otros leen.


Compartieron  juntos, editor y autor, los mejores años para Tabucchi, cuando, en 1994, la novela Sostiene Pereira le dio el empujón final para la rendición total de la crítica a su escritura y un Marcelo Mastroianni ya no muy joven interpretaba la que sería una de sus últimas películas al dar vida en el cine a Pereira:  un periodista dedicado durante toda su vida a la sección de sucesos, que recibe el encargo de dirigir la página cultural de un mediocre periódico, el Lisboa, en el Portugal de Antonio De Oliveira Salazar.

"Recuerdo la presentacion con Mastroianni y Antonio. Sostiene Pereira fue uno de sus mejores libros, pero esa película fue sólo una correcta ilustración de una novela que mostró al Tabuchi más político”, dijo Jorge Herralde al hablar del autor en el Homenaje se le hizo al escritor italiano en la Feria del libro de Madrid 2012 y al que Herralde acudió con lo puesto, de memoria, sin preparar nada.

Sobre el Tabucchi más comprometido, dijo Herralde: "Él no se consideraba un militante a tiempo completo y sin embargo todos conocimos su férrea oposición al Berlusconismo, por la que fue conveniente represariado. Con respecto a los compromisos como ciudadano, él se consideraba un intelectual esporádico, pero en verdad era tenaz en sus actitudes políticas.

"El humor es la elegancia de los melancólicos, dijo refiriéndose a Tabucchi, Bernard Commut"
Habló el editor catalán del carácter “mercurial” de Tabucchi; se refirió a su humor y su melancolía; a su fragilidad y su tenacidad. Contó varias de las legendarias ”espantás” con las que Tabucchi solía largarse  de improviso, una de las últimas en un hotel en Ciudad de México; un episodio del que Herralde recuerda ya no detalles sino impresiones. “Tabucchi abrazó como pocos el desasosiego vital que aprendió de Pessoa, en él se daba esa conexión vital, intermitente entre creación y angustia”.

Refirióse el editor a un Tabucchi fragmentado y personal, alguien con quien  compartió incluso el último libro que publicaría en su sello, Viajes y otros viajes (2012), un ejemplar editado por Anagrama y que reúne una antología de textos que resumen la pasión del escritor italiano por los viajes y que se publicó, además,  justo en el año en que el novelista haría su viaje más largo e imprevisto.

Cuenta Herralde que durante el funeral de Tabucchi, en el cementerio Dos Prazeres, el camposanto que albergó por primera vez los restos de Fernando Pessoa en 1935 y en el que unos meses atrás, Bernard Communt , el traductor al francés del novelista dijo, refiriéndose el autor de Requiem: "el humor es la elegancia de los melancólicos, dijo Bernard... Y así vivía Tabucchi, entre un gran sentido del humor con accesos de depresión", recordó Herralde.

sábado, 26 de mayo de 2012

Los libreros que hicieron leer Houellebecq a Felipe de Borbón

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Es la primera librería de un recorrido que tendrá doce paradas, según ha entregado la agenda de prensa de la Casa Real. Son las doce y cuarto de un viernes sin lectores. Abundan los curiosos –señoras, casi todas mayores de setenta- y estudiantes dispuestos a no permitir que el Ministro de Educación José Ignacio Wert inaugure la Feria del Libro de Madrid -al menos no sin algo de bochorno-.

La Princesa Letizia intenta ver las novedades. El calor, los ministros trajeados de riguroso negro y raya diplomática, y los guardaespaldas no se lo permiten. En la caseta de la Librería Muga, la Princesa de Asturias busca un ejemplar. Quiere llevarse Libertad, de Jonathan Franzen. Uno de los dos jóvenes libreros que lleva el negocio apenas tienes que buscarlo, está a la mano. Ha sido la novedad estos meses entre los lectores cultos y los suplementos literarios.

A diferencia de los demás expositores y colegas, los libreros de Muga no regalaron las novelas a los príncipes. 'Me parece justo que los compren', dijo el librero.
“Es la selección de alguien que lee”, dice el librero de la caseta 126. En ésta, a diferencia de las casetas institucionales donde ya han estado sus altezas, nadie les obsequia con ejemplares. Lo que quieran tendrán que comprarlo. “No me parece que tengamos que regalar nada, no somos una editorial, no tenemos que hacer promoción. Nos parece más adecuado que lo compren”, dice el joven librero de barba espesa que atiende al otro lado de una mesa llena de libros.

Alrededor, en el Paseo de Coches del Retiro, un grupo de exaltados estudiantes defiende la Universidad Pública e increpa al ministro sobre los recortes. Wert, como es costumbre, pasea con sonrisa torera. No presta atención a la lluvia de cánticos que le corta el paso. “¡Menos policía y más educación. Menos policía y más educación!”.

Vestido con un traje claro a juego con su metro noventa a lo De Gaulle, el Príncipe de Asturias examina, también, las novedades editoriales. Él, a diferencia su mujer, no mira las carátulas con los ojos vacíos. Algo de vida hay dentro de sus cuencas nobles y razonablemente campechanas. Ríe Felipe de Borbón. Habla sobre la crisis y pregunta por un libro que le sirva de guía en estos tiempos de estragos.

El librero se decide por Michel Houellebecq, lo más granado y venenoso que han dado de sí las letras francesas en los últimos 20 años. Tras su publicación, sus novelas Las partículas elementales y Plataforma se convirtieron en hitos de la nueva narrativa francesa de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Citando a Wikipedia, tal y como lo haría el francés en su paródico y último libro –el que el Príncipe está por llevarse-: “ambas le otorgaron cierta consideración literaria pero también dieron lugar al llamado fenómeno Houellebecq, que provocó numerosos y apasionados debates en la prensa internacional”.
Sobre uno de los autores más políticamente incorrectos,  el librero manifestó: "El Príncipe me pidió algo que hablara de la crisis y este s un libro que habla sobre el fin del capitalismo. Podría gustarle, ¿a que sí?”, dijo con una sonrisa irónica.
Lo que se llama el  «fenómeno Houellebecq» es una especie de existencialismo a la inversa; un estar en contra todo sin entusiasmos ni militancias. Un pensamiento políticamente incorrecto, decidido a hacer trizas  los buenismos occidentales,  revelaron al Goncourt, según algunos, como a un escritor xenófobo, decadente y misógino. Una literatura dura que puede por igual sacarle los colores a un lector conservador. Corrección. A cualquier lector.

