viernes, 16 de julio de 2010

Sombrero y Mississippi



Desde que me enteré que Siruela publicaría Sombrero y Mississippi , me preparé como quien lo hace para entrevistar o combatir. Leí Las aventuras de Tom Sawyer y las de Huckleberry Finn. Necesitaba conocer el cauce de un río al que jamás me asomé de pequeña. También releí a Beckett y, por supuesto, a Ray Loriga, el escritor de cejas furiosas y brazos tatuados. Volví a él de a poco, entre marzo, abril y varias cajetillas de Marlboro.
x
Lo compré al día siguiente de publicarse. Las primeras cien páginas comencé a leerlas con una cerveza y medio paquete de tabaco frente al pabellón Carmen Martín Gaite en la Feria del Libro de Madrid. Las otras cuarenta y tantas las devoré en el 26, esa misma tarde, de vuelta a casa. Esa semana lo leí de nuevo, en el metro, esta vez con un lápiz de Ikea. Desde entonces, el ejemplar reposa en la estantería. Cinco postips amarillos sobresalen de sus páginas como apagadas lenguas de serpiente.
X
De vez en tanto, cuando paso hacia la habitación, cojo el ejemplar y lo abro al azar. Consigo una frase diáfana. Un balazo redondo y sincero.Hoy he vuelto a coger el libro, esta vez sin abrirlo, y he salido a la calle con él. En Sombrero y Mississipi. Impresiones sobre el oficio de la impresión el escritor de las cejas furiosas sigue confundiéndome con ensayos a veces elásticos, otras demasiado rígidos.
X
Sombrero y Mississippi es un volumen fantástico, tan irregular como acicalado. Un libro de artefactos literarios diseñados por un sujeto que debe pasarse la mayoría del tiempo fumando, frunciendo el entrecejo y pensando en literatura, de lo contrario, ¿en qué otro lugar del mundo que no sea el limbo puede pensarse en la idea de cruzar la distancia que separa el Mississipi (de Mark Twain) del sombrero (de Samuel Beckett)?
X
“Frente al río Mississippi un escritor escribe que lo es. Piensa, quien escribe, que Twain creció por aquí e imaginó este mismo río antes. ¿Qué hacer con un río prestado? ¿Robado?”. Hace pausa el autor de El hombre que inventó Manhattan y continúa: “Pero escribir es precisamente decir todo esto, repetir lo que se ha escuchado sin saber exactamente su función, hasta que se le encuentra un lugar, un acomodo, puede que un sentido. Se va formando un escritor entre la charca de lo leído y, como el juego que no merece ni pide más gloria que la que imagina, el escritor, de pronto, piensa que escribe”.
X
No hay almíbar gratuito en la barca del madrileño. En Sombrero y Mississippi, Loriga separa aguas, disuelve mareas y en lugar de proclamar la libertad, clama por los méritos para ejercerla. El oficio de escribir para Loriga es una advertencia, a veces demasiado malhumorada y culta –chirría en ocasiones, ya o he dicho, la muleta excesiva de la cita a Kierkegaard, Wittgenstein, Chesterton, Vonnegut-, en otras, una ruta de navegación en la que nosotros, lectores, terminamos también, por zarpar:
X
“Si fuese posible distinguir entre los que se debe escribir y lo que no, estaríamos ante el oficio más sencillo del mundo (…) Seríamos artistas sin siquiera haberlo intentado”, escribe el autor, para quien el río y el sombrero conviven dentro de una misma paradoja.
X
Ambos son representaciones, el río de Mark Twain, con sus orillas llena de niños; el sombrero de Beckett, que pertenecía a su padre. Ambos objetos, tal y como los plantea remiten a una infancia, a una escala. Ambos se comprimen para estar donde están. Ambos, para Loriga, suponen una convención acordada según las necesidades de la narración.
X
Y mientras transcurre el libro, sin aparente conflicto, al hablar del sombrero que flota en ese caudal, Loriga parece decirnos todo el tiempo, desde el comienzo, que la escritura siempre está por ocurrir. Que ésta, como quien la ejecuta, se encuentra en un constante proceso de escogencia, en un permanente acto de decisión.

lunes, 12 de julio de 2010

Cuando toca cierre, Iniesta entrega "A sangre fría"



Comienzo a pensar en él como el hombre de los pocos minutos. ¿Alguien recuerda su gol, en el minuto 93 de la semifinal contra el Chelsea en la Champion League de 2008-2009? Andrés Iniesta, el centrocampista que actúa como un periodista: cuando le toca cierre, el dorsal 6 de la selección entrega A sangre fría.

