domingo, 4 de mayo de 2014
sábado, 29 de marzo de 2014
La cara B del látigo de Capote
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Todos los días me levanto con el mismo miedo. “No seré capaz”. Se esparce entonces en mi mente, enchumbadita, aquella nube que comenzó a condensarse en mi cabeza cuando entré al colegio en primer grado. Tenía seis años y una debilidad extrema por la gomina (ni un cabello chusco debía sobresalir de mi coleta).
Todos los días me levanto con el mismo miedo. “No seré capaz”. Se esparce entonces en mi mente, enchumbadita, aquella nube que comenzó a condensarse en mi cabeza cuando entré al colegio en primer grado. Tenía seis años y una debilidad extrema por la gomina (ni un cabello chusco debía sobresalir de mi coleta).
En aquel entonces, sacar buenas notas, en lugar de hacerme
sentir bien, me generaba una angustia terrible. “¿Podré mantener esa nota los
próximos trimestres?”. Aquella
desazón, de la que no tengo un recuerdo previo sino hasta los años del
colegio, se inauguró justo el día
en que comencé a utilizar uniforme de pantalón azul marino, mocasines negros y
suéter de la marca arena con el anagrama del colegio.
Desde ese entonces, acaso por la confusión entre lo que me
gusta y lo que debo hacer, hago las
cosas con una angustia secreta, una desazón que parpadea sin parar, como un
anuncio de neón de los noventa. Como si, en la mente, una voz me hablara a
gritos. Algo así como un cabo o un general con fusta, que a veces se va de paseo
pero vuelve al rato más enfurecido todavía. “¿Es que no has terminado aun?”,
grita en alemán. Aunque, claro está, yo no hablo alemán. Pero me hago la idea
de cuan terrible debe sonar.
Por eso me gustó tanto el Bartleby de Melville remasticado
por Vila Matas. Porque esa idea –“preferiría no hacerlo”- compite en mi cabeza
con su opuesto. Y entre querer y no querer, entre deseo y deber, algo se deja colar. Y entonces hago lo
que me toca –leer, escribir, levantarme de la cama, salir a la calle-. Pero
siempre con esa desazón sobre lo que es o no suficientemente bueno. Y yo nunca he sentido que algo haya
alcanzado jamás la suficiencia.
Es tópico, ya lo sé, pero la frase de Truman Capote –esa que
afirma que cuando Dios te da un don, te da un látigo, para que te azotes con
él- fue uno de mis peores
descubrimientos morales. No estaba yo segura de tener un don –a ratos lo
pienso, a ratos no- pero si de algo tenía certeza era de la existencia del
látigo. Desde entonces nunca lo suelto. A diferencia de la gomina, no dejé de
usarlo jamás. De hecho, lo tengo
aquí, a mi lado.
La gente con certezas me genera ansiedad. Y aunque sé que me
engañan, que no están tan seguros como parece –si citan a Baudrillard lo
descubro al instante-, me ponen a
la defensiva. Quizá por eso, la mayoría de las veces, en lugar de preguntar
afirmo, como si atacando me protegiese, como si espantando –de la boca para
afuera- la duda, apagara por unos instantes el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz? ¿serás
capaz? ¿no serás capaz?-. En una ocasión no pude apretar el interruptor. Y
pasó lo que pasó.
Fue en una conversación con Leila Guerriero. Yo acababa de
leer su texto sobre el bovarismo. Me encontraba muy revuelta y acudí a la cita
con el veneno circulando en mi sangre. Sé que mantuve el tipo el tiempo que
duró el encuentro. Al salir, camino al metro de Gran Vía, me eché a llorar y fui caminando hasta la estación dejando un reguero de trocitos. Me sentí cansada, agotada -como hoy-. No
sé si porque ese día percibí en el corazón de la argentina trazas de gomina; acaso porque me di cuenta de que ella también hacía uso de un látigo invisible o, en última y más probable instancia, porque su texto seguía emponzoñando mi pecho pequeño y huesudo.
Desde hace tiempo tengo la manía -como aquello de las certezas- de desconfiar de los que solo usan ropa con manga larga. Acaso porque me da por pensar que disimulan
cortes, heridas hechas a conciencia y con voluntad en una habitación en la que
nadie los ve. Cuántos de nosotros usamos manga larga, aun vistiendo camiseta de tirantes.
Vienen a mi mente estas cosas por un motivo. Desde hace al
menos un mes leo y releo un libro llamado Por qué escribo (Xordica), de Félix Romeo. El texto que da nombre al libro es uno de los
más hermosos que he leído jamás. Si yo tuviera el valor que ese texto me
infunde, estoy segura de que habría cogido un avión en la T4, me habría alistado
en una guerra o me habría hecho apresar después de echarle jabón a la Cibeles.
Es algo, una euforia limpia y bonita, de esas que sólo producen el
enamoramiento y el entendimiento –en ambas cosas hay una rara luz-. El texto de
Romeo es la cara B del látigo de Capote.
