martes, 7 de julio de 2015

11.02.06 (Hace ya casi diez años)


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EL PAÍS VISUAL
Karina Sainz Borgo
ksainzborgo@cantv.net

Solución oftálmica

Tras un proceso de investigación, el Proyecto Armando Reverón editó y presentó a finales de 2005 su tercer título: Armando Reverón. Guía de Estudio.  Divido en seis partes y 521 entradas bibliográficas, el volumen reúne y contextualiza los ensayos incluidos en libros y catálogos  publicados luego de la muerte del artista, en 1954. Precedido del  texto  introductorio Armando Reverón y la crítica,  a cargo de María Elena  Huizi,  el compendio general actúa como un espejo: a través de la documentación reveroniana, nos planta frente al reflejo de nuestros propios accidentes interpretativos.  

El mayor aporte de la publicación no se restringe a la demolición de los lugares comunes construidos alrededor de Armando Reverón y su obra, sino en la extracción de sentido que puede hacerse de ellos. Lejos de cualquier afán escrutador, la guía ofrece a quien la recorre nuevos problemas de estudio: la mirada fundacional que hace, por ejemplo, Alfredo Boulton, o la lectura ideologizante de Marta Traba, robustecen nuevas preguntas sobre la forma en que nos hemos asomado no sólo a Armando Reverón, sino también al arte moderno venezolano y, por ende, a nuestras propias formas de representación.

Accidente 1. Neutralizar la periferia
El nombre de Armando Reverón inaugura una grieta visual. El siglo XX del arte venezolano se ha  debatido entre el paisaje como discurso fundacional  con la Escuela de Caracas y el Círculo de Bellas Artes –ambos en el interregno del país gomero-, versus la abstracción geométrica que surge en la frontera del perezjimenismo y atraviesa el nacimiento de la democracia.

En el centro de una disyuntiva teórica –el paisaje catártico y el paradigma geométrico cual síntoma de progreso- se ubica el nombre de Armando Reverón.   Para 1921, ya plenamente de regreso tras su formación española, el artista había tomado la decisión de pintar de espaldas al Ávila que Cabré o Monsanto acometían con fruición. Desde la periferia, instalado en La Guaira, Reverón clausuró un paisaje e inauguró otro. Abolía un discurso para poner en marcha  un universo complejo, salino y esencial, visible no sólo en el transcurso de la división periódica que hizo Alfredo Boulton de la época azul (1919-1924), blanca (1925-1937) y sepia (1937-1946), sino también en sus muñecas y objetos, cuya conexión de sentido con su obra bidimensional fue tardía.

Esa demora es descrita  por María Elena Huizi, quien apunta momentos esenciales de la literatura sobre el pintor, entre ellos los ensayos Armando Reverón o la voluptuosidad de la pintura, escrito por  Alfredo Boulton para la retrospectiva organizada por él y Miguel Arroyo en el Museo de Bellas Artes en 1955; Armando Reverón, texto en el cual Mariano Picón Salas despoja al pintor de la “fama de Robinson iluminado”, así como los análisis de Juan Calzadilla. Sin embargo, Huizi enumera y da cuenta de una literatura tangencial, demasiado ocupada en las “manías” del pintor e, incluso, una mucho más ideologizante restringida a la hiper-iconografía de lo anecdótico que rodea a Reverón.

Si bien Reverón había hecho de sí mismo una puesta en escena, la diseminación de su propia teatralidad hizo que la sociedad venezolana lo confinara, primero, al estricto diagnóstico de su locura para llevarlo luego, y sin intermedios reflexivos, a la encrucijada del genio encontrado. El resultado era exactamente el mismo: la neutralización. Una vez muerto, la sintomatología devino en inmortalidad. Sin duda, una rápida operación discursiva. Su muerte convirtió el concurrido espectáculo marginal en grandeza, una operación reflexiva sencilla, abreviada. He allí una parte de la paradoja, el primer y más poderoso naufragio de la mirada sobre lo propio.