El partido de anoche fue deslucido, atolondrado, una colección de patadas y desbarajustes. La naranja destartalada -Cruyff, perdónalos porque no saben lo que hacen- no tenía ningún interés por jugar al fútbol, así que decidió impedírselo a España. O eso, o tuvieron una alucinación y decidieron ejecutar un resarcimiento impuntual a Francisco de Nasau por el affaire Breda-.

Las bandas parecían tapadas como las narices de un enfermo. Ramos sufrió espasmos de energía-física seguidos de sus apagones neuronales. En un mismo juego, el defensa participó en dos de tres ocasiones de gol, y a la vez cometió errores como catedrales. La actuación de Navas fue bastante mejor que los abucheos que produjo el cambio por Pedrito. Iker, siempre presto a la canonización; Villa, Ulises rematador en su propia y desértica Ítaca.

Todo gesto era decisivo, a nuestro parecer de vociferantes hordas que gritan a una tele sus despechos técnicos. Como todo lo que se hace desde, y con las tripas, el juego nos consumió en un agotador delirio de heroicos despropósitos.

¿Qué hizo el hombre de los pocos minutos, ante un partido lleno de borrones? ¿Qué hizo? El pálido niño de Albacete relució como una moneda de oro. Faltando cuatro minutos para finalizar la prórroga –que ya apestaba a penales-, el azulgrana dio puntada final a una prolongación que hizo Cesc de un centro colocado por el niño Torres, quien aún faltando poco tiempo para finalizar el partido -y después de haber sustituido a Villa- parecía incapaz de volver del quirófano.

Y mientras afuera, en la calle, se incendiaba un contenedor y los bomberos intentaban apagar un desastre de llamas y humo, dentro, en el bar, el dorsal 6 de la selección, el centrocampista que actúa a veces como periodista, hizo lo que sabe como ningún otro: escribir a Sangre fría con 3 sujetos a punto de derribarte y sin una sola coma fuera de su sitio.

"Cuando Dios te da un don -escribía el excéntrico Capote en el prólogo de Música para Camaleones- también te da un látigo...". Creo que por eso, faltando minutos para el final del juego, después de que el pequeñísimo y veloz camaleón de Albacete sentenciara, quien fuera el Dios esperado -el niño Torres, el que nunca aterrizó en Sudáfrica-, cayó al césped como Zeus ortopédico.

El gol que fue suyo en la Eurocopa y se supone volvería a serlo para saldar cuentas con la historia, estaba ahí, ausente, lacerándole la rodilla, azotándole el talento, tendido sobre el césped. "Cuando Dios te da un don, también te da un látigo"

sábado, 10 de julio de 2010

Una gargantilla de clavos de olor


Sabíamos cuándo quemaban las hojas secas por el olor caliente de campo y sol ahumado. Todas las tardes, a la hora de la plaga y las culebras, el fuego asomaba su cresta amarilla. A veces cerca del portón, a un lado de la siembra de caña y los columpios.

La quema ocurría, puntual, para amodorrar el tedio de las chicharras, los jejenes y los perros, que a esa hora ladraban, aburridos, a las vacas y las bicicletas.

Santa Cruz (Estado Aragua) era todavía un pueblo, una pausa para los sábados, los domingos y los dulces de leche con clavos de aroma. Santa Cruz, un lugar entre mi lengua y esta tarde; un pueblo entre Cagua y Palo Negro donde el tiempo resistía ésas y otras ceremonias.

Recuerdo la gruesa montaña de ramas secas elevándose como harina cernida. Era toda una provocación, saltar sobre aquel remolino de hojas, las del árbol de guanábana, las palmas de Los Chaguaramos, las ramas caídas de los naranjos, las necias nervaduras del mango, las cáscaras de tamarindo maduro. Quedar mugriento y exhausto, hacer rápido la chapuza de remodelar la pirámide, desaparecer y esperar hasta que alguien viniese a encenderla. Entonces surgía aquel olor a humo y tamarindo que se quedaba en la ropa después de asomarse a espiar al fuego crecer.

