Foto: El Universal"Soy el día, y el viento levanta sus ramajes en mi alma"
Vicente Gerbasi.
Amaneció tres veces: a las cuatro, luego a las cuatro y media y finalmente a las seis. El radiador me asfixiaba y un nudo me interrumpía el sueño. Algo raro merodeaba por ahí. De pronto, como si se tratara del almohadón de Quiroga, algo brotó del nórdico y se me clavó en la espalda.
Di vueltas, me enredé, los nervios me estallaron. Un picotazo, y otro y otro. Me había quedado dormida sobre el teléfono, que no paraba de chillar con su aviso de mensaje de texto. Ganamos, nojoda. Gloria al bravo pueblo. Cero-cero-cinco-ocho. El código de Venezuela. El corrientazo se me vino encima. A la tercera va la vencida. De un golpe, y por vez definitiva, me desperté.
Me enrollé como pude en la cobija. Salté a la sala y miré la oscuridad a mi alrededor. Pero mis cojines y yo no supimos qué hacer. Quise despertar a los vecinos, salir a comprar el periódico, cantar el himno nacional. Quise estar en la cocina de la casa; guindada -eufórica- de la hamaca; colando el café de la victoria. Quise casa y país. Quise todo de un solo trago. Pero en medio de aquel frío, hice lo que pude. Once de abril, trece de abril, seis de diciembre, quince de agosto. Efeméride tras efeméride. Cuánto tiempo esperamos una madrugada así. Cuántas veces amaneció sin nada bueno qué decirnos.
No supe cuántas ventanas más abrir: los periódicos, el correo electrónico, la radio digital. Todo, abrí todo lo que pude. Un correo de mi madre decía: es la primera vez en mi vida que gano algo. Desafortunada electoral como pocas –su candidato nunca ganó en 40 años democráticos y mucho menos en los 10 del chavismo-, mi madre había escrito sin comas ni puntos, pura exclamación. Ganamos, después de un parto. Pura exclamación.
Me había ido a dormir con la misma sensación con la que me fui del país: con una estafa a cuestas; culpable y cobarde a la vez. A las once de la noche, la prensa española daba ganador al Sí con seis puntos de ventaja. Más de lo mismo, pensé. Mis muebles y yo nos dimos un pésame. Me fui a la cama envuelta en esa caja negra en la que se había convertido la vida electoral, con esa sensación de imbécil que se mira el meñique morado, esa tinta de votante que mira desteñirse su moral poco a poco en los días siguientes a la elección. Pero ahora era distinto. Ahora, después de casi diez años, no tenía cereal blando y amargo en el plato del día siguiente, tampoco autopista desolada ni miedo en el corazón. Ahora todo era distinto, pensé.
Y de pronto, envuelta en aquella espesa cobija, congelándome en la oscuridad de mis cuarenta metros cuadrados, me di cuenta de que si salía a la calle nadie entendería mi sonrisa; nadie trasnocharía mi triunfo. En Goya los periódicos seguirían siendo inofensivos. La parada del autobús ocuparía la tercera posición de la ruta desde Manuel Becerra. Si me asomaba al pasillo y gritaba, saldría una voz chorreada. Mis palabras habrían sido eso: mal aliento. Sólo mal aliento.
Once de abril, trece de abril, seis de diciembre, quince de agosto. Diecinueve muertos. Plaza Altamira. Diecinueve mil despidos. La vejez de mis padres. El olvido caraqueño. La tristeza automotora. El silencio del estafado. País, país y país. Ahora todo aquello se revolvía, a la distancia. A ocho horas en avión, las cosas cambiaban. Alguien giraba una tuerca. Algo cobraba sentido. Cuánto tiempo esperamos una madrugada así. Cuántas veces amaneció sin nada bueno qué decirnos. Y sentí que el frío llegaba lejos, por encima de mis ojos. Quise casa y país. Entonces, me acurruqué y canté el himno. Hice lo que pude, hasta el hueso de mis huesos.




