viernes, 30 de marzo de 2012

29-Mahou


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Contenedores quemados en la calle Carretas la noche del 29-M.

Son las once menos cuarto del 29 de marzode 2012. Mañana se darán a conocer los presupuestos generales del Estado. La prima de riesgo española  subió a 366 puntos y el IBEX  siguió cayendo hasta los 7.900 puntos. 
A las cinco de la mañana comenzó la huelga general convocada por los sindicatos contra la Reforma Laboral propuesta contra por el gobierno de Mariano Rajoy. El Atlético de Bilbao se ha batido en un partidazo contra el Shalke y ha ganado 2-4; el Aleti ha hecho lo propio a orillas del Manzanares contra el Hannover en una UEFA nada vergonzosa. 
Para regresar a casa en transporte público un ciudadano madrileño invirtió el triple del tiempo del que tardó esta mañana. La temperatura máxima fue de 21 grados y el Tribunal Supremo ordenó cerrar la investigación Penal contra los crímenes del franquismo. 
Antonio Tabucchi fue incinerado en Lisboa y sepultado en el cementerio donde fue enterrado Pessoa ante de pasar al Monasterio donde ahora yace. 40 teatros no ofrecieron funciones en Madrid y  16,71% de los funcionarios de la administración general del Estado unieron a la huelga, mientras que en  las administraciones autonómicas el seguimiento fue del 19,42%, y en administraciones locales de un 15,24%. 
La caída de la demanda eléctrica estuvo entre un 21 y un 16% con respecto a un día normal y la cifra de detenidos sobrepasó los 170 en todo el territorio nacional. Una alfombra de volantes impresos tapiza la puerta del Sol. “Se lo quieren cargar todo”, dice el papel aludiendo a la reforma de empleo. A las 20 horas todavía es de día y los sindicalistas han reunido –según El País- a unas cien mil personas. 
Dos horas más tarde, al terminar los discursos Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez en la plaza, entra el jueves y su noche, que no se parece en nada al resto de las vísperas de viernes. Hoy la gente no viste de fiesta ni van en grupo a por copas en los locales, pero tampoco protestan. Beben y ensucian calles. Beben y gritan, no sé si exactamente consignas, pero aluden a la huelga, patean cosas, derriban contenedores.  
Una larga alfombrilla de panfletos se aplana contra los adoquines, una larga y sucia película de papel, orines y cerveza se ennegrece cuando aún puede leerse “Quieren acabar con todo”. En la calle Carretas un grupo de unas treinta personas ha encendido fuego a un contenedor. No lo he visto, pero la corresponsal de France Press me ha dicho que no ha sido nada, en realidad. “Nada, nada”. Aunque quisieron, parece, Madrid no terminó en la batalla campal de Barcelona. 
Miro los contenedores, parecen árboles de navidad estropeados o los restos calcinados de una novia embaucada, por lo delgado y negro de los alambres. Bajo hacia Sol. A la alfombra de papeles de propaganda se suma una marea de latas de Mahou. Los chinos son los únicos que desacatan la huelga, para proveer a la militancia de cerveza. Son las once menos cuarto. El Atletic ha ganado al Shalke por dos goles. Mañana dan los nuevos presupuestos. Me voy a casa después de patear una lata de cerveza.