A veces, en lugar de quemar las hojas en el patio lateral de la casa, donde guindábamos el chinchorro, lo hacían cerca del canal, en la orilla cercana a las matas de guayaba y martinica, un cítrico muy fuerte – hay gente que insiste en llamarla toronja- . Sus aromas, juntos, daban la impresión de una lucha -¿o una entrega?- de azúcares y amargos.

No sé aún si el calor de la quema aflojaba la piel de las frutas, o si el agua de la quebrada amplificaba el aroma, pero un denso olor convertía en confitura a la tarde y sus zancudos. Entonces todo era dulce e infantil delirio, de esos que uno cree normales, de esos que van a durar para siempre.

Hoy la tarde es calurosa y aunque el olor a césped es casi verde, no conoce los matices del fuego. Me da por pensar en el árbol de ciruelas de huesito. Y me doy risa. Intento leer, pero prefiero concentrarme en el césped. El Palacio de Cristal del Retiro está, como siempre, lleno. Fumo, pensando en los clavos de olor. En las hojas caídas, en el fuego de las seis, los zancudos de las siete.

Vuelvo al libro, pensando en las quemas. La nota preliminar de esta edición de Siruela no se publicó firmada hasta que el propio Italo Calvino lo autorizó. Desde entonces, Los amores difíciles han editado acompañados por las precisiones biográficas de un hombre quien vio pasar los primeros 20 años de su vida en San Remo, donde su padre, que era agrónomo, cultivaba el grape-fruit y el aguacate. ¿Olerían, acaso como las martinicas, bajo el sol?

Calvino creció, también, envuelto en aromas tibios, entre humores cítricos. Nunca dulces, como la guayaba, quizás por eso sufre tanto la Sra. Isotta, castigada por su propio cuerpo en el mar. Intento oler mi vestido, rastreo el olor del tamarindo quemado. Pero no consigo nada. El vapor de guayaba y martinica se escabulle en la edad de los errores. Y si vuelve, lo hace de otra forma ¿Hace cuánto que las tardes no huelen a hoja verde quemándose en silencio? ¿Hace cuánto no regresa la hora de la plaga y las culebras? ¿Cuándo fue la última vez que espantamos a las hormigas con clavos de olor?

Sabíamos cuándo quemaban las hojas, por el olor caliente del campo. Pero ahora, ahora que todo es ceniza, abro el libro, vuelvo a leer y veo arder. Veo arder en mi collar de clavos de olor.

lunes, 5 de julio de 2010

Echar a correr


Quedaban dos cáscaras de limón y tres dedos de tinto de verano cuando sentí el impulso de echar a correr. La parada del autobús marcaba treinta y dos grados. El paisaje hirviente de un cruce de peatones se trepaba en mi estado de ánimo como una silla de doma en el lomo de un caballo salvaje. Miré las cáscaras en el fondo de la copa. Mordí mis uñas. Apreté los dientes.

Encendí un cigarrillo, buscando una calada que me ahogara el corazón. Y aunque chupé con fuerza y desesperación, nada dentro de mí se hizo añicos, excepto lo que ya era una ruina. Miré mis pies vestidos con unas manoletinas rojas. Quise volver a correr. Entre la gente, contra la gente, a través de la gente. Correr.

Correr y reventar vitrinas. Correr y escuchar vidrios quebrarse. Correr y derribar para derribarse. Correr como una entrega. Correr y echarse a llorar. Correr y arrancar crines. Correr para no darse la vuelta. Correr para levantar aceras como quien revuelve nubes de polvo y rabia.

A las nueve y veinte minutos de la tarde, a unos metros del paso de peatones de la Calle Goya con Alcalá, sentí el impulso de echar a correr. Volví a casa, lentamente, con una calma que amplificaba cada coz, derribaba transeúntes y sellaba una tapa de cemento sobre mi pecho empedrado.

Crucé el portal como siempre desde hace cuatro meses, sin ganas. No tardé más de cinco minutos en anudar las zapatillas de correr que hace años no uso y coger Tu labio superior, de Christina Rosenvinge, lo único que llevo conmigo para escuchar -mi Ipod se dañó, y mis últimos seis o siete años de música desaparecieron-. Echo a andar sin ningún propósito excepto el propio desfallecimiento.

Algo sube de temperatura. Y no sé si son mis músculos por los que ahora circula demasiada sangre, si es la temperatura de una furia que entierra mis zapatos en el cemento o si es Christina Rosnevinge afinándome la ira con la calma envenenada de Chicago. “I made a lot of mistakes” “I made a lot of mistakes” “I made a lot of mistakes”, y cuanto más lo repite mi rubio gorrión, más acelero mi paso, como si la velocidad aclarase el color de la rabia en mi cabellera.

