sábado, 15 de julio de 2017

El microondas de Tancredi



Todo arrancó con una fotografía que encontré hace unos días colgada de una blanca pared. Aparecen Luchino Visconti y la Callas. Ella está de espaldas, él alza los brazos. La imagen pertenece, creo, a los ensayos de La Vestale en La Scala, en 1954. La instantánea me fulminó. Y como el verano, ya se sabe, avanza cual la geometría de su consonante -esa uve que desgarra y fractura- sentí necesidad de acudir al italiano, del que sólo había visto Muerte en Venecia (1971). En tiempos de adanismo, el mío no está injustificado, así que puse manos a la obra. Opté por El Gatopardo, su adaptación del novelón de Lampedusa, un libro cuyo espíritu recorre estos tiempos como una advertencia. O un pinchazo. 

En tiempos de adanismo, el mío no está injustificado, así que puse manos a la obra. Opté por El Gatopardo de Visconti

Elegí una noche de sábado para El Gatopardo. La versión de Visconti dura tres horas y 25 minutos, que subieron a algo más debido a las veces que detuve el vídeo para congelar fotogramas excepcionales. Aquellas cortinas que vuelan en los palacios de Donnafugata. El soldado muerto como un Cristo bajo un árbol de frutos rojos. La belleza exagerada de Angélica... La decadencia del Príncipe de Salina se me antojó preciosa, como una tarta derritiéndose bajo el sol. Sentí ya no que habitaba un fin de siècle -mi generación ni soñaba con asomarse- sino algo peor: que era una descastada. Vivo en un mundo en el que no hay tiempo para ver un largometraje de 200 minutos y los aristócratas marxistas que dirigen óperas han desaparecido. 

El Gatopardo se estrenó en 1963, hace 54 años. Mi edad cabe (casi) dos veces en esa cifra. La estampa política de la reunificación italiana de Lampedusa adaptada por Visconti se convirtió en un clásico del cine, aunque hay quienes dicen que ha envejecido mal. Que Burt Lancaster luce afectado. Que dura demasiado. Que no se sostiene. Acaso, en el fondo, porque el síndrome Tancredi siempre se abre camino, envejeciéndolo todo a su paso. Estrenada cinco años después de la salida de novela –que se publicó de manera póstuma en 1958-, esta versión que hizo Visconti de El Gatopardo incluyó al norteamericano Burt Lancaster -una imposición, dicen, de la 20th Century Fox- como el Príncipe de Salina; al francés Alain Delon como Tancredi y la italiana Claudia Cardinale como Angélica, hija de Don Calogero Sedàra, un prestamista y usurero de una burguesía en ascenso.

La estampa política de la reunificación italiana que compuso Lampedusa se convirtió en un clásico del cine, aunque hay quienes dicen que ha envejecido mal

Visconti eligió la historia del Príncipe de Salina que contó Lampedusa; su carácter clásico es rotundo. Acaso por eso (a pesar de su exagerada duración o su tono estetizante de tarta bajo la solana) la película de Visconti despertó en mí la misma fascinación que me produjo la única novela de aquel ciclópeo escritor. Así como el Príncipe de Salina intenta preservar a su familia y su clase social de los tumultuosos cambios con la llegada de las tropas de Garibaldi, sentí que el tiempo del que provengo sólo se prepara para su propio ocaso. Detesté al Tancredi de Lampedusa y ahora, claro, al de Visconti. No porque Alain Delon me disguste, sino porque algo recalentado hay en su irrupción. En el descubrimiento del agua tibia que -ahora sí- le tocará a él.

Rechazo el Tancredismo ajeno y propio. El que me ha tocado vivir a mí tiene un sabor correoso, industrial. Un algo que ni revoluciona ni alimenta

Quizá por la sensación de habitar un mundo fotocopiado, una versión sin tóner con respecto a otros que tampoco me quedan tan lejos -el de aquella foto de Visconti y la Callas, por ejemplo-, rechazo el tancredismo ajeno y propio -aquí caben desde las siglas de partidos políticos hasta la imagen de líderes o países decapitados-. El que me ha tocado vivir a mí tiene un sabor correoso, industrial. Un algo que ni revoluciona ni alimenta y que reina, desclasado y adanista -un poco como yo esta noche de sábado ante la pantalla- atrapado en el bucle de la iniciación. El plato del microondas dando vueltas, una y otra vez.  