martes, 27 de marzo de 2012

Príncipe de Vergara con Don Ramón de la Cruz

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Su hermana menor y él, juntos, no llegan a los ocho años. Caminan el uno junto al otro y sostienen, cada uno, el trozo minúsculo de un bocadillo que alguien ha cortado a partes iguales. Ambos panecillos están rellenos de lo mismo. Un fiambre rosado atascado en el vientre de un pan tierno.
Son las cinco de una tarde a ratos nublada. Él camina un paso, como mucho dos, por delante de su hermana, como si tomara una delantera hipotética y protectora. Ella parece una cabeza más baja que él y avanza con tropiezos breves mientras intenta el equilibrio sobre unos botines blancos.
Vistos desde la altura de un viandante normal, la pareja produce la más potente de las ternuras. Parecen expedicionarios, templarios de la orden del babi o la guardia pretoriana de una madre que camina prendida de un cochecito vacío que avanza tirado por sus propios pensamientos.
No habla mucho él, porque no quiere. No habla nada ella, porque no sabe lo suficiente.  Mientras tanto,  la madre de ojos perdidos avanza porque algo la lleva al lugar al que por costumbre y de memoria los niños también van.
Mientras él apenas prueba su bocadillo, su hermana pelea, insistente, con su trozo de fiambre y miga. Tanto le importa su merienda que no mira a los lados ni repara en su hermano; él en cambio, da dos o tres pasos y voltea a mirar a su madre.
No es una mujer hermosa la madre, tampoco es joven. Es normal. Su piel parece verdosa y sus cabellos foscos.  Su figura no es esbelta, tampoco gruesa. No hay en ella nada destacable, excepto el tono borrado de su rostro empujado por ese cochecito vacío.
Su hijo ya ni siquiera inspecciona su bocadillo, sólo lo sostiene con cierto fastidio. Lo único que parece importarle ahora es su madre, su insistente y silenciosa madre, que esta tarde no habla nada.
Y me cruzo. Mejor dicho nos cruzamos. Acera de idea. Acera de vuelta. Dos críos y su madre en dirección quién sabe dónde se cruzan en mi camino cuando escucho al templario de la orden del babi preguntar, con su bocadillo en la mano, y en perfecto castellano, “Mamá, ¿por qué estás preocupada?”.
Cruzo, cruzamos. Nos cruzamos. No soy yo quien empuja el cochecito y ya lo siento caer cuesta abajo. Miro a la mujer abandonar su limbo, la veo volver, sin respuestas, a la acerca sobre la que camina. Veo a la pequeña morder su pan. Veo al joven templario del babi mantener la mirada al frente. 
Avanzo, los dejo atrás. Espero el verde del semáforo en un paso cebra. Me veo en el reflejo veloz de un autobús y encuentro algo, parecido a una risa o una lágrima, que se me queda pegado a la cara. Y me pregunto, yo también… “Mami, ¿por qué estás preocupada?”.

domingo, 11 de marzo de 2012

Don Mario y los hipopótamos

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Mario Vargas Llosa, junto a uno de sus especímenes.                                       

Comparto con Mario Vargas Llosa la afición por coleccionar figuras de animales mastodónticos. En el caso del Nobel, se trata de hipopótamos; en el mío, los paquidermos.
De Don Mario, de quien celebro todo cuanto puedo, excepto su primera y su última novela y alguno que otro desatino excesivamente liberal, la colección de semejantes animales supuso, primero la celebración de alguna cercanía –por mínima que fuese- y, en segundo lugar,  una pieza en el puzzle imaginario que trazo sobre su perfil.
Porque Vargas Llosa es un hombre simultáneo, que ocurre tantas veces como perfiles tenga. Es el escritor aplicado y metódico –el autor de La casa verde y La guerra del fin del mundo-, también el ensayista lúcido –Cartas a un joven novelista- pero también el aflautado y diplomático columnista como el enardecido antipopulista y liberal de manual.
Don ha sido también, a veces, el prohombre –el intelectual de la mezcla  positivista-moderno latinoamericano comprometido contra el oscurantismo, verbigracia, su candidatura contra Fujimori-, y en otras un cretino irredento –La tía julia (Urquidi) y el escribidor, por ejemplo-.
Y semejante blanco contra negro al momento de acercarme a Vargas Llosa lo perpetro con tal barbarie, porque me gusta verle así, como una red de tramas ásperas combinadas con otras más sedosas; una tela rara, hecha de sus propias contradicciones.
En la confección de esa rara costura, el hipopótamo como afectivo fetiche esconde el momento justo de su carácter en que derecha e izquierda, adelante y atrás, cretino y prohombre,  bonachón y fiera eclosionan. Todo metido en el saco de la ternura y la apariencia.
Volvamos al punto de partida: el hipopótamo y elefante, colocados en fila india, simétricos, sobre escritorios llenos de papeles. Vistos así, rigurosamente,  no hay nada en común entre estos animales, excepto ser mamíferos con placenta y exagerado volumen.
Los hipopótamos tienen entre sus familiares más cercanos a los cetáceos; los elefantes a los mamuts. El hipopótamo suele ser un individuo solitario; los elefantes se mueven en manadas; y mientras uno puede ser tremendamente feroz y agresivo, al segundo se le atribuyen rasgos de asociados a la inteligencia, como la compasión, el auto reconocimiento y la memoria.  
Vargas Llosa  colecciona y admira a los hipopótamos por la capacidad insaciable y bonachona con la que hacen el amor; y quienes amamos a los elefantes, puede que sea  por la dignidad con la que apañan su volumen.