Si a mis 16 o 17 hubiese leído ese texto de Romeo, a lo
mejor hoy sería más valiente, mejor lectora; de haberlo conseguido, quizá
habría ocurrido el milagro; quizá el anuncio de neón -¿serás capaz? ¿no serás capaz?- se habría apagado definitivamente
y el sargento alemán no pasaría revista en mi cabeza. Pero era imposible. Ni yo
conocía al aragonés ni él había escrito esas páginas todavía. Y así como la Emma Bovary de Guerriero
me paralizó –acaso porque un poquito de arsénico en las comisuras me delata a
mí también como una insatisfecha comedora de veneno-, las razones de Romeo me
dan ganas de eso: de vivir, de entender, de apagar el interruptor. Yo sólo espero que alguien de 16 lo consiga a él antes que a Capote.
viernes, 28 de marzo de 2014
Manzanas verdes
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De un tiempo a esta parte, cuando veo manzanas verdes, pienso en mi hermana. Las odia. Y razones no le faltan. Son ácidas, bastante más duras que el resto e incluso tienen la propiedad de azotar los dientes solo como el papel aluminio lo hace con las amalgamas de los dientes.
De un tiempo a esta parte, cuando veo manzanas verdes, pienso en mi hermana. Las odia. Y razones no le faltan. Son ácidas, bastante más duras que el resto e incluso tienen la propiedad de azotar los dientes solo como el papel aluminio lo hace con las amalgamas de los dientes.
Compro manzanas a diario, siempre dos. Golden Royal, las
amarillas. Mientras las escojo en
la frutería de mi barrio, repaso con la mirada los muchos otros tipos que se
ofrecen lustrosas y muy ordenaditas en bandejas de papel: la roja tipo
Blancanieves; las Fuji; la variante amarilla lowcost de la Golden Royal; las reinetas… y al tropezarme con las
verdes, invariablemente, pienso en mi hermana.
Desde hace ya
muchos meses, es poco lo que se consigue en Caracas. Todo escasea –el gobierno,
la ley, el orden, la justicia, el respeto-, pero en los anaqueles de los
supermercados el asunto se vuelve mucho más concreto y justamente por eso más
grave.
La última vez que nos vimos, hace ya un par de meses, mi
hermana y yo solíamos hacer el mismo recorrido, una peregrinación minuciosa por
los distintos automercados para buscar en cuál de todos habría papel higiénico,
leche, detergente, azúcar, café, aceite, harina, servilletas... Casi nunca
conseguíamos lo que buscábamos, acaso sucedáneos. Volvíamos a casa después de
hacer una larga cola para pagar los diez artículos permitidos por persona.
En esos días, mi hermana compraba manzanas rojas, de esas
que tienen una textura porosa y una cáscara a veces borgoña, a veces amoratada.
No eran las mejores, pero al menos se conseguían. Desde hace unas semanas
desaparecieron. Sólo hay verdes. Manzanas verdes. Ácidas manzanas verdes.
Por eso cuando escojo fruta, siento el impulso de comprar
manzanas rojas. Quizás porque ese gesto me hace pensar que la haría feliz. Pero
no llevo ninguna, solo las dos de siempre, las meto directamente en el bolso.
Antes usaba bolsitas transparentes; ahora no: contaminan –eso lo aprendí de
ella-.
Salgo de la frutería pensando, siempre, lo mismo: a mi
hermana solo le quedan manzanas ácidas, duras, pequeñas. Manzanas injustas. Entonces
la imagino, incansable, al volante de su carrito azul. Intento pensar qué
siente cuando no puede llegar a su casa porque una manifestación ha cortado el
paso o una manada de Guardias Nacionales dispara gases lacrimógenos contra el
edificio en el que vive. A veces me da por preguntarme si estará haciendo sus
experimentos o si cruza la autopista; si ha ido a las reuniones en las que, me
cuenta, algunos de sus colegas comparten la angustia del hijo preso o
aporreado, o acaso a las muchas marchas a las que asiste –nunca ha dejado de acudir-.
De noche, con los ojos muy abiertos por el insomnio, me
pregunto qué hace, dónde estará, si estará bien, si alguien la sigue, si
podrían robarla o hacerle algo. Me la imagino, sola, recorriendo supermercados
de anaqueles vacíos y haciendo una larga cola en la que conseguirá poquísimas
cosas. Comienzo a dar vueltas en la cama. La mente se dispara
paranoica y temerosa, en la oscuridad de una madrugada lenta y chiclosa.
Entonces me repito, con cierta ingenuidad y estupidez, que
mañana -mañana sí-, compraré manzanas rojas. Al menos una dulce y jugosa, tan
distinta de las verdes, esas piedras ácidas que mi hermana masticará, acaso
acostumbrada ya a la cáscara agria que recubre los días en Venezuela.
domingo, 9 de marzo de 2014
Va, pensiero
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Para ti, que me enseñaste a escucharla.
Un Quijote convertido en guiñol pide que el ministro Wert
sea llevado al Tribunal Internacional de La Haya. No sabe uno si el asunto da
para tanto, pero casi. A su alrededor, un grupo de niños no muy convencidos
miran al octogenario titiritero
con cara de terror. Son las once de una mañana con sol y algo parecido al buen
tiempo. El Paseo Recoletos está lleno, a ratos. Más de 80 asociaciones ligadas
al teatro, el cine o la música han convocado una manifestación por la“dignidad” de la cultura, uno de los muchos sectores afectados no sólo por los
recortes sino también por el aumento de hasta 13 puntos -en el caso del cine y el teatro- en la reforma fiscal que el gobierno de Mariano Rajoy puso en marcha
en 2012. Los peluqueros y las funerarias sufrieron el mismo revés. Pero ya se
sabe, la gente puede elegir no asistir a un concierto, pero no detener el
crecimiento del cabello o la llegada de la muerte.
