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Una canción es capaz de un paisaje. Y puedo cometer un desvarío gramatical al escribir esto; es cierto. Pero en esta ocasión, el accidente de mis palabras podría ser correcto (aunque no por ello menos arbitrario). Una misma melodía conduce y es conducida hacia un lugar, por algo, por alguien. Levanta consigo geografías afectivas, lugares portátiles. Se puede estar rodeado de antipáticos y demasiados desconocidos en un espacio ambiguo y pequeño. Se puede renunciar a la propia soledad que exige escuchar o leer. Se puede andar, por ahí, apretado entre la necedad, y aún así, todavía es posible dejarse llevar -dulcemente- a los lugares que ciertas canciones reproducen para nosotros. "Forastero siempre/ que dificultad", le he escuchado cantar -a veces ojos muy abiertos, otros muy cerrados- al Sr. Chinarro. Y aunque se trate de la misma, El Lejano Oeste, su sonido cambia de aspecto a la vez que transcurre. Que sea una canción camino, una de esas que se desandan y se reanudan -ésas a las que se vuelve y desde las que se vuelve- agrava el gusto por su repetición, por el hecho simple, de querer escucharla, una y otra vez. Entonces oír es recorrer. Supone atravesar el paisaje, cambiándolo y dejándose cambiar, a bordo de un "dos caballos". Desbocar, extrañar, cantar en voz baja e insistente el mismo verso. Canción libro, a veces, para viajeros que no saben volver a casa. Por eso, quizás. "Adelante, dije entonces, nunca más". Tal vez.
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lunes, 13 de junio de 2011
domingo, 13 de junio de 2010
Tipología del pajarito preñado

Protect me from what I want
Jenny Holzer
"Smooth in my hand
Staring at the sea"
The Cure. Killing the Arab
No me hago acompañar por nueve matones. Al otro lado de los torniquetes no he dejado estambre de hilo rojo del que pueda tirar para recordar el camino. Tampoco tendré que matar, creo, ni hacerme matar. Aún así esta mañana la estación tiene algo de perdedero. Pasillos en larga réplica. Una diapositiva atascada de gente en movimiento. Camino, con los audífonos apagados, busco la línea cinco en la estación Diego de León. Cojo la escalera mecánica. Vértigo, buenos días y una charca de monedas a los pies de un trompetista.
Los que caminan van hacia otros lugares. Ventas. El Carmen. Chueca. Gran Vía. Avenida de América. Sostienen pequeños bolsos con almuerzos envueltos en papel de plata. Leen libros que a veces yo no leería y otros que arrebataría para no devolver nunca –qué hace Saki, a veces, en el metro-. Otros doblan diarios. Tropiezan, hieden, suspiran, dormitan. Son corredores sin hilo. No lo necesitan. Se saben el camino de vuelta de memoria.
Llevo años recorriendo galerías subterráneas hechas con saliva de una sola costumbre: llegar. Gente que era de una forma y tuvo la fortuna de ablandarse. A mitad del pasillo que me llevará al andén, una brisa despega mi cabello del rostro. Empuja los mechones por encima de su sitio, levanta faldas, desordena los diarios. ¿Son los frenos de los vagones alborotando las vías, acaso la ventisca de la prisa? Son las ocho de una mañana sin centro en la que todos nos movemos entre réplicas. La brisa sopla fuerte, cada vez más. Y más. Y más. No sé si es un vagón que se acerca o ha partido ya.
Los viajeros de la línea 4 caminan contra la corriente de los argonautas que buscamos la ruta verde. Los que van en dirección Argüelles han desembarcado de golpe, y lo hacen empujados por el aire que barre las galerías de la estación. Yo camino en el medio del enorme corredor, jugando a derribar viandantes con mi rabia invisible.Mis audífonos siguen apagados y en las marquesinas una pareja de abuelos baila sobre una alfombra roja; el cine para los jubilados costará, de ahora en adelante, un euro, todos los martes.