Si los elefantes amaran  serían capaces de destrozarlo todo con el ímpetu y la urgencia de sus buenas intenciones.  Y es ahí cuando emerge en ambas especies el saco de la ternura y la simulación. Las ferocidades activas y pasivas del coleccionismo y la madre naturaleza.
Uno, por su aparente y bonachona bondad, por su piel rosácea y su hedionda apariencia de bolita de carne… El hipopótamos parece un inofensivo y poco agraciado Quasimodo de la madre naturaleza que una vez invadido en su fortaleza pasicorta, atacará y derribará como el más fiero de los felinos o los reptiles.
Es normal incluso que para resguardar su territorio los hipopótamos lleguen a  matarse entre ellos. No en vano es considerado uno de los animales más agresivos de África, tal y como si de pronto, este inofensivo practicante del sexo torpe, tierno y ocioso eclipsara su redondez en una angustiosa  y solitaria cápsula de violencia. 
El otro, el noble elefante,  a diferencia del rosáceo hipopótamo, es capaz  a veces de infundir un cierto miedo con sus enormes patas de árbol congelado y su nariz chorreante de medusa o escopeta. Él avanzará con sus enormes pabellones alzados y sus ojos ciegos a cada lado de su trompa triste.  Reconocerá a los suyos si los encuentra muertos, buscará su sitio en el mundo cerca de un arroyo  y cuando sienta miedo, enredará sus patas, dará vueltas y revolverá espantado todo cuanto le rodea y derribará, también feroz, aquello que ama, también preso de una corriente salvaje aunque distinta. En él, atrás y adelante, derecha e izquierda, también hará eclosión solitaria y angustiosa.

Miro una fotografía de Mario Vargas Llosa que ilustra una entrevista la que un reportero con pocas ganas deja pasar comentarios sueltos acerca del interés del Nobel en los hipopótamos. En una de sus respuestas, Don Mario menciona una pieza de su cosecha en la que menciona a su animal fetiche: Katia y Los hipopótamos. La obra de teatro se estrenó en 1983 en la Sala Ana Julia Rojas, en Caracas, Venezuela y fue editada ese año también  por Seix Barral.
El argumento es fácil de reconocer. Forma parte de un episodio de la juventud de Vargas Llosa que su primera esposa, Julia Urquidi, cuenta en el libro Lo que Varguitas no dijo, que ella escribió como contestación a la  novela autobiográfica Tía Julia y el escribidor, y que el mismo Vargas Llosa parece haber rescatado de sus recuerdos para su propia cosecha.
No tengo claro en este momento si Vargas Llosa conoció en Madrid o París a la mujer que inspira a Katie,  personaje principal de la obra, que pertenece a la clase social alta  y que desea plasmar en un libro el viaje que ha realizado por diferentes lugares de Asia y África y en el que, claro está, habla de los hipopótamos.
Su contraparte en la obra es un profesor, encargado de escribir el relato y cuya figura en la realidad sería el entonces joven aspirante a escritor, Vargas Llosa, quien –cual bonachona y entonces fea cintura de la madre naturaleza literaria- para ganarse la vida recurría a hacer de negro.
Mucho le faltaba a Don Mario para convertirse en el bello y feroz espécimen que hoy colecciona feúchos y graciosos hipopótamos, querendonas y furibundas bestias.  Le quedaba demasiado. Y si su piel entonces no era rosácea, probablemente su aire sí fuese más el de un paticorto mastodonte, torpe y pesado amante cuya única reminiscencia actual sea hoy la ferocidad pasiva de quienes se siguen sabiendo tiernos, vulnerables, enormes o solitarios.
Difícil esto lo de coleccionar figurillas. Es como hacerse réplicas personales por toda la casa con bestias talladas en madera. ¿Psiconálisis decorativo? Complicado asunto éste. Porque cada tristeza es diferente y viene de pozos diferentes. Porque nadie sabe a ciencia cierta, qué fiera sacará a pasear sobre el escritorio. A fin de cuentas, quién es el aficionado sino un miembro más de la manada que coloca en formación, por orden de tamaño,  junto al pisapapeles.

sábado, 10 de marzo de 2012

Habitantes de un vagón impar




Viajo en el vagón impar de un tren con destino a Córdoba. Son las nueve de la mañana de un  domingo de marzo. El destino final del AVE es la estación Santa Justa, en Sevilla. Viajamos a una velocidad de 300 kilómetros por hora, la temperatura es de 20 grados, el índice de precios al consumo es del 2% y la tasa de desempleo llega a  4.712.098 de personas.