Accidente 2.  Ser la periferia
Avanza Huizi en su recorrido bibliográfico hasta llegar a los hallazgos que se produjeron a partir de 1980 –Venezuela contaba ya con instituciones museísticas capaces de generar una mirada sistemática-, cuando  la obra de Reverón es, al fin, objeto de un estudio contextualizado. Cita Huizi la visión que arroja José Balza sobre los objetos reveronianos; el análisis del peso del autorretrato en su obra descrito por Rafael Romero y, más específicamente, el camino reflexivo que inaugura  Luis Enrique Pérez Oramas en 1989  con De los prodigios de la luz a los trabajos del arte, ensayo en el cual se propicia el diálogo de la obra de Reverón con la historia de Venezuela, el estudio de la imagen y la estética.  La historiografía de Reverón encontraría en la década de 1990 la mirada atenta de investigadores, entre ellos la de John Elderfield, curador jefe de pintura y escultura del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el cual está próximo a exhibir  en febrero de 2007 una exposición antológica de Reverón en sus salas.

La deglución y el análisis de nuestro primer artista moderno consumió 50 años de retraso desde su muerte hasta nuestros días. Una importante obra bibliográfica y esta nueva recopilación de las fuentes de estudio reivindican la miopía. Sin embargo, la desaparición de El Castillete en 1999 arroja la constatación de una nueva periferia: la que nos separa, de forma literal y metafórica, de los lugares naturales de estudio. Coleccionistas y curiosos visitaron Macuto. También cineastas y fotógrafos, quienes reprodujeron su propia obturación reveroniana: Edgar Anzola en 1938; Roberto Lucca, en 1942 y Margot Benacerraf en 1948, también Alfredo Boulton, el coleccionista Jean de Menil y Victoriano de los Ríos. En 1953, un año antes de la muerte del artista y durante una de las crisis psíquicas que le harían regresar donde el doctor Báez Finol, el fotógrafo Ricardo Razetti capturó con su cámara una imagen de Reverón, quien permanecía, de pie, mirando su reflejo frente a un espejo roto. Transcurridos más de 50 años, Reverón resiente  el mirar fracturado como una constatación de nuestros accidentes.




sábado, 4 de julio de 2015

Mario Bros séptico

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Anoche soñé que iba al río Orinoco a lavar mi ropa. Pero no llegué andando. Viajé como las comas:  con una subordinada como único equipaje. Metí en la antigua lavadora de la casa, aquella en la que ya no vivo, todas las mudas sucias acumuladas durante días. Al poner en marcha la General Electric que a mí siempre me pareció moderna, aunque ya no lo fuera, me encontré de pronto cogida de la mano de una niña.
Avanzábamos bajo un agua terrosa en la que flotaban largas serpientes de excremento, endurecidas deposiciones. También caballos y jinetes muertos. Cadáveres rígidos como las expulsiones parduscas.  Los muertos tenían los ojos abiertos, blancos como la yema de huevo duro. La puritita muerte con sus cuencas vaciadas de vida a las que alguien había rebañado el purgatorio con miga de pan. Todos ellos, los muertos de mirada huevina, chocaban contra nosotras: contra la niña y contra mí. Cadáveres en aquella sopa tibia de sangre y mierda.
Incapaz de torcer el rumbo, de dar marcha atrás, avanzábamos sin voluntad en el agua de aquel vertedero. Mario Bros séptico -siempre hacia adelante-. El agua turbia comenzó a moverse , y con ella el tambor de la lavadora, encendida muy lejos de las cañerías donde vivos, muertos y calcetines nos ablandábamos, fétidos.
Aparecí de pronto, sola, en el interior del electrodoméstico. Sin niñas ni muertos. En los sueños, como en las novelas, todo ocurre de forma arbitraria. El agua seguía siendo terrosa. Manchaba para siempre -creí- mi ropa blanca y percudida.

Todo daba vueltas hacia el Orinoco y fuera de él. En un pestañazo, regresé al agua de un  río sin superficie, otra vez cogida de la mano de aquella niña muda. Una voz me hizo saber que quienes avanzaban cogidos de la mano, debían llevar a los muertos río adentro, hacia algún lugar donde nadie pudiese robar sus cuerpos.
Y aunque algunos debían de estar vivos, a mí todos me parecían occisos. Nos topamos con arrecifes de algas kilométricas, largas cabelleras de una mierda firme y endurecida. Alrededor, un cardumen de bestias y hombres muertos.
Aún queriéndolo, no podía mirar atrás. Algo superior me lo impedía. Me  pregunté si la niña vivía, si yo la llevaba a ella o ella a mí. Fue ahí cuando volví a  la lavadora, llena de aquel caldos de muertos y excrecencias  en el que nunca nada sería blanco.