“Nunca le habría recomendado Las partículas elementales ni Plataforma –dice el librero-. Me pidió un libro que hablara sobre la crisis y me pareció que Houellebecq era apropiado”, afirma uno de los responsables de la Librería Muga con una naturalidad que, o es así, como las risotadas que no suenan, o simplemente intenta tomar el pelo al periodista que husmea en los restos de una visita oficial. ¿Houellebecq? ¿Houellebecq para un heredero a la corona española? “Creo que sí. Es un libro que habla sobre el fin del capitalismo. Podría gustarle, ¿a que sí?”.

Al momento de rematar faena, los libreros llevan la mano a la caja. Los Príncipes se ven obligados, ay Dios, a llevarse las suyas a los bolsillos y a pagar dos ejemplares que, parecían, contarían como regalo de la visita oficial. ¿En qué tiempo leerá el Príncipe Mapa y Territorio? ¿Disfrutará de las ácidas estampas de Jed y sus fotografías de la guía Michelín o del mano a mano Jeff Koons/ Damien Hirst?

Una mujer de edad mayor ha logrado colarse entre los curiosos. Lleva una libreta y apunta con cuidado cada una de las cosas que ve a lo largo de la visita real. Se acerca a la Princesa de Asturias, que la escucha con una atención robótica. “Princesa… es usted muy guapa, la he estado siguiendo toda la visita, toda, toda la visita. He apuntado los libros que le han regalado y las cosas que ha dicho”.

Uno de los guardaespaldas intenta tirar del brazo de la mujer. La Princesa Letizia le pide que la deje. Escucha, asiente, sonríe con unas comisuras extrañas, convincentes pero no tanto: “¿Está haciendo usted una crónica de la visita?”, pregunta la Princesa que hasta hace ocho años atrás presentaba los informativos de la Uno. La mujer y ella charlan algo más. Mejor dicho. Ella habla son parar a su Alteza. La mujer quiere hacerse una foto. Lleva la cámara preparada. Seguridad no lo permite.

Son casi la una de una mañana calurosa. El Ministro de Educación no suda. No derrama ni una delgada gota de sudor, como mucho se asoma sobre el delgado hombro de la Princesa de Asturias para olisquear qué libros mira su alteza. A su alrededor, los estudiantes le acompañan, fieles, para hacer de su visita un inolvidable paseíllo entre libros, árboles e insultos.

Los Príncipes han comprado sus primeros libros del día; los libreros han vendido los suyos. La mañana no pinta mal y Houellebecq viaja, en la bolsa de un edecán a la biblioteca de un Príncipe de los que el autor de Mapa y territorio seguramente escribiría barbaridades en algunas las páginas que le han valido la fama y la controversia.

martes, 22 de mayo de 2012

¿Imaginan los matadores cuando caminan como garzas?


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                                                                                      Concha González Colilla
A Concha, por otra tarde como ésta 

La luz no va a retroceder en Sol y sombra esta tarde; los rayos no han llegado siquiera hasta el tendido y no lo harán. Una nube pesada y gris cubre por completo la plaza. El festejo aún no comienza y el agua cae con fuerza sobre las gradas de LasVentas.
Desde la fila 25 del Tendido 2, la arena luce blanda, boba como una Fontaneda, y toca esperar a que el ruedo entone un color más vivo. Los músicos de la banda afinan a destiempo sus instrumentos. Y por encima de las andanadas quedan las nubes negras. A veces golpea el viento con raro olor a tripas y puros. A las siete y cuarto asoma el Alguacil. Avanza el pasodoble y el paseíllo. La corrida ha comenzado.
En su Muerte en la tarde (1932), escribió Hemingway, quien sintió por los toros lo que con el vino -un amor expansivo y furioso- que en los toros no sólo se aprende a ver el peligro, sino también a estimarlo. Algo de eso murmura la plaza esta tarde -hoy más que otras veces-.

"Escribió Hemingway que en los toros no sólo se aprende a ver el peligro, sino también a estimarlo"
El ruedo se ha vuelto un raro pozo pardo, demasiado baboso y movedizo. El primer ejemplar, de seiscientos kilos, sale trotón a despeinar la arena encharcada. El cielo se antoja furioso y el Fundi, primer matador de la tarde, más que irascible parece decepcionado. Lo será aún más su breve y deslucida faena de fin de carrera.
La primera bestia de la tarde,  perdonada por el descabello de la mala puntería, es arrastrada por las mulas hacia el desolladero. Un largo surco rojo marca el camino que deja su cuerpo en trecho hacia las puertas. Suena, creo, Amparito Roca, y algo que podría ser un látigo despide a las bestias hacia el callejón.
El agua cae invariablemente sobre el ruedo empozado. Las bombillas insisten en hacer más inquietas las lentejuelas de la chaqueta de José Ignacio Uceda Leal , un madrileño de Usera que tomó la alternativa y la confirmó hace 16 años en esta plaza y que ahora se pasea por su centro con un traje color oro y azul rey.
¿Qué piensan los toreros cuando caminan como garzas sosteniendo su capa, en el centro del plaza? ¿Imaginan los matadores? ¿A quiénes se reservan cuando se mueven en círculos frente al toro prieto que resopla antes de bailar entre verónicas?
Un trueno recuerda el humor del cielo, que se antoja ahora sí furibundo. Entra el tercio del picadores, con su corbata negra de tirilla, su chaqueta bordada y la espalda erguida sobre el caballo de talla imposible. Miro la corrida desde arriba, desde donde viene el agua, y continúo preguntándome, ¿qué piensan los toreros, cuando caminan como garzas?

