domingo, 1 de septiembre de 2013
#CapítuloTres
"La escritura, creo a veces, es un acto de recuperación y demolición simultáneos. Mientras el escritor pone en marcha un universo, otro autónomo, se desata. Piense en una manada de caballos o mejor, piense en un carro tirado por tres caballos. Imagine que cada uno tira en una dirección contraria. ¿Avanzaría esa carroza? No, ¿verdad? Pues creo, a veces, que las palabras se desbocan. Echan a correr, mientras quien escribe intenta domarlas, para que vayan en ésta o aquella dirección"
miércoles, 17 de julio de 2013
Verano
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Hay cosas que sólo ocurren en verano: las mesas de manteles
limpios y platos relucientes; las cervezas frías que se beben de dos en dos;
los aviones que llegan a mediodía y la dulce resaca de las aceitunas a
deshoras. También los regalos que
salen a la luz después de meses en el armario, las ceremonias del equipaje
deshecho y la idea momentánea, pero suficiente, de que sí, en efecto, estamos juntos de nuevo.
En el salón de casa hace un calor compacto que las aspas del
ventilador apenas logran remover. Saco de una bolsa Escenas de una vida de infancia, de Coetzee, el autor favorito de
mi hermana. Extiendo sobre la
mesa un pliego de papel rojo y corto cinco trozos pequeños de cinta adhesiva.
Antes de envolverlo, abro el libro. Leo la primera página: título, editorial,
autor y traductores, que en este
caso son tres.
Uno de ellos es Juan Bonilla, el que considero, desde hace
meses, mi mayor hallazgo literario, un especie de aliado en la perezosa
vocación de mi propia escritura. Coincidencia feliz, papel de envolver rojo. Y
comienza entonces la papiroflexia, la lenta ceremonia de envolver un libro que
alguien más leerá, un evento pasado de moda que proporciona tanta alegría como
lamer estampillas o cerrar sobres después de humedecer el pegamento con la
lengua.
Me cuesta un poco terminar la tarea. Que el papel luzca
liso, prieto, perfecto. Que el libro parezca una mano enguantada o una cintura
pequeña en un vestido deslumbrante. El calor aprieta y el cigarrillo que olvido
fumar ya es tan sólo una barra de
cenizas en un recipiente sin colillas.
Insisto: hay cosas que sólo ocurren en verano. O quizás sea
el verano el que viene con las cosas que ocurren. No lo sé, mañana, a las once, llega el vuelo. El regalo de mi hermana ya está envuelto.
domingo, 5 de mayo de 2013
No son los zombies, soy yo
Debo hacer enormes esfuerzos para evitar la televisión. No
siempre, claro. Me ocurre cuando me siento sola: al terminar de leer un libro o
cuando lucho con la página en blanco del eterno capítulo siete de una novela a
la que aún no puedo hincarle el diente. Me ocurre cuando me pillo por banda.
Cuando miro el techo durante más de un minuto o mientras me ducho sin ganas.
Pasa también cuando estoy cansada –cada vez más-. Entonces
me derribo sobre el sofá con la misma fuerza con la que, en la calle, patearía
un perro o iniciaría una pelea. La televisión me anestesia, me produce una hemorragia que me vacía
de a poco. Y cuando la veo me quedo así: seca, en paz.
Tendría sus ventajas la televisión de no ser porque, a la
vez que me seda, me derriba. Todo frente a ella me ocurre sin efecto. Me dejo
llevar por los informativos –esa idea de que la vida le ocurre a otros- y los
capítulos de la serie Walking dead,
en donde un grupo de supervivientes mata monstruos como moscas –me gusta verlos
golpear, atravesar, desangrar; me relaja- a la vez que libra una lucha contraotros vivos.