Emparentada con las protestas que han hecho sectores como el
educativo o médico en los últimos meses, y que se han bautizado como mareas, esta ha decidido llamarse Marea roja. Y no sabe uno si es porque lo cultural, de forma atávica y casi
peyorativa, ha sido considerado en España un territorio de la izquierda, de progres y rojos, o porque el color algo dice de cualquier acto creativo. En
tal caso, esta no ha sido ni marea, ni roja; y no por hacerle de menos a los
artistas, sino porque la última cosa parecida a un oleaje de semejante color en
el Paseo Recoletos ocurrió cuando España ganó la Eurocopa por segunda vez consecutiva, en 2012. Que no pasa nada. Que no hay por qué darse golpes de
pecho ante el hecho de que el fútbol atraiga a más gente; así que de Marea Roja
la cosa pasa más bien a poza pintona.
Subo y bajo por el Paseo Recoletos. Un grupo de alumnos de
conservatorios ejecutan melodías amables, de esas que la gente escucha por
absorción –Albinoni en su mayoría-. En otro escenario, algo más abajo, un
hombre aporrea un cajón y una niña improvisa malabares. Un sonidito de
organillo, acaso de paso doble y feria, hace que todo parezca confuso, casi
folklórico. Camino sin convicción. Y no porque no crea en lo que dicen –vivo de
esto, soy periodista cultural- sino porque un tufillo extraño tiñe el ambiente.
Escoltado por un hombre que le da vigorosas palmadas y le
llama candidato, el diputado de Izquierda Unida, Cayo Lara, baja dando
zancadas. Me acerco e interrumpo su paseo. Él piensa que deseo un abrazo. O una
foto. Y en verdad no sé si lo que deseo es preguntarle cómo es posible que su
partido acepte dinero del gobierno venezolano –lo más lejano al progresismo que
existe en el mundo- o si preferiría pedirle de regalo para mi padre el pin que
lleva puesto. Opto por la segunda opción, es menos complicada, más neutra . El
pin en cuestión es una bandera republicana hecha con lápices, un guiño a mi
padre -y su fascinación por lo que esos colores significaron alguna vez- y
también al acto independiente que un objeto para escribir encierra. Le pido el
pin a Cayo Lara, quien me sonríe con una dentadura inverosímil, como de
hormigón. Lo siente, sólo tiene ese. El hombre de las palmadas sigue llamándole
candidato y yo quiero fumar. Me alejo. Él se queda, con su pin prendido en el ojal de la americana, y recibiendo
el round de peloteo de su compañero de paseo.
Una vez en Cibeles, dudo. ¿Subo y me hago con un sitio para lo que
realmente he venido a ver o me siento a leer en un parterre bajo el sol? Decido
hacer ambas cosas: subo a escoger un buen lugar desde donde escuchar la versión
de Va pensiero que interpretarán la
Orquesta Sinfónica y el Coro de Ciudad Real y me siento en el borde de una
acera. Abro entonces el libro de Félix Romeo que desde hace días leo y releo.
El ejemplar es amarillo y muestra al escritor aragonés, vestido de negro, de
pie y muy erguido, mientras tapa uno de sus ojos con una mano. Por qué escribo (Xordica), reza el título, es una
recopilación de los textos que publicó en prensa Romeo antes de morir. Me
detengo en uno, titulado El cielo no se desploma, en el que Romeo habla de cómo a la escritora húngara
Agota Kristof la risa le permitió darse cuenta de que el mundo seguía girando
tras la muerte de Stalin. A mi lado dos señoras intentan fotografiarse con un
teléfono móvil. “Que está muy de moda, pero es demasiado difícil”, dice una de
ellas tratando de hacer el selfie dominical. Tendrán ambas la edad de mi madre.
Ayer hablé con ella. Me contó que llevaba ya 15 días sin salir de casa y que
ahora, a diferencia de unos días, la Guardia Nacional estaba entrando a la fuerza a las casas y los
edificios a llevarse presos a los estudiantes que han participado en lasprotestas caraqueñas de las últimas tres semanas, que ya acumulan 21 muertos. Sé que a ella le gustaría
estar aquí. Ama el Nabucco y si a mí
también me gusta es gracias a ella. Y sé que a ella, como a mí, el Va pensiero –el canto de los esclavos-
que está por sonar significa cosas muy distintas de lo que para la gente aquí
reunida.
