martes, 20 de mayo de 2014


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En días como hoy, el 26 pasa cada ocho o diez minutos. Mientras ese tiempo transcurre, hago lo que siempre: inspecciono la rotonda, acumulo en mi mente un número razonable de cosas por hacer, examino mi silencio el tiempo que dura en desinflarse un suspiro. Me saco de los bolsillos motivos, como quien rasca monedas al final de un una billetera. Pienso en algo parecido a una manta y entonces pasa lo que pasa: cruza frente a mi un raro trencito de turistas que pedalean; se desarma de un golpe el reloj de Atocha y voy quedándome sin ideas, sin nada qué decir. Levanto la vista. Me dejo abatir. Subo al autobús pensando que hay cosas que deberían ser distintas y otras que ya lo son. Y me quedo ahí, redondeando esa idea con la yema de los dedos. Me dejo licuar, de a poco. El 26 sube Atocha dando pesados tirones.
Hay cosas que deberían de ser distintas y otras que ya lo son.  

sábado, 29 de marzo de 2014

La cara B del látigo de Capote

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Todos los días me levanto con el mismo miedo. “No seré capaz”. Se esparce entonces en mi mente, enchumbadita, aquella nube que comenzó a condensarse en mi cabeza cuando entré al colegio en primer grado. Tenía seis años y una debilidad extrema por la gomina (ni un cabello chusco debía sobresalir de mi coleta).
En aquel entonces, sacar buenas notas, en lugar de hacerme sentir bien, me generaba una angustia terrible. “¿Podré mantener esa nota los próximos trimestres?”.  Aquella desazón, de la que no tengo un recuerdo previo sino hasta los años del colegio,  se inauguró justo el día en que comencé a utilizar uniforme de pantalón azul marino, mocasines negros y suéter de la marca arena con el anagrama del colegio.
Desde ese entonces, acaso por la confusión entre lo que me gusta y lo que debo hacer, hago las cosas con una angustia secreta, una desazón que parpadea sin parar, como un anuncio de neón de los noventa. Como si, en la mente, una voz me hablara a gritos. Algo así como un cabo o un general con fusta, que a veces se va de paseo pero vuelve al rato más enfurecido todavía. “¿Es que no has terminado aun?”, grita en alemán. Aunque, claro está, yo no hablo alemán. Pero me hago la idea de cuan terrible debe sonar.
Por eso me gustó tanto el Bartleby de Melville remasticado por Vila Matas. Porque esa idea –“preferiría no hacerlo”- compite en mi cabeza con su opuesto. Y entre querer y no querer, entre deseo y deber,  algo se deja colar. Y entonces hago lo que me toca –leer, escribir, levantarme de la cama, salir a la calle-. Pero siempre con esa desazón sobre lo que es o no suficientemente bueno. Y yo nunca he sentido que algo haya alcanzado jamás la suficiencia.
Es tópico, ya lo sé, pero la frase de Truman Capote –esa que afirma que cuando Dios te da un don, te da un látigo, para que te azotes con él- fue uno de mis peores  descubrimientos morales. No estaba yo segura de tener un don –a ratos lo pienso, a ratos no- pero si de algo tenía certeza era de la existencia del látigo. Desde entonces nunca lo suelto. A diferencia de la gomina, no dejé de usarlo jamás.  De hecho, lo tengo aquí, a mi lado.
La gente con certezas me genera ansiedad. Y aunque sé que me engañan, que no están tan seguros como parece –si citan a Baudrillard lo descubro al instante-,  me ponen a la defensiva. Quizá por eso, la mayoría de las veces, en lugar de preguntar afirmo, como si atacando me protegiese, como si espantando –de la boca para afuera- la duda, apagara por unos instantes el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz? ¿serás capaz? ¿no serás capaz?-. En una ocasión no pude apretar el interruptor. Y pasó lo que pasó.
Fue en una conversación con Leila Guerriero. Yo acababa de leer su texto sobre el bovarismo. Me encontraba muy revuelta y acudí a la cita con el veneno circulando en mi sangre. Sé que mantuve el tipo el tiempo que duró el encuentro. Al salir, camino al metro de Gran Vía, me eché a llorar y fui caminando hasta la estación dejando un reguero de trocitos. Me sentí cansada, agotada -como hoy-. No sé si porque ese día percibí en el corazón de la argentina trazas de gomina; acaso porque me di cuenta de que ella también hacía uso de un látigo invisible o, en última y más probable instancia, porque su texto seguía emponzoñando mi pecho pequeño y huesudo.
Desde hace tiempo tengo la manía -como aquello de las certezas- de desconfiar de los que solo usan ropa con manga larga. Acaso porque me da por pensar que disimulan cortes, heridas hechas a conciencia y con voluntad en una habitación en la que nadie los ve. Cuántos de nosotros usamos manga larga, aun vistiendo camiseta de tirantes.  
Vienen a mi mente estas cosas por un motivo. Desde hace al menos un mes leo y releo un libro llamado Por qué escribo (Xordica), de Félix Romeo. El texto que da nombre al libro es uno de los más hermosos que he leído jamás. Si yo tuviera el valor que ese texto me infunde, estoy segura de que habría cogido un avión en la T4, me habría alistado en una guerra o me habría hecho apresar después de echarle jabón a la Cibeles. Es algo, una euforia limpia y bonita, de esas que sólo producen el enamoramiento y el entendimiento –en ambas cosas hay una rara luz-. El texto de Romeo es la cara B del látigo de Capote.
Si a mis 16 o 17 hubiese leído ese texto de Romeo, a lo mejor hoy sería más valiente, mejor lectora; de haberlo conseguido, quizá habría ocurrido el milagro; quizá el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz?- se habría apagado definitivamente y el sargento alemán no pasaría revista en mi cabeza. Pero era imposible. Ni yo conocía al aragonés ni él había escrito esas páginas todavía.  Y así como la Emma Bovary de Guerriero me paralizó –acaso porque un poquito de arsénico en las comisuras me delata a mí también como una insatisfecha comedora de veneno-, las razones de Romeo me dan ganas de eso: de vivir, de entender, de apagar el interruptor. Yo sólo espero que alguien de 16 lo consiga a él antes que a Capote.