En su versión del Apocalipsis de San Juan, que publicó el
año pasado con Península, Vicente Verdú se pregunta por la popularidad de los
zombies. Dice el escritor que nos hemos convertido en una sociedad muerta en
vida, llena de heridas sanguinolentas, que arrastra los pies en la noche de los
tiempos. Me quedo con esas palabras: la-noche-de-los-tiempos.
Como hace dos o tres años lo hicieran los vampiros, hoy nos
inundan mareas de individuos verdosos. Seres sin voluntad ni pensamiento que se
arrastran por ahí con una sola intención: comerse a un vivo. Son fáciles de
matar uno a uno pero en multitud son letales.
Cuando amanezco bien del corazón, es decir, sin ganas de dar
empujones a quien me obstruye el paso o de retorcerle la oreja al niño que
chilla en el metro, camino por la calle con algo parecido a la extrañeza. Y me
parece que quienes me rodean son caminantes, zombies lentos y numerosos de los
que yo también formo parte. Algo parecido a la resignación se empoza en mi
estado de ánimo.
Entonces llego a casa y pierdo otra batalla. Descubro lo que
a veces sospecho por la calle: que mis sueños son brutales y mis fantasías (vistas
con el rabo del ojo de la sinceridad) preocupantes. Sólo ahí, tranquilita
viendo mis zombies, noto que cuando oigo una palabra deseo su opuesto:
justicia, venganza; reconciliación, revancha; igualdad, reajuste; libertad,
desenfreno.
Mientras veo el Telediario –insisto: la vida que le ocurre a
otros-, me descubro de a poco levantando el labio, enseñando el colmillo. Vuelven
a mi mente las palabras: la-noche-de-los-tiempos. Estoy lejos, a kilómetros de
distancia de un salón enorme donde gente vestida con banderas golpea a otras.
Entonces ocurre. Otra vez el reverso de las palabras; esas ganas de golpear y
empujar. El muerto viviente que llevo dentro o el superviviente que aprende a
matar para seguir con vida.
Soy hija de gente mucho más valiente que yo. Y me doy
cuenta, así, cuando me veo desde fuera: arrastrando mis pies, gruñendo en
secreto, anhelando que la vida fuese un video juego en el que pudiese
cargármelos a todos. Me pellizco. Intento, como sea, volver en mí. Pero ahí
sigue la tele, apagada, demandante, pidiéndome otra vez la hemorragia que me
deja quieta.
La-noche-de-los-tiempos. El país de los muertos vivientes.
Gente que mata gente. Vivos que reinan sobre otros. Lo veo. Aparece en mis
sueños. Envuelvo a mi familia en una servilleta. La protejo en un bolso
imaginario que va conmigo a todas partes. Cruzo la calle. Estoy a salvo,
pienso. ¿Pero de qué?
Últimamente debo hacer enormes esfuerzos para no ver la
televisión. Para que la vida no sea lo que ocurre a otros. Para que esto negro
–muy negro- que se me trepa por la garganta no sea lo que sospecho. Que no sea,
por Dios, lo que creo que es.
Ya lo he dicho, veo zombies. Pero no son ellos, soy yo,
quedándome dormida, de a poquito, en la-noche-de-los-tiempos.
sábado, 9 de marzo de 2013
Caballo negro
Era negro y estaba ensillado. Lo miré desde el suelo, derribada tras una
larga lucha. El pelo del caballo era brillante: carbón aceitado, reluciente bajo
un sol de media tarde. Una silla repujada con adornos de cuero trenzado se
sostenía gracias a la cincha apretada sobre el vientre oscuro. Intenté ponerme
de pie para mirarlo de cerca, pero apenas y pude levantarme. Me quedé tumbada sobre la tierra seca, incapaz de
moverme. Nubes de polvo amarillo se levantaban con el viento alrededor del corcel negro, todavía impasible.