" ¿Imaginan los matadores? ¿A quiénes se reservan cuando se mueven en círculos frente al toro prieto que resopla antes de bailar entre verónicas?"
El tendido siete gruñe. La plaza entera riñe, como de costumbre,  al picador. Vale ya. ¡Que te lo cargas! La sangre bruñe la piel del toro, que ahora brilla en rojo bruto sobre el pelo oscuro. Me gusta ver el lomo abierto y jadeante del animal. Disfruto del silencio que está a punto de aparecer tanto como de los ribetes borgoña con los  que comienza a teñirse la arena al contacto de la lluvia con la sangre.
Los banderilleros ejecutan su tercio, y como de toros sé lo que voy aprendiendo, echo en falta, como siempre en estos momentos, a David Fandila, el Fandi. No he podido soltar el paraguas desde que comenzó la corrida, pero tampoco he notado mayormente el esfuerzo al sostenerlo. No sé qué hora es. Tampoco me interesa.
Aún no se esconde la luz de la tarde y la que proyectan las bombillas de la plaza brilla lo suficiente para arrancar destellos del traje de Uceda Leal, que avanza serio, chulo, con las piernas lentas, el capote en mano, llevando al toro ahí, al centro de la plaza, donde quiere torearlo. Las Ventas va despertándose en aplausos y un trueno cierra la ovación como un aviso.
Uceda Leal va a corregir la tarde. La que hasta ahora ha sido poca y pésima. Llueve a cántaros y la cabellera y el traje entero del torero reciben el agua, que arrecia justo en el momento en que comienza la muleta y con su hipnosis de pases y brega. Justo en el centro de la tarde, cuando el negro animal y el lustroso matador parecen el broche de una rara y brillante diadema.
Y es ahí, justo ahí, en el momento previo al segundo trueno cuando todo brilla. La espada al fin descubierta, la cabeza humillada y oscura,  la brecha del lomo abierto, la arena sobre la que el agua de pronto se hace cristalina y los ribetes rojos producen que, al final de la tarde,  la sangre parezca más sangre y el peligro no sólo luzca real sino hermoso. 
Y entonces me pregunto… ¿En qué piensan los toreros cuando caminan como garzas sosteniendo la franela roja de su capote?¿Adónde viajan los matadores, en el centro de la plaza, al final de la tarde? ¿Adónde?

jueves, 17 de mayo de 2012

Caracas, ciudad de despedidas (Subtítulos)

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No espero que tengan la razón. Tampoco que estén en lo cierto. Los escucho porque algo en ellos me resulta tan remoto como familiar. A medida que avanza el buffer, de lo único que estoy segura es que de los chicos que ahora escucho apenas habían nacido cuando los saqueos del Caracazo. Como mucho cursarían maternal cuando la Corte Suprema de Justicia juzgó aCarlos Andrés Pérez y apenas estarían en primer grado, si acaso, cuando quebró el Banco Latino. No más.
Los que hablan son, en total, siete. De ellos, cinco se han ido del país. Los dos que permanecen hacen una bisagra imposible: el hundido muchacho que habita un pantano del que todos se marchan y un bonachón mancebo a quien la ciudad le sigue pareciendo un remanso de cervezas, colegas y pachanga. En el medio quedan los cinco migrantes y su particular colección de fobias nacionales sin resolver.
Los que se han marchado no lucen manifiestamente felices. Están bien. Describen lo que son ahora. Lo que dejaron atrás: caos, suciedad, hampa, miedo, una montaña, aquel cielo, estas cosas que no saben cómo nombrar; también lo que echan de menos: amigos, pertenencia, recuerdos, casa. Se refieren a lo que serán cuando regresen, como un colorín colorado. Al hablar, finalizan sus frases con un latiguillo de interrogación. Su pesada lengua de bachillerato privado les aniña el habla y creo que, a veces, el corazón. 
Volverían, dicen, pero lo patrio –aunque sea lo que ansían- les resulta un lastre.  Cual Pérez Bonalde del Skype y las millas de Air Europa, los entrevistados confunden país con capital, y en ella vierten con la misma fuerza e intención, infancia y adultez, mierda y melancolía, afectos y miedo, la primera vez de todo con las ganas de no repetir jamás.

Todo esto lo explican mal. Bastante mal. ¿Para qué engañarnos? Sin embargo, la capacidad de expresarse guarda relación con la capacidad de dar nombre a lo que vivimos. Articular lenguaje supone la habilidad –adquirida o aprendida-  para generar y relacionar vivencias. ¿Qué edad tienen quienes hablan?Veintiuno, veinticuatro, ¿veintiséis? No más.  Con tan poca edad el repertorio me parece lo suficientemente confuso como para que el lenguaje se retraiga como la piel ante el frío.
En los últimos ocho años, el número de venezolanos fuera ha pasado de medio millón a  más de 850.000, según cifras oficiales. ¿El dígito de los apestados o los parias? ¿La foto de familia del país de los últimos 15 años? ¿La tribu de los redimidos o los cobardes? ¿Quién entiende al que se ha ido? ¿Él mismo? La ausencia total de discurso, la imposibilidad de asignar palabras a lo que estos muchachos piensan y sienten, es el argumento más potente de documental Caracas,Ciudad de despedidas, hecho por un grupo de jóvenes que intentaron reflexionar  sobre porqué tanto su generación deciden abandonar su país.
Minuto cuatro. Segundo 42. “Un día estaba en una despedida. Veía a todo el mundo. Y decía como que ‘Marico’. Estos son mis fines de semana. En esto se han convertido mis fines de semana.: puras despedidas. Ya no son que si fiestas, o reuniones en un local. Si no, verga, vamos a la despedida de tal’  Y hasta se volvió como algo bueno, ¿sabes?”. Escucho. Y aunque no pretendo que tengan la razón. Detengo el vídeo. Lo mismo nos ocurría. Lo mismo me ocurría a mí nueve meses o seis antes de marcharme hace ya seis años. Aún no he regresado.

miércoles, 11 de abril de 2012

11 de abril, 10 años: Tortoza vuelve a morir de impunidad


Jorge Tortoza, reportero del diario 2001.