Leo y espero bajo el sol. Transcurre media hora. Comienzan a
llegar los músicos. El coro. Los manifestantes. Alcalá está, ahora sí, apretada
y concurrida. Apenas y puedo moverme. El maestro de ceremonias sube al
escenario. Y la gente aplaude, grita Sí
se puede, Sí se puede, Sí se puede. Miguel Ríos lee un comunicado. Exige al
Estado garantizar la cultura como derecho. Y sí, razón podrá tener, pero
parpadea en mi cabeza la idea de que una cultura capaz de financiarse a sí
misma es más independiente que esa otra que crece con dinero público. Pero yo
no he venido a esto. Sólo a escuchar una melodía. He
venido a hacer lo que siempre cuando quiero ver a mi madre: escuchar opera. Quienes
arengan callan y un coro soleado emprende la que sigo pensando es una de las
más hermosas composiciones que he escuchado jamás: “Va, pensiero, sull'alidorate” (Ve, pensamiento, con alas
doradas…)
Y aunque el coro del tercer acto habla en verdad del pueblo
judío y fue escrito por Verdi en la Italia de la unificación, hay en esas
palabras una astilla propicia para arder en cualquier época. “Oh mia patria sìbella e perduta!/ O membranza sì cara e fatal!”. (¡Oh, patria mía, tan bella y tan perdida!/ ¡Oh recuerdo tan querido y
tan fatal!). Que hable de las orillas del Jordán y las torres derruidas de
Sión puede que sea lo de menos. Va,
pensiero es la melodía de la pérdida. Los judíos añoran su tierra, como otros
la suya. Ellos atraviesan el largo exilio cantando mientras les
exhortan a tener fe: Dios destruirá Babilonia. Y quizás por eso, por la idea
confusa que producen juntas la fe y la distancia, la pérdida y la persistencia,
al escucharla, los pulmones se llenan de aire y las ganas de cantar se
confunden con las de gritar. Pero hoy no grito. Me mantengo de pie. Con una
mano sostengo el móvil con el que
grabo un vídeo para que mi madre lo escuche y con la otra me limpio dos
potentes lágrimas que me bajan por la mejilla. “Va, pensiero, sull'ali dorate”. Las señoras que intentaban
fotografiarse me miran. No entienden por qué lloro. Mejor así. Mejor.
sábado, 15 de febrero de 2014
Llámame país: Tres estampas de invierno de lo que ocurre en Venezuela
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"El infierno, al fin y
al cabo, no es más que el eterno segundo que uno pasa en el lugar que uno no
cree que le corresponde. Y en ese lugar vivimos todos"
Ray Loriga.
Estampa #1
En Madrid llueve desde hace cinco o seis días. Un invierno
puñetero, cenizo. Hace frío, claro. Pero un frío de esos que destemplan un poco
más cuando se mezcla con otras cosas. Y en estos días pasan muchas.
-Mi madre ha ido a la carnicería. Sólo dejaban llevarse dos
pollos por persona- digo.
-¿Y por qué no los compra por Internet?-me responde.
Una ráfaga de viento del invierno entra por la ventana, que
está cerrada. Sigo cenando. Me concentro en trocear dos taquitos de pez espada
que he comprado en La Sirena. Están algo pegajosos. Acaso poco hechos. Casi
crudos. Mi corazón también.
Estampa #2
Llego a la redacción.
Me sacudo las astillas de hielo que comienzan a derretirse sobre el
abrigo. Enciendo el ordenador. Actualizo la bandeja de entrada. Recibo el
correo de un buen amigo español. Viaja a menudo a Venezuela; está bastante
enterado de lo que ocurre.
Leo: Me imagino que estarás conmovida por los sucesos que se desencadenan en tu país. Es terrible, pero estaba por venir, claro. Un algo de cariño y de puntilla me arropan y me joden, a la vez. Leo de nuevo. Me imagino que estarás conmovida… Mis ojos saltan hasta tu país, esa atribución que tiene algo de esputo, de reproche y con el que suelen referirse los españoles a mi lugar de procedencia cuando de política y clichés se trata.
Leo: Me imagino que estarás conmovida por los sucesos que se desencadenan en tu país. Es terrible, pero estaba por venir, claro. Un algo de cariño y de puntilla me arropan y me joden, a la vez. Leo de nuevo. Me imagino que estarás conmovida… Mis ojos saltan hasta tu país, esa atribución que tiene algo de esputo, de reproche y con el que suelen referirse los españoles a mi lugar de procedencia cuando de política y clichés se trata.
Avanzo, acumulo las palabras en la lectura continua de una
línea sobre una pantalla blanca. Es
terrible, pero estaba por venir, claro. Ese claro, descolgado tras una coma, me resulta todavía más hiriente. Me
escuece como los abrazos de compañera de clase en colegio
de monjas; cariño envenenado. Sé que no hay más que buenas intenciones en su
breve carta y sin embargo, hago lo que puedo por sacar el arpón de mi costado.
Afuera hace un día color coleto. Ese gris de agua sucia de
fregona que apesta levemente si te inclinas sobre el cubo. Entonces llego a una
conclusión: No, no me conmociona. Lo que ocurre en mi país me jode. Me jode que mi madre consiga anaqueles vacíos y
tenga que hacer trampas para llevarse más de paquetes de papel higiénico. Me
jode que las pastillas de mi hermano no se consigan. Que a mi hermana la hayan
asaltado. Que mis amigos me escriban preguntándose qué hay que hacer para irse, que
mis profesores de la universidad de fotografíen sonrientes con una lata de
leche en polvo entre las manos.
Sí, me jode.Pero todavía más no poder decir una palabra. La distancia es mi sello de extranjería en el pasaporte de los ciudadanos transparentes.
