miércoles, 2 de junio de 2010

Cinco maneras de acabar un Pisco Sour



Ha pasado casi una semana desde que ocurrió y aún no sé si la sensación venía como el azúcar, pegada con limón al borde de algunas copas, o si yo la traía de antes. Me demoré más de cuatro días en transcribir la entrevista, un monumento al santísimo oficio de procrastinar si consideramos que la conversación con el escritor duró apenas 35 minutos, ocho cigarrillos y los medios vasos de un pisco sour y un bloody mary.

Fue en Del Diego, paladeando palabras que a mí me parecían no tener puntería, cuando me di cuenta de que la profesión que ejerzo como apostolado no es más que un ejercicio de especulación, una sublimación, una intromisión, un entierro de la sardina con grabadora, uñas rosa y pretensiones literarias. Algo me resulta amargo, incluso unos 15 o 20 minutos antes, en la Fnac de Callao, antes de llegar a este bar, me resultaba amargo.

Entre su último libro y el que recién ha publicado, el que trae a cuento que estemos conversando, han pasado cinco años. Desde ese entonces, ni el escritor ha tenido la calma, ni la paz, ni el tiempo para hacer lo que debe, ni los lectores habían vuelto a saber nada de quien fuera uno de los premios Herralde más elegantes y mejor afinados de la colección Anagrama.

En ese tiempo, los años 2007 o 2008, no tuve valor de preguntar nada -¿qué haces? ¿estás escribiendo? ¿por qué no has publicado?- excepto las generalidades de siempre. Las veces que le ví, unas dos o tres veces, parecía harto del mundo y su mobiliario. Hasta que un día, creo que fue en el Hispania durante la entrega de un Herralde, me lo topé de bruces. Al intercambiable “cómo estás” que pudo ser “qué tal te ha ido” o “cómo va todo”, esos comodines de urbanidad que se te queman en las manos cuando en verdad quisieras preguntar de verdad, cómo carajo estás, el escritor dijo, con los ojos colgados en ningún lugar. “Pues mi padre ha muerto hace unos meses”.

Leyendo las primeras páginas del libro que justifica esta entrevista, el libro que narra la muerte de su padre y la difícil relación de ambos a lo largo de la juventud y madurez del escritor, entendí cosas que antes pasaron desapercibidas para un extraño como yo. El gesto aturdido y hosco de las veces que me lo topé, rodeado de gente, en los meses que supongo serían los peores de la enfermedad de su padre. La mirada con viento, de hace ya unos años, en Mérida (Venezuela), cuando en una conversación acerca de los comisarios de arte, mencionó a su padre pintor. Las páginas de Los seres felices, la tendencia de su narrador a eludir, a preferir la sombra, el silencio, a evitar conversaciones.

He dado unos sorbos al pisco sour. Hago mis mayores esfuerzos por ser un lector leal, fiel, el lector que creo haber sido hasta el comienzo de esta conversación. Pero a medida que avanza la tarde, y los cigarrillos, me descubro haciendo lo que sospecho es un psicoanálisis de grabadora. Lo que digo y lo que realmente quiero preguntar no se encuentran en los pasillos de mi estrecho cerebro.

-Ha dicho que ni cree ni pretende la escritura terapéutica. En este libro hay un duelo no necesariamente personal pero sí literario.
-¿Qué quieres decir… que me he quedado sin tema literario?
-No lo digo yo, lo dice usted en el libro, fue una oportunidad para poner en orden su propia escritura.
-No acabo de entender adónde quieres llegar.
-El tema del padre es universal, pero es demasiado combustible como para escogerlo al momento de retomar la escritura. Pudo no haber salido ileso.
-La característica de este tipo de libros es que se imponen. Con este libro intenté retomar mi carrera de escritor. Había intentado retomar la disciplina de la escritura tras un año y pico de abandono y dolor, y no pude. Y de pronto, una manera de recuperarme de ese duelo fue sentarme a escribir sobre el asunto que me había conducido a ese estado. ¿Era algo arriesgado? Sí. Pero no podía eludirlo.