martes, 23 de junio de 2015

Cuando todo esto acabe, me haré unos zapatos con la piel de mi corazón

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Es un lugar desconocido en el que ya he estado antes.  Podría ser la frontera de dos países en guerra o la línea punteada que separa cualquier cosa de otra. Da igual. He estado aquí otras noches, otras veces. Lo sé por el olor a tierra mojada, también por los árboles de mango que me fueron confiscados. Lo sé por ese vapor que producen la mierda y las naranjas cuando se pudren juntas bajo el sol.  No tengo miedo, tengo hambre; también llevo un bolso al hombro. En sueños siempre los cuido. Por ellos he perseguido yeguas furiosas a las que alguien arranca el pelo. Por ellos he cruzado pasillos de hospitales con gente que desconozco y se desangra. Para recuperarlos o conservarlos, he rebañado casquería con las páginas de mis poemas y también cruzado a nado un río lleno de muertos y mierda. La ultima vez que sostuve uno fue cuando me dieron un tiro en la frente. De aquello sólo recuerdo que buscaba a mi hermana y que mi sangre olía a guayaba.
El bolso del que me sujeto ahora es el de los lunes. Ese que tiene una elástica propiedad de engullir objetos sin que se note. En él caben un par de zapatos sin cuña, dos o tres libros, una botella de agua, los cigarrillos, y a veces mi corazón… que se pudre apretado entre desodorantes, cotonetes y una lata de cerveza tibia. Pero hoy llevo sólo cuatro cosas: un perro salchicha, un racimo de cambures, el estuche de maquillaje y una pitón albina. ¿Adónde he llegado? Por qué necesito semejante equipaje.
De pie sobre la hierba pelada, saco al chucho del bolso y lo deposito en el suelo. Está vivo. Se mueve dando tirones de la cadena, para olisquear la grama. No sé qué busca. Dentro del bolso, la pitón se mueve como un estómago. Y no pienso en nada. La siento moverse. Sigo al chucho, que pega el morro a la tierra, todavía más. Quizá busca oro o huesos. Siento en el costado a la kilométrica culebra desperezarse. Quiero comer un cambur y pintarme luego los labios. Por eso descorro la cremallera. La pitón parece un  intestino deslavado. Los plátanos están justo debajo de ella. Me siento débil. No puedo rebuscar. Desisto.
Cierro el bolso mientras el chucho aún camina y yo inspecciono las frutas podridas esparcidas sobre el campo. Así, revoloteando alrededor de lo que ya nadie podrá comerse, miro a las avispas. Parecen satélites de vuelo venenoso, algo que podría llevarme a la boca, si quisiera. Aun en el bolso, la pitón se sacude lentamente, como hace la gente en los polvos dulces. La pitón abre su boca y engulle un cambur, que avanza pesado y lento a través de su tráquea fría. Una demorada felación. Aunque no pueda verlo, sé que los come. Y no me importa. El chucho avanza y yo me muerdo los labios con mis dientes descascarillados.
Lo sé, como se sabe en estos casos, que la culebra se ha comido el racimo. Sin abrir el bolso, lo sé. Hemos avanzado ya cerca de un kilómetro en el que no veo nada excepto una llanura estropeada. Sólo queda algo en el bolso: mi labial. Descorro la cremallera, pero es tarde. La serpiente también se lo ha comido. Entonces el chucho se detiene y yo con él. Cojo mi culebra fría por la mandíbula, la olisqueo como a una golosina y abro mi boca para encajarla entre mis maxilares. Y la aspiro como un espagueti vivo, frío y escamoso. Se deja tragar entera, boba, dócil.
Lo que más cuesta es su cola endurecida y caprichosa, que se atasca como un chipirón fosilizado. El perro salchicha sigue en su sitio, supurando una espuma blanca en su hocico pequeño de animal fiel. La boa se mueve en uno de mis cuatro estómagos. Se sacude queriendo salir. Alzo la palma de mi mano, convertida ahora en espejito espejito de polvera. Mi boca brilla bajo el sol. Mi tripa se revuelve. Mi corazón se envenena y el perro se ahoga. Pero no importa. Esta vez, la que mata por constricción seré yo. Sólo yo. Y nadie más.
Cuando todo esto acabe, me haré unos zapatos con mi corazón. 
Y colorín colorado…

viernes, 15 de mayo de 2015


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Feliz, feliz no cumpleaños: a ti, te doy.