Falta poco menos de un mes para las elecciones la comunidad autónoma de Andalucía, el bastión final de una batalla que promete choque. No porque afecte por entero a un país, sino porque todo cuanto realmente le afecta queda postergado hasta la fecha final de ese evento electoral. Los periódicos regionales de la ruta que cubre el tren bullen de propaganda electoral.

Los pasajeros viajan en sus asientos, hacen ovillos con sus cuerpos, intentan dormir con la nana absurda del cansancio. Entre el pasaje, una chica tunecina, de ojos grandes, blanco cerámica, y la piel color oliva o chocolate, discute en árabe con un hombre de piel canela y cabello blanco. Hablan sobre la primavera árabe, creo. No entiendo lo que dicen, pero sé que no logran ponerse de acuerdo.

Hablan alto, muy alto, tanto que interrumpen las siestas desacompasadas de los pasajeros y del grupo de activistas sociales que viajan con ellos. Feministas, representantes de redes por el derecho a la vivienda en América Latina, investigadores por una economía más justa en Asia, miembros de organizaciones de educación popular, lobistas por los derechos humanos. Todos ellos distribuidos en los asientos cercanos a la pareja que entabla, parece, un debate.

Ella es joven. No sobrepasa los 30. Él tiene más de 50, lo delata su actitud victoriosa. Habla con ella con desdén, como si tuviese la razón de antemano. No le concede ni un centímetro a la posibilidad de que lo que sea que ella diga sea cierto.  Y sin embargo, un interés continuo lo obliga a mantener esa conversación.

Dos gitanas de caderas imposibles cruzan el vagón. Llevan la cabeza cubierta con pañuelos y visten faldas de telas ásperas. Las sigue  un niño con las mejillas llenas de mocos secos. Logran hacer más ruido que la chica y el hombre que debaten y se marchan en dirección a la cafetería.

Un periódico abierto en la página perezosa de la actualidad muestra un titular: Rajoy decidió plantar cara a Bruselas tras ver a Merkel”, en las páginas interiores, el redactor explica cómo el presidente de gobierno consigue que España rebajara el objetivo de déficit estructural a 5,55%.

Algunos de los activistas que no duermen, hablan entre sí, con el periódico en la mano. Dicen que Europa al fin descubre de lo que se trata una crisis. Dicen que, al fin, Europa entiende, por primera vez, para qué sirve realmente el FMI, como lo descubrieron los países de América Latina en la década de los 90 con las medidas de ajuste que ahora viven países como Grecia y la misma España.
Países pobres y ricos, una división encantadora. Trazar líneas gruesas es una cosa que a los activistas les encanta. O eso percibo en las mejillas adormecidas donde se marca la trama de los jerseys que usan como almohada improvisada.
Es un hecho, en el vagón ya nadie duerme. La pareja que habla sobre la primavera árabe pasa indistintamente del francés al árabe y del árabe al francés. Percibo, en una maraña de apóstrofes aéreos, que si para eso era necesaria una revolución, mejor no hacer nada. Cazo al vuelo, velados reproches a Europa de parte de ella, y resabios autosuficientes de él, que de Occidente quiere lo necesario.
Ella de Occidente quiere lo que ha venido a buscar, parece, una igualdad que le permita ser la oveja negra que siempre quiso ser: decidir sobre su vida y no estar sujeta a un dogma que la coloque debajo de nada, ni de sus hermanos que tienen el derecho al doble de todo, de libertad, de herencia, de decisión... Por eso no regresa a Túnez, aunque se muera por hacerlo, como la delatan sus dedos morenos de yemas blancas. A él  todo parece darle igual. Las gitanas con su ropa áspera y sus cuerpos de olor agrio pasan de vuelta, ahora con el niño en brazos.
Son las nueve y cincuenta minutos de una mañana de domingo. Viajamos a una velocidad de 300 kilómetros por hora, la temperatura es de 20 grados, el índice de precios al consumo es del 2% y la tasa de desempleo llega a  4.712.098 de personas.
Los activistas intentan dormir, tranquilos, pero no pueden. Los que no son activistas tampoco pueden conciliar el sueño perezoso de las nueve. No es por el murmullo de la primavera árabe que no duermen. Tampoco por el desajuste del sueño en sus cuerpos agotados. Tampoco por la crisis que arrebata hectáreas de terreno a los campesinos. Es el sol del día que entra, incierto, en el vagón impar de un tren que descarrila.
¿Cuánto falta para llegar al destino final?

domingo, 26 de febrero de 2012

Ah, ese catálogo... ¿de IKEA, verdad?