Miro al escritor. Acerco el paquete de tabaco a sus manos, como una disculpa por retenerle aquí frente a esta ridícula grabadora. Llevo toda la entrevista haciendo la misma pregunta, de distintas formas. Un escritor como éste jamás colocaría su cabeza bajo la rebanadora de la confesión o el ajuste de cuentas con su padre. Aún así trato de saber por qué vuelve a él, ¿por qué para retomar la escritura escoge el camino más espinoso? Y parece que mientras más lo pregunto, más me alejo de mi destino. El Pisco está por acabar, su Bloody Mary no tanto pero casi.

A diferencia de hace unos minutos, en el local hay algo más de gente, y ruido. El escritor coge mi ejemplar de su libro y busca una frase de Amos Oz con la que pretende hacerse entender. La consigue. “Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector". Cierra el libro. "Eso es la literatura. Y aquí soy un poco tramposo. A pesar de que esté hablando sobre mi vida o la de mi padre, el corazón del relato está en el espacio que hay entre el relato y lector. Allí hay una trampa. No hubiese contado la historia si no hubiese estado consciente de su universalidad. Ésa es justamente la trampa. La literatura tiene que aspirar a eso”.

Río, indefensa. Me río de mis pocas fuerzas y mis mamarrachadas. El escritor me pregunta, varias veces, de qué me río. Y no sé cómo explicarle que no soy gilipollas. Que sí soy, pero no ahora. Que no me río de él. Que no hay risa sino derrota. Y me parece que un viento azota la cocktelería. Que me he bebido los peces sin pasar por los mares. Que el espacio entre lo escrito y el lector está, permanentemente, renovándose en mis días.

Arriendo áticos, novelones, ep's, canciones, poemas, relatos, ilustraciones. Alquilo novelas para el invierno, historias para espantar el insomnio. La grabadora sigue ahí necia, encendida, parpadeante como mi cara de periodista. Yo estoy al otro lado de la mesa, pensando en el tamaño de mis trampas. Miro la copa con los restantes de Pisco. Sólo me queda salir a la calle a patear contenedores, entregar 12.000 caracteres con espacios de esta entrevista, organizar un Entierro de la Sardina y reventar la próxima vidriera que vea con mi grabadora. Entonces sí, ahí sí, el Pisco se habrá terminado.

martes, 25 de mayo de 2010

Matarse bellamente



"It's okay to eat fish /'Cause they don't have any feelings"
Something in the way. Kurt Cobain

Crucé Alcalá a la altura de Cibeles con el Banco de España. El semáforo tartamudeaba hombrecitos verdes. Miré a la Diosa de reojo e imaginé a sus leones escupiendo pececitos a los alemanes insolados que inundaban Madrid con sus camisetas del Bayern Munich y sus cervezas tibias. No estaría mal convertir la tina de la Diosa en una cazuela, una sopa de flores muertas y peces gordos, pensé cuando una ola de vapor agrio me produjo arcadas.

Eran las seis y cuarto. Llevaba prisa. Se suponía que 15 minutos atrás ya debía de haber llegado a la librería La Central del Reina Sofía. Navegué a todo vapor de cigarro contra la corriente de la Champion League. Volví a cruzar, esta vez el paseo del Prado, a la altura de Neptuno. El menú del día de una cervecería incluía Bonito con tomate y doradas a la romana. Suculentos nadadores que dejaron las corrientes de agua fría por la corriente eléctrica del aceite hirviendo. Pensé en peces, otra vez.

Cuando uno se muda y empaca piensa demasiadas veces las mismas cosas y entonces, zás, pica el anzuelo, deja de dormir, se repite, parpadea. Por eso llevo algunas noches inventariando el acuario que mi hermano cuidaba con tanto celo cuando era pequeño. Recuerdo cada detalle, incluyendo las funestas mallas y redes para el paseíllo del difunto hasta la taza del wáter.

La pecera era grande, lo suficiente. La tenía sobre una mesa de su habitación en la casa de Los Chaguaramos. Era una enorme y pesada bombonera transparente llena de rocas lisas. La tenía ahí, como un objeto de culto, demasiado cerca -para mi gusto y el de mis rechonchas manos- de los vacía bolsillos, la billetera y su colección de plumas y bolis.