Yo no puedo enseñar historia del arte a una liebre muerta.
Ni decir que viviré más de los cuarenta.

Yo sólo puedo rebuscar,
rebañar la casquería.


 Así te encontrará la muerte:
fotografiándote los zapatos.

Feliz, feliz no cumpleaños: a ti, te doy.

Así te encontrará...

Si llega.
Dos peldaños para un octosílabo.

Y entonces, sólo entonces, dejarse caer en el borde de algún vaso sucio...

Amén

jueves, 30 de abril de 2015

Los objetos de mi hermano

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Hubo un tiempo en el que me gustaba fisgonear las cosas de los demás; y si pertenecían a mis padres o a mis hermanos, todavía más. Asomarme a las gavetas que no me pertenecían; abrirlas; inspeccionar e inventariar objetos que encontraba a mi paso: un reloj sin batería en el que siempre eran las dos y cuarto; monedas color cobre – a veces verdosas- apiladas en la tapa de un desodorante; broches estropeados; pendientes desparejados; libretas a medio usar; picaduras de pipa envueltas en bolsas parafinadas; pulseras de fantasía desdentadas. Un reino irrespetuoso sujeto a la gasolina que suponía ser descubierto.

Objetos dormidos que yo traía a la vida por el solo hecho de tocarlos. Me entretenía coger uno, cambiarlo de sitio y devolverlo luego a su posición original. Mi atrevimiento les confería una nueva existencia, espantaba las tardes de calor y me prodigaba el privilegio de ver sin ser visto, de poseer aquello que no era mío. Era como comer a escondidas: placer culposo sin rastro. Apropiarme y luego abandonar, como si nunca hubiese estado allí. Sólo después de dar buena cuenta de ellos, me marchaba, a hurtadillas, disimulando malamente… como quien sale airoso de la cocina, sacudiéndose de los labios las migajas de un bizcocho robado en mitad de una tarde aburrida.

Las gavetas en las que más solía demorarme eran las de mi madre y mi hermana. Ambas estaban llenas de objetos incomprensibles, en su mayoría estropeados o a medio usar. ¿Por qué guardaban cosas así? Tras invertir largas y repetidas incursiones, aprendí a diferenciar cómo gastaba cada una el labial: mi madre plano y redondeado, como la punta de mis tijeras puntarroma; el de mi hermana, plano también, pero con la hendidura de un labio insistente y pequeño... aunque los objetos de mi hermana me resultaban menos sorprendentes, porque conservaban ese raro estropicio del juguete -nos llevamos apenas cinco años, ambas tuvimos muñecos, a los que mutilé algun que otro miembro, de los suyos claro...-. Pero pasó el tiempo, abandoné -nominalmente- la infancia y me refugié en su biblioteca, la de mi hermana. Me hinché a robar libros de poesía -los de Humbolt y Darwin me parecían un coñazo. Yo quería poesía; eso que ella sigue siendo: poesía- y camisetas que a mí siempre me quedaban fatal.

El escritorio del despacho de mi padre no tenía nada qué envidiar al resto: pasaportes, fotos tamaño carnet redondeadas en las esquinas; retratos de abuelos muertos que llegaron de un puerto y a los que jamás conocí; mecheros de cigarrillos que jamás vi a mi padre encender –cuando yo nací él había dejado de fumar-. Mi hermano, el casi mayor (el segundo), tenía un botín –como los poemarios de mi hermana- que comencé a paladear con más placer a medida que avanzaba el tiempo: desde la pecera a la que arrojé una pluma Parker, ocasionando un genocidio, pasando por los espantosos cigarrillos mentolados que robé de tarde en tarde para prodigarme nicotina, hasta sus volúmenes de ensayo e historia, con los que aprendí cosas que olvidé o ya no comprendo. (Que uno va a peor es una certeza).