Mañana, y mañana y mañana/ Se desliza en este mezquino paso de día a día/A la última sílaba del tiempo testimoniado/ Y todos nuestros ayeres han testimoniado a los tontos/El camino a la muerte polvorienta (...)Relatado por un idiota, lleno de Ruido y Furia, Sin ningún significado”.
William Shakespeare. Macbet

 
La ráfaga de disparos hace deducir que las presas no deben de estar muy lejos. Pero al  barrer el pasillo con la mirada es imposible distinguir nada.  Hay demasiados fotógrafos, unos a pie de alfombra, otros alzados sobre taburetes o pequeñas escaleras de metal.
Rodear el pabellón y escoger la ruta contraria parece lo sensato. Unos diez pasos por detrás, cerca de la galería catalana ADN, una multitud de aficionados hacen fotos con sus smartphones. El objeto de su atención lo absorbe una mujer de vestido fucsia y tobillos enclenques sostenidos sobre unas plataformas de charol. 
Una pelirroja mayor vestida con un apolillado Balenciaga blanco dobla con gracia una rodilla y hace una reverencia a la mujer de las plataformas, la misma que hasta hace unos años presentaba los Telediarios de la Uno y ahora, tras sus nupcias con el Príncipe de Asturias, con el tratamiento de alteza ha perdido el habla.
La del Balenciaga deja prendidas sus manos en las también delgadísimas muñecas de la Princesa, que sonríe. No es una sonrisa como tal, sino un gesto permanente. No importa si le hablan de un Ai Wei Wei, de un Antonio López o del cultivo de arroz en Asia, ella tendrá esa rara media sonrisa en la boca.
Y no es que sea tonta la Princesa. Es que está trabajando. Es su obligación, parece, maquillarse y sacar a pasear sus vestidos y los efectos secundarios de los antidepresivos, que borran toda expresión propia y le hacen más fácil, más sencillo, no tener opinión ni preferencias, sólo tobillos, delgados tobillos.
En los pasillos que forman las galerías, los Príncipes ejecutan su paseíllo oficial entre el fuego de dos bandos: el de los fotógrafos profesionales con sus ráfagas de flashes y el de los aficionados, con sus silenciosos perdigones de teléfonos inteligentes.
En el medio, los costaleros de una estrafalaria hermandad sostienen el paso de los Monarcas: una Alcaldesa aburrida, un Ministro de Cultura incómodo; los funcionarios abochornados por semejante papelón -Borja Villel incluido-; aduladores; yonkis del posado rosa y reporteros camuflados que deben cazar un dato, un movimiento, un gesto publicable, que no hablar de arte, ¿eh?.
Seis Tàpies –el artista catalán ha muerto hace una semana- llevan una etiqueta roja  en señal de que han sido vendidos y seis más la verde de reservados, incluso antes de abrir la feria de arte contemporáneo. Los reporteros escogen un cuadro de Francis Bacon valorado en 25 millones de euros, en la galería Marlborough, para hacer sus falsos-directos y decir ante la cámara encendida cosas sobre la crisis.
El Príncipe Felipe, que  sustituye a su padre el Rey en estos actos desde hace casi dos años, parece genuinamente feliz con lo que le cuenta la galerista sevillana Juana de Aizpuru. La delgada silueta vestida de negro de la histórica Soledad Lorenzo,  por cuyo stand pasa ahora la comitiva real, luce bastante aburrida para ser su último ARCO –anunció el cierre de su galería a finales de verano-.
La anciana pelirroja del blanco Balenciaga es la costalera incansable del paso real.  Esta vez saluda a la baronesa. Sí, la baronesa, así le llaman todos, aunque no lo sea, al menos no una auténtica. Se convirtió en una luego de casarse con el II Barón Thyssen Bornemisza.
Para ese entonces, ya se había casado con el actor de cine Lex Barker, el productor y playboy Espartaco Santoni. También había sido Miss Cataluña, participado en el Miss Universo y también había viajado a Hollywood, donde una maternal Marilyn Monroe la había protegido de los chistes verdes que en su presencia contaron Frank Sinatra y Dean Martin: «Frank, no digas esas cosas a la chica, que es muy ingenua».