Cruzo Juan Bravo. Los semáforos me irritan. También los niños, y las camisetas, y los autobuses, y los cajeros automáticos, y los perros enanos, y las terrazas, y el atardecer, y las estilográficas, y mis piernas que no corren lo suficiente, que no pueden, que no saben demoler, que no entienden los mapas y no se dan prisa, que no derriban ni revientan ni tampoco me llevan al mar, donde quiera que esté.

sábado, 19 de junio de 2010

Un último correo para Monsiváis


"Soy un optimista corregido y maltratado a diario por la realidad"

Ardía de rabia y de país cuando leí el sucedáneo de lead en el twitter. Justo acababa de escribir el post que hierve unas líneas más abajo cuando supe que Carlos Monsiváis había muerto. Un viento absurdo me golpeó el estómago. Monsiváis, el escritor que más fervientemente he leído y al que con mayor apresto he perseguido, no volvería a negarse al teléfono, no huiría de una entrevista, no se haría el loco ante una repregunta, no volvería a levantar su polvareda irónica, no curvaría su ceja de burla e inteligencia. Carlos Monsiváis no volvería a escribir. Ni nosotros a leerle.

Monsiváis ya no pretenderá hacer lo mismo de siempre. Pero seguirá saliéndose con la suya. El intelectual mediático por excelencia –la gente lo detenía en la calle, para hacerse fotos con él mientras uno intentaba entrevistarle-, Carlos Monsiváis (México, 1938) era reacio a lo público, a pesar de ser él, prácticamente, consustancial a la res colectiva.

Lo suyo era la tinta, la palabra escrita. Cronista (poseedor casi de ella), crítico, periodista y ensayista, Octavio Paz dijo sobre él: “Carlos Monsiváis es un género literario”. Fue él quien iluminó un tipo de sociedad representada en ciertos íconos -el bolero, la telenovela, la lucha libre- que parecían relegados a la lógica del perolito y la plebe. Y lo hizo en su idioma, el suyo: la crónica.

Fue él quien dotó de sentido a la palabra sociedad civil, que surgió de los escombros del terremoto de Ciudad de México en 1985 (No sin nosotros). Fue él quien supo hacer del humor el escalpelo para desatar los puntos mal suturados en las heridas de nuestros Aires de Familia.

El escritor mexicano autor de Días de guardar, Amor perdido, A ustedes les consta, Los rituales del Caos y Aires de familia, y Premio de Ensayo Anagrama (2000) y Premio FIL (2006), se dejó ver en Madrid en diciembre de 2007. En ese entonces, visiblemente mayor y envuelto en algo parecido a la ironía o la indefensión, Carlos Monsiváis accedió, finalmente, a conversar. Si el caos era su catecismo, la ambigüedad parecía su ceremonia. La conversación, para el diario El Nacional, duró 30 minutos. El mexicano se zafó de todo lo que quiso y como quiso. Al terminar, me dio su dirección de correo. "Mándeme todo lo que no le he respondido por correo y le responderé, ¿le parece?".

Y así lo hice. Las respuesta llegaron, intercaladas entre mis preguntas, tres días después. Ya yo había entregado mi edulcorada versión al periódico, así que nunca las publiqué. No publiqué al Monsiváis que se permitía, acerca de la izquierda, ya no la burlona ironía, sino el desconcierto. Así que ésta, la versión faltante de la que realmente me hubiese gustado entregar, se quedó en mi ordenador -un pequeño y valioso broche- hasta el día de hoy en que he vuelto, tristemente, a buscarla para prenderla en mi solapa unos minutos y así, quizás, sentirme un poco más huérfana.

----- Original Message -----
From: Karina E. Sainz Borgo
To: cmonsiv@prodigy.net.mx
Sent: Tuesday, December 11, 2007 5:46 PM
Subject: El Nacional, Caracas: Las 3 preguntas que quedaron por hacer

Carlos, como me sugirió, envío aquí las tres preguntas políticas que le comenté.