viernes, 28 de marzo de 2014

Manzanas verdes

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De un tiempo a esta parte, cuando veo manzanas verdes, pienso en mi hermana. Las odia. Y razones no le faltan. Son ácidas, bastante más duras que el resto e incluso tienen la propiedad de azotar los dientes solo como el papel aluminio lo hace con las amalgamas de los dientes.
Compro manzanas a diario, siempre dos. Golden Royal, las amarillas.  Mientras las escojo en la frutería de mi barrio, repaso con la mirada los muchos otros tipos que se ofrecen lustrosas y muy ordenaditas en bandejas de papel: la roja tipo Blancanieves; las Fuji; la variante amarilla lowcost de la Golden Royal; las reinetas… y al tropezarme con las verdes, invariablemente, pienso en mi hermana.
 Desde hace ya muchos meses, es poco lo que se consigue en Caracas. Todo escasea –el gobierno, la ley, el orden, la justicia, el respeto-, pero en los anaqueles de los supermercados el asunto se vuelve mucho más concreto y justamente por eso más grave.
La última vez que nos vimos, hace ya un par de meses, mi hermana y yo solíamos hacer el mismo recorrido, una peregrinación minuciosa por los distintos automercados para buscar en cuál de todos habría papel higiénico, leche, detergente, azúcar, café, aceite, harina, servilletas... Casi nunca conseguíamos lo que buscábamos, acaso sucedáneos. Volvíamos a casa después de hacer una larga cola para pagar los diez artículos permitidos por persona.
En esos días, mi hermana compraba manzanas rojas, de esas que tienen una textura porosa y una cáscara a veces borgoña, a veces amoratada. No eran las mejores, pero al menos se conseguían. Desde hace unas semanas desaparecieron. Sólo hay verdes. Manzanas verdes. Ácidas manzanas verdes.
Por eso cuando escojo fruta, siento el impulso de comprar manzanas rojas. Quizás porque ese gesto me hace pensar que la haría feliz. Pero no llevo ninguna, solo las dos de siempre, las meto directamente en el bolso. Antes usaba bolsitas transparentes; ahora no: contaminan –eso lo aprendí de ella-.
Salgo de la frutería pensando, siempre, lo mismo: a mi hermana solo le quedan manzanas ácidas, duras, pequeñas. Manzanas injustas. Entonces la imagino, incansable, al volante de su carrito azul. Intento pensar qué siente cuando no puede llegar a su casa porque una manifestación ha cortado el paso o una manada de Guardias Nacionales dispara gases lacrimógenos contra el edificio en el que vive. A veces me da por preguntarme si estará haciendo sus experimentos o si cruza la autopista; si ha ido a las reuniones en las que, me cuenta, algunos de sus colegas comparten la angustia del hijo preso o aporreado, o acaso a las muchas marchas a las que asiste –nunca ha dejado de acudir-.
De noche, con los ojos muy abiertos por el insomnio, me pregunto qué hace, dónde estará, si estará bien, si alguien la sigue, si podrían robarla o hacerle algo. Me la imagino, sola, recorriendo supermercados de anaqueles vacíos y haciendo una larga cola en la que conseguirá poquísimas cosas. Comienzo a dar vueltas en la cama. La mente se dispara paranoica y temerosa, en la oscuridad de una madrugada lenta y chiclosa.
Entonces me repito, con cierta ingenuidad y estupidez, que mañana -mañana sí-, compraré manzanas rojas. Al menos una dulce y jugosa, tan distinta de las verdes, esas piedras ácidas que mi hermana masticará, acaso acostumbrada ya a la cáscara agria que recubre los días en Venezuela.