No hacía frío y sin embargo lo recuerdo así. El dolor entero
del cuerpo, la falta de fuerza en los brazos, las piernas muertas. Alguien a quien tuve que hacer frente había pasado por
allí y me había machacado, pero no lo suficiente como para no poder darme
cuenta de que, sea lo que hubiese ocurrido, estaba yo peor que cuando comenzó
todo. El jinete había desaparecido, ¿dónde estaba? Ahora no podía saber si en su lugar vendrían
miles o si me quedaría yo, varada, para siempre, en aquella tierra perdida.
El caballo seguía ahí, como si esperara una orden. Algo en él parecía poderoso, amenazante. De pronto mi atención se desvió por completo hacia sus patas largas; la cola negra y quieta; la crin suelta; las riendas colgantes y flojas. En otro lugar, aquel caballo habría sido hermoso. Pero su oscura estampa escondía mañas o muertos. Algo raro.
Después de mirarme, todavía yo en el suelo de un lugar del que no sé nada, el caballo abrió los ollares, resopló, y echó a andar; primero paseándose frente a mí de un lado a otro, como para asegurarse de que le viera bien, de que grabara en mi mente el movimiento de sus patas robustas y su negra grupa. Después echó a correr, veloz y furioso. Lo vi alejarse; con miedo. Como si se tratara de una versión positivada de los caballos blancos, heroicos, de Tovar y Tovar. Pero éste ni era blanco, ni llevaba jinete. Tampoco corría desorientado. Adonde quiera que fuere, llevaba el aspecto de una bestia que no necesita dueño ni bridas.
El caballo negro se alejó, como una fuerza oscura que dibuja
una línea negra y continua en el fondo
del horizonte. Corriendo, ensillado y decidido, el corcel se alejó quién sabe adónde.
Me
había acostado muy tarde. Cuatro y media. Quizás cinco de la mañana. Llevaba escribiendo
desde las siete de la tarde la crónica de la muerte de Hugo Chávez. La anunció su sucesor, a las 4.25 de la
tarde, hora de Caracas –casi las diez en Madrid-. Ya tenía lista una parte; la
había escrito después de contarle al director que hoy se daría a conocer la
noticia. Y aunque ya había comenzado, me faltaba lo peor: enterarme. Así, en
vivo y directo: enterarme.
Escribí bebiendo, lo suficiente como para mantenerme despierta; para resistir a la página en blanco y los fantasmas rojos. Mientras tecleaba y buscaba cifras, datos, palabras esterilizadas y quirúrgicas que me defendieran, todo me vino a la mente. Un río bravo de gente muerta anegándose en la pantalla. El sol apretado de las caminatas por autopistas cerradas. La vida seca de los que tuvieron que marcharse o reinventarse. La bandera como una camisa tendida. El himno nacional –cómo quise escucharlo-. No sabía qué hacer ni dónde colocar todo cuanto sentía. Me fui a dormir con la crónica escrita, el cuerpo maluco y la cabeza en otra parte.
Desperté todavía con la imagen del caballo negro corriendo furioso. Y como en el abatimiento del sueño, las veces que intenté, no pude levantarme de la cama. Sentía el cuerpo cansado, como si yo también en la vigilia hubiese luchado contra alguien. Volví a pensar en los caballos de Tovar y Tovar en la Batalla de Carabobo que decora el techo del Salón Elíptico del Palacio Federal. Un mes o dos semanas antes, había hablado con un amigo sobre esa pintura. El país se parecía, dijo él, a uno de los caballos ensillados y sin jinete que corrían en medio de casas arrasadas y soldados muertos. Caballos asustados. Caballos sin jinete en una estepa yerma. Pensé también en las bestias de ojos abiertos que pintó Michelena en el Vuelvan caras. Caballos, caballos, caballos… bestias perdidas en medio de una guerra de montoneros y caudillos.
