domingo, 26 de febrero de 2012

Ah, ese catálogo... ¿de IKEA, verdad?




Mañana, y mañana y mañana/ Se desliza en este mezquino paso de día a día/A la última sílaba del tiempo testimoniado/ Y todos nuestros ayeres han testimoniado a los tontos/El camino a la muerte polvorienta (...)Relatado por un idiota, lleno de Ruido y Furia, Sin ningún significado”.
William Shakespeare. Macbet

 
La ráfaga de disparos hace deducir que las presas no deben de estar muy lejos. Pero al  barrer el pasillo con la mirada es imposible distinguir nada.  Hay demasiados fotógrafos, unos a pie de alfombra, otros alzados sobre taburetes o pequeñas escaleras de metal.
Rodear el pabellón y escoger la ruta contraria parece lo sensato. Unos diez pasos por detrás, cerca de la galería catalana ADN, una multitud de aficionados hacen fotos con sus smartphones. El objeto de su atención lo absorbe una mujer de vestido fucsia y tobillos enclenques sostenidos sobre unas plataformas de charol. 
Una pelirroja mayor vestida con un apolillado Balenciaga blanco dobla con gracia una rodilla y hace una reverencia a la mujer de las plataformas, la misma que hasta hace unos años presentaba los Telediarios de la Uno y ahora, tras sus nupcias con el Príncipe de Asturias, con el tratamiento de alteza ha perdido el habla.
La del Balenciaga deja prendidas sus manos en las también delgadísimas muñecas de la Princesa, que sonríe. No es una sonrisa como tal, sino un gesto permanente. No importa si le hablan de un Ai Wei Wei, de un Antonio López o del cultivo de arroz en Asia, ella tendrá esa rara media sonrisa en la boca.
Y no es que sea tonta la Princesa. Es que está trabajando. Es su obligación, parece, maquillarse y sacar a pasear sus vestidos y los efectos secundarios de los antidepresivos, que borran toda expresión propia y le hacen más fácil, más sencillo, no tener opinión ni preferencias, sólo tobillos, delgados tobillos.
En los pasillos que forman las galerías, los Príncipes ejecutan su paseíllo oficial entre el fuego de dos bandos: el de los fotógrafos profesionales con sus ráfagas de flashes y el de los aficionados, con sus silenciosos perdigones de teléfonos inteligentes.
En el medio, los costaleros de una estrafalaria hermandad sostienen el paso de los Monarcas: una Alcaldesa aburrida, un Ministro de Cultura incómodo; los funcionarios abochornados por semejante papelón -Borja Villel incluido-; aduladores; yonkis del posado rosa y reporteros camuflados que deben cazar un dato, un movimiento, un gesto publicable, que no hablar de arte, ¿eh?.
Seis Tàpies –el artista catalán ha muerto hace una semana- llevan una etiqueta roja  en señal de que han sido vendidos y seis más la verde de reservados, incluso antes de abrir la feria de arte contemporáneo. Los reporteros escogen un cuadro de Francis Bacon valorado en 25 millones de euros, en la galería Marlborough, para hacer sus falsos-directos y decir ante la cámara encendida cosas sobre la crisis.
El Príncipe Felipe, que  sustituye a su padre el Rey en estos actos desde hace casi dos años, parece genuinamente feliz con lo que le cuenta la galerista sevillana Juana de Aizpuru. La delgada silueta vestida de negro de la histórica Soledad Lorenzo,  por cuyo stand pasa ahora la comitiva real, luce bastante aburrida para ser su último ARCO –anunció el cierre de su galería a finales de verano-.
La anciana pelirroja del blanco Balenciaga es la costalera incansable del paso real.  Esta vez saluda a la baronesa. Sí, la baronesa, así le llaman todos, aunque no lo sea, al menos no una auténtica. Se convirtió en una luego de casarse con el II Barón Thyssen Bornemisza.
Para ese entonces, ya se había casado con el actor de cine Lex Barker, el productor y playboy Espartaco Santoni. También había sido Miss Cataluña, participado en el Miss Universo y también había viajado a Hollywood, donde una maternal Marilyn Monroe la había protegido de los chistes verdes que en su presencia contaron Frank Sinatra y Dean Martin: «Frank, no digas esas cosas a la chica, que es muy ingenua».