Ahora a la baronesa todo el mundo le llama baronesa. Ella lleva las riendas de su viudedad y su colección. También pinta sus propios cuadros, cargados de colores pasteles y poderosas alucinaciones marbellíes, e incluso ha llegado a montar un museo bautizado con su propio nombre. Bueno, mitad suyo y mitad del Barón.
Esta mañana con oleada de frío polar de febrero incluida, la baronesa viste sandalias, pendiente esmeraldas, abrigo color camel y un inmejorable buen humor –no del todo común-, tanto que hasta su asistente personal parece asombrada de que acceda a responder preguntas de un periodista.
La baronesa sonríe con sus labios hinchados y dice que sí, que probablemente renueve la cesión de su colección al Estado este año, pero que éste no es el momento para hablar de eso, ¿no?, porque está mirando la feria y  todo el mundo sabe que para ella el arte es lo primero y ella no querría robar el protagonismo al arte, ¿verdad?.Dicho esto, la baronesa ríe y estira su blanco y maquillado cuello un poco más y cual Venus, o Maja sobrevestida, se marcha.
Justo al lado de la estampa al estilo El discreto encanto de la burguesía, el artista más solicitado de la feria, Eugenio Merino, declara a un grupo de periodistas. El chico no cabe dentro de sí de la alegría. Esta mañana, el vicepresidente ejecutivo de la Fundación Francisco Franco, Jaime Alonso, ha acudido al stand de la galería catalana que le representa (ADN) para fotografiar una obra suya (Always Franco) como prueba para abrir una denuncia.
 La pieza de Merino es una instalación que ronda los 30.000 euros y  representa a una versión enana del Caudillo encerrada dentro de una nevera de refrescos. Para la Fundación que preserva la memoria del ex dictador, la pieza es una “zafiedad”, para Merino es una metáfora. En medio de ambas lecturas cabe el equivalente a una larga fila de parados o de analfabetas que comen chocolatinas.
La del Balenciaga todavía da vueltas por los alrededores de Ivory Press y mira con algo de escepticismo las piezas del artista disidente chino  Ai Wei Wei, un poco más adelante, en el stand de El País, su director, Javier Moreno, sonríe junto alos grafiteros que este año ha escogido el periódico que él representa para la mise en scène cultural que de tan progre termina por molestar o aburrir. 
Y cuando se podría pensar que el hecho de que la selección de galerías de los Países Bajos fuera mucho más pequeño que el gigantesco del espacio de IKEA era suficiente como para anunciar el Apocalipsis, algo mucho más siniestro brota de la moqueta para demostrar lo contrario.
Mientras un grupo de afanados mozos sirve copas de cava y prodiga servilletas a los asistentes, una mujer de un metro y 29 centímetros se hincha a canapés en una de las meses del catering de bienvenida. En una mano lleva un micrófono con el logotipo de Telecinco, en la otra un móvil por el que da voces. Chiqui, o Almudena Martínez, uno de los personajes estrella de las ediciones pasadas de Gran Hermano, parece hablar con un productor.
“Que aquí lo que hay es arte, tronco… Que no, que no he visto Cayetano Rivera ni a la novia. Que no hay famosos  por ningún lado. Vete a tomar culo, ¿quieres? Que no… Que te estoy diciendo que no. Que sólo los príncipes y la Tita. Que no… no vino el hijo con la Cuesta. Pero qué me estás contando”. La mujer introduce otro canapé de salmón en su boca mientras hojea un catálogo de IKEA que acaba de coger de una inmensa torre. Alrededor, riadas de gente, que pretende parecer mejor vestida, o más instruida, proyectos ciudadanos de superación y saber estar,  da vueltas, presta atención, o intenta hacerlo.
Intenta. Lo intenta.
Y seguirán intentándolo, probablemente, el año próximo también.  