domingo, 2 de julio de 2017

Laura y el hombre de plata



Las Ventas. Dos de abril del año 2017. Un hombre de plata y Laura ocupan el centro de la escena. Todo cuanto los rodea centrifuga la sepultura que los recorre a ambos: un chico que mira su móvil; ese hombre de gafas policiales y corbata rosa;  las varas de un picador fuera del encuadre. Una coreografía impresa en un cubo de hielo (siempre a punto de ocurrir). El centro lo ocupan, insisto, Laura y el hombre de plata. Sin mirarse. Él, torerísimo; acaso derritiéndose por dentro. Ella, despojada de su habitual entusiasmo y envuelta en ese fular rojo. Hace frío. Queda un mes para la Goyesca.

Seguro hubo bendición, ¡cómo no! La gracia de asomarse al patio de cuadrillas es mirar a Laura. Sean figuras o debutantes, ella siempre está ahí. Me gusta espiarla mientras administra el milagro de la compasión: verla transferir parabienes sin puntería a aquellos que podrían no salir vivos del ruedo. Y hoy –claro-,  siendo novillada, la ruleta carga dos veces, porque nadie tiene nada qué perder, excepto lo que ya posee. La derrota, o su contrario,  es el resultado de una ración ya de por sí escasa.

Sigo a Laura desde hace dos años. Comparto tendido con esta mujer: el tres. Ella en el bajo; yo en el alto. La veo, la mayoría de las tardes, justo al lado de la bocana de la puerta de los picadores que guardan. La escucho arrojar ‘oles’ como bulas, incluso en las faenas más soporíferas. Pero en este instante, justo en este momento en el que llego pronto a la plaza para olisquear asuntos ajenos, mi mirada se detiene en otro lugar de su nombre. La congelo. La aíslo. Se revela ante mí prendida por el alfiler de la cámara de un teléfono que ve lo que yo no sería capaz.

Ahí están, juntos, el hombre de plata y Laura. Pegaditos a la muerte. A ella, porque la vida se le acaba y al peón porque, ya se sabe, va hacia la muerte y regresa de ella sin tocar pelo. El parpadeo de toros que siempre serán de alguien más. Como a Laura, al hombre de plata no le pertenecen ni los trapos ni la espada, pero ahí está: bailando. Puliendo la hebilla, que dicen en mi ciudad. Desventrarse contra los pitones del astado que nunca será suyo o las agujas de un reloj, el de la plaza, que van a su aire. Yo, mirándolos, recito mi Gil de Biedma. Que la vida iba en serio…

Han transcurrido meses desde esta instantánea. Ambos, Laura y el hombre de plata, se mantienen firmes en su gesto, presiden ese mundo que ellos centrifugan. Le hacen  un desplante al tiempo. Pero ésta, claro, es una fotografía. Nada vale. Nada puede. Es, sólo, el breve milagro del que mira… tuerto de entrañas.

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domingo, 18 de junio de 2017

No era su toro



No era su toro. No le correspondía en el sorteo. Pero el azar convirtió su quite al astado de Juan del Álamo en un resbalón. En medio de una chicuelina, el animal pisó el capote y el diestro cayó. Y fue así como el pitón del tercero de la tarde atravesó el cuerpo de Iván Fandiño (1980-2017). La muerte fue a buscarle el costado como los puños al sparring. La punta roma que empujó hasta la pala para perforarle el pulmón. Le quedó aliento a Fandiño para apurar un último intento. "Daos prisa que me estoy muriendo", dijo a su cuadrilla mientras lo llevaban a la enfermería.


La tauromaquia, como la tragedia, convierte la muerte en la advertencia del coro: nos pone los pies en la tierra

Se es torero para hacer geometría con la abrochada cornamenta de un animal. Ocurre, a veces: la bestia se impone y la vida desagua en una herida de la que nadie regresa. Así ha fallecido el matador vasco en Aire-sur-l'Adour, en el suroeste de Francia: con un toro que no era el suyo. Había cortado oreja en su primero de la tarde. Y quien lo mira desde fuera piensa: qué daba tocar pelo cuando el hueso duro coloca el punto y final. Pero, claro, de eso viven los matadores: de jugársela con las capas y cruzarse para enterrar los aceros en el lomo de un trasatlántico.