Ahora a la baronesa todo el mundo le llama baronesa. Ella lleva las riendas de su viudedad y su colección. También pinta sus propios cuadros, cargados de colores pasteles y poderosas alucinaciones marbellíes, e incluso ha llegado a montar un museo bautizado con su propio nombre. Bueno, mitad suyo y mitad del Barón.
Esta mañana con oleada de frío polar de febrero incluida, la baronesa viste sandalias, pendiente esmeraldas, abrigo color camel y un inmejorable buen humor –no del todo común-, tanto que hasta su asistente personal parece asombrada de que acceda a responder preguntas de un periodista.
La baronesa sonríe con sus labios hinchados y dice que sí, que probablemente renueve la cesión de su colección al Estado este año, pero que éste no es el momento para hablar de eso, ¿no?, porque está mirando la feria y  todo el mundo sabe que para ella el arte es lo primero y ella no querría robar el protagonismo al arte, ¿verdad?.Dicho esto, la baronesa ríe y estira su blanco y maquillado cuello un poco más y cual Venus, o Maja sobrevestida, se marcha.
Justo al lado de la estampa al estilo El discreto encanto de la burguesía, el artista más solicitado de la feria, Eugenio Merino, declara a un grupo de periodistas. El chico no cabe dentro de sí de la alegría. Esta mañana, el vicepresidente ejecutivo de la Fundación Francisco Franco, Jaime Alonso, ha acudido al stand de la galería catalana que le representa (ADN) para fotografiar una obra suya (Always Franco) como prueba para abrir una denuncia.
 La pieza de Merino es una instalación que ronda los 30.000 euros y  representa a una versión enana del Caudillo encerrada dentro de una nevera de refrescos. Para la Fundación que preserva la memoria del ex dictador, la pieza es una “zafiedad”, para Merino es una metáfora. En medio de ambas lecturas cabe el equivalente a una larga fila de parados o de analfabetas que comen chocolatinas.
La del Balenciaga todavía da vueltas por los alrededores de Ivory Press y mira con algo de escepticismo las piezas del artista disidente chino  Ai Wei Wei, un poco más adelante, en el stand de El País, su director, Javier Moreno, sonríe junto alos grafiteros que este año ha escogido el periódico que él representa para la mise en scène cultural que de tan progre termina por molestar o aburrir. 
Y cuando se podría pensar que el hecho de que la selección de galerías de los Países Bajos fuera mucho más pequeño que el gigantesco del espacio de IKEA era suficiente como para anunciar el Apocalipsis, algo mucho más siniestro brota de la moqueta para demostrar lo contrario.
Mientras un grupo de afanados mozos sirve copas de cava y prodiga servilletas a los asistentes, una mujer de un metro y 29 centímetros se hincha a canapés en una de las meses del catering de bienvenida. En una mano lleva un micrófono con el logotipo de Telecinco, en la otra un móvil por el que da voces. Chiqui, o Almudena Martínez, uno de los personajes estrella de las ediciones pasadas de Gran Hermano, parece hablar con un productor.
“Que aquí lo que hay es arte, tronco… Que no, que no he visto Cayetano Rivera ni a la novia. Que no hay famosos  por ningún lado. Vete a tomar culo, ¿quieres? Que no… Que te estoy diciendo que no. Que sólo los príncipes y la Tita. Que no… no vino el hijo con la Cuesta. Pero qué me estás contando”. La mujer introduce otro canapé de salmón en su boca mientras hojea un catálogo de IKEA que acaba de coger de una inmensa torre. Alrededor, riadas de gente, que pretende parecer mejor vestida, o más instruida, proyectos ciudadanos de superación y saber estar,  da vueltas, presta atención, o intenta hacerlo.
Intenta. Lo intenta.
Y seguirán intentándolo, probablemente, el año próximo también.  

