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domingo, 3 de agosto de 2014

Barbitúricos ciudadanos

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Una maleta nunca es la misma. Cobra una nueva existencia en cada equipaje; vive de lo que alguien aprisiona en sus correas. Late, pesada, con el pulso de su carga. Puede vérseles tropezar en sus coreografías, como barrigas de peces que caen sobre los terminales de los aeropuertos. Todo lo que ellas contienen es frágil. Son eso: equipaje, el sobrepeso de las buenas intenciones. 
A su alrededor, pasan los viajeros, inspeccionan en ellas un distintivo: la marca prolija con la hora y el destino del vuelo, o la simple etiqueta aeroportuaria. Las miran bien, las protegen. Luego las dejan ir, no sin antes pasar lista a la combinación: esa despedida implícita de sus cerrojos. 
Una maleta nunca es la misma; son ese vuelo a punto de partir, ese montón de ganas envueltas en papel plástico. En eso pensaba mientras me vestía con el chaleco fluorescente de los que tienen algo que declarar. Llevaba conmigo toda la furia del mundo, la fiebre más roja de todas. Pero mis párpados son más fanfarrones que mi voluntad. Dejé mi pasaporte en el mostrador. Bajé a la pista. Obedecí.
Allí estaba, de pie, frente a mi ultrajada ballena, viendo cómo un funcionario de la Guardia Nacional venezolana se daba el último gusto –al menos conmigo-. Levantaba los cerrojos con fruición. Tac, tac. El funcionario me apuntaba con su verde uniforme, con su cartelera de medallas en el pecho; el arma en el cinto y el país desangrado en sus cartucheras. Pero de qué vale maldecir, ¿de qué vale?, pensé. El distinguido auscultaba, husmeaba sólo como suele hacerlo la autoridad cuando está muy ocupada, precisamente, en ser La Autoridad. “¿Por qué tantos libros?”, increpó. Quise decirle que llevaba toda la coca del mundo en esas páginas. Pero soy cobarde. Obedezco fácilmente. 
Me contuve, miré mis cosas revueltas: libros, cajas de cigarrillos, suéteres que no sirven para el frío, objetos inútiles, lugares portátiles. En medio de la pista del aeropuerto Internacional Simón Bolívar vi desfilar mi vida, las escasas pertenencias que habrían de atravesar el Atlántico conmigo. Sentí, de pronto, estar frente al vientre abierto de una ballena que se deja tocar las vísceras. Sentí pudor, quise cubrirla y cubrirme. Y aunque quise muchas cosas, no hice ninguna. Y aunque desee patear a los perros antidroga, escupir al distinguido, arrebatarle de sus manos mis sujetadores y camisas. Aunque quise, no lo hice. No le pedí ni una sola explicación. No alcé mi dedo. No le pregunté cuántas balas suyas llevan nuestro nombre escrito. No le pregunté nada. No quise refugiarme en la solidaridad de los civiles; todos a mi alrededor actuaban igual. Todos éramos minoría. Monté un pie en la baranda de seguridad, sólo por darle a mi postura algo de rebeldía. El resto fue sólo obediencia.
Una maleta nunca es la misma, su pasajero tampoco. Compartimos una indefensión de pescadería. Alguien nos descuartiza, nos abre en dos, nos jurunga, nos ultraja. El día que tomé mi primer avión a Madrid, entendí de qué están hechas ciertas despedidas. La mía fue eso: aquel puñado de mierda y vísceras; aquel litoral acabado; ese país insolvente al que no pude devolverle si quiera una lágrima.
-¿Pollo o carne?
-Pescado, por favor- le respondí a la azafata.
 (*) Este texto lo escribí hace ya casi ocho años. Va por ustedes, por nosotros. 
(*) La imagen es de 2006. El cadete completaba un Cadáver exquisito. En una 'vaina' que inventamos, cosas de ésas, que se podían hacer. Si yo 'hecho'/'echo' (añorar es construir) de menos un país, es ése. Y por ése apuesto. Por ése ansío (ya, ya sé... que la RAE no deja acentuar el pronombre demostrativo, pero 'me la suda'). Por ése añoro; como hoy... y casi todos los días. 

miércoles, 11 de junio de 2014

Desangrarse en un charco de jugo de guayaba

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Me toqué el entrecejo, varias veces. Sabía que esa noche tampoco dormiría, como la anterior a esa; y la anterior a la anterior. Durante el insomnio todo es impar. Y a mí los nones no me gustan. Sólo lo que puedo dividir sin decimales me tranquiliza.
De aquella noche –pensé- solo podría extraer un jugo cansado, amargo como lucen los días en los vagones de metro. Me fui a la cama, arrastrando consonantes y frotándome el entrecejo, como si intentara borrar algo claveteado con fuerza. Casi con la angustia con la que de pequeña rascaba mi frente los miércoles de ceniza.
Pero dormí. Sí, ocurrió. Soñé con mi ciudad, Caracas. Recorría tiendas vacías en un centro comercial con vitrinas relucientes.  Creo que buscaba a mi hermana, a quien imaginaba visitando establecimientos para comprar algo –en la vida real no se consigue casi nada-.
En mi raro paseo, un hombre con un revólver escondido en su bolsillo me vigilaba. Yo sabía que llevaba uno –sí, pensé como se piensa en los sueños, con esa certeza de tragedia griega-. Pero no me importó. Yo sólo quería encontrar a mi hermana.
El hombre con el revólver se acercó a mí. Era grueso, casi fofo. Su sobrepeso remarcaba todavía más la empuñadura del arma, que –ahora sí- sobresalía del bolsillo. Apenas me miró. Entonces sacó su pistola. 
Era un oscuro revolver de tambor – un 38, un arma de policía-. Y entonces lo hizo. Me descerrajó  un tiro en la frente. “Toma, catira, un disparo”, dijo justo antes de apretar el gatillo. En mi ciudad, a las rubias les llaman catiras.
No recuerdo si caí al suelo. Sé que tenía miedo. Sabía que, de no sobrevivir, no encontraría a mi hermana. Si simulo mi muerte, quizá viva; razoné. Y ahí me quedé, en los pasillos de un centro comercial, mientras un pulposo jugo manaba de mi frente.
La hemorragia no era roja. No olía a metal. No tenía la gravedad de los crímenes ni las desgracias. De mi frente no salía sangre sino jugo de guayaba, la fruta más dulce y agusanada que un niño haya probado jamás.  Aquella, siempre aporreada en los abastos, con la que mi abuela componía un azucarado brebaje que yo bebía a morro –y a escondidas- asomada a la nevera.También hacía con ellas un potente dulce, de melao rosa, que mi madre guardaba como un bien valioso. Lo era.
En el sueño el adormecimiento sobrevenía. Ocurría con la sensación placentera que tienen las ráfagas de calor en las ciudades con valle. Porque si algo recuerdo de las guayabas era aquella propiedad de darse contra el suelo como ninguna otra fruta. Con un golpe pocho y sordo; empalagoso, como el sonido que producen las cosas maduras al estrellarse contra un patio de cemento. Así han de sonar los corazones cuando no laten.
No recuerdo si viví o no. Sólo sé que me levanté acariciándome el entrecejo claveteado por el disparo que me propinó en sueños un hombre obeso. Me levanté de la cama, deletreando, de a poco, la palabra catira… un sustantivo artificioso, que nombra a las que nos teñimos el cabello y escondemos las cosas a gritos.