William Shakespeare. Macbet
domingo, 26 de febrero de 2012
Ah, ese catálogo... ¿de IKEA, verdad?
William Shakespeare. Macbet
sábado, 18 de febrero de 2012
Daniel Titinger y lo peor de todo
domingo, 12 de febrero de 2012
El puddle de Lucía Etxebarría
jueves, 26 de enero de 2012
La hija del presidente se abanica

Cuando el presidente Hugo Chávez restringió la libre circulación de moneda extranjera en Venezuela, en abril de 2003, su hija Rosinés Chávez tenía 5 años. Hoy tiene 14.
Desde hace casi una década, los venezolanos están sometidos a un férreo control de cambio que no sólo congela el valor de la moneda nacional frente al dólar, sino que limita a los ciudadanos la libre disposición del dinero en cualquier otra moneda que no sea el bolívar, que hasta la fecha se ha devaluado, al menos, en cinco ocasiones.
Una de las últimas depreciaciones ocurrió en 2010, cuando en una extravagante operación monetaria, el bolívar pasó a llamarse ‘bolívar fuerte’. La operación vitamínica -devaluación disfrazada- consistió en restar tres ceros al valor nominal de la moneda.
2.500 bolívares equivalen a 2,5, bolívares fuertes. Todo en una rápida operación de maquillaje que no logró esconder la inflación galopante. Desde 2005, los precios en Venezuela han aumentado en más de 160%.
La cantidad de dólares autorizados a precio oficial –en el mercado paralelo su valor se duplica- por ciudadano es de 2500 dólares al año para viajes y 400 para compras por Internet. Es decir: para todo un año sólo existe derecho a utilizar esa cantidad. No más.
Para solicitarlos, es necesario justificar primero el destino que se le dará ese dinero ante la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi), según se trate de un viaje, una asignación como estudiante en el extranjero o para importaciones comerciales. Tan sólo para la primera solicitud, la de los viajes, debe de completarse un trámite de 14 pasos cuya reglamentación está descrita en un manual de 194 páginas.
La sola tramitación no garantiza que a un ciudadano le sea autorizado su cupo para la compra de moneda extranjera, lo que obliga a miles de venezolanos a comprar dólares en el mercado negro. El importe oficial del cambio venezolano es de 4,30 bolívares por cada dólar que se desee comprar. En el mercado negro su valor alcanza, en este momento, los 9 bolívares.
Hay distintos valores según una clasificación oficial distribuida de la siguiente forma: el cambio de 2,60 bolívares está destinado para aquellos sectores considerados prioritarios, como alimentos, salud, remesas e importaciones del sector público, y 4,30 bolívares para el resto.
En Venezuela no se pueden comprar dólares en ningún banco ni en casas de cambio, porque ya no existen (fueron allanadas policialmente y cerradas). Por ley, está penado adquirir divisas mediante cualquier otro mecanismo que no sean los impuestos por Cadivi , a menos que quien lo desee tenga acceso a una cuenta en el exterior o esté dispuesto a pagar el doble de dinero por lo que legalmente le corresponde. La mayoría de los venezolanos optan por la segunda opción, lo cual explica también porqué en Venezuela todo cuesta el doble o el triple de su valor.
En un país cuya economía depende del petróleo y que vive de la importación, los comerciantes se ven obligados a comprar sus mercancías en dólares o en su valor referencial. Como a la mayoría le es negado el derecho al cambio oficial, deben recurrir al cambio paralelo e importar en función de su valor –fluctuante, por demás-. En una operación básica de sentido común, deben vender sus productos al cambio en bolívares.
Si compro una chocolatina de un dólar, a precio oficial, su valor sería de 4,30 bolívares. Si por el contrario, esa misma chocolatina es importada al cambio del mercado paralelo, su precio será de 9 bolívares. Podríamos repetir esta operación con cualquier otro bien y el escándalo sería exactamente igual o peor.
Cuando Hugo Chávez puso en marcha el control de cambio, en 2003, su hija menor, Rosinés Chávez tenía cinco años. Hoy tiene 14 y se hace célebre ya no por las anécdotas que sobre sus mascotas hacía el presidente en Cadena Nacional, sino por algo realmente serio. La hija del presidente ha subido a Internet una foto suya en la que cubre su rostro con un abanico de dólares. El gesto es casi obsceno.
Su adolescencia podría disculpar la estulticia, sin embargo… ¿Al momento de hacerse la fotografía, sospechaba, intuía, acaso se imaginaba la hija menor de Hugo Chávez que un venezolano promedio, para poder hacer lo mismo que ella, tendría que someterse a un proceso de restricciones casi soviéticas del que ella está exenta? ¿Sabe ella que el tiempo que ha pasado entre su infancia y su edad actual marca un largo período de privaciones?
No, quizás no lo sepa. Ella sólo se abanica. Sólo eso. Se abanica con un manojo de dólares.
domingo, 15 de enero de 2012
Ya sólo habla...
Leí ese libro hace dos años. Su protagonista parecía sentirse comedidamente heroico y a sus lectores nos venía bien saber que en esa historia no había finales perfectos, sino finales, los que existían incluso antes de que el libro comenzara .
Hoy viene a mi memoria y no sé porqué, tampoco para qué. Sólo viene, como una brisa. A eso me atendré, al viento seco de quien no sabe dónde colocar su mente en una tarde de domingo. Así que hablaré de él, de Sebastián porque me gustaría que le conocieran .
Sebastián parece un hombre de mediana edad. Diría yo que cercano a los 40. Se ha divorciado; y no de cualquier forma. Tampoco nos la van a contar. Pero sabemos que lo que sea que le haya ocurrido, no ocurrió de una forma convencional.
Sebastián es un romántico a la centroeuropea, un melancólico aficionado a la costumbre de morirse de amor, por poner un listón que se parezca al drama y la comedia de su vida en esta historia. Eso, me da por pensar, que es este hombre.
Me gustaría recordarle más y mejor, pero lo he dicho ya, leí este libro en primavera de 2010. Lo que escribo sobre él lo hago de memoria, repasando en Sebastián los personajes con los que volvería a pasar horas enteras, por el gusto de saberme, como ellos, perdedores de algo.
Sebastián ha perdido una mujer, la más importante de su vida, quizás, pero a diferencia de otros héroes, Sebastián no se moverá, no dará un paso adelante sin conocer cuáles son los pasos que lo han llevado hasta allí, hasta el centro de una pista de baile.
Sí, una pista de baile, en la hermosa recepción de una embajada, a la que Sebastián asiste y en cuya orilla se queda, sin moverse.
Sebastián no baila, no sabe cómo y sin embargo algo le empuja a acercarse a una mujer –esa que vamos a ver bailar- como si en verdad pudiera, bailar o amarla. Sebastián se entrega a sus fracasos con esmero, haciéndolos más hermosos. Ha de ser por eso que lo recuerdo.
El escritor que escribió a Sebastián dice preferir la parodia, incluso por encima del respeto. A veces le creo, a veces no. Sus personajes me resultan tan risibles como entrañables, tan propios como prestados, aunque haya gente que no le parezca.
Sebastián, su personaje, nuestro personaje ahora, visita su desgracia como quien va a la feria, con el entusiasmo de quien quiere subirse a todos sus cacharros. Y si para ello los sentimientos han de ser una pista de baile, un gran escenario, Sebastián así lo escoge, para quedarse de pie, iluminado por el foco de quien capaz de contar su historia para que la recordemos, aunque pase el tiempo, aunque no nos pertenezca.
Es domingo, por la tarde, dije ya. Llueve y me muero de frío y sin embargo, algo pasa, que me da por acordarme de alguien que, justamente, parece castigado por si incapacidad de olvidar.
Porque en el fondo, creo, el tono lo es casi todo. Aquí, también.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Las uvas de la ira

El Liddle es un inframundo. En él coinciden personas con cualquier tipo de síndrome de abstinencia –alcohólicos, junkies, escarbadores, mangantes-, con mendigos, personas de clase media muy venida a menos que cuentan las monedas para pagar dos paquetes de chóped pork y gente de paso que compra ahí porque le pilla de camino. Se trata de un auto mercado de muy bajo coste, donde nada está fuera de los pallet boxes y abundan sospechosas marcas blancas cuyo precio no sobrepasa los 0.90 céntimos.
El Liddle al que me refiero preside la esquina norte de la Plaza Tirso de Molina, especie de Cabo Trafalgar de mi barrio y zona limítrofe entre Lavapiés, La Latina y Atocha. Este en particular despunta por la larguísima fila de indigentes que acampan afuera. Una vez que logran recaudar 0.30 céntimos, compran una lata de cerveza y salen a beberla. Una vez terminada, vuelven a empezar el ciclo.
Hoy, último día del año, he entrado al Liddle pensando que, quizás, en alguna de sus estanterías conseguiría una botella de Freixenet con la cual ablandar la Nochevieja. En su lugar, encontré una botella de cava de 1.65 euros. Me quedé un rato frente al estante, mirando los contenedores a medio llenar y las cajas de cartón áspero y vacío. Una rara sensación de naufragio y pánico, junto con un espeso olor a cebolla, comino y sudor, me atenazó la nariz y me pregunté qué demonios hacía ahí dentro.
Salí, inmediatamente, sin Freixenet ni nada, y me quedé de pie, bajo el sol de las cuatro de la tarde del último día del año, subí por la calle Magdalena recordando el olor a pernil horneado en zumo de naranja de mi madre y la ensalada de gallina con la que mi hermana y yo podíamos demorar de una a dos horas picando patatas y zanahorias en cuadritos. Un dulce rencor de adulto me hizo entender que hay asuntos irreversibles: el tiempo, la distancia, las ñoñerías.
Llegué a casa y la lavadora había parado su canto insoportable de embolia doméstica. Seguía pensando en el horno remoto de los años anteriores, en la dulce congestión de la cocina vieja y las ollas abolladas, en los errores mil veces repasados, en los vestidos sucios y las historias decapitadas.
Saqué las toallas húmedas. Comprobé que no estaban tan limpias como quisiera. Recordé una de mis últimas Nocheviejas en Caracas, también en las Nocheviejas de los últimos tres años, y en las de mi infancia, y mi adolescencia, y en las que podría llegar a celebrar si llego a vieja. Me dio por pensar tonterías, las mismas de todos los días, las mismas de todos los años.
Voy a envejecer así. Entrando y saliendo de los lugares sin darme cuenta jamás de qué demonios hacía en ellos mientras los habitaba.
martes, 27 de diciembre de 2011
Mi primera navidad con los populares. Postal uno: 'lo difícil es que no te toque'

El pasado 22 de diciembre hice lo que todos los años, sentarme en el taburete del bar de mi barrio –he cambiado ya tres veces de domicilio y siempre consigo hacer hogar en el bar de mi nuevo vecindario - para disfrutar de la breve y dulce ceremonia que marcó, en mi transplante, una otra navidad.
Ese jueves vi caer las bolitas de la lotería en las enormes jaulas donde dan vueltas. Pedí un café con leche corto, en vaso grande, y me abandoné a la dulce idea de llegar un poco más tarde a la redacción. Me di el lujo de no mirar el reloj en un rato y de fantasear con la idea, por qué no, de que algunos de esos muchos ochos, podría ser ¡mi ocho! Este año, a diferencia de muchos otros, el Gordo traía el premio más alto de la historia, aunque también el más improbable de acertar.
Cuando llegué a España no entendía esa rara ludopatía decembrina comandada por crupieres menores de edad vestidos con trajes de orfanato. No entendía el eco chillón de los números que recitaban. Ya gobernaban los socialistas y recuerdo que, entonces, el terrorismo era uno de los temas que más preocupaban a los ciudadanos. El año en que llegué a España fue la navidad de la explosión en el párking de la T4.
Este jueves, en el bar, han escogido Antena 3 para ver el sorteo de Navidad. Trozos de la tertulia de Espejo público se alternan con los niños de San Ildefonso. La rima numérica se confunde con el debate acerca del tren de ministros que Mariano Rajoy, el nuevo presidente de Gobierno, recién dio a conocer la noche anterior.
Hace seis años, un décimo de Lotería costaba lo que hoy, 20 euros, pero con diez euros era posible comprar un billete de metro de diez viajes (su valor era, 6,10), una cajetilla de tabaco (2,40) y un café (antaño, entre 0,80 y 1 euro). Hoy, apenas y es posible comprar la primera de las anteriores tres cosas, es decir, el bono bus, que ha pasado a costar 9,60. El tabaco ahora cuesta, dependiendo de la marca entre 4,10 y 4,40, y el café entre 1,25 y 1,80.
Hace seis años, un libro podía costar entre 16 y 18 euros, ahora están entre 22 y 25. La tasa de desempleo en aquel entonces, 2006, era de 8,3%, la más baja desde 1979, es decir, 1.810.00 parados. Hoy, la cifra llega a 4.420.462, según los datos publicados por el Ministerio de Trabajo en noviembre de este año.
Desde el comienzo de la crisis económica, en 2008, han cerrado 300.000 empresas, la mayoría de ellas pymes. Hasta la fecha, más de 60 medios de comunicación han desaparecido, entre ellos el canal CNN+, y se calcula que, entre cierres y ERE, el número de periodistas en paro supera los 10.000.
Miro a mi alrededor en el bar. La gente que como yo espera que su número salga premiado tiene peor ver que otras veces. Una mujer mayor, con el cabello sucio, sin teñir y un abrigo de peluche. A su lado, un hombre de peluquín y coñac madrugador. Dos ruidosos albañiles, los únicos que no parecen ociosos dentro del conjunto de clientes. Una joven esteticista con exageradas uñas que ha comprado una participación a su tía en Murcia y yo.
Justo antes de cantar El Gordo, que este año caerá más temprano que otras veces, recibo el mensaje de un amigo. Esta mañana en su empresa han comenzado a repartir cartas de despido, un anticipo de reyes. Veinte personas que entre un universo total de 200 podrían perder su trabajo y en uno mayor, repartidas a una entre 75.000, podrían ganar la Lotería. O lo que es peor, 20 personas que podrían perder ambas cosas. O contentarse con no entrar en ninguna de las dos posibilidades. Lo difícil, en ese caso, es que no te toque ninguna de las dos, ni la lotería ni el paro.
Miro el café y luego la portada del diario El País, que anuncia la pronta llegada de Ana Botella a la Alcaldía de Madrid tras el inminente nombramiento de Gallardón como ministro del nuevo Gobierno de Mariano Rajoy. Un chico con trenzas en el pelo me dice que si eso ocurre se mudará de ciudad. Sonrío. Pido la cuenta y salgo a la Plaza Tirso de Molina, que esta mañana luce nublada y está más fría que otras mañanas.
Al llegar a la redacción me enteraré de que el Gordo lo han cantado mientras viajaba en el metro. En el tiempo que duró mi viaje en el subterráneo, tres músicos distintos interrumpieron tres veces el trayecto para tocar con tres instrumentos distintos –un piano eléctrico, una guitarra y un acordeón- un repertorio en el que coincidía una misma canción –I will survive- ante las cuales los mismos viajeros hicieron lo mismo: no dar ni una moneda.
Reviso las previsiones de la Agencia EFE para el día. Abunda la lotería, anticipos para el Consejo de ministros de mañana y un anticilón que traerá una ola de frío en la península. Lo difícil, ¡ay!, es que no te toque.