sábado, 18 de febrero de 2012

Daniel Titinger y lo peor de todo



Tengo 30 años y la manía de hacerme llamar por las iniciales que forman juntos  mi primer nombre y mis dos apellidos.  Ansío tener un elefante tanto como  los superpoderes  narrativos de Mario Vargas Llosa en La Guerra del fin del mundo, los de Coetzee en Desgracia y los de Fante en Mi perro Idiota. A veces como mandarinas, porque son dulces y me quitan la ansiedad.
Esta mañana, en el bar de mi barrio, he leído en el Babelia un trabajo firmado por Leila Guerreiro. Iba sobre la crónica en América Latina. En tres páginas  me encontré con mi abecedario sentimental entero. Y aunque ahora me parece no haber leído el nombre de Monsiváis en el reportaje,  en el momento, el creciente y bienintencionado texto me pareció un motivo para recuperar la Fe.
Sí, la fe. Esa cosa que aparece en la Facultad de Periodismo, o antes,  y a veces se extravía junto  a la toalla exhausta del desaliento. En su texto, hablaba la Guerreiro de cosas que todos -machacones croniqueros- sabemos: de nombres de libros perfectos que hoy suenan a mal de amores –Al pie de un volcán…-, de cosas que parecen ciertas, de no ser porque  en la vida real ocurren de otra forma.
Cuando creo que ya nada puede removerse todavía más dentro mí, al llegar a la séptima página, a la penúltima línea del reportaje, siento la potente e incontenible necesidad de dar un salto, salir a la plaza Tirso de Molina y darle tres vueltas a toda carrera cuando leo lo que dice alguien llamado Daniel Titinger.
Ignoraba por completo quién era este sujeto que nació un año después que mi hermana y que, ahora sé,  afirma que Dios es peruano, se dedica a la crónica y al periodismo deportivo. Dice este sujeto, así, sin anestesia ni analgésicos: "Y no escribes por dinero ni por fama. Escribes para no estar triste".
Sentada en el taburete cojo de un bar de mala muerte,  leí, en palabras de otro,  la explicación a este blog –los barbitúricos, ehem… ehem… un atajo a la no tristeza- que desde hace cinco años mantengo sin una convicción firme, excepto la de no morir en ningún intento, aunque ya no recuerde cuál.
 Ahora lo tengo claro, como el primer día. Y lo peor de todo es que no sé qué hacer ahora con todo eso que parece una verdad y que me pilla aquí, tan pero tan lejos, junto a mi toalla exhausta del desaliento. 
Quizás debería abandonar las mandarinas y sentarme, otra vez, a escribir.  Si los hombres del Gabo eran capaces de rasurarse con jugo de durazno en una Caracas sin agua, quizás pueda entenderme yo a navajazos con el almíbar que a Guerreiro se le escapó.

domingo, 12 de febrero de 2012

El puddle de Lucía Etxebarría



La Fugitiva, calle Santa Isabel, número siete, lunes, nueve y media  de la mañana.

He quedado con un buen amigo para hablar de cosas que se hablan en sitios como estos. Me permito toser, como quien justifica el chiste,  o directamente declararme habitante de un universo de personas que problematizan sobre la fenomenología del peluche, entiéndase por tal, esa disciplina que versa sobre conversaciones, razonablemente civilizadas,  basadas en la especulación  y fundamentalmente pretenciosas.

Justo antes de entrar, mi amigo -que ha publicado un magnífico ensayo en The Nation motivo de este encuentro- y yo, hablamos sobre el nivel del lector. También sobre traducciones, periodismo y demás inquietudes de los 'story tellers' -cabe destacar que el story teller es él-. Yo sólo escribo para vivir.

Nada más atravesar el umbral de la puerta, me sentí incómoda. Había pasado antes frente a esa especie de librería café, pero jamás había entrado. Y mis primeros pasos en el interior del local no hicieron más que empeorar la primera sensación de aquella mañana.

 Y no fue desagradable porque el lugar fuese feo; al contrario, tenía hermosos pisos de madera; columnas antiguas; altos techos, también de madera; mesas envejecidas, con coquetos maceteros; ediciones de bolsillo, cuidadas tapa dura, curiosas traducciones...

Pero todas aquellas estanterías llenas de libros me produjeron una especie de malestar físico. Como si en verdad fueran palabrotas, excentricidades o imposturas ante las que es mejor hacerse la vista gorda.

-Un café con leche y un cortado, por favor.

Cuando retomamos la conversación, ya sentados en una mesa, volvimos sobre el ensayo que mi amigo había escrito. Buscaba en la versión PDF almacenado en mi Ipad el párrafo donde creí que mi amigo mejor retrataba la figura de uno de los editores españoles clave para explicar el auge y caída de un cierto tipo de periodismo de los últimos 30 años. Mientras hacía esfuerzos por conseguirlo, sentía a mi alrededor el peso de presencias. Libros, libros, libros.