La tauromaquia, como la tragedia, convierte la muerte en la advertencia del coro: nos pone los pies en la tierra. Los toreros salen a la plaza vestidos de costurones; recubren con brillos y sedas las cicatrices que reparte el oficio. Porque torear es una forma de escalarse con la muerte... la suya y la nuestra. Ese laberinto que descifran, entre el valor y la belleza, los que viven de ir a trabajar con una espada debajo del brazo. En esa travesía, en ocasiones, no llega el hilo del que dispuso Teseo. A veces Ariadna desaparece. Y entonces, nadie vuelve a casa.

La tauromaquia, como la tragedia, convierte la muerte en la advertencia del coro: nos pone los pies en la tierra
Iván Fandiño murió en Francia, un lugar que apreció su torería. El diestro de Orduña (Vizcaya) se abrió paso con embestidas de sacrificio. A pesar de todo, incluso del poco salario que dan las plazas de tercera a quienes sólo quieren torear. Es lo que pasa a los que buscan abrir unas puertas cuando otras se cierran. Y eso quería Fandiño: cincelar la carrera; acallar la dificultad con el sonido que hace la voluntad al chocar contra el yunque del trabajo. Llevarle la contraria al destino cuando las circunstancias se empeñan en estrellarlo. Forjado en capeas, Fandiño debutó sin picadores en 2002. Dos años después, llegó como novillero a Las Ventas. Tomó la alternativa en 2005 y la confirmó cuatro años después. Se enfrentó a los vericuetos del sistema y a las grandes casas empresariales.


Que no lluevan piedras, por favor, sobre esta muerte. Porque la de Fandiño escala la nuestra. Y, aún sin que lleguemos a entenderlo, la redime

No suma el tiempo suficiente para que se cumpla un año de la muerte de Víctor Barrio. Y ocurre esto. La muerte de un hombre ante un toro que ni siquiera era el suyo, que no le correspondía en el sorteo y con el que no escatimó oficio. Morir. La ruleta rusa a la que se exponen quienes cargan el tambor del revólver con la bala de lo bello; aunque, al final, sea el azar quien percuta. La vida mancha, la vida duele, la vida se acaba y a veces de la peor manera. Que ninguna tragedia es higiénica. La vida va a parar a ese desagüe sin estambres del que no vuelven quienes se cruzan ante la vocación. Que no lluevan piedras, por favor, sobre esta muerte. Porque la de Fandiño escala la nuestra. Y, aún sin que lleguemos a entenderlo, la redime. 

jueves, 25 de mayo de 2017

Sobre Talavante o cómo bailar sobre el pelo de una gamba



Un hombre de plata arroja papelillos en el aire. Hace tanto calor que hasta parece que estallarán como palomitas. El viento, cuando sopla, lo hace flojo y caldoso. La plaza entera se abanica, como si aplaudiera para llevarle la contraria al sol. Mis compañeros de tendido llegan algo más tarde que yo; minutos  antes del paseíllo de los alguacilillos. Nos saludamos, como si fuésemos parientes. A Javier, el que fuma y ha leído todo el policiaco publicado en español por Alfaguara, le gusta el libro que acabo de cerrar sobre mi regazo. ¡Hombre, Loriga!, exclama. Pero vamos justos de tiempo para compartir lecturas. Porque en la décimo cuarta de San Isidro el cartel enchufa corriente  en quienes hemos llegado justos de fuerzas para freír el corazón sobre la piedra.

Justo entonces aparece Talavante, el hombre que torea en endecasílabos.  Dos, tres, cuatro chicuelinas. Y esa cara de cuchillo.