Fue una muerte emblemática, hasta que le convino al Gobierno. Diez años después, hay tres imputados pero ningún detenido. En el caso del reportero gráfico del 2001 Jorge Tortoza, asesinado en la esquina de la Pedrera, el 11 de abril de 2002, queda mucho por decir.
* * *
Todos los once de abril, una periodista llama a Sonia Tortoza no para hacerle preguntas sobre la investigación, ni para enterarse de cambios en el expediente de su hermano muerto. La llama sólo para saber cómo está. Si repite éste, como todos los años, será la llamada número diez desde la muerte de Jorge Tortoza, reportero del diario 2001, asesinado en la Avenida Baralt de Caracas durante la marcha opositora contra Hugo Chávez, el día 11 de abril de 2002, protesta en la que murieron 19 personas y más de 300 fueron heridas.
Después de tres años, y con los medios de comunicación pisándole los talones a los jueces, el caso estaba casi resuelto según la policía. Después de diez, es poco lo que se sabe de la muerte de Jorge Tortoza. Hay, sí, algunas cosas, pocas: un sospechoso del que se tiene la descripción física pero no la identidad. Una bala que primero fue de un calibre, luego del otro; falta el arma. Existen tres hipótesis y ninguna prueba concluyente. Hay un relevo de fiscales, uno de ellos, Danilo Anderson; fue asesinado con una potente bomba instalada bajo el asiento de su rústico. Hay tres imputados, dos de ellos por alterar las investigaciones pero ninguno por ser sospechoso. Hay eso, y un muerto que comienza a olvidarse.
En diez años, son muchas las pruebas que se han extraviado o manipulado, las versiones que se han politizado y las hipótesis que se han resbalado en la escueta balanza de los justos. Diez años y todo continúa igual, o peor. De no haberse incrustado una bala en su cabeza el día 11 de abril, Jorge Tortoza tendría hoy 58 años. Pero si la justicia no le devuelve la vida, tampoco será la impunidad la que le reste a Tortoza añadas en el purgatorio de los que se reblandecen y se borran, de a poco y para siempre, en la fosa común de la corrupción y el olvido.
La última vez que hablaron la periodista que investigaba el caso -y que hoy lo recuerda con voz vencida- y la hermana del reportero, Sonia le dijo,  sobre la muerte de su hermano: “No hay nada qué hacer. Todo lo que se sabía sobre la muerte de Tortoza se lo llevó Danilo Anderson a la tumba”.

I

El 11 de abril, el periódico El Nacional abrió su primera página con una gráfica de Alex Delgado, reportero de sucesos, amigo y colega de Jorge Tortoza. La foto retrataba a seis hombres que intentaban cargar una urna en medio de los disturbios y enfrentamientos entre chavistas y opositores, que habían azotado la avenida Francisco de Miranda. Enmarcada en una breve leyenda, la imagen parecía anunciar que la muerte venía en camino.

Durante los días anteriores, los reporteros de los medios independientes habían sido objeto de repetidas –y para algunos premonitorias- agresiones. Johan Merchán, periodista de Televen, había sido amenazado con una navaja el 9 de abril, en la Asamblea Nacional, y el 10 de abril, en los disturbios en la avenida Francisco de Miranda, en el Este de Caracas, a la altura de Petare, Tortoza fue golpeado por un funcionario de la Policía del Municipio Sucre -entonces gobernada por el chavismo- en la boca del estómago.

“En esos días las cosas estaban candela, en especial con la prensa”. Gustavo Rodríguez, periodista de sucesos y crónica roja de El Universal, bebe, a las once de la mañana, un whisky fluorescente en una tasca de Parque Carabobo, justo al lado de la sede de la policía científica. El reportero da una honda calada a un  cigarrillo Belmont y mira hacia el fondo del local. Habla como un comisario y mira  con el recelo de cualquier funcionario policial. No le gusto, o al menos eso parece. “Ese día decían que había que estar mosca, que los tipos [chavistas] estaban preparados, que se habían pintado porque iba a haber enfrentamiento. Pero muchos de nosotros esperábamos piedras, palos y golpes, nunca esa plomamentazón que hubo”.

Carlos Ramírez, reportero gráfico de Últimas Noticias, piensa ahora que la muerte del “compadre” Tortoza pudo haber sido también la de él. Sentían, dice,  el roce de las balas. “Era como un silbido cerquita de la oreja… ¿Sabes qué? Toda persona que tenía una cámara representaba una amenaza, porque ibas a reflejar lo que estaba pasando…Yo creo que a muchos compañeros los hirieron porque se dieron cuenta que estaban tomando gráficas”.

Según la Agenda de Seguridad Nacional, el 11 de abril de 2002 actuaron entre la esquina la Pedrera y Puente Llaguno 67 pistoleros, además de los funcionarios de Casa Militar y Guardia Nacional.  Se dispararon en total unas 380 armas automáticas, subametralladoras MP5, revólveres 38 y 357, y armas FAL calibre 7.62. En total, cerca de 974 proyectiles que dejaron a su paso 19 fallecidos y más de 300 heridos, de los cuales 12 fueron reporteros lesionados por proyectiles de bala, entre ellos Jonathan Freites, fotógrafo del diario Tal Cual, quien evitó que una bala le atravesara el pecho gracias a su teléfono móvil, guardado en el bolsillo de su camisa.  Incluso Tony Velásquez, el funcionario de la Disip (Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención, ahora Sebin, la policía política) que fue alcanzado por un tiro en la cabeza cerca de la una de la tarde, en la esquina de Muñoz, no sabe quién le disparó. Pero lo que sí es cierto es que vestía un chaleco como los que usan los fotógrafos.
“Mira, yo te voy a decir algo, Tortoza era chavista... Era chavista”, los puntos suspensivos del fotógrafo Henry Solórzano, amigo y compadre de Tortoza, dicen más de la cuenta. Él prefiere alargar el silencio y resoplar, pero su agotamiento deja entender que los pistoleros “afectos al gobierno” –así les dice- fueron, porqué no, los que mataron a Tortoza. El 11 de abril, a las 3:45 pm (hora en que ya habían caído heridas cinco personas en la avenida Baralt, incluyendo a Tortoza), en cadena nacional de radio y televisión, Hugo Chávez sostenía una taza de café, recibía papeles de una mano sin cuerpo y recitaba la hora, mientras le hablaba a sus seguidores, “los que oraban a las afueras de palacio”. Se refería el presidente al grupo de personas, entre ellos el concejal por el movimiento oficialista MVR Richard Peñalver, quien fue captado por las cámaras del canal Venevisión mientras disparaba junto a un grupo de personas desde Puente Llaguno, a 500 metros del Palacio de Gobierno. Parecía imposible que Hugo Chávez no escuchara el sonido de semejante tiroteo sin hacer referencia mínima o por lo menos detener su alocución, en la que afirmaba que todo estaba bajo en control en la ciudad.
Entre los “defensores de la revolución” –así les llamó el presidente y luego su séquito entero- estaba también, junto al enorme grupo de convocados, un hombre de gorra negra, camisa amarilla y pantalón marrón. Su fotografía aparece en el expediente de Jorge Tortoza como uno de los principales sospechosos de haberle disparado al reportero gráfico. En algunas de las fotos publicadas en la prensa, específicamente en el diario El Universal, se le ve subiendo desde la esquina de Pedrera en dirección Muñoz, dejando atrás un pequeño kiosco de prensa desde el cual pudo haber disparado primero a Jesús Orlando Arellano y luego a Jorge Tortoza, según indica el informe de la Comisión del 11-A del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas, que incluye entre el grupo de sospechosos además a Amílcar Carvajal, ex funcionario del Palacio de Miraflores y un individuo más llamado Juan Luna.