Lo que no llegué a entender, ni esa mañana ni ahora, fue el color oscuro de mi caballo durmiente. No era una imagen alegórica. No se parecía al corcel blanco que de niña intentaba dibujar en el escudo bajo el haz de espigas y las espadas. Entonces era más difícil representarlo, porque a diferencia del actual, aquel no corría: doblaba el cuello, resistiéndose indómito contra algo. Pero ni los caballos que crecí dibujando en un block Caribe de hojas blancas ni los que he visto pintados por Tovar y Tovar o Michelena tienen el aspecto del que he soñado. El mío parecía, acaso, un caballo cuervo; un mensajero que espera, posado sobre sus cuatro patas, a que algo ocurra y que vemos alejarse mientras permanecemos derribados en la estepa de un mal sueño tras una lucha.
sábado, 2 de marzo de 2013
Piedras contra un muro
"Y preguntarme por qué no escribo, inevitablemente desemboca en
otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí?"
Jaime Gil de Biedma
Viernes, todavía. Tengo frente a mí una página blanca, un
muro limpio y áspero en el que titila, insistente, el cursor. Empujo en mi
mente las palabras. Espero a que vengan, de a poco; o a lo bestia. Y no vienen.
Vivo de escribir y,
sin embargo, no consigo palabras suficientes: para arrojarlas; para dar
pedradas o coces; para hacer preguntas y responderlas; para permanecer; para
saber por qué los folios sin letras hacen lo que el miedo o el frío.
En verdad, no se han marchado del todo, las palabras quiero
decir. Vienen para lo justo: buenos días, buenas tardes. Incluso algo más.
Todavía recuerdo como apilarlas todas; juntas no dicen nada, pero al menos ocupan espacio. Sujeto, verbo,
predicado. Subo y bajo de autobuses repitiéndolo.
Pero el muro sigue ahí. firme como un reproche.
Un amigo me dijo que el tiempo también escribía; yo me
pregunto, entonces, qué reloj sin cuerda va a marcar la hora de los párrafos en
este día demasiado largo.
Esta semana he soñado con serpientes dálmatas. Gruesas y
veloces culebras de manchas blancas y negras que maté a portazos. Tuve que
cerrar tantas puertas como serpientes aparecían en mi sueño. Plas. Plas. Plas.
Plas. Al día siguiente salí a la calle. Nevaba, con fuerza. Y mientras pensaba
en las serpientes, una blanca e insistente capa de hielo raspado comenzó a
cubrir los árboles del Retiro. Una inmensa página blanca oliéndome las botas
viejas. No cuajó la nieve; como no lo hicieron las palabras que intenté rebañar
en mi mente mientras caminaba mirándome los zapatos.
Desde que no puedo escribir canto, miro la tele y
paso ratos largos mirando a ninguna parte. Huyo de las libretas y los
ordenadores. Viajo en el metro sin nada entre las manos. Algo parecido a un
nudo bobo sujeta, retiene, desanima. Y no importa cuánto empuje. El muro sigue
tan áspero y blanco como siempre.
Ya es sábado, ahora sí. Tiempo de descanso. ¿Será que
vendrán hoy? ¿Será?
domingo, 6 de enero de 2013
Puerta 23
La sala 23 del aeropuerto está llena. En la pantalla central
hecha para entretener a quienes esperan, una mujer hace vasijas de arcilla. Sus
recipientes me distraen pero no me convencen.
En la misma pantalla, también un director de orquesta dirige un grupo de
músicos que interpretan mambos de Pérez
Prado para una público que baila animoso –la música clásica puede ser
guapachosa-. Luego, unos obreros controlan los botones grises de una aspiradora
de copos de maíz. Cumplen el control de calidad, los copos y los botones. Hay
más clips, pero sólo recuerdo esos. Juntos hacen un bucle. Avanzan, se suceden, y vuelven
a empezar. Una y otra vez. Con ésta, va la tercera ronda. El tiempo en el aeropuerto, en cambio, se
amelcocha. Tiendas llenas de baratijas que cuestan una fortuna. Cafeterías con
comida que parece amarilla y vieja.