domingo, 9 de marzo de 2014

Va, pensiero

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Para ti, que me enseñaste a escucharla.
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Un Quijote convertido en guiñol pide que el ministro Wert sea llevado al Tribunal Internacional de La Haya. No sabe uno si el asunto da para tanto, pero casi. A su alrededor, un grupo de niños no muy convencidos miran al  octogenario titiritero con cara de terror. Son las once de una mañana con sol y algo parecido al buen tiempo. El Paseo Recoletos está lleno, a ratos. Más de 80 asociaciones ligadas al teatro, el cine o la música han convocado una manifestación por la“dignidad” de la cultura, uno de los muchos sectores afectados no sólo por los recortes sino también por el aumento de hasta 13 puntos -en el caso del cine y el teatro- en la reforma fiscal que el gobierno de Mariano Rajoy puso en marcha en 2012. Los peluqueros y las funerarias sufrieron el mismo revés. Pero ya se sabe, la gente puede elegir no asistir a un concierto, pero no detener el crecimiento del cabello o la llegada de la muerte.
Emparentada con las protestas que han hecho sectores como el educativo o médico en los últimos meses, y que se han bautizado como mareas, esta ha decidido llamarse Marea roja. Y no sabe uno si es porque lo cultural, de forma atávica y casi peyorativa, ha sido considerado en España un territorio de la izquierda, de progres y rojos, o porque el color algo dice de cualquier acto creativo. En tal caso, esta no ha sido ni marea, ni roja; y no por hacerle de menos a los artistas, sino porque la última cosa parecida a un oleaje de semejante color en el Paseo Recoletos ocurrió cuando España ganó la Eurocopa por segunda vez consecutiva, en 2012. Que no pasa nada. Que no hay por qué darse golpes de pecho ante el hecho de que el fútbol atraiga a más gente; así que de Marea Roja la cosa pasa más bien a poza pintona.
Subo y bajo por el Paseo Recoletos. Un grupo de alumnos de conservatorios ejecutan melodías amables, de esas que la gente escucha por absorción –Albinoni en su mayoría-. En otro escenario, algo más abajo, un hombre aporrea un cajón y una niña improvisa malabares. Un sonidito de organillo, acaso de paso doble y feria, hace que todo parezca confuso, casi folklórico. Camino sin convicción. Y no porque no crea en lo que dicen –vivo de esto, soy periodista cultural- sino porque un tufillo extraño tiñe el ambiente.
Escoltado por un hombre que le da vigorosas palmadas y le llama candidato, el diputado de Izquierda Unida, Cayo Lara, baja dando zancadas. Me acerco e interrumpo su paseo. Él piensa que deseo un abrazo. O una foto. Y en verdad no sé si lo que deseo es preguntarle cómo es posible que su partido acepte dinero del gobierno venezolano –lo más lejano al progresismo que existe en el mundo- o si preferiría pedirle de regalo para mi padre el pin que lleva puesto. Opto por la segunda opción, es menos complicada, más neutra . El pin en cuestión es una bandera republicana hecha con lápices, un guiño a mi padre -y su fascinación por lo que esos colores significaron alguna vez- y también al acto independiente que un objeto para escribir encierra. Le pido el pin a Cayo Lara, quien me sonríe con una dentadura inverosímil, como de hormigón. Lo siente, sólo tiene ese. El hombre de las palmadas sigue llamándole candidato y yo quiero fumar. Me alejo. Él se queda,  con su pin prendido en el ojal de la americana, y recibiendo el round de peloteo de su compañero de paseo.