II

Cerca del mediodía, la reportera de sucesos Jenny Oropeza y Jorge Tortoza caminaban por la avenida Urdaneta. Trabajaban juntos desde hacía ocho años, así que la protesta sería una más de las tantas noticias que les había tocado cubrir. En la mañana habían estado en la cárcel de Yare y en una concentración en la Universidad Central de Venezuela. De ahí se dirigieron hacia el centro de la ciudad, lugar hacia el que se desvió, en último momento,  la ruta de la marcha con la que se pretendía finalizar el paro cívico de tres días convocado por los sindicatos y la patronal para solicitar la renuncia de Hugo Chávez a su cargo como presidente de la República.
Cuenta Jenny Oropeza que desde la esquina de La Pelota hasta Ibarra, en la avenida Urdaneta,  había dos cordones de la Policía Metropolitana; en Punceres, otro de la Guardia Nacional. De allí hacia arriba, aclara la reportera, los afectos al oficialismo se desplazaban en grupos motorizados o a pie, armados con palos, piedras y botellas mientras gritaban: “¡No pasarán, no pasarán!”. Para ese momento, la Policía Metropolitana intentaba detener la marcha en la Avenida Bolívar, a causa de unos disparos del grupo chavista M-28 a la altura de la UCV.

“Yo cargaba un pantalón con una bandera de Estados Unidos pintada, y cuando veo a las personas marcadas con pintura roja, con palos, botellas y hombres rompiendo desaforadamente el piso con cabillas dije: ‘Ay Tortoza, yo tengo esta bandera, nos van a crucificar’, entonces él me dijo ‘Cómprate un cochino!’”. En jerga de comisaría, Tortoza le decía a Oropeza lo evidente: tocaba apechugar. Al cabo de una hora se separaron. Oropeza se marchó a la sede del diario y Tortoza siguió su camino hasta El Calvario con el fotógrafo Henry Solórzano.

Luego de pasar aproximadamente media hora en el Puente República, uno de los primeros focos de contención de la Policía Metropolitana de los manifestantes opositores para impedir que llegaran al Palacio de Gobierno, Tortoza y Solórzano se dirigieron a la avenida Baralt, la ruta alternativa que escogieron los manifestantes para llegar a Miraflores. “Tortoza estaba exactamente en el medio de la avenida, detrás de la ballena –el antimotín de la Policía Metropolitana-. Recuerdo que nos separamos un poco y yo le dije: ‘mosca Tortoza’. En cosas de segundos, desapareció”.
Jorge Tortoza, que estaba ubicado en la esquina de la Pedrera en dirección hacia el Congreso y con el edificio La Nacional a sus espaldas, se dispuso a fotografiar a Jesús Orlando Arellano, un hombre de franela gris y bandana negra que se desangraba a causa de un disparo por la espalda. Tortoza hizo una primera foto, dio un paso hacia atrás, y se detuvo unos segundos durante los cuales alguien, probablemente el mismo que disparó a Orellana, detonó la bala que, de acuerdo a  la autopsia practicada, terminaría incrustándose en el parietal izquierdo de su cabeza, con una trayectoria “ligeramente descendente”. En ese mismo instante, Malvina Pessate, una activista del partido Primero Justicia que comenzó a hacer señas al ver el hecho, recibió un disparo en el rostro. Según la planimetría, se da por seguro que ambas descargas, la de Tortoza y Pessate, fueron hechas por la misma persona. La de Arellano resulta menos segura de afirmar. Sin embargo en el caso de las dos últimas podría haber sido mucho más factible, según el cuerpo técnico de policía. El sospechoso en cuestión es el hombre de camisa amarilla y gorra negra que se desplazaba entre las esquinas de Pedrera y Muñoz. 

El propio fiscal cuarto nacional Danilo Anderson, quien fue también el encargado de instruir el expediente del caso Jorge Tortoza, identificó a este individuo como sospechoso. Comentó incluso meses más tarde Jessica Waldman, auxiliar de la fiscal Luisa Ortega, que ese mismo hombre también aparece en una de las fotografías incluidas en el expediente disparando un revólver calibre 38 desde Puente Llaguno. “Se le ve la cara como a muchísima gente que disparó, pero no tenemos posibilidad de identificarlo por los mecanismos criminalísticos”, declaró Danilo Anderson el 4 de noviembre de 2004, fecha en que anunciaba que retomaba el caso, justo dos semanas antes del de morir calcinado al volante de su rústico tras el estallido una bomba colocada bajo su asiento.

Johan Merchán, reportero del canal  Televen, uno de los primeros en llegar al sitio y auxiliar a Tortoza junto a los reporteros Fernando Sánchez, Gustavo Rodríguez y Henry Solórzano recuerdan claramente haber visto a un pistolero cerca del lugar. “Un funcionario de la Policía Metropolitana (PM) nos decía que enfocáramos a un hombre que tenía una franela amarilla y gorra negra. Mi camarógrafo lanzó la toma. El tipo iba subiendo, llevaba algo escondido en la parte de adelante. Se le veía como un revolver plateado. El funcionario de la PM nos decía ‘ese es el que está disparando’, pero en la cámara no quedó reflejado, porque justo el tipo se dio la vuelta y subió. Cuando vi que bajaba de nuevo, le dije a mi camarógrafo ‘enfócalo’, pero el sujeto se escondió detrás de un quiosco que está entre Muñoz y Pedrera (...) Yo no logré verlo disparando, fue la PM la que me dijo que ése era el tipo que estaba disparando”. Johan Merchán también cubría sucesos y se consideraba con la experticia suficiente para distinguir un revolver de una pistola.