sábado, 18 de febrero de 2012

Daniel Titinger y lo peor de todo



Tengo 30 años y la manía de hacerme llamar por las iniciales que forman juntos  mi primer nombre y mis dos apellidos.  Ansío tener un elefante tanto como  los superpoderes  narrativos de Mario Vargas Llosa en La Guerra del fin del mundo, los de Coetzee en Desgracia y los de Fante en Mi perro Idiota. A veces como mandarinas, porque son dulces y me quitan la ansiedad.
Esta mañana, en el bar de mi barrio, he leído en el Babelia un trabajo firmado por Leila Guerreiro. Iba sobre la crónica en América Latina. En tres páginas  me encontré con mi abecedario sentimental entero. Y aunque ahora me parece no haber leído el nombre de Monsiváis en el reportaje,  en el momento, el creciente y bienintencionado texto me pareció un motivo para recuperar la Fe.
Sí, la fe. Esa cosa que aparece en la Facultad de Periodismo, o antes,  y a veces se extravía junto  a la toalla exhausta del desaliento. En su texto, hablaba la Guerreiro de cosas que todos -machacones croniqueros- sabemos: de nombres de libros perfectos que hoy suenan a mal de amores –Al pie de un volcán…-, de cosas que parecen ciertas, de no ser porque  en la vida real ocurren de otra forma.
Cuando creo que ya nada puede removerse todavía más dentro mí, al llegar a la séptima página, a la penúltima línea del reportaje, siento la potente e incontenible necesidad de dar un salto, salir a la plaza Tirso de Molina y darle tres vueltas a toda carrera cuando leo lo que dice alguien llamado Daniel Titinger.
Ignoraba por completo quién era este sujeto que nació un año después que mi hermana y que, ahora sé,  afirma que Dios es peruano, se dedica a la crónica y al periodismo deportivo. Dice este sujeto, así, sin anestesia ni analgésicos: "Y no escribes por dinero ni por fama. Escribes para no estar triste".
Sentada en el taburete cojo de un bar de mala muerte,  leí, en palabras de otro,  la explicación a este blog –los barbitúricos, ehem… ehem… un atajo a la no tristeza- que desde hace cinco años mantengo sin una convicción firme, excepto la de no morir en ningún intento, aunque ya no recuerde cuál.
 Ahora lo tengo claro, como el primer día. Y lo peor de todo es que no sé qué hacer ahora con todo eso que parece una verdad y que me pilla aquí, tan pero tan lejos, junto a mi toalla exhausta del desaliento. 
Quizás debería abandonar las mandarinas y sentarme, otra vez, a escribir.  Si los hombres del Gabo eran capaces de rasurarse con jugo de durazno en una Caracas sin agua, quizás pueda entenderme yo a navajazos con el almíbar que a Guerreiro se le escapó.

domingo, 12 de febrero de 2012

El puddle de Lucía Etxebarría



La Fugitiva, calle Santa Isabel, número siete, lunes, nueve y media  de la mañana.

He quedado con un buen amigo para hablar de cosas que se hablan en sitios como estos. Me permito toser, como quien justifica el chiste,  o directamente declararme habitante de un universo de personas que problematizan sobre la fenomenología del peluche, entiéndase por tal, esa disciplina que versa sobre conversaciones, razonablemente civilizadas,  basadas en la especulación  y fundamentalmente pretenciosas.

Justo antes de entrar, mi amigo -que ha publicado un magnífico ensayo en The Nation motivo de este encuentro- y yo, hablamos sobre el nivel del lector. También sobre traducciones, periodismo y demás inquietudes de los 'story tellers' -cabe destacar que el story teller es él-. Yo sólo escribo para vivir.

Nada más atravesar el umbral de la puerta, me sentí incómoda. Había pasado antes frente a esa especie de librería café, pero jamás había entrado. Y mis primeros pasos en el interior del local no hicieron más que empeorar la primera sensación de aquella mañana.

 Y no fue desagradable porque el lugar fuese feo; al contrario, tenía hermosos pisos de madera; columnas antiguas; altos techos, también de madera; mesas envejecidas, con coquetos maceteros; ediciones de bolsillo, cuidadas tapa dura, curiosas traducciones...