Una vez en Cibeles, dudo. ¿Subo y me hago con un sitio para lo que realmente he venido a ver o me siento a leer en un parterre bajo el sol? Decido hacer ambas cosas: subo a escoger un buen lugar desde donde escuchar la versión de Va pensiero que interpretarán la Orquesta Sinfónica y el Coro de Ciudad Real y me siento en el borde de una acera. Abro entonces el libro de Félix Romeo que desde hace días leo y releo. El ejemplar es amarillo y muestra al escritor aragonés, vestido de negro, de pie y muy erguido, mientras tapa uno de sus ojos con una mano. Por qué escribo (Xordica), reza el título, es una recopilación de los textos que publicó en prensa Romeo antes de morir. Me detengo en uno, titulado El cielo no se desploma, en el que Romeo habla de cómo a la escritora húngara Agota Kristof la risa le permitió darse cuenta de que el mundo seguía girando tras la muerte de Stalin. A mi lado dos señoras intentan fotografiarse con un teléfono móvil. “Que está muy de moda, pero es demasiado difícil”, dice una de ellas tratando de hacer el selfie dominical. Tendrán ambas la edad de mi madre. Ayer hablé con ella. Me contó que llevaba ya 15 días sin salir de casa y que ahora, a diferencia de unos días, la Guardia Nacional estaba entrando a la fuerza a las casas y los edificios a llevarse presos a los estudiantes que han participado en lasprotestas caraqueñas de las últimas tres semanas, que ya acumulan 21 muertos. Sé que a ella le gustaría estar aquí. Ama el Nabucco y si a mí también me gusta es gracias a ella. Y sé que a ella, como a mí, el Va pensiero –el canto de los esclavos- que está por sonar significa cosas muy distintas de lo que para la gente aquí reunida.
Leo y espero bajo el sol. Transcurre media hora. Comienzan a llegar los músicos. El coro. Los manifestantes. Alcalá está, ahora sí, apretada y concurrida. Apenas y puedo moverme. El maestro de ceremonias sube al escenario. Y la gente aplaude, grita Sí se puede, Sí se puede, Sí se puede. Miguel Ríos lee un comunicado. Exige al Estado garantizar la cultura como derecho. Y sí, razón podrá tener, pero parpadea en mi cabeza la idea de que una cultura capaz de financiarse a sí misma es más independiente que esa otra que crece con dinero público. Pero yo no he venido a esto. Sólo a escuchar una melodía. He venido a hacer lo que siempre cuando quiero ver a mi madre: escuchar opera. Quienes arengan callan y un coro soleado emprende la que sigo pensando es una de las más hermosas composiciones que he escuchado jamás: “Va, pensiero, sull'alidorate” (Ve, pensamiento, con alas doradas…)
Y aunque el coro del tercer acto habla en verdad del pueblo judío y fue escrito por Verdi en la Italia de la unificación, hay en esas palabras una astilla propicia para arder en cualquier época. “Oh mia patria sìbella e perduta!/ O membranza sì cara e fatal!”. (¡Oh, patria mía, tan bella y tan perdida!/ ¡Oh recuerdo tan querido y tan fatal!). Que hable de las orillas del Jordán y las torres derruidas de Sión puede que sea lo de menos. Va, pensiero es la melodía de la pérdida. Los judíos añoran su tierra, como otros la suya. Ellos atraviesan el largo exilio cantando mientras les exhortan a tener fe: Dios destruirá Babilonia. Y quizás por eso, por la idea confusa que producen juntas la fe y la distancia, la pérdida y la persistencia, al escucharla, los pulmones se llenan de aire y las ganas de cantar se confunden con las de gritar. Pero hoy no grito. Me mantengo de pie. Con una mano  sostengo el móvil con el que grabo un vídeo para que mi madre lo escuche y con la otra me limpio dos potentes lágrimas que me bajan por la mejilla. “Va, pensiero, sull'ali dorate”. Las señoras que intentaban fotografiarse me miran. No entienden por qué lloro. Mejor así. Mejor.