El tipo de arma y también el calibre de la bala no fueron –ni son- datos inocentes. El 12 de abril de 2002, el forense Ely Durán, realizó la autopsia a Jorge Tortoza y determinó que el proyectil que le perforó el cráneo era de calibre 9mm. Tres meses después, en julio de 2002, la comisión del 11-A del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) que relevó a los funcionarios que asumieron en un principio las investigaciones, organizó una rueda de prensa en la que el subdirector del Cicpc, Raúl Yépez, desmintió esta versión; se trataba ahora de un proyectil blindado calibre 38 al que, sin embargo, no se le había realizado -ni se le realizó- prueba alguna de ADN para comprobar que en efecto la sangre del proyectil fuera la de Tortoza. No se hizo por falta de recursos económicos.
Según las autoridades, la confusión era factible, pues ambas balas se parecen. Sin embargo, por la simple comparación, dicen los expertos en balística, puede observarse que un 38 blindado posee un revestimiento sobre el proyectil de cobre que no tiene el 9mm. Además, el casquillo del 38 blindado es más largo que el del 9mm, un arma de alta potencia y generalmente de uso militar. Sin embargo, la conclusión fue ésa: calibre 38 blindado, probablemente perteneciente a un arma Smith&Wesson.

Para algunos, el cambio de la bala no fue fortuito. Rafael Luna Noguera, reportero de sucesos de El Nacional, afirma que el calibre 38 es utilizado por la Policía Metropolitana. No sería extraño que se quisiera confundir y manipular las pruebas de una muerte emblemática –dice él- para atribuírsela al cuerpo policial adscrito a la Alcaldía Mayor. Alfredo Peña, entonces conocido opositor al régimen del presidente Chávez, presidía la institución en esos días. “Además, a mí el jefe de la División Contra Homicidios del Cicpc, César Hernández, me declaró extraoficialmente que Jorge Tortoza había sido asesinado con una 9mm”. Luna está molesto. Manotea al hablar.

“El experto Ely Durán tiene años como médico forense y yo no creo que él se pueda equivocar de esa manera, ese error lo puedo cometer yo, pero un experto es bastante difícil que lo haga”. Jenny Oropeza estuvo presente no sólo el día en que se le practicó la autopsia a Tortoza, también en las citaciones judiciales a las cuales tuvo que acudir a declarar por haber sido señalada como cómplice de los hermanos Márquez, los hijos del dueño del diario donde ella y Tortoza trabajaron juntos, 2001. ¿La razón? Los Márquez fueron acusados de asesinar a Jorge Tortoza.

Debido a una denuncia realizada por Juan Barreto –en ese entonces diputado de la Asamblea Nacional- los hijos de Israel Márquez, el director del diario 2001, podrían haber asesinado a Tortoza como parte de una venganza. Los Márquez se encontraban en la marcha ese día. Al ver a Tortoza herido recogieron la cámara para evitar que se extraviara –ésa fue su versión-, pero fueron apresados en ese mismo instante por la Policía Metropolitana, quienes pensaron que querían robar el objeto. A los dos días, ambos fueron liberados luego de que las pruebas del ATD demostraran que las armas que llevaban (ambas de calibre 9mm y con porte legal) no habían sido utilizadas.

Israel Márquez recibió una llamada de uno de sus hijos a las 2:41 pm –así consta en el registro solicitado por la policía- para avisar que Tortoza había sido herido. Al momento de esta entrevista,  Márquez  habla como si esto fuese una rutina. Saca las factura del teléfono marcadas con resaltador amarillo. No soy la primera a la que le explica lo mismo. “Por Dios, ¿el director va a mandar a matar a unos de sus empleados con sus hijos? ¡Eso es ridículo! Mis hijos conocían a Tortoza como conocen a Simón Clemente. Ellos son pilotos, han volado por todo el país, estuvieron en el deslave de Vargas con Tortoza (...) Además, Tortoza nunca había tenido problemas con nadie, era un tipo muy callado, reservado, muy serio, recuerdo que siempre llevaba paltó y corbata para venir a trabajar, era una ley para él”.
Israel Márquez  murió el día 1 de marzo de 2010. Ya para ese entonces, el caso Tortoza había entrado en punto muerto. No así la situación de enfrentamiento entre prensa y Gobierno –ya el canal RCTV había sido cerrado y confiscados sus equipos-.  Ese día Márquez fue objeto, supuestamente, del hampa común, en Caracas. Si bien es cierto el editor hizo frente a los cuatro sujetos que le abordaron a él y a su esposa para asaltarlos, Márquez recibió ocho tiros,  siete en órganos vitales. El objeto de la emboscada fue, supuestamente,  robarle el coche a su mujer, quien viajaba en un rústico. Él la acompañaba al volante del suyo, un turismo marca Toyota, del que se bajó para enfrentar a los delincuentes. Fue allí donde recibió los ocho disparos. Sin embargo, en la escena del crimen se recolectaron 46 casquillos de bala, quizás demasiados para un robo del que su esposa, además, salió viva. Él no.

Al momento de ser formulada la hipótesis de la venganza de Los Márquez -que se convirtió en la tercera después de una primera versión de un francotirador en el edificio La Nacional y la segunda del hombre de la gorra negra- los hermanos de Jorge Tortoza apoyaron la versión de Barreto, e incluso fueron a la Asamblea Nacional a pedir justicia. En su momento Márquez no entendió, o entendió de más. “Ellos fueron al periódico a reclamar los haberes de Tortoza, pero alguien dijo que él tenía una hija y se presentó la mamá con la hija, una niña pequeña. Y allí comenzó el problema jurídico. La niña estaba registrada como hija. Pero los hermanos negaban a la niña y a la mujer”, comentó Márquez. Luego de la tempestad, los hermanos de Tortoza prefirieron guardar silencio. Hablaron en pocas y contadas oportunidades. Y cuando lo hicieron fue para pedir justicia. La politización, cada vez más profunda del caso, hacía difícil la comunicación de la familia con la prensa.