1) Hasta el levantamiento zapatista de 1994 se pensaba que la izquierda había quedado relegada. SIn embargo, hoy se habla de nueva izquierda latinoamericana y Hugo Chávez habla del socialismo del siglo XXI. ¿Qué clase de lectura social e histórica se puede dar a eso?
R: La mayor defensa, en última instancia, del presidente Hugo Chávez es la bajísima calidad moral de un gran número de sus enemigos, y pienso específicamente en la derecha mexicana que sin siquiera tomarse la molestia de examinar la realidad venezolana, usó a Chávez en 2005 y 2006 como instrumento para oponerse y linchar mediáticamente a Andrés Manuel López Obrador, a través de una campaña de calumnias y mitomanías inadmisibles. Aparte de eso, nunca he visto siquiera delineado el proyecto del socialismo del siglo XXI, hasta ahora una consigna en el vacío como lo reconoció el propio presidente Chávez al querer explicarse su derrota reciente. No puede haber un socialismo fundado en la eternidad del poder, en Cuba o en Venezuela. La reelección indefinida contraria la salud administrativa y política de las sociedades, y lleva siempre al desastre de la repetición orquestada por un autoritarismo que se aleja aceleradamente de sus metas originales, cuando se acuerda de ellas. ¿No es suficiente el ejemplo del tratamiento castrista a los disidentes? ¿No hace unas semanas irrumpió la policia cubana con gases lacrimógenos en el anexo de una iglesia católica para sacar de ahí a un grupo que protestaba por una detención?
No me atrevo a pronunciarme sobre la izquierda venezolana, un fenómeno muy complejo que ha resistido a los dos partidos históricos que hoy no son siquiera ruinas mediáticas. Pero una izquierda que se identifica con el autoritarismo unipersonal no parece muy al tanto de las lecciones del socialismo real y de muchos de los resultados del gobierno de Fidel Castro, "la democracia de un solo hombre", el modelo elegido y proclamado de Hugo Chávez. En este punto, a mis convicciones agrego el desconcierto: creo pertenecer a la izquierda mexicana, a partir de una convicción: la desigualdad que se vive en el país es intolerable y el neoliberalismo en el poder es un sistema de entrega sin condiciones al capital financiero, a la ultraderecha, con todo y sus intentos de retorno de la teocracia, y a formas empresariales cercanas al esclavismo. Pero el tono autoritario y anti-intelectual de una parte de la izquierda de mi país me fastidia y me veta cualquier acercamiento a sus discursos, anclados en los alrededores de los partidos comunistas en 1950, y algo modificados por un tono de toma de poder para pasado mañana. Me refiero específicamente a la apología de la violencia de la ultraizquierda que ha medrado con el chantaje de la "pureza" y se ha radicalizado en el vacío. Al ver esa denigración de los ideales a cargo de una demagogía que se sacia en sus propias palabras, vuelvo a una de mis convicciones fundamentales: lo que necesita América Latina con urgencia es una izquierda racional, democrática, intransigente en lo esencial, y no reconstrucciones del culto a la personalidad.

2) De forma progresiva, durante casi los diez años de ejercicio de Hugo Chávez en el poder, ciertos mecanismos del Estado, entre ellos la cultura (cine, literatura, música, arte, etc), comenzó a amalgamarse como una especie de brazo burócrata e ideológico del chavismo; luego se sancionó una ley que obigaba a radios y televisoras a emitir determinados contenidos en lugar de otros y, finalmente, el Estado cerró un canal privado de televisión ¿encuentra similitud de este proceso con otros? ¿qué supone, histórica y culturalmente, el uso ideológico de la cultura oficial e incluso popular?
R: Un gobierno que, sin clarificar y extender su proceso educativo, sin tener un proyecto de cultura necesariamente de masas pero sin concesiones a la vulgaridad dominante; un gobierno que se cree con la legitimidad suficiente para imponer contenidos en los medios electrónicos y para clausurar estaciones de televisión, es un gobierno que hace del acoso a su desenvolvimiento el pretexto para clausurar libertades que tienen razón de ser. Al decir esto no justifico de modo alguno el despliegue neoliberal contra todo intento de enfrentarse a la desigualdad; sólo digo que la votación reciente en Venezuela prueba la gravísima equivocación de atribuirle a la autoridad dones omnímodos. El neoliberalismo, despiadadamente real, no justifica en modo alguno el show del autoritarismo, con todo y su acervo de invocaciones religiosas. En este aspecto, agradezco el trabajo de información crítica de Teodoro Petkoff.