Cierro los ojos y juego. El aire sopla más fuerte y empuja mi cuerpo hacia atrás, hacia el resto del pasillo que ya he recorrido. Pero a oscuras me importa menos la distancia y me concentro en avanzar, a solas, en medio de aquella enorme ventisca. Hay amenaza de tropezar, pero a tientas todo es más dulce. Una controlada y neurótica dosis de inseguridad amplifica los pajaritos preñados que viven en mi cabeza. Unos miligramos de pérdida –la que me invento jugando a las tacitas- hacen distinta, ¿más hermosa, acaso más poética, más gilipollas? mi propia experiencia del mundo.
Avanzo como la hormiga ciega que soy, sólo que esta vez confeccionándome otra oscuridad. Me ayudo, discretamente, con algunas tonterías. Calculo la distancia que hay entre mi cuerpo y la pared. Muevo los brazos, de a poco, barriendo el aire en busca de obstáculos. Aún no tropiezo. Mi rabia se esfuma. Es la primera vez desde que me levanté que me apetece sonreír. p
Pero algo falla en este juego. Algo, desde el comienzo, está mal. Si se detuviese la brisa y la oscuridad continuase, ¿quisiera, aún, reír? Si abriera los ojos para espantar la ventisca, traer de vuelta mi rabia y no encontrara el paisaje del intercambiador, ¿me bastaría calcular la distancia entre el cuerpo y el muro? ¿Mi pérdida haría el mundo, realmente, más hermoso?
Dejaría de ver las galerías de hormigas, los rostros apaleados y los vagones llenos de gente apagada. Pero cada vez que volviese a soplar el viento, ¿me conformaría con el placer del roce de un mechón en la mejilla o ambicionaría volver a mirar los remolinos que hacen las hojas caídas en las calles?
Abro lo ojos frente a una máquina de botellas de agua y golosinas. Me llevo la mano al bolsillo y saco una moneda de dos euros, la última que me queda. Miro el redondel, como lo haría a quien toca lanzar cara o cruz. La devuelvo al bolsillo y me doy la vuelta. Entonces recupero la vista o las escamas, miro la hora y regreso a la columna de hormigas que están por abordar el vagón de la línea 5 en dirección El Carmen. Entro, tropiezo. Vuelvo a ser el pez. El cardúmen de mí misma, dando saltos inútiles fuera del agua.
Llevo los casos puestos y sin música. Saco Sombrero y Mississippi de mi bolso. Doy vueltas a la rueda del Ipod. Música. Artistas. Sr Chinarro + HOLA TODO EL MUNDO. El fantasma de la transición. Play.
Esta mañana, la estación tiene algo de perdedero.
(*) La imagen pertenece a la Web www.madridmemata.es
domingo, 2 de mayo de 2010
No basta el Chinarro para el Sr. que toca esa guitarra
No es que me parezca tímido. Es que me parece. El pelo cano y revuelto, la barba como una jalea negra sobre un rostro que, para retratar, habría que mirar por más tiempo. Algo en sus rasgos le aleja del Cristo cansado que a veces parece, y no es el bosque de barba alrededor de la boca, tampoco el silencio de sus ojos al aterrizar sobre la mesa, ni las acrobacias que practican sus dedos al remover el azúcar en el descafeinado con una cuchara demasiado pequeña.Sus manos contradicen al resto de su cuerpo, parecen los delgados apliques de la talla de un Nazareno en lugar de las manos de un hombre gigante que a veces canta con los ojos cerrados. Quienes saben de música dicen que su voz es imperfecta y única, los de peor humor escriben que en algunas canciones desafina. Quienes saben dicen de él muchas cosas. Que sus letras son costumbristas, irónicas, surrealistas, poéticas. No escatiman adjetivos, todos regados por las reseñas como aderezos a mansalva.