En la sala 23 los mismos de siempre hacen
las cosas de costumbre. Los que regresan a Madrid tras los días de vacaciones
en el vuelo UX 072 repasan el repertorio. Los que parecen estar acostumbrándose
a hablar de una manera al facturar la maleta y de otra al cruzar la taquilla de
inmigración. Los que se van a morir del sueño con los pies apoyados sobre el
equipaje de mano. Los que conferencian por teléfono, mis preferidos: porque
cuando llaman más de dos veces a un pasajero y no acude entonces van a retrasar
el avión y ahí sí te voy a llamar para
que no te preocupes, ¿okey; porque
cuando hay paquetes muy compactos la Guardia Nacional cree que se trata de
droga y te bajan a pista; porque una vez una señora llevaba harina de maíz y tuvo
que bajar a dar explicaciones; porque cuando eres comunitario europeo no te
corresponde la manutención de Cadivi; porque cuando llegue a Madrid voy a pasar
por el consulado para preguntarlo todo y te aviso, ¿okey? Vale pues, Hablamos.
Mitades de personas. El repertorio de siempre, sólo que esta vez relavado por
el desuso.
Llevo tiempo sin venir. Y estas ceremonias terminan por espantarme.
Además estoy triste y el único problema que puedo gerenciar es el de la máquina
de refrescos, que se niega a darme una
botella de líquido. Después de introducir dos billetes de diez –hace cinco años
compraba un libro con eso-, acepto te en lugar de agua y me devuelvo a la silla
en la que no quepo. Llevo dos bolsos; uno repleto de libros, otro lleno de
cartones de cigarrillos libres de impuestos; documentos, algunas libretas que llevo conmigo
porque no puedo perder, con apuntes de entrevistas, anotaciones, ideas que no
desarrollo, también el iPad al que no puedo conectarme y dos teléfonos inteligentes
que no uso.
Ya son casi las nueve y me comunico con mi hermana a través de un
Nokia que me indica cuánto atasco le ha tocado desde el aeropuerto al que me ha
llevado hace dos horas hasta a puerta de casa –puede que llegue en una hora
más, cuando el trayecto normal dura 25 minutos-. Temo que la asalten en la
autopista. Que le hagan algo. Normalmente temo, pero al venir, el miedo deja de
ser un rumor y se hace insistente como las verdades. Miro hacia la pista. No
veo nada. Intento leer el libro de Mirtha Rivero. Historias menudas de un país que ya no existe. En realidad releo la
historia del Hombre a quien le salen bien las cuentas, poco después la de los
dos pescadores nacidos en Margarita. El libro, aunque de tan remoto, me gusta y
me saca el analfabeto que llevo dentro.
Hace días que apenas y junto letras.
Arrastro el peso de una a y la junto cerca de una consonante. Hago algo
parecido a diarios que sólo yo voy a releer. Abandono de a poco la escritura,
como quien renuncia a un afecto. Cargo pesos viejos esperando soltarlos en
alguna parte. Mañana, cuando aterrice en Barajas, tendré que pensar si arrastro
la maleta conmigo hasta casa en metro o si me echo el peso del país a cuestas
de esta otra forma. Estará muy fresco el más cerquita y haré lo que estoy
haciendo, ejecutando el gatillo loco de quien escribe para sangrar los días y
sus noches.
Miro a mi alrededor. No me siento parte de ninguno de estos grupos.
No pertenezco al país del que me marcho, porque formaba parte del que dejé seis
años atrás. Ha de ser por eso que el pasado tiene la forma de un país viejo,
superado velozmente en el tiempo de los locos o los enfermos. En estos días ha
de morirse el presidente. Está en La Habana. Conectado a lo que supongo, serán
aparatos que lo mantienen a él respirando y al país ensayándose orfandades o tejiendo
mortajas. Poco antes de irme, fui a la Plaza Bolívar para buscar a los que
piden por la salud del presidente. No los encontré. También ,e metí en el
tuiter para buscar a los que celebraban su muerte, y encontré muchísimos.