De aquella pecera lo recuerdo casi todo. El buzo con su escafandra mohosa y su campana de cobre, el invariable barco fantasma hundido en el falso fondo de un mar desinfectado, el filtro insistente y sus burbujas cansinas, las algas simétricas, los espejos verdosos y, por supuesto, los mimados peces betta, ese cardúmen psicópata y nacarado.

Fuentes, peces, acuarios, pescaderías, peceras, redes y peces gallo para comer con ensalada y vino con casera. Escupo humo y peces. Vuelvo a pensar en las fuentes tibias de verano, esos guisos públicos de monedas y deseos. Hace calor y mis manos aumentan de tamaño. Pienso en el acuario y el crimen inconfesado de la billetera y la pluma Parker que arrojé para provocar una respuesta en el aburrido buzo y en los temibles betta.

Lo recuerdo, perfectamente. Tenía las manos pringosas de helado, la boca entera llena de la combinación de mi polo favorito, mantecado y naranja, la mezcla adecuada para un asesino resentido al que le han cortado el cabello por haber cogido piojos en el cole. Me asomé al escritorio. Encontré sellos, soldaditos, aviones, nada atractivo. Hasta que se atravesó en mi campo de visión una sinfonía vandálica: la pecera y la gorda billetera, llena de quién sabe qué. No lo dudé.

La billetera cayó como un obús alemán en el doméstico charco marino. La pluma cayó más discretamente. El resultado fue poco menos que una catástrofe con mercurio en el Orinoco. El agua se volvió azul, un azul grave y submarino, un azul funesto, un azul travesura de comisuras mantecadas. Después de eso, nunca más volví a acercarme a la pecera ni a los Betta, tampoco probé el mantecado con naranja, al menos no tanto.

Como a mi hermano, supongo (de lo contrario no les habría prodigado tantos mimos), los peces Betta ejercían una fascinación especial sobre mí. Eran los únicos peces capaces de matarse bellamente. A diferencia de los Goldfish, que flotaban boca arriba como esponjas sobrealimentadas (también me gustaba alimentar, a veces de más, a los peces de mi hermano), los Betta morían de otra forma. Lo hacían con fogonazos de color y violentas sacudidas de cola.

En poco menos de una tarde, aquel pelotón tornasolado pasaba de ser una turbina brillante para terminar en una mancha de opacas virutas flotantes. Los machos, rojos y morados, y las hembras cobrizas y rojas a veces (sospecho que los de mi hermano eran splendens), picados entre sí, quedaban convertidos entonces en virutas sin brillo, una nube de algo que el buzo y su escafandra nunca llegaban a entender, un repertorio fúnebre puesto en remojo en el agua empozada.

Y sigo sin entender por qué me pierdo, por qué llego tarde, por qué si voy a un museo termino en las orillas de una playa color azul Waterman. Voy tarde y ya tengo Atocha en las narices. Voy tarde pero podría cogerme un tren ahora, el primero que salga en dirección al mar o las peceras, otra vez. Una mujer mayor me empuja, el jardín botánico parpadea y el sol me agrieta los labios sin piedad.

Quiero fumar pero tengo la boca demasiado seca para dar una calada o escupir un pez. Son casi las seis y media. Las fuentes brillan, salpican sus propias cuentas tornasol. Los hombrecitos verdes siguen parpadeando. Voy tarde. Voy tarde hacia ningún lugar. Voy tarde, dando rodeos a las fuentes, guisando mi caldo de pececitos, fechorías y monedas. Voy tarde, campaneando escamas en este vaso de cualquier cosa.

viernes, 21 de mayo de 2010

86 (en Barcelona)


Yo conté 86, pero debían ser muchas más. Los chuck andaban rojos, de su cuenta, haciendo piel contra las baldosas. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Bajo el agua, todas las columnas saben un poco a sal y uno llega a oler mar donde no hay siquiera espuma. Y si llevas los ojos puestos en los adoquines, llegas a cualquier sitio pensando que se trata de la plaza de la Virreina. Se te olvida, también, que las piedras salpican y que es tan fácil enamorarse de las farolas como a las chiquillas treparse a los cuellos de los colgados.

