Mostrando entradas con la etiqueta Fiebre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fiebre. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de enero de 2011

Antibióticos, por favor


Veintidós de diciembre, tres de la mañana. Cruzaba con mi padre el Puente de Triana, en Sevilla, cuando vi en una de sus barandas un candado inscrito con el nombre de una pareja y una fecha. Vane y Mario. Septiembre 2009. Me acerqué. El objeto en cuestión estaba cerrado a cal y canto.

El asunto respiraba un tufillo carcelario, un no sé qué, una cursilería que habría quedado en óxido y mal gusto de no ser porque, a medida que avanzaba, comencé a notar que Vane y Mario se convirtieron en Pilar y Curro; Paco y Mary; Concha y Chema. Se trataba de un brote de amor… o celopatía. Los nombres estaban escritos, algunos, con rotuladores. Otros se habían tomado el trabajo –y la alevosía- de grabarlos.

A medida que mi padre y yo dábamos cuenta del paseo, comenzamos a notar cómo el puente padecía una especie de salpullido. A un candado se unían dos, a veces tres. A uno alguien encadenaba otro más pequeño, entonces uno ya no sabía si lo que veía era un hijo fruto del tiempo -es decir, que la pareja había vuelto para adosar al vástago con aquella coqueta ofrenda de ferretería-, o si se trataba más bien de una orgía cívica en la que cada quien busca su sitio como puede. “¿Raro no?”. Sí raro.

Dejé pasar los días preguntándome qué fiebre era ésa, de dónde provenía aquel contagio, aquella manía por dejarlo todo tan bien atado. Mientras, abajo, un río corre libre hacia cualquier lado, la gente se empeña en atarse a un monumento asegurándose no sé yo qué tipo de rara posteridad.
De ser todo esto cierto, la gente estaría entendiendo el afecto como una inevitable y contagiosa cerradura (encadenarse en la intemperie, y más aún frente a un Castillo que fue de la inquisición), una invitación a la custodia mutua o la policial costumbre de encerrarse con llave.

Volví a pasar a los dos días, con el firme propósito de quitarle hierro al asunto. Me fumé un par de cigarrillos, para tomarme con calma aquella chatarrería. Para mirarla como se miran esos gestos que suelen ocurrir en las ciudades… los insultos de los lavabos, las inscripciones en los bancos de los parques, los grafitis en los vagones de los metros. Pero no. No conseguí aflojar la cuerda.

Para resolver el origen del brote, busqué en Google… La respuesta no tardó más de un segundo en aparecer. Y la fiebre obtuvo pronta explicación. Federico Moccia tenía que ser. No seré yo quien rocíe de gasolina el nombre de este buen hombre. No seré yo quien juzgue sus libros de empalagosos y oportunistas títulos. Que lo haga, por favor, gente más culta y preparada.

El asunto en cuestión –el de los candados en el puente- se puso de moda a raíz de una escena del libro Ho voglia di te ('Tengo ganas de ti', Ed. Planeta), escrito por el señor Moccia. En él, una pareja se jura amor en el Puente Milvio de Roma, donde coloca un candado y tira luego las llaves al río.

La imagen literaria se esparció cual estornudo, especialmente entre lectores adolescentes, que –supongo- dejarían los vampiros y correrían a las ferreterías y los Leroy Merlin para repetir el performance de los enamorados de Moccia.

Fumo con ansiedad, consciente de que mañana ya no me dejarán hacerlo en ningún local público. Fumo mientras pienso en estos tiernos arrebatos. Hubo ingenuidades entrañables, el prohibido prohibir entre ellas. Y me parto la cabeza preguntándome qué fascinación encuentra la gente en atar al ser querido, como si de una oveja se tratara, a una cerradura. ¿Quién sabe?

No lo entiendo. Ha de ser el mono anticipado. Que mañana ya no me dejarán fumar en el bar. Que no podré pensar estas cosas mientras arrojo humo cual chimenea. Que me pondrán otra regla que no pedí. Que las fiebres son muchas y no llevan lógica. Que los afiebrados ya no sueñan. Que en la televisión hay demasiados programas de bricolaje. Que la gente teme a las turbulencias y quiere saberse quieta, inmóvil, para quererse… ¿mejor?