Países como panes duros y yo con estos dientes tan blandos. En la tele abundan
los comunicados oficiales y en la prensa escasea la información independiente.
Los alimentos llevan sellos de calidad oficial y la gente quema el dinero en cualquier mostrador comprando almohadas.
Todo vale poco. La vida. Los billetes. La calma. Con quienes hablé sentí el
tono de quienes resisten. En quienes vi cruzar la calle miré la indolencia de
quien orina en medio de una mesa puesta. Entre ambas, encontré el ruido de las
radios, llenas de música nueva; vi la tele, poblada de gente con ropa corta y
ajustada; crucé calles vacías por navidades engañosas; toqué dinero de
monopolio.
Me moví en un país provisional que nunca da la campanada. Un país
que ya no existe y cuya nueva versión no termina de entender la diferencia
entre lo que dejó y lo que será, lo que vale de lo que deshecha. Lo que resiste
de lo que arrasa. ¿De qué lado vamos a estar: de los que sobreviven o de los
que eligen quiénes van a vivir? Alzo la vista hacia la pantalla del aeropuerto.
Esta vez se repite el clip de la alfarera. Yo no tengo bando. Ni siquiera el de
los provisionales. Yo no estoy de viaje. Ni siquiera regreso, porque el país
del que me marché es anterior a éste.
Contesto un mensaje de mi hermana. Me
dice que todavía no llega Catia. Cumplo
con el miedo como mi único tributo en esta guerra de corazones. Mañana cuando
llegue haré algo. Arrastraré mi maleta. Juntaré letras. Esperaré la muerte de
un hombre conectado a una máquina. Temeré. Los amaré a todos en la distancia.
Desearé lo mismo de siempre. Que vivamos todos en la misma ciudad. Que estos
viajes no acaben de esta forma. Que el hilo no se me pierda a la hora de
ensartarlo. Que de este costurero salga, al fin, algo bueno y que el bucle no
descarrile. Esperaré, sin paciencia, a que el tiempo haga algo mejor a su paso.
Esperaré. El avión no tarda en salir. Esperaré.
martes, 11 de diciembre de 2012
James Ellroy: “Vosotros los europeos sois predecibles, por eso soy controvertido aquí”
Son las dos menos cuarto de un jueves en el que llueve a cántaros. En el número 40B de la calle General Perón el escritor estadounidense James Ellroy concede entrevistas a unos cuantos periodistas. El autor de La dalia negra está en Madrid por un día para participar en el seminario Literatura y Automóvil, organizado por la Fundación Barreiros.
En el pasillo no queda casi nadie, apenas el jefe de prensa y un fotógrafo. Desde la sala de espera puede escucharse la voz ronca y profunda del “perro rabioso de la literatura norteamericana”, como Ellroy se hace llamar. A través de la puerta, se escucha el susurro de un periodista que pregunta al escritor por la victoria de Barack Obama. De pronto, el silencio se rompe con el estruendo de la voz de Ellroy. “No estoy aquí para hacer un jodido discurso, sino para responder a tus malditas preguntas. Si vas a hacerme preguntas, házmelas, pero no me toques los cojones, ¿quieres?”.
Nacido en Los Ángeles, en 1948, Ellroy ha sobrevivido a todo, incluso a sí mismo. Tras el asesinato de su madre cuando era apenas un adolescente, Ellroy se dio al alcoholismo y las drogas. Fue voyerista, pasó un tiempo en la cárcel por robo y actos de violencia. Se dedicó, durante buena parte de su pubertad a masturbarse compulsivamente y a entrar a las casas para robar bragas usadas que inhalaba con ansiedad. Casi a los 30 dejó el alcohol y las drogas, consiguió un empleo como caddy en un campo de golf y se dedicó a escribir, así lo cuenta en su primera novela Requiem por Brown.