III

Jorge Tortoza recibió un disparo entre las 2:00 pm y las 2:30 pm. Anteriormente, en la esquina de Muñoz, cerca de la 1:50 pm, cayó herido un funcionario de la Disip. Más atrás, entre las esquinas de Marcos Parra y Solís, Juan David Querales murió desangrado por un disparo de fusil que le perforó la pierna, Jonny Palencia recibió un disparo en el Liceo Fermín Toro y Víctor Reinoso recibió un disparo en la médula que lo mató en el acto.
Minutos más tarde, en las calle paralela, en la avenida Baralt, Jesús Orlando Arellano corrió la misma suerte; después Jorge Tortoza, el tercer fallecido, Alexis Bordones, murió en esta misma zona al igual que Jesús Capote, Antonio Gamallo, Orlando Rojas y Angel Luis Figueroa. En el trayecto que va de la esquina de Pedrera a Muñoz, en la Avenida Baralt, entre las 1:30 pm y las 3:30 pm, habían caído desplomados los primeros 9 muertos de un día que, a pesar de los esfuerzos, no tiene horas en la cabeza ni la memoria de nadie.

Elianta Quintero, reportera de Venevisión grabó a cada uno de los abaleados. Su explicación es clara. Los pistoleros tuvieron fases de acción, dice. La primera se concentró en Pedrera. A medida que la Policía Metropolitana iba ganando terreno –me explicó con un dibujo improvisado- los hombres armados se replegaron hacia Puente Llaguno, donde -dice ella- finalmente cobraron la mayor cantidad de víctimas. El centro de Caracas era un ajedrez de peones mal repartidos: de un lado, la Guardia Nacional, funcionarios de la Disip y los pistoleros; del otro, la Policía Metropolitana, que acompañaba la custodia de la marcha desde la autopista. ¿Quién disparó contra Jorge Tortoza? Las tres hipótesis antes dichas, por muy escasa de pruebas o de sentido común podrían haber dado alguna pista. Sin embargo, el caso tuvo un punto de inflexión.
Tras el asesinato de Danilo Anderson en el año 2004, un barril de pólvora dinamitó por completo las investigaciones sobre el 11 de Abril. Lo que era ya de por sí turbio, un proceso que no gozaba, por ejemplo, de una Comisión de la Verdad, se volvió aún peor.
Anderson, el fiscal del medioambiente con poderes plenipotenciarios que estalló en pedazos una madrugada de noviembre,  había logrado incomodar lo suficiente a gente poderosa, muy poderosa, al intentar procesarles como firmantes del decreto que apoyó, en su momento, el decreto de Pedro Carmona Estanga del 12 de abril de 2012, que representaba un gobierno de transición que pretendió fingir que el chavismo nunca había existido y que para conseguirlo irrespetó la constitución. El chavismo no perdería la oportunidad  de hacer escabechina moral con él y Anderson se sintió llamado a tal tarea. El problema es que no sobrevivió para contarlo.
La muerte de Anderson, quien había retomado con bríos el caso Tortoza, y la sustitución de éste por Luisa Ortega Díaz, quien adoptó una actitud lenta y pasiva en un caso que resultó migajas frente a otro mucho más atractivo frente al cual el gobierno dio total prioridad: el proceso a los comisarios de la Policía Metropolitana Henry Vivas, Lázaro Forero e Iván Simonovis como responsables de la muerte de nueve de las víctimas del 11 de abril de 2011, entre ellas las de Alexis Bordones y Jesús Capote –a quienes ellos protegían ese día-. Luisa Ortega Díaz era la encargada de instruir ese expediente, junto con el de los firmantes del decreto de Pedro Carmona Estanga.
A pesar de ello, se practicaron todavía algunas diligencias en el caso, entre ellas, la exhumación del cadáver, la cual se realizó el 1 de febrero de 2006 con la presencia de la fiscal auxiliar de Luisa Ortega Díaz, Jessica Waldman y cuyos resultados no fueron dados a conocer, tampoco contrastados con lo ya registrado en el expediente.
También, tal y según consta en el expediente, y sin mayor explicación,  se imputó a la ex fiscal Laila Hidalgo por homicidio en grado de encubrimiento, al funcionario de la PM Miguel Landaeta por alteración de acto falso y a Adán Ortiz por apropiación indebida y concusión. A día de hoy, no hay nada nuevo en el caso Tortoza, excepto la impunidad y la confusión que se acumulan tras diez años de pruebas revueltas y diligencias desperdiciadas.
IV
“El once de abril no se ha terminado”.  Cuando habla, Henry Solórzano mira hacia un punto muerto, un lugar en el permanece secuestrado, un sitio más parecido a la tristeza o el miedo que al aburrimiento. Creo, a veces, que dirige la vista hacia una grieta cualquiera de la piscina sin agua que tiene frente a sí. Sentado en la grada más alta del complejo de la alberca olímpica de Universidad Central, donde se ha hecho esta entrevista, Solórzano recuerda el momento en que vio a Jorge Tortoza tendido en el suelo, recuerda la forma en que comenzó a gritar, desesperado. “¡Es el compadre. Es el compadre!”.
Prácticamente lo eran, compadres. Ellos dos, el Gallo, así le llamaban a Tortoza por su parecido con el cantante de salsa Tito rojas, siempre bien trajeado, con chaqueta y pantalón claros y camisa, blanca o beige, de raya fina; Papelón, el mote de Solórzano, y Alex Delgado, de El Nacional,  eran el trío de reporteros de sucesos y crónica roja.  Gracias a una fotografía hecha por Tortoza y Delgado en 1995 fue posible dejar constancia de los abusos policiales y el asesinato de un joven a manos de la Policía Técnica Judicial, la petejota. Justamente gracias a ese documento se pudo probar la responsabilidad de los agentes.  Después de eso, Delgado y Tortoza tuvieron que ser escoltados por guardaespaldas durante años –ese cuerpo policial tenía y tiene tentáculos en todas partes-.
“Ese día, cuando lo vi tirado en la acera, no pude hacerle una foto. Ni quise, ni pude”, dice Solórzano apenas un año después de un día del que nadie recuerda las horas. El 11 de abril, en aquellos minutos que siguieron al disparo, justo antes de que comenzara la cadena  nacional del Presidente Hugo Chávez, Jorge Tortoza sería levantado por muchos compañeros de profesión para montarlo en una moto de la Policía Metropolitana, para llevarlo al Hospital Vargas. A su alrededor, desconcertado, el reportero gráfico de El Universal Fernando Sánchez hizo un alto para mirar al Gallo a través del lente de su cámara. “Tortoza estaba en el suelo. Comencé a gritar, desesperado. Allí hice la última foto. No podía, pero la tuve que hacer porque sabía que en el periódico me la iban a pedir”.
Una vez en el Vargas,  Jorge Tortoza continuaba vivo, a pesar de tener una bala incrustada en su cabeza. Según el propio Israel Márquez, el 2001 se ofreció a trasladarle a la clínica Vista Alegre; Sonia, la hermana del reportero tiene otra versión completamente diferente. Según ella, ese día no apareció nadie. Ni amigos. Ni compañeros de trabajo. Nadie, dice. “A Tortoza lo dejaron solo”. Carlos Ramírez, del Últimas Noticias,  estuvo sin embargo ese día junto al resto de amigos y colegas del Gallo, que yacía entubado en una cama del Hospital.  Una vez ahí, Ramírez no lo dudó ni un segundo. Si Tortoza vivía había que dejar constancia. Así que Ramírez sacó una cámara y fotografió a su amigo y colega mientras agonizaba. Tortoza murió ese mismo día, a las 9.30 de la noche, cuando ya los militares rebeldes se habían alzado en desobediencia contra el régimen de Hugo Chávez, quien esa noche, presionado por los rebeldes renunció a su cargo. En la sombra quedó impresa una rara foto de familia, una instantánea que usó la tribu para dar fe que poco antes del anochecer uno de los suyos aún vivía. La resaca del día lleno de pólvora y sangre duró toda una madrugada, aunque a algunos duró toda la vida.