3) Chávez ha explotado hasta la saciedad el discurso de los marginados, de los pobres, de aquellos a los que la historia debe algo. Visto así, queda populismo para rato en América Latina ¿Es Chávez su mayor predicador?
R: A los marginados y a las marginadas, a las indígenas, a los pobres, a los desempleados, a los explotados de la economía informal, a los obreros, a los campesinos, no sé si la historia, una entidad tan abstracta que no le da por pagar deudas, pero sí las sociedades les deben muchísimo, y todo el sector marginal, mayoritario, se debe mucho a sí mismo. Hablar de esto no es populismo, sino simple constatación de los hechos. No se puede a estas alturas de la desintegración del tejido social y de la intensificación de la pobreza reducir a la categoria del populismo toda la protesta, la disidencia y las movilizaciones sociales en América Latina, muchas de ellas admirables. Otra cosa muy distinta es atribuirle al presidente Hugo Chávez la dirección moral y política de la resistencia. Él es, no diré el predicador mayor, pero sí el más insistente, el que nulifica las verdades que sí dice con la mentira enfática de su actitud. No se le puede exigir que se le calle, pero sí que deje de identificar al provocador con el estadista. La izquierda latinoamericana tiene una gran meta: el combate a la desigualdad, y esto exige la racionalidad que niegan los discursos prolongados, la militarización del ánimo, la reducción de razones políticas a fuegos de artificio, y la demanda del poder unipersonal. En cuanto a la derecha, ya se sabe lo que quiere: que nada cambie para que todo siga peor, que los trabajadores carezcan de derechos, que los recursos del Estado se entreguen a la iniciativa privada (eso es lo que quieren ahora con Pemex en México), que haya educación religiosa en las escuelas públicas y que el fracaso de formas del populismo sea visto como la imposibilidad absoluta del triunfo electoral y social de una izquierda crítica.
En fin, es muy complicado juzgar desde fuera, pero para los latinoamericanos Venezuela y cualquier otro país en esta etapa de la globalización no está fuera sino clara y entrañablemente dentro. Si tengo que definir mi actitud diré que soy un optimista corregido y maltratado a diario por la realidad, y soy un pesimista mejorado también a diario por la certeza de que ningún pueblo se suicida, como pretende el neoliberalismo.


Un abrazo.
Carlos Monsiváis

No me da la gana de cantar



En 1867, tras el fusilamiento de Maximiliano I, Benito Juárez regresó a Ciudad de México para asumir el gobierno. De forma casi simultánea, Domingo Faustino Sarmiento ocupó el poder en Argentina, entonces libre de Rosas y sus mazorqueros. En Venezuela, después del chiquero ciudadano de los Monagas y la Revolución Azul, Antonio Guzmán Blanco dio inicio a su primer período: el septenio. Eran tres personajes completamente distintos, pero que impulsaron, como el colombiano Rafael Núñez, la misma empresa. El Estado liberal.

Como las independencias, las autocracias modernizadoras (y los militarismos después) estallaron de forma casi simultánea en América Latina. Una vez centralizado el poder y amansados los caudillos, comenzamos a pensar qué y quiénes éramos. Las herramientas al alcance hablaron por quienes las usaron. ¿Positivistas? Sí. ¿Eurocéntricos? Tal vez ¿Heroinómanos? Sin duda, yunkies de la estatuaria, la efeméride y el fetichismo del souvenir ideológico, como ningunos. ¿Demasiado asombrados ante el reflejo de nuestra propia imagen ante un espejo? El discurso de la raza cósmica que Vasconcelos crearía, años después y que hoy día abre las puertas de la Unam, ¿no lo demuestra? ¿No fuimos también algo paranóicos? El Ariel de Rodó lo indica. ¿Moralizadores? Domingo Faustino Sarmiento y la réplica de Doña Bárbara en el siglo XX, vaya liga, menudo revolcón sociológico.

Me he mudado otra vez. Mejor dicho, me estoy mudando desde hace años ¿Saben? Hay trasiego de libros.Llevo años dejando atrás bibliotecas. Esta tarde he ido a recoger otros libros para llevarlos conmigo a otra parte. En medio de la diligencia, abro mi correo electrónico. Leo la convocatoria para un concierto en protesta por los encarcelamientos a los miembros de la junta directiva de Econoinvest, entre ellos a Herman Sifontes, ordenados por el gobierno del presidente Hugo Chávez, quien ha declarado una medida en contra de las Casas de Bolsa en Venezuela.