Pero todas aquellas estanterías llenas de libros me produjeron una especie de malestar físico. Como si en verdad fueran palabrotas, excentricidades o imposturas ante las que es mejor hacerse la vista gorda.

-Un café con leche y un cortado, por favor.

Cuando retomamos la conversación, ya sentados en una mesa, volvimos sobre el ensayo que mi amigo había escrito. Buscaba en la versión PDF almacenado en mi Ipad el párrafo donde creí que mi amigo mejor retrataba la figura de uno de los editores españoles clave para explicar el auge y caída de un cierto tipo de periodismo de los últimos 30 años. Mientras hacía esfuerzos por conseguirlo, sentía a mi alrededor el peso de presencias. Libros, libros, libros.

Novedades. Unas tras otras. Diario de un invierno, de Paul Auster. Delicadas y coquetas traducciones de Salamandra. Todo ahí, muy junto, con un poder orgiástico y acumulativo. Una energía superior a la de todos los bosques tropicales del Amazonas rociados con toneladas de cloro.

Tantos libros, tanto papel. Pensé con mi tableta a cuestas. No soy una entusiasta de los e-books, Ni mucho menos. Líbreme Dios de promover el progreso o militar en las filas del futuro.

Recientemente, en su comparecencia ante la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados, José Ignacio Wert habló de bajar el tipo de IVA del libro electrónico al mismo nivel que el gravamen del libro en papel.

Al momento no podía dar crédito. Primero, por la falta de detalles sobre el anuncio, y segundo por la poca curiosidad que generó entre los parlamentarios, quienes se entretuvieron largamente en el origami electoral de la tauromaquia sí/tauromaquia no; o catalán sí, catalán tal vez.

Tan sólo en enero de 2012, la Agencia del ISBN registró un total de 7.634 títulos de los cuales 1.050 (19%) eran sólo de ficción y 'temas afines'. A eso se suma otro dato, tan curioso como alarmante, en el año 2011, las editoriales  españolas publicaron más de 103.000 libros  en todos los formatos (papel, digital, y otros) y en todas las lenguas.

¿Hay lectores para tantos libros? ¿Qué se edita y qué se lee? Según las cifras aportadas por la Federación de Gremios de Editores de España(FGEE) , más de tres mil editoriales españolas publicaron al menos un libro.

Si las cifras aportadas por la FGEE  son exactas, el sector libro aporta 3.000 millones de euros, un 0,7% del PIB,  y da trabajo a 30.000 personas. El libro es una de las industrias más protegidas empresarialmente hablando, goza de un precio fijo en un mercado en el que los libreros y distribuidores además de determinadas editoriales- gozan de subvenciones y protecciones oficiales, además de compras de bibliotecas. Ajá. ¿Será por eso el recelo de las asociaciones de libreros al e-book y cualquier cosa que se le parezca?

Pero ahora veamos el otro lado. Según el barómetro de lectura de este año, cada español compró una media de 9 libros en 2011. No es una cifra despreciable y sin embargo, existen autores como Lucía Etxebarría, muy dada ella al espectáculo desde el del canalillo al de la escritura vaginal- que han decidido que rasgarse las vestiduras puede incrementar las ventas en el mecanismo de trituradora editorial.

Hace poco menos de dos meses, en los días de navidad, unas semanas antes de lanzar a la venta su nueva novela, Lucía Etxebarría anunció que dejaría de escribir a causa de la piratería. Causó revuelo con una tormenta de tonterías de las que los medios nos hicimos eco.

Al día siguiente del anuncio de Etxebarría, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte aprobó el reglamento de la Ley Sinde y la puesta en marcha de una comisión de Propiedad Intelectual. Etxebarría vio la luz y recobró la vocación. Con medidas como ésa podía volver a escribir. Santo Wert o menuda burla.

Son casi las once y media cuando mi amigo y yo estimamos oportuno levantarnos y seguir con nuestras labores. Estamos levantándonos de la mesa cuando una mujer con actitud ansiosa  -y un perro puddle atado a una cadena- hala para sí una de las sillas en la que todavía está posado uno de nuestros abrigos. 