Papelón tiene razón. El 11 de abril no ha terminado.

miércoles, 4 de abril de 2012

Bienvenido Mr. Wert ó 'esto se veía venir'


Vozpópuli
M
Hace casi 20 años, en 1992, cuando se celebraba la Expo de Sevilla, la inversión del Estado en cultura era de  65.481.000.00 pesetas, el equivalente a 393.548,74 millones de euros. En 2008, la inversión pública subió a 1.220, 43 millones de euros. Es decir, en 20 años, la inversión se cuadruplicó. Hoy, ésta, es de 937,40 millones de euros: 283,03 millones, 23% menos pero todavía el triple que hace 20años.
En dos décadas aparecieron 1.200 centros de arte y museos; 1.500 premios literarios financiados por ayuntamientos; más de una veintena de bienales de arte;  se generaron muchos de los actuales 600.000 empleos directos que hoy mueven al sector.
En tan sólo los últimos ocho años se han dado al cine más de 300 millones de euros mediante las subvenciones complementarias, que supone un 15% de lo recaudado por un largometraje en taquilla –por ejemplo, el documental Escuchando al juez Garzón, ganador de un Goya fue visto por 1.259 personas y recaudó 7.064,19 euros-, sin contar con las subvenciones adicionales, es decir, guiones, festivales, cortometrajes…  además del 3% del canon que sobre el total de su facturación pagan las televisiones privadas como aporte al cine español.
Cada baldosa de piedra de la Ciudad de las Artes de Galicia costó 890 euros. El canto del que estaban hechas no era gallego ni de una zona aledaña -conocidas por la riqueza de sus canteras- sino brasileño. La cuarcita empleada para las baldosas fue mandada a traer directamente desde el estado brasileño Minas Gerais, por un valor de 8,5 millones de eurosla sexta parte del actual presupuestodel Museo Reina Sofía.
Según el Observatorio de la Cultura, Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia ocupan desde hace tres años consecutivos las ciudades más apreciadas culturalmente por expertos en el tema y sin embargo, desde 2007 la Bienal de Valencia, uno de los atractivos culturales de la capital,  tuvo que cerrar sus puertas por deudas y el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), creado recientemente con la intención de apoyar el clima de espeluznante modernidad de la ciudad,  ha perdido más del 40% del presupuesto (de 14,4 millones a 8,6 millones). La mostra de cine también bajó la persiana el año pasado.

Andalucía, una de las comunidades autónomas que más invertía en cultura, está observando cómo dos de sus grandes proyectos de la élite culturelle se mueren de anemia. Se trata, primero de la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla, obra de Juana de Aizpuru, cuya última edición se realizó en 2010 con un presupuesto de unos 2,5 millones de euros, de los que aproximadamente un 50% procedía de fondos públicos. A ése le sigue El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla, CAAC, que desde 2010 dirige Juan Antonio Álvarez Reyes, ha visto perder un 40%, su presupuesto.

En Castilla y León la situación no es menos esperanzadora, el Museo de Arte Contemporéno de León, pensado como un referente modernizador, hoy está vacío y con prácticamente nada de programación. Eso, sin contar, por ejemplo, que el Museo de Arte Moderno de Esteban Vicente, dependiente de cuatro instituciones públicas y una privada, ha sufrido un recorte en su presupuesto  (1.109.000 euros)  del 30%.

El teatro no ha tenido mejor suerte que otros sectores. El Liceu ha pospuesto el ERE previsto entre sus trabajadores, quienes ya habían puesto en marcha huelgas escalonadas durante la temporada en algunas funciones como La Bohème. Además, el coliseo ha hecho agresivos recortes de programación, nóminas y presupuesto de producción.

El Teatro Real de Madrid ha aplicado la previsión de reducción de presupuesto pactada con el antiguo Ministerio de Cultura, que supone un 10%. Las cuentas de 2012-2013 tienen una cuantía de 46.396.374 euros, por lo que la institución ha decidido apostar por repertorio en lugar de montajes excesivos: 14 óperas y 4 ballets.