¿Un concierto? Meten preso a uno de los pocos mecenas que quedaba en las ruinas de la Venezuela culta y democrática, ¿y nos reuniremos a cantar? Repaso los libros que debo llevarme al lugar en el que ahora vivo. Llego al ejemplar de Tráfico y Guaire, una serie de reportajes que escribí hace unos años y que sólo vieron luz porque Rafael Arráiz Lucca, director de la Fundación para la Cultura Urbana, brazo cultural de Econoinvest, tuvo la generosidad de publicar en 2007. Perdónenme pero yo no puedo cantar. No puedo.

Releo El espejo enterrado de Carlos Fuentes. Repaso los volúmenes de Enrique Krauze. Recorro el siglo XIX latinoamericano. ¿Fuimos impostados? ¿Somos demasiados jóvenes como continente? El bicentenario de la independencias pone de moda estos temas. El negro primero y la madre que lo parió. Pienso. Ya sé que yo no tengo derecho a opinar sobre un país que he clausurado en mi pasaporte. Un país que he postergado en mis días. Un país con el que no peleo día a día y en el que no estoy autorizada a disentir, porque no lo padezco.

Pero una cosa sí tengo derecho a decir. Día a día, en los años que estuve en Venezuela y aún hoy, a kilómetros de distancia, hago lo posible por difundir lo que hacen escritores y creadores venezolanos. Me niego a nadar en el estiércol, me resisto a agregar más desazón al mar que ahoga toda discusión que pretenda la inteligencia. Y por eso levanto la voz y grito. Porque no me da la gana de cantar y porque quedarme callada es una estupidez.

No quiero en absoluto menospreciar el esfuerzo de todos los que participan en la iniciativa del concierto.Las herramientas al alcance hablan de quienes las usan. Los músicos harán sonar los acordes. Muchos amigos, gente a la que respeto y quiero, seguramente está trabajando duramente en hacer posible este evento. Y sé que en momentos como los que vivimos, todo intento equivale al cruce de una ciénaga. ¿Pero cómo vamos a reunirnos a cantar cuando están silenciando a una de las principales fuentes de difusión de cultura en Venezuela? Yo no puedo aplaudir canciones, mucho menos seguir melodías. Yo necesito gritar. Debo desafinar. Estar fuera de tono. Necesito golpear fuertemente las teclas. Arder y perder la compostura.

Hace pocos días murió José Ramón Medina, cuya antología de la literatura venezolana junto con la de Juan Liscano y la de Orlando Araujo es indispensable para entender la litertura venezolana que cada día se me hace más rara, esquiva, inmanejable, como una navaja en un bolso de playa. Repaso mi biblioteca, miro el siglo XIX latinoamericano porque no me atrevo a entrar en el siglo XX, el mismo cuya impuntualidad quedó certificada por el maestro Mariano Picón Salas tras la muerte de Juan Vicente Gómez. ¿Pasó lo mismo con el XXI?

Llevo días campaneando la rabia, desmenuzándola como un despecho. Llevo años empacando y renunciando, pero opto por el silencio. Porque de un tiempo a esta parte mi nacionalidad es una ausencia, una opción, una consecuencia. Yo me he ido. Y eso me quita derechos, para hablar. Pero esta vez no puedo. Esta vez no.

Repaso mi biblioteca, mientras pienso en los Monagas y los aires de familia que no se agotan, que no extinguen, que nadie espanta, que no desisten, que no claudican, que no paran. Y me quedo de pie frente al siglo XIX, pensando en Ariel y Calibán. Aprieto los puños, de rabia. Porque a mí, señores, no me da la gana de cantar.

domingo, 13 de junio de 2010

Tipología del pajarito preñado


Protect me from what I want
Jenny Holzer

"Smooth in my hand
Staring at the sea"
The Cure. Killing the Arab


No me hago acompañar por nueve matones. Al otro lado de los torniquetes no he dejado estambre de hilo rojo del que pueda tirar para recordar el camino. Tampoco tendré que matar, creo, ni hacerme matar. Aún así esta mañana la estación tiene algo de perdedero. Pasillos en larga réplica. Una diapositiva atascada de gente en movimiento. Camino, con los audífonos apagados, busco la línea cinco en la estación Diego de León. Cojo la escalera mecánica. Vértigo, buenos días y una charca de monedas a los pies de un trompetista.