sábado, 15 de febrero de 2014

Llámame país: Tres estampas de invierno de lo que ocurre en Venezuela

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"El infierno, al fin y al cabo, no es más que el eterno segundo que uno pasa en el lugar que uno no cree que le corresponde. Y en ese lugar vivimos todos"

Ray Loriga.


Estampa #1

En Madrid llueve desde hace cinco o seis días. Un invierno puñetero, cenizo. Hace frío, claro. Pero un frío de esos que destemplan un poco más cuando se mezcla con otras cosas. Y en estos días pasan muchas.

-Mi madre ha ido a la carnicería. Sólo dejaban llevarse dos pollos por persona- digo.

-¿Y por qué no los compra por Internet?-me responde.

Una ráfaga de viento del invierno entra por la ventana, que está cerrada. Sigo cenando. Me concentro en trocear dos taquitos de pez espada que he comprado en La Sirena. Están algo pegajosos. Acaso poco hechos. Casi crudos. Mi corazón también.

Estampa #2

Llego a la redacción.  Me sacudo las astillas de hielo que comienzan a derretirse sobre el abrigo. Enciendo el ordenador. Actualizo la bandeja de entrada. Recibo el correo de un buen amigo español. Viaja a menudo a Venezuela; está bastante enterado de lo que ocurre. 
Leo: Me imagino que estarás conmovida por los sucesos que se desencadenan en tu país. Es terrible, pero estaba por venir, claro. Un algo de cariño y de puntilla me arropan y me joden, a la vez. Leo de nuevo. Me imagino que estarás conmovida… Mis ojos saltan hasta tu país, esa atribución que tiene  algo de esputo, de reproche y con el que suelen referirse los españoles a mi lugar de procedencia cuando de política y clichés se trata.

Avanzo, acumulo las palabras en la lectura continua de una línea sobre una pantalla blanca. Es terrible, pero estaba por venir, claro. Ese claro, descolgado tras una coma, me resulta todavía más hiriente. Me escuece como los abrazos de compañera de clase en colegio de monjas; cariño envenenado. Sé que no hay más que buenas intenciones en su breve carta y sin embargo, hago lo que puedo por sacar el arpón de mi costado.

Afuera hace un día color coleto. Ese gris de agua sucia de fregona que apesta levemente si te inclinas sobre el cubo. Entonces llego a una conclusión: No, no me conmociona. Lo que ocurre en mi país me jode. Me jode que mi madre consiga anaqueles vacíos y tenga que hacer trampas para llevarse más de paquetes de papel higiénico. Me jode que las pastillas de mi hermano no se consigan. Que a mi hermana la hayan asaltado. Que mis amigos me escriban preguntándose qué hay que hacer para irse, que mis profesores de la universidad de fotografíen sonrientes con una lata de leche en polvo entre las manos.  Sí, me jode.Pero todavía más no poder decir una palabra. La distancia es mi sello de extranjería en el pasaporte de los ciudadanos transparentes.