Y ya no sé si lo que piso son algas, guayabas –¿no os he dicho que me huele así esta ciudad?- o corazones que alguien barre a mis espaldas. Porque ciertas calles, como los corazones, no se caminan, se rastrillan locamente hasta hacer sangre en el cemento. He dicho que conté 86. Ochenta y seis columnas, catedrales, catalanes, vestidos, calesas, turistas, mujeres altas, hombres borrachos, camareros tatuados, fuentes inmunodeprimidas. Conté 86, pero debían ser muchas más. Muchas más serpientes, caracolas, bicicletas, sobres de azúcar, paquetes de tabaco, rieles de tren, guayabas, bailarinas, cervezas.

Ayer estuve en Barcelona. Conté el número de catalanes que hacen falta para dinamitar una catedral, la cantidad exacta de libros que hacen falta para derrumbar una estantería, los coches que despeinan una autovía en la madrugada, las estaciones que separan Poble-Sec del resto del mundo, el número de veces que un balón evita una portería y ya no sé qué más porque me apetece enumerar otras cosas. El cargador del móvil agita la oscuridad con una luz necia de aparatito. La miro insistir desde la cama. Llevo una cuenta absurda mientras mi corazón tartamudea estas cosas con la luz apagada.

Yo conté 86. Ochenta y seis columnas. Pero si en verdad eran ésas ¿Entonces por qué le llaman la Sala de las cien columnas a esa columnata del Parc Güel? Para llamarse así deberían ser muchas más. Muchas, muchas más. Miro alrededor. El móvil titila. Mi corazón tartarmudea. Las farolas se dejan querer, los colgados también. Los chuck siguen rojos, y de su cuenta. La ciudad sala parques y virreinas. Esto es lo que pasa si llevas los ojos pegados a los adoquines. Esto es lo que pasa.

Te da por pensar, de más.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Un bético en el vagón



¿Cuántas veces caminas, al mismo tiempo, a la izquierda y a la derecha? ¿Llevas la cuenta de las veces que te apetece gritar en los andenes? ¿Sonríes, a solas, cuando los torniquetes están demasiado borrachos? ¿Subes las escaleras mecánicas con ganas de reventar las marquesinas con los puños apretados? ¿Ves suicidas donde sólo hay lectores despistados que pisan la raya amarilla? ¿Te gusta jugar a los ciegos y avanzar con los ojos cerrados por los pasillos desiertos de los intercambiadores? ¿Te dejas despeinar por el viento absurdo que nadie sabe de dónde llega, si estamos bajo tierra? ¿Te quitas los auriculares para escuchar al hombre del acordeón, la mujer de la pista y el micrófono o el predicador que entra en el vagón y luego sacas la moneda que sale, disparada, como un mal trago? Desde hace unos meses, cojo el subterráneo más de lo normal. Lo hago para aturdirme. Para no pasar por alto que, bajo la tierra, todos medimos lo mismo. Además de llegar más rápido a todos sitios, cuando estoy aquí abajo suelo enviar postales y leer con más furia de la habitual. Leo los libros que llevo conmigo, y a la gente que rodea las sangrías de la página. Más a los segundos que a los primeros. Hoy, sin embargo, por más que quiero, no puedo alzar la mirada. Los ojos quisieran levantarse, pero no les doy permiso.

Estación Nuevos Ministerios. Nueve de la mañana. Me he levantado pensando en los pases de fútbol. Es la Dublinesca de Vila Matas. Si algo le agradezco al catalán es que me hable de fútbol en su culta y elaborada novela. Primero, porque tengo días sin leer a un autor que mencione el fútbol como algo normal –eso se echa de menos- y segundo, porque Samuel Riva sería muy árido si no driblara entre sueños y rascacielos. Y así voy, pensando en los pases, justamente en uno en concreto de Fernando Torres contra Alemania en la final de la Eurocopa pasada cuando levanto la vista y noto una mochila del Real Betis. Tras su descenso a segunda división el verano pasado, cuando casi linchan a Manuel Ruiz de Lopera, siento un callado y solidario cabreo con los béticos. Me fijo un poco mejor en el chico que lleva la mochila. Viste, por supuesto, de verdiblanco. Pero al llegar a su rostro, color blanco papel y con los ojos hundidos como canicas en una pálida masilla, desvío la mirada. Le acompaña su padre, un hombre de rostro arrugado, camisa a cuadros y unas manos gruesas que sostienen las, también pálidas -casi verdes- de su delgado hijo. Lleva en uno de sus dedos una delgada alianza dorada. Es un hombre que podría llevar toda la vida sin dormir. Y no me sorprendería que así fuese.