Los que caminan van hacia otros lugares. Ventas. El Carmen. Chueca. Gran Vía. Avenida de América. Sostienen pequeños bolsos con almuerzos envueltos en papel de plata. Leen libros que a veces yo no leería y otros que arrebataría para no devolver nunca –qué hace Saki, a veces, en el metro-. Otros doblan diarios. Tropiezan, hieden, suspiran, dormitan. Son corredores sin hilo. No lo necesitan. Se saben el camino de vuelta de memoria.

Llevo años recorriendo galerías subterráneas hechas con saliva de una sola costumbre: llegar. Gente que era de una forma y tuvo la fortuna de ablandarse. A mitad del pasillo que me llevará al andén, una brisa despega mi cabello del rostro. Empuja los mechones por encima de su sitio, levanta faldas, desordena los diarios. ¿Son los frenos de los vagones alborotando las vías, acaso la ventisca de la prisa? Son las ocho de una mañana sin centro en la que todos nos movemos entre réplicas. La brisa sopla fuerte, cada vez más. Y más. Y más. No sé si es un vagón que se acerca o ha partido ya.

Los viajeros de la línea 4 caminan contra la corriente de los argonautas que buscamos la ruta verde. Los que van en dirección Argüelles han desembarcado de golpe, y lo hacen empujados por el aire que barre las galerías de la estación. Yo camino en el medio del enorme corredor, jugando a derribar viandantes con mi rabia invisible.Mis audífonos siguen apagados y en las marquesinas una pareja de abuelos baila sobre una alfombra roja; el cine para los jubilados costará, de ahora en adelante, un euro, todos los martes.

Cierro los ojos y juego. El aire sopla más fuerte y empuja mi cuerpo hacia atrás, hacia el resto del pasillo que ya he recorrido. Pero a oscuras me importa menos la distancia y me concentro en avanzar, a solas, en medio de aquella enorme ventisca. Hay amenaza de tropezar, pero a tientas todo es más dulce. Una controlada y neurótica dosis de inseguridad amplifica los pajaritos preñados que viven en mi cabeza. Unos miligramos de pérdida –la que me invento jugando a las tacitas- hacen distinta, ¿más hermosa, acaso más poética, más gilipollas? mi propia experiencia del mundo.

Avanzo como la hormiga ciega que soy, sólo que esta vez confeccionándome otra oscuridad. Me ayudo, discretamente, con algunas tonterías. Calculo la distancia que hay entre mi cuerpo y la pared. Muevo los brazos, de a poco, barriendo el aire en busca de obstáculos. Aún no tropiezo. Mi rabia se esfuma. Es la primera vez desde que me levanté que me apetece sonreír. p
Pero algo falla en este juego. Algo, desde el comienzo, está mal. Si se detuviese la brisa y la oscuridad continuase, ¿quisiera, aún, reír? Si abriera los ojos para espantar la ventisca, traer de vuelta mi rabia y no encontrara el paisaje del intercambiador, ¿me bastaría calcular la distancia entre el cuerpo y el muro? ¿Mi pérdida haría el mundo, realmente, más hermoso?

Dejaría de ver las galerías de hormigas, los rostros apaleados y los vagones llenos de gente apagada. Pero cada vez que volviese a soplar el viento, ¿me conformaría con el placer del roce de un mechón en la mejilla o ambicionaría volver a mirar los remolinos que hacen las hojas caídas en las calles?

Abro lo ojos frente a una máquina de botellas de agua y golosinas. Me llevo la mano al bolsillo y saco una moneda de dos euros, la última que me queda. Miro el redondel, como lo haría a quien toca lanzar cara o cruz. La devuelvo al bolsillo y me doy la vuelta. Entonces recupero la vista o las escamas, miro la hora y regreso a la columna de hormigas que están por abordar el vagón de la línea 5 en dirección El Carmen. Entro, tropiezo. Vuelvo a ser el pez. El cardúmen de mí misma, dando saltos inútiles fuera del agua.

Llevo los casos puestos y sin música. Saco Sombrero y Mississippi de mi bolso. Doy vueltas a la rueda del Ipod. Música. Artistas. Sr Chinarro + HOLA TODO EL MUNDO. El fantasma de la transición. Play.
Esta mañana, la estación tiene algo de perdedero.
(*) La imagen pertenece a la Web www.madridmemata.es