Estampa #3
Entro al tuiter. Empujo con la yema del dedo la columna del
TL, incendiado a las once de la noche con las protestas en Caracas. Leo y empujo.
Las palabras estallan como flashes de una cámara antigua. Enceguecidos
fogozanos de polvo de magnesio. Balazos.
Heridos. Fiscalía. Canal de televisión.
Retirada la señal. Difundir, urgente: las estaciones de metro
están cerradas. Democracia. Maduro. Régimen.
País. Medios. Silencio. Cómplices.
Hay tantas letras mayúsculas como
gorjeos, trinos que a mí se me hacen infernales, algo así como la sinfonía
carnicera que resultaría si alguien sacudiera con fuerza una caja de cartón
llena de pollitos. Una sensación de deja
vú se manifiesta junto a las potentes ganas de abrir una cerveza que
finalmente no abro.
Esto lo he visto antes. Hace ya mucho tiempo. Gente que
sale a la calle con el cencerro de la ira, ese tintineo que avisa al lobo feroz
por dónde andan los corderitos. Y no son corderos, son personas que se han visto obligadas a convertir sus derechos en un ejercicio aeróbico. Gente que camina para que no la pisen... más. El resultado es el mismo, esa carnicería doméstica. El calor de hogar que abrasa todo a su paso con su vapor de infierno y hornilla.
Siento
un eco raro, un viento áspero. No sabría explicarlo. Una verdad que es verdad,
pero acaso inflamada, ceniza, fría, así como han de saber los garrotazos en la
boca con un tubo de metal. Y entonces lo entiendo. Es eso eso, justo eso: la letra
que separa el invierno del infierno.
viernes, 7 de febrero de 2014
Veré pasar el invierno
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A Juanbo: algún día tendré el valor de plagiar uno tus cuentos.
Sé que nada de lo que escriba me salvará de este vagón que
atraviesa la ciudad en hora punta.
Ni una sola de mis palabras. Pero sí, acaso, lo que consiga leer entre
medias. Un hombre con piernas de plástico y metal se pasea con un pequeño vaso de
papel. Su forma de pedir dinero es distinta del resto; cuando lo hace canta.
Releo el comienzo del libro, repaso cada línea, pensando que
Nabokov la ha escrito del tirón y la ha confeccionado luego con cuidado; cortando
aquí, allá. Pequeño Frankenstein
virtuoso el que ha conseguido tras terminar la faena en el quirófano literario.
De otra manera no se explica tanta precisión.
Érase una vez un
hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era, rico, respetable,
feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su
vida acabó en un desastre.
Y de qué otra manera se escribe si no así: cortando,
mutilando, arrancando; podría pensar uno. Que escribir, como vivir, sea un
verbo extractivo me ha parecido siempre natural. Lógico.
Un niño mastica un bocadillo de pan de molde; el snack de
media tarde. Lo que los españoles llaman la merienda. Puedo oír cómo mastica.
Cómo su saliva penetra un pan frío y triste de viernes a las cinco de la tarde.
El niño come con fastidio, sin ganas. Tan pocas como esas con las que su madre
sostiene un tetra-brick de zumo de manzana marca blanca. Podría darme la vuelta
y pegarle al retoño -acaso arrojar el pan al suelo-. Sólo por gusto, sólo por liberar a esa madre de su autismo y sumirla
en una ira legítima. Pero no lo hago. Retomo la lectura.
Éste es el cuento, en
suma, y podríamos haberlo dejado aquí si no fuera por el interés y el placer de
narrarlo.
Que escribir sea arrancar, insisto, me parece natural. La
vida es, en suma, una mutilación. La primera de todas. ¿Por qué no habría de
serlo la narración que hacemos de ella? Hay quienes, como Banville, dicen no
avanzar en la historia hasta no completar una frase. Que avanzan a ciegas,
cogiendo palabras como quien sigue migajas.
(…) el placer de
narrarlo.
Como no sé a quien creerle, si a Nabokov cirujano o a
Banville rebañador, prefiero quedarme con el resultado. Con lo que todas esas
palabras juntas hacen en mi pecho; con ese temblor que producen, una vez
leídas, en mi mente. Aletean las palabras como mariposas con chinchetas –me
duele a mí, les duele a ellas-. El lugar que alteran mientras me ducho. Mientras bebo a solas una cerveza. Mientras atravieso
una calle mirándome los zapatos o desgasto con los ojos las prótesis
estropeadas sobre las que se sostiene un anciano para pedir dinero en un vagón
del metro.
Pues aunque basta el
espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión
abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen.
Hace un mes ya –incluso más- que he vuelto de un largo
viaje, de esos de los que nunca se vuelve del todo, porque cada equipaje
supone, a su manera, una pérdida. Algo de uno se queda allá, doblado en un
cajón. Polvo de cualquier cosa derramado en lo que dejamos de ser. Y como no es la primera vez que lo hago
-que voy y vuelvo- puedo fantasear con el hecho de que una breve colección de
mi piel ha ido quedándose, pegada como la nata a la taza, en los bordes.
(…) los detalles
siempre se agradecen.
Quise escribirla, fijar mi vida de leche hervida, en una
libretita. Pero hace ya rato que me dejé de cuadernos. Escribo solo ante la
pantalla. Como su blanca violencia me obliga a retroceder, he preferido evitar,
esta vez, someterme a la báscula de lo que queda por llenar. Así que al volver
no escribí nada. Por eso, a estas alturas, no sé que siento.