Hoy día James Ellroy reconoce dos cosas: que es el mejor escritor de novela negra que existe en la historia literaria de los Estados Unidos y que tiene grandes lagunas en las que se anegan nombres como el del mismísimo William Faulkner. Ellroy lo lleva claro, sólo lee lo que interesa: novela policiaca, a la que se aficionó desde muy joven con folletines que su padre le traía. Es, para muchos, el maestro del género negro. Su estilo es directo, cortante, magistral, mucho más desde que publicó L.A Confidential , novela que forma parte del llamado L.A Quartet, que lo lanzó a la fama.
La calma vuelve al pasillo del número 40B de la calle general Perón. Se abre la puerta por la que asoma James Ellroy. Mide un metro noventa, viste pantalones blancos, camisa hawaiana y unas gafas redondas que hacen más brillante su rapada cabeza. Ellroy sonríe, muestra sus dientes blancos y alineados, perfectos para triturar manzanas o desgarrar filetes. Está sorprendido al verme. Había dado por terminada la ronda de entrevistas. A pesar de eso, extiende su mano, me invita a sentarme a la vez que enumera con los dedos de la mano: “No Obama, no presidential elections, no politics”. Si se cumplen estas tres condiciones, puede que la entrevista con el Demon Dog llegue a buen puerto.
-Vino a Madrid para hablar de coches, pensé que sólo le interesaban el boxeo, las mujeres, los perros, la música clásica, la historia y la novela negra.
-Me gustan los coches. A ver, no es una moda o algo que en mí sea un interés pasajero. He tenido coches clásicos y fantásticos. Así que voy a hablar al respecto.
-Hablemos de dos cosas que a usted le interesan y que conoce muy bien: los asesinatos y las mujeres. ¿Cree que los crímenes cometidos por mujeres son más brutales, incluso literariamente más atractivos?
-No sería verosímil. Si mira las estadísticas, las mujeres no matan con la regularidad de los hombres. No hay asesinos en serie mujeres. Las mujeres suelen matar con una justificación, porque han sido sometidas a maltrato durante mucho tiempo o muchas veces porque reaccionan ante una situación determinante, pero no suelen ser el prototipo de un asesino.
-Usted ha dicho que sólo cuando escribió El gran desierto se dio cuenta de que L.A Quartet era un cuarteto. Con La trilogía negra americana fue diferente, quizás por el hecho de que De Lillo le influyó. ¿Puede considerarse que lo mejor de su obra está pensado como conjunto y no como libros individuales?
-La dalia negra la pensé, libremente, como una novela que podría unirse, o no, a una serie. En cambio, desde un comienzo supe que American Tabloid sería el primero de una trilogía y sí, digamos que fue justamente en El gran desierto que empecé a pensar, a lo grande, en el L.A Quartet. Incluso, muchos de los personajes que aparecen en la Trilogía de USA provienen de LA Quartet.
-¿Por qué tardó tanto en escribir La dalia negra? Fue su séptima novela y sin embargo es una historia que deseaba escribir desde mucho antes.
-Tampoco crea que en ese entonces yo podía escribir todo lo que quería o lo que me venía en gana. No me había establecido como novelista. No era conocido. Para darme a conocer tuve que publicar primero una trilogía policial, crear un personaje para darme a conocer, que fue el oficial de policía Lloyd Hopkings, y sólo después pude proponerme La dalia negra. Mucha gente me dijo que no publicara esa historia hasta que no me afianzara primero como escritor.
-Tuvo una adolescencia difícil: el asesinato de su madre, el alcoholismo, la drogas, la cárcel. Sin embargo, en esos años usted ya sabía que quería escribir. ¿La furia de esos años le sigue funcionando como combustible de su escritura?