El reto más tentador, la zona límite de mi safari familiar, tenía su máximo umbral en la habitación de mi hermano mayor. Y la tentación era tal, justamente porque las suyas eran las gavetas que más me costaba comprender -y que mayor reprimenda tendría, en el caso de ser descubierta-. Los cassettes apilados por colores, inmensas y tambaleantes torres; los perfumes –en perfecto orden-, una orgía de olores del que recuerdo, no sé por qué, la Old Spice; las fotografías recortadas a conciencia, firmes  en una pared blanca, fijas con el celo envejecido por el ámbar que imprime sol con el paso del tiempo.

Me tomó mi tiempo reunir el valor para abrir sus cajones.  Todavía recuerdo el primero: una bolsa plástica llena de billetes rotos: desde la más baja hasta la más alta denominación.  Acaso sabia premonición de mi hermano: el bolívar –el país representado en aquella moneda- no valdría nada en unos años. Hagamos con él confeti. Nada más ver aquello, me quedé helada, plantada como un clavo en la palma de quien no cree. Cerré la gaveta y eché a correr. Me fui al jardín, a mordisquear un mango maduro de los que arrancaba de la pequeña mata de la cuestica. Y aunque zampé tres o cuatro, no entendí nada. Tampoco me tranquilicé. Ahí estaba aquella bolsa, llena de insistentes y minuciosos papelitos. Pensé en chivarme –porque delatar a los hermanos encierra un placer oculto- pero me callé.

Si empecé a escribir, alguna vez, fue para propiciar una tormenta, para gritar como se hace en las pesadillas, para levantar una casa de paredes blancas que echaríamos abajo con una arcada invisible –y yo, paquiderma, he demolido muchas, pero muchas casas-. Un deslave impecable… e implacable; imposible. Y hoy, con ese oleaje raro que tienen los sueños y los afectos, quince años después o puede que veinte, me he asomado a la habitación de mi hermano mayor.

Él tiene todavía la misma edad. Yo me he hecho mayor. He ganado cicatrices, y los galones absurdos que se conquistan en batallas inútiles; también me he vuelto más bruta y diminuta. En fin, que me asomé y entré. Mi hermano ya no colecciona  perfumes –o al menos los ordena ahora en el baño-, tampoco rompe billetes –ahora sólo pica papeles, cualquiera de ellos: telechino, telepizza, ofertas del Carrefour- y de los cassettes, ni rastro.

Y ahí, justo ahí, en su improvisaba habitación madrileña –esa vida de campamento que nos inventamos todos hoy-, me topé con cuatro objetos. Cuatro. Sólo eso bastó. Y como la niña imbécil que fui –y sigo siendo-, quise en ese momento huir bajo la mata de mango e hincharme de dulces certezas.  Pero aquí, en la ciudad donde vivo, de los árboles caen botellas rotas, no mangos.

El silencio glacial, y a la vez jugoso, de tres motitos Repsol  y una reproducción de Casillas, el portero del Madrid –su jugador favorito, siempre ha amado a los porteros- me dejaron enterrada en el piso de madera, cual colilla atornillada en un cenicero. Y no supe qué hacer, excepto sonreír. Espantar las preguntas con eso que se parece a la ternura, ese sentimiento poroso que nos empuja a proteger.

Puestos así, en perfecto orden, aquellos objetos hicieron lo que cualquier tormenta. Hablaron un idioma remoto con el que quise arroparme y arroparlo. Salí de su habitación porque un guasap presagiaba una tormenta sin importancia: Premios literarios, cabreos de jefe, erratas en el titular y esas cosas que en el fondo no valen nada... Luego, me asomé a la ventana. Busqué con el corazón un árbol de mangos, que no conseguí… y sigo sin hallar.

miércoles, 7 de enero de 2015

Los comedores de arsénico (Capítulo IX)