Y nadie dice que no sea todo eso y mucho más, pero en sus últimos tres discos, El fuego amigo (2005), El mundo según (2006) y Ronroneando (2008), hay algo y alguien que ocurre con el mecanismo inverso a los adjetivos. Alguien que sucede de a poco. Alguien parecido a lo que tengo delante, una voz clara y profunda que a veces prefiere el papel a la música. Alguien que ha decidido cantar con la boca separada del micrófono. Alguien que controla el oleaje de sus propias canciones. Alguien que quiere contar y hacerse entender.
¿Y quién no ha cruzado la calle sobre el puente de su voz? Una voz que será, para algunos, un vagón de metro y noches de vuelta a casa a solas; una voz que es, a veces, Alfabeto Morse y relatos doblados en la esquina de la página un domingo al sol; una voz que habitan, como casas, quienes la escuchan (sus seguidores le tratan como familia, como si le conocieran desde siempre). No lo sé. Hasta hace 45 minutos nunca le había visto, y a los desconocidos se nos da muy bien eso de sentenciar porque nos dá la gana.
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No es que me parezca tímido, es que me parece. Son curiosos los años que ha vivido el sol en sus mejillas y no sé si he nacido muchos países después de sus canciones, o si es sólo esta prisa por detectar en sus palabras a los jinetes que fueron hacia Portugal, a Merche asterisco, a las hijas del barquero, a los bebedores del bar Petardo o a esa confusa María Lionza sin danta –en verdad se llama Augusta- de su Socorrismo (Alpha Decay, 2009).
Como la mayoría de las veces, de esta entrevista me tocará entregar otra cosa. Siete mil quinientos caracteres de plana y económica información. Y quizás también tenga que ponerme el antipático delantal del carnicero y empezar a lanzar adjetivos como hachazos, porque ocupan menos líneas y llegan más ¿rápido? donde ¿deben?
Un gigante que ha estudiado para perito agrónomo y decide dejar la coreografía de la producción de una fábrica para dedicarse a la música y la escritura jamás desafinaría una estrofa. Él no es Militar. Ahora se dedica a terminar una novela que, como al musiú enamorado de Augusta, anticipo –así somos, aburridos, esperando lo ya conocido- sincero y transparente.
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La entrevista termina, o ha terminado, o terminó. Veinte o treinta minutos después, en medio del concierto de la entrega de los Premios Caja Madrid y Lengua de Trapo de Narrativa que le trajo unas horas hasta Madrid la semana pasada, le escucho cantar Quiromántico. Hay ráfagas de modernos que forrajean canapés en las bandejas su propio ego. Me apetece rociarlos esta noche con gasolina, pero sólo bebo una cerveza y sigo la música con un movimiento del pie derecho.
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Aquí dentro no puedo fumar, aunque de momento no me importa. Son las diez y tengo mucho menos claro quién es -o quién va a ser- Antonio Luque. Sólo intuyo que probablemente no le baste el Chinarro al señor que toca esa guitarra.
martes, 16 de marzo de 2010
El musiú (*) del Sr. Chinarro

Augusto es imbécil, pero me enternece la tarde el musiú con su insolación y sus pendejadas. Que su empleo sea amar a Augusta. Que su muerte sea ahogarse en la costa de Puerto Cabello, en el apellido de esa mujer nacida de las aguas, me parece una fanfarronada del Sr. Chinarro y una maravilla para un Ribera que no es ni del Duero ni es nada, pero que me bebo porque no me queda otra.
Socorrismo es la historia entre Augusto y Augusta. Él, de Valencia, España. Ella, de Valencia, estado Carabobo, Venezuela. Él es un ingeniero. Ella, nunca queda del todo claro, es nadadora, bailadora de flamenco o prostituta, a fin de cuentas, una mujer imponente a la que apetece imaginar contada por Augusto, el babeante musiú que termina viajando a la tierra de esta María Lionza sin danta.
“Para Augusta era un caso frecuente el del tímido distraído, de manera que él pronto sintió que había encontrado un nuevo empleo: amarla, amarla con su cuerpo acostumbrado a una hora de sexo que pasaba cada vez más rápida, con unas fantasías que explotaban en la lengua a la manera de un capricho tan absurdo como un peta-zetas”.