Estampa #3

Entro al tuiter. Empujo con la yema del dedo la columna del TL, incendiado a las once de la noche con las protestas en Caracas. Leo y empujo. Las palabras estallan como flashes de una cámara antigua. Enceguecidos fogozanos de polvo de magnesio. Balazos. Heridos. Fiscalía. Canal de televisión. Retirada la señal. Difundir, urgente: las estaciones de metro están cerradas. Democracia. Maduro. Régimen. País. Medios. Silencio. Cómplices. 
Hay tantas letras mayúsculas como gorjeos, trinos que a mí se me hacen infernales, algo así como la sinfonía carnicera que resultaría si alguien sacudiera con fuerza una caja de cartón llena de pollitos. Una sensación de deja vú se manifiesta junto a las potentes ganas de abrir una cerveza que finalmente no abro. 
Esto lo he visto antes. Hace ya mucho tiempo. Gente que sale a la calle con el cencerro de la ira, ese tintineo que avisa al lobo feroz por dónde andan los corderitos. Y no son corderos, son personas que se han visto obligadas a convertir sus derechos en un ejercicio aeróbico. Gente que camina para que no la pisen... más. El resultado es el mismo, esa carnicería doméstica. El calor de hogar que abrasa todo a su paso con su vapor de infierno y hornilla. 
Siento un eco raro, un viento áspero. No sabría explicarlo. Una verdad que es verdad, pero acaso inflamada, ceniza, fría, así como han de saber los garrotazos en la boca con un tubo de metal. Y entonces lo entiendo. Es eso eso, justo eso: la letra que separa el invierno del infierno.


