Se suponía que aquello sería como la
creación del
mundo; no mayor de
siete días. Pero al ver que llegaba
el décimo sin una
costilla, un día de
descanso ni una
mísera llamada de
Seur, me
mosqueé y llamé al
1004. Primero fue la
musiquilla de
Avril Lavigne. Luego las interminables
opciones de voz que no atinan con
una sola de mis verdaderas y
pedestres dudas. Y yo, como una
imbécil, pegando la boca
del móvil y repitiendo, en
lenguaje toro-sentado: “Telefonía móvil”,
“Contrato”, “Otras-consultas”,
“Hablar –con–operador”.“Hola, le habla Valentina Rosales,
¿en qué puedo ayudarle?”. Es la cuarta, quinta, sexta, o
séptima operadora de Movistar a la que me toca relatar
la exagerada historia del teléfono
Iphone 3G de ocho GB que se fue a
comprar tabaco y no volvió. “Hola Valentina”. Llamo porque
hace tantos días extravié mi Iphone. Y entonces…
Departamento de Robos. Tramité. Pedido… Y entonces.
Esperaba la entrega…hace ocho días.
Espere un momento Sra. Sainz.
Avril Lavigne de nuevo.
“Sra. Sainz, disculpe la espera ¿Cuál es la
dirección del envío?” Doy las señas, rápidamente, esperando que, por tratarse de un escritor,
el hombre y su circunstancia, etcétera, le
resultaría fácil pillar el nombre. Pues no. Y no es que a Valentina Rosales le pida yo grandes cosas, porque hombre, hay que ser
tolerante, que últimamente ando yo
muy histérica, así que enciendo un cigarro y a esperar… D
eletreo, feliz y pacientemente, como quien se mete un
chute, la calle del nuevo domicilio en el que vivo.
O de oso… r de ratón…
t de Teresa.“Ah, perdone, en el sistema aparece otra dirección”, dice mi
empalagosa operadora con su acento de
Riohacha. “Sí, se los dije la primera vez que hice el pedido, hace 10 días”. Y mi dulce operadora, amable y robótica con su
urbanidad memorizada, me hizo saber lo ocurrido. Esos
tropiezos del sentido común que ocurren en los
ministerios soviéticos y las grandes
corporaciones. A pesar de que me tocó deletrear a los cinco o seis operadores previos la nueva dirección, porque, señores,
cambié de domicilio, el
nuevo Iphone fue enviado a la antigua dirección en la que nadie abriría la puerta. O eso supuse. O supongo. O yo qué sé. En menos de
nueve meses, he hecho maletas
tres veces. Esto de ser Ulises por gusto
ya no me hace gracia.
“Tiene usted que volver a
tramitar el pedido de nuevo, pero no puede hacerlo por
Atención Al cliente sino por el departamento de robos”. Ah, claro.
Sonrío idiotamente, con el cigarrillo entre los dedos. Me creo tan bien mi papel de individuo en una larga cola, que hasta lo interpreto más allá de la voz. Le agradezco su ayuda, me dejo camelar para comprar un servicio de
navegación, cuelgo y comienzo el proceso. Otra vez. El contador vuelve a cero. El génesis se pone en marcha. “En máximo ocho días recibirá en su domicilio el Iphone 3G de ocho GB”. Todo será como la creación. Otra vez.
Y entonces Dios creará el mundo. Pedirá un Iphone.
En lo que va de tiempo desde que mi antiguo móvil desapareció de la mesa del
Pepe Botella, he perdido
verdaderas joyas que antes habrían quedado guardadas en la discreta cámara del necio aparatito que ahora echo de menos.
Una pegatina de una tienda llamada
Minimalasaña que alguien pegó –quien sabe porqué- en el barrio de Salamanca, un
tupido brote de Margaritas al sol, una curiosa
declaración de propósitos en los baños públicos de un bar donde el whisky costaba 4 euros – cito: "que le den por
culo al Chill out"- , una edición de
Rayuela de la Biblioteca BuenaVista en la que alguien
arrancó el Capítulo 7 (
Toco tu boca…) .
De estar armada con mi espada multimedia, probablemente me habrían parecido trozos de mierda esparcidos por ahí, pero ahora me parecían
codiciables, archivables, susceptibles de ser documentos.
Hace unos días,
Yoani Sánchez escribió en su blog
Generación Y acerca de la visita de Rosa Díez a su casa, en Cuba.
La bloggera y periodista se detuvo en un detalle, uno solo. El
Iphone de la líder de UPyD. Sus razones, debo decirlo,
eran legítimas e hicieron sentir que las mías eran
berrinches,
obcecaciones,
glotonerías, manías. Decía Yoani: “A nosotros, que durante toda la Academia Blogger trabajamos sobre un servidor local que simulaba la Web, nos fue posible -de pronto-
sentir los kilobytes correr por la palma de la mano. Tuve el tirante deseo de
salir corriendo con el
móvil de Rosa Díez, de
parapetarme en mi cuarto mientras
navegaba por todos esos
sitios bloqueados en las redes nacionales. Por un segundo,
deseé quedármelo para entrar
a mi propio blog que aún
sigue censurado en los hoteles y en los cibercafés.
Se lo devolví desconsolada, lo confieso”. Releo la frase ahora que la copio, y una
pátina de gilipollez me hace
más rubia y
más tonta. Y más rubia, y más tonta.
En, máximo,
ocho días, dijeron los de Telefónica. Vale, habrá
Iphone. El abandono de un
teléfono para no telefónicos se habrá mitigado. Estaré
menos compulsiva, tal vez. Si esta vez llega, ¿qué haré? ¿
Fotografiaré la punta sucia de mis zapatos cuando me baje,
el próximo domingo, en la estación de
Sants? ¿Capturaré
el mar gris en el Port Olimpic? ¿Haré un retrato de
Curro, el perro antibiótico? ¿Es para
semejante estupidez que armo este revuelo?
Cuando llegue, si llega, mejor desvío el paquete. Estoy segura de que
a Yoani le será más útil, mucho más. Quizás así, de un
corrientazo, conjure los silencios de la palma de su mano. Quizás así,
espante para siempre el abandono de su isla.
Quizás así me cargue por un rato el desconsuelo de Yoani…
y con el suyo, acaso… ¿el mío?