(…) aunque basta el
espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión
abreviada de la vida de un hombre (…)
Seguro que Banville miente, que no cree una palabra de lo
que dice. Apuesto a que su miedo es mayor que el mío. Porque tiene por escribir
más años de los que yo he cumplido. Y sin embargo, ¿qué? Él acaba de revivir a
Marlowe. Ha sido bendecido con la propiedad de quienes pueden traer de la
muerte a los muertos. Yo, de momento, vivo.
El hombre que pide llega casi a la mitad del vagón. Avanza
ortopédico; rara y violenta jirafa sorprendida por la cojera. El niño que aun
viaja a mi lado aprieta el pan con sus dedos pequeños, perfectos para triturar
con un mazo, para trocear con una linda tijera punta roma. Entonces vuelvo a mi
libro como quien se recompone.
(…) y podríamos
dejarlo aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo (…)
El placer de narrarlo. ¿Se siente tal cosa? Sí, a veces. Más
del que sentimos a veces en otras tareas. Aunque tal hedonismo no sea
infalible, existe. Lo hemos
experimentando acaso tanto como la cojera de la jirafa armenia –se me antoja a
mí que ese hombre que pide es armenio- o el goce extraño de imponernos –tirar al suelo el bocadillo sería,
ahora, hermoso-. Pero basta una lápida
para, contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un
hombre. ¿Verdad?
El hombre de piernas metálicas –o plásticas, en parte- llega
a mi sitio. Sacude su vasito con ritmo. Yo no despego la mirada de la página. Le
temo a su miseria tanto como a la mía –aunque yo, a diferencia de él, tengo dos piernas que no uso como él usaría
las suyas si las recobrara-.
Antes, hace ya mucho, cuando llegué a la ciudad, cada pordiosero me parecía un abismo, un pozo de desolación al que yo podía dar sentido arrojando monedas como los necios arrojan céntimos a una fuente. Ese hombre no quiere mis monedas y yo no quiero sus canciones. A él le faltan piernas y años; yo, de momento, dispongo de ambos.
Antes, hace ya mucho, cuando llegué a la ciudad, cada pordiosero me parecía un abismo, un pozo de desolación al que yo podía dar sentido arrojando monedas como los necios arrojan céntimos a una fuente. Ese hombre no quiere mis monedas y yo no quiero sus canciones. A él le faltan piernas y años; yo, de momento, dispongo de ambos.
Sé que nada de lo que escriba me salvará de este vagón que
atraviesa la ciudad en hora punta.
Nada, ni una sola de mis palabras. Pero sí, acaso, lo que consiga leer.
Eso, sólo eso. Son las monedas que alguien, desde el más allá, arroja a mi vasito
de plástico. No sé cuándo el niño se ha marchado. Me bajo en la siguiente
parada. Me elevo como una mala virgen que asciende en el milagro mecánico de
unas escaleras sucias. Salgo a la calle, tarareando la melodía pordiosera de
una jirafa armenia.
(…) los detalles
siempre se agradecen.
Mientras escribo esto, como el que se arranca pestañas o
despega su piel del músculo, pienso que me gustaría despertar en un hogar extinto. Ser la
que ya no seré. De momento, me quedan mis piernas y un libro. Con eso veré
pasar el invierno. Con eso.
sábado, 25 de enero de 2014
Manuel Borrás: “La literatura venezolana es rica, poliédrica y viva”
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Los Pre-Textos de Borrás…“Nadie va a extrañar a un desonocido”, eso dijo cuando le entregaron, hace unos años en Guadalajara, el premio que reconocía su labor como editor, una faena que –en su caso- es larga y fecunda. Hace casi cuatro décadas, este valenciano -con sus amigos Manuel Ramírez y Silvia Pratdesalba- fundó un sello que era puro riesgo: el de los viajes largos e imposibles; esos que alejan y acercan a quienes habitan dos orillas. Se trata de Pre-Textos, una de las editoriales independientes fundamentales al momento de hablar de una literatura hispanoeamericana y acaso también para esa otra –universal- que necesita descubrirse, alimentarse de traducciones eseciales, como las que él ha hecho de autores rusos, ingleses, franceses.
* * *
Este año, la
editorial española Pre-Textos publica la poesía completa de Yolanda Pantín y de
Igor Barreto, un inédito de Pérez Oramas y un libro de relatos de Antonio López
Ortega. En este entrevista, su editor Manuel Borrás habla de Venezuela y su
literatura.
* * *
Los Pre-Textos de Borrás…“Nadie va a extrañar a un desonocido”, eso dijo cuando le entregaron, hace unos años en Guadalajara, el premio que reconocía su labor como editor, una faena que –en su caso- es larga y fecunda. Hace casi cuatro décadas, este valenciano -con sus amigos Manuel Ramírez y Silvia Pratdesalba- fundó un sello que era puro riesgo: el de los viajes largos e imposibles; esos que alejan y acercan a quienes habitan dos orillas. Se trata de Pre-Textos, una de las editoriales independientes fundamentales al momento de hablar de una literatura hispanoeamericana y acaso también para esa otra –universal- que necesita descubrirse, alimentarse de traducciones eseciales, como las que él ha hecho de autores rusos, ingleses, franceses.