Novedades. Unas tras otras. Diario de un invierno, de Paul Auster. Delicadas y coquetas traducciones de Salamandra. Todo ahí, muy junto, con un poder orgiástico y acumulativo. Una energía superior a la de todos los bosques tropicales del Amazonas rociados con toneladas de cloro.

Tantos libros, tanto papel. Pensé con mi tableta a cuestas. No soy una entusiasta de los e-books, Ni mucho menos. Líbreme Dios de promover el progreso o militar en las filas del futuro.

Recientemente, en su comparecencia ante la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados, José Ignacio Wert habló de bajar el tipo de IVA del libro electrónico al mismo nivel que el gravamen del libro en papel.

Al momento no podía dar crédito. Primero, por la falta de detalles sobre el anuncio, y segundo por la poca curiosidad que generó entre los parlamentarios, quienes se entretuvieron largamente en el origami electoral de la tauromaquia sí/tauromaquia no; o catalán sí, catalán tal vez.

Tan sólo en enero de 2012, la Agencia del ISBN registró un total de 7.634 títulos de los cuales 1.050 (19%) eran sólo de ficción y 'temas afines'. A eso se suma otro dato, tan curioso como alarmante, en el año 2011, las editoriales  españolas publicaron más de 103.000 libros  en todos los formatos (papel, digital, y otros) y en todas las lenguas.

¿Hay lectores para tantos libros? ¿Qué se edita y qué se lee? Según las cifras aportadas por la Federación de Gremios de Editores de España(FGEE) , más de tres mil editoriales españolas publicaron al menos un libro.

Si las cifras aportadas por la FGEE  son exactas, el sector libro aporta 3.000 millones de euros, un 0,7% del PIB,  y da trabajo a 30.000 personas. El libro es una de las industrias más protegidas empresarialmente hablando, goza de un precio fijo en un mercado en el que los libreros y distribuidores además de determinadas editoriales- gozan de subvenciones y protecciones oficiales, además de compras de bibliotecas. Ajá. ¿Será por eso el recelo de las asociaciones de libreros al e-book y cualquier cosa que se le parezca?

Pero ahora veamos el otro lado. Según el barómetro de lectura de este año, cada español compró una media de 9 libros en 2011. No es una cifra despreciable y sin embargo, existen autores como Lucía Etxebarría, muy dada ella al espectáculo desde el del canalillo al de la escritura vaginal- que han decidido que rasgarse las vestiduras puede incrementar las ventas en el mecanismo de trituradora editorial.

Hace poco menos de dos meses, en los días de navidad, unas semanas antes de lanzar a la venta su nueva novela, Lucía Etxebarría anunció que dejaría de escribir a causa de la piratería. Causó revuelo con una tormenta de tonterías de las que los medios nos hicimos eco.

Al día siguiente del anuncio de Etxebarría, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte aprobó el reglamento de la Ley Sinde y la puesta en marcha de una comisión de Propiedad Intelectual. Etxebarría vio la luz y recobró la vocación. Con medidas como ésa podía volver a escribir. Santo Wert o menuda burla.

Son casi las once y media cuando mi amigo y yo estimamos oportuno levantarnos y seguir con nuestras labores. Estamos levantándonos de la mesa cuando una mujer con actitud ansiosa  -y un perro puddle atado a una cadena- hala para sí una de las sillas en la que todavía está posado uno de nuestros abrigos. 

 “¿Os vais ya?, preguntó la mujer. Si me deja terminar de coger mis cosas, tal vez, pensé en responderle.

Al fijarme bien de quién se trataba, noté que era Lucía Etxebarría, la tosca autora a la que referí en párrafos anteriores, quien ahora se acomodaba, muy histérica ella, en la silla, frente a un portátil mastodóntico. El puddle, que seguía atado,  daba vueltas alrededor de la mesa con la vehemencia insana con la que dueña dirigía sobre todo una mirada maniática y aprehensiva quizás ambos, el perro y ella, tomen la misma medicación-. 

Alrededor, libros... libros y más libros. Volví a mirarla. 
Sentí una mezcla de agotamiento y horror.
Hay cosas sobrevaloradas.

Cogí mis cosas y salí de ahí.