
Esto comienza
sesenta minutos antes. En la esquina de
Noviciado con la calle
San Bernardo, en un taburete del b
ar Expres, desde donde le veo
cruzar la calle . La
última vez que le vi
llevaba gabardina y gafas de sol,
aunque era de noche,
supongo que debía ser por la
foto que le había
hecho en ese entonces
Daniel Mordzinski, cuyo libro se
presentaba ese día en
Casa de América. Sospecho que
Enrique Vila Matas asistió en calidad de
retratado y también como un
doble de sí mismo.
Hoy, que vuelvo a verle, Enrique Vila Matas no lleva gafas de sol, no parece el doble de nadie y en lugar de sus despeinados mechones grises, lleva el cabello casi blanco y en su sitio. Se me ocurre dejar la cerveza en la barra, abandonar el pesado volumen de cuentos de Faulkner como garantía de pago, caminar hasta la mitad de la calle y saludarle. “No sé si usted me recordará…”. Miro la triste anchoa de la tapa que no me comeré. “Preferiría no hacerlo”.
Sesenta minutos
más tarde, en el
número 3 de la calle
Noviciado, un auditorio entero recibe al
catalán, que entra acompañado de
Ray Loriga, un escritor de
cejas furiosas, brazos tatuados y
novelas fulminantes. El madrileño dará inicio a una conversación sobre
Dublinesca, la más
reciente novela escrita por el hombre que
descubrió a los
Bartleby y visitó el
manicomio de
Walser.
Enrique Vila Matas conserva ese aspecto neurótico, entrañable y a la vez indefenso. Podría ser cualquiera de sus personajes. Él mismo, el mejor de todos. Todo en sus movimientos parece ensayado. Su americana, las manos agarrotadas, la mirada fija y nerviosa. Deliberadamente irónico en todo cuanto dice (y deja de decir).
“Este libro no es una acumulación de citas y experiencias. Ocurre por encima de eso”. Loriga es capaz de hablar, por partes, de un libro que da la impresión de resistirse al orden de la expresión oral. (Vila Matas puede ser leído, pero difícilmente contado). En Dublinesca parecen existir tantas capas como cebollas o centros, trozos de lo que ha hecho, desde siempre, Vila Matas: rastrear, no sé si el fin de la literatura, pero sí su huella hacia la desaparición. He aquí, de nuevo, el viaje.
Samuel Riba, un editor jubilado y quebrado, de 60 años, organiza un viaje a Dublín. Convoca a algunos escritores para el bloomsday -el 16 de junio, cuando sucede el Ulises, de Joyce- con el propósito de celebrar un funeral para la literatura, aniquilada por la expansión del mundo digital.
Loriga ilumina la conversación y
acerca la bombilla sobre ciertos temas . “
Spider, el personaje de la película de
David Cronenberg , está
presente en el personaje de
Samuel Riba. La voluntad del niño que
sujeta cosas con hilos también pertenece al editor. Hay una asociación entre
el tamaño de la escritura,
los hilos de Spider y la escritura de Joyce y la de Samuel Beckett, que es la escritura que lo borra todo”.
Enrique Vila Matas tiene las manos entrelazadas, y puestas como
una maraña de dedos sobre la mesa. Todo su
blanco cabello sigue en su sitio. (Y a mí me da por seguir viéndole
indefenso, como hace una hora desde la banqueta del bar). “
El origen de la novela está en
Spider, el mundo de Spider me llamó especialmente la atención. De hecho, publiqué un
relato de verano sobre Spider, y fue
ese relato el que puso en marcha
Dublinesca.
La tela de araña se parece tanto a ese personaje como al de la novela”.
Vila Matas hace
una pausa de la que hay que
aprovecharse para darle sentido a
la crónica, suponiendo que
hayáis llegado a este
párrafo.
James Joyce fue escogido por Enrique Vila Matas en este libro como el máximo exponente a quien rendir homenaje. De allí que sea uno de los centros del libro y que Loriga -el escritor de cejas furiosas- hable de Spider y la tela de araña, porque es ese recurso (el empequeñecimiento, como la letra de Robert Walser en Doctor Pasavento) con el que Vila Matas se desplazará también hacia Samuel Beckett, pupilo de Joyce.
“El tiempo de la novela abarca tres meses: mayo, abril y junio –dice Vila Matas-. Cada mes incluye un libro de Joyce. Mayo sería el Joyce costumbrista de Dublineses, pasando por la cumbre del Ulises, hasta la afonía de Finnegan’s Wake (la última novela publicada por Joyce), que vendría a ser la afonía de Samuel Beckett. Es decir, del esplendor a la miseria deliberada. Ese es el comentario que hace el libro hacia la historia de la literatura”.
No lo ha dicho, pero Dublinesca sigue siendo sus bitácoras, sus diarios, sus Vilamatadas o Vilamatianismos. Es él, Bela Lugosi, atacando de nuevo. Aunque sigo sintiendo ese impulso del bar, que compruebo nada más comenzar el turno de preguntas. Primero las preguntas jubiladas, luego las impertinencias, de las que sin darme cuenta participo a mansalva.
El hecho de que no sea Anagrama quien edite esta vez a Enrique Vila Matas crea una cierta e inexplicable ansiedad. La costumbre, la plácida costumbre. La tendencia a pastar en el mismo lugar, ese tipo de cosas que el ganado considera parte de su quehacer. Cencerro+hierba+agua. Hay un tipo de ganado que muge, otro que piensa, otro que decide pensar y especular, y otro que especula y escribe al respecto.
No fue buena idea tocar el tema Herralde. El hombre de cejas furiosas no enfureció sus cejas pero sí cambió el semblante y el tono, incluso tomó para sí una pregunta que no le correspondía.
Enrique Vila Matas respondió más calmado. Prefería no hablar de algo que no podía resolverse con una frase. Fue tajante. Nada en su voz pareció impostado o puesto en escena y me arrepentí en el acto de la pregunta.
Yo, que siempre le he comparado con Bela Lugosi, quise convertirlo en Ferenc Dezső Blaskó, conseguir una capa en algún sitio y sacarlo de mis palabras como quien desaparece en un manicomio en medio de la nieve.
p
Al llegar a casa
redacté un correo electrónico
disculpándome. Y pensé que lo mejor hubiese sido hacerlo al momento, o quizás un poco después, entre señoras jubiladas y editores en activo. ¿Bartleby o
Hikikimori? No lo sé.
“Preferiría no hacerlo”. Pero ya había presionado el botón enviar en el menú de Gmail.
p
Ahora tendré que dormir de día y navegar en el ordenador de noche.