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Pasan páginas y uno se imagina a Augusta sesear y al musiú dejarse decir. Que el calor sea necesario y los lugares remotos. Que esta pareja sea absurda, como su fin, es una trastada para la que Chinarro no nos prepara ni nos anestesia y he allí, quizás, lo mejor de Socorrismo: que nadie acuda en tu ayuda.
Paso los dedos por la coquetísima edición de la colección Alpha mini de la editorial Alpha Decay, que le ha tomado la palabra al Sr. Chinarro al publicarle su primer volumen de cuentos. Trato de acicalar las esquinas de mi ejemplar. No me gusta que los libros pierdan su forma después de terminar de leerlos.
Faltan 45 minutos para que comience el Barcelona Valencia. Me ha gustado el libro del Chinarro, este tío que ya me gustaba como músico, pero al que en la entrevista del número de marzo de Quimera -no sé si porque parecía "dedicar tanto tiempo a estar ausente"- le cogí un poco de idea. Alguien que escribe El Gran Poder no puede ser tan distante. Olvido la entrevista y la carne de caballo que comieron entrevistado y entrevistador. Vuelvo a empezar a leer su libro, con todo y La mina, la cianuración, el Atlético Minero y su musiú incluido.
No sé si es el mejor Antonio Luque como dice la contraportada del volumen. Yo a ese señor no le conozco. Al Sr. Chinarro sí. Ese sí sé quién es, un tipo muy raro que de pronto se pone bruto, ingenioso, fanfarrón y otras muy tierno, sencillo y poeta de uñas sucias currantes y me da a mí que fumadoras (porque me dio la gana, y punto). Ése sí sé quién es, por algo caminé de Felipe II hasta Alcalá 42, y de ahí hasta el número 17 de la calle Fernando VI .
“Tan extraño es que una cigarra pueda pasarse el verano tocando la guitarra como que unos hombres abran galerías en la tierra, como hormigas hacendosas, en busca del sustento necesario para cualquier estación del año”, así empieza –al estilo Florentino y el Diablo- el Señor Chinarro las líneas de una historia que se desarrolla en un pueblo minero. Y no sé por qué demonios me siento leyendo, de pronto, Oficina número 1, si Otero Silva y este hombre de El Palo, Málaga, no tendrán en común sino el Au de la tabla periódica, y eso “por rizar el rizo, como si fueran poetas”.
Llego a la mitad del volumen. Son sólo estos dos relatos. “Augusto encontró la coincidencia con el nombre un buen motivo para confundirse con la noche de la manera más vulgar”. El Ribera es un asco. No me lo voy a beber. Pido un café. Después otro. Cuando alzo la vista me doy cuenta de que el Barcelona lleva diez minutos de juego contra el Valencia. Yo he terminado la tercera lectura. Augusto es imbécil, lo sé. Pero qué más da, si el musiú me enternece la tarde con sus pendejadas, aunque nadie acuda en mi ayuda o la suya.
(*)Musiú. Dícese de la forma coloquial en la que los venezolanos se refieren al extranjero –puede ser anglosajón, europeo, nórdico, da igual- de tez blanca y costumbres manifiestamente distintas. Cabe destacar que el venezolano se asombra ante lo foráneo como curiosidad venerable y, por ende, deseable. Se supone que la palabra musiú deriva de una criollización del monsieur puesto de moda por Guzmán Blanco y sus delirios afrancesados en pleno siglo XIX. Sin embargo, su popularización como vocablo data de los años 40 y 50 del siglo XX, con la inmigración europea, especialmente española, italiana y portuguesa. De hecho, existe un dicho popular utilizado para referirse a quien peca de soberbio o prepotente, y que tiene por base el mestizaje cultural y social que produjo la mezcla del “musiú” con la mujer criolla. “Estás como negra preñada de musiú” alude a la expresión de quien se cree más que el resto, o cree gozar de privilegios.
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