Adela, mi hermana, no está bien. Mejor dicho: está loca, pensó Borja Prado mientras  se cepillaba los dientes frente al espejo de un baño con doble lavamanos; un cuarto pensado para una vida que él ansía. Sabía que todo aquello sería suyo. Y no porque tuviese un plan, que lo tenía, sino porque no existía una opción distinta.Salió a correr a las siete y media de una mañana en la que su único combustible, lo que engrasaba las piezas de su alma estropeada, era no ser nada distinto de lo que esperaba de sí mismo: una victoria rotunda de la voluntad y la disciplina. Pero su hermana, sabía él, no era capaz. A ella sólo le importa su hambre. Ese espíritu con el que nació y que tanto le irrita. Su preparador físico le repite todos los días lo mismo: disciplina, disciplina, disciplina. Él obedece. Se obedece a sí mismo. Porque él es lo único que tiene. Piensa mientras mira su bolsa con palas de padel y examina un abdomen que será plano. A eso se aferrará, mientras llega su futuro. Y no es que no quiera a su hermana. Pero Adela le recuerda todo aquello cuando le repele. Porque  ella lo único que ansía es eso: matarse, matarse, matarse. Está rodeado: de perdedores, suicidas y cobardes; de porristas cojas que se entusiasman con el sonido que produce una pala al raspar la tierra y que se arrojan a la fosa dando saltitos alrededor del sepulturero. Pero él  no quiere morir. Él no morirá. Será el dueño de la colina más alta. El hombre que cincele diez mandamientos nuevos en las tablillas de su abdomen.