viernes, 7 de febrero de 2014

Veré pasar el invierno

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A Juanbo: algún día tendré el valor de plagiar uno tus cuentos.
 Sé que nada de lo que escriba me salvará de este vagón que atraviesa la ciudad en hora punta.  Ni una sola de mis palabras. Pero sí, acaso, lo que consiga leer entre medias. Un hombre con piernas de plástico y metal se pasea con un pequeño vaso de papel. Su forma de pedir dinero es distinta del resto; cuando lo hace canta.
Releo el comienzo del libro, repaso cada línea, pensando que Nabokov la ha escrito del tirón y la ha confeccionado luego con cuidado; cortando aquí, allá.  Pequeño Frankenstein virtuoso el que ha conseguido tras terminar la faena en el quirófano literario. De otra manera no se explica tanta precisión.
Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era, rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.
Y de qué otra manera se escribe si no así: cortando, mutilando, arrancando; podría pensar uno. Que escribir, como vivir, sea un verbo extractivo me ha parecido siempre natural. Lógico.
Un niño mastica un bocadillo de pan de molde; el snack de media tarde. Lo que los españoles llaman la merienda. Puedo oír cómo mastica. Cómo su saliva penetra un pan frío y triste de viernes a las cinco de la tarde. El niño come con fastidio, sin ganas. Tan pocas como esas con las que su madre sostiene un tetra-brick de zumo de manzana marca blanca. Podría darme la vuelta y pegarle al retoño -acaso arrojar el pan al suelo-. Sólo por gusto, sólo por liberar a esa madre de su autismo y sumirla en una ira legítima. Pero no lo hago. Retomo la lectura.
Éste es el cuento, en suma, y podríamos haberlo dejado aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo.
Que escribir sea arrancar, insisto, me parece natural. La vida es, en suma, una mutilación. La primera de todas. ¿Por qué no habría de serlo la narración que hacemos de ella? Hay quienes, como Banville, dicen no avanzar en la historia hasta no completar una frase. Que avanzan a ciegas, cogiendo palabras como quien sigue migajas.
(…) el placer de narrarlo.
Como no sé a quien creerle, si a Nabokov cirujano o a Banville rebañador, prefiero quedarme con el resultado. Con lo que todas esas palabras juntas hacen en mi pecho; con ese temblor que producen, una vez leídas, en mi mente. Aletean las palabras como mariposas con chinchetas –me duele a mí, les duele a ellas-. El lugar que alteran mientras me ducho. Mientras bebo a solas una cerveza. Mientras atravieso una calle mirándome los zapatos o desgasto con los ojos las prótesis estropeadas sobre las que se sostiene un anciano para pedir dinero en un vagón del metro.
Pues aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen.
Hace un mes ya –incluso más- que he vuelto de un largo viaje, de esos de los que nunca se vuelve del todo, porque cada equipaje supone, a su manera, una pérdida. Algo de uno se queda allá, doblado en un cajón. Polvo de cualquier cosa derramado en lo que dejamos de ser.  Y como no es la primera vez que lo hago -que voy y vuelvo- puedo fantasear con el hecho de que una breve colección de mi piel ha ido quedándose, pegada como la nata a la taza, en los bordes.
(…) los detalles siempre se agradecen.
Quise escribirla, fijar mi vida de leche hervida, en una libretita. Pero hace ya rato que me dejé de cuadernos. Escribo solo ante la pantalla. Como su blanca violencia me obliga a retroceder, he preferido evitar, esta vez, someterme a la báscula de lo que queda por llenar. Así que al volver no escribí nada. Por eso, a estas alturas, no sé que siento.
(…) aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre (…)
Seguro que Banville miente, que no cree una palabra de lo que dice. Apuesto a que su miedo es mayor que el mío. Porque tiene por escribir más años de los que yo he cumplido. Y sin embargo, ¿qué? Él acaba de revivir a Marlowe. Ha sido bendecido con la propiedad de quienes pueden traer de la muerte a los muertos. Yo, de momento, vivo.
El hombre que pide llega casi a la mitad del vagón. Avanza ortopédico; rara y violenta jirafa sorprendida por la cojera. El niño que aun viaja a mi lado aprieta el pan con sus dedos pequeños, perfectos para triturar con un mazo, para trocear con una linda tijera punta roma. Entonces vuelvo a mi libro como quien se recompone.
(…) y podríamos dejarlo aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo (…)
El placer de narrarlo. ¿Se siente tal cosa? Sí, a veces. Más del que sentimos a veces en otras tareas. Aunque tal hedonismo no sea infalible,  existe. Lo hemos experimentando acaso tanto como la cojera de la jirafa armenia –se me antoja a mí que ese hombre que pide es armenio- o el goce extraño de imponernos  –tirar al suelo el bocadillo sería, ahora, hermoso-. Pero basta una lápida para, contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre. ¿Verdad?
El hombre de piernas metálicas –o plásticas, en parte- llega a mi sitio. Sacude su vasito con ritmo. Yo no despego la mirada de la página. Le temo a su miseria tanto como a la mía –aunque yo, a diferencia de él,  tengo dos piernas que no uso como él usaría las suyas si las recobrara-.
Antes, hace ya mucho, cuando llegué a la ciudad, cada pordiosero me parecía un abismo, un pozo de desolación al que yo podía dar sentido arrojando monedas como los necios arrojan céntimos a una fuente. Ese hombre no quiere mis monedas y yo no quiero sus canciones. A él le faltan piernas y años; yo, de momento, dispongo de ambos.
Sé que nada de lo que escriba me salvará de este vagón que atraviesa la ciudad en hora punta.  Nada, ni una sola de mis palabras. Pero sí, acaso, lo que consiga leer. Eso, sólo eso. Son las monedas que alguien, desde el más allá, arroja a mi vasito de plástico. No sé cuándo el niño se ha marchado. Me bajo en la siguiente parada. Me elevo como una mala virgen que asciende en el milagro mecánico de unas escaleras sucias. Salgo a la calle, tarareando la melodía pordiosera de una jirafa armenia.
(…) los detalles siempre se agradecen.
Mientras escribo esto, como el que se arranca pestañas o despega su piel del músculo,  pienso que me gustaría despertar en un hogar extinto. Ser la que ya no seré. De momento, me quedan mis piernas y un libro. Con eso veré pasar el invierno. Con eso.