Rubén Darío
fue su guía para conocer América, y para amarla. Y lo ha hecho como pocos. En
su catálogo ha publicado a los escritores esenciales de la literatura
venezolana. En las páginas de Pre-Textos autores como Eugenio Montejo o RafaelCadenas han cruzado varias veces el Atlántico. Ida y vuelta, así como viajan
los héroes; esos que acuden a la muerte y regresan de ella sólo como pueden
hacerlo las palabras. Este año, Manuel Borrás publicará la poesía completa de
Yolanda Pantín y de Igor Barreto, un inédito de Pérez Oramas y un libro de
relatos de Antonio López Ortega. Con Borrás hablamos de Venezuela, de su
literatura, pero también del quehacer editorial, del papel que juegan los
libros en ciertas afecciones –personales y colectivas-.
- Pre-textos nace en 1976, prácticamente con la democracia en España. Hay en
ello algo de signo, también una pulsión. Ha dicho usted, muchas veces, que su
intención –y la de sus socios- era recuperar las voces literarias del exilio
español. Transcurridos más de 30 años, le pregunto, ¿puede la literatura
realmente convertirse en un lugar de reconciliación? ¿Cuál es el papel del
editor en ese proceso?
-Sin lugar a
dudas. Creo que en el ámbito de la cultura, por el carácter ecuménico de ésta,
es en el único marco donde se podrían dirimir muchos conflictos. Pruebas de
ello las hemos tenido a lo largo de la historia. El problema radica en que la
mayoría de las llamadas élites adolecen de una falta de cultura que espanta.
Sólo hay que fijarse en nuestro país y en muchos de los países
latinoamericanos, dentro del ámbito de nuestra lengua, y analizar un poco a su
clase dirigente. Su falta de educación, pues un hombre educado nunca miente, y
en consecuencia su falta de cultura de verdad, es moneda corriente entre esa
gente (por no usar el término gentuza), a la que además no le duele prendas en
que los otros la consideren élite. ¿Élite de qué, en qué? ¿En el fraude, en el
dolo? Creo que antes se ponen de acuerdo dos personas educadas, es decir,
cultas, que dos mal encaradas y empecinadas en sus respectivas verdades. El
problema está en que la mayoría de las veces en ese enfrentamiento los que
pagan los trastos rotos son los más inocentes, y entre ellos hay que contar,
cómo no, a una inmensa minoría educada, equilibrada. No creo que el editor en
ese proceso desempeñe un papel esencial. Considero que el que tendría que
ocupar ese lugar protagonista debería ser el hombre verdaderamente culto y
educado. Quizá los editores no respondamos a ese modelo, a menudo somos
demasiado soberbios. Y la soberbia nunca ayuda a dirimir conflictos. Con todo,
el editor, si es auténticamente culto, puede, aun con modestia, contribuir a
esa labor benemérita. ¿Cómo? Muy fácil: tratando de compartir aquello que no
pudo olvidar, es decir, aquello que le ha servido en su vida y que es
susceptible de ser útil también a los demás.
-¿Una sociedad
enferma (hablo de cualquiera que esté secuestrada por la polarización y el
enfrentamiento) es realmente capaz de leerse? ¿Puede? ¿Obra la literatura ese
milagro?
-A la
sociedad, enferma o no, no le corresponde esa labor, pero sí a los individuos
que la constituyen. Me explico: aquellos que en los momentos más críticos no
olvidan a los más próximos, al prójimo, son los que pueden favorecer de verdad
ese cambio en profundidad. Aunque también es cierto que para que eso se dé, se
necesita hacer un esfuerzo mucho mayor que el que se lleva a cabo para educar a
los ciudadanos. Al ciudadano habría de asumírsele como tal, no como un votante
o como un cliente para después olvidarse de él.
-Ha dicho usted que, en aquellos años –finales
de los 70 y comienzos de los 80- conseguir textos de los autores españoles –que
estos los cediesen- resultaba complicado. Fue necesario recurrir a las
traducciones, algo que la España de entonces necesitaba como el agua.
Pre-textos tradujo en España autores fundamentales. ¿Puede la precariedad ser fértil
para sembrar un lugar de reflexión?
-Sin duda.
Para bien o para mal, la precariedad ayuda. Habría de recordarse que la
necesidad precede siempre al invento. En tiempos conflictivos como en los que
vivimos la literatura siempre actúa en nuestra ayuda. Y no tanto, como
falsamente se piensa, porque nos abstraiga, nos enajene de la realidad, sino al
contrario: porque la buena literatura, a pesar de sus detractores, que los
tiene, nos vincula siempre con el mundo, con la vida.
-Pre-Textos
comenzó con apenas cuatro colecciones, si no me equivoco. Hoy alcanza 23 y más
de mil títulos. Su apuesta fueron y siguen siendo las voces nuevas.
-El editor
literario que no apuesta por voces nuevas no tiene, a mi juicio, razón de ser.
No puedo entender la tan cacareada edición "independiente" y
"literaria" si uno se limita a seguir el canon, las modas o la
información. Para editar hay que tener cierto espíritu aventurero y una buena
dosis de generosidad; de lo contrario, más vale dedicarse a otras cosas, a
aquellas que además resultarán más rentables y harán más felices a quienes ven
la cultura simplemente como una operación financiera.