martes, 9 de diciembre de 2014

Los comedores de arsénico VII


VII 

Félix no me deja hablar de ti en nuestras sesiones, le dije, de sopetón. Ella no levantó la mirada del libro, como si yo no estuviese frente a ella, como si no hubiese dicho nada. Que te digo que Félix no me deja hablar de ti cuando voy a consulta. Ajá, murmuró, insoportable, ahorrándose vocales. No hay nada que me irrite más en Mercedes que cuando se hace la ausente, que suele ser la mayoría de las veces; al menos conmigo. ¿Y no se te hace raro?, insistí. Pues no. La verdad no. Sacó un postip color rosa y marcó con él una página. ¿Qué lees? Nabokov, respondió. ¿El de Lolita? Sí, Juan, ése, el de Lolita. ¿Y te gusta? ¿Qué cosa, Juan? Pues el libro. Tampoco contestó. Volvió a extraer otro postip y marcó la página siguiente. La mitad del libro estaba llena por completo con esas pequeñas banderitas con aspecto de lengua de serpiente; un libro medusa, como ella, como Mercedes. No me estás haciendo caso; pensé que reclamándole atención conseguiríamos hablar, aunque fuese un poco. ¿Y qué querías, que Félix compartiera contigo lo que hablo con él? Su silencio me parece justo, afirmó sin mirarme. Me ha dicho que estás mejor, le dije jugando mis fichas. Y lo estoy, llevó la mano a su pequeña cajita de postips, pero sólo consiguió sacar una lámina transparente sin pegamento que ya no servía para nada. Se habían acabado. ¿Mejor en el periódico?, solté yo. Igual que siempre, devolvió ella. Con Mercedes, hablar es como jugar al Ping-pong con un coreano somnoliento. Vamos, que eso en tu caso es algo así como: igual… de mal. Ella levantó, al fin, la mirada. Al menos a mí no me da por tirarme a la autovía... ¿Y qué tal Félix, te ha servido por lo menos para que la próxima vez que intentes matarte lo consigas?, cogió la cajita sin postips y la usó como improvisado marca libros. Pues, si te soy sincero, le dije, tengo la impresión de que Félix no me hace caso. Le he pillado, varias veces. Me confunde con otros pacientes. Me pregunta por cosas que acabo de contarle. Creo, la verdad, que no me escucha. Bueno, no te quejes, al menos te deja pagar las citas de tres en tres. Míralo, es como un crédito, cuántos psiquiatras hoy día ofrecen terapia con financiación. Mercedes llevó los dedos al plato vacío de aceitunas. Te las has comido todas, dijo, cuando en realidad había sido ella. ¿Salimos a fumar?, me preguntó. Hace demasiado frío, y la verdad no me apetece, ¿por qué no te pides otra ronda? Pídela tú, ya vuelvo, ordenó; Mercedes cogió el abrigo y sacó la cajetilla del bolsillo. La ví atravesar el bar y salir a la calle. Encendió el cigarrillo y se puso a fumar de espaldas a la cristalera. Desde niña, Mercedes ha tenido la manía de permanecer de pie con las piernas abiertas y empujando las caderas hacia delante, como si estuviese a punto de bajarse la cremallera para orinar. Siempre fue un poco marimacho, aunque con los años, su brusquedad se ha convertido en un encanto discreto. Cuando tenía 17 daba apretones de mano en lugar de besos y hablaba con voz de hombre para disimular el terror que le producía hablar con otras personas. Es guapa Mercedes, pensé mientras la observaba dar largas caladas a uno de esos Marlboro extra largos que ella compra para fumar más sin que parezca. De pronto, un hombre gordo y con barba se detuvo a hablar con ella. Se saludaron con dos besos entusiastas, el de ella un poco más psicópata que el de él. Y como siempre que se sentía evaluada, Mercedes comenzó a gesticular en exceso, como si intentara demostrar más sorpresa y felicidad de la que realmente siente, lo que la convierte casi siempre en una mujer excesiva para quienes la conocemos y encantadora para quienes se creen sus paripés. El gordo barbudo parecía tener prisa y se despidió de ella con dos besos mochos y torpes que ella respondió ofreciendo las mejillas y poniendo morritos, besuqueando el el aire. Él se alejó imitando con las manos el auricular de un teléfono. Ella, en cambio, respondió con el gesto de quien escribe en un teclado. Mercedes odia el teléfono. Cuando contesta, lo hace con una sonrisa de hormigón, como si fuese posible oír en su voz  el rastro de esa mueca risueña y feliz. Pedí dos tercios  más de cerveza y un cuenco de aceitunas. Mercedes sólo come aceitunas y, a veces, frutos secos, pero sólo si son cacahuetes. Eso sí, odia los kikos; son demasiado duros y hacen que le duelan los dientes. Viéndola fumar, todavía de espaldas, me di cuenta de que sabía de ella todo cuanto no era importante: el  mal humor que le produce que la tropiecen en la calle, la irritación que despiertan los viejos y los niños, su manía de ir sentada en el autobús aunque sean sólo dos paradas… Conozco de ella ese largo catálogo de tonterías y, sin embargo, no soy capaz de saber cuándo está mal o cuándo peor; no sé distinguir sus cabriolas ni sus cambios de humor; soy capaz de creerme cualquier mentira, porque ése es el acertijo de Mercedes: lo que parece de lo que es. Ella siempre busca aparentar ser más inteligente, más calmada, más feliz, más capaz, más dispuesta, más dueña de sí misma, más, más, más… siempre más. Pensaba todas aquellas cosas cuando ella se sentó de nuevo a la mesa. Te he pedido más aceitunas, le dije haciéndome el eficiente. Mercedes sentó en el sillón y se escurrió un poco. Y entonces,  Juan, ¿piensas buscar trabajo de lo tuyo? ¿Y qué es lo mío?, dije como un buen centrocampistas que recupera balones. Pues los números, las cuentas, vamos, las finanzas. Podrías aprovechar el paro para hacer un máster en gestión, o finanzas, ¿no crees? Ni lo sueñes, le dije mientras despegaba la pegatina de la botella vacía de cerveza. Creo que deberías. En el fondo, Juan, si trabajabas en aquel banco es porque querías que alguien se fijara en ti y te contratara como analista. Eso mismo, Mercedes, quería. Ya no. Un camarero de barba tupida y brazos tatuados dejó sobre la mesa los dos tercios y el cuenco con aceitunas. Quién era el hombre que te saludó, pregunté para cambiar de tema. Bartolomé, el editor de Lengua de Vaca, dijo cogiendo una aceituna, como si yo supiera qué demonios es Lengua de Vaca. Una editorial independiente, redondeó, generosa, para que yo no estuviese tan perdido. Me ha dicho que le envíe mi manuscrito. ¿Y vas a hacerlo?, atraje hacia mí el cuenco de aceitunas en cuanto me di cuenta de que iba a echar el hueso chupeteado entre las olivas.  No sé… y resopló. ¿Y qué fue lo que le dijiste a Félix de mí? Pues la verdad. Abrió los ojos simulando sorpresa: ¿y cuál es La Verdad? Pues que no estás tan bien como dices. La miré coger el cuenco, sacarse el hueso chupado y dejarlo entre el resto de las aceitunas sin morder. Los detalles, Juan, siempre se agradecen, me respondió. Nos miramos, en silencio. Y sólo ahora me doy cuenta de que no había entendido, de que jamás había comprendido  ni una sola de las palabras de Mercedes.