 “¿Os vais ya?, preguntó la mujer. Si me deja terminar de coger mis cosas, tal vez, pensé en responderle.

Al fijarme bien de quién se trataba, noté que era Lucía Etxebarría, la tosca autora a la que referí en párrafos anteriores, quien ahora se acomodaba, muy histérica ella, en la silla, frente a un portátil mastodóntico. El puddle, que seguía atado,  daba vueltas alrededor de la mesa con la vehemencia insana con la que dueña dirigía sobre todo una mirada maniática y aprehensiva quizás ambos, el perro y ella, tomen la misma medicación-. 

Alrededor, libros... libros y más libros. Volví a mirarla. 
Sentí una mezcla de agotamiento y horror.
Hay cosas sobrevaloradas.

Cogí mis cosas y salí de ahí.


jueves, 26 de enero de 2012

La hija del presidente se abanica


Cuando el presidente Hugo Chávez restringió la libre circulación de moneda extranjera en Venezuela, en abril de 2003, su hija Rosinés Chávez tenía 5 años. Hoy tiene 14.

Desde hace casi una década, los venezolanos están sometidos a un férreo control de cambio que no sólo congela el valor de la moneda nacional frente al dólar, sino que limita a los ciudadanos la libre disposición del dinero en cualquier otra moneda que no sea el bolívar, que hasta la fecha se ha devaluado, al menos, en cinco ocasiones.

Una de las últimas depreciaciones ocurrió en 2010, cuando en una extravagante operación monetaria, el bolívar pasó a llamarse ‘bolívar fuerte’. La operación vitamínica -devaluación disfrazada- consistió en restar tres ceros al valor nominal de la moneda.

2.500 bolívares equivalen a 2,5, bolívares fuertes. Todo en una rápida operación de maquillaje que no logró esconder la inflación galopante. Desde 2005, los precios en Venezuela han aumentado en más de 160%.

La cantidad de dólares autorizados a precio oficial –en el mercado paralelo su valor se duplica- por ciudadano es de 2500 dólares al año para viajes y 400 para compras por Internet. Es decir: para todo un año sólo existe derecho a utilizar esa cantidad. No más.

Para solicitarlos, es necesario justificar primero el destino que se le dará ese dinero ante la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi), según se trate de un viaje, una asignación como estudiante en el extranjero o para importaciones comerciales. Tan sólo para la primera solicitud, la de los viajes, debe de completarse un trámite de 14 pasos cuya reglamentación está descrita en un manual de 194 páginas.

La sola tramitación no garantiza que a un ciudadano le sea autorizado su cupo para la compra de moneda extranjera, lo que obliga a miles de venezolanos a comprar dólares en el mercado negro. El importe oficial del cambio venezolano es de 4,30 bolívares por cada dólar que se desee comprar. En el mercado negro su valor alcanza, en este momento, los 9 bolívares.

Hay distintos valores según una clasificación oficial distribuida de la siguiente forma: el cambio de 2,60 bolívares está destinado para aquellos sectores considerados prioritarios, como alimentos, salud, remesas e importaciones del sector público, y 4,30 bolívares para el resto.

En Venezuela no se pueden comprar dólares en ningún banco ni en casas de cambio, porque ya no existen (fueron allanadas policialmente y cerradas). Por ley, está penado adquirir divisas mediante cualquier otro mecanismo que no sean los impuestos por Cadivi , a menos que quien lo desee tenga acceso a una cuenta en el exterior o esté dispuesto a pagar el doble de dinero por lo que legalmente le corresponde. La mayoría de los venezolanos optan por la segunda opción, lo cual explica también porqué en Venezuela todo cuesta el doble o el triple de su valor.

En un país cuya economía depende del petróleo y que vive de la importación, los comerciantes se ven obligados a comprar sus mercancías en dólares o en su valor referencial. Como a la mayoría le es negado el derecho al cambio oficial, deben recurrir al cambio paralelo e importar en función de su valor –fluctuante, por demás-. En una operación básica de sentido común, deben vender sus productos al cambio en bolívares.

Si compro una chocolatina de un dólar, a precio oficial, su valor sería de 4,30 bolívares. Si por el contrario, esa misma chocolatina es importada al cambio del mercado paralelo, su precio será de 9 bolívares. Podríamos repetir esta operación con cualquier otro bien y el escándalo sería exactamente igual o peor.

Cuando Hugo Chávez puso en marcha el control de cambio, en 2003, su hija menor, Rosinés Chávez tenía cinco años. Hoy tiene 14 y se hace célebre ya no por las anécdotas que sobre sus mascotas hacía el presidente en Cadena Nacional, sino por algo realmente serio. La hija del presidente ha subido a Internet una foto suya en la que cubre su rostro con un abanico de dólares. El gesto es casi obsceno.

Su adolescencia podría disculpar la estulticia, sin embargo… ¿Al momento de hacerse la fotografía, sospechaba, intuía, acaso se imaginaba la hija menor de Hugo Chávez que un venezolano promedio, para poder hacer lo mismo que ella, tendría que someterse a un proceso de restricciones casi soviéticas del que ella está exenta? ¿Sabe ella que el tiempo que ha pasado entre su infancia y su edad actual marca un largo período de privaciones?

No, quizás no lo sepa. Ella sólo se abanica. Sólo eso. Se abanica con un manojo de dólares.

domingo, 15 de enero de 2012

Ya sólo habla...

Leí ese libro hace dos años. Su protagonista parecía sentirse comedidamente heroico y a sus lectores nos venía bien saber que en esa historia no había finales perfectos, sino finales, los que existían incluso antes de que el libro comenzara .

Hoy viene a mi memoria y no sé porqué, tampoco para qué. Sólo viene, como una brisa. A eso me atendré, al viento seco de quien no sabe dónde colocar su mente en una tarde de domingo. Así que hablaré de él, de Sebastián porque me gustaría que le conocieran .

Sebastián parece un hombre de mediana edad. Diría yo que cercano a los 40. Se ha divorciado; y no de cualquier forma. Tampoco nos la van a contar. Pero sabemos que lo que sea que le haya ocurrido, no ocurrió de una forma convencional.

Sebastián es un romántico a la centroeuropea, un melancólico aficionado a la costumbre de morirse de amor, por poner un listón que se parezca al drama y la comedia de su vida en esta historia. Eso, me da por pensar, que es este hombre.

Me gustaría recordarle más y mejor, pero lo he dicho ya, leí este libro en primavera de 2010. Lo que escribo sobre él lo hago de memoria, repasando en Sebastián los personajes con los que volvería a pasar horas enteras, por el gusto de saberme, como ellos, perdedores de algo.

Sebastián ha perdido una mujer, la más importante de su vida, quizás, pero a diferencia de otros héroes, Sebastián no se moverá, no dará un paso adelante sin conocer cuáles son los pasos que lo han llevado hasta allí, hasta el centro de una pista de baile.

Sí, una pista de baile, en la hermosa recepción de una embajada, a la que Sebastián asiste y en cuya orilla se queda, sin moverse.

Sebastián no baila, no sabe cómo y sin embargo algo le empuja a acercarse a una mujer –esa que vamos a ver bailar- como si en verdad pudiera, bailar o amarla. Sebastián se entrega a sus fracasos con esmero, haciéndolos más hermosos. Ha de ser por eso que lo recuerdo.

El escritor que escribió a Sebastián dice preferir la parodia, incluso por encima del respeto. A veces le creo, a veces no. Sus personajes me resultan tan risibles como entrañables, tan propios como prestados, aunque haya gente que no le parezca.

Sebastián, su personaje, nuestro personaje ahora, visita su desgracia como quien va a la feria, con el entusiasmo de quien quiere subirse a todos sus cacharros. Y si para ello los sentimientos han de ser una pista de baile, un gran escenario, Sebastián así lo escoge, para quedarse de pie, iluminado por el foco de quien capaz de contar su historia para que la recordemos, aunque pase el tiempo, aunque no nos pertenezca.

Es domingo, por la tarde, dije ya. Llueve y me muero de frío y sin embargo, algo pasa, que me da por acordarme de alguien que, justamente, parece castigado por si incapacidad de olvidar.

Porque en el fondo, creo, el tono lo es casi todo. Aquí, también.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Las uvas de la ira



El Liddle es un inframundo. En él coinciden personas con cualquier tipo de síndrome de abstinencia –alcohólicos, junkies, escarbadores, mangantes-, con mendigos, personas de clase media muy venida a menos que cuentan las monedas para pagar dos paquetes de chóped pork y gente de paso que compra ahí porque le pilla de camino. Se trata de un auto mercado de muy bajo coste, donde nada está fuera de los pallet boxes y abundan sospechosas marcas blancas cuyo precio no sobrepasa los 0.90 céntimos.

El Liddle al que me refiero preside la esquina norte de la Plaza Tirso de Molina, especie de Cabo Trafalgar de mi barrio y zona limítrofe entre Lavapiés, La Latina y Atocha. Este en particular despunta por la larguísima fila de indigentes que acampan afuera. Una vez que logran recaudar 0.30 céntimos, compran una lata de cerveza y salen a beberla. Una vez terminada, vuelven a empezar el ciclo.

Hoy, último día del año, he entrado al Liddle pensando que, quizás, en alguna de sus estanterías conseguiría una botella de Freixenet con la cual ablandar la Nochevieja. En su lugar, encontré una botella de cava de 1.65 euros. Me quedé un rato frente al estante, mirando los contenedores a medio llenar y las cajas de cartón áspero y vacío. Una rara sensación de naufragio y pánico, junto con un espeso olor a cebolla, comino y sudor, me atenazó la nariz y me pregunté qué demonios hacía ahí dentro.

Salí, inmediatamente, sin Freixenet ni nada, y me quedé de pie, bajo el sol de las cuatro de la tarde del último día del año, subí por la calle Magdalena recordando el olor a pernil horneado en zumo de naranja de mi madre y la ensalada de gallina con la que mi hermana y yo podíamos demorar de una a dos horas picando patatas y zanahorias en cuadritos. Un dulce rencor de adulto me hizo entender que hay asuntos irreversibles: el tiempo, la distancia, las ñoñerías.

Llegué a casa y la lavadora había parado su canto insoportable de embolia doméstica. Seguía pensando en el horno remoto de los años anteriores, en la dulce congestión de la cocina vieja y las ollas abolladas, en los errores mil veces repasados, en los vestidos sucios y las historias decapitadas.

Saqué las toallas húmedas. Comprobé que no estaban tan limpias como quisiera. Recordé una de mis últimas Nocheviejas en Caracas, también en las Nocheviejas de los últimos tres años, y en las de mi infancia, y mi adolescencia, y en las que podría llegar a celebrar si llego a vieja. Me dio por pensar tonterías, las mismas de todos los días, las mismas de todos los años.

Voy a envejecer así. Entrando y saliendo de los lugares sin darme cuenta jamás de qué demonios hacía en ellos mientras los habitaba.

martes, 27 de diciembre de 2011

Mi primera navidad con los populares. Postal uno: 'lo difícil es que no te toque'


El pasado 22 de diciembre hice lo que todos los años, sentarme en el taburete del bar de mi barrio –he cambiado ya tres veces de domicilio y siempre consigo hacer hogar en el bar de mi nuevo vecindario - para disfrutar de la breve y dulce ceremonia que marcó, en mi transplante, una otra navidad.

Ese jueves vi caer las bolitas de la lotería en las enormes jaulas donde dan vueltas. Pedí un café con leche corto, en vaso grande, y me abandoné a la dulce idea de llegar un poco más tarde a la redacción. Me di el lujo de no mirar el reloj en un rato y de fantasear con la idea, por qué no, de que algunos de esos muchos ochos, podría ser ¡mi ocho! Este año, a diferencia de muchos otros, el Gordo traía el premio más alto de la historia, aunque también el más improbable de acertar.

Cuando llegué a España no entendía esa rara ludopatía decembrina comandada por crupieres menores de edad vestidos con trajes de orfanato. No entendía el eco chillón de los números que recitaban. Ya gobernaban los socialistas y recuerdo que, entonces, el terrorismo era uno de los temas que más preocupaban a los ciudadanos. El año en que llegué a España fue la navidad de la explosión en el párking de la T4.

Este jueves, en el bar, han escogido Antena 3 para ver el sorteo de Navidad. Trozos de la tertulia de Espejo público se alternan con los niños de San Ildefonso. La rima numérica se confunde con el debate acerca del tren de ministros que Mariano Rajoy, el nuevo presidente de Gobierno, recién dio a conocer la noche anterior.

Hace seis años, un décimo de Lotería costaba lo que hoy, 20 euros, pero con diez euros era posible comprar un billete de metro de diez viajes (su valor era, 6,10), una cajetilla de tabaco (2,40) y un café (antaño, entre 0,80 y 1 euro). Hoy, apenas y es posible comprar la primera de las anteriores tres cosas, es decir, el bono bus, que ha pasado a costar 9,60. El tabaco ahora cuesta, dependiendo de la marca entre 4,10 y 4,40, y el café entre 1,25 y 1,80.

Hace seis años, un libro podía costar entre 16 y 18 euros, ahora están entre 22 y 25. La tasa de desempleo en aquel entonces, 2006, era de 8,3%, la más baja desde 1979, es decir, 1.810.00 parados. Hoy, la cifra llega a 4.420.462, según los datos publicados por el Ministerio de Trabajo en noviembre de este año.

Desde el comienzo de la crisis económica, en 2008, han cerrado 300.000 empresas, la mayoría de ellas pymes. Hasta la fecha, más de 60 medios de comunicación han desaparecido, entre ellos el canal CNN+, y se calcula que, entre cierres y ERE, el número de periodistas en paro supera los 10.000.

Miro a mi alrededor en el bar. La gente que como yo espera que su número salga premiado tiene peor ver que otras veces. Una mujer mayor, con el cabello sucio, sin teñir y un abrigo de peluche. A su lado, un hombre de peluquín y coñac madrugador. Dos ruidosos albañiles, los únicos que no parecen ociosos dentro del conjunto de clientes. Una joven esteticista con exageradas uñas que ha comprado una participación a su tía en Murcia y yo.

Justo antes de cantar El Gordo, que este año caerá más temprano que otras veces, recibo el mensaje de un amigo. Esta mañana en su empresa han comenzado a repartir cartas de despido, un anticipo de reyes. Veinte personas que entre un universo total de 200 podrían perder su trabajo y en uno mayor, repartidas a una entre 75.000, podrían ganar la Lotería. O lo que es peor, 20 personas que podrían perder ambas cosas. O contentarse con no entrar en ninguna de las dos posibilidades. Lo difícil, en ese caso, es que no te toque ninguna de las dos, ni la lotería ni el paro.

Miro el café y luego la portada del diario El País, que anuncia la pronta llegada de Ana Botella a la Alcaldía de Madrid tras el inminente nombramiento de Gallardón como ministro del nuevo Gobierno de Mariano Rajoy. Un chico con trenzas en el pelo me dice que si eso ocurre se mudará de ciudad. Sonrío. Pido la cuenta y salgo a la Plaza Tirso de Molina, que esta mañana luce nublada y está más fría que otras mañanas.

Al llegar a la redacción me enteraré de que el Gordo lo han cantado mientras viajaba en el metro. En el tiempo que duró mi viaje en el subterráneo, tres músicos distintos interrumpieron tres veces el trayecto para tocar con tres instrumentos distintos –un piano eléctrico, una guitarra y un acordeón- un repertorio en el que coincidía una misma canción –I will survive- ante las cuales los mismos viajeros hicieron lo mismo: no dar ni una moneda.

Reviso las previsiones de la Agencia EFE para el día. Abunda la lotería, anticipos para el Consejo de ministros de mañana y un anticilón que traerá una ola de frío en la península. Lo difícil, ¡ay!, es que no te toque.