- La vocación
hispanoamericana de Pre-Textos queda más que retratada en su catálogo.¿Qué
invisibilidad prevalece la de los españoles en América Latina o la de América
Latina en España?
-Si no fuese
por la demagogia nacionalista, populista, proteccionista del lado americano,
que en el fondo lo que oculta es toda una operación anticultural, la
visibilidad de la mejor literatura que se escribe en nuestra lengua desde las
dos orillas sería mucho más evidente de lo que es. Si, asimismo, sumamos a ello
cierto prurito neocolonialista cultural que anima a determinadas empresas de la
Península, tenemos el dibujo perfecto de lo que está aconteciendo, con el
triste resultado de que la foto nos llega a unos y a otros de todo punto
incompleta.
- Usted ha editado a dos de las generaciones
literarias venezolanas más compactas. Aquellas que, de alguna manera, hicieron
bisagra ¿cómo percibe literariamente ese tránsito entre ambas?
-Creo que la
cultura escrita venezolana es y ha sido una de las líneas de fuerza de la mejor
literatura que se ha escrito en nuestra lengua. La evidencia la tenemos en que
esa línea no se circunscribe a una generación, sino que la trasciende, y ojalá
—no lo dudo ni un ápice— se perpetúe. Venezuela cuenta con uno de los mayores
veneros de literatura española en la actualidad. Ojalá los peninsulares se
aperciban de ello y algún día asuman la necesidad de distinguir a algún autor
de esa república tan amada con el mayor galardón de nuestras letras. Es más, y
voy a tener la osadía de decirlo: si no lo hacen pronto eso se va a convertir,
tarde o temprano, en un baldón para España. Y ojalá los venezolanos, sean del
color que sean, fueran conscientes de que antes que del petróleo gozan de un
tesoro mucho más valioso: el de su literatura.
-¿Le dice algo la poesía o la escritura
venezolana de los últimos 20 años?
-La poesía que
se ha escrito en los últimos años en Venezuela me llega fundamentalmente por
vía personal. Mantengo una red de contactos amplia, al margen de grupos,
tendencias, etcétera. A mí siempre me interesó la buena poesía, no las,
digamos, escuelas poéticas. Con todo, estaría encantado de establecer más lazos
con lo mejor que allá se esté haciendo.
- ¿Percibe usted en al literatura venezolana una cierta “imposición” de la
poesía como género? ¿No le parece que, en comparación a la poesía o la prosa
poética, hay poca narrativa?
-Hasta donde
conozco, la poesía venezolana ha dado muestras más que suficientes de su salud
(aunque es posible que yo ignore la existencia de algunos excelentes
narradores). Comoquiera que sea, no podemos olvidar nombres como los de Ednodio
Quintero, Antonio López Ortega o Camilo Pino, entre otros, que nos indican que
la narrativa que se escribe en ese país no es en absoluto desdeñable.
-No hace falta que le explique de qué forma la
situación política en Venezuela ha
obligado a editores y autores a repensarse, casi reconstruirse.¿Percibe eso en
la literatura venezolana actual de alguna forma?
-La literatura
venezolana goza de tal salud que esas cuestiones puntuales —porque, aunque
duren en el tiempo más de lo deseable, son temporales— no van a perturbarle lo
más mínimo. La buena literatura se sobrepone a todos los obstáculos que se le
crucen. Lo lamentable es comprobar que todavía hoy se valore antes la afinidad
política que la calidad literaria y que en función de esa distinción espuria se
repartan sinecuras. Comprobarlo resulta doloroso.
-¿En qué momento, como editor, comienza usted a
mirar a Venezuela? Me gustaría incluso ser más precisa ¿Fue Montejo el primer
autor venezolano que publicó?
-Empecé a mirar
a la América Hispana, no a Venezuela en particular, desde el primer momento. La
vocación americanista de la editorial siempre ha sido evidente y a nuestro
catálogo remito a aquel que quiera comprobarlo. Eugenio para mí no sólo fue un
gran poeta y autor de la casa, sino un gran amigo. Aquel que con su inmensa
generosidad no únicamente me confío sus libros, sino que me abrió también a
otros muchos de sus maestros y amigos. Sólo tengo que recordar a los añorados
Sánchez Peláez, Gerbasi o a mis otros muy admirados y queridos Rafael Cadenas,
Alejandro Oliveros, Yolanda Pantín, Igor Barreto, Luis Enrique Pérez Oramas,
Gustavo Guerrero... Y confío en que la lista continúe.
- ¿Qué nuevas
ediciones y publicaciones venezolanas formaran parte de Pre-Textos próximamente?
Entiendo que existe una antología en marcha.
-Existe, en
efecto, una antología en marcha, también la edición de la poesía completa de
Yolanda Pantín y de Igor Barreto, un inédito de Pérez Oramas, así como un libro
excelente de relatos de Antonio López Ortega. Eso por el momento, e insisto,
espero que no sea lo último.
-¿Cómo definiría, literariamente, a la
Venezuela a la que usted se ha acercado como editor?
- Rica,
poliédrica y viva.
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