-Una persona escribe cuando está lista. Y yo lo hice cuando estaba listo, y tuve éxito haciéndolo. Probablemente no tenga la furia de aquellos años porque estoy más maduro emocionalmente y tengo una vista más amplia del mundo. Los libros que hago no los llamaría menos apasionados, pero sí menos furiosos. Escribo desde la furia pero no veo los libros como furiosos, los veo menos apasionados. Los libros de Ellroy, por decirlo así, son por un lado rigurosos, cerebrales y austeros, y por otro lado apasionados. Trabajo con esos dos elementos.
-En 1995, después de American Tabloid, usted interrumpió lo que iba a ser la Trilogía americana para dedicarse a un género como las memorias. Y lo hizo de un golpe, ¿por qué?
-Porque es el modo en que pude hacerlo. Eso lo describo en Mis lados oscuros. En verdad fue una coincidencia. En aquella época yo vivía en Connecticut y por navidad mi segunda esposa me consiguió una foto mía que hizo Los Ángeles Times el día del asesinato de mi madre. Me dijo algo como, ‘¿tú recuerdas ese momento?’ Y entonces boom, todo me vino a la cabeza de golpe. Yo pensé que había resuelto a mi madre con La dalia negra. Luego, por coincidencia, un reportero de Pasadena Star-News me dijo que iba a revisar el expediente de mi madre para una historia que estaba escribiendo para GQ y fue ahí cuando me dije, tengo que ver ese expediente. Visité la oficina de homicidios sin resolver de Los Ángeles, fue allí donde conocí a Bill Stoner, él me enseñó el expediente y las fotos de mi madre asesinada… y así comenzó todo, fue una coincidencia. Era el libro que tenía que escribir en ese momento y lo hice con toda la pasión y el rigor con que tocaba hacerlo.
-¿Nunca pasó más nada después de escribir el libro?
-Nunca supimos nada del asesino. Nada pasó.
-Usted ha escrito una historia del crimen en Estados Unidos, que es, hasta cierto punto, una historia social de Norteamérica. En estos 50 años, ¿quién es o quiénes han sido los asesinos en Norteamérica? ¿Han cambiado?
-Créame: No lo sé, ni me interesa. La historia termina para mí cuando termina la trilogía. Después de mayo de 1972 no tengo absolutamente nada qué decir.
-Usted odia Hollywood, pero Hollywood le adora, adora sus libros. Se han adaptado L.A Confidential y La dalia negra. ¿Cómo lo lleva?
-Tengo dos casas, una asistente a tiempo completo, pago impuestos. Me dan dinero por eso y para mí está bien. No pueden tocar mis libros. El resto, me la pela.
-El fenómeno Larsson, no sé si llegaría a Estados Unidos, pero en Europa significó una especie de boom con el género negro, y creó una confusión, incluso creó una versión light del género.
-Sí, a Estados Unidos llegó y fue exitoso. Vi la película y me pareció profundamente estúpida. Eso no tiene nada que ver conmigo. Es un fenómeno cultural y no me toca de ninguna manera.
-Estando en una época de crisis, el género de novela negra y policíaca suele cobrar más fuerza. ¿Está ocurriendo esto también en los EE UU?
-No lo sé y, créame, es la verdad. No lo sé.
-Escuche. No voy a hablar de política. Sólo quiero saber porqué le molesta tanto cada vez que en una entrevista le preguntan su opinión sobre la actualidad política de su país. Porque no es la primera vez que pasa…
-No vine aquí para hablar de la actualidad norteamericana. Yo soy un producto de los Estados Unidos de los años cincuenta, que es sobre lo que escribo y es lo que me interesa. Vosotros los europeos son tan predecibles, siempre quieren extrapolar lo que ocurre en mis historias con la actualidad, por eso aquí siempre soy tan controvertido. ¿Y quiere que le diga algo? Lo sabía, desde el momento en que cogí un avión en Los Ángeles para volar a España el día de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, lo supe: me van a preguntar por Obama. Que lo que los editores de su periódico realmente quieran preguntarme sea qué pienso de Obama, me parece más bien triste.
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