Tobillita, un salinero de Núñez del Cuvillo, trota albino sobre la arena. Un toro claro, como boa desteñida recién salida de toriles. Veo a Juan Bautista, con esas piernas combadas que a mí me parecen a punto de quebrarse. El francés brilla como un canutillo en los medios. Algo me distrae, porque capote y picador sobrevienen como un parpadeo. El siete pitorrea, como siempre. Miro la cruceta del hombre a caballo. Presencio el castigo, sin dolerme. La sangre que mana del lomo de Tobillita  es más roja que la de un Ribera; es el pelo sin color del lomo, que todo lo amplifica. Justo entonces aparece Talavante, el hombre que torea en endecasílabos.  Dos, tres, cuatro chicuelinas. Y esa cara de cuchillo. La mucha mandíbula cortando la fruta de la tarde con el filo de una tela.  La faena del primero de Juan Bautista  viene a menos, como una pólvora despilfarrada. No la recuerdo. No me entero. No rima. No me habla en verso. Yo, claro, he venido por el extremeño.

Apunto en mi libreta cosas que no sirven de nada, pero que yo me empeño en comprender. El dogma del entusiasta; aunque en el fondo, yo me sienta siempre la más rubia del tendido

Mientras apuntillan a Tobillita, sigo a Talavante con la mirada. El diestro salta sobre un adoquín del callejón. Se retuerce como un tornillo vestido de seda. Apunto en mi libreta cosas que no sirven de nada, que explican asuntos que los que están a mi alrededor ya saben de sobra, pero que yo me empeño en comprender. El dogma del entusiasta; aunque en el fondo, yo me sienta siempre la más rubia del tendido. El segundo de la tarde sale de toriles. Pesa 518 kilos. Un jabonero abrochadito de cuernos, como dicen los que saben. ¡Ay!, palmas de tango. Que el toro no gusta. Y yo sin saber muy bien por qué. Pero apunto, como si eso me diera luces en esta tarde caldosa, que arde como un puchero de enero.

“Talavante: eres grande, grande, grande”, grita un hombre que sigue al matador allá adonde vaya. Bonita fe la de quienes gritan al viento verdades casi científicas.

El segundo astado  da un paseíllo inapetente por el ruedo. Talavante, hombre alambre, recibe  con un capote sin arrugas. Tantea, olisquea con telas lo que yo no acabo de entender sobre la piedra. Cambia al tercio. Entran los picadores y salen, otra vez, invisibles ante mis ojos. Pero llega la muleta y empieza la sustancia.  “Esto es como el paté y el foie-gras, los dos se untan pero no saben igual”, escucho a mi alrededor. Sin duda, entre el francés y el extremeño hay una zanja. “Talavante: eres grande, grande, grande”, grita un hombre que, según los murmullos, sigue al matador allá adonde vaya. Bonita fe la de quienes gritan al viento verdades casi científicas.

Miro el reloj; se me antoja que pudo haberse detenido de la misma forma en que los papeles estallan como palomitas bajo el calor de mayo

Tristón, el sabonero que le toca al extremeño, sangra hasta la pezuña. Está bien picado, dicen. Y aunque se duele de las banderillas, aguanta su destino de filete. En la suerte de muleta, Talavante torea al natural; algo que creo haber comprendido, no porque sea capaz de explicarlo sino por lo mucho que enciende en mí el vapor de una idea. Es su mano izquierda, enguantada de negro casi siempre, la que me hace entender una misma cosa con todos los sentidos: el oído –oleeeee, que recitan los tendidos-; la vista, esa bella curva del toreo cuando parece cierto; el tacto –la piel de gallina bajo un sol de 36 grados-; el olor a tierra que levantan estas tardes y el gusto ferroso de una boca ansiosa, seca de tanto mirar. Miro las tandas de los pases como si untara mantequilla sobre pan caliente. El extremeño tira la muleta hacia las tablas –no hacia la plaza-. Suerte contraria, me explica don Javier. Miro el reloj; se me antoja que pudo haberse detenido de la misma forma en que los papeles estallan como palomitas bajo el calor de mayo. Las mulillas arrastran al jabonero y mi corazón se enciende con un pasodoble. Cursilerías mías, que no nací en esta tierra pero me pueden sus travesías, por pintorescas que suenen.