No sé qué hacer con mis ojos. Vuelvo a mirar la mochila del Real Betis. Lo del Real no fue en 1907, fue después. Se lo entregó Alfonzo XIII al club en 1914. Mis ojos trepan el tronco del chaval. Lleva una gorra, también del Betis, con la que esconde una breve y débil pelusa, los restos de lo que fue cabello alguna vez. Bajo la visera, se esconden unos ojos potentes, ojos de un azul revuelto. Vuelvo la mirada al libro. Ya no recuerdo qué dice Vila Matas. Ya no me acuerdo de los pases de fútbol. Ni de la campaña de 1997 del Betis, ni del Centenario, ni estoy segura de si fueron o no el primer equipo andaluz en clasificar en la Champions. Ahora sólo miro los zapatos del bético que viaja conmigo en dirección Alonso Martínez. Y sólo entonces advierto que el pantalón del chándal que lleva puesto es lo único que desentona con su bética combinación. Es una prenda demasiado médica, algo quirúrgica. El vagón se detiene, el padre que probablemente lleve toda la vida sin dormir se pone de pie y levanta a mi bético compañero de viaje, una delgada estampa que los viajeros sacuden con su paso, una silueta de papel cebolla que viaja junto a un hombre de piedra, arrugas y una alianza dorada en el anular. Las puertas se cierran. El vagón se pone en marcha. Yo les veo alejarse. Las manos me escuecen, como si tuviesen cosas por decir. Me bajo en Alonso Martínez. Subo andando las escaleras. Cierro el puño. Pero esta vez no puedo. Hay demasiada gente y además, lo que en verdad hubiese querido no es golpear la marquesina sino acariciar la mejilla de mi bético compañero de vagón. Y sólo entonces me doy cuenta que soy incapaz de suponer una edad. ¿Quince, veinte? Y no sé si la enfermedad envejece o simplemente aparta de la vida. No lo sé.

Desde hace unos meses, cojo el subterráneo más de lo normal. Lo hago para aturdirme. Para no pasar por alto que, bajo la tierra, todos medimos lo mismo. Exactamente lo mismo.

martes, 11 de mayo de 2010

Los pases, como las críticas y los golpes…


Lo intenté el verano pasado, pero tuve que dejarlo a causa de una grave lesión en el sentido del ridículo. Fueron semanas de baja leyendo Futbol against the enemy, de Simon Kuper. Hice lo posible por aprender recibir pases e intentar hacerlos. Que estuviesen bien hechos no estaba en mi lista de buenas -pero novatas e inexpertas- intenciones. Pero me encontré con el primer problema. Los pases, como las críticas, los besos o los golpes, resultan mucho más complicados de recibir que dar.

Puestos con la adrenalina, el noséqué del ya-ya-espera-a-ver, apuntar y disparar resulta un arrebato, un acto de locura, una desafinada desinhibición de la que podemos no ser conscientes. Uno va, ejecuta su mamarracho a solas y tan tranquilo. Pero no sentirse torpe, sonrojado o imbécil intentando controlar un balón que se escurre veloz mientras te repites “no lo dejes pasar, no lo dejes pasar, no lo dejes pasar” es casi tan difícil como mantenerse de una pieza cuando alguien -o algo está- a punto de cortarte en pedacitos con una mirada –o porqué no, una sonrisa- demoledora. He allí el primer punto: sobreponerse al efecto pendular de un pase. La pelota, en ese instante un cuerpo en movimiento, proviene de alguien que lo envía.

Figurémonos indefensos ante ese cuerpo esférico y escurridizo. Y te repites: “controla con la cara interna del pie, controla con la cara interna del pie”. Concéntrate, mujercita. Ajá, vale. Muy lento, muy lento. Y uno sintiéndose aún más idiota. Primero vencer la propia torpeza practicando el tiro contra la pared, venga. Y una vez superada la vergüenza del frontón, entonces venga el pase con el mártir que se inmola enseñándote. Y entonces venga la derrota del beso, el insulto o el puñetazo. Te desmoronas con el pedazo de cuero que los fines de semana te arranca gritos y que ahí, tendido en el césped, te fulmina con sus botes inconstantes.

Quince minutos. No es que no recibas un pase, ¡es que los desvías! De ser un defensa, probablemente se lo colocarías al media punta en bandeja. Y de ser el media punta, probablemente te enredarías con ella y terminarías por comerte el césped, con todo y esférico. (Este es el lugar para los chistes machistas acerca del cerebro de las mujeres, la incapacidad para el fútbol, y esas chorradas que dan audiencia). Y se supone que quien recibe un pase alivia la carga del que lo administra, y debe de hacerlo en espacios relativamente pequeños (no siempre,es cierto), pero sí rodeado de defensas que marcan como pirañas o, en su defecto siendo la piraña que arrebata el cebo al tiburón.

Del Bosque tiene montada una capilla de 30 apóstoles, es decir, la oncena por dos, más dos de repuesto. La liga está por acabarse (yo ya estoy pensando en la pretemporada). La Europa League está lista (tengo muy claro que no me apetece ir a Neptuno). La Champions League espera el 22 entre bostezos y desilusiones, y yo, miserable hooligan, me siento a repasar el apresto futbolero del que llevo reprobadas bastantes lecciones en el campo. Creo que nunca podré tener el gusto de entender el fútbol como lo hacen quienes saben y pueden jugarlo. Tendré que estar confinada al marginal gusto del comedor de pipas y fumador de puros. ¿Me tocará releer a Kuper de nuevo?

Nooooooooooooooooooo. Creo que mañana me compraré un balón nuevo.

sábado, 8 de mayo de 2010

Cómo sobreponerse al abandono (de un Iphone)


"Los amigos del barrio pueden desaparecer, los cantores de radio pueden desaparecer,
los que están en los diarios pueden desaparecer, la persona que amas puede desaparecer. Los que están en el aire pueden desaparecer. No estoy tranquilo mi amor,
hoy es sábado a la noche, un amigo está en cana.
Oh, mi amor, desaparece el mundo . Si los pesados, mi amor, llevan todo ese montón de equipajes en la mano, oh, mi amor, yo quiero estar liviano. Cuando el mundo tira para abajo yo no quiero estar atado a nada, imaginen a los dinosaurios en la cama".
Charly García. Los Dinosaurios.

Se suponía que aquello sería como la creación del mundo; no mayor de siete días. Pero al ver que llegaba el décimo sin una costilla, un día de descanso ni una mísera llamada de Seur, me mosqueé y llamé al 1004. Primero fue la musiquilla de Avril Lavigne. Luego las interminables opciones de voz que no atinan con una sola de mis verdaderas y pedestres dudas. Y yo, como una imbécil, pegando la boca del móvil y repitiendo, en lenguaje toro-sentado: “Telefonía móvil”, “Contrato”, “Otras-consultas”, “Hablar –con–operador”.

“Hola, le habla Valentina Rosales, ¿en qué puedo ayudarle?”. Es la cuarta, quinta, sexta, o séptima operadora de Movistar a la que me toca relatar la exagerada historia del teléfono Iphone 3G de ocho GB que se fue a comprar tabaco y no volvió. “Hola Valentina”. Llamo porque hace tantos días extravié mi Iphone. Y entonces… Departamento de Robos. Tramité. Pedido… Y entonces. Esperaba la entrega…hace ocho días. Espere un momento Sra. Sainz. Avril Lavigne de nuevo.

“Sra. Sainz, disculpe la espera ¿Cuál es la dirección del envío?” Doy las señas, rápidamente, esperando que, por tratarse de un escritor, el hombre y su circunstancia, etcétera, le resultaría fácil pillar el nombre. Pues no. Y no es que a Valentina Rosales le pida yo grandes cosas, porque hombre, hay que ser tolerante, que últimamente ando yo muy histérica, así que enciendo un cigarro y a esperar… Deletreo, feliz y pacientemente, como quien se mete un chute, la calle del nuevo domicilio en el que vivo. O de oso… r de ratón… t de Teresa.

“Ah, perdone, en el sistema aparece otra dirección”, dice mi empalagosa operadora con su acento de Riohacha. “Sí, se los dije la primera vez que hice el pedido, hace 10 días”. Y mi dulce operadora, amable y robótica con su urbanidad memorizada, me hizo saber lo ocurrido. Esos tropiezos del sentido común que ocurren en los ministerios soviéticos y las grandes corporaciones. A pesar de que me tocó deletrear a los cinco o seis operadores previos la nueva dirección, porque, señores, cambié de domicilio, el nuevo Iphone fue enviado a la antigua dirección en la que nadie abriría la puerta. O eso supuse. O supongo. O yo qué sé. En menos de nueve meses, he hecho maletas tres veces. Esto de ser Ulises por gusto ya no me hace gracia.

“Tiene usted que volver a tramitar el pedido de nuevo, pero no puede hacerlo por Atención Al cliente sino por el departamento de robos”. Ah, claro. Sonrío idiotamente, con el cigarrillo entre los dedos. Me creo tan bien mi papel de individuo en una larga cola, que hasta lo interpreto más allá de la voz. Le agradezco su ayuda, me dejo camelar para comprar un servicio de navegación, cuelgo y comienzo el proceso. Otra vez. El contador vuelve a cero. El génesis se pone en marcha. “En máximo ocho días recibirá en su domicilio el Iphone 3G de ocho GB”. Todo será como la creación. Otra vez. Y entonces Dios creará el mundo. Pedirá un Iphone.

En lo que va de tiempo desde que mi antiguo móvil desapareció de la mesa del Pepe Botella, he perdido verdaderas joyas que antes habrían quedado guardadas en la discreta cámara del necio aparatito que ahora echo de menos. Una pegatina de una tienda llamada Minimalasaña que alguien pegó –quien sabe porqué- en el barrio de Salamanca, un tupido brote de Margaritas al sol, una curiosa declaración de propósitos en los baños públicos de un bar donde el whisky costaba 4 euros – cito: "que le den por culo al Chill out"- , una edición de Rayuela de la Biblioteca BuenaVista en la que alguien arrancó el Capítulo 7 (Toco tu boca…) . De estar armada con mi espada multimedia, probablemente me habrían parecido trozos de mierda esparcidos por ahí, pero ahora me parecían codiciables, archivables, susceptibles de ser documentos.

Hace unos días, Yoani Sánchez escribió en su blog Generación Y acerca de la visita de Rosa Díez a su casa, en Cuba. La bloggera y periodista se detuvo en un detalle, uno solo. El Iphone de la líder de UPyD. Sus razones, debo decirlo, eran legítimas e hicieron sentir que las mías eran berrinches, obcecaciones, glotonerías, manías. Decía Yoani: “A nosotros, que durante toda la Academia Blogger trabajamos sobre un servidor local que simulaba la Web, nos fue posible -de pronto- sentir los kilobytes correr por la palma de la mano. Tuve el tirante deseo de salir corriendo con el móvil de Rosa Díez, de parapetarme en mi cuarto mientras navegaba por todos esos sitios bloqueados en las redes nacionales. Por un segundo, deseé quedármelo para entrar a mi propio blog que aún sigue censurado en los hoteles y en los cibercafés. Se lo devolví desconsolada, lo confieso”. Releo la frase ahora que la copio, y una pátina de gilipollez me hace más rubia y más tonta. Y más rubia, y más tonta.

En, máximo, ocho días, dijeron los de Telefónica. Vale, habrá Iphone. El abandono de un teléfono para no telefónicos se habrá mitigado. Estaré menos compulsiva, tal vez. Si esta vez llega, ¿qué haré? ¿Fotografiaré la punta sucia de mis zapatos cuando me baje, el próximo domingo, en la estación de Sants? ¿Capturaré el mar gris en el Port Olimpic? ¿Haré un retrato de Curro, el perro antibiótico? ¿Es para semejante estupidez que armo este revuelo?

Cuando llegue, si llega, mejor desvío el paquete. Estoy segura de que a Yoani le será más útil, mucho más. Quizás así, de un corrientazo, conjure los silencios de la palma de su mano. Quizás así, espante para siempre el abandono de su isla. Quizás así me cargue por un rato el desconsuelo de Yoani… y con el suyo, acaso… ¿el mío?