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lunes, 12 de abril de 2010

Que 'Derridá' nos perdone, ¿dijiste Mississipi?



En el número 26 de la calle Espíritu Santo, un vaso de café se hace infinitamente pequeño mientras el veneno de una serpiente cascabel riega las venas de Jim, el esclavo de la viuda Douglas. Aún pueden verse los dos agujeros que la víbora dejó sobre su piel. El negro se retuerce, pega los labios a la mordedura, sorbe con fuerza de su tobillo y luego escupe.

Huckleberry se siente culpable. Es culpable. Por eso arroja los cadáveres de las dos serpientes fuera de la cueva y lamenta su idiotez, esperando a que Jim jamás lo note.Dándoselas de listo, Huckleberry Finn, el hijo del borracho del pueblo, escondió entre las mantas de Jim el cadáver de otra víbora, con la intención de asustarle mientras dormía. Pero Finn olvidó que “siempre que mata uno a una serpiente aparece su compañera, que se le enrosca encima”.

En la barra de El Rincón, los perros andan por su cuenta. Un bulldog francés y una especie de pastor alemán venido a menos entran y salen sin que nadie les moleste. Sus dueños toman el aperitivo. No fumen porros en la terraza, o algo así, dice un cartel que guinda de un clavo en una de las paredes que da hacia la calle. Pido otro café. Enciendo otro cigarrillo. Me repongo del veneno que tiene a Jim cuatro días tumbado con fiebre y escapo con Huck de la Isla De Jackson. Hoy es domingo, el reloj marca la una de la tarde y navego el Mississipi. En realidad lo hago desde hace 3 días.

Se supone que debí de leerlo hace tiempo ya, pero nunca me interesé por Las aventuras de Tom Sawyer, mucho menos por las de Huckleberry Finn. Veinte años más tarde, llegué a ellos gracias a un curioso puntapié en el que algo tuvo que ver Saúl Trífero. Una chica con flequillo de heroína manga me sirve una café en un servicio para jugar a la casa de muñecas –la taza es más pequeña que la anterior-. Miro el vaso de vidrio con su plato blanco y su trocito de bizcocho a manera de tapa, levanto la vista hacia una botella vacía de absenta y vuelvo a concentrarme en remover el azúcar del café miniatura.

Hace unos días, de pesca en la biblioteca (ya, lo admito, buscaba a Fante)me topé con Inocentes en el extranjero, un libro escrito en 1869 por Mark Twain. Muy anterior a sus clásicos, Inocentes en el extranjero refleja a Twain como al joven periodista criado en Missouri, un chico ansioso por ver el mundo, que decide embarcarse en un viaje por Europa y Tierra Santa. Es justamente ese mismo joven sureño quien, a partir de ese viaje, escribe un volumen de crónicas sin adornos ni poses.

En él, habla un hombre que se aburre en los museos, se enfada en los hoteles, se ríe de la grandeza de Europa, se conmueve ante un paisaje y se admira ante lo hermoso y lo desconocido. A fin de cuentas, alguien que ha sido periodista, escritor, humorista, ilustrador, ayudante de imprenta, piloto de un barco de vapor, soldado durante la guerra de Secesión, tipógrafo y buscador de plata, fue capaz, años después, de adelantarse en Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Huckleberry Finn (1885) a las “road movies” que a todos nos parecerían únicas dos siglos después –se me ocurren, aunque mucho menos bucólicas, Natural Born Killers, Lost Highway, Paris, Texas o, para ser más coherente, Thelma y Louise o Little Miss Sunshine- tan sólo a partir de los peligros -un repertorio interminable, casi acrobático- que deben enfrentar estos chicos del Sur .

Nacido en Florida, los padres de Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens era su verdadero nombre) emigraron a un puerto en el río Mississipi, Hanibel, que sirvió de inspiración para el pueblo ficticio de San Petersburgo, el escenario de Las aventuras de Tom Sawyer y, claro está, para Las aventuras de Huckleberry Finn. En esa época, cerca de 1840, Missouri era un estado esclavista, un tema contra el que Twain se pronunció y que pasó a formar un lugar importante en sus novelas, aunque ningún elemento sería tan fuerte y magnético como el río Mississipi, vapor principal de sus historias, especialmente en Las aventuras de Huckleberry Finn.

Todo en sus páginas ocurre a lo largo de los 2.000 kilómetros del Mississipi, en cuyo cauce Jim y Huck navegan. El río no sólo está allí, sino que interviene, redentor o amenazante. El río no es sólo un personaje, sino elemento creador. Su autoridad es mayor. El río existe por encima del héroe, el villano o el narrador, comportándose a veces como escritor de la historia que Jim y Huck enfrentan.

Su curso modifica las aventuras de un esclavo fugitivo y un chico blanco que huye de su padre borracho y que muchas veces se enfrenta a su propia conciencia (no puede dejar a Jim solo, pero sabe perfectamente que ayudar a un negro fugitivo es un delito). Resulta curioso que sea un río, donde el agua se supone que es la misma y a la vez otra, donde discurra la simple -y peligrosa-vida de estos chicos. Es allí el lugar de las corrientes y las contradicciones.

El Mississipi es el gran escenario. En sus aguas viajan cadáveres, ramas, mensajes, silencios, canoas o botes. Es una memoria, un vertedero en el que nada desaparece. En él se ven y son vistos quienes huyen y quienes quieren ser encontrados. En Los salvajes secos, T.S Elliot se refiere al río, de la siguiente forma:

“… creo que el río
es un vigoroso dios pardo (…)
Casi olvidado
Por los que viven en las ciudades, pero implacable.
Ateniéndose a sus temporadas y sus iras, destructor,
Recordador
De lo que los hombres optan por olvidar…”

No sé cuándo me he bebido el café, o si me lo he bebido (era tan pequeño). Avanzo con Huckleberry río abajo. Hace cuatro o cinco días desde que simuló su propia muerte para poder escapar de su padre. La misma cantidad de tiempo desde que Jim escapó para evitar que la viuda Douglas lo vendiera por 800 dólares. En San Petesburgo piensan que ambas cosas resultan demasiado sospechosas. El esclavo, no queda de otra, ha matado a Huck. O de eso se entera él en sus pesquisas. No puedo creer lo que estoy leyendo. Huck se ha disfrazado de niña y ha viajado al pueblo para enterarse. En esas estoy cuando algo me interrumpe en mitad de la página 105.

-Perdona, ¿qué estás leyendo?-. Al levantar la cabeza me topo con una dominical y aseada sonrisa, una sonrisa muy esmerada en ser, parecer y ejercer de sonrisa dominical. No conozco al portador de la sonrisa con vocación de sonrisa. Debe ser habitante de este barrio en el que soy sólo una invasora de cafeterías y plazas, este barrio en el que todo luce acicaladamente descuidado y todo lleva una firma, un tag. El individuo viste unas converse, una chupa de pana, está cuidadosamente despeinado y lleva el diario El País abierto en la sección Cultura.
-Las aventuras de Huckleberry Finn-respondo.
-Oh-. Su cara de asco fue inminente. Lo que se suponía una sonrisa se transformó en una arcada suavemente reprimida, un gesto de repulsión. No sé qué estaría esperando por respuesta, pero evidentemente, Mark Twain le resultó, por decir lo menos, pestilente.
-¿Y de dónde eres? -dijo, haciendo tiempo para salir huyendo.
-¿Yo? Soy de Venezuela.
-Ahhh, ya. Pensé que eras de Puerto Rico, digo… por tu acento. Es decir, por tu pronunciación de las palabras en inglés.- No supe si eso se trababa de un escupitajo, o no, pero volví la mirada al libro. Del individuo no supe más nada, supongo que estaría remodelando su sonrisa frente algún espejo o liando un porro en la terraza.

Sospecho que en los lugares donde los lectores se aficionan demasiado a las palabras deconstrucción, paródico, post-industrial, ecléctico, underground o suburbano, las tazas de cafés pequeñas y las camisetas con mensajes progres, este tipo de cosas suelen ocurrir más de lo que uno imagina, digo, esto de ponerle cara de asco al que se considera el equivalente de Charles Dickens al otro lado del Atlántico o a lo que algunos consideran el origen de la narrativa moderna nortemaericana porque parece literatura para niños.

Quizás 'Derridá' (pronunciado así, con acento al final, por favor) y Lyotard no rimen con Mississipi, o Tom Sawyer no quede bien entre las lecturas de un funcionario que hace turismo sexual en Plataforma, de Houellebecq. A mí eso me trae sin cuidado.