Roca Rey recibe al tercero con su mucho arrojo de Principito limeño, mezcla de Saint-Exupery y Manongo Sterne de Bryce Echenique. El muchachito va a toda prisa, como los que hacen el olivo con 21 años. El toro entra al caballo empujando poco y en banderillas, Juan Bautista hace un quite de bostezo. EL peruano recibe en la faena de muleta con cuatro estatuarios y un desmayado que me retiene. Citando de lejos, Roca Rey se lleva a  Aguador –un toro siglo de oro cuyo nombre me recuerda al de Sevilla que pintó Velázquez- a los medios. Transcurre la faena hasta, ¡ay,! la espada. “Que aquí se abre el Cossío y ya está. Por como estaba colocado, cantaba el bajonazo”, dicen los que saben.

Mientras el cuarto de la tarde ocurre, el segundo del francés, se intercambian bocadillos. La alegría del pimentón frito en las comisuras de gente que apenas se conoce pero comparte merienda. Relatero, un colorado chorreado que a mí me parece más un tigre que una res, persigue a la cuadrilla del francés por todo el ruedo. El asunto da cierto pudor, por aquello de salir corriendo. Pero llegan las banderillas y el asunto quiebra. “Cuidado, que ahí viene Talavante”, dice don Javier, sacando su cigarrillo de la pitillera plateada. Tres delantales y una remolera se inventa el extremeño en esta tarde sin viento. EL francés se pica y pide réplica, pero es poco lo que hay que hacer cuando compartes cartel con la cuerda de un violín. Alguien que hace arpegio en cada lance.

“Entre Talavante y el toro no cabe el pelo de una gamba, y mira que son finos”, dicen al arrancar la muleta

Y llega el quinto, que nunca es malo –dicen-. Como lo han picado poco, el negro listón del Cuvillo llega crudo a la faena de Talavante. Es su segundo y su oreja, la segunda de San Isidro hasta hoy para él. Algo vibra en el aire, va a tocar pelo el matador. O al menos eso me repito, sobando mi escapulario del ignorante. “Entre Talavante y el toro no cabe el pelo de una gamba, y mira que son finos”, dicen al arrancar la muleta. La primera tanda de pases  con la izquierda –enguantada de negro, siempre-, resulta untuosa. En la segunda, el toro avisó que iba a por el matador. Ole, Ole, Ole. La plaza baila como la sopa al son de la cuchara.

Iba ya pálido el toreo cuando ejecutó la suerte de recibir. Cayó Nenito a la arena y entonces  arrancó a nevar en la plaza. 


Ya en la tercera tanda de pases, la plaza se deja hacer como un caldo, el agua en la que algo guisa a los corazones exhaustos. Fue ahí cuando el cuvillo prendió a Talavante y le hincó el pitón. Se negó el matador a ir a la enfermería. Y así como un Cristo que cumple su pasión vestido de canutillos, Talavante completó la faena como el mismísimo Gran Poder. La sangre le llegaba a la manoletina, tiñéndole la media roja de pura borgoña. Iba ya pálido el toreo cuando ejecutó la suerte de recibir. Cayó Nenito a la arena y entonces  arrancó a nevar en la plaza. Telas de mayo que se inventan blancos en el aire.  Salió la oreja para el extremeño, que se fue, por su propio pie, hasta la enfermería. Lo que siguió no lo recuerdo. Ni me importa. Me quedo con lo que cuelga del pelo de una gamba, esa hebra tensa cual arpegio entre un toro y un torero. Ese lugar en el que bailan los papelillos cuando arde el sol de la tarde.

lunes, 15 de mayo de 2017

Sobre Canarias, una isla del espíritu




Los que me conocen de cerca saben cuán complicada es mi relación con Venezuela. Es un tema recurrente. Al que acudo y del que huyo al mismo tiempo. Esa forma dolorosa de hacer dos cosas a la vez. Estoy trabajando un manuscrito con Con Venezuela. Me duele. Me habla. Me grita y me mima como en aquella versión de Miyó Vestrini de "mi mamá me mima/mi mamá me grita" de Órdenes al corazón. Venir a Canarias es viajar en el tiempo. Es viajar hacia mi cerebro de seis años. Y el olor que experimento ahora, mar y combustible, me funde el alma. Es el olor de mis tardes de domingo en La Guaira, cuando andaba por ahí pintándome las mejillas como una mini mujer payaso a la vez que leía a Dahl y mi hermana mayor me instruía en la difícil tarea de no ser una ignorante. Si ella supiera cuánto he pensado en nuestros amaneceres en la playa estos días. Venir a Canarias me endulza y me envenena. Me da Centro y me lo quita. Aquí Me dan ganas de dormir, para soñar y volver al tiempo de la Arcadia. Aquí, duermo con los ojos abiertos, deseando traer hasta aquí a un país entero, a mis padres, a mis hermanos, a mis sobrinos, a los hijos que no tengo. El mío es un país que amo como a los imposibles. Con el dolor y la expectación de las cosas que importan. Me duele y me alegra venir al archipiélago. Porque aquí están los olores de mi isla del espíritu, como decía la Gramcko. Como La Cubagua de Bernardo Núñez, a la que tantos años he dedicado, y que se muere impublicada porque quizá no he sabido contar lo que eso me despierta . Estas islas me acarician y me duelen. Solo seré escritora el día en que las palabras me sirvan para resolver esa herida que es país. Y no sé si me explico. Pero por Dios: sal y combustible. Esos olores me arrancan y me devuelven. Es el sol de mi infancia quemándome el corazón. Y estás ganas de reír y llorar. De echar a correr. Hoy soy mis dos criaturas: Caballo y elefante. Doy coces en el aire y derribo la cacharrería de mí misma. #pueseso Eso es Canarias en mi corazón. Si ella supiera lo agradecida que estoy. Porque me devuelve. Me advierte cosas.

jueves, 13 de abril de 2017

Mi hermana no consigue pan y yo tengo un chichón

Una imagen del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien fue recibido por la multitud con objetos y desechos en una visita a San Félix. 

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Tiene galletas, me ha dicho. Las ha comprado antes de que cerraran el supermercado (aún con personas en su interior, por temor a saqueos). Lo poco que llega se lo reparten por rango: revendedores y dependientes primero; el resto, que se las arregle. Eso si tienen la suerte de que el número de su carnet de identidad coincida con el día de su simbólica compra, que normalmente suele ser nada o lo que haya llegado, que a fin de cuentas siempre es poco. Otra vez, nada.

Mi hermana espera, y yo también, a que rindan… las galletas. La escucho, con ganas de gritar. La escucho, con ganas de venganza. La escucho, con ganas de acudir con una manta y cubrirla. Aunque ella es fuerte. Mucho más que yo. Las dos, ella y yo, hemos decidido los extremos del mar que habitamos. Y sin embargo, yo aún siento el privilegio de escoger. Por ella elige la fuerza, y la valentía, y las muchas ganas y algo que yo ignoro y  ya no llega a mi corazón. Porque mi corazón se pudre. Hace años se pudre. Porque la vida ayuda y porque el país remata.  

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Tiene galletas, me ha dicho. Las ha comprado antes de que cerraran el supermercado

En mi ciudad de origen  las personas no son clientes, mucho menos ciudadanos, son seres que se agolpan, que se matan, que mueren, que resisten. Gente a la que encierran en los supermercados. Gente que sale a la calle –esa ruleta rusa del azar- y puede no volver. Gente a la que el dinero se le evapora. Gente que ya no tiene. Que ha dejado de ser. Que ya no es. Que  ya no está. La ciudad echa humo en estos días –lo veo en RTVE y la BBC- y aunque arrojen huevos contra un payaso, eso ya no compensa. Ya no me tranquiliza. Ya no me importa. Mi odio es mayor, más espeso y peligroso. Mi odio es negro. Es un petróleo. Una maldición. Unas ganas de escarmentar, de devolver. Ojo por ojo… 
 La ciudad echa humo en estos días –lo veo en RTVE y la BBC- y aunque arrojen huevos contra un payaso, eso ya no compensa. Ya no me tranquiliza
Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días y yo tengo un chichón en la cabeza.  Esta madrugada, a las tres, he vuelto a escuchar una de las palabras a las que más temo en el mundo: malandro, un sustantivo que se usa en Venezuela para designar a los peores delincuentes. Gente que mata sin razón, gente que arrasa, que quema, que hiere, que roba.  Al escucharlo, he salido de mi cama y me golpeado contra un viga, pero qué es un viga cuando un país se desangra.Me asomé a la ventana. Se trataba de una de esas peleas que ocurren muy adentrada la madrugada de los días laborables. Reyertas de gente que no entra a trabajar las nueve de la mañana en ningún sitio. Horas de sombras. Me escondí detrás de la cortina para mirar.

-Yo, en Venezuela, soy un malandro, ¡mamahuevo! -decía un sujeto.

Las tres palabras -Venezuela, malandro, mamahuevo -me pusieron alerta. Palabras de monstruos. Palabras que huelen a muerte. El que se decía malandro perseguía a otro con un palo. Me dije a mí misma: ¡No es una pesadilla. Después de mucho huir han llegado aquí. Han cruzado el mar! Y maldije, con todos mis dientes rotos, al malnacido, y a su malandro, y al país que lo expulsó. Y al país al que pertenezco sin formar ya parte de él. En mí crece el odio. Año tras año, tras año: se agrava, se endurece. Como una estaca de boñiga. Por eso nunca digo de dónde soy, ni dónde nací, porque si lo dijera, me envenenaría.
Las tres palabras -Venezuela, malandro, mamahuevo -me pusieron alerta. Palabras de monstruos. Palabras que huelen a muerte. 
Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Llevo años contando lo que siento y justo hoy no me sirve para nada. No me calma, no me apacigua. Odiar un país es de las sensaciones más ásperas que puede experimentar alguien. Vivir con los dientes apretados, deseando un castigo bíblico para sus compatriotas. Ganas de cobrárselas, de hacer pagar. Y ahora, a las tres de la madrugada, mirando a un hombre con un palo, pienso que no sirve de nada. El castigo ha llegado y lo pagan la personas equivocadas. 

Sigo escondida detrás de la cortina (tengo miedo) y observo. Mientras el sujeto que se proclama malandro da golpes contra las persianas de los comercios con una vara de metal, el chico al que persigue le llama 'panchito'. Y yo, como el que insulta, siento un desprecio parecido. Incluso peor. Algo se me sube por la garganta. Bajaría yo misma a arrancarle los ojos. Sólo por esa palabra: malandro, eso que suena a cañón caliente y gente muerta.

Cuanto más lo pienso, más cuaja mi odio, que es lo único que crece democráticamente en ese lugar del mundo: Eso, y la muerte, y la pobreza…

Maldito país, déjame dormir. Se lo han llevado todo: la vejez de mis padres, mis recuerdos de infancia, la familia unida, los lugares donde crecí, el periódico por el que lo habría dado todo, mi montaña, mi casa. Cuanto más lo pienso, más cuaja mi odio, que es lo único que crece democráticamente en ese lugar del mundo. Eso, y la muerte, y la pobreza… El acento venezolano me lastima, me avergüenza. Saca lo peor de mí. Me estoy enfermando con algo que no es mío, pero me come, me roe. Rata dura contra huesos blandos. Roer. Y no me importaba no ser: no ser madre, no ser de un lugar, no ser del todo algo (exilado, huérfano, desahuciado). Pero esta noche sí. Me importa. Y me envilece.


Miro por la ventana. Y nada me apetece más que llamar a la policía. Que vayan a por ese hombre que se dice malandro. Que lo apaleen. Que lo reduzcan. Que lo hagan polvo. Hace diez años, le pedí a un amigo que me recomendara a un autor que hubiese escrito sobre el odio a su propio país. Thomas Bernard, me dijo. Empecé por Sótano seguí con Tala. Y nunca paré de leer. Ni de odiar. Me dediqué a escribir un diario, mejor dicho, una bitácora que alimentaba con los post de mis humores. Se lo entregué hace unos meses a una editora. Ella me dijo: no sé qué me estás contando. Yo lo veía clarísimo. Entonces la ensalada se me subió a la nariz. Entendí que el odio roba, saquea, apalea… se lleva consigo lo que nos pertenece. Hasta el lenguaje.

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Yo tengo un chichón en la cabeza y el odio me crece como una buganvilla 

Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Yo tengo un chichón en la cabeza y el odio me crece como una buganvilla … de esas que nadie querría tener en casa. Algo me embrutece. Un salpullido. Una pústula. Siento odio. Mucho odio. Mi hermana no consigue pan desde hace ocho días. Yo tengo un chichón y  un hueco en mi biografía. No sé cuántas cabezas tendré que cortar para rellenarlo. Pero jamás serán